Un extraño sopor me embriaga, me llena y esclaviza como un amante nocturno. Quiero despertar de esta pesadilla y encontrar a mi madre horneando pequeñas hogazas de pan para el desayuno. Descubrir a mi padre enfrascado en la lectura de sus magníficos y antiguos libros en el pequeño anexo que cumple la labor de estudio. Quisiera correr por el prado y escuchar el trino de centenares de petirrojos marcando un compás exquisito de acordes.

Pero una pesadez… un pensamiento nefasto me alcanza, acechando en los lugares más recónditos de mi etérea esperanza. Aún veo sus cuerpos, inertes, sin vida arrojados en el suelo, como una cruel burla de la muerte… como si la miseria danzara con nuestro destino en un interminable vals de desgracia. Hace menos de un mes mi prometido pereció víctima de tifoidea. No había terminado de secar mis lágrimas por su partida y ahora esto. Pero no me rendiré… yo no me rendiré ante la muerte.


Observo su límpida y nívea piel mientras dormita poseída por fantasías tenebrosas. Hay una luz tan poderosa que emana de los lugares más recónditos de su alma, que surge como una potente llama, una llama que me conduce a la inefable destrucción. Sin duda esta joven oculta más de lo que quiere hacer creer … No estoy seguro si es prudente convertirla en mi discípula, ni siquiera estoy seguro de por qué la he dejado con vida.

Supongo que la infantil compasión se ha apoderado de mi se nuevamente, invitándome con sarcasmo a caer en una red gigantesca de sentimientos mundanos como en el pasado. Pero yo no estoy dispuesto a hundirme en esa trampa de nuevo.


- Maestro- susurró lambisconamente Pettigrew en un tono que hacía al cadavérico hombre perder la paciencia.- Lord Severus lo ha hecho de nuevo, se ha entrometido en mis asuntos señor…mis asuntos que no son otra cosa que vuestros asuntos.

- ¿A qué os referís Peter?- preguntó cansado.

- Me ha robado mi presa y…

- Bien sabéis que Severus es uno de mis más leales servidores, no tenéis ningún derecho a difamarlo de esa manera.

- Pero maestro, llegué hasta esa joven antes que él.- dijo suplicante.

- Probablemente Severus la estaba acechando antes que vos.

- ¡Maestro es imposible!

- ¡Peter!- gritó mirándolo impasible.- Bien de sobra sabéis el castigo que aguarda a quiénes se atreven a contradecirme… o tal vez necesitáis que Nagini preste su ayuda para retornar tus recuerdos.

- No maestro… nunca quise molestaros.- susurró agachándose hasta tocar con su frente el suelo.


Abrió los ojos despacio, con un miedo indescriptible corriendo por sus venas. No quería afrontar la terrible realidad, no quería descubrirse completamente sola. Esperó aterrada y sin moverse siquiera. El típico y puntual rayo de luz que golpeaba su rostro cada mañana invitándola a despertar se encontraba ausente confirmando sus sospechas.

Una sombría habitación se materializaba ante ella. Sabanas negras con brocados dorados la cubrían y hacían juego con el elegante aunque asfixiante cortinaje que sellaba cualquier indicio de claror. Se levantó temblando y mirando confusa la escueta y delicada prenda de seda que cubría su cuerpo.

No tuvo tiempo de sentirse incómoda al pensar que alguien había cambiado sus ropas, sólo quería ver a sus padres y rogaba en su fuero interno estar viviendo una pesadilla.

Sólo después de breves instantes se percató de una silueta que reposaba en un sillón de cara a la ventana principal, convenientemente oculta en la penumbra reinante.

- ¿Quién?- susurró forzando la vista.

- Habéis dormido por más de dos días y cuando despertáis lo único que se os ocurre preguntar es ¿quién?- dijo una voy profunda y serena.

- Sois el asesino.- balbuceó Hermione retrocediendo un poco.

- Sí, soy un asesino, pero no el de vuestros padres.- se levantó rápidamente y en pocos segundos estuvo frente a la mujer.

- Sois uno de esos demonios.- dijo retrocediendo aún más hasta chocar con la espesa tela de la cortina.

- Ya os lo he dicho anteriormente, no sólo soy uno de ellos… soy el mejor.- aclaró acercándose más y extendiendo su brazo hasta tocar su mejilla.

- ¡No se atreva usted a tocarme!- gritó la joven descorriendo la tela y dejando que una luz cegadora invadiera la estancia.

Snape cerró los ojos con fuerza y un gesto de aburrimiento apareció en su semblante. Hermione lo miró atónita y se cubrió la boca con las manos.

- Habéis leído demasiadas historias de vampiros.- dijo apartando su mano del rostro femenino y caminando hasta la puerta de la habitación.- Como veo que ya os encontráis mejor, deberíais abandonar cuanto antes mi morada.

- Mis padres ¿dónde…?- la puerta cerrándose fue su única contestación. La frustración la venció y su vista se perdió ante el lujo del cuarto que con la luz invadiéndolo fue más perceptible. Reparó en un pañuelo que se encontraba en el suelo y lo recogió extrañada. Se hallaba marcado levemente por un tono escarlata. Palpó la mejilla que le había acariciado el hombre y una pequeña mancha de la misma tonalidad marcó su mano.

- Ayer ese hombre…- recordó súbitamente a Peter rasguñando su cara divertido y dibujó con sus dedos las dos "s" bordadas en verde olivo sobre el casi inmaculado blanco del lienzo.


- El maestro le ha declarado la guerra a los mortales.- puntualizó Severus dirigiéndose a un hombre de rostro amable pero demacrado, como si la vida hubiese pasado ante sus ojos llenándolo de una tristeza y una sabiduría incontenibles.

- Pero eso significa que nadie…

- Nadie estará a salvo hasta que Voldemort sacie su sed de sangre Remus.- aclaró Severus avistando con fijeza las llamas que mantenían cálido el fosco salón.

-¡Pero eso no significaría únicamente la destrucción de los hombres!- exclamó atónito ante la calma del pelinegro.- ¿Qué haréis cuando se agote la sangre humana?

- Supongo que buscaremos hombres lobos.- bromeó Snape curvando los labios en una maliciosa sonrisa.

- Creo que no es el momento más idóneo para bromear ¿no os parece?- dijo Lupin sentándose cansadamente en una poltrona malva oscura próxima al sillón de Severus.- ¿Qué pensáis hacer al respecto?

- Absolutamente nada.- contestó como si se tratara de una pregunta obvia y elemental.

- ¿Qué dices?- murmuró incrédulo Remus rompiendo todas las formalidades y tuteándolo groseramente.- ¿Vas a quedarte de brazos cruzados viendo como muere gente inocente?

- Remus, al revelarte esto prácticamente he firmado mi sentencia de muerte.- dijo imitando el gesto del castaño y tuteándolo irrespetuosamente. Sus discusiones siempre terminaban así.

- De seguro no has olvidado que James y Lily Potter murieron cuando Voldemort…

- James y Lily Potter, James y Lily- masculló apretando los dientes.- ¿Hasta cuándo debo decirte que me importa muy poco la suerte que corrieron esos dos?

- Creo que eres sincero en ese aspecto si hablamos solo de James, pero Lily…

- ¿Por qué lo haces Remus?- se había levantado colérico y lo había tomado por el cuello de la roída capa hasta levantarlo del asiento.- ¿Es que sientes algún tipo de placer… sientes una satisfacción morbosa al recordármela?

- Sólo estoy tratando de ayudarte a no repetir los mismos errores.- dijo calmadamente.

- ¿Crees acaso que no tengo suficiente con mi maldita conciencia?- siguió vociferando y lo soltó con furia.

- No deseo estar recordándote a los atenienses a cada segundo.- aclaró mirando como Snape caminaba de un lado al otro con furia para sosegarse.

- Lárgate ya Remus.- siseó peligrosamente observándolo como un insecto.

- ¿Hablarás con Dumbledore sobre los planes del señor oscuro?

- ¡Lárgate de una maldita vez!- gritó caminando hasta la entrada del estudio y saliendo con un portazo del mismo.


- Tengo que salir de aquí.- susurró una castaña caminando desorientada por un largo corredor tan oscuro como la habitación que apenas hacía unos segundos había abandonado.- Dios mío… os suplico ayudadme.- susurró buscando nerviosamente el crucifijo que acostumbraba a llevar colgado en el cuello… ausente, ausente como su familia.

- ¡Lárgate de una maldita vez!- escuchó unos dos metros más delante y trató de enfocar la vista a pesar de la reinante penumbra… parecía mentira que estuvieran a mitad del mediodía.

El mismo hombre emergía de entre las sombras como una fantasmagórica aparición y su semblante iracundo lo hacía ver diez veces más atemorizante.

- ¿Qué hacéis todavía aquí?- masculló mirándola con desprecio y asiéndola fuertemente por el antebrazo.- asquerosa mortal ¿Acaso no os ordené que desaparecierais de mi vista?

- Yo… yo em.- susurró nerviosa.- No… no podía encontrar la salida.

- Parece que hoy echarás a todo el mundo a la calle Severus.- escuchó a sus espaldas Snape.

- ¡Ahí la tienes!- gritó arrojándola fuertemente a los brazos de Remus.- ¡Haz tu buena acción del día… trata de salvarte de las llamas del infierno acogiéndola en tu vicaría!

- ¡Severus!- exclamó Remus igualando el tono de voz del pelinegro mientras sostenía el endeble cuerpo de la muchacha.- ¿De dónde has sacado a esta joven?

-¡Mientras tú y Dumbledore se embriagan con palabras de justicia y piedad, gente de la calaña de Pettigrew va por ahí violando y matando mujeres, Bellatrix acaba con familias enteras y Yaxley tortura niños y ancianos antes de aniquilarlos de la manera más cruel!- siguió irritado.- ¡Así que no vengas a mí con ínfulas de salvador de los inocentes y nuevo pastor de los descarriados, porque he presenciado demasiadas atrocidades para tener que soportar los sermones de un licántropo!

- No te importunaremos más con nuestra odiosa presencia.- susurró más calmado Remus y mirando a la joven que observaba boquiabierta a Severus susurró un amable.- Vamos señorita, os llevaré a vuestra casa.- mientras colocaba su humilde capa sobre la chica.

- Llévala a tu vicaría… porque la pobre infeliz ya no tiene casa.- susurró Severus dándoles la espalda.

- Bien sabes que no puedo llevarla allá… correría un grave peligro.

- Perdón…- interrumpió la voz de Hermione.- No es necesario que…

- Entonces llévala a otro sitio.- continuó Severus ignorando a la joven.

- ¡Eres realmente imposible Severus!- vociferó Remus halando a la joven por una débil mano hacia lo que parecía ser la salida de la peculiar mansión.

- Es…espere.- tartamudeó Hermione zafándose del agarre y regresando sus pasos hasta el siniestro vampiro.- Gracias.- susurró inaudiblemente para los oídos de Lupin mas no para los de Severus mientras le tendía el pañuelo con las iniciales del mismo bordadas.

- Quédeselo.- susurró Severus demasiado calmado y cuando se percató de ello culminó con un grosero.- Ya está lleno de vuestra sucia sangre.

- Gracias.- volvió a repetir Hermione ignorando el cruel comentario.- por salvarme de ese hombre…

Severus entró de nuevo en el estudio cerrando la puerta tras de sí y fingiendo ignorarla.


- Me siento mal por vuestra merced… debería caminar yo y vos montar el caballo.

- Tonterías.- susurró sonriendo Remus.- Decidme niña… ¿qué hacíais en compañía de mi camarada chupa sangre?

- Yo.- susurró con la voz un poco quebrada y aferró el pañuelo en contra de su rostro sollozando lastimosamente.

- Perdonadme no quise inmiscuirme en asuntos fuera de mi…

- Él asesinó a mis padres.- susurró entrecortadamente mirando el horizonte fijamente.

- Severus se atrevió a…

- ¡No, no!- negó nerviosamente con la cabeza Hermione.- Otro hombre… Sev… el señor de cabello oscuro me ayudó. Sin su ayuda ahora estaría muerta o quizás algo peor.- susurró recordando la mirada lasciva de Pettigrew.

- Siento mucho la muerte de vuestros padres.- dijo apenado Remus mirando hacia otro lado mientras Hermione se secaba las lágrimas suavemente.- La llevaré a la vicaría y ahí trataremos de ayudarla.

- Gracias señor.- susurró mezclando su vista con la imponente mansión que dejaban tras de ellos… por unos instantes le pareció que unos profundos ojos negros la miraban desde una imponente ventana perteneciente a la opulenta construcción, pero la pasiva voz de Lupin la sacó de sus cavilaciones.

- Tratemos de salir de este lugar lo más aprisa posible, no es seguro para vos.

Hermione sintió curiosidad sobre el porqué para el hombre que le hablaba no significaba un peligro estar en un lugar como aquel, pero se abstuvo muy bien de preguntar… no quería parecer maleducada.


Vete de mi, aleja tu hermoso rostro de mi infame humanidad. Cada hora que paso en tu ausencia no es más que un suplicio y cada instante que respiro esta vida artificial me siento aún más inexistente y casi inmaterial.

Te recuerdo, te remembro y te evoco. Mi condenada alma se divide entre el inmenso amor que te profeso y el eterno odio que te dedico, como si mi corazón se transfigurara en una inagotable línea fronteriza.

- ¿Por qué tuviste que elegirle a él?- escucho mi propia voz llenar la estancia a pesar de los gritos de mi razón tratando de evitarlo.- ¿Por qué continúas en mi?

Ante mis ojos maravillados se materializa tu faz, rompe la oscuridad de la habitación y me invita a seguir recordándote. Sé que tu rostro era infinitamente hermoso, más de lo que narra esta escueta pintura. Tus rojos cabellos, tus labios carnosos y tus ojos esmeralda…tus ojos que parecen sonreírme a través del infame lienzo, a través del fuerte óleo y las pinceladas que destacan tus sublimes facciones.

- ¿Por qué le elegiste a él?- continúo al borde de la locura.- ¿Por qué al imbécil de James Potter?


- ¿Qué nuevas traéis Pettigrew?- susurró una hermosa pero macabra dama ante una menuda y temblorosa figura.

- Sospecho de Lord Severus señora mía.- dijo nerviosamente Peter exagerando los gestos de su semblante.

- Nada nuevo, siempre sospecháis de él.- replicó otra voz femenina más armoniosa que la primera.- A pesar de ser un caballero extremadamente gentil y agradable, vos sólo os dedicáis a difamarlo.

- Debéis reservar vuestras opiniones sentimentales Cissy.- señaló Bellatrix mirando a su hermana fijamente, como lo haría una austera profesora ante un estudiante que no presta la atención mínima o necesaria a su cátedra.- Después de todo, nadie ha puesto en duda sus facultades como amante.

- ¡Calla de una vez!- exclamó impulsivamente Narcissa.- ¿Queréis que mi esposo se entere… queréis que malinterprete mi relación con Severus y se menoscabe una amistad tan importante, con la que podría ser la familia más importante de nuestro clan?

- No es necesario que mostréis una actitud tan alarmista Cissy.- murmuró Bellatrix poniendo los ojos en blanco.- Además nuestro querido amigo Pettigrew sería incapaz de referir esta entrevista a vuestro adorado esposo Lucius ¿No es así?

-¡Sí, sí, sí señora mía!- balbuceó tratando de sosegar el temblor de sus manos.- Yo- yo sería incapaz de…

- Cissy, Cissy… habéis asustado a nuestro más fiel sirviente con tus dudas sobre su lealtad. Decidme ahora querido esbirro ¿Qué es eso tan terrible que ha hecho ahora mi odiado Severus?

- Me ha impedido matarla mi señora.- susurró como una alimaña atemorizada.- Se ha puesto en contra de mí y yo sólo seguía las órdenes del gran maestro. Ella ni siquiera es una noble o una aristócrata dueña de una gran fortuna.

- Esos solían ser los blancos preferidos de nuestro caballero.- sonrió Bellatrix recordando con placentera morbosidad las exquisitas joyas y vestidos que acostumbraban a llevar las víctimas del vampiro.

- Era simplemente una humilde campesina, de una beldad insignificante e indigna para tan magnífico señor, pero perfectamente adecuado para la bajeza de mí ser.

- Basta de tanta adulación.- pidió con aburrimiento Bellatrix.- Tantas palabras vacías me fatigan… al grano de una vez.

- Él me impidió matarla mi señora, a pesar de las órdenes de nuestro maestro, a pesar de poder conseguir diez jovencitas aún más lozanas, virtuosas y poderosas.

- ¡Patrañas!- estalló Narcissa.- ¿Cómo podéis referirte a un señor tan admirable y poderoso, al último descendiente de una familia tan respetable para el clan? Ni siquiera la punta de uno de vuestros cabellos alcanzaría la base de sus talones.

- ¡Su familia no es más respetable que la nuestra Narcissa!- gritó exaltada Bellatrix incapaz de contenerse después del último comentario de su hermana.- ¡Él no es más que un mestizo, un mestizo que en cualquier momento podría traicionar a nuestro señor… escucha mis palabras Narcissa, el será el eslabón débil de nuestra cadena!


- Dumbledore señor, tuve que traer a la jovencita con nosotros.- explicó Remus caminando a la misma velocidad que el singular anciano a través del angosto sendero que conducía a un pequeño jardín repleto de magnolias, azahares y dalias.- Severus aparentemente la ha rescatado de Pettigrew y ella no estará a salvo a menos que cuente con nuestra protección.

- Comprendo perfectamente muchacho.- asintió comprensivo el venerable anciano.- Sabes que nuestras organización tiene como misión proteger la sangre inocente sin importar a qué criatura pertenezca.

- Podéis estar tranquilo esta vez señor.- señaló con una melancólica sonrisa.- Se trata solamente de una chiquilla que perdió a sus padres a manos de Pettigrew… no es un vampiro reivindicado ni un licántropo buscando cobijo.

- Bien sabéis Remus que eso es lo menos importante cuando se trata de preservar una vida… siempre y cuando se trate de un alma virtuosa como la vuestra o la de Severus.

- Ahora que lo habéis mencionado, he de referiros un asunto de vital importancia.

- Lo había imaginado Remus, decidme ¿Qué habéis hablado con Severus?

- Lo que habíamos temido durante tanto tiempo señor, lo que vuestra merced siempre advirtió con ahínco en las reuniones de nuestro clan… la locura de Voldemort ha sobrepasado los límites. Quiere que los vampiros sean la raza dominante y desplazar de una vez por todas a la humanidad.

- Sí, era evidente que esto sucedería y ¿Cuál es la posición de nuestro querido amigo?

- Dice que no asumirá ninguna postura… es más terco que… aunque debo admitir que lo he hecho rabiar un poco señor.

- Sin duda alguna Remus.- asintió amablemente con una franca sonrisa.- Los mejores amigos inevitablemente sostienen las disputas más intensas, no debéis inquietaros, he recibido una carta de Severus poco antes de vuestra llegada y planea tener una pequeña conferencia conmigo esta noche. Ahora ¿dónde está esa singular jovencita?


He llegado a la vicaría con el señor Lupin y es todo tan extraño aquí. Es como si esta realidad solamente existiera en mis sueños y nada estuviera sucediendo más que en otro lugar y en otro universo. Filas de azucenas y margaritas bordean el amplio camino de piedras que conduce hasta la sencilla construcción de ladrillos gastados y vitrales sacrosantos, cuyas escenas de mártires harían sentir a cualquier sacerdote como el más impío pecador sobre la tierra.

El edificio me atemoriza y me atrae a la vez, como si guardara un secreto único y especial que sólo podría relatar a mis oídos, un secreto escrito desde cientos de años atrás únicamente para mí… Dios mío, que engreída me he vuelto.

- Esperad aquí os suplico.- se dirige a mí el amable señor.

-"Como si pudiera ir a otro lugar".- pienso sarcásticamente aunque me cuido muy bien de referírselo al hombre.

Estoy dentro de la singular iglesia. El aroma del incensario y la cera de las fantasmagóricas velas me hechiza y trasforma todo en un pasaje onírico. No puedo más que postrarme en uno de los reclinatorios ante la imagen de una Madonna sosteniendo entre sus manos a un cristo sin vida y luchar contra la ira que se apodera de mí.

- Dios santo, dadme serenidad y aplomo para acabar con ese engendro… dadme la valentía para erradicarlo de este mundo.- susurro apretando los puños y percibiendo el cálido líquido correr por mis mejillas. Estas no son lágrimas de tristeza ni de dolor… son rocío de odio y venganza, un deseo de venganza que a pesar de estar naciendo ya siento enraizado en mí desde las profundidades de mi oscuridad y entrañas.- Dios mío, dadme la fuerza para acabar con ese maldito demonio, dadme la fuerza padre santo.- susurro perdiéndome en oraciones cargadas de resentimiento.

- E nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti- escucho un tono burlón en la parte más sombría de la sala. Miré rápidamente hacia esa dirección pero no encontré nada más que una figura de mármol que representaba al arcángel Miguel sometiendo a una demoníaca figura.

- Debo estar alucinando.- susurré levantándome lentamente y secando las lágrimas casi moribundas con el pañuelo de ese hombre. Lo miré por unos instantes palpando la mejilla levemente injuriada y traté de evocar alguna reacción negativa o detestable por parte del vampiro y sin embargo sólo me enfrenté a mi propia conducta al haberlo ofendido… él lo único que hizo fue protegerme.

- Dios mío no me dejéis sola…- susurré colocando el pañuelo en mis labios fuertemente.

- ¿Quién como Dios?- escuché de nuevo en el mismo lugar. Esta vez al observar el lugar pude divisar una silueta recostada en contra de la estatua de mármol.

- ¿Señor Remus?- pregunté retrocediendo un poco hasta la escasa luz que dejaba filtrar uno de los vitrales.

- No.- continuó.- acércate.

- Sí claro, ahora mismo.- solté con sarcasmo.- Salga a la luz ¿Por qué se esconde como un vulgar ladrón?

- Si pudiera lo haría.- explicó con naturalidad y pude ver como se acercaba a un pequeño altar cercano a su posición, tomaba una pequeña vela y la depositaba en un oxidado candelabro.- Ven esta noche al cementerio detrás de la sacristía, no te haré daño.

- Espere ¿Quién es usted?- pregunté acercándome al hombre.

- Señorita Hermione.- escuché a mis espaldas. Esta vez sí se trataba de Remus.- ¿Se encuentra bien?

Miré de nuevo hacia la sombría estatua pero quien quiera que estuviera allí había desaparecido. Tonta de mí, estaba demasiado cansada y veía fantasmas dónde no los había.

- Sí… sólo estaba orando un poco por mis padres.

- ¡Ah! Sabia actitud chiquilla, orar siempre nos brinda la paz que nuestro corazón busca desesperadamente, estoy seguro de que el señor habrá acogido prontamente a vuestros padres en su seno.- dijo un alto caballero a la diestra de Remus que yo no había visto hasta ese momento. Era muy anciano, pero su rostro reflejaba una amabilidad infinita.

- Perdonad mi falta de cortesía.- dijo Remus señalando con un gesto solemne de su mano al hombre.- Señorita Hermione, le presento al... director de nuestra vicaría.

- ¿Director?- susurré un poco confundida.- Solía pensar que las vicarías eran dirigidas por pastores y…

- Sin duda hallaremos tiempo para discutir vuestra situación jovencita y para explicaros ciertas cosas que deben confundiros un poco, pero espero poder hacerlo mañana. Sé que ahora lo que más deseáis es algo de comida caliente y un buen sueño reparador. Mi buen amigo Remus se encargará de guiaros hacia el comedor y luego hacia su habitación. Mucho me temo que la hallaréis muy sencilla y humilde, pero es un anexo cálido y acogedor.

- Estoy muy agradecida por vuestra hospitalidad señor.- susurré muy quedo observando con atención su magnífica barba blanca tan nívea como las nubes del firmamento y sus ojos azul acero por los cuales me sentí sobrecogida, como si pudiera leer mi mente sólo con mirarme. De pronto recordé a ese hombre, cuyos ojos a pesar de ser negros como el plumaje de un cuervo, me miraban con una claridad que me hacía estremecer… Severus ¿De verdad se trataría de un vampiro?¿Por qué me había ayudado entonces si lo era?

- Bueno entonces la llevaré al comedor.- dijo el señor Remus quebrando mis cavilaciones.


Devoré con fruición el almuerzo que una rechoncha y agradable mujer me sirvió. No recordaba haber tenido tanta hambre en mi vida. Creo que también se debía al hecho de que todo estaba delicioso, desde el pollo asado hasta las patatas horneadas. Me extraño sin embargo no encontrar a otros comensales a mí alrededor. Creía que en las vicarías durante las comidas era común encontrar a gente abandonada a su suerte o de ingresos paupérrimos compartiendo un plato de alimentos. Sin embargo me encontraba sin ninguna otra compañía que mi propia existencia, recordándome inagotablemente que estaba inefable y completamente sola.

- Señorita.- escuché la pausada voz de Remus.- Si me permite me gustaría dirigirla a vuestros aposentos.

- Ciertamente.- me levanté cansada aunque agradecida. Ya nada me parecía real, ni siquiera aquel hombre caminando frente a mí con un desvencijado candelero para guiarme por los sombríos pasillos de la singular vicaría. Tanto tiempo en la oscuridad me estaba afectando gravemente.

- Ahora le parece extraña toda esta oscuridad ¿no es cierto?- susurró mezclando su voz con el débil susurro del viento que se lograba colar a duras penas en el lugar.- Muchos de nuestros… habitantes, son sensibles a la luz. Padecen de enfermedades muy serias y necesitan mucho reposo, por lo tanto mucha luz podría entorpecer su descanso. No obstante encontrareis vuestra habitación muy agradable, posee una vista muy privilegiada hacia las colinas y un amplio ventanal.

- Estoy segura de que estará muy bonita.- dije sonriendo escuetamente. No quería parecer descortés.- Señor Remus… yo, quisiera hablar con vuestra merced. No quisiera ser una molestia, además sé que hay personas que pueden necesitar el alojamiento más que yo. Me gustaría saber si podría ofrecerme algún trabajo en la cocina para pagar su hospitalidad, o tal vez de mucama…

- Señorita, mañana mismo podréis discutir esos asuntos con el señor Dumbledore, por ahora necesitáis descansar.- continuó deteniéndose frente a una sencilla puerta de madera color cerezo.- No debéis preocuparos, nadie necesita estar aquí en este momento más que vos.

Entró a la habitación y lo seguí. La sinceridad de Dumbledore y Remus sobre la habitación era palpable. En verdad era muy sencilla, pero el ventanal era amplio y además de la cama y una pequeña chimenea en el centro de la misma, los colores y el tapizado de las paredes de un suave ocre la hacían más acogedora. No pude evitar recordar mi propia habitación, mi antigua casa, mis padres… estaba llorando, llorando sin parar en silencio. Sentí el suave agarre de unas manos y la calidez de un abrazo sobrecogerme.

- Si queréis llorar…- susurró Remus

Completé la frase en mi mente y no sé cuánto tiempo estuve así, necesitaba el apoyo de un ser querido alguien en quien pudiera sostenerme, por más estúpidamente débil que me sintiera aceptándolo. Estos desconocidos me tendían una mano amiga en la adversidad y estaba a salvo y agradecida por ello, pero no podía dejar de sentirme desgraciada al pensar en mis padres.

- Hay peores cosas en la vida.- dijo muy tranquilo y me sentí indignada por el comentario.

- Peores cosas…- repetí temblando de furia.- ¿Qué puede ser peor que ver a todos vuestros seres queridos morir y no poder hacer nada al respecto?

- Señorita…- susurró mesando mis cabellos en un gesto paternal.

- ¿Qué puede ser peor?- repetí sin separarme.- ¿Qué puede ser peor que saber que el asesino anda suelto por ahí muy campante y tranquilo?

- Estar solo.- escuché que replicó calmadamente.- Estar solo ante todo y todos, saberse abandonado a pesar de estar rodeado de gente… usted es una joven fuerte y no esta sola.

- Perdone.- susurré separándome un poco avergonzada.- Me quejo como una chiquilla malcriada.

- No es así… la dejaré para que descanse y mañana hablaremos.

- Gracias.


Caí en la cama como un tronco con la esperanza de que al despertar simplemente todo regresara a la normalidad… tonta de mí. Desperté luego de seis horas, observé el pequeño reloj de bolsillo en la mesilla colindante a mi cama.

- La una de la madrugada.- murmuré para mí misma. Me levanté y observé los rayos de la plateada luna asomarse por los cristales de la ventana. Abajo se encontraba un pequeño cementerio.

Recordé repentinamente a la voz en la capilla, al hombre detrás de la escultura del arcángel.

- Que estúpida soy.- dije en voz alta negando con la cabeza.- estaba cansada y creí oírlo, eso fue todo.

Sin embargo, muy a mi pesar la profunda voz bailaba en mi cabeza sin parar.

- "Ven esta noche al cementerio detrás de la sacristía… no te haré daño."- repetí.- ¿qué más podría pasar?- continué colocándome la capa y salí sin hacer ruido de la habitación.


La joven caminó sorteando las antiguas piedras que bordeaban el camino hacia el camposanto, así como las diferentes flores que encontraba en su paso. Iba diciendo los nombres de las mismas mentalmente mientras avanzaba por el sendero. Observó las lápidas al encontrarse frente al portal del cementerio y rió en voz alta.

- Imagino que al cruzar la verja, mi último vestigio de cordura se esfumará.- dijo colocando su mano sobre la reja y empujando. El chirrido la hizo estremecerse y de pronto reparó en la situación. Estaba entrando a un cementerio, a mitad de la noche, siguiendo las indicaciones de una voz, que imaginó escuchar en una iglesia.- Perfecto, esto cada vez solo se pone mejor y mejor.- continuó hablando en voz alta.- Dentro de poco bailaré desnuda y hablaré con los árboles.

- Me gustaría ver eso- escuchó detrás de una lápida y observó como una figura ataviada de negro y encapuchada se dirigía a ella. Retrocedió violentamente y tropezó con una piedra, lo que la hizo precipitarse al suelo.- Lo primero no lo segundo.

La figura se despojó de la capa y Hermione contuvo el aliento.

- Vaya… espero al menos parecerte apuesto.- susurró divertido un hombre de largos cabellos oscuros recogidos en una desordenada coleta. Una barba incipiente ornaba su rostro. Hermione observó sus ojos grises y opacos buscando algún indicio de maldad y tras un exhaustivo examen decidió que el hombre no era peligroso… al menos no todavía.- ¿Te he asustado?

- ¡Oh no, como podría!- exclamó Hermione sarcásticamente apretando los dientes y apoyándose para levantarse.

- Em… permíteme- dijo rompiendo la distancia y tomándola por la cintura para levantarla. Hermione se sonrojó fuertemente ante este gesto y más aun cuando sus rostros quedaron a un palmo de distancia confirmando los alardes del hombre… en realidad era extremadamente atractivo.

- ¿Podría usted soltarme?- preguntó Hermione como si el tacto del hombre la quemara… de las dos formas.

- ¿Podrías tutearme?- murmuró divertido.

- Señor apártese… ni siquiera os conozco- dijo empujándolo levemente.

- En vérité… Je suis Sirius Black…mademoiselle- murmuró seductoramente besando la mano de la desprevenida joven sensualmente.- Comment vous appelez-vous?

Antes de que Sirius abriera la boca para traducir su perfecto francés Hermione abrió la suya.

- Mon nom n'est pas de ton ressort- susurró mordazmente.- Je ne suis pas la paysanne ignorante qui vous croyez … monsieur.

- Excusez-moi- dijo sorprendido ante la contestación de la joven.- Je suis un idiot.

- Je suis d'accord.- replicó Hermione escrutándolo fijamente.- Je m'appelle Hermione Granger.

- Enchanté madmoiselle…

- ¿Y qué hace vuestra merced por aquí a estas horas?- preguntó la joven apartándose y mirándolo confundida.

- Habíamos concertado una cita en la capilla… de seguro no lo has olvidado.

- Creía que lo había imaginado.- balbuceó.- ¿Usted vive en la vicaría?

- Por supuesto.

- ¿Y por qué me ha citado aquí?

- Haces demasiadas preguntas Hermione.

- Vale pues, encantada de conoceros y… ya me tengo que ir.

- ¿Tan pronto?- cuestionó acercándose una vez más de una forma nada caballerosa.- Quédate un rato más y hablemos.

- ¿Qué eres?- preguntó descubriendo en su mirada algo peculiar, un toque de inmortalidad tal vez.

- Seulement je suis un vampire qui cherche une proie.- susurró ladeando la cabeza de la joven mientras Hermione se dejaba hacer poseída por una especie de fantasía y sentía los dedos cálidos en su cuello y el suave aliento del hombre rozando sus mejillas.

Unas manos la halaron fuertemente atrayéndola bruscamente a la realidad…demasiado bruscamente.

- ¿Pero qué demonios estás haciéndole?- estalló esa voz profunda que a pesar de haber escuchado tan pocas veces ya Hermione conocía de memoria.

- Ah Severus… Votre présence me perfore comme un poignard- dijo con fastidio por verse interrumpido.

- Mieux comme un pieu.- siseó Severus mirándolo con desprecio sin soltar a la castaña.

- Ya quisieras ¿verdad Snivellus?- apretó los dientes Sirius.

- No me importaría en lo más mínimo la verdad.

- ¡Ah Severus!… has llegado y Sirius has despertado al fin que oportuno.- escucharon una voz a sus espaldas. Ambos reconocieron a Dumbledore sin siquiera virarse.- Pero señorita Hermione ¿Qué hace usted aquí?

- Yo… em estaba

- A punto de ser vaciada.- dijo fríamente Severus soltándola violentamente.

- ¡Eso no es cierto!- estalló Sirius.

- ¿Qué pretendías entonces acorralándola de esa manera?- bramó Severus

- ¡Simplemente quería besarla!- dijo altaneramente

El color del rostro de Hermione no tardó en tornarse de un escarlata feroz… no sabía si el comentario era lo que la avergonzaba más o la presencia del anciano… y de Severus.

- ¿Qué tal si pasamos por un té? Dejemos descansar a los muertos en paz- Dumbledore se dirigió a Hermione ignorando a ambos hombres. Caminó hasta Sirius y lo tomó por el brazo mientras susurraba un paternal.

- Ya te he dicho muchacho que no puedes andar por ahí seduciendo a todas las jóvenes que encuentras…ni mucho menos besándolas y además…- escucharon Hermione y Severus mientras se alejaban.

- Ten cuidado con ese.- susurró dándole la espalda.- Es más de lo que aparenta ser.

- Como tú.

- Yo soy lo que soy… no me escondo tras romanticismos baratos para lograr lo que quiero.

- Ya me has salvado dos veces.

- No lo tomes personalmente…han sido meras casualidades.- dijo secamente mientras se dirigía a la vicaría.- ¿Vas a quedarte ahí parada o vendrás?

- Supongo que iré… y por cierto, no creas que he olvidado como me besaste el otro día.

- No sé de que estás hablando.- dijo restándole importancia al comentario aunque por dentro estuviera lleno de celos hacia Black y presa de un deseo avasallante de volverla a besar fieramente.


Mi terrible Francés lo sé. Aquí se los dejo

-Envérité… Je suis Sirius Black…mademoiselle De verdad… yo soy Sirius Black… señorita.

-Comment vous appelez-vous?: ¿Cómo se llama usted?

-Mon nom n'est pas de ton ressort:Mi nombre no es de su incumbencia.

-Je ne suis pas la paysanne ignorante qui vous croyez… monsieurNo soy la campesina ignorante que usted cree… señor.

-Excusez-moi:Discúlpeme.

-Je suis un idiot: Soy un idiota.

-Je suis d'accordEstoy de acuerdo.

-Je m'appelle Hermione Granger: Me llamo Hermione Granger.

-Enchanté mademoiselle: Encantado señorita

-Seulement je suis un vampire qui cherche une proie: Solamente soy un vampiro que busca una presa.

-Ah Severus… Votre présence me perfore comme un poignard: Ah Severus… tu presencia me perfora como un puñal.

-Mieux comme un pieu: Mejor como una estaca.


Historia de los Atenienses: Darío rey del Imperio Persa que vivió entre los siglos VI y V a.C. aun en medio de toda su grandeza no podía olvidar que en la batalla de Maratón habían sufrido un serio revés los atenienses. Por eso para seguir alimentando su sed de venganza y evitar que el tiempo pudiera hacerlo olvidar, ordenó a uno de sus sirvientes seguirlo a todas partes para decirle al oído "Acuérdate de los Atenienses" aún cuando el emperador rebosara de alegría.