¡Hola! ¿Qué tal?

Esperaba poder subir el capítulo ayer pero por razones del destino no pude ja ja.

La buena noticia es que ya está aquí ;)

Espero que les guste c:


Advertencias:

Omegaverse. Mpreg.


Capítulo II

Me recargué en el marco de la puerta, mirando en el interior de la oficina a Eren trabajar con su cinturón rojo a la vista. Miraba la pantalla de la computadora atentamente, medio mordisqueándose la punta del pulgar como si algo le molestase mucho. Esperé a que se diera cuenta de que yo estaba ahí, cuando por fin me miró se sacó el pulgar de entre los dientes e hizo una pequeña seña que me decía claramente que entrara. Por algunos segundos me mantuve quieto, aguardando a que volviera a su posición inicial. Cuando lo hizo entré, cerrando la puerta. Todos sabían que no le gustaba tener la puerta abierta pero siempre había alguien que se burlaba de él dejándola de par en par al salir luego de darle algunos documentos o lo que fuere.

—Los alfas y los betas no soportan estar debajo de mí, mucho menos me soportan los que están a mi altura— dijo una vez mientras tomaba de una taza de café sin una pizca de azúcar.

Le miré por un rato más, sin decir nada y entonces él se empujó hacia atrás con los pies, logrando chocar suavemente contra la pared al momento en el que su silla se detenía. Ya había averiguado que le encantaba jugar con su silla, yendo de un lado a otro con ella como si en la vida uno hiciese eso todos los días. Aunque en su caso, sí, era parte de su vida cotidiana. Nunca había conocido a alguien que viviera de forma tan divertida en una oficina las ocho horas de trabajo desde cada lunes hasta cada viernes. Quizás no se la pasaba riendo en cada parte del edificio, porque de hecho tenía cierto estoicismo pegado a la cara y algo de sarcasmo insertado en la lengua, pero prácticamente hacía lo que quería mientras trabajaba. Si quería comer donas glaseadas, café sin azúcar, tener la televisión encendida y un mono bailando a su lado a plenas ocho de la mañana mientras hacía uno de sus diseños no se molestaría en preguntar si podía hacerlo o no. Por supuesto no llegaba a un extremo tan exagerado pero sí que no le importaba comer a la hora que le diese la gana aún si estábamos a mitad de una junta.

—¿Aún no acabas?— pregunté mirando sus botas rojas, exactamente del mismo tono chillón que su cinturón.

—Sí… bueno, no— me miró suspirando—. No me decido en algo pero es cuestión de dar un clic. Seguro que me decido en cuanto llegue el lunes a la oficina.

—De acuerdo— sonreí, convencido de que para la junta del lunes siguiente el diseño ya debería estar terminado y mostrándose en la reunión como cada que Eren estaba encargado de un proyecto. Podría divertirse a la hora de trabajar pero siempre tendría su trabajo como prioridad—. ¿Tienes algo que hacer más tarde?

—Además de acariciar y tomarle fotos a mi perro toda la tarde… no, ¿necesitas algo?

—Pensaba en invitarte a comer.

—Oh, Jean. De verdad que acabas de tener una gran idea— sonrió de pronto—. Cuando termina mi celo me la paso malhumorado y pareciera que el mundo está en mi contra. Tu invitación es lo mejor que me ha pasado hoy. Acepto, déjame tomar mis cosas y nos vamos.

Asentí, recargándome en la puerta mientras Eren tomaba el blazer negro y se lo acomodaba sobre la camisa en silencio, acomodándose las mangas. Cuando estuvo listo salimos del edificio, despidiéndonos de las personas que se cruzaban en nuestro camino. Una vez en el auto dejé que Eren decidiera a donde ir mientras se ponía un par de gafas oscuras con marco rojo, alegando que el sol le molestaba. Indicó el nombre de un restaurante italiano y no dudé en dar marcha hasta el lugar, siguiendo las vagas instrucciones que me daba en el camino. Después de un momento ubiqué el lugar. Sí que lo conocía, pero jamás había comido ahí. Me pregunté si era un restaurante que Eren frecuentaba pero él me dejó claro que no cuando dijo la siguiente frase:

—Vaya, cambiaron el cartel— seguido de un—: ¿Hace tanto que no vengo?

En ése momento se sacó los lentes, los dejó por algún lado y bajamos del auto, permitiendo que el valet hiciese lo suyo. En el corto camino al restaurante me di la libertad de pasar una mano por debajo del blazer negro de Eren para poder acariciar su cinturón rojo con la yema de los dedos. Él no dijo nada a cambio. Desde aquella última noche lo hacía y a él no parecía molestarle. Incluso a veces se pegaba más a mí o caminaba al compás de mis propios pasos para no entorpecer el ritmo. Mientras él me contaba lo buena que era la comida en ese lugar -y que esperaba siguiera siendo igual de buena-, yo le sonreía, escuchándolo atentamente, abriéndole la puerta, dejándolo pasar primero y luego volviendo a descansar los dedos en el mismo lugar. Cada vez que lo hacía sentía que me acostumbraba más a ello y no podía evitar pensar en si Eren también sentía lo mismo. La chica en la recepción nos llevó entre el murmullo de las mesas hasta una mesa redonda casi al fondo del restaurante para dos personas con una luz que me dejaba apreciar a gusto el color esmeralda de los ojos frente a mí. De principio nos trajeron un poco de vino tinto cuya botella quedó a nuestra merced pero ninguno de los dos bebió un solo trago hasta que nuestra comida estuvo frente a nosotros.

Cuando Eren alzó la copa por primera vez supe que hablaría.

—Tema de hoy— comenzó, yo sólo asentí en espera de lo que diría después. Lo pensó sólo por unos segundos—. Música.

Asentí una vez más mientras él daba un breve trago. Habíamos comenzado a conocernos de ésa manera. Cada encuentro que teníamos hacíamos algo juntos pero siempre había un tema específico sobre el cual hablar. La idea resultaba por demás interesante, quiero decir, Eren imponía un tema para la conversación tan trivial como la cantidad de café que le ponías a tu taza pero siempre resultaba interesante por una simple razón: el tema nos llevaba directamente a conocernos sin indagar vulgarmente. A veces podíamos hablar de dos temas un día, por supuesto, cuando nos alcanzaba el tiempo porque generalmente un solo tema nos bastaba para todo el tiempo que pasábamos juntos.

Ya habíamos hablado de las cosas generales y estúpidas que uno pregunta y olvida luego de unas horas si no es que minutos como el color favorito de esa persona. Sorprendentemente había sido muy distinto hablar de cosas como esas con él comparado con el resto del mundo. No sólo me dijo su color favorito, me dijo sus colores favoritos para cada qué y cada cual, alegando cada cosa que le parecía y cada cosa que no. No sólo escuchó con atención mi propia respuesta, sino que la había recordado. Habíamos hablado realmente, él me escuchaba cuando debía hacerlo y se aseguraba de que yo lo hiciera también. Cuando yo comenzaba a hablar no me interrumpía con palabras, simplemente hacía un pequeño gesto que me pedía el permiso de hacerlo y sólo cuando mi voz cesaba él abría la boca. Con el tiempo yo había aprendido a hacerlo de la misma manera, comprendiendo que eso hacía nuestras conversaciones mucho más cómodas de lo que de por sí ya eran. Hablábamos en un ambiente que de pronto se convertía en una zona de confort aún si el tema resultaba incómodo. Era algo muy especial hablar con él en nuestros encuentros y aún si no hablábamos por largo rato nunca había tensión. Jamás creí que Eren pudiese hacer que me sintiese aún mejor a su lado que antes.

—Bien, hablemos de música— sonreí.

—Odio The Beatles— comenzó con ese comentario tan brusco que no pude evitar atragantarme—. Y sobre The Rolling Stones no tengo nada interesante que decir.

—¿Odias The Beatles? ¿De verdad?— inquirí, sin saber si me parecía divertido o más bien me sorprendía.

—Sí, odio a la banda— respondió sin inmutarse, casi alzándose de hombros—. Pero me gusta su discografía.

—No entiendo cómo puede eso tener sentido siquiera, Eren— reí, dejando que me explicara qué diablos significaban todas esas palabras juntas.

—Yo tampoco lo entiendo del todo. Me gusta la discografía, algunas letras me parecen estúpidas, otras me encantan pero definitivamente oír acerca de la banda es un martirio para mí— explicó, llevándose un poco de comida a la boca mientras movía los ojos de un lado a otro. Me miró fijamente—. Así que no te atrevas a ver un especial sobre The Beatles frente a mí, por favor.

—Me parece bien— concedí antes de seguir la conversación.

La cena pasó con un diálogo cómodo, entre miradas coquetas que a veces nos permitíamos y jugueteos que seguían nuestros pies debajo de la mesa. Así había sido los últimos días. Para cuando nos terminamos el postre ya estábamos riendo por tonterías que nos hacían gracia sobre la música en común que teníamos, las bandas y alguno que otro solista. Miramos la hora antes de decidir que ya era hora de irnos a casa, así que pedí la cuenta sin dejarle sacar la billetera siquiera, algo que no tomó a mal. Al salir del restaurante subimos al auto y de pronto a Eren quiso gelato, así que dimos vueltas hasta encontrar una gelatería que, por lo que leí en uno de los folletos que nos entregaron al llegar, vendía gelato artesanal. Como decía en el cartel colgado del techo pagamos primero y después ordenamos frente al mostrador seccionado en sabores que tenían trozos de ingredientes encima, dándole buen aspecto a cada uno de ellos. Eren tardó sólo un momento en escoger chocolate con trozos de avellana y yo tardé un poco más en decidirme entre manzana y durazno.

—No puedo creer que tardaras tanto en escoger un sabor— rió él en cuanto subimos al auto.

—Pude terminar arrepintiéndome si no decidía exactamente el sabor que quería— reí también, comiendo un poco de mi gelato de durazno.

—De acuerdo, tienes razón— sonrió antes de dejar un cómodo silencio formarse mientras comíamos.

Miré a la gente, sintiendo una fresca brisa venir desde el exterior. El gran árbol que cubría al auto del intenso sol me hacía pensar en la imagen refrescante que tenía de Eren, aunque admito que en ciertas ocasiones su expresión se asemejaba más a la rigidez así estuviese comiendo algo que le gustaba mucho. Me pregunté si se sentía tan cómodo junto a mí como yo me sentía junto a él. Eren era la persona más fuera de lo común que jamás había conocido. Con ésa forma de conocernos que jamás se me hubiese ocurrido, con esa manera de hablar a veces desvergonzada que de cierta manera me cautivaba mucho más de lo que quizás debería, con esa manera tan eficaz de trabajar al mismo tiempo que paseaba a gusto por la oficina como si se estuviese divirtiendo. Ésa manera que tenía de mirar las cosas con puntos y comas que me sorprendía tanto. Aquella forma de decir cosas incómodas que aún así me hacía sentir cómodo a su lado, ese palpitar en mi pecho que aparecía repentinamente cuando estaba junto a él y ese aroma sutil que inundaba mis fosas nasales cada vez que el viento lo traía hacia mí, tan delicioso, tan dulce y fresco.

—¿Qué harás mañana?— preguntó de pronto mientras una mujer beta pasaba al otro lado de la calle, paseando a su miniatura peluda que reconocí como un perro luego de mirar bien.

—Nada a menos que me invites a hacer algo— contesté, sonriéndole con ánimos de escucharlo hablar.

—Quiero llevar a Bartolomeo a la veterinaria— anunció.

—¿Paso por ti entonces?

—No. Yo paso por ti, me queda de camino.

—Me parece bien entonces, aunque mi auto seguro extrañará tu trasero sentado en sus asientos— bromeé pero él bufó en lugar de reír.

—Admite que te da miedo tenerme a mí frente al volante— dijo con un tono que, si no supiera que estaba siguiendo mi broma, pensaría que seguramente estaría enojado.

—¿Debería decir que sí o debería decir que no? Porque la verdad es que estoy muerto del miedo— fingí un escalofrío exagerado antes de notar una sonrisa en su rostro que como cada vez hacía que un lindo calor se instalara en mi pecho, dándome la sensación de que realmente podría estar enamorándome cada vez más de él. Casi se sentía como cuando haces crecer una flor desde su semilla. Aún no éramos nada ni sabríamos cómo resultaría, pero con paciencia seguramente lograríamos que nuestra flor de refrescante aroma creciera lentamente.

—Cállate, apuesto a que he tenido menos infracciones en mi vida que tú en un año— sostuvo, a casi nada de terminarse su segundo postre del día.

Me limité a reír, contento de saber que podría pasar el sábado con él. No quise preguntar qué sucedía con Bartolomeo porque sabía que si Eren llevaba a su perro a una veterinaria con una cita programada no era nada especialmente grave pero aún así no sabía qué le pasaba. Hacía sólo unas pocas semanas que había sido su chequeo y normalmente sus chequeos eran cada seis meses sólo por rutina. Cuando terminamos con el gelato Eren tomó mi vasito y lo juntó al suyo, indicándome que ya lo tiraría al llegar a casa. Volvió a ponerse los lentes de sol aunque ya casi venía el atardecer hacia nosotros y con una graciosa señal que incluyó movimiento de brazos y cabeza volvimos a andar en el pavimento. Una vez llegamos a su casa bajó pero antes deslizó los lentes por la nariz y me dedicó una mirada por encima de los cristales oscuros.

—Me gustas con ropa casual— admitió—. No arruines tu apariencia mañana.

—¿Superman?

—Sabes cuánto amo esa playera— sonrió ya fuera del auto—. Nos vemos, Cara de Caballo.

—Adiós, trasero bonito.

Él me dio una última mirada antes de entrar a casa y dejó una risa en el aire lo suficientemente fuerte para que la escuchara. Mientras tanto yo reía un poco también pensando lo idiota -pero realmente lindo- que era a veces con esas risas y sonrisas que me dedicaba a mí, solamente a mí.

En casa me di una ducha rápida, cantando lo emocionado que estaba por pasar un día más junto a él. Luego pensé en la mañana siguiente, preguntándome qué haríamos luego de llevar a Bartolomeo a la veterinaria. Ciertamente el perro y yo nunca nos habíamos conocido en persona, por así decirlo, pero de alguna manera yo ya me sentía familiarizado con él con lo mucho que me contaba Eren mientras me mostraba las fotos que tomaba de él cada que le surgía la oportunidad. Probablemente la cantidad de material que Eren tenía en su laptop sobre su perro ocupaba al menos una tercera parte de su memoria. Incluso yo y las pocas personas a las que Eren dejaba conocer un poquito de su vida comenzamos a sentir cierto cariño por Bartolomeo, el dálmata de manchas negras y ojos pardos que siempre estaría como fondo de pantalla en el teléfono de Eren o quizás hasta como fondo de escritorio en su laptop. De cierta manera comenzaba a emocionarme por el día de mañana. Por fin conocería a Bartolomeo, aunque no sabía qué clase de reacción tendría él hacia mí. Eren tomaría el volante esta vez. Me preguntaba cuál sería el tema que tomaríamos esta vez. Qué pequeño aspecto de su vida me dejaría conocer. Ciertamente eso era lo que más me emocionaba cada vez que nos veíamos, cada que nos encontrábamos, cada que nos decíamos un hasta mañana o un hasta luego o tal vez un nos vemos.

Pensaba en ello al momento de caer tendido en la cama, sintiendo una bonita sensación instalarse en mi pecho, algo como un calor que sólo podría describir como sensacional. Definitivamente me estaba enamorando de cada pequeña cosa de Eren, desde el hecho de que gustara más del gelato que del helado. El hecho de que odiara las paletas congeladas y las bebidas alcohólicas pero no se pudiese resistir ni a el champagne ni a las paletas de yogurt. Aunque esta última la atribuía más al hecho de que cualquier yogurt que comiera en su vida debía estar congelado, porque de otra manera era difícil que lo comiese. Incluso a veces encontrabas su bote de basura en la oficina lleno de envases de yogurt para niños porque según él eran los mejores para comerlos congelados. Admito que también yo tenía un gusto por ello y a veces le robaba algún yogurt del congelador en la cocina del Departamento Creativo sin que se diera cuenta para al día siguiente reponerlo como si nada hubiese pasado. Con la idea en la cabeza de comprarle algo de yogurt después me quedé dormido.

A la mañana siguiente me levanté a la hora en la que sonó el despertador, decidiendo que debía recoger un poco la casa, aunque para cuando iba a la mitad terminé distrayéndome en otra cosa y al final volví a darme una ducha. Para cuando salí ya tenía un mensaje de Eren que avisaba que pasaría por mí en media hora así que busqué entre mi guardarropa la playera que tanto le gustaba a Eren, un par de jeans y un blazer color madera claro. Cuando terminaba de arreglar mi cabello oí un mensaje llegar a mi teléfono y de inmediato supe que Eren ya estaba afuera. Metí la billetera en el bolsillo del pantalón, tomé el teléfono, guardé las llaves en otro bolsillo y entonces salí, subiendo inmediatamente al asiento del copiloto. Miré atrás, donde se encontraba Bartolomeo acostado como si ése siempre fuese su lugar.

—¿Qué tal, Bartolomeo? Eren nunca nos ha presentado pero yo te conozco muy bien— sonreí y el perro sólo me movió la cola—. Mucho gusto, me llamo Jean Kirschtein.

Bartolomeo hizo un sonido ahogado con la garganta y siguió moviendo la cola mientras alzaba un poco la pata. Reí tomándola como si fuese un apretón de manos y luego miré a Eren, que parecía encantado con la escena.

—Creí que tu auto sería rojo también, Jaeger— confesé—. Pero me has decepcionado con un color azul.

—Te ganaste un beso por la escena que me acabas de regalar— dijo a cambio, con las mejillas levemente coloreadas de rosa.

No pude evitar quedar encantado con ello y aunque quería terminar con alguna frase a modo de broma no pude, porque terminé soltando una risita de esas que sueltan los enamorados con cualquier cosa vergonzosa que se dicen, con las mejillas sonrojadas y la mirada en otro lado. De esas miradas que aunque te hacían sentir lo avergonzado que estabas te hacían sentir bien porque las cosquillas comenzaban a surgir en el estómago y algo parecido a burbujas en la espuma del champagne se elevaba hasta lo más alto de la copa hasta casi desbordarse por sí solo.

Eren arrancó el auto luego de un carraspeo y seguimos por un rato en silencio hasta que decidí hablar, aunque realmente no me enteré de lo que dije hasta un segundo antes de que Eren contestase.

—¿Cuál es el tema de hoy?

—Uno bastante fácil: mascotas— tardó en decir.

—Tuve un pececillo que se suicidó.

—Espera, ¿qué? ¿Cómo mierda pasó algo así?— preguntó con un tono de alarma en su voz.

—Pues el pez vivía en una de esas peceras redondas que parecen de decoración, un día decidió saltar y… bueno, nadie estaba en casa para devolverlo a la vida— expliqué.

—¿Es en serio?— asentí—. Vaya, una vez había leído que los peces pueden sufrir depresión pero esto es… Dios.

Tras la impresión sobre mi pez suicida comenzamos a hablar de las varias mascotas que Eren tuvo y de las pocas que yo tuve. La verdad era que yo nunca había tenido el gusto de tener realmente una mascota. Mis padres lo veían como un adorno más y todos los animales que llegaban a casa terminaban teniendo tan poco amor que me daba lástima tenerlos. Aunque me hubiera gustado ser más cercano a mis mascotas mis padres no me lo permitían. Sencillamente les parecía una pérdida de tiempo que acariciara a mi gato o a mi perro porque preferían que esos minutos que pasaría dándole cariño a esas preciosas cosas peludas los pasara estudiando. Para ellos era importante que tuviese un alto lugar en la sociedad como un alfa que era y sólo podría lograrlo estudiando cada momento de mi vida. Era algo así como el orgullo de una pareja de betas con un solo pariente lejano alfa. Toda la presión estaba sobre mí, así que cuando conseguí convertirme en el director del Departamento Creativo ellos esperaban ver a mi lado un omega marcado y siguiendo mis órdenes en canto las dictara pero para entonces ya había conocido a Eren.

—Ha estado muy decaído los últimos días— explicó cuando pregunté por qué era necesario llevar a Bartolomeo a la veterinaria—. No sé que le sucede pero quiero asegurarme de que no es por su edad.

—No es como que tenga doce años, ¿sabes?— dije, sin entender del todo lo que decía.

—Sí, pero es importante para mí saber si la dieta que le doy es correcta, no quiero que tenga problemas y sufra— suspiró, aparcando una calle antes de nuestro destino.

Al bajar atoró la correa en el collar del perro, que le siguió a la par, moviendo la cola sin parecer perturbado por los chillidos que podíamos oír desde la puerta abierta del lugar. Una vez dentro de la veterinaria nos encontramos esperando pacientemente a que terminasen de revisar a Bartolomeo, mirando el trato que le daban: le daban caricias constantemente y lo calmaban cada que el perro oía a otro chillar al fondo repentinamente. La mujer castaña de anteojos escribió algunas cosas en su cartilla que explicó al terminar desde su lugar, luego apapachó un momento al perro y entonces le dio una orden que lo hizo sentarse, tan quieto como una estatua.

—Bartolomeo Cristofori di Francesco— le llamó, la cola del perro se alzó al igual que su mirada, alerta—. Puedes ir con Eren, anda.

Bartolomeo bajó de inmediato de la mesa alta de metal donde lo revisaban y de inmediato corrió hacia nosotros, alzando las patas delanteras hacia Eren, que lo felicitó por portarse tan bien mientras la cola moteada sonaba al golpear el piso de lo contenta que se movía. Sonreí dejando que el perro se tumbara en mis pies para que le mimásemos y me permití a mí mismo dejarme rascarle la panza.

—¿Por qué el nombre tan largo?— me atreví a preguntar luego de tanto tiempo de enigma.

—Es el nombre del inventor del piano— sonrió Eren—. Me gusta el piano, ¿recuerdas?

—Lo recuerdo— le sonreí, con toda la intención de parecer coqueto.

—Vaya, Eren— escuché la voz de la mujer, la sonrisa se colaba en su tono, ambos la miramos—. Nunca te había visto tan cercano a un alfa.

—Es reciente— contestó, sonriéndome una vez más—. Hanji, ¿qué es lo que le sucede a Bartolomeo?

—No creo que sea nada grave, tal vez sólo necesita caminar un poco más. Harías bien llevándolo al campo, hace ya un año que no lo llevas— sonrió ella, acariciando la cabeza de Bartolomeo con cariño—. No me extrañaría que deseara ir luego de tanto tiempo para poder correr a gusto.

Eren asintió mientras seguían hablando de la dieta que tenía el perro, del ejercicio y de cosas más generales que recordé Eren mencionaba seguido. Que si ya debía comprarle tal comida, que si aquella no le gustaba, que si la otra tenía demasiada proteína y esta otra tenía muy poca. También me vino a la cabeza que siempre mencionaba el hecho de llevar a Bartolomeo cada cierto tiempo al campo, donde al parecer acampaba sólo para que al día siguiente pudiera ver la mancha blanca y negra correr entre el pasto. Sería agradable poder acampar juntos un fin de semana como él siempre lo hacía.

El camino de vuelta Eren encendió la radio y buscó entre las estaciones hasta encontrar Scar Tissue de Red Hot Chili Peppers sonar a través de las bocinas. Escuché su voz murmurar parte de la letra y no pude evitar terminar cantando partes también mientras pasábamos por la calle de mi casa sin detenernos. Lo miré y supe que iríamos a su casa cuando dimos vuelta en cierta calle. Jamás había entrado a su casa pero sí que conocía la dirección al derecho y al revés como un mantra o algo parecido. La estación nos dio el gusto siguiendo con algunas canciones por las que compartíamos gusto, cantando algunas a todo volumen entre risas cuando a alguno de los dos se le ocurría cantar partes de la manera equivocada o cuando cambiábamos la letra a una más graciosa.

Al sentirlo estacionar di un respingo pero bajé. Ciertamente estaba nervioso por conocer la casa de Eren por dentro. Sentía que no podría predecir jamás lo que habría dentro, algo que de hecho me decía que me traería agradables sorpresas. Bartolomeo bajó en cuanto le abrieron la puerta, esperando pacientemente a que Eren abriese la puerta para entrar. Una vez que la puerta se abrió salió disparado hacia adentro hacia las escaleras, subiéndolas a grandes zancadas como si arriba hubiese una gran montaña de comida y su estómago hubiera estado vacío por un mes entero. Reí, pasando lentamente luego de Eren. Quise admirar cada detalle y grabarlo en mi mente, llevándome tantas buenas sorpresas con cada paso que no podía evitar pensar en lo maravilloso que era estar enamorado de una persona como lo era Eren Jaeger.

Apenas al entrar podías ver los pulcros sofás rojos y las nubecitas hechas de algodón colgando del techo justo por encima de ellos con hilo de nylon transparente de las que además caían series de foquitos blancos que normalmente enredarías en un árbol de navidad pero de la manera en la que habían sido colocadas parecían la lluvia que caía desde cada una de las nubes. Eren sonrió al verme frente a ellas y se tiró en el sofá, dando unos golpecitos al lugar a su lado para que me sentara también. Me limité a hacerlo, sintiendo lo cómodo que era. Volví a mirar alrededor, la pantalla frente a nosotros, los videojuegos en la repisa de abajo, con un par de consolas listas para ser usadas. No me molesté en ver los títulos porque ya habíamos hablado de ello en algún momento y recordaba cuáles tenía, porque teníamos títulos que ambos habíamos jugado alguna vez. Miré las paredes lisas pintadas de color arena y las tres botellas de vino sin etiqueta que se encontraban en una repisa con series parecidas a las de las nubes dentro. Sólo cuando había visto todo con atención y lo había grabado en mi mente pude mirar los ojos de Eren, dejándome atrapar por su agradable olor sin problemas.

—¿Quieres tu beso o lo reservo para cuando termines el recorrido turístico en mi casa?— bromeó, haciéndome reír mientras pasaba un brazo detrás de mí para colocarlo en el respaldo tranquilamente, encogiendo las piernas sin subir los pies al sofá.

—Quiero mi beso— sonreí y él se acercó a mi mejilla para pegar sus labios en un suave beso que alargó por unos segundos.

Yo no esperaba más, por supuesto, a pesar de que hubiese deseado que fuere un beso más íntimo sabía que debía ganármelo con el tiempo. Las cosas iban poco a poco, aunque a veces Eren bajaba la guardia un poco más de lo normal y me permitía el acercarme un poquito más, dejándome rozar a veces en el núcleo de su área de confort a la vez que yo lo ponía en peligro de quedar vulnerable. Pero él sabía cómo mover sus cartas en esos momentos para alejarme de la zona de peligro sin soltar mi mano. Él me hacía y deshacía como le venía en gana pero a mí no me molestaba en lo más mínimo y yo me dejaba como si no supiera qué sucedía. Creía incluso que podría simplemente destrozarme en un segundo, hacerme recobrar la vida en dos y volver a destruirme en tres.

—Hagamos algo de comer, es tarde— entonces se levantó, jalándome con él a la cocina, no sin antes hacerme quitar de encima el blazer.

La cocina era grande, quizás no tanto como la que había en casa de mis padres pero a fin de cuentas era mucho más grande que una cocina promedio. Eren habló sobre lo mucho que le gustaba cocinar y sobretodo su especial gozo al hornear postres así que terminamos haciendo un pequeño postre helado también. Bartolomeo bajó luego de un rato al oír que comenzábamos a hacer ruido en la cocina, sentándose cerca de nosotros antes de mirarnos en busca de un pedazo de comida cayendo frente a él. Me causaba gracia cómo movía la cola frenéticamente en cuanto parecía que lo mirábamos o nos acercábamos a él siendo simplemente que nos movíamos un poco y luego él su cola dejaba de moverse, casi desilusionado. Al final Eren se dio el tiempo de prepararle comida y la dejó en su tazón pegado al segundo, que mantenía agua para el momento en el que Bartolomeo tuviese sed.

Una vez nuestra comida estuvo lista me dediqué a servir impecablemente, habían sido muy pocas veces las que había servido un plato para alguien más porque para mis padres era más mundano aprender a hacerlo que el hecho de tener una jerarquía estúpidamente mundana, basada en instinto; por suerte había aprendido una vez con casi por las malas cuando estaba en la universidad y eso me había servido de alguna manera. Escuché música colarse desde la sala y Eren me ayudó a llevar todo a la mesa, donde nos sentamos uno frente al otro. Reconocí la voz de Casablancas cantar la primera canción en el álbum Room On Fire y supe que ambos terminaríamos cantando al ritmo de The Strokes. No hablamos, sencillamente murmuramos partes de las canciones, sonriéndonos, sintiéndonos cerca el uno del otro y su aroma me inundaba por encima del olor de la comida, por encima del sonido de la música, por encima del mundo entero y de lo único que era consciente de pronto era él. Su voz marcando el ritmo entre palabras que conocía como una canción pero de alguna manera se convertían en sólo sonidos que su hermosa voz. Mi alfa me hizo dar un respingo, comenzando a ponerse terco. Me pregunté qué haría Eren si entraba en celo en ése preciso momento pero luego me di cuenta de que era una pregunta estúpida.

—Contenlo hasta que te vayas, yo lo contuve la vez pasada— sentenció, volviendo a la canción al siguiente momento.

Comencé a acalorarme de una manera que conocía, estaba entrando en celo. Era difícil concentrarme en algo más que no fuera su aroma a omega entrando por mi nariz como un estimulante. Pero sabía que debía contenerme. Porque, si bien no lo habíamos hablado concretamente nunca, ambos sabíamos lo que quería el otro. Queríamos amarnos más allá que por instinto. Más allá de aquello que habíamos notado ya en aquel silencioso lazo no formalizado.

Queríamos amarnos más allá que por destino.


¿Qué tal? ¿Les gustó? ¿Sí? ¿No?

¡Espero que sí!

¿Se dieron cuenta del significado de todas las palabras de Jean?

¡Gracias por todos los reviews!

Espero que les guste cómo avanza la historia a partir de aquí c:

Mis mejores deseos,

ChickenBrown.