Digimonnomeperteneceyescriboestosinfinesdelucro.

Reto de Proyecto 1-8.


Pulsión.

Irrefrenable. Insoportable. Incontenible.

Para Sirelo. Te adoro así de grande como al Sorato.


Insoportable: Taichi


―…no le digas nada, Sora sospechará enseguida.

Ese fue el único fragmento de conversación que llegó a oídos de Sora, pero proviniendo de su mejor amigo y su novio, no podía significar nada bueno. Por ello, decidida a no ser atrapada en una broma de mal gusto de nuevo, se escondió tras la pared y esperó. Sin embargo, Taichi y Yamato no volvieron a hablar, y tarde se dio cuenta de que había llegado a escuchar el final de la conversación y que, luego de despedirse, uno de los dos caminaba en su dirección. ¡La atraparían con las manos en la masa! Desesperada, miró hacia todos lados: el pasillo estaba vacío, no tenía ninguna buena excusa para hallarse ahí, quieta. Sin pensarlo dos veces, abrió la puerta más cercana y se introdujo sin mucha suerte en el baño de hombres del colegio.

Esperó, tras la puerta, rogando que no hubiera nadie dentro y que su amigo o novio no decidieran entrar… pero claro que la suerte no estaría siempre de su lado: con un rápido movimiento, la puerta del baño se abrió, casi tirándola al piso, y Yamato entró muy seguro.

―¿Sora? ¿Qué haces aquí dentro? ―preguntó, sorprendido.

Ella, helada, se quedó en su sitio, boca abierta y manos paralizadas a los lados. Sin embargo, desde esa vez en que había debido fingir que era ventrílocua para que los digimon pasaran desapercibidos, sus reflejos frente a situaciones estresantes habían mejorado sobremanera. Así que sin dudarlo, dijo:

―Te esperaba a ti, hermoso ―susurró, seductora, mientras se prendía al cuerpo de su novio y lo engatusaba con un apasionado beso que, lamentablemente, él interrumpió.

―Sora, ¿qué estás haciendo? ―preguntó, nervioso, separándola de su cuerpo―. ¡Alguien podría entrar!

Invocados, dos jóvenes de primer año –pequeños, para ellos dos- abrieron la puerta y se estrellaron con la espalda de Yamato Ishida, vocalista de los Teenage Wolves, cuya reputación lo precedía, y su pequeña novia pelirroja, cuya reputación también la precedía, pero en su caso por un montón de buenas razones que, en esta situación, no hicieron más que empeorar la de Yamato, el que de ahora en adelante sería conocido como el lujurioso que no podía resistirse unas pocas horas de escuela sin abalanzarse sobre su casta, dulce novia.

Que más daba, después de todo solo les quedaban algunos meses de escuela y la secundaria alta de Odaiba no volvería a saber de ellos dos. Contento porque, al menos, los jóvenes no los denunciaran, Yamato arrastró a su alocada novia fuera de allí y la abordó en el pasillo.

―Estás cada día más loca ―gruñó, y ella se ofendió, pero pensó que debía obligadamente mantener el acto para que él no sospechase.

―Tú me tienes cada día más loca ―ronroneó, apegándose a él y mordiéndole el lóbulo de la oreja. Yamato, a regañadientes, la separó de su cuerpo.

―No sé qué has tomado en el almuerzo pero mejor te aguantas hasta el fin de semana. Taichi te espera en la sala de computación y no quiero que armes una escena ―ordenó, sosteniendo sus muñecas.

―Pues si no quieres que arme una escena con mi mejor amigo, será mejor que nos escondamos un ratito en algún lugar… ―susurró en su oído, pero la actuación no duró mucho más que eso. Avergonzada, Sora se dio cuenta de las implicancias de lo que acababa de decir y, separándose de Yamato como si tuviera una infección, se tapó la cara con ambas manos―. No puedo creer lo que acaba de salir de mis labios, ¡es culpa tuya por tentarme! ―protestó, olvidando que en realidad todo eso era una actuación para ocultar el hecho de que los había espiado hablando de ella.

―Tendré pesadillas con esto durante semanas ―lamentó Yamato, pensando que tal vez no podría volver a tocar a su novia, pelirroja bomba sexual, durante todas esas semanas.

Incómoda, Sora acompañó el silencio de su novio, sin dejar de pensar que toda esa situación era culpa de él, y ya se lo haría pagar, más adelante. Primero desbarataría el plan o broma que le tenían planeado antes de que estallara en su propia cara.

―Y… ¿por qué me espera Taichi? ―preguntó, para romper el hielo.

―Quiere hablarte de una idea que tiene para cuando salga del colegio, se niega a discutirlo conmigo hasta conversarlo contigo. Tengo ensayo, si quieres los busco cuando termino.

Sora asintió y, sin atreverse a darle un beso en la mejilla, se despidió con un movimiento de mano bastante inusual y patético.

Él respondió de la misma manera.

.

―Te has demorado ―protestó Taichi cuando Sora entró a la desierta sala de computación. Arqueó una ceja, ofendida, y no contestó hasta tenerlo a pocos pasos de sí.

―La edad te sienta mal, Yagami. Cuando termines la universidad no solo tendrás canas y arrugas, también se te habrá agriado el buen humor.

―Y tu tendrás dos hijos y no podrás trabajar porque Ishida se la pasará dejándote embarazada ―retrucó, sin entender muy bien la respuesta hostil de Sora, y sin saber que su propia respuesta la traumaría más de lo que ya de por sí estaba.

―Eres un insensible, si me vas a tratar tan mal me voy ―amagó tomar sus cosas para irse, pero él se colocó entre ella y la puerta, bruscamente.

―Vale, vale, era solo un chiste. Empecemos de nuevo ―pidió―. ¡Hola, Sora! Qué bueno que viniste, ¡tenemos tanto de qué hablar! ―Y ella no pudo evitar reír, porque Taichi siempre la ponía de buen humor. Rápidamente olvidó sus anteriores motivos de incomodidad.

―¡Hola, Taichi! Me comentó Yamato que me esperabas, ¡siento haberme demorado! ―contestó, siguiéndole el juego divertida―. Cuéntame, ¿de qué querías hablar? ―terminó, sin abandonar la exagerada modulación.

Taichi sonrió y le indicó que tomara asiento con él en la computadora que estaba utilizando.

―Estoy mirando algunos programas de estudio, quiero ver qué universidad tiene las mejores materias ―explicó. Sora lo miró, sorprendida.

―Pero Taichi, nunca me has dicho qué querías estudiar, ¿y ahora quieres que te ayude a elegir universidad?

―La verdad es que es una decisión que tomé con Koushiro luego de mucho análisis ―admitió―. Siento haberte dejado fuera, pero él sabe mejor que nadie cuáles serán las necesidades del digimundo en el futuro.

―¿Y entonces? ¿Qué decidieron?

―Pues… me interesaría representar al digimundo, ya sabes, en organismos internacionales, ante el gobierno… ―Sora asintió, indicándole que continuara―. Por eso se me ocurrió que lo mejor era hacer Ciencias Políticas, y Koushiro sugirió Relaciones Internacionales…

Sora repasó en su mente esa información unos momentos antes de contestar. Porque, si bien el pretexto era válido –esa sin dudas sería una recomendación de Koushiro-, imaginar a Taichi estudiando algo serio, vistiendo traje, teniendo reuniones formales y protocolares… por algún motivo, esa perspectiva no terminaba de cuadrar con el joven que tenía delante: despeinado, con el uniforme desarreglado, el maletín manchado de barro de la cancha de fútbol y las lapiceras mordidas en un extremo.

Y fue entonces cuando se dio cuenta de que esa era la broma que Yamato y Taichi habían preparado para ella.

Pues bien. Daría vuelta la tortilla.

―Que interesante, Taichi, que interesante ―mintió, mientras pensaba una buena estrategia para proceder―. Te felicito, enhorabuena por haberte decidido tan pronto. ¿Por qué no me muestras lo que has investigado hasta ahora?

Y Taichi, contento, comenzó a abrir páginas y páginas de internet que lo derivaban a distintas universidades con programas relacionados. Sora lo detuvo en una, al azar, y le pidió ver el programa de estudios. Taichi no se hizo dudar y fue directo a él, a Sora hasta le molestó un poco que lo tuviera tan estudiado, sin dudas esa sería una broma más elaborada y larga de lo que ella preveía, pero no se dejaría engañar, no otra vez.

―Mira que interesante ―señaló Sora―. El primer año, además de la obvia Introducción a las Relaciones Internacionales, tendrás Introducción a las Relaciones Interculturales. ¡Tendrás tanto que hablar en esa clase! ―aplaudió, Taichi le sonrió―. Piensa nada más: podrás hablar de la aldea de los Pyokomon y comparar sus costumbres matutinas con las de los Floramon o Meramon ―explicó, muy convencida, y mirando fijamente a su amigo.

Este miró hacia los lados, confundido, y se rascó la cabeza.

―Eh… sí, claro, sabes… no lo había pensado, gracias por el consejo… ―murmuró, sin entender del todo a donde iba Sora con la locura que acababa de decir.

―Y mira esto otro, ¡arte! Justo lo que te interesa tanto, ¿por qué no empiezas a venir conmigo a mis clases de cerámica y pintura? Así irás con una base de conocimiento porque, aceptémoslo, te veo muy convencido con esta carrera pero no recuerdo que hayas estudiado antes alguna de estas temáticas, ¿no? ¿no? ―repitió, golpeándolo con el dedo en los abdominales.

Taichi reaccionó físicamente endureciendo la panza para que sus golpes no lo molestaran, pero no supo emocionalmente cómo reaccionar a la sarta de sandeces que Sora estaba diciendo.

―Historia de las religiones, ¡en esto te puedo ayudar! Cuando salgamos del colegio, pasemos por casa. Lo llamamos a mi papá, le pedimos algunas recomendaciones, ¡y te llevas los libros de casa! Este fin de semana puedes comenzar a leerlos.

Para este momento Taichi ya se encontraba abiertamente incómodo con el ritmo de esa conversación y, para no contradecirla, amagó con cerrar la página de internet.

―Te mostraré otro programa ―dijo.

Sin embargo, ella golpeó su mano y la alejó del ratón.

―Aún no hemos terminado, ¿no dijiste que querías analizar las currículas para ver cuál te convenía? Es importante llegar hasta el final de cada una, Taichi ―sentenció, con seriedad. Él, reconfortado por su tono serio, alejó sus manos del teclado y la dejó continuar la lectura―. Qué más hay… ¡mira! Muchísimos estudios de Japón: Religión y Pensamiento, Literatura Japonesa, Historia Cultural… y la lista sigue, no, lo siento, Taichi, tal vez debamos buscar una universidad que tenga estudios del digimundo, porque tanto estudio sobre Japón, creo que será poco productivo para tu carrera profesional.

―¿Estudios del digimundo? ¿Qué…? ¿Pero es que te has vuelto loca, Sora? ¡No hay universidades con estudios del digimundo! ―protestó, ahora visiblemente molesto porque comenzaba a notar que de verdad para Sora todo eso era un chiste.

―¡Ya sé! ―respondió, contenta―. Puedes pedirle a Gennai que él mismo arme tu carrera universitaria… viajas todos los días, te sientas con él, lo ayudas y le preguntas cosas. ¡Puedes aprender a administrar el digimundo! ―agregó, feliz, como si hubiera tenido una gran idea.

Taichi, de mal humor, no contestó, y de un golpe cerró todas las pestañas que había abierto en la computadora.

―Ya, esto no tiene sentido, mejor lo discuto con Yamato y Koushiro ―concluyó, dando por finalizada la conversación.

Sin embargo, ni lenta ni perezosa, Sora no le permitió irse: lo retuvo de los hombros y lo obligó a sentarse otra vez.

―Lo siento, eso último era un chiste. Discutamos esto realmente. ¿Te parece bien si te presento un par de situaciones de estrés y tú me dices como las resolverías? Para esta clase de trabajos, debes poder responder con rapidez a cualquier imprevisto. ―Aunque algo dudoso, Taichi asintió y se acomodó en su asiento―. Pues bien, veamos… supongamos que hay una amenaza internacional, otra vez los digimon atacan Japón, pero solo Japón. ¿Tú cerrarías las fronteras con militares y policías, para evitar que escapen?

―Japón es una isla, Sora ―contestó, frío, sintiendo una vez más que Sora estaba lisa y llanamente molestándolo.

―Me refiero a los aeropuertos, sistemas de transporte en general… ¿dejarías que otras personas entraran a Japón, estando esta bajo amenaza?

―Eso depende de quien quiera entrar y de cuanto dure la escalada de violencia. Cerrar los aeropuertos evitaría no solo entrar, sino también salir, y eso podría generarle a Japón problemas internacionales ―explicó, muy seguro de sí mismo. Sora sonrió, y por un momento olvidó que Taichi estaba burlándose de ella.

―Muy bien, muy bien, bien pensado ―repitió, mientras ideaba un nuevo plan―. Pues ahora supongamos que el mismo Digitamamon que conocimos, quiere abrir un restaurante en una comunidad pequeña de Japón. ¿Se debería darle una habilitación, considerando que afectaría a los demás negocios de la zona porque por curiosidad todos querrían ir a su restaurante y dejarían de comprar en los demás?

Taichi no dijo nada más. Se paró, agarró su maletín y se marchó hacia la puerta, dispuesto a abandonar la sala de computación y hasta la amistad de Sora para siempre. Sin embargo, las palabras de ella lo detuvieron.

―Sé lo que estás haciendo, Taichi. Los escuché.

Taichi giró, ya en el marco de la puerta, y la observó levantando una ceja, sin disimular su enojo y mal humor.

―¿De qué estás hablando? Hoy te has vuelto loca, Sora.

―Te escuché hablando con Yamato sobre algo que yo no debía enterarme. Ya les he dicho mil veces que no me gusta ni un poco que me hagan estos chistes y bromas de mal gusto, ¿es que acaso soy un payasito para ustedes dos? ―se quejó, golpeando el piso con un pie―. Pues no, ¡no! Ya no más. Si ustedes quieren jugar conmigo, yo también jugaré con ustedes, ¡y no lograrás que sienta culpa por ello! ―terminó, seria.

Taichi cruzó los brazos y se recostó contra la puerta, con expresión aburrida.

―Y… ¿exactamente qué chiste estábamos planeando para ti?

―Pues ¡esto! Hacerme perder tiempo hablando de una carrera que jamás vas a estudiar porque, y lo digo yo que te conozco mejor que nadie, ¡no tienes madera de abogado, o politólogo o la extraña carrera de moda que se te ha ocurrido hoy! ―A medida que Sora continuaba su monólogo, levantando el tono cada vez más, mayor era la bronca y el enojo que dejaba traslucir Taichi en su por lo habitual jovial rostro.

―¿Terminaste? ―preguntó, cuando pareció que ella no tenía más nada por lo que gritar. Sora asintió, sintiéndose muy complacida consigo misma―. Estamos preparándote una fiesta sorpresa para tu cumpleaños ―dijo, muy enojado―. Pero ahora lo consideraré. Adiós.

Y ahora sí, salió por la puerta y la estrelló a sus espaldas. A Sora le llevó unos momentos recomponerse lo suficiente para salir tras él.

―¡Taichi! ―llamó, pero debió correrlo y pararse frente a él para que su malhumorado amigo le prestara atención―. No es cierto lo que estás diciendo ―reclamó―. Solo quieres hacerme sentir mal porque descubrí tu broma ―dijo, insegura.

―Qué insoportable eres, ¡insoportable! Agradece que tienes un novio que te quiere, que si fuera por mí, cancelaría tus cumpleaños hasta que cumplas treinta y cinco.

Mientras decía esto, buscaba su teléfono en su maletín. Lo abrió y sin dudar le mostró una conversación de mails que llevaba con todos sus amigos: "Re: Cumpleaños ¡sorpresa! de Sora", era el título.

Se sintió empalidecer.

―Oh, Taichi… ―susurró, pero él nuevamente había comenzado a caminar. Sora volvió a alcanzarlo―. Espera, espera… entonces, ¿qué era todo esto de las relaciones internacionales?

―¡Nada! ―exclamó, molesto―. ¡Nada, ya que se trata de una carrera que jamás estudiaré porque no tengo madera para cosas serias! ―protestó, tomando sus palabras.

Ahora, sí, Sora supo que había empalidecido.

―Oh, por Dios, Taichi… ¡no me digas que de verdad quieres estudiar esto! ―Y una a una, las piezas encajaron en su lugar: la cantidad de universidades consultadas, el buen manejo de Taichi de sus páginas webs, la pretensión de hablarlo con ella, su mejor amiga de toda la vida, antes que con Yamato, porque solo ella podría darle una opinión sincera.

Y esa opinión, no sincera sino malintencionada, se le había escapado horrorosamente.

―¡Empecemos de vuelta! Vamos a la sala de computación otra vez, ¡muéstrame todo de vuelta! ―pidió, empujándolo con ambas manos. Él, más fuerte que ella, la corrió con un solo movimiento y pretendió seguir su camino.

―Se ha terminado, Sora, ya no podemos empezar de vuelta ―sentenció.

―Si no los conociera diría que me están engañando y están rompiendo su relación ―dijo Yamato, doblando por el pasillo, luego de su ensayo.

Su comentario jocoso fue recibido con la más absoluta frialdad y seriedad.

―¿…Pasó algo? ―preguntó, dudoso.

―Pregúntale a tu novia ―dijo Taichi, de mala manera―. Y al cumpleaños sorpresa lo organizas tu solo, que yo ni siquiera quiero ir ―concluyó, ahora sí continuando su camino.

―¡Taichi, espera! ¡Lo siento! ―gritó Sora, corriendo tras él.

Y Yamato, quieto en su lugar, bajo al hombro, boca abierta y ojos confundidos, los vio alejarse, Sora rogando y Taichi retándola cada pocos pasos.

―¿…Pasó algo? ―volvió a preguntar, al aire. Ya nadie le contestó.


Notas: ¡Hola! Este es el segundo capítulo de la colección y sucede a fines de la escuela, antes de empezar la universidad. Es decir, unos años antes que el capítulo anterior. El próximo (y último) será finalmente el Sorato con todas las letras, y ocurrirá a inicios de su relación. ¡Espero que lo hayan disfrutado!

Y sobre todo, Sirelo, ¡espero hayas reído! Y que sea lo que deseabas, por favor.