La estancia de profesor en Hogwarts era casi igual a la de alumno. Solo que ahora madrugaba y trasnochaba. Difícil, pero no imposible. Se obligó a vivir con ello durante las dos semanas que estuvo en Hogwarts, solo, porque no quería irse a visitar el Callejón Diagon. ¿De qué le iba a servir? Solo le mirarían con odio y temor… injustificado, porque se demostró su completa inocencia, pero no eran buenas épocas para un Slytherin. Nunca lo fueron, pero ahora menos.

Suspiró, y se dejó caer sobre su asiento del Gran Comedor. No tenía motivos para quejarse de no salir de allí en todo el verano, porque su habitación no solo era perfecta, decorada a su gusto, sino que Hogsmeade estaba lleno de bellas señoritas – mayores de edad, esperaba, porque si alguna de ellas era su alumna tendría problemas – que deseaban que alguien les enseñase el cementerio a los caídos… y su propia habitación, tras unos minutos juntos.

Pero no debía concentrarse en el pasado, sino en su primer día como profesor. Y el tener que estar al lado con el único profesor que había decidido odiarle según le reconoció. Neville Longbottom. Gryffindor. Héroe. Casado con Hannah Abbott. Padre. Pero buena persona, a pesar de todo. Solo tenía que rescatarlo de las ideas preconcebidas que todos los de su generación tenían de él, solo por hablar con Malfoy.

– Longbottom –lo llamó, tras unos segundos de indecisión.

– ¿Qué quieres, Zabini? –Cortante, seco, esperaba que se echase para atrás a la hora de enseñar en Hogwarts. El moreno empequeñeció los ojos y los clavó en él, con algo parecido a la furia.

– Te iba a preguntar cómo se supone que debo actuar al presentarme McGonagall. Cada colegio es diferente, ¿sabes? –Bufó, con una voz que impresionaría a cualquiera. Pero no a Longbottom.

– No, no lo sé. Yo no he tenido que huir de mi pasado como mortifago, Zabini.

– Bien, si eso es lo que crees –masculló, y respiró hondo. No podía portarse, de nuevo, como la serpiente que fue. Haría que las arrugas saliesen antes, y a veces notaba alguna. Le hacían más maduro, pero seguían estando ahí–. Pero tal vez deberías repasar las noticias de entonces. Inocente, esa fue su decisión. 'Inocente de ser mortífago'. Aunque tal vez lo que quieras es que me desnude y te muestre mi piel sin tatuajes –enarcó una ceja, burlón.

Neville se puso colorado, no solía ser la víctima de esas bromas desde hacía años. Aunque algunas cosas cambiaban, en eso no, seguía siendo un poco inocente.

– Estoy seguro de que Neville no puede esperar para eso, Zabini –gruñó Hagrid, sentándose al otro lado del Gryffindor. Genial, se quedó sin conversación durante la cena.

– Yo tampoco. Ya sabes, tú cuando quieras verme, manda una lechuza y seguro que llega. Pero paciencia, tengo otras cartas que atender de mis admiradoras –guiñó el ojo, y sonrió de nuevo, burlón–. Tal vez pueda hacerte un hueco para mayo… dentro de dos años.

– ¿Alguna vez te funcionó ese truco? –Preguntó un hombre a quien no conocía, y eso que creía conocer a todos. Aunque con una simple mirada supo que sí sabía qué era, al menos. Un Weasley.

– Pues sí. De hecho, bastantes veces –se estiró, dejándole patidifuso–. Blaise, un placer.

– Charlie Weasley. Weasley para ti, Zabini. Sigues siendo una serpiente traicionera, no te lo tomes a mal –le dirigió una mueca de desagrado.

– Ya, claro. Y luego decían que nosotros discriminábamos a los hijos de muggles. Algún día Granger se dará cuenta de que ella nos hacía lo mismo catalogándonos a todos en el mismo paquete –les dejó anonadados cuando se incorporó para acercarse a saludar a Slughorn, que le saludó como quien saluda a un hijo, con lágrimas en los ojos.

Entonces llegó el patronus de McGonagall, una gata, informando de que venían en camino. Zabini respiró hondo, y se sentó de nuevo, mirando los platos vacíos con una expresión insondable.

– Solo tienes que levantarte –le musitó Longbottom, unos segundos antes de vislumbrar los carruajes de thestrals llegando –. A menos que pidan que hables. No suelen hacerlo, pero debes estar preparado.

– Tú no lo estuviste, ¿cierto? –Neville se sonrojó levemente, y asintió. Se carcajeó sonoramente, pero se calló en cuanto comenzó a escuchar el sonido de pasos y de voces alegres. Jóvenes. Despreocupadas.

Casi sonrió. Casi. Si no fuese porque estaba realmente nervioso para conseguir la aprobación de todos sus futuros alumnos. Y por el hecho de que había oído un par de veces "Weasley" y un "Potter".

Suspiró, y cuando terminó, todas las miradas ávidas de aprendizaje se posaron en Minerva, quien sonreía suavemente, reconociendo poco a poco a todos ellos. ¿Magia, quizás? No. Solamente era su magnífica memoria.

– Este año, como podéis observar, tenemos un cambio de profesor. Nuestra querida profesora Vercelli ha decidido no continuar más entre nosotros. Les presento a su nuevo profesor, Blaise Zabini.

El silencio se abrió paso en la sala, aunque no por su nombre, porque fue cuando dijeron el nombre de Vercelli. Suspiró, levantándose y sonriendo levemente. No debía tampoco sonreír como solo él sabía, eran adolescentes hormonadas que no le dejarían en paz de ser así.

Aplaudieron levemente, aún mosqueados por la marcha de aquella profesora. Estuvo a punto de reírse levemente al ver el rostro de decepción que tenían los alumnos de 7º, pues confiaban en ella para sus EXTASIS.

– ¿Ha dicho usted Zabini? –Preguntó en voz alta alguien de la mesa de Gryffindor, cómo no.

– Sí, señor Weasley. Zabini.

– ¿El mortifago? –Minerva frunció los labios, pero antes de que hablase, Blaise se incorporó.

– No fui mortifago, seas quien seas –hubo uno o dos amagos de risas, que no fueron a más, y continuó–, pero créame cuando le digo que está usted castigado por su actitud problemática. Mañana a las 7 en mi despacho. No se preocupe, ya lo encontrará –y entonces sí, sonrió así. Los gritos ahogados y los suspiros no se hicieron esperar–. Gracias por su bienvenida, directora.

Neville le sonrió, alentador, en cuanto se volvió a sentar.

– Bien hecho. Es uno de los más problemáticos, ya sabes, el hijo de George Weasley, pero no te pases con él.

– Tranquilízate, seré bueno –y sonrió, malicioso, y Neville decidió que prefería no conocerlo.

Blaise miró el techo encantado, convencido de que volver a Hogwarts había sido su mejor idea en años. Jamás se había encontrado tan a gusto en ninguno de sus otros colegios. Hogwarts era especial, era el hogar de mucha gente.

Era el único sitio en el mundo en el que, lo sabía, podría llegar a ser feliz.