Disclaimers: Los personajes, el mundo, los objetos, monstruos y cualquier otro ser o elemento del Final Fantasy no me pertenecen.

Comentario: Se me olvidó decirlo en el primer capítulo: por si algún despistado no se ha dado cuenta, cosa que dudo, los pensamientos de los personajes los coloco en cursiva entre los símbolos «». Ejemplo: «¡Ey!, ¡pero qué despistada soy!», se dijo la autora. ;)

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Capítulo 2: Aprobar o no aprobar... Ese es el dilema.

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Squall se dirigía sin prisas al vestíbulo del Jardín, punto de encuentro desde el que partirían los estudiantes hacia algún lugar en el que poder repartir los suficientes mamporros como para aprobar. Iba con un poco de retraso, pero no le preocupaba, pues sabía que no le permitirían irse sin su instructora y Quistis, antes de despedirse, le había dicho que iba a darse un baño con esencias aromáticas y a ponerse guapa para el acontecimiento. La verdad es que el joven deseaba que se hubiesen ido todos ya hacia Balamb y así, con un poco de suerte, no le volvía a ver la jeta a Seifer en todo el día ya que, por suerte, ¿sería cierto que le estaba cambiando la suerte?, cuando fue a su dormitorio a ponerse el uniforme y a recoger su mochila reglamentaria, la mochila de Seifer ya no estaba.

Cuando llegó al vestíbulo comprobó que aún quedaba algún grupo de estudiantes acompañados por sus amigos, que habían ido a despedirlos. A él seguro que no iba nadie a despedirlo, ni falta que le hacía. ¿Para qué? ¿Para luego dejarlo ir solo?

Squall tomó asiento en un escalón y se dispuso a esperar con paciencia y a ser testigo de tanta tontería melancólica. Desde allí pudo observar que algunos maestros shumis estaban, como quien no quería la cosa, vigilando; también pudo reconocer a algunos de los jóvenes que se agrupaban, como a "la chica de la trenza" y a sus amigas bibliotecarias.

De pronto vio aparecer por un cambio de pantalla a Seifer, escoltado por Viento y Trueno. Quizás se había precipitado en sus conclusiones sobre su suerte, se dijo Squall.

El líder del Comité Disciplinario no llevaba el uniforme reglamentario sino su ropa habitual y, como siempre, fuese enero o agosto, su inseparable gabardina, que en su opinión lo hacía más sexy. Seifer se dirigió directo hasta donde estaba el joven solitario de relucientes, sedosos y favorecedores cabellos castaños, según su punto de vista, y, mientras pensaba: «¡Pero qué bueno que está!», le dijo:

—¿Qué, perdedor, dispuesto a hacer el ridículo y a suspender el examen?

—Mira quién habla —espetó Squall—, el experto en suspensos.

—¡Yo suspendo por que me da la gana!

—No me digas... —murmuró, con mirada de te estás marcando un farol.

—Zi Zeifer dize que zuzpende porque quiere, ez azí —apoyó Trueno.

—Sí —argumentó Viento.

—Que razón tienez, Viento, cuando dizez que zólo ze ezplica el zuzpenzo por un acto voluntario dada la maeztría que tiene Zeifer en el uzo del zable piztola.

Lo cierto es que lo que decía Seifer no iba desencaminado: excepto la primera vez que se presentó al examen, el resto de veces había suspendido adrede, era algo necesario para lograr alcanzar sus objetivos. Pero el joven rubio sabía que Squall no le creería ni aunque se lo jurase por lo más sagrado, así que optó por desviar el tema y centró su atención en el grupo de estudiantes que quedaba, en busca de alguien a quien humillar. Los astros oyeron su plegaria y en el vestíbulo hizo acto de presencia, de forma espectacular, "el gafe de los bocatas": apareció subido en un monopatín aéreo haciendo acrobacias en una pretendida exhibición de Kung Fu, dando puñetazos al aire y acaparando un primer plano de cuerpo entero, que luego hizo un zoom en su rostro, resaltando el tatuaje de su mejilla izquierda y su imposible flequillo de punta. La "chica de la trenza" contemplaba la exhibición con cara de boba y lágrimas de emoción en los ojos. Al pasar por su lado, Zell hizo una pirueta imposible que no pudo culminar con éxito al estar observando por el rabillo del ojo el efecto que su hazaña causaba en la chica. Y así, el monopatín siguió a la suya y el chico fue a dar con los piños al suelo ante el espanto de la joven, la indiferencia de Squall y las carcajadas de Seifer.

—¡Juajuajuajua! ¡El Gallina haciendo lo que debe: picotear el suelo! ¡Juajuajuajua!

—¡Los monopatines están prohibidos en el Jardín! —declaró un maestro shumi—. Ese monopatín queda confiscado. —Sin ninguna compasión se adueño del preciado tesoro.

La "chica de la trenza" se acercó a consolar al desconsolado joven y de paso a comprobar si tenía algún hueso roto. Nada de lo que le decía parecía surtir efecto ni hacer que Zell levantara la mirada del suelo, hasta que ella sacó un paquetito de papel con los restos de bocata que había recogido ese día y se lo entregó. Los ojos del chico brillaron con luz propia y, de inmediato, olvidó el espantoso ridículo que había hecho. Cogió el paquetillo y lo guardó en la mochila reglamentaria, que apareció como de la nada y volvió a hacerse invisible en cuanto Zell se la colocó a las espaldas; era uno de esos habituales objetos que no se ven cuando los llevas puestos. Tras unas palabras, la bibliotecaria se fue con sus amigas a ocuparse de sus obligaciones y Zell se acercó a Squall, Seifer, Viento y Trueno, los únicos estudiantes que quedaban en el vestíbulo.

—¡Squall, Squall! —dijo todo animado—. ¿Qué haces al lado de Seifer?

—¿Y qué?

—Pues que me extraña porque como os peleasteis el otro día, cuando él te dio una paliza y tú se la devolviste, pensé que ni le dirigirías la palabra. Todo el mundo habla de ello, dicen que, aunque Seifer recibió la herida unos segundos más tarde, se recuperó antes que tú —informó, hundiendo de forma involuntaria el dedo en la llaga.

—¿Me has visto hablarle? —preguntó Squall, con tono seco. Zell negó con la cabeza—. Además no era una pelea, sólo era un entrenamiento. Y él aprovechó un sucio truco para herirme, de otra forma ni me hubiese rozado.

—Ya decía yo —convino Zell—. Me extrañaba porque vuestras continuas y habituales peleas, desde que os conozco, siempre quedan en tablas.

—Quedan en tablas porque a mí me da la gana —afirmó Seifer.

—Zi Zeifer dize que... —Un gesto de la mano de Seifer hizo que Trueno callara. Lo conocía lo suficientemente bien como para interpretar el menor de los gestos de su amigo jefe. Aquel movimiento de mano había significado: "Ahora no, Trueno, no me quites protagonismo... por favor".

Pero el protagonismo que pretendía no existió porque Zell hizo como si no lo hubiese oído, o quizás ni lo oyó:

—Squall, Squall, enséñame tu sable pistola.

—No.

—Va, enséñame tu sable pistola.

—No.

—No seas antipático, enséñame tu sable pistola.

—NO.

—¡Pues choca esos cinco! —exclamó el joven alargando la mano.

Squall la miró sin comprender qué pretendía. Nunca le había estrechado la mano a nadie, no para dar fuerza a su papel de insociable, sino porque nadie se la había ofrecido. Y como "el gafe de los bocatas" ya estaba de pie, no podía estar pidiéndole que lo ayudase a levantarse, como había hecho Selphie. En estás cuestiones filosóficas estaba cuando oyó:

—Jo, Squall, qué seco eres... —lamentó Zell, interpretando la pasividad como desprecio.

—¡Ey, chicos! —saludó Quistis haciendo acto de presencia. Se había esmerado en su arreglo, dedicando varias horas al embellecimiento, y estaba muy satisfecha del resultado: para aquella ocasión lucía el uniforme de SeeD, se había peinado como siempre y llevaba el maquillaje habitual—. ¡Qué bien que me habéis esperado!

«Como si pudiésemos irnos sin ella...», pensó Squall.

—Bueno —empezó Quistis, tras dirigirle una sonrisa a su alumno favorito—, en cumplimiento de mi sagrado deber de instructora debo informaros de que vosotros sois un grupo de tres, el grupo B.

—¿Y no pueden ser grupos de uno? —interrumpió Squall.

—No, los grupos de estudiantes aspirantes a SeeDs son de tres, según establece el artículo 537 de la Constitución del Jardín Balamb escrita por los legisladores shumis. Y cada uno de los artículos es de cumplimento obligatorio. De hecho, aprovecho para decirte que, aunque yo insistí en que tú fueras el líder del grupo B, en la Oficina de Control y Censura de Peticiones y Sugerencias del Jardín de Balamb los funcionarios shumis me dejaron bien claro que era del todo imposible, pues ese puesto debe ocuparlo el aspirante con más experiencia y, de vosotros tres, el que más experiencia tiene en exámenes es Seifer, que ya se ha presentado dieciséis veces más. Así que: ¡aspirante Seifer Almasy, serás el líder del grupo B!

—Qué bien ¿eh, Zeifer? —se alegró Trueno.

—... —En esta ocasión, Viento prefirió guardarse su opinión.

—Es lógico que yo sea el líder, soy el mejor... Aunque haya suspendido dieciséis veces —añadió Seifer, nada contento con la explicación de los motivos de su elección.

—¡Aspirante Squall Leonhart, deberás obedecer las órdenes de tu superior!... Lo siento, Squall...

—...

—¡Aspirante Zell Dincht, no entorpezcas el trabajo de tus compañeros!

«¿Zell Dincht?... ¿Y quién es ese?», se preguntó Squall.

—¡A la orden, instructora! —respondió "el gafe de los bocatas" haciendo un saludo marcial y descubriéndole a Squall que también tenía nombre.

—Ya has oído, Squall, mi palabra es la ley —se jactó Seifer.

—¿Y qué?

—¡Pues que nos pongamos en marcha —apremió Quistis— que ya deben estar todos en el puerto de Balamb!

En aquellos momentos se materializó como de la nada el director del Jardín, Cid Kramer, escoltado por sus dos guardaespaldas habituales shumis.

—¡Queridos alumnos! —empezó el hombre abriendo los brazos para dar mayor énfasis a sus palabras—. ¿Eh, dónde están los aspirantes a SeeD? —se preguntó al percatarse de que sólo quedaban, literalmente, seis gatos—. Bueno, da igual, os daré a vosotros el discurso: ¡queridos alumnos, hoy es un acontecimiento muy importante para vuestras vidas porque hoy tendréis la oportunidad de convertiros en SeeDs, con todo lo que esto conlleva! ¡Los SeeDs tenéis la sagrada misión de...!

—¡Ejem, ejem! —carraspeó uno de los guardaespaldas.

—... quiero decir, ¡los SeeDs sois SeeDs!

«Obvio», pensó Squall.

—Squall —se dirigió personalmente a él el director, sorprendiendo al joven de que conociera su nombre, ya que los maestros shumi siempre los llamaban por su número de alumno—, tú en especial tienes que esforzarte por aprobar el examen porque todas las esperanzas del Jardín y del mundo, por no decir del universo, están puestas en ti porque...

—¡EJEM, EJEM, EJEM!

—¡Ja, ja, ja! —rió con nerviosismo el director—. Quizás he exagerado un poco con lo del mundo y el universo... Lo que quiero decir es que es muy importante que apruebes porque... esto... porque... ¡Porque todavía no tenemos ningún SeeD especializado en el uso del sable pistola!

«¡Este hombre está majara!», se dijo Squall.

—¡Yo también estoy especializado en el uso del sable pistola! —protestó Seifer.

—Bueno, Seifer... ¿cómo te lo diría?... después de tantos años y tantos exámenes ya he perdido la esperanza de que apruebes algún día...

—Aprobaré cuando quiera...

—Lo que tú digas —le dio la razón como a los locos el director Kramer—. Ale, marchaos que llegáis tarde.

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Cogieron el barco en Balamb por los pelos (y porque el piloto era miembro del club de fans de Quistis y se negaba a abandonar el puerto sin ella).

Sentados en unos bancos adosados a la pared en una especie de minúscula sala de juntas, en la que había una pantalla, los cuatro esperaban a que la instructora Shu viniese a explicarles los detalles de la misión.

—Hola a todos —saludo una atractiva joven que llevaba una melena castaña. Quistis y los estudiantes (excepto Seifer) se levantaron y saludaron con gesto marcial—. Podéis sentaros —concedió cuando ya estuvo delante de la pantalla, no porque le gustase que los estudiantes permanecieran de pie a su paso en señal de adoración, sino porque la estrechez del recinto y la inútil mesa que había en el medio lo había hecho necesario para poder pasar—. Ey, Seifer, ¿de nuevo por aquí? —saludo con la confianza que da la rutina—. Cuando acabe el examen puedes pasar por mi despacho a recoger los impresos para poder presentarte al próximo examen, que será dentro de un mes; ya los tengo preparados. Me sobraba un ratillo y decidí adelantar el trabajo. En cuanto a vosotros dos, os deseo mucha suerte. Y ahora, vayamos al grano.

La pantalla que había a espaldas de Shu se iluminó y en ella apareció una extraña gráfica en verde adornada con puntitos rojos intermitentes, a modo de bolas de navidad. Squall supuso que aquello debía ser para hacer más comprensible la explicación pero la verdad es que no había por dónde cogerlo.

—En la pantalla —empezó Shu—, podéis ver claramente las condiciones del terreno en verde y la situación estratégica del enemigo y nuestra en rojo; pero de todas formas pasaré a explicar los detalles de la misión: parece ser que el malvado ejército de Galbadia ha invadido, con oscuras intenciones, Dollet, y estos nos han llamado pidiéndonos ayuda. Los inocentes ciudadanos de Dollet nos han pedido que acudamos en su auxilio y que acabemos con los de Galbadia, que los destrocemos, los masacremos, los hagamos picadillo, puré de patatas... en fin, lo habitual que hace un ejército entrenado de mercenarios como somos nosotros; previo pago, por supuesto. Vosotros os ocupareis de desfilar por las calles para atraer a los soldados de Galbadia y, de este modo, los SeeDs tendrán las manos libres para ocuparse de las cosas realmente importantes y de paso minimizamos las pérdidas, sólo arriesgamos estudiantes y no auténticos profesionales. Intentad durar el máximo tiempo posible, para eso os hemos dado el kit de supervivencia. Como sabemos que sois más pobres que las ratas, porque no tenéis ninguna fuente de ingreso y los ocasionales monstruos que hayáis podido vencer son unos rácanos que guardan todos sus ahorros en el banco y llevan sus mochilas casi vacías, con lo que queda poco para saquear, os hemos puesto en el kit de supervivencia las suficientes pociones, colas de fénix y demás productos de primeros auxilios como para que podáis resistir lo suficiente para darle a los SeeDs el tiempo que necesitan para cumplir la misión. ¿Lleváis todos la mochila reglamentaria con el kit de supervivencia? —inquirió, dada la imposibilidad de saberlo por la invisibilidad de la mochila. Los estudiantes asintieron—. Bien, entonces sólo me queda una cosa más que decir: OBEDECER LAS ÓRDENES ES PRIORIDAD UNO. El incumplimiento traerá el suspenso inmediato e irrevocable. Ahora me voy, si os queda alguna duda, podéis preguntarle a Quistis.

En cuanto Shu los dejó solos, Squall vio que le aparecía, como de la nada, un letrero transparente con las siguientes opciones:

a) Hablar a Quistis.

b) Hablar a Seifer.

c) Hablar a Zell,

d) No hacer nada.

«¿Hablar?... ¿Y gastar saliva inútilmente?», se dijo Squall y eligió la opción d.

—Squall, Squall, enséñame tu sable pistola —insistió Zell, otra vez.

—...

—Va, enséñamelo.

—¡Ey!, gallina, deja tranquilo a Squall que tiene otras cosas de las que ocuparse.

—Grrrr... —gruñó Zell, dando puñetazos al aire, suponemos que a algún Seifer imaginario.

El auténtico Seifer miró largamente al joven de sedosos y agraciados cabellos castaños y dijo:

—Squall, tráeme un café.

De nuevo Squall vio aparecer ante él distintas opciones:

a) Sí.

b) ...

c) Si quieres un café, ve tú a buscarlo.

Descartando de inmediato la primera respuesta, aunque toda su personalidad de lobo solitario y silencioso le instaba a elegir la dos, no pudo resistir la tentación de mandar a Seifer a la porra:

—Si quieres un café, ve tú a buscarlo.

—Es una orden de tu superior.

En esta ocasión, aunque también apareció de la nada el panel, no dejaba demasiado margen de maniobrabilidad:

a) obedecer las órdenes de un superior es prioridad uno.

b) obedecer las órdenes de un superior es prioridad uno.

c) obedecer las órdenes de un superior es prioridad uno.

Squall quería a toda costa aprobar el examen de modo que se levantó dispuesto a obedecer.

—Ya sabes cómo me gusta el café —añadió Seifer.

«Caliente y muy amargo... como tú», contestó Squall mentalmente.

El joven se dirigió a otra sala en la que había máquinas que proporcionaban una consumición gratis por alumno durante el viaje. Introdujo el código de Seifer, el 666, cogió un café y, como quien no quiere la cosa, dejó caer diecisiete terrones de azúcar en el interior del negro líquido, uno por cada convocatoria de examen. Luego escogió para él una cerveza sin alcohol y subió a cubierta a contemplar el paisaje y a tomar el fresco mientras se la bebía. Dispuesto a tomarse el tiempo que fuese necesario, ya que le gustaba beber con sorbos muy cortos, colocó el café, bien sujeto (no fuese a derramarse haciendo que incumpliera una orden), en el punto estratégico donde más viento hacía: si tenía que llevarle el café, por lo menos se lo llevaría frío.

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Nada más desembarcar en Dollet, Quistis se dispuso a dar las últimas instrucciones a sus alumnos:

—Os examináis doce estudiantes divididos en cuatro grupos. No sé si lo he dicho antes pero vosotros sois el grupo B. Preparaos bien porque en cuanto deis cuatro pasos y me perdáis de vista empezará la acción. Dicho esto, paso a lo realmente importante: toma, Squall, los números de mis cuatro móviles que, aunque nunca han funcionado porque todas las retrasmisiones son por cable y es un coñazo unir los móviles con un hilo lo suficientemente largo como para llegar a la distancia en la que no nos podemos hacer oír a gritos, nunca se sabe.

—¿Tengo que coger ese papelucho?

—Es una orden —dijo ella con la mejor de sus sonrisas.

El joven obedeció.

—De todas formas —siguió Quistis—, si me necesitas, haces señales de humo y yo acudiré aunque tenga que saltarme todas las normas a la torera. Ten en cuenta que esto no va a ser tan fácil como lo de Ifrit porque no estaré yo ahí para protegerte. He pedido un permiso especial para acompañarte, pero los funcionarios shumi me lo han denegado. Así que cuídate mucho y vuelve de una pieza, no dudes en sacrificar a cualquiera de tus compañeros si es necesario.

—Oh, la instructora Trapo... —empezó con tono sarcástico Seifer.

—¡Me llamo Trepe!

—... la pederasta del Jardín...

—¡Sólo tengo un año más que él!

—...sufriendo por su amorcito...

—¡Lo que pasa es que estás celoso!

—¡¿Celoso yo? —saltó Seifer asustado porque Quistis había dado en el blanco.

—¡Sí, celoso porque yo pasé el examen de SeeD a la primera, y con honores, mientras que tú fracasabas estrepitosamente sin conseguir dar ni un golpe al enemigo!

—Sí —respondió aliviado—, aún recuerdo aquel accidente de látigo...

—¡No llames accidente a mi maestría con el látigo!

Aquella estúpida discusión generó un flashback:

Seifer, Quistis y Gili (que con el tiempo fundaría el Club de Fans de Quistis y sería más conocido como el fan nº1), con quince años los tres, se enfrentaban al temido examen en el que habían puesto todas sus esperanzas: si lo aprobaban, cobrarían regularmente un sueldo, lo que les permitiría salir de la miseria. Eran el grupo H, pues en esa convocatoria había habido una participación masiva. Acababan de dejarlos abandonados en el medio de ninguna parte a ellos tres, y a saber dónde habrían dejado a sus compañeros de infortunio. El Jardín de Balamb había mandado a los aspirantes como avanzadilla con la misión de librar a aquellos parajes de terribles monstruos, los SeeDs ya acudirían más tarde a recoger lo que hubiese quedado de los estudiantes.

—¡Seifer, Seifer, tengo miedo! —dijo por enésima vez Quistis. Por aquel entonces, la futura instructora peinaba sus rubios cabellos con dos coletas altas, ya que todavía no la preocupaba tener un aire serio, maduro y atractivo; le bastaba con estar mona.

—No seas plasta, Quis —pidió Seifer—. Ni que fuese la primera vez que vas a luchar —añadió. El joven Seifer seguía al pie de la letra los dictados de la moda de aquel entonces, por lo que llevaba su rubia cabellera llena de rastas, que le llegaban a los hombros. Aún no había adoptado el aire cool "necesario" para conquistar a Squall.

—Esto... —musitó la chica, aproximando los índices y haciendo extraños movimientos circulares con ellos—. Yo...

—¡Nunca has peleado! —dedujo Seifer, alucinado.

—¡¿Nunca has ido por los alrededores del Jardín ni al bosque? —se unió Gili. El joven, que era ferviente admirador de Rambo, llevaba una cinta en la frente y el rostro adornado con dibujos de camuflaje, como su héroe. Aunque le hubiera gustado llevar ropa acorde, los maestros shumis no le habían dejado; ni a él ni a nadie, por lo que los tres, a su pesar, se habían visto obligados a utilizar aquel horrible atuendo, nada acorde con su look: el uniforme de estudiante.

—No... —musitó ella—. La verdad es que soy de nivel 0... ¡Pero el parámetro suerte lo tengo altísimo! —añadió muy animada.

—¡Y, ¿cómo has conseguido que te permitan venir al examen? —exigió saber Seifer.

—Bueno... es que ya sabes que soy muy buena en la teoría... y como saqué en todas las asignaturas matrícula de honor mientras los demás suspendían o aprobaban por los pelos, como es vuestro caso..., la instructora se puso tan contenta porque yo era la prueba viviente de su gran capacidad para la enseñanza... que ni miró las prácticas y me dio el visto bueno... ¡Pero os prometo que lo voy a hacer muy bien! —añadió en un mohín que a Gili le pareció adorable.

Seifer contuvo las ganas de estrangular a Quis, como la llamaba por aquel entonces. Aún no odiaba a la que en un futuro sería su instructora porque la chica ni se había fijado en Squall, que al ser más joven iba un curso por debajo de ellos, y por lo tanto aún no intentaba quitárselo. Seifer amaba apasionadamente a Squall desde que tenía siete años... ¿o era desde antes?... Bueno, daba igual, el caso es que lo amaba apasionadamente, y su amor no decayó ni cuando "accidentalmente" (cuando entró en el baño mientras Squall se estaba duchando), descubrió a la edad de trece años que Squall no era una chica. Y el caso es que le había extrañado mucho que los profesores shumis fueran tan liberales con él, siendo tan estrechos con los otros, y le hubiesen colocado una chica como compañera de cuarto desde que ambos llegaron el mismo día al Jardín.

—¡Por ahí viene un monstruo muy raro! —alertó Gili, sacando a Seifer de tan bellos recuerdos.

—¡Preparémonos para el combate! —indicó Seifer, que era el líder porque había sacado la pajita más larga, ya que los tres tenían experiencia cero en los exámenes prácticos.

—¡Qué asco! —exclamó Quistis—. Es una especie de flan gelatinoso con unos grandes ojos amarillentos... Con un poco de suerte, pasa de largo.

Pero no, de pronto se inicio la música de batalla, señal inequívoca de que empezaba el combate.

El blinura, que así se llamaba el monstruo aunque ellos lo ignoraban, los miró calibrando a cuál se merendaba primero.

—¡Socorro, no quiero morir tan joven!

—¡Yo ataco primero! —exclamó Seifer.

—¡Yo te cubro! —apoyó Gili.

—¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaah! —gritó Quistis, tras cerrar los ojos—. ¡Toma, bicho! —añadió, ignorando los planes de estrategia de sus compañeros, al mismo tiempo que daba un latigazo con tanto impulso del brazo y tan poca presión de la mano que el látigo salió disparado y fue a estrellarse de punta por el mango en la cabeza de Seifer, impidiéndole culminar su ataque.

El látigo salió rebotado, con más fuerza destructora después de haber dejado K.O. al joven, y viajó directo hacia el ojo del blinura, el cual intentó desviarlo con tan poca fortuna que, no sólo no lo consiguió, sino que además se dio un manotazo viscoso en el otro ojo. El látigo asesino volvió a salir rebotado y terminó su viaje en la cabeza de Gili, dejándolo K.O con el golpe crítico.

—¡Grr! —gruñó el blinura y, con ansias de venganza, se abalanzó hacia Quistis... O eso creía él, pues, con un ojo a la funerala y el otro todo lleno de pringue, corrió en dirección contraria hasta que fue a parar dentro de una fosa séptica que había por allí abandonada.

Quistis notó una extraña sensación eufórica y cómo los parámetros le aumentaban, signo de que la batalla había concluido ¡y con victoria!, la joven abrió los ojos.

—Anda... si he ganado... Y yo solita —dijo al ver a sus compañeros K.O. La joven se agachó y recuperó su látigo—. Bueno, tendré que tirarles unas colas de fénix.

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—No vayas chuleando, que lo he visto todo —dijo Seifer, cansado de que la chica le relatase otra vez su heroica victoria—. Te recuerdo que estaba K.O., no, muerto.

—Pero estaba tan mona gritando como una loca con los ojos cerrados —defendió Gili.

—El caso es que ha sido MI látigo el que ha acabado con el monstruo.

—¡Cuidado, se acerca otro monstruo! —alertó Gili.

—¡Preparaos para el combate! —ordenó Seifer.

—¡Qué miedo! —gritó Quistis—. ¡Es una especie de tortuga gigante y parece que nos mira con malas intenciones!... Aunque, con un poco de suerte no nos ha visto y pasa de largo.

Pero no, ellos eran lo único que sobresalía del paisaje en aquella playa desierta, y de nuevo pudieron deleitarse con la música de combate.

El adamantaimai, que así se llamaba el monstruo, había parado en seco su lento viaje, alegrándose de encontrar algo con lo que desayunar.

—¡Yo ataco primero! —exclamó Gili.

—¡Yo te cubro! —apoyó Seifer.

—¡Aaaaaaaaah! —gritó Quistis, cerrando los ojos—. ¡Toma, bicho! —añadió, dando fuerte con el látigo y asegurándose de sujetarlo bien para que no volviese a escaparse.

Tener los ojos cerrados no ayuda mucho en la puntería, y si a eso añadimos lo bajo que tenía la chica dicho parámetro no es de extrañar que, instantes antes de que Gili golpeara al adamantaimai, la punta del látigo se enrollara en el tobillo del joven. Gili perdió el equilibrio y se dio de pleno en la dura coraza que protegía el cuerpo del monstruo; de inmediato salió hacia atrás con fuerza a causa del efecto rebote más el movimiento del látigo, que se le había amarrado al tobillo con un nudo marinero. El joven fue a estrellarse en la dura cabeza de Seifer, que alucinado por lo que veía no fue capaz ni de apartarse. Mientras, Quistis seguía a la suya, con los ojos cerrados y moviendo el látigo como una posesa:

—¡Toma, toma, ¿a que duele? —decía, convencida, ya que notaba que el arma golpeaba a algo sólido.

El viaje por los aires del pobre Gili no acabó cuando dejó K.O. a su compañero, sino que siguió de reboté hasta que finalizó en la cabeza del monstruo, único punto sensible de la criatura, provocándole un daño crítico que lo dejó fuera de combate; por suerte para Gili, él ya hacía rato que lo estaba.

De nuevo Quistis notó la sensación de aumentar de nivel y abrió los ojos.

—¡Anda, he vuelto a ganar otra vez!... —exclamó, al ver el panorama—. Bueno, tendré que echarles de nuevo unas colas de fénix. No sé lo que harían sin mí...

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Los tres jóvenes corrían a toda pastilla, especialmente lo hacía Quistis, que iba en cabeza; aunque tenía las piernas más cortas que sus compañeros las movía a tal velocidad que más que piernas parecían ruedas. Huían de una docena de monstruos que los perseguía lanzando gruñidos y todo tipo de sonidos aterradores.

—¡Socorro, auxilio! —gritaba la muchacha.

—¡Aaaaaaaaaaah! —Oyeron un alarido múltiple procedente del grupo M de aspirantes.

Estos bajaban ladera abajo seguidos de cerca por un montón de monstruos. Cuando llegaron por donde pasaban Seifer, Quistis y Gili se unieron a ellos en la huida, lo malo fue que los monstruos también se juntaron. Y así siguieron corriendo y ejerciendo un efecto imán en el resto de aspirantes hasta que todos los que habían ido a examinarse corrían, como alma que persigue el diablo, seguidos de cerca por una horda de fieras sanguinarias.

—¡Un edificio! —gritó Quistis. Al ser la que iba en cabeza fue la primera en verlo—. ¡Corramos hacia él! ¡Allí podremos atrincherarnos y escondernos hasta que los SeeDs vengan a salvarnos!

—¡Buena idea! —apoyó Gili.

El grupo actuó como un rebaño de ovejas que sigue a la que va en cabeza y, si esta salta por un precipicio, no se preguntan qué se le ha perdido en el fondo, saltan también para comprobarlo personalmente.

—¡Quis, esto no me gusta nada! —gritó Seifer, la oveja negra, cuando pudo ver la edificación. Era bastante grande, circular y de madera. Podía decirse que se asemejaba a un circo romano, pero con techo en forma de bóveda. Aquello le dio muy mala espina—. ¡Quis, cambia de dirección!

Su recomendación se la llevó el viento y los alaridos de los perseguidos y los perseguidores y, como aunque hubiese querido abandonar el grupo no hubiese podido, Seifer se vio arrastrado casi en volandas al interior del edificio. Allí sus peores sospechas se hicieron realidad: no sólo porque, como es lógico, los monstruos no se quedaron en la puerta y los siguieron al interior, sino también porque en las gradas, de lo que debía haber sido un teatro o algo parecido, los esperaban muchísimos más monstruos. Habían caído en una emboscado como unos auténticos pardillos inexpertos, que en realidad era lo que eran.

—¡Oh, no, vamos a morir todos! —se horrorizó Quistis y corrió a refugiarse en el medio del grupo que habían formado los estudiantes en el centro del recinto—. ¡Allí hay una salida! —señaló hacia arriba, donde, exactamente sobre ella, a unos quince metros de altura se abría un orificio circular en medio de la bóveda.

—Yo aún no he aprendido a volar —señaló Seifer con sarcasmo.

—¡Si nos unimos y algunos se sacrifican formando una columna humana, el resto podremos escapar! —argumentó Quistis—. ¡Los que estén dispuestos a morir por los otros, que levanten la mano!

Su petición cayó en el vacío. Mientras tanto, algunos de los monstruos se estaban colocando pechitos para no mancharse durante el festín, otros afilaban sus dientes, otros sus uñas, incluso un grupo de ochus hacían con sus tentáculos ejercicios de calentamiento.

Una música de combate especial, del estilo de esas que se reservan para los Jefes de fase, llenó el recinto.

—¡Si tenemos que morir, vendamos caras nuestras vidas! —gritó Seifer preparándose para la batalla.

—¡Luchemos! —apoyó el resto; menos Quistis, que cerró los ojos y empezó a repartir latigazos a diestro y siniestro al mismo tiempo que gritaba:

—¡Aaaaaaaaaaah! —Sus compañeros se alejaron rápidamente de ella para evitar los golpes indiscriminados—. ¡Tomad, tomad, monstruos horribles!

En plena confusión estaban todos —monstruos incluidos, que temían ser pisoteados por la avalancha de jóvenes—, cuando la punta del látigo de Quistis se enrolló en una de las columnas de madera carcomida que sujetaban el raído y viejo edificio.

—¡No te resistas, monstruo asqueroso! —dijo, tirando con todas sus fuerzas, al creer que un monstruo había cogido la punta del látigo.

La columna cedió al ímpetu de la joven y cayó causando un efecto dominó. En pocos segundos el edificio se vino abajo precipitándose sobre estudiantes y monstruos.

Quistis notó una sensación extraña, como nunca antes había experimentado, era como si una gran energía recorriese todo su ser aumentando su fuerza, su vida, su suerte... todos sus parámetros de una forma espectacular. Es esa sensación que se siente cuando se aumentan varios niveles de golpe.

—¿Hemos ganado? —se preguntó sorprendida y abrió los ojos—. Vaya... parece que he vuelto a ganar yo sola... Lo que pasa es que no sé si tengo las suficientes colas de fénix... —dijo para nadie.

Tanto monstruos como estudiantes estaban K.O. tirados por el suelo, revueltos piernas con tentáculos y trozos de madera, todos juntos y apiñados como si fuesen los mejores amigos. Únicamente ella permanecía en pie, sin un solo rasguño; la suerte había querido que estuviese situada justo debajo del agujero de la bóveda, y eso la había salvado cuando el techo se había caído a plomo.

En aquellos momentos llegaron los SeeDs con los instructores y, asombrados, preguntaron:

—¿Quién ha hecho esto?

Al unísono, manos, zarpas, tentáculos y garras temblorosas se alzaron del suelo y señalaron a Quistis, dejando perplejos a los SeeDs por la gran hazaña de la muchacha.

Y así, mientras Seifer suspendía sin haber podido dar ni un golpe, Quistis aprobó el examen con honores, nadie podía negar que todos los monstruos con los que se había enfrentado habían caído a causa del látigo. En premio por su gran entrega, sacrificio, valentía y compañerismo (no había dudado en compartir sus colas de fénix) fue nombrada de inmediato instructora, saltándose todos los rangos intermedios.

El fracaso del resto de alumnos hizo reflexionar a los dirigentes del Jardín: quizás se habían precipitado y los habían mandado demasiado pronto al peligro. Esta vez habían tenido suerte y, aparte de múltiples magulladuras y traumas psicológicos, ningún estudiante había causado baja; pero la próxima vez las cosas podían ser diferentes y, si morían todos los estudiantes o abandonaban la carrera por miedo, se iban a quedar sin SeeDs que les llenaran los bolsillos. De modo que tomaron una decisión irrevocable: a partir de ese momento, aquellos estudiantes que nunca se habían presentado a un examen práctico de SeeD no podrían hacerlo hasta que tuviesen diecisiete años. También acordaron no volver a abandonar del todo a su suerte a los estudiantes, para ello los SeeDs les echarían una mano en las misiones de exámenes, interviniendo, si era preciso, antes de que la mayoría de alumnos fuesen eliminados.

Aquel examen marcó un nuevo rumbo en la vida de Quistis, que ni en sus más anhelados sueños hubiese imaginado que iba a subir tan rápido y tan alto. La muchacha se dedicó por completo a la enseñanza, dejando de lado su entrenamiento físico. Aquellos habían sido sus primeros y últimos combates... hasta que acompañó a la cueva de Ifrit a Squall, el único de sus alumnos que no había elegido el trabajo alternativo.

Seifer y Quistis regresaron de su flashback, que ni Squall ni Zell habían podido ver porque no habían formado parte de él y ni la instructora ni el experto en cates habían querido compartirlo. Tampoco quisieron hacer ningún comentario, Seifer no estaba demasiado orgulloso de cómo le habían ido las cosas aquel día y Quistis no quería arriesgarse a que, si su amado suspendía el examen, creyese que ella le había mostrado, con la intención de humillarlo, la forma magistral en que había aprobado.

—¿No deberíamos irnos ya? —preguntó Zell, al que los nervios se lo comían, estaba en ese estado desquiciante que se suele experimentar antes de un examen importante—. Somos los últimos...

—¡Es verdad, no me había dado cuenta! ¡jeje! —medio rió Quistis—. Antes de que os marchéis tengo que deciros una cosa más: bajo ningún concepto vayáis más allá de la Plaza Central, a la que se accede por allí —señaló una calle que empezaba al final de la playa—. Ahorrad el aliento porque toda la calle es cuesta arriba, es lo que tienen los pueblos montañosos. Y acordaos de que vosotros sólo tenéis que distraer a los enemigos que estén desde el inicio de esa calle hasta la plaza. Seifer, procura que Squall no sufra ningún daño, si no, atente a las consecuencias.

—¡Vamos! —ordenó el líder del grupo B, y los aspirantes a SeeD iniciaron la marcha.

—¡Hasta luego, Squall! —se despidió Quistis enjugándose las lágrimas con un pañuelo.

En cuanto se alejaron un poco de Quistis, Seifer empezó con tono sarcástico:

—Oh, qué romántico, cuánto te cuida la instructora... "Seifer, procura que Squall no sufra ningún daño" —repitió imitando el tono de la chica—. Parece interesada en ti... pero a ti ella no te interesa nada, ¿verdad?... Tú pasas de ella, ¿a que sí?...

—¿Y qué?

—Pues que sería mejor que no te hicieses ilusiones porque no tienes nada que hacer con ella, en realidad, sólo le interesas como alumno.

—¡Eso no es cierto! —intervino Zell—. Squall ya ha tenido una cita con la instructora, todo el Jardín lo sabe.

«Gracias por apoyarme, gafe de los..., quiero decir, Zell —pensó Squall, pero se lo calló; antes moriría digerido por un molbol que confesarlo en voz alta—. En cuanto a Seifer —siguió meditando—, lo que pretende es ridiculizarme y fardar una vez más de su ligue con la pija de Timber mientras que yo no me he comido una rosca... Pues se va a enterar.»

—Pues la verdad —empezó—, estoy planteándome salir con Quistis, es que como está tan interesada en mí, y como es tan popular que incluso tiene un club de fans...

—Grr... —gruñó Seifer, aquello no era lo que quería oír. La duda y los celos se lo comían y había esperado que Squall le confirmase que no sentía el más mínimo interés por Quistis.

—¡Qué suerte, Squall, una chica tan guapa y tan popular interesada en ti!

—¡Dejemos de hablar de tonterías y centrémonos en la misión! —ordenó Seifer.

Como si hubiesen estado esperando que acabasen de hablar, un grupo de soldados de Galbadia les salió al paso.

—¡Dejad para mí el último golpe, que es el que da más experiencia! —exigió Seifer.

«Ok», pensó Squall.

Los tres jóvenes prepararon sus armas... Bueno, dos prepararon los sables pistola y otro, como no tenía arma, se dispuso a pelear a puñetazo limpio.

—¡Es mi turno! —exclamó Zell y, como una fiera, se lió a puñetazos con el primer soldado que pilló.

¡Pim! 2 de daño. ¡Pam! 2 de daño. ¡Pum! 3 de daño.

—¡¿Pero qué nivel tienes? —quiso saber Seifer.

—El uno —confesó Zell—. Es que siempre que he ido a Balamb he ido en coche y como en lugar de intentar cazar a Ifrit hice un trabajo sobre las cualidades nutritivas de los mendrugos de pan y restos de bocata...

—¿Y nunca has ido a la sala de entrenamiento? —no pudo evitar preguntar Squall.

—Yo quería, pero nadie quería acompañarme... Se excusaban, como si creyesen que soy gafe o algo así. Una vez fui solo, pero sólo me dio tiempo a extraer unas magias antes de que esos bichos que parecen plantas empezaran a masacrarme. Suerte que pasaba casualmente por allí Dulci, cargando unos libros.

—¿Dulci?

—Me refiero a Dulcinea, esa chica tan mona y tan dulce, de alma caritativa y corazón generoso, aparte de gran belleza, gracia y soltura, que trabaja en la biblioteca y suele peinarse con una trenza.

«O sea, que "la chica de la trenza" no se llamaba así...», reflexionó Squall.

—Como iba contando, Dulci me vio acorralado por las fieras, y, sin pensar en su propia seguridad, se lió a repartir mamporros con El Quijote y me salvó la vida.

—A parte de gallina, inútil —dijo Seifer—. ¡Au! —gritó cuando un soldado, harto de esperar a que acabasen de hablar, le dio un golpe—. ¡Vosotros dos! —se dirigió a Squall y Zell—: ¡Fijaos en mi maestría y aprended!

Deseando lucirse, inició un fuerte ataque; pero, antes de que el sable pistola alcanzara su objetivo, Squall se interpuso y recibió el golpe. Sus puntos de vida bajaron alarmantemente.

—¡Pero ¿qué haces? —recriminó Seifer—. ¡Me has hecho malgastar el turno!

—Ahora me toca a mí —dijo el joven de cabellos castaños. Sin despeinarse, se lió a espadazos con el enemigo y finalizó el límite con el Círculo Letal, dejando a todos los soldados K.O. Luego, como quien no quiere la cosa, al guardar el sable pistola golpeó a Seifer con la culata al mismo tiempo que pensaba: «Toma, el último golpe del combate.»

El rubio no dijo ni mu por lo que interpretó como un accidente, no quería quedar como un flojeras que se queja por un golpecito de nada

—¡Estoy subiendo de nivel! —se alegró Zell.

Los siguientes combates se desarrollaron de forma parecida: Zell y Seifer atacaban, Squall remataba usando el límite, después culatazo a Seifer y subida de nivel de Zell.

Pronto alcanzaron la plaza, lugar en el que tenían que esperar hasta nueva orden.

—¡Squall, mira si se puede ir a algún lado por esas otras calles! —ordenó Seifer.

El joven obedeció, pero asomándose desde la plaza sin poner un pie fuera de ella, no quería desobedecer.

—Una de las calles está cortada —informó—, y en la otra hay un cartel que pone "a la Torre de Transmisión estropeada y abandonada".

—Qué interesante... —fingió interesarse Seifer—. ¿Y si vamos a echar un vistazo?

—Nos han ordenado permanecer aquí —le recordó Zell.

—Pero me aburro. Y tú también, Squall, y quieres investigar.

—No veo por qué tendría que interesarme un transmisor abandonado.

—Pues no sé... porque... —Seifer buscaba una excusa convincente cuando vieron que unos soldados de Galbadia, sin percatarse de que ellos estaban allí, pasaban y se iban hacia la torre—. Qué interesante, al enemigo le interesa la Torre de Transmisión. Seguro que se está cociendo algo gordo. ¡Vayamos a averiguarlo y a repartir mamporros!

—Yo no voy —dijo Zell.

—A mí plim. Vamos, Squall.

—¿Es una orden?

¡Claro, si sólo tenía que ordenárselo!, cayó en la cuenta Seifer.

—Es una orden.

—En ese caso, vamos.

—¡Esperadme!

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El camino se alejaba del pueblo y subía por la montaña. Se habían encontrado con algunos monstruos y el resultado de la batalla había sido el mismo que con los soldados.

—So... co... rro... —oyeron el lastimero lamento de un SeeD, el cual se arrastraba por el suelo acercándose hacia ellos.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Squall.

—Ha sido... un combate... épico.. y terrible...

—¿Quién te ha dejado así? —inquirió Zell, con temor—. ¿Algún bicho terrible monstruoso? Algo así como una serpiente gigante, asesina y venenosa, ¿quizás?

—Te refieres a venoma... —musitó el SeeD, con un hilillo de voz—. No... El poder de ese monstruo... es insignificante al lado del poder destructivo de... dos soldados de Galbadia con los que me he encontrado antes... agg... —dio un estertor agonizante—. Parecían indefensos... y me confié... Me han ganado... hasta la última de mis cartas... Mi preciosa colección... Aah... quiero morir para terminar con mi sufrimiento...

—Es terrible... —murmuró Squall, sintiendo una súbita y gran empatía hacia el pobre desdichado. Dejándose llevar por ese estado mental transitorio, el joven se metió la mano en el bolsillo, sacó sus cartas y seleccionó cinco—. Toma, con esto podrás empezar de nuevo.

—Gracias, sniff... —soltó una lágrima de emoción—. Nunca podré agradecértelo lo suficiente... A ver... dos alagares, un mosquito..., ¡un focarrol, e incluso un invencible! ¡Gracias, mil gracias, Squall! Si algún día te convirtieras en el mandamás del Jardín, estaré dispuesto a seguirte hasta la muerte —declaró con solemnidad.

—¿Cómo conoces mi nombre?

—En el Jardín de Balamb eres legendario, no sólo eres aquel que consiguió una cita con la instructora Trepe, la heroína de la campaña de La Tercera Rebelión de los Monstruos, sino también aquel que eligió vencer a Ifrit en lugar de hacer el trabajo alternativo.

—¡Sigamos! —apremió Seifer, no le gustaba la adoración con la que miraba aquel SeeD a Squall.

No habían dado ni cuatro pasos más cuando se encontraron con un venoma que no parecía dispuesto a dejarlos pasar, de modo que se dispusieron a quitarlo del camino a patadas, si era preciso.

En esta ocasión, Squall finalizó su límite con el mandoble final; pero el monstruo era tan duro como parecía y resistió el ataque.

—¡Estoy hasta las narices de que uses el límite! —protestó Seifer, mientras pensaba: «como siga así, aún lo aprobaran y todo...». Aquello no le convenía, de modo que echó mano a la mochila con la intención de coger una ultrapoción y curar a Squall, dispuesto a saltarse a la torera el Sagrado Pacto del Límite, que decía: "cuando un combatiente entre voluntariamente en estado de límite, los compañeros esperarán a que se cure a sí mismo, si es que le da la gana, o bien a que, por falta de existencias o racanería, suplique que lo haga otro"—. Pero... ¡¿qué demonios es esto? —exclamó Seifer y sacó de la mochila una especie de peluche de leoncito, que mantuvo en el aire sujetándolo con una mano por el rabo.

—¡Mumba! —exclamó Squall.

—¿Hasta aquí te tienes que traer esta cosa? —murmuró Seifer, mirando de mala gana al peluche.

—Aparta tus sucias garras de Mumba —exigió Squall—. Y como te atrevas a apretarle la tripita, te mato.

—Aquí tiene el nene su muñequito —se burló al mismo tiempo que se lo lanzaba a la cara.

—Es mi amuleto de la suerte —dijo Squall mientras comprobaba que Mumba no había sufrido ningún daño.

Seifer odiaba con todas las fuerzas a aquel peluche, que tenía la suerte de dormir todas las noches entre los brazos de Squall. Sin embargo, para Squall era su más preciado tesoro, ese que nunca lo abandonaría ni le daría dolor de cabeza con largos y estúpidos discursos. La doctora Kadowaki le había contado que cuando llegó al Jardín, aparte de ropa prestada y de segunda mano, lo único que traía realmente suyo era a Mumba, fuertemente abrazado, y el anillo con el relieve de una cabeza de león colgado al cuello. Sus dos preciados tesoros... Los dos tenían que ver con los leones, y su apellido también empezaba por león... Demasiada casualidad. Podía ser una pista sobre sus padres... Quizás, algún día, Mumba y Leoncio, así se llamaba el anillo, podrían ayudarlo a encontrar a sus padres... Y así podría partirles la cara por haberlo dejado solo, más tirado que a una colilla, a saber dónde y cuándo, pues no se acordaba.

—Y dame también la mochila, que es mía —exigió Squall.

—Perdona —dijo Seifer con tono burlón—, debí equivocarme cuando cogí la mochila en el cuarto.

—Imbécil...

Los dos jóvenes se intercambiaron las mochilas.

«Oh, siento sobre mi espalda el calor que Squall ha dejado en mi mochila», pensó Seifer y dijo:

—Y a ver si dejas de ser tan torpe al guardar el sable pistola, que pareces un principiante.

—¿No querías el último golpe?

—Serás capullo... —masculló, al comprender la "torpeza" de Squall—. Sniff, sniff... —No es que llorara, es que esnifaba a ver si la mochila conservaba también el olor de Squall.

—¡He ganado! ¡He ganado! —oyeron de pronto los gritos eufóricos de Zell, que en lugar de perder el tiempo había seguido arreándole al venoma—. ¡¿Eh?... ¡No he subido de nivel!

—Bueno, Zell, cada vez se necesita más experiencia para subir de nivel —explicó Squall.

Siguieron montaña arriba hasta que llegaron a una pequeña explanada desde la que pudieron ver, unos diez metros más abajo, la Torre de Transmisión y a dos soldados de Galbadia que entraban en ella. El camino continuaba hasta la torre, pero los tres chicos prefirieron pararse allí a perder el tiempo un rato.

—¿Sabes, Squall? —empezó Seifer—, yo tengo un sueño.

—Pues qué bien.

—¿No te interesa saber cuál es mi sueño?

—Ni lo más mínimo.

—¿Tú no tienes un sueño?

—No me gusta perder el tiempo con tonterías.

—¡Yo sí tengo un sueño! —intervino Zell—. ¡Sueño con montones de bocatas que...!

—¡Calla, imbécil! —cortó Seifer—. Tú estúpido sueño no me interesa para nada.

—¡Serás...! —Zell se acercó hasta Seifer e hizo delante de su cara lo que pretendió que fuese toda una exhibición de movimientos karatekas.

—Espantando a las moscas —masculló el rubio de la gabardina—. ¡Hasta luego, Lucas! —exclamó, de pronto, y se fue corriendo por el camino hacia la Torre.

Desapareció rápidamente por un cambió de pantalla antes de que pudiesen reaccionar.

«¡Jua, jua, jua! —pensaba Seifer—. He dejado a Squall bien lejos de la plaza. Como ha desobedecido, no lo aprobarán y no será SeeD; así no podrá ir de mercenario a "esa misión". Yo tampoco aprobaré, pero no importa. ¡Si no es mío, no será de nadie!»

Para lograr los objetivos de Seifer era muy importante que Squall no se convirtiese en SeeD. Lo había sabido poco después de suspender aquel terrible examen que tuvo que sufrir junto a Quistis, su primer examen. A fin de no levantar sospechas se había visto obligado a presentarse a las siguientes quince convocatorias, y no tuvo más remedio que suspenderlas adrede: tenía que esperar a Squall y arrastrarlo al suspenso.

Zell y Squall estaban a punto de pensar cuando al joven de cabellos castaños le cayó llovido del cielo algo, que hizo que diese con sus huesos en el suelo. Squall se levantó con agilidad, luciéndose con una acrobática pirueta. Después se quedó mirando a aquello que le había caído encima: una chica, que permanecía sentada en el suelo. Un zoom se centró en ella y la chica lució su mejor sonrisa al mismo tiempo que le guiñaba un ojo a nuestro protagonista.

«Esta chica me suena...»

—¡Hola, Squall!

«Es la del tour por el Jardín... Selphie, creo recordar»

—Busco al grupo B —informó ella, tras ponerse en pie sin pedir ayuda, no quería arriesgarse a una lesión de hombro—. ¿Sabéis por dónde para?

—Somos nosotros.

—¡Qué suerte! —exclamó Selphie—. Yo soy del grupo A, que se encarga de llevar los mensajes. Me dieron uno de máxima prioridad para el líder del grupo B, pero no estaba en la plaza. Entonces me perdí. Iba toda preocupada pensando que iba a fracasar en mi primera misión cuando resbalé y me despeñé por un barranco; pero la copa de un frondoso árbol paró mi caída y me catapultó hasta un riachuelo, en el que un suave manto de nenúfares me arrastró hasta unas cataratas, donde un pájaro gigante, que me dijo que se llamaba Valefor y que iba en busca de una tal Yuna, impidió que me partiese la crisma. Luego resbalé del lomo del animalillo y aterrice sobre ti, del grupo B. ¡Qué suerte!

—Y tanto... —corearon Squall y Zell.

—Y no tengo ni un rasguño —informó tras una ligera inspección—. Bueno, ¿dónde está el líder?

—¡Ey, Squall! —berreó Seifer, desde la entrada de la torre.

—Ahí lo tienes —le indicó Squall a Selphie.

—¡Squall! —repitió Seifer—. ¡Algún día te contaré, quieras o no, mi sueño ROMÁNTICO. Y tú me ayudarás a realizarlo! ¡Jua, jua, jua! —Tras la risotada, se metió en la torre.

—¡Espera! —llamó Selphie y, sin pensarlo dos veces, en lugar de ir por el camino, como dictaba la razón, saltó los diez metros de altura que la separaban de la explanada en donde estaba la torre. Como era de esperar, cayó de culo, pero de una sola pieza y sin haberse hecho un solo rasguño.

—¡Sigámosla! —exclamó Squall—, ¡quiero comprobar si mi suerte está cambiando!

—¡Sí, saltemos, que nadie diga que soy un gallina!

Ambos jóvenes cogieron carrerilla y se tiraron por el precipicio.

—Pues... parece que sí está cambiando —se alegró Squall. También había caído de culo, pero sobre algo blando, por lo que se encontraba perfectamente.

—Squ...all... Arg... por favor... quítate... de encima... Me muero... Arg... Dejo mis mendrugos... a...

—¡Lo siento, Zell! —se disculpó, y se apresuró a levantarse, luego cogió una ultrapoción de su mochila y la derramó por la cabeza del moribundo.

—Gracias, Squall, te debo la vida... —le agradeció, con lágrimas de emoción corriendo por sus mejillas, olvidando completamente que quién lo había puesto al borde de la muerte había sido el propio Squall. De pronto se oyó una música solemne, que fue in crescendo conforme hablaba Zell—: Nunca olvidaré lo que has hecho por mí. Si algún día te convirtieras en el superjefazo del Jardín, te seguiré a dónde quieras llevarme, ¡aunque me cueste la vida! —concluyó con énfasis, alzando un puño al cielo para dar mayor fuerza a su juramento sagrado.

Tras el momento de exaltación, Zell bajó de la nube, la música cesó y los dos jóvenes entraron en la torre.

Selphie esperaba delante de un ascensor, al lado de un punto de grabación.

—¿Dónde está Seifer? —preguntó Zell.

—Supongo que habrá cogido el ascensor —dijo la chica—, aquí no se ve a nadie.

Seifer estaba perfectamente camuflado en el interior de un contenedor de residuos tóxicos, que había por allí abandonado; seguro que no se les ocurría mirar dentro.

—¿No se habrá metido dentro de ese contenedor? —sugirió Zell.

—No, creo —opinó Squall—, ni tan siquiera Seifer es tan estúpido como para meterse ahí.

—¡Vayamos arriba juntos los tres! —propuso Selphie.

—De acuerdo —aceptó Squall—, pero primero revisemos nuestros equipos... Y, luego, ya que hay un punto de grabación, usémoslo. —Había sentido un súbito impulso de asegurarse de que todo lo que había pasado para llegar hasta allí no iba a quedar en el olvido—. Yo tengo magias morfeo y piro ¿y vosotros?

—Yo tengo mutis y morfeo —informó Zell.

—Como nos encontremos con algún enemigo difícil no sé si llegaremos muy lejos con esto —reflexionó Squall.

—¡No os preocupéis! —dijo Selphie —. Yo tengo unas muy fuertes de ataque que me regaló una amiga: sismo. ¡Provoca grandes terremotos!

—Esa es buena —estuvo de acuerdo Squall—. Pero veo que tienes muy pocos puntos de vida, ¿no llevas ningún G.F. enlazado?

—Como soy del grupo de mensajeros no he luchado y mi nivel sigue siendo el uno, ¡jejeje! —rió como si la cosa tuviese gracia—. En cuanto a Guardianes, tenía uno adorable. Lo encontré de recién nacido y lo crié, en secreto, con biberón; pero un día, que íbamos alegres y felices por el campo, me caí de él y, como tiene muy mal sentido de la orientación y necesita alguien que lo guíe, lo perdí... Sigh... Fue el momento más amargo de mi vida...

—Yo tampoco tengo —informó Zell.

—Entonces, ¿cómo pudiste extraer las magias? —se extrañó Squall.

—Aquel día que fui a la sala de entrenamiento alquilé, a descontar de mi primer sueldo de SeeD, a Bambi. Ya sabes, ese que alquilan a precio de oro los prestamistas shumis.

—Ya, ese que es inútil porque suelta bolitas de recuperar puntos de magia, que maldita la falta que nos hacen a nosotros que no usamos ese sistema. En fin, os prestaré alguno. Toma, Shiva... —se la pasó a Selphie, procurando no dejarse los ojos en la magnífica figura de la Guardiana—. Tú toma a Quetzal —se lo pasó a Zell—, yo me quedaré con Ifrit, nuestra afinidad es magnífica.

Mientras se le enfriaba el café a Seifer, Squall había estado compartiendo el refresco y charlando con Ifrit de cosas de hombres, ya se sabe, de tías buenas y batallitas. Habían conseguido tanta afinidad, 1000+++, que el Guardián incluso le había regalado la carta con su retrato, única en el mundo, la mejor que tenía ahora Squall, a excepción de su diana.

Organizado todo, grabaron sus hazañas y cogieron el ascensor.

Seifer aprovechó para salir de su escondite y largarse de allí antes de que volviesen.

Cuando el grupo llegó a la cima de la torre se encontró con dos soldados de Galbadia, uno de rojo y otro de azul, que, sentados a una mesa de camping, estaban bebiendo cerveza y jugando a las cartas.

—¡El enemigo! —exclamaron al ver a los estudiantes, y se pusieron en pie, dispuestos a defender con uñas y dientes sus cartas.

—¡¿Quién de vosotros es el jefe? —exigió saber el que llevaba el uniforme rojo—. ¡Y no digáis que ninguno de los tres —se anticipó a la respuesta que iban a darle— porque no os creeré!

Antes de contestar, el trío se tomó unos segundos para meditar:

«El jefe suele ser el que se lleva más mamporros de los enemigos», pensó Selphie.

«El jefe es el que se lleva el puro cuando algo sale mal», pensó Zell.

«El jefe es el que se mantiene más distante en el grupo. Hay más camaradería entre los subordinados, y yo no quiero tener amigos para no estar solo», pensó Squall.

Tras estás reflexiones, contestaron al unísono:

—¡Squall! —Aparte del propio, era el único nombre que Zell conocía del grupo.

—¡Squall! —A Selphie le había parecido más convincente que "gafe de los bocatas".

—¡Yo!

—¡Se nota! —afirmó el de rojo—. ¡Tienes el aire de alguien que algún día puede ser el megacomandante de un Jardín volador! ¡Pero, como los Jardines voladores no existen, jamás lograrás tu sueño! ¡Jua, jua, jua, jua!

Qué manía les había entrado a todos con los sueños, se dijo Squall.

—Se puede saber, ¿quiénes sois vosotros? —preguntó, suponía que un jefe debía interesarse por esas cosas; aunque a él le importaba un pimiento.

—¡Yo soy Biggs, jefe–técnico–soldado! —declaró el de rojo.

—¡Y yo Wedge, aprendiz de técnico–soldado y su más fiel subordinado! —se identificó el de azul.

—Os preguntaréis qué hacemos aquí —empezó Biggs—. Es un plan ultrasecreto.

—Ni bajo tortura os diremos que estamos arreglando ese panel de ahí —señaló Wedge—. Es el mecanismo que hace funcionar la Torre de Transmisión. Sólo nos queda un cable por conectar para concluir el proceso. —Los tres estudiantes vieron que en el panel había un cartel luminoso en el que podía leerse: "CASI ARREGLADO"—. Pero era la hora del tentempié —siguió Wedge—, y hemos ido al bar del pueblo a tomar unos bocatas. Ahora estábamos echando unas partiditas, que después de comer no es bueno hacer ejercicio.

—¡Jua, jua, jua! —rió Biggs—. ¡Cuando esté arreglada la Torre, se podrá retrasmitir por aire! ¡Desde aquí la señal llegará no sólo a Dollet, sino a la isla de Balamb y el continente del norte!

—¡Jua, jua, jua! —le relevó Wedge—. ¡No podéis imaginar los terroríficos planes de Galbadia: restablecer la comunicación para retransmitirles concursos, programas del corazón y realitys enganchosos! Así se confiarán, y entonces Galbadia estrenará su programa estrella, la telenovela de chococientos mil episodios: Yo soy Edea, basada en la transformación de una horrible bruja que, con el único y exclusivo propósito de conquistar a su amado, se transforma en una bruja bellísima mediante el sencillo método de ocupar el cuerpo de la guapa. Aprovechando el enganche, invadirán a la hora de la telenovela sin encontrar resistencia, pues todos estarán delante del televisor. Luego les harán entregar las armas y jurar fidelidad eterna a cambio de no quitar la telenovela de la programación y de no sustituirles el resto de programas por informativos y documentales. ¡Jua, jua, jua! ¡Qué plan tan magnífico!

—¡Qué horror, tenemos que hacer algo para evitarlo! —dijo Zell.

—¡Qué crueldad, quitar de la programación la telenovela a medias! —declaró Selphie.

«Suena a un plan imbécil... —pensó Squall—. Pero el caso es que puede funcionarles.»

—¡Squall, di algo, que eres el jefe! —pidieron, ante su silencio, Selphie y Zell.

—Ah, claro... ¡Nosotros os lo impediremos! —Supuso que esperaban que dijese algo semejante.

—¡Pues que empiece el combate! —corearon los técnicos–soldados.

La música correspondiente a las partidas de cartas empezó a sonar.

—¡Yo primero! —se pidió Wedge—. ¡Cerrado y Hasta la Muerte! —escogió las difíciles reglas en las que era un experto—. ¡Elige tú la forma de pago! —le dijo a Squall.

—Pago una —no convenía arriesgar.

Se estableció una lucha encarnizada y cruel. Aquel sujeto jugaba mejor de lo que Squall esperaba y el joven perdió alguna carta, por suerte había tomado la precaución de no sacar ninguna demasiado importante mientras estudiaba los movimientos del enemigo. Zell no paraba de animar a Squall y Selphie aprovechaba los breves momentos de descanso para masajearle los hombros mientras él se secaba el sudor de la frente con una toalla. Pero poco a poco las cosas empezaron a cambiar, el joven de cabellos castaños ya se había percatado del estilo de juego de su rival. Eso, la carta de Ifrit y las cartas conseguidas en el entrenamiento intensivo durante los tres días que hizo esperar a Quistis hicieron que recuperase las que había perdido y que dejase al aprendiz de técnico–soldado llorando amargamente la pérdida de todas sus cartas.

—¡No llores, Wedge, yo te vengaré!

Squall pensó que el jefe–técnico–soldado iba a resultar más difícil de vencer; pero se equivocaba: en realidad, Biggs no tenía demasiada experiencia jugando ya que Wedge terminaba con sus rivales antes de que le tocara el turno. De modo que, en un pis pas, el aspirante a SeeD se había hecho con todas las cartas.

—¡Nos vamos, eres demasiado fuerte para nosotros! —declaró Biggs, mientras esperaban el ascensor—. ¡Pero entrenaremos a fondo! ¡La próxima vez que nos veamos las cosas serán diferentes! ¡No llores, Wedge!

—Vamos a estropear la torre —dijo Squall, desentendiéndose de ellos.

—¡A la orden, jefe! —corearon Zell y Selphie mientras hacían un saludo marcial.

Squall se llevó la mano a la frente en su característico gesto, que en esta ocasión significaba resignación, y pensó: «Que los dioses me pillen confesado.»

—¡GRUAGRRRR! —oyeron un bramido amenazador.

—¡¿Qué es eso? —exclamaron dos de los aspirantes.

—¿Es un pájaro? —inquirió Zell.

—¿Es un avión? —preguntó Selphie.

—No, es un elviore —respondió Squall—. Y debe ser un Jefe, porque lleva escrito su nombre con mayúsculas.

Efectivamente, aquél bicho volador era el Jefe Elviore. Un monstruo gigante más feo que Picio, mitad murciélago, mitad insecto, con garras escalofriantes, grandes orejas, cara de vampiro y pico de oso hormiguero; vamos, un engendro de la naturaleza. Y su aspecto imponente estaba reforzado por un par de tornados que lo acompañaban, y que amenazaban con engullirlos a todos.

—Ahora comprendo el verdadero significado de la palabra monstruo —musitó Selphie, con todos los pelos de punta.

—Y yo que pensé que los venomas eran lo más —se unió Zell.

—¡Ya tendréis tiempo de filosofar después! ¡Ahora tenemos que ocuparnos de este bicho y de la torre!

El viento que acompañaba al Jefe Elviore se agitó más y el bicho se acercó amenazadoramente a ellos.

—¡Zell, ocúpate de estropear del todo la torre! ¡Selphie, ocúpate del flanco izquierdo del enemigo, yo me ocupo del derecho!

No había tiempo para extracciones, pero la intuición le dijo a Squall que debía extraer lo que el monstruo llevaba en cuarta posición y se puso ello.

—Aaaah... —gimió, al ver de qué se trataba—, una sirena semidesnuda... —con mano temblorosa se la guardó y se centró en la batalla a tiempo de evitar un mordisco. Era su turno, así que se elevó y golpeó fuertemente al bicho con su sable pistola—. ¡Menos mal que salto alto!

—¡Es mi turno! —canturreó alegremente Selphie—. ¡Usaré la magia sismo!

—¡Selphie, nooo!

El aviso de Squall llegó demasiado tarde.

—Vaya, no le hace nada.

—¡Claro, es un monstruo volador!

El Jefe Elviore le dio a Selphie un picotazo, que casi acaba con todos los puntos de vida de la chica, en represalia por su ineptitud.

—¡Tengo el límite! —exclamó feliz, no hay que olvidar que era la primera vez que lo experimentaba.

—¡No me aclaro, Squall! —gritó Zell. Plantado ante el panel no sabía por dónde empezar.

—¡Piensa algo, no puede ser tan difícil! —opinó Squall mientras le tiraba al enemigo una magia fuego, que prácticamente le hizo cosquillas.

—¡Ya sé! —exclamó Zell y, sin ninguna razón aparente, Squall sintió un escalofrío—. ¡Destrozaré el panel a puñetazos!

¡Catapún, pim, pam!

—¡Zell, nooo! —gritó Squall demasiado tarde. Todo el mundo sabía, menos Zell, por lo visto, que en los juegos los protas arreglan las máquinas a mamporros.

De inmediato, el letrero luminoso del panel cambió a: EN PERFECTO FUNCIONAMIENTO.

—¡Macho, la he arreglado! —se horrorizó.

—¡¿Pues qué esperabas?

El jefe Elviore aprovechó la falta de concentración de Squall para darle un golpe crítico y dejarlo K.O.

—¡Squall! —gritó Zell, angustiado; por mucho que lo desease no podía acudir en ayuda de su jefe porque no formaba parte del grupo de combate. Sólo le restaba confiar en Selphie.

—¡¿Qué hago, qué hago? —se preguntaba la chica, sin tener en cuenta que el combate era a tiempo continuo—. ¡Ya sé, usaré el límite!

«Hubiese preferido que me tirase una cola de fénix —pensó Squall desde el suelo, sin poder hablar ni moverse, mientras la chica se disponía a accionar su límite: una especie de ruleta que elegía al azar el ataque especial a usar—. Con un poco de suerte, sale el lazaro+ —deseó Squall—. Veamos... ¡The End, el legendario límite capaz de acabar con casi todo!», se alegró, dentro de lo que su estado K.O. le permitía.

—¿Para qué sirve esto? —se sorprendió Selphie al ver el The End—. Bueno, probaré otra vez... a ver qué me sale —Le dio de nuevo al botón.

«¡Nooooooo!», un gritó desesperado, pero mental, retumbó en la cabeza de Squall, aquello no presagiaba nada bueno

—¡Qué suerte, me ha salido aurax3! —exclamó Selphie, la mar de contenta (?)—. ¡Así podré volver a usar el límite de nuevo! ¡Nada, nada, me quedo con este!

«¿Nadie le ha explicado a esta chica que mientras no se cure seguirá en límite?», se preguntó Squall mientras veía, impotente, cómo las tres magias aura caían sobre él, malgastándose inútilmente.

—¡Oh, no! —gritaron Zell y Selphie por el desastroso resultado del límite.

El Jefe Elviore voló hasta la chica y le dio un picotazo crítico, ya estaba harto de tanta tontería.

GAME OVER

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..

...

...

...cargando...

...

...

..

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—¡Menos mal que se me ocurrió grabarme! —berreó Squall, cabreado—. ¡Ahora tendremos que volver a ganarle a esos pardillos! Con las buenas cartas que había conseguido... ¡Y no pienso volver a oír el rollo ese de Galbadia otra vez!

—¡A por ellos! —exclamó feliz Selphie, como si no hubiese tenido nada que ver con el estrepitoso fracaso anterior.

De nuevo subieron a la cima de la torre.

—¡El enemigo! —exclamaron Biggs y Wedge.

—¡¿Quién de vosotros es el jefe? —exigió saber Biggs—. ¡Y no digáis que...!

—¡Yo! —cortó Squall.

—¡Se nota! —dijo Biggs—. ¡Tienes el aire de alguien que algún día puede ser el megacomandante de un Jardín volador! ¡Pero como los jardines voladores no existen, jamás lograrás tu sueño! ¡Jua, jua, jua, jua!

—Lo que tú digas —le dio la razón Squall—. Biggs, Wedge, ¿pasamos a la acción?

En vista de que no necesitaban presentarse, los técnicos–soldados de Galbadia se dispusieron a explicarles, con pelos y señales, los planes ultrasecretos de su país:

—Os preguntaréis qué hacemos aquí —empezó Biggs, el de rojo—. Es un plan ultrasecreto...

«Fuera rollo patatero...», se dijo Squall y presionó la tecla de saltar evento...

...

Chimpum, chimpum, chimpum. —Música de partida de cartas.

—¡Yo primero! —se pidió Wedge—.¡Cerrado y Hasta la Muerte! ¡Elige tú la forma de pago! —le dijo a Squall.

—Pago todas.

Ahora que ya sabía tanto cómo jugaban como las cartas que tenían, no le costó mucho esfuerzo hacerse con todas las cartas de la pareja de técnicos–soldado.

—¡Nos vamos, eres demasiado fuerte para nosotros! —declaró Biggs, mientras esperaban el ascensor—. ¡Pero entrenaremos a fondo! ¡La próxima vez que nos veamos las cosas serán diferentes! ¡No llores, Wedge!

—Vale, vale... Lo que digáis, y ahora a ESTROPEAR la torre —dijo Squall.

—¡A la orden, jefe! —corearon Zell y Selphie saludando marcialmente.

—¡GRUAGRRRR! —oyeron el bramido del Jefe Elviore.

—¡¿Qué es...?

—Sabéis perfectamente lo que es —cortó Squall—, al que se le ocurra hacer un solo comentario sobre el bicho, lo mato.

—¡Jo, Squall, qué antipático estás! —corearon.

—En vista del éxito obtenido con la táctica anterior —dijo Squall, ignorando los reproches—, utilizaremos una especial. Aplicaremos unas técnicas futuristas que explicaba en el Timber UFO Maniacs un tipo que decía que había sido abducido por los extraterrestres. Para empezar, lucharemos los tres con un comando especial que nos permitirá estropear la torre.

—Ah... —musitaron sin comprender ni jota.

—¡Ahí viene el Jefe Elviore! —alertó Squall—. Bien, primero necesito un señuelo para distraer al enemigo y poder actuar sin que me moleste. —El joven sacó de su mochila un bote de plástico como los de Kepchup, pero relleno de sirope de fresa—. Lo siento, Zell, tu serás el señuelo. —Sin compasión, presionó con fuerza el bote de plástico hacia Zell hasta que lo vació.

—¡¿Pero qué haces? —protestó, hecho un pringue..

—Pareces una tarta —le informó Selphie.

El Jefe Elviore, supercontento, se lanzó sobre Zell y se lió a mordiscos y lametazos con él.

—¡Socorro!

—¡Zell, te ha envenenado! —advirtió Selphie.

—Ahora me prepararé mentalmente para extraer a Sirena —se dijo Squall y pensó en Quistis, lo que le bajó lo suficiente la libido como para ser capaz de conseguir a la G.F. con el pulso firme, mantener la sangre fría ante tanta belleza y no perder la concentración ante el enemigo.

—¡Zell, te ha cegado!

Rápidamente, Squall usó el comando especial: "estropear la torre" y empezó a presionar botones en el panel de control hasta que el letrero luminoso cambió a: IRREMEDIABLEMENTE ESTROPEADA.

—¡Zell, te ha puesto mutis!

Selphie estaba muy ocupada tirándole antídotos, colirios y demás a Zell para quitarle los estados alterados que le provocan las babas del bicho.

—¡Zell, te ha convertido en un zombi!

Squall observó que los movimientos del Jefe Elviore eran más lentos, sin duda estaba empachado; sería mejor aprovecharlo para darle un final rápido a la batalla antes de que surgiese cualquier imprevisto que pudiese dar al traste con todo su esfuerzo.

—¡Selphie, atácame!

—¡Pero, Zell necesita...!

—¡Olvídate de Zell, necesito que me pongas en límite!

—¡Como quieras! —accedió ella y le arreó, con todas sus fuerzas, con sus nunchakus. Pero el joven esquivó el ataque.

Maldiciendo por tener el parámetro de evasión tan alto y rezando para no dejarse K.O., Squall se atacó sí mismo; por suerte consiguió su objetivo. De inmediato, se lució con sus mejores golpes y finalizó con el Círculo Letal, masacrando al pobre monstruo y un poco a Zell, que aún estaba en la boca del bicho.

La música de batalla cesó y pudieron notar cómo subían de nivel.

—Jo, Squall —se quejaron Zell y Selphie—, siempre lo haces todo tú, deberías delegar responsabilidades en tus compañeros...

«¡Yo los mato!», pensó Squall, recordando el game over que habían conseguido cuando se habían repartido las tareas.

—Lo importante es que hemos desbaratado los planes del enemigo —alegó—. Bueno, toma a Sirena, Selphie, te la regalo en agradecimiento por haberme dado las cartas que me han permitido empezar con buen pie mi futura carrera triunfal como jugador y mayor coleccionista de cartas del mundo

—¡Gracias! —exclamó contenta—. Te devuelvo a Shiva.

—¡Ahora, no! —rechazó, no quería perder el aspecto frío e imponente que había conseguido con su gran actuación con el Jefe Elviore—. Ya me la devolverás cuando estemos en el Jardín.

—¿Y yo qué? —protestó Zell.

—Te regalo a Quetzal... —contestó, no por altruismo, sino para que no le diese la lata.

—¡Gracias, Squall!

Los jóvenes reorganizaron sus enlaces.

—¡Uy, ahora que lo pienso, ahora tú eres el jefe del grupo B! —cayó en la cuenta Selphie—. Te daré el mensaje que me han dado: "Seifer, como no traigas aquí a Squall, sin un solo rasguño, antes de treinta minutos, te la vas a cargar. Quistis" —recitó literalmente.

En cuanto dijo la última palabra, en la esquina izquierda del paisaje apareció un contador.

—¡Oh, no, una cuenta atrás, démonos prisa!

Los tres se precipitaron hacia el ascensor y se dirigieron hacia la salida de la torre. En cuanto pusieron un pie fuera, les cayó llovida del cielo una gigantesca araña mecánica.

—¡Corramos, no podemos perder el tiempo ahora con batallas, sólo nos quedan veintisiete minutos! —apremió Squall.

Pero la araña mecánica no parecía dispuesta a dejarlos pasar.

—¡Usaré a Sirena! —Selphie estaba deseando estrenarla.

—¡Noooo! —la protesta de Squall llegó tarde.

Como la afinidad era cero, la barra de invocación de Sirena empezó a bajar a paso de tortuga, y, como no podían irse sin Selphie, se dispusieron a luchar. Squall le arreó con el sable pistola; por desgracia se había tomado una ultrapoción y no podía usar el límite

—¡Usaré a Quetzal! —decidió Zell, en su turno.

—¡No, Zell, eso nos atrasará! —Demasiado tarde, otra barra bajando a paso de tortuga

«La madre que los...», maldijo el joven de cabellos castaños, mentalmente.

—Bueno, usaré a Ifrit... —decidió. El Señor del Fuego se presentó tan rápido que ni les dio tiempo a ver la barra de invocación y le arreó un par de sopapos a la araña mecánica. Luego le guiñó un ojo a Shiva, que había dejado de limarse las uñas para admiradlo, y se marchó.

Sirena, una hermosa sirena, también conocida como La Reina de los Mares, hizo acto de presencia y se puso a tocar el arpa en una roca en medio del mar; pero allí mismo. Por desgracia, la araña mecánica tenía estropeado el sensor de sonido; así que ni se percató del concierto. Además, sabía nadar.

—¡Jo, no le ha hecho nada! —lamentó Selphie.

—Dos minutos de barra de invocación para nada... —masculló Squall.

—¡Macho, ya va ha salir Quetzal!

El Dios Alado del Rayo apareció y descargó una Tormenta eléctrica.

La suerte de Selphie había querido que su invocación no fuese del todo inútil, ya que, al estar la araña mecánica húmeda, la electricidad le hizo un daño crítico. El pobre bicho se tiró patas arriba y se hizo la muerta mientras se recuperaba.

—¡Le he ganado! ¡Le he ganado! —berreaba Zell, dando saltos de alegría.

—¡He ayudado! ¡He ayudado! —lo acompañaba en los saltos y los gritos Selphie.

—No os confiéis que no he notado que nos suba nada la experiencia —advirtió Squall—. ¡Además, sólo nos quedan veinte minutos! —se alarmó al echarle un vistazo a la cuenta atrás—. ¡Corramos!

Tal como había sospechado nuestro protagonista, no habían dejado al enemigo fuera de combate y no tardaron mucho en tenerlo, en plena forma, pisándoles los talones. Como no tenían tiempo que perder en batallas, se las apañaron como pudieron para esquivar las emboscadas y las acrobacias del bicho.

Y así llegaron a la ciudad: ellos corriendo, casi sin aliento, y la araña mecánica a menos de dos metros. Aquello presagiaba tragedia y grandes destrozos; pues el monstruo casi ocupaba, de cera a cera, la calle por la que bajaban directos a la playa. Pero un milagro, o quizás el destino, o más bien porque la araña pertenecía a una sociedad ecologista, Flower Power, el entorno no estaba sufriendo ningún desperfecto. El animalillo se las apañaba como podía para no dañar nada y esquivaba los numerosos coches aparcados apoyando sus patazas al lado, sin siquiera rayarlos; no quería que lo tacharan de disidente.

—¡Démonos prisa! —apremió Squall—. ¡Sólo nos quedan tres minutos!

No faltaba mucho, ya podían ver el bar que había cerca del puerto.

—Un momento... —musitó Squall, desacelerando la marcha—. ¿Quién era quien se la cargaba si no estaba YO en la playa en treinta minutos?

—¡Seifer! —respondieron a coro.

—Me han dicho que preparan unas tapas muy buenas en esa tasca, ¿hace una ronda? —ofreció—. Yo invito.

—¡Yuhuu!

—¡Mamemimomú!

Desentendiéndose de la cuenta atrás, los tres se metieron en la taberna.

Entre que la calle era cuesta abajo y el impulso que llevaba, la araña mecánica no pudo parar y en menos que canta un gallo se plantó en la playa. Allí estaba Quistis con una supermegametralletacañón en mano, subida en un tanque. Lo había estado usando para amenazar a los SeeDs, que ya estaban embarcados:

—¡De aquí no se mueve nadie hasta que Squall haya regresado! —repitió por enésima vez—. ¡Sé, porque sí, que lo persigue un horrible monstruo mecánico! ¡Esperaremos a que llegue y entonces YO lo salvaré y él, en agradecimiento, caerá rendido en mis brazos!

Seifer estaba de acuerdo con la primera parte del plan, pero no en la segunda. Sería ÉL quien lo salvaría y, entonces, Squall no tendría ningún motivo para arrojarse en los brazos de Quistis.

En eso estaban cuando descubrieron que la gigantesca araña se acercaba corriendo; pero sola... ¿Y Squall?

—¡Se lo ha comido! —creyeron comprender.

¡RATATATATATATA! —Quistis empezó a soltar ráfagas hacia la araña; la cual consiguió frenar y, muy asustada, empezó a huir calle arriba, con las balas silbando a su alrededor, perseguida por el tanque conducido por la enfurecida instructora.

Ziuuuuuuuuuuuuuu... ¡PUM! —Seifer se había unido a la persecución utilizando un lanzamisiles que le habrá prestado Némesis, un colega suyo de Resident Evil que se había encontrado antes en la taberna.

—¡Escupe a Squall, bicho asqueroso! —le exigían al pobre animalillo mientras dejaban tras ellos un paisaje de fuego y destrucción, arrasando con adoquines, coches y cualquier cosa que se les pusiese por el medio—. ¡Escúpelo!

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Mientras, en la taberna estaban de fiesta. Selphie bailaba encima de la barra, para alegría general de los aspirantes a SeeD. Habían ido llegando, poco a poco, hasta estar todos los que se habían presentado al examen; menos uno llamado Nida, al que le había tocado el marrón de conducir el coche de los jefazos, por lo que no había podido escaquearse. Zell, en un principio, se había llevado un gran disgusto al enterarse de que se habían acabado los bocatas y las tapas; pero ya se le había pasado y junto a los otros coreaba bellas odas a la botella, bebía cerveza y animaba a Selphie. Todos estaban la mar de alegres y contentos, formando una piña bien avenida... Excepto Squall, que estaba solo, sentado en una triste silla ante una solitaria mesa en un rincón oscuro y solitario.

«No me gusta estar solo, así que he hecho bien en sentarme aquí, solo, lejos de todos...», reflexionaba, no había querido unirse al grupo para que no lo dejaran solo.

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Notas de autora: ¡Hola a todos! ;D Primero quiero que sepáis que pienso terminar la historia, aunque me cueste la vida; odio cuando estoy siguiendo algo y lo cortan a medias, así que no pienso hacer lo mismo. Como me enrollo como las persianas y los capítulos me salen muy largos, supongo que los subiré con una periodicidad mensual, más o menos, también tengo muchas otras ocupaciones y hobbies y no puedo dedicarme sólo al fanfic.

Ahora algo muy importante: Quiero aclarar que, a mí, Quistis no me cae mal, de hecho, todos los personajes me parecen entrañables (aunque he de confesar que mi favorito es Squall XD). Lo que pasa es que es Squall el que no la soporta y, claro, yo me limito a narrar las cosas tal y como ocurrieron. Eso es lo que tiene contar una historia sin censura.

Dicho esto, quiero dar las gracias a todos los que leáis el fanfic y, en especial, a los que me habéis mandados reviews. Como es mi primer fanfic, me ha hecho mucha ilusión recibirlos, además de que es la única forma de hacerme una idea de si os gusta o no. Muchas gracias, y espero con ilusión más reviews, no importa que sean cortos, aunque sólo sean tres palabras: "me ha gustado" o, en su defecto, "mejor te retiras" :). Pero quiero dejar claro que el hecho de recibir pocos o muchos no va ha influir en cuándo salgan los capítulos. Los subiré en cuanto los tenga acabados, XD

Una cosa más: si os gusta reír y las parodias, no dudéis en leer el fanfic sobre el FF7 de mi amiga Ayumi Warui: Final Fantasy IIIX, ¡Es genial!

Y ahora a contestar:

Ayumi Warui: Sí, has sido la primera, pero, no sé porqué, lo sospechaba XD. Gracias por tu sinceríiiisima opinión, sé que me admiras profundamente y tomas nota de todo lo que digo y hago. Sigue así y llegarás lejos. XD

Rananer: ¡Ey, tronch! ¡¿Cómo va eso, tronch? (la confianza da asco). En cuanto a tu pregunta, si quieres saber si las cicatrices de Squall y Seifer encajan, pídele a Squall que te haga una demostración... Aunque dudo mucho que sigas vivo después de tu petición. Yo, por si acaso, se lo pediría por teléfono. Y a ver si actualizas, vago. ;D

Ako Nomura: Quistis no es que sea mala, es que la pobre es cortita; aunque, eso sí, muy buena en la teoría, de matrícula de honor. En cuanto a Seifer... lo has clavado, merece un oscar por su actuación XD. Muchas gracias por tu apoyo. (Por cierto, ¿Quién es mister Balamb? Va, dímelo, que estoy segura de que tú sí lo sabes ;D)

misao: Muchas gracias, me alegro de que te guste tanto. No te preocupes por Squall, sabe defenderse muy bien solo... siempre que no lo pillen inconsciente, claro XD Espero que este capítulo también te haya gustado.

SquallRF: No te preocupes, te juro por Snoopy que pienso terminarlo; o sea, quiero decir, te juro por Mumba que pienso terminarlo. Por cierto, cuando hayas concretado los planes para dominar el mundo, llámame ;D

rinoaangelo: ¡Gracias por tus ánimos! Espero seguir haciéndote reír. Es mi primera parodia y me gusta que no te haya decepcionado. ¿A ver qué piensas de este capítulo?... ¿Te has dado cuenta?, como quien no quiere la cosa, te estoy pidiendo que me escribas de nuevo XD. ¡Mil gracias!

sora63: De algo me tenía que servir haber sobornado a Ayumi Warui, con su colaboración pienso conseguir los suficientes adeptos como para dejar a Darth Vader a la altura del betún y conquistar el universo; pero no se lo digas a nadie, que es un plan ultrasecreto ;D. ¡Gracias por tu apoyo!

vergil ansem: ¡Cuánto me alegro de que te haya gustado! Espero que este capítulo no te decepcione y poder continuar haciéndote reír. Si es así, escríbemelo, si no es así, escríbemelo también... ¡Uy, sin darme cuenta he vuelto a pedir una review! XD

Damr1990: Veo que tendré que aumentarle a Ayumi la paga... No te preocupes por Squall, que la suerte no siempre puede ser mala, ¿no?... ¿O sí?... Menos mal que si fracasa y no aprueba el examen de SeeD, siempre podrá dedicarse a guía turístico XD ¡Gracias por los ánimos!

Eclipse218: Gracias por tu opinión, viniendo de alguien que sabe escribir humor tiene mucho valor. Y, claro que esta versión es más realista, no te olvides de que es la versión del director, o lo que es lo mismo, íntegra y sin censura ;D (Por cierto, estoy esperando con ansiedad el regreso de Pulga). XD