Kagome POV:
Me marcho de casa antes de que se despierten para que mi partida no sea tan dolorosa. Al menos esa es mi intención. A primera hora de la mañana estoy en la cabaña de Kaede y poco a poco todos van llegando.
– ¡Kagome! –exclama Shippo tirándose a mi cuello– Te he echado de menos.
– Yo también te he echado de menos, pequeñín.
– ¡Kagome! –esta vez la que me rodea con sus brazos es Rin– No quiero que vuelvas a marcharte.
– Tranquila Rin, no me voy a marchar nunca más. Te lo prometo.
Mi voz es suave y pausada, quiero infundirles toda la tranquilidad posible. Todavía hay momentos en los que me sorprendo al ver cuán rápido me ha cogido cariño Rin, ella siempre ha sido tan reservada que es difícil de creer, pero suelo tener esta habilidad con los niños.
– Mirad chicos, os he traído un regalo –les digo mientras les alcanzo un chupachups a cada uno.
– ¡Kagome, te quiero! –grita Shippo arrebatándome el dulce justo cuando Sesshomaru entra por la puerta.
– ¿Qué es? –pregunta Rin.
– Ya verás, es dulce –le contesto mientras se lo desenvuelvo–. Toma, se coge por el palo y se come el caramelo.
Es ponérselo en la boca y cambiarle la cara. De pronto irradia luz propia y me mira agradecida.
– ¿Qué es? –pregunta esta vez Sesshomaru.
– Un dulce de mi época. He traído para los niños, pero si quieres tengo de sobras.
– No –escupe tajante.
Ni que le estuviera obligando. Por suerte la aparición de Koga me salva de este momento tan incómodo.
– Kagome, ayer no viniste a dormir.
– Fui a despedirme de mi familia –le contesto–. ¿Chocolate?
– ¿Disculpa?
– No tenéis chocolate, ¿verdad? Toma, prueba –digo ofreciéndole una chocolatina. Detrás vienen Ginta y Hakaku y también les doy–. He traído chocolate para todos.
– Kagome… –gimotea Shippo.
– No te preocupes, para vosotros también, primero acabaros el caramelo.
– ¡Sí! –exclaman sonriendo a coro.
– Mmmmm ¡Delicioso Kagome-sama! –dicen los chicos.
– Sí, es una de las cosas que más echaré de menos –sonrío tristemente, pero no quiero que los chicos me vean así, por lo que me rehago rápidamente–. Una chocolatina para mí.
Cuando todos llegan y ya han recibido su ración de chocolate saco mi portátil y les pongo a los pequeños la versión extendida del Señor de los Anillos. Seguramente no sea para su edad, pero es la única manera que se me ha ocurrido de distraerles durante el tiempo suficiente.
Al final decidimos dejar a Jaken, Kohaku y Kaede a cargo de la aldea, pero sé que los pequeños no estarán satisfechos si les dejamos de lado, así que les encomiendo una misión.
– Chicos, la abuela Kaede está mayor, así que tendréis que cuidar de ella, ¿de acuerdo? Confío en vosotros.
– Puedes estar tranquila –me contesta Shippo inflando el pecho–. Cuidaremos de ella.
Rin asiente suavemente y dejo que su atención vuelva a dirigirse a la película.
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Sesshomaru POV:
Sin que nadie se diera cuenta he cogido algunas de esas famosas chocolatinas. He oído como Kagome le decía al bastardo que no comiera demasiadas porque eran malas para los perros, pero seguro que por una no pasa nada. Cuando la llevo a mi boca entiendo la cara de felicidad de todo el mundo inmediatamente. ¡Está deliciosa! Obviamente no lo saco a relucir, soy un gran demonio, pero tengo tantas ganas de comerme otra… ¡Control! No son buenas para los perros.
Ya está todo listo y nos disponemos a partir cuando Kagome da unas últimas instrucciones a los niños. No me parece que tenga razón con eso de que deben cuidar de la anciana miko, pero la reacción de ellos me sorprende y me hace entender el motivo por el que les ha dicho tal cosa. Esta chica es increíble… Espera, ¿qué estoy pensando? ¡Es humana! Salgo el primero del lugar y poco a poco me siguen los demás.
– Bien, vamos allá –dice Inuyasha clavando una rodilla en el suelo–. Sube Kagome.
– ¿Qué? –ella tiene una expresión sorprendida en la cara– ¿No deberías llevar a Kikyo?
– Siempre te he llevado a ti –responde él.
– Ya, pero estás con Kikyo y ella también viene –le explica. No entiendo cómo le cuesta tanto entenderlo, el chico es bien corto.
– Cuando empezamos con todo esto de la joya le prometí a tu madre que cuidaría de ti, así que venga, sube –le insiste.
El lobo aprovecha que Kagome sigue estática para cogerla en brazos.
– Puedes llevar a tu chica, chucho. De Kagome me encargo yo.
– Koga, no creo que… –empieza ella.
– Tranquila Kagome, cuando todo esto acabe, vendrás conmigo a las montañas y serás mi mujer.
– Koga, yo no…
– Yo llevaré a la miko –escupo.
Estoy tan tenso que puedo explotar en cualquier momento. Intuyo el motivo, pero no me gusta un pelo, así que decido ignorarlo. Todos me miran con el shock pintado en la cara.
– Él no fue a buscarla antes y algo me dice que tampoco la llevará ahora. Cuanto antes zanjemos el tema mejor.
La arranco de sus brazos y me la cargo al hombro como un saco de patatas. Todos a mi alrededor se revolucionan.
– Sesshomaru, madito… ¡¿Se puede saber qué haces?! –exclama el hanyou.
– Sesshomaru, bájame –me pide Kagome.
– ¿Por qué? –pregunto mirándola fríamente.
– Porqué así no puedo luchar –me explica–. Si quieres llevarme tú, tendrá que ser en la espalda.
– No soy un animal de carga –gruño furioso.
– Lo sabemos –ríe disimuladamente y eso hace que mi furia se esfume–. A nadie se le ocurriría pensarlo, pero si me llevas en la espalda, a ambos nos será más fácil maniobrar, ¿no te parece?
– Hum… –finjo pensarlo unos momentos mientras me deleito con el suave tacto de su piel y decido acariciar sus piernas al bajarla– Muy bien, sube.
Poso una rodilla en el suelo y ella se acomoda en mi espalda. La verdad es que me gusta sentir su cuerpo contra el mío, aunque no lo admitiría ni bajo tortura. Cuando todos asimilan que voy a llevarla se preparan para partir. Inuyasha finalmente lleva a su miko y los humanos van en la gata demoníaca. El sol se alza bien arriba en el firmamento; es la hora.
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Kagome POV:
La espalda de Sesshomaru es ancha y dura. Me hace sentir segura. Recuerdo esa sensación de cuando Inuyasha me llevaba; aunque él iba directo al peligro, siempre me protegía. Ahora nos dirigimos hacia el mayor peligro jamás enfrentado y aun así me siento a salvo.
Más allá del bosque, lejos de la aldea, interceptamos a Naraku y sus esbirros que se dirigían hacia el pueblo, sembrando el miedo y la destrucción a su paso.
– Vaya, habéis venido –sonríe burlonamente Naraku–. Pensé que no os atreveríais a luchar contra mí.
– ¡Ahora verás si nos atrevemos o no! –exclama Inuyasha.
Aferro los hombros de Sesshomaru con más fuerza inconscientemente y él deja escapar un breve gruñido.
– Lo siento –murmuro, aflojando el agarre.
Ambos bandos están listos y, sin previo aviso, estalla la guerra dónde todo concluirá para bien o para mal. Los sonidos de metal entrechocando se mezclan con los gritos y gruñidos. Yo disparo mis flechas desde la espalda de Sesshomaru mientras él lanza mandobles con su poderosa espada a diestra y siniestra, pero nada parece servir. Entonces ocurre lo impensable; quiebran la espada de Sesshomaru. El perro rabioso que lleva dentro gruñe encolerizado porque le han roto su juguete favorito y yo me tenso, el más puro terror retorciéndome las entrañas. No es bueno que Sesshomaru pierda el control, todos los poros de mi piel gritan "peligro".
– Sesshomaru… –susurro aterrorizada.
Parece que eso le hace volver en sí, porque se queda estático por un momento. Entonces noto cómo un gran calor se desprende de su cuerpo y este empieza a cambiar. De un momento a otro me encuentro a lomos de un gigantesco perro blanco.
– Vaya, tú sí que sabes cómo abrirme de piernas –río suavemente lo más cerca de su oído que alcanzo. Le siento vibrar y eso me da a entender que él también se ha reído. No me lo esperaba y eso hace que me atreva a acariciarle el pelaje largo y sedoso. El youkai bufa y arremete directo contra Naraku.
Inuyasha y Kikyo habían conseguido herirle, pero sus esbirros los entretuvieron, permitiendo que éste empezara su proceso de curación. Antes de que termine consigo atravesarlo con una de mis flechas y, combinando mis poderes con los ataques de Sesshomaru, logramos recuperar la joya. Los pedazos de Naraku empiezan a reagruparse y el gran youkai le encara, pero mi mente está ocupada con la Shikon no Tama. He conseguido purificarla y me niego a que vuelva a las manos de ese ser, así que me dispongo a pedir el deseo que he estado rumiando toda la noche. Creo que con eso todo se solucionará, así que hablo alto y claro.
– Esfera de las Cuatro Almas, deseo que le devuelvas a Kikyo la vida que le arrebataste y, tras ello, ¡que desaparezcas por toda la eternidad!
– ¡No! –grita Naraku, abalanzándose sobre nosotros.
Sesshomaru se prepara para saltar y arremete contra él, dándole el golpe fatal. Sus esbirros, viendo la batalla perdida, se baten en retirada cuando una luz blanca ilumina el mundo con gran intensidad, cegándonos momentáneamente. Mi deseo es puro y desinteresado, la perla debe obedecer. La siento desintegrarse en mi mano cuando oigo una exclamación a mis espaldas.
– Mi corazón… –murmura Kikyo sobrecogida– Lo siento latir de nuevo.
Inuyasha corre hacia ella y la envuelve en un apretado abrazo. Instantes después se funden en un apasionado beso mientras el murmura "puedo oír tu corazón, puedo oírlo otra vez".
– Es como debe ser –suspiro rascando la oreja izquierda de Sesshomaru. Él sacude su cabeza y vuelve a su forma humanoide.
– Ni se te ocurra volver a hacer eso –me gruñe enfadado. Claro que tanto no lo tiene que estar, porque no llega a soltarme.
Con un gran esfuerzo hago recuento y veo que no hemos sufrido bajas. Me alegro sobremanera, pero no lo puedo expresar, ya que antes de llegar con los demás el cansancio puede conmigo y todo se vuelve negro.
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Sesshomaru POV:
Siento cómo la miko se queda laxa en mi espalda y me tenso de golpe, frenando mis pasos. Todos giran la cara a ver qué ocurre y se encuentra con una imagen mía recostando a la humana con gran suavidad en el suelo.
– Debe haber agotado sus fuerzas –digo a nadie en concreto mientras la examino con extremo cuidado–. Volvamos a la aldea, necesita descansar.
Nadie mueve un músculo, así que alzo mi mirada fría y despectiva y encabezo la marcha con ella en brazos. Unos instantes después vuelven en sí y me siguen lentamente. Todos están más que cansados, pero tenemos que volver cuanto antes. A ninguno le gusta verla así.
La anciana miko se sobresalta al ver a Kagome inerte en mis brazos e intenta arrebatármela, pero no se lo permito.
– ¿Dónde la pongo? –pregunto.
– En el futón –me contesta ella, frunciendo ligeramente el ceño. Le extraña mi actitud, pero no podría importarme menos.
Apenas la he recostado cuando se le tiran los pequeños encima.
– ¡Kagome! –exclaman a coro. Están asustados y preocupados, no me gusta ver a Rin así– ¿Qué le ha pasado?
– Creo que se ha quedado sin energía al purificar la perla –explico mirando a la anciana.
Ella asiente lentamente y se pone manos a la obra. Los niños se hacen a un lado para dejarla trabajar, siguiendo con la mirada cada uno de sus movimientos. Yo me siento en un rincón en sombras de la cabaña y cierro los ojos a la espera de noticias.
Está cayendo la noche cuando se oyen unos ruidos en la puerta. De repente entra Inuyasha cargando a un crío a sus espaldas. Frunzo el ceño ligeramente al ver sus ropas extrañas.
– ¿Ves enano? Te dije que estaba durmiendo –sonríe Inuyasha.
– ¡Quiero bajar! –exclama el niño.
– ¿Sota? –la adormilada voz de Kagome nos sobresalta– ¿Llego tarde a un examen?
No sé qué es eso del examen, por lo que las risas que me rodean me confunden.
– No. El pozo me ha dejado pasar, hermana. Estamos en la época Sengoku.
– Ah, vale… –suspira ella– Espera, ¡¿qué?!
– ¡Estábamos muy preocupados! –exclama tirándose a sus brazos y rompiendo a llorar– Te despediste y teníamos un mal presentimiento. Cuando te he visto tan quieta yo… yo…
– Ssshh… Tranquilo –le acuna entre sus brazos–. Todo está bien, yo sólo dormía chiquitín.
– ¿Todo bien? –pregunta entre sollozos.
– Todo bien –le confirma con una sonrisa.
Entonces él le sonríe en respuesta y poco a poco se tranquiliza en sus brazos. De alguna manera, sin yo pretenderlo acabo añorando esos brazos. No me gusta el cauce que están tomando mis pensamientos y gruño de forma inconsciente. Todo se queda en silencio, así que aprovecho para hablar:
– Rin, te quedarás aquí hasta que venga a buscarte. Humana, tú cuidarás de Rin –digo girándome hacia la miko.
– Está bien, Sesshomaru-sama –acepta Rin después de un pequeño puchero.
– ¿Por qué? –me interroga la sacerdotisa.
– Tengo asuntos que atender –explico cortante mientras me levanto.
– Espera –su voz me frena en seco–. Sota, ves a casa, mamá estará muy preocupada. Inuyasha, ¿le acompañas, por favor?
– Claro –le contesta el hanyou. Los dos hermanos se dan un abrazo y eso me desagrada. Me estoy volviendo muy posesivo con esta humana y ni siquiera me pertenece.
– Chicos, Kaede, ¿os importaría dejarnos un momento? –pregunta mirando a la anciana, la cual en seguida asiente y saca a los niños de la cabaña.
– ¿Y bien? –la interrogo cuando nos quedamos solos.
– ¡Eso debería preguntarlo yo! –exclama ofendida– ¿A qué ha venido eso? Sabes que no me molesta quedarme con Rin, pero esas no son formas. ¿Qué pasa ahora?
– Tengo que ir a recuperar mis tierras –explico–. He oído voces de que otros youkais se han intentado apoderar de ellas en ausencia del Lord. Rin no debe estar en medio de una guerra.
– Bien, lo entiendo –me contesta. Su voz se suaviza de repente–. ¿Volverás a por ella?
– Por supuesto –en esto soy rotundo.
– ¿Cuándo? –frunzo el ceño, no acabo de entender a qué viene su pregunta– Es decir, siempre se espera mejor cuando se tiene fecha límite.
– Diez años como máximo –respondo.
– De acuerdo –susurra apartando la mirada.
– ¿Ocurre algo? –hay algo que le preocupa, lo huelo en el aire.
– No, nada, solo… –vacila un breve instante–. Ten mucho cuidado, Sesshomaru.
Asiento brevemente. No estoy acostumbrado a dar explicaciones, pero a ella no puedo negarle nada. No acabo de entender por qué ni desde cuándo pero… El roce de unos labios contra los míos corta mi hilo de pensamientos.
– Espero volver a verte –murmura.
Se marcha de la cabaña y yo permanezco congelado unos instantes. Me espabilo con un parpadeo y parto con Jaken y Ah-Un hacia las tierras del Oeste.
