Segunda parte


Habían pasados dos días y Viktor aún no superaba el dolor de trasero. El primer día había parecido ciervo recién nacido, tanto así que su hermana, unos años menor que él y con la cual compartía departamento, había llegado al día siguiente con analgésicos y una crema para bebés.

No hacía falta describir la cara que había puesto Viktor al ver aquello último, pero había sido completamente ignorado por ella, que muy en su papel de estudiante de enfermería, le había explicado cómo ponerse la dichosa crema.

―Si quieres te la pongo yo ―se ofreció ella―. No sería la primera vez que lo hago.

Pero Viktor sabía que ella solo lo hacía para burlarse aún más de él, así que declinó lo más amable que pudo la oferta.

―¿Y lo vas a volver a ver? ―cuestionó de nueva cuenta, negándose a dejarlo tranquilo―, porque no sé tú, pero yo estaría encantada de repetir, aunque me terminen dando como caja.

Viktor hizo una mueca y se quedó callado, porque sí, quería volver a verlo. El problema era que no tenía manera de contactarlo. Yuuri al parecer había cancelado su cuenta de Tinder, porque no había vuelto a encontrar su usuario, tampoco había tenido oportunidad de pedirle su número telefónico, y mejor ni hablar de las redes sociales; no sabía su apellido, así que la tarea de dar con su perfil de Facebook había sido imposible.

Mejor quedarse callado a tener que soportar a Natalya quejándose de lo despistado que podía llegar a ser a veces.

Con el pasar de los días el dolor de trasero fue olvidado, pero el recuerdo de Yuuri quedó fresco en su memoria; a veces demasiado. Viktor no podía sacarse de su mente la suavidad de la piel de él contra la suya, o la sensación de apretar su cadera y encontrar tejido blando en lugar de la consistencia huesuda a la que estaba acostumbrado. Debía admitir que mientras más rememoraba el encuentro, podía descubrir que hasta aquellas pequeñas estrías de color rojizo que Yuuri tenía a un costado de la cadera le habían comenzado a parecer atractivas.

Natalya había sonreído incrédula cuando lo oyó, aunque no había podido evitar hacer un comentario que nacía de su lógica biológica.

―Si eran rojas, entonces eran recientes.

A Viktor no le importaba si eran recientes o si eran desde la adolescencia temprana; estaba llegando a un punto en que soñaba que lo tenía entre sus brazos nuevamente, para luego despertar con una erección que solo lograba aliviar con duchas frías y haciendo uso de su buena amiga Manuela.

Ya estaba cansado de aquello, sobre todo porque no sabía en qué otros lugares buscar a Yuuri.

Y Viktor se consideraba un idiota, porque él había supuesto que seguirían viéndose, que seguirían hablando por Tinder, que quizás podría nacer algo de ahí; nunca imaginó que Yuuri borraría su cuenta, y menos que no quisiera seguir en contacto.

Chris se había reído en su cara de aquello. Tinder era para tirar, le había dicho, no para encontrar a una posible pareja estable. Había casos en que sí, alguien terminaba formando una bonita relación, pero para ese caso era mejor conocer gente a la manera tradicional.

Y eso había hecho.

Invitó a un compañero de trabajo, uno de los modelos a los que usualmente fotografiaba. Max era un chico de veintiún años, bisexual al igual que él, que trabajaba de modelo para pagar su carrera de astronomía (eso le había parecido una broma pesada considerando las circunstancias). Era unos centímetros más alto que Viktor y de apariencia amable, la cual mutaba a una más dominante a la hora del sexo. Los encuentros entre ellos eran excitantes y ambos se encargaban de satisfacerse mutuamente.

Viktor no tenía queja en el plano sexual, pero la textura de la piel de Yuuri seguía estando grabada a fuego en su memoria. En cierto momento se planteó preguntarle a Max si lo conocía ―estudiaban lo mismo, ¿no?―, pero luego cambiaba de opinión y pensaba en que, por mucho que quisiera volver a verlo, no forzaría la situación. Yuuri había decidido cortar cualquier contacto y él lo respetaría.

Por otro lado, y como dato anecdótico, con Max había tenido que volver a ocupar la crema para las rozaduras, pero al menos no era el único que debía hacerlo; si Max lo hacía morder la almohada, él se las devolvía con creces. Incluso reían de la broma, como cuando Max había llegado con una crema para bebés que, según él, una de amiga le había tirado por la cabeza.

Así estuvieron un tiempo.

Viktor no estaba enamorado, pero al menos disfrutaba de la compañía del otro. Los temas de conversación no faltaban entre ellos. Mientras Viktor hablaba sobre arte, un tema que lo apasionaba, Max hablaba sobre el big bang y la errónea creencia de que había sido una explosión.

También hablaban de cosas más personales, como el hecho de que Max llevara más del tiempo que recordaba en la friendzone ―de lo que solía reírse, aunque se notaba lo mucho que le afectaba―, o como Viktor había tenido que salir adelante desde pequeño, solo, para poder cuidar de su hermana pequeña.

Ambos se admiraban, y más allá de la atracción y el buen sexo, también había nacido una amistad, y compañerismo que, esperaban, durara para la posteridad.

Porque eventualmente todo tenía fecha de caducidad, sobre todo si el amor no formaba parte de la ecuación.

Lo de ellos acabó una tarde de mayo, cuando Max llegó comentándole que la chica de la que llevaba enamorado desde hace tiempo, se le había declarado en medio de una discusión, y que él, ni tonto ni perezoso, iba a aprovechar la oportunidad que se le estaba presentando.

Viktor se alegró por él. Todo aquello era algo que ellos ya habían conversado con anterioridad, así que se habían despedido deseándose la mejor de las suertes, y Max pasó a ser un amigo más con el cual podría contar siempre que lo quisiera.

―Búscala. ―Y como amigo, no pudo evitar hacer aquel comentario.

―¿A quién? ―preguntó haciéndose el desentendido, porque Viktor era experto en fingir demencia.

―A la persona en la que sueles pensar con frecuencia. ―Y aquello solo hizo que Viktor guardara silencio, pensativo.

Y volvió a encontrarse solo. Eso no habría sido problema si no fuera porque el recuerdo de Yuuri seguía apareciendo de vez en cuando, y ahora que su vida sexual había dejado de ser tan activa, los sueños húmedos se habían multiplicado.

No eran pocas las veces en la que soñaba que embestía duro y rápido en la cavidad preparada del asiático. En esas ocasiones se preguntaba cuál seria la expresión que Yuuri pondría en pleno acto. Se imaginaba su rostro congestionado, sus ojos velados por el placer, la boca dejando salir pequeños balbuceos, con los cuales pedía que Viktor se lo cogiera más rápido, más fuerte, más duro.

Gimió largamente mientras llegaba al orgasmo y su mano se manchaba con líquido blanquecino.

Aquella era una situación bastante común.

Incluso, había llegado a tanto, que soñaba con la situación contraria, y se veía recibiendo ansioso las estocadas del otro hombre. Aunque estaba seguro de que su imaginación no le hacía justicia a la realidad, los recuerdos, que aun se mantenían frescos en su memoria, ayudaban bastante. Tirar con Yuuri había sido una delicia y Viktor desearía repetirlo las veces que hiciera falta.

Lanzó los papeles que usó para limpiarse al basurero y se metió a la ducha fría matutina. Estaba frustrado, demasiado, e intentar olvidar a ese japonés no estaba funcionando.

Chris solo se reía de su desgracia.

―Sigues teniendo Tinder ―le comentó en una ocasión.

Y aunque Viktor quería enojarse con él, no pudo evitar pensar en que tenía razón. ¿Por qué se centraba tanto en un solo tipo cuando podría tener a muchos como él?

Así que volvió a abrir la olvidada aplicación y partió por cambiar su foto de perfil. Lo sentía por Makkachin, pero ya había comprobado que aquello no daba resultado.

Siguió una dinámica parecida a la vez anterior. Les daba like a los más entraditos en carne ―seguía aquel gusto― y a aquellos a quienes encontraba atractivos. No tardó en hacer match con varias personas y comenzó a hablar con unas cuantas.

Entre ellos se encontraba Camille, una joven francesa de voluptuosa y exuberante belleza. Era una delicia en la cama y tenía un sentido del humor inteligente y espontaneo; Viktor reía de buena gana con cada una de sus ocurrencias. Era maravilloso poder tocar a su antojo y disfrutar de los placeres que aquel cuerpo le ofrecía, pero cierta parte de su mente, una pequeña parte, comparaba aquella piel con una igual de suave y más pálida; y sus manos inconscientemente buscaban aquellas estrías características en sus caderas, marcas que no encontró, ya fuera por la calidad de piel o por el cuidado de la misma.

Viktor se sintió frustrado al darse cuenta de lo que estaba haciendo en cada encuentro, y Camille lo notó. Y cuando le contó lo que pasaba, una noche, luego de una placentera sesión de sexo, su respuesta fue contundente: debía buscarlo.

―Si no lo haces, seguirás estancado, y ninguna pareja te parecerá suficiente. Y hablo de lo sentimental, no necesariamente del sexo ―lo cortó cuando él iba a abrir la boca para negarlo.

Y Viktor, con cierta vergüenza por verse descubierto, tuvo que admitir que tenía razón.

No volvieron a tocar el tema, aunque sí siguieron acostándose y disfrutando del otro sin mayor compromiso. Aun así, Viktor sentía las palabras de la mujer colgar sobre su cabeza, pero a la vez se negaba a buscar al japonés.

Todo terminaría en algún momento, ¿no? Eventualmente Viktor lograría olvidar aquel cuerpo y encontrar algo mejor.

Un día aquella idea cambió.

Ocurrió cuando estaba esperando a Natalya a la salida de la universidad.

Ese día su hermana lo había llamado, histérica, porque su auto se había estropeado sin razón aparente y no estaba dispuesta a tomar Uber ―porque claro, tenía al bolas tristes de su hermano que hacía las veces de taxista, pensó él―, así que le exigía que moviera el trasero hacia el campus lo más rápido posible. Si tal orden hubiese sido dada por cualquier otra persona, Viktor habría parpadeado dos veces y sonreído ante la ingenua idea de pensar que podían llegar a ordenarle algo a él, pero con su hermana la cosa cambiaba; estaba tan acostumbrado a atender cada uno de sus caprichos, que en menos de cinco minutos había terminado todo el trabajo y marchado hacia la casa de estudios.

Y mientras escuchaba Natalya quejarse de su mala suerte, fue que lo vio.

Sus ojos se quedaron fijos en aquel tipo con lentes de media montura azul que caminaba mientras observaba algo en su celular. Era Yuuri, luego de tantos meses, aunque ahora estaba más delgado de cómo lo recordaba.

Deseaba llamarlo, pero sentía la boca seca; deseaba ir hasta él, pero sentía los pies pegados al piso.

―¡Yuuri!, que tengas un buen fin de semana ―gritó su hermana. Viktor se sorprendió ante aquello; no esperaba que ella lo conociera.

Yuuri respondió con una sonrisa amable, que se borró en el preciso momento en que sus ojos hicieron contacto con los de Viktor. Este pudo ver cómo el otro hombre se ponía pálido, antes de que hiciera como si no lo hubiera visto y cambiara de dirección, de vuelta al campus.

Viktor frunció el ceño, algo decepcionado. Se esperaba cualquier reacción menos que huyera como un cobarde.

A su lado escuchó el sonido decepcionado de su hermana y él, sin dejar siquiera pasar un minuto, comenzó el interrogatorio.

―¿De dónde lo conoces?

Ella, que nunca se lo ponía fácil, solo alzó una ceja.

―¿Y a ti qué te importa? ―cuestionó, hasta que los engranajes parecieron comenzar a funcionar en su cabeza, e hizo una mueca de sorpresa―. Así que este es el tipo de la crema para bebés ―comentó con diversión. Hizo un signo conciliador cuando notó la mirada insistente de su hermano―. Es el ayudante de un ramo de astronomía que estoy cursando.

Viktor quiso maldecir.

Tanto tiempo pensando en aquel japonés, y resultaba que era ayudante de su hermana. El mundo no podía ser más pequeño, pensó con diversión. Luego miró a Natalya con diversión.

―¿Y qué haces tú cursando un ramo de astronomía? ―Porque hasta donde él sabía, esa mujer era un cero a la izquierda en todo lo relacionado a la física.

―Recuerda que nos hacen tomar ramos de otras disciplinas para poder graduarnos ―dijo algo a la defensiva.

Viktor alzó una ceja.

―Por lo que sé, tú ya completaste los créditos que te exigen para formación general. ―La mujer había incursionado tanto en las artes como en algunos idiomas que la universidad ofrecía. Viktor no sabía para qué su hermana quería saber vasco, pero ahí había estado el semestre anterior aprendiéndolo.

―Me gusta la astronomía ―se justificó mientras desviaba la mirada.

Viktor rio, sinceramente divertido, y olvidó un poco su irritación por el desaire de Yuuri.

―¿Ah, sí? Entonces, dime, ¿cual es el nombre de la galaxia más cercana a la nuestra? ―Viktor sabía poco de astronomía, pero al menos ese dato lo conocía gracias a las charlas que solía tener con Max.

Natalya abrió la boca y la volvió a cerrar.

―¡Está bien! ―gritó fastidiada mientras caminaba hacia el auto y se subía al asiento del copiloto―, puede que también tenga que ver el hecho de que asista el tipo que me gusta.

Viktor asintió mientras encendía el motor. Aquello era algo más propio de ella.

El viaje pasó sobre ella contándole sobre aquel estudiante de medicina que lo traía loca, mientras él rememoraba su reencuentro con Yuuri una y otra vez, al tiempo que se preguntaba por qué el otro hombre había decidido ignorarlo.

―Oye, Vitya, ¿me estás escuchando? ―cuestionó Natalya cuando notó que parecía estar hablando con una pared.

―Me ignoró, ¿lo notaste? ―preguntó él en cambio―. ¿Por qué haría algo así?

Ella volteó los ojos.

―Se encontró con un tipo que conoció en Tinder hace ya varios meses, es obvio que quiera evitarte ―contestó como si estuviera hablando con un niño pequeño.

Viktor apretó la mandíbula. Se sentía ridículo por ofenderse por el desaire de Yuuri, pero no lo podía evitar. Había esperado tanto por ese momento que aquella actitud del otro lo había herido.

Su hermana notó su semblante, así que, luego de suspirar, cambió su tono a uno más conciliador.

―Si quieres puedes ir conmigo a la ayudantía del próximo viernes, y se lo preguntas personalmente.

Y Viktor pensó que aquella era una estupenda idea.


Notas de autora:

¡Espero que les haya gustado la continuación! Como aclaración diré que este fic inicialmente debía ser oneshot (por eso lo de primera parte, segunda y así), pero creo que terminará siendo un fic de cinco capítulos aprox (lo siento, Aslhey).

Por cierto, y respecto a la aparición de Max (OC de mi propiedad) como amante de Viktor en vez de un personaje de la serie, esto fue porque me pareció más correcto que meterles por los ojos una ship que probablemente no les guste (porque podría haber sido cualquiera, incluso Vikturio). Max ha aparecido en otra obra mía, "Del error al desastre", y es un personaje muy querido por mis lectoras habituales y quise darles en el gusto poniendo una ship crack que a varias les gusta.

Natalya es un OC que suele aparecer en casi todas mis obras. Es imposible no ponerla, porque ya es parte de mis historias, y me gusta darle a alguien incondicional a Viktor.

Camille es un personaje creado especialmente para este fic, pues no tenía un personaje gordito dentro de mi repertorio. Probablemente la ocupe para algún otro fic, quién sabe.

Por último, ¡muchas gracias por los votos, comentarios, follows y favs que este fic ha recibido!

Este fic está dedicado a Kumiko por su cumpleaños; fue ayer, pero supongo que aún vale. Gracias por apoyarme desde el inicio, mija, ¡te adoro! (el Maxina va dedicado especialmente para ti)