Capitulo 2
A Edward le dio tiempo de esquivar el golpe y el puño de su asaltante fue a dar contra la pared.
—Bastardo —lo insultó el hombre, que del impulso había ido a parar al suelo. —Te mataré.
—Esta noche no —contestó Edward, serio, tirándose de los puños de la camisa. —Tal vez cuando esté más sobrio podría volver a intentarlo.
Su asaltante se quedó mirándolo con ojos vidriosos. No era la primera vez que Edward era víctima de un ataque por sorpresa, pero el último había tenido lugar varios años atrás y sus reflejos ya no eran como los de antaño.
El corazón le latía furioso tras las costillas. Aquel cretino lo había cogido desprevenido.
—¿Le conozco, señor? —le preguntó, perdiendo unos preciosos minutos de estar en compañía de su misteriosa enmascarada para escrutar el rostro de aquel hombre.
El tipo le escupió, pero sólo consiguió mancharse su propia barbilla y las solapas de la americana.
—¡Te tiraste a mi esposa, cerdo asqueroso!
Edward enarcó las cejas y, aunque pareciera extraño, se sintió de mejor humor.
—Tengo que decirle, señor, que me baño a diario. —Frunció el cejo. —¿Young? ¿Eres tú?
El otro bufó y trató de ponerse en pie.
—Ya sabes que sí... señor puntilloso.
Edward se habría reído del ridículo insulto si no creyera que el hombre tenía toda la razón del mundo de querer matarlo. Se había acostado con lady Young... hacía un montón de años. Y también con su hija. Una noche, madre e hija se habían peleado por él en medio de la ópera. Fue todo un escándalo.
Edward le tendió la mano.
—Será mejor que te acompañe a tu carruaje. Deberías regresar a casa.
Young lo apartó de un manotazo y, de algún modo, consiguió recuperar las fuerzas necesarias para que sus músculos saturados de alcohol reaccionaran, aunque tuvo que apoyarse en la pared para levantarse.
—Que te follen.
—Vamos —insistió Edward con amabilidad. —Déjame que te ayude.
Era lo mínimo que podía hacer, después de haberle causado tanto daño. Claro que lord Young tampoco era un santo. Mientras Edward tonteaba con las mujeres de su familia, él se había estado tirando a una bailarina. Pero Young había sido discreto y Edward... bueno, se podría decir que la discreción nunca había sido su mayor virtud.
El conde le dio un empujón, pero estaba tan borracho que fue él quien trastabilló.
—Vete a la mierda. Los hombres que te atacaron deberían haberte cortado algo más que la cara, hijo de perra.
—Sí —respondió Edward con frialdad. —Pero no lo hicieron. Y tú deberías cuidar mejor de tu mujer.
Los dos se quedaron mirándose el uno al otro durante un segundo. Edward seguía firme y sobrio, Young inestable y borracho. Y, de repente, toda la ira pareció abandonar el cuerpo de este último, dejándolo abatido y derrotado. Se dio media vuelta y recorrió el pasillo sujetándose de la pared.
Edward se quedó observándolo con cierta pena. No era que tuviera ganas de recibir una paliza, pero tal vez si el conde le hubiera dado un puñetazo, se habría ido de allí satisfecho consigo mismo, y él habría cumplido con parte de su penitencia.
Ahora se sentía extrañamente vacío. Tal vez debería irse de allí, ya no estaba de humor para el romanticismo. Pero no sería caballeroso permitir que la dama siguiera esperándolo. Como mínimo debería ir a disculparse.
Se dio media vuelta y se dirigió hacia la habitación en la que ella estaba. La puerta se abrió justo cuando Edward iba a llamar, y su dama apareció delante de él, sorprendida de verlo.
El duque frunció el cejo al ver que llevaba puestos los guantes y sujetaba su bolsa entre las manos.
—¿Te ibas?
—Sí, así es —respondió con frialdad, levantando la barbilla. —No me gusta que me hagan esperar, milord.
Edward sonrió, ante el reto que le presentaba y descartó completamente la idea de irse del club. Apoyándose en el marco de la puerta, le bloqueó el paso y la obligó a retroceder hacia el interior.
—¿Estás impaciente, milady?
Aquella habitación estaba hecha para encuentros clandestinos, el papel de la pared era oscuro y de buena calidad. Había impresionantes ramos de flores que destacaban con el telón de fondo. El yeso del techo era del mismo color dorado que los marcos de la puerta y de las ventanas. Unas pesadas cortinas, pensadas para impedir que la luz o la curiosidad se entrometieran en aquel espacio, adornaban dichas ventanas. El suelo era de madera, pulida y encerada, y encima había mullidas alfombras de idénticos tonos al del papel de la pared. La cama, enorme y con dosel, era de caoba tallada a mano, y estaba cubierta con sábanas negras y doradas que alguien había abierto ya para dar la bienvenida a sus ocupantes.
¿Se habría puesto nerviosa al verse allí esperándolo? ¿Se habría sentado en la cama, con las piernas cruzadas, para tratar de apaciguar su deseo?
—Sí, estaba impaciente —replicó ella airada. —Pero la espera es de lo más eficaz para amortiguar las ansias.
Entonces Edward se rió, y cerró la puerta, dejándolos a los dos allí encerrados. ¿Era sólo él, o la temperatura de la habitación había subido un par de grados?
—¿Ah, sí? —Dio un paso, acercándosele. —Yo siempre he creído que la espera hace que se sienta todavía más deseo.
Ella se mantuvo firme, pero él podía sentir que estaba a punto de dejarlo plantado. Estaban tan cerca el uno del otro que casi se tocaban... el pecho de ella subía y bajaba, acelerado con cada respiración. Todo el cuerpo de Edward estaba tenso, alerta. Los oscuros ojos de la joven buscaron los suyos.
—Entonces, usted debe de desearme mucho, milord.
La chispa de deseo que brilló en la mirada femenina fue inconfundible. Unas llamas doradas empezaron a arder detrás de aquel color chocolate, atrayendo a Edward como las moscas a la miel.
—Así es. —Tenía la voz ronca, pero a juzgar por cómo tembló ella, eso a su dama debió de gustarle. —Te deseo muchísimo.
Aquellos delicados labios se entreabrieron sin que saliera ningún sonido. Ella siguió observándolo con ojos ardientes, y en lo único que Edward fue capaz de pensar era en que necesitaba hacerla suya.
Deseó poder quitarle la máscara y verle la cara, pero entonces la mujer querría hacer lo mismo, y él no podía correr ese riesgo. Edward no quería que viera su destrozado rostro, no quería tener que enfrentarse a sus preguntas, tanto si llegaba a formularlas como si no.
Levantó una mano y la cogió por la nuca para acercársela. Al inclinar la cabeza, pudo sentir su aliento cálido y dulce acariciándole la cara. La vio ponerse de puntillas para aferrarse a las solapas de su chaqueta, mientras él tomaba posesión de sus labios con los suyos. La joven lo besó con el mismo ardor que Edward sentía en su alma... y cuando por fin se apartaron, no era el único que tenía la respiración entrecortada.
—Champán —susurró Edward, soltándola.
¿Se habría dado cuenta de que le había desatado las cintas que le ceñían el corpiño por la espalda? Un par de ligeros tirones por los hombros y podría desnudarla sin demasiada dificultad. Pero no quería precipitar las cosas, ella era perfecta para su fantasía y quería saborear cada momento.
Lanzó su chaqueta a la butaca que tenía más cerca y se desabrochó el chaleco al acercarse hacia la mesa de los licores. Sirvió un par de copas y se aflojó el nudo del pañuelo. Por fin podía volver a respirar. Dios, ¡estaba hecho un lío!
Regresó junto a ella, con una copa de champán en la mano; estaba sentada en el extremo de la cama, con la mirada fija en el triángulo de piel que a Edward le había quedado al descubierto al soltarse el pañuelo, ni no creía que su cuello fuera tan fascinante, ni distinto al de cualquier otro hombre, claro que tampoco había comparado nunca esa parte de su anatomía con la de nadie más.
Se sentó a su lado, y ella aceptó la copa que le ofreció y la vació de un trago. Ah, aquella muchacha era dulce e inocente... algo que en su juventud le habría hecho gracia, pero que ahora lo enternecía.
—Despacio —le aconsejó. —Tenemos toda la noche.
—¿Ah, sí? —le preguntó ella, mirándolo.
Edward asintió, y hundió el dedo índice en el frío líquido de su copa.
—Sí.
No quería pensar en que ella pudiera tener a alguien esperándola en casa al amanecer. En aquella habitación, estando los dos solos, se negaba a pensar en nadie más. Nada más importaba.
Le acercó el dedo húmedo a la boca y dibujó con él la curva de su labio inferior, acariciando ligeramente la parte interior del mismo. Ella le aguantó la mirada, y con la lengua le lamió el dedo. Ese gesto hizo estallar la lujuria en Edward. Aquella mujer era una seductora, una mezcla excitante e imposible entre inocencia y sensualidad.
Si sobrevivía a esa noche, se aseguraría de darle las gracias a Dios por haberle permitido conocerla, porque estaba seguro de que no se merecía un regalo como aquél.
Empezaron a acariciarse la cara el uno al otro. Él no trató de quitarle la máscara ni siquiera una vez y ella tampoco. Era como si entendiera su necesidad de permanecer oculto.
Los dedos de ella eran como suaves y cálidas plumas. Edward cerró los ojos y se rindió a tan exquisita tortura. Con el pulgar, le recorrió el labio inferior y él repitió su gesto, lamiéndoselo. Ella suspiró de placer, y fue el sonido más maravilloso que él hubiese oído nunca.
Cuando las copas estuvieron vacías. Edward las dejó encima de la mesa. Esa vez, cuando se acercó a ella, la cogió de los brazos y la puso de pie. El champán la había relajado y estaba algo lánguida, pero no bebida. Se quedó quieta, permitiendo que sus dedos le deslizaran el vestido por los hombros, y cuando la tela se negó a seguir bajando, aflojó algo más las cintas del corpiño. Despacio, la prenda se soltó y le cayó hasta la cintura. Edward tiró del vestido hasta el suelo. Después, la sujetó por la cintura con una mano, y, con la otra, apartó la prenda que se había arremolinado alrededor de sus pies.
Nada de falsa modestia, ni de coqueteos. Aquel magnífico ejemplar de mujer estaba delante de él, cubierta sólo por su honestidad, permitiendo que la devorara con la mirada. Todavía llevaba algo de ropa, una ligera camisola ocultaba su piel, pero a Edward se le hizo la boca agua sólo con verla.
Le recorrió los pechos con la vista, deteniéndose en los pezones rosados que se insinuaban debajo de la seda. Sus senos cabrían en las palmas de sus manos, y casi podía sentirlos cálidos bajo sus dedos. Ella inspiró, y una areola apareció cual pétalo por encima del borde de la tela. Edward alargó la mano y la acarició.
—Preciosa —murmuró, inclinando la cabeza para besarle con delicadeza el escote, y luego el cuello. —Hueles como la lluvia de primavera —le dijo, inhalando con deleite.
—¿Te gusta la lluvia? —le preguntó ella casi sin aliento.
—Sí. —la miró a los ojos. Los suyos brillaban como la luna y Edward le acarició la mandíbula. —Limpia el mundo, y a su paso todo queda como nuevo. Es pura. —Le recorrió los labios y la barbilla con el pulgar. —Es dulce y húmeda.
La joven sonrió.
—Tienes suerte de que Inglaterra sea un país lluvioso.
Él le devolvió la sonrisa, incluso en eso aquella mujer era idéntica a Bella.
—Así es.
Entonces volvió a besarla.
Sus dedos, extrañamente temblorosos, le desabrocharon la camisola mientras ella tiraba de la camisa de él para sacarla de sus pantalones. Edward se apartó unos segundos para quitarse la prenda por la cabeza y lanzarla al otro extremo de la habitación. Cuando fue a abrazarla de nuevo, ella le colocó las manos en la cintura para detenerlo. Las tenía tan cálidas y suaves que no pudo evitar suspirar al sentirlas en contacto con su piel.
—Espera —le susurró la mujer, —quiero tocarte.
Edward dejó caer los brazos a los costados
—Pues tócame.
Maldita fuera por haber conseguido hacerlo suplicar, pensó, pero estaba demasiado excitado como para tener orgullo. Ella podía hacer con él lo que quisiera, siempre y cuando siguiera acariciándolo como si fuera alguien especial en vez del hombre lleno de defectos que en realidad era.
Le recorrió el torso con las manos, recorriendo cada surco y hendidura. Luego las deslizó hasta las clavículas. Parecía estar fascinada con su cuerpo y a Edward eso lo animó y no sólo eso. Temblaba donde ella lo tocaba, era como si su cuerpo hubiera estado desesperado por aquellas caricias.
Volvió a acercársele.
—Ahora me toca a mí.
La besó de nuevo, acabando de desabrochar la camisola. Apartó la tela y también la deslizó hasta el suelo. Ella le rodeó el cuello con los brazos, hundiendo los dedos en su pelo cuando él se apartó lo suficiente como para poder desabrocharse y quitarse los pantalones. Hasta que la tumbó en la cama no se dio cuenta de que ella sólo llevaba las medias, y que él estaba desnudo.
Hambriento de deseo, devoró su cuerpo con los ojos. Tenía las piernas largas y bien torneadas, las pantorrillas ligeramente musculosas. Las caderas voluptuosas, el vientre suave. Entre sus piernas, un triángulo de vello oscuro suplicaba sus caricias. Tenía la cintura estrecha, los pechos generosos y unos pezones rosados que se excitaron al sentir su mirada. Dios, toda ella era dulce y suave, una exquisitez que le hacía la boca agua.
La mujer lo miró también de arriba abajo, sin ocultar lo mucho que le gustaba y, cuando se topó con su erección, sus ojos se abrieron como platos, consiguiendo que Edward se sintiera incluso más satisfecho consigo mismo que antes. Él nunca había sido uno de esos hombres que se sienten inseguros del tamaño de su miembro o de sus técnicas amatorias, pero aquella joven lo hacía sentir como un semental, como un dios.
Ella alargó una mano y lo tocó allí, rodeando con los dedos su erección. Edward gimió de placer. Lo estaba acariciando, y se movió presa de esa mano, su pene temblando de deseo.
Dejó que lo explorara hasta que fue incapaz de seguir soportándolo, y entonces le cubrió la mano con la suya y se la apartó con cuidado.
—¿He hecho algo mal? —le preguntó inquieta.
El se rió, una risa ronca y temblorosa.
—Dios, no. Es sólo que no quiero terminar en tu mano.
—Vaya. —Se ruborizó.
Edward le sonrió y le acarició la mejilla. El corazón le dio un vuelco al entrar en contacto con su piel, fue como recibir un puñetazo en el pecho.
Era sólo sexo, se dijo a sí mismo. Esa reacción tan emocional se debía únicamente a lo mucho que aquella mujer se asemejaba a Bella y a que a ella parecía importarle de verdad. No tenía de qué preocuparse. Al salir el sol, todo se habría desvanecido.
Apoyándose en un codo. Edward inclinó la cabeza y atrapó un pecho entre sus labios. Al oírla gemir de placer le hirvió la sangre; ella hundió los dedos en su pelo para alentarlo a que siguiera besándola de aquel modo. Arqueó la espalda y cuando succionó con más fuerza, gritó y tiró de él para besarlo, separando las piernas.
Edward repitió el proceso con el otro pecho, acariciándole el ahora húmedo sexo con su erección. Aquella mujer era todo ardor y deseo. Sería tan fácil, era tan tentador, hundirse en ella y perderse allí para siempre. Pero aún no. Todavía no.
Deslizó una mano por su torso, recorriendo cada costilla con los dedos. Al llegar a la curva del ombligo, lo dibujó con insoportable lentitud, trazando el círculo una y otra vez hasta que por fin alcanzó el ansiado tesoro que ocultaban sus piernas. Ella no tuvo que pedírselo, no tuvo que emitir ningún sonido, para que Edward supiera lo que quería. Pero a pesar de todo, unos delicados gemidos escaparon de sus labios, y levantó las caderas a modo de invitación.
Él la abrió con un dedo y se lo deslizó en su interior, encontrando, con sorprendente facilidad, el lugar exacto donde quería que la tocara. Gritó cuando con la yema del dedo le acarició el pequeño botón, y Edward se inclinó mordisqueándole el pecho suavemente. Luego, sustituyó el dedo por el pulgar, deleitándose en la humedad que encontró a su paso.
La joven gimió de placer y arqueó las caderas, mientras él la exploraba hasta dar con la caricia que más la hacía enloquecer. Entonces, Edward dio rienda suelta a su deseo y la acarició y atormentó hasta que la sintió moverse descontrolada contra su mano, preciosa, sin rastro de pudor. De repente, mientras seguía llevándola al abismo con su pulgar, hundió un segundo dedo en su interior.
Los muslos de la mujer atraparon su mano, suplicándole que siguiera. Estaba empapada y Edward podía deslizarse con facilidad. Estaba tan tenso que incluso temía estar a punto de perder el control y, a pesar de todo, no podía negarse a sí mismo el placer de verla tener un orgasmo por primera vez. Así que levantó la cabeza y la miró.
Entonces la mujer llegó al clímax. No era comparable a nada que Edward hubiera visto antes. Tenía el escote y el cuello sonrojados, del mismo color que sus mejillas. Los labios entreabiertos, gimiendo sin censura. La espalda arqueada como una ola, se entregaba al placer con cada célula de su cuerpo.
Era preciosa.
Sonriendo satisfecho, se colocó de rodillas encima de ella.
—¿Te ha gustado?
—¿Cómo puedes siquiera preguntármelo? —contestó, tras parpadear.
Edward se rió y, con las manos a ambos lados de la cabeza de ella, se agachó para besarla de nuevo. Le mordió el labio inferior. Le separó los muslos con las rodillas y la vio entreabrir las piernas, gustosa.
Con una mano, guió su erección hasta la entrada del sexo femenino, que notaba húmedo y caliente.
Y entonces empujó hacia adelante, despacio, abriéndola a medida que iba introduciéndose. Ella se aferró a su espalda, levantando las piernas para ajustarse mejor. El interior de su sexo le dio la bienvenida, pero se tensó un poco y Edward pensó... no, no era posible. Su misteriosa dama le rodeó la cintura con las piernas, dándole permiso para penetrarla más.
—Dios, estás tan apretada... —exclamó, temblando un poco al notar que ya estaba dentro.
—¿No te gusta? —le preguntó insegura.
A él se le escapó otra risa ronca.
—Mi amor, me gusta tanto que no sé si podré aguantar mucho.
Entonces, la muy coqueta, movió las caderas y consiguió arrancarle un gemido.
—Eres una provocadora.
Ella se rió, una risa profunda que se quedó en nada tan pronto como Edward movió las caderas. Eso le enseñaría a no reírse, pensó. Y, oh, Dios, estar en su interior era como estar en el cielo.
Con cada embestida se acercaba más y más al abismo. Cada vez que la joven levantaba las caderas para recibirlo, perdía un poco más el control. Pero ya no le importaba. Estaba demasiado excitado como para que le importase. Se apartó un poco sólo para poder volver a perderse en la profundidad de su misteriosa dama, una y otra vez, y otra, y, mientras se aferraba a las sábanas de la cama, ella le hundía las uñas en la espalda.
Estaban aferrados el uno al otro, sus cuerpos ondulaban al unísono.
Edward no podía pensar, y mucho menos hablar. Se le había fundido la mente y su cuerpo había vuelto a la vida, deleitándose en cada sensación, cada sentimiento. Los latidos de su corazón se aceleraban al ritmo de su deseo. El duque había tenido muchos encuentros clandestinos sin sentido a lo largo de su vida, pero aquél no era uno de ellos. En muchas ocasiones, se había sentido atraído por su compañera de cama, pero nada remotamente parecido a lo que ahora estaba sintiendo.
¿Qué tenía aquella mujer de especial? Aparte de que le recordaba a...
—Bella —susurró.
Si ella lo oyó no dijo nada, gracias a Dios. Incluso él sabía que era imperdonable pronunciar el nombre de otra mujer en un momento tan íntimo. Pero apenas tuvo tiempo de lamentarlo, pues sintió que los muslos de la mujer lo apretaban, justo antes de precipitarse en el orgasmo. Edward empujó con fuerza, y sus movimientos se aceleraron hasta que por fin también perdió el control y estalló con ella. Sus gritos de placer se entremezclaron hasta que fue imposible distinguir a cuál de los dos pertenecían.
Fue un milagro que él se acordara de apartarse a tiempo y pudiera eyacular encima de las sábanas y no dentro de ella.
Se quedaron tumbados, entrelazados el uno con el otro y empapados de sudor, con la respiración entrecortada, durante lo que bien pudieron ser horas o meros minutos. En circunstancias normales, a esas alturas. Edward estaría ya vistiéndose para irse, pero aquella noche no tenía ninguna prisa, y cuando la mujer trató de zafarse de su abrazo la detuvo.
—No te vayas
Lo miró a los ojos y, maldita fuera, debió de ver la desesperación en ellos, porque, sin decir nada, volvió a tumbarse, permitiendo que la apretara de nuevo contra su pecho.
Edward le acarició la sedosa piel del hombro con los labios.
—Quiero volver a verte.
—No creo que sea buena idea.
Le sujetó la barbilla con la mano y le giró la cara para obligarla a mirarlo. No le importaba que creyera que era patético, ni parecer desesperado. Lo único que le importaba era que dijera que sí.
—Por favor.
—¿Cuándo?
Tenía la voz ronca, pero no tanto como al empezar la noche. Maldición tenía la misma voz que Bella.
—Dentro de una semana —contestó, con el corazón dándole saltos de alegría. —No me será posible escaparme hasta entonces.
—De acuerdo —aceptó ella. —¿Dónde?
—Aquí. En esta misma habitación. Yo me encargaré de organizarlo.
—Aquí —asintió la joven. —Dentro de una semana.
Edward sonrió. Ahora ya sonaba más convencida, más entusiasta.
—Gracias.
Y, entonces, por si acaso ella creía que con esa conversación su noche había llegado a su fin, la abrazó y volvió a colocársele encima. La besó despacio, con ternura, esperando a que se recuperara para volver a seducirla de nuevo. Le besó los bordes de la máscara, las mejillas y, por fin, los labios... hasta que ella empezó a moverse debajo de él, buscando sus caderas con las suyas.
Edward le hizo el amor por segunda vez y, al terminar, ambos estaban exhaustos, satisfechos. El se permitió incluso el lujo de quedarse dormido entre los brazos de ella. ¿Cuánto hacía que no pasaba toda una noche con una mujer? Demasiado. Se había olvidado de lo agradable que era sentir la calidez de otra persona a su lado, de lo que era sentir aquellas suaves curvas contra sus muslos.
Se le estaban cerrando los párpados cuando se dio cuenta de que no sabía el nombre de su misteriosa dama, y que, por lo tanto, le sería imposible encontrarla si ella le daba plantón la siguiente semana. Si cambiaba de opinión y no aparecía, la perdería para siempre. Una parte de él sabía que si eso llegaba a suceder podría superarlo. Pero otra...
Y fue esa parte la que le hizo abrazarla y apretarla contra él con todas sus fuerzas.
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Aún faltaban varias horas para que amaneciera cuando Bella Swan abrió los ojos.
Dios santo, ¿cómo había corrido el riesgo de quedarse dormida? Era muy tarde. Si quería coger el primer tren y convencer a su madre de que no había salido de su habitación en toda la noche, tenía que irse de allí cuanto antes.
No podía perder más tiempo mirando embobada cómo Edward dormía, escuchando su suave respiración y sus suspiros.
Aunque, a decir verdad, podría pasarse toda la eternidad haciendo simplemente eso. Era tan atractivo, que sólo con mirarlo se le rompía el corazón, la máscara que le cubría el rostro no le molestaba en absoluto, pues Bella conocía de memoria cada uno de sus rasgos.
Ni siquiera aquella horrible cicatriz podía empañar la perfección de su rostro. Ahora tenía los ojos cerrados, pero cuando los abría eran de un verde clarí ía la nariz larga y prominente, los pómulos marcados, y la mandíbula cuadrada. Pero lo que a ella más le gustaba era su boca. Le encantaba ver cómo Edward la movía al hablar, cómo la curvaba al sonreír. Y lo que más le gustaba era sentirla encima sobre la suya.
«Gracias, Dios. Gracias por hacerme este regalo.»
Bella no pudo resistir la tentación de tocarlo una última vez, a pesar de que corría el riesgo de despertarlo. Le apartó un mechón de pelo de la frente, acariciando la oscura y sedosa textura entre sus dedos.
¿Esa noche había sucedido de verdad o había sido todo un sueño? ¿De verdad le había entregado la virginidad al único hombre que se había ganado su corazón? ¿Y de verdad le había oído susurrar su nombre, o su loco corazón se lo había imaginado?
Tenía tantas preguntas que su mente parecía incapaz de centrarse en ninguna. Había hecho lo que se había propuesto y no iba a lamentarlo. Si aquel acto tenía consecuencias, les haría frente. Bella no esperaba nada de Edward, pero deseaba con todas sus fuerzas que...
Deseaba poder vivir sin aquel incesante deseo que sentía por él, un deseo que la seguía a cada paso que daba, que determinaba todas y cada una de las decisiones que tomaba. Tal vez ahora pudiera ser libre. Pero había aceptado volver a verlo la próxima semana. Eso no era la libertad, eso era el principio de una aventura. Una que ella no podía tener. Que no podía permitirse. Que era demasiado arriesgada.
Salió de la cama despacio. Las piernas apenas la sostenían, las rodillas le temblaban, la incomodidad que sintió entre las piernas le recordó que lo sucedido allí había sido muy real y no un sueño. Se vistió tan rápido y bien como pudo. Ya se peinaría en uno de los baños de abajo antes de salir a buscar un carruaje.
Al llegar a la puerta, dudó unos instantes, y miró de nuevo al hombre que estaba tumbado en la cama. Se sentía culpable por abandonarlo mientras dormía, sin decirle nada. Bajó la vista hacia su vestido y se arrancó una escarapela del mismo. Había tantas que podría arrancarse seis sin que nadie se diera cuenta, así que una no tendría importancia. Dejó el adorno de seda encima de la mesa, junto al pañuelo de cuello de Edward.
Bueno, al menos así sabría que había pensado en él antes de irse.
Miró por última vez al hombre que había cambiado su vida para siempre y, sigilosamente, salió de la habitación. Corrió escaleras abajo, se acicaló, tal como había planeado, y salió de la casa en busca de un carruaje. Por suerte para ella, la calle Saint Row estaba plagada de ellos. Al parecer, era de lo más habitual que los clientes del club lo abandonaran a primera hora de la mañana.
Le pidió al cochero que la llevara a la estación y se metió dentro. El coche no había llegado ni a la esquina cuando las lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas. ¿Qué diablos le pasaba? Había tenido la noche más maravillosa de toda su vida, había vivido una experiencia sin igual con el hombre de sus sueños y él la había hecho sentir como si no hubiera nadie en el mundo comparable a ella.
Entonces, ¿por qué se sentía tan mal?
N.A: Aquí les traigo un poquito atrasado este capítulo, pero aquí está.
