Disclaimer: los Juegos del Hambre y sus personajes son propiedad de Suzanne Collins.
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Al final del bosque
A pesar de todas las quejas, convencer a Peeta para que se venga a vivir conmigo es sorprendentemente fácil. Todas las razones por las que piensa que es una pésima idea me parecen tan tontas como esa tan estúpida que tuve yo. La de desembarazarme de él sin más y pasarle el problema a otra persona.
No puedo dejar de pensar que estoy loca. Ahí estaba yo, dispuesta a decirle que teníamos que dejar de vernos y, al momento siguiente, intento convencerle para que se mude a vivir conmigo. Ni siquiera yo misma me entiendo.
Lo único que entiendo es que, para mí, lo principal es la seguridad de Peeta. Ni siquiera sus argumentos sobre lo poco seguro que es tenerle cerca consiguen convencerme.
—A veces, me pongo agresivo —dice, frunciendo el ceño—. Destrozo cosas, golpeo a la gente o a mí mismo, si no hay nadie a mi lado. No quiero que estés cerca cuando ocurra.
Eso explica los ocasionales moratones de sus brazos, que yo achacaba a su torpeza al moverse de nuevo en un espacio tan abierto. Sólo consigue confirmarme que necesita tenerme a su lado.
—Olvidas que soy fuerte —miento. Los días de depresión han atrofiado mis músculos y me han vuelto endeble y lenta, y él lo sabe—. Podré arreglármelas con un panadero furioso.
—Katniss…
—Sólo me preocupo por ti.
Al día siguiente, traslada un montón de su ropa al armario de mi cuarto de invitados. Para mi alivio, las horribles pinturas de la guerra se quedan en su casa.
No es que la presencia de Peeta en mi casa no sea bienvenida —al fin y al cabo, he sido yo la que le ha invitado a venir—, pero sí es extraña, como un chirrido en medio de una sinfonía. Peeta casi camina de puntillas, como si temiese molestarme, y eso a mí me pone nerviosa; detesto que me trate como si fuese de papel.
La primera noche es rara. Él se empeña en agradecerme el gesto con un banquete de panes y pastas que acabo aceptando sólo por no seguir escuchando sus protestas y soportando sus miradas de animal herido, y cenamos juntos. Me siento tan ansiosa como si fuese Effie la que estuviese frente a mí en la mesa, frunciendo el ceño cada vez que uso el tenedor equivocado o que sorbo al beber.
Creo que estaría menos nerviosa si fuese Effie. Al menos, a ella mi mente sabe cómo desintonizarla, pero a Peeta soy incapaz de ignorarle; mi mente absorbe cada palabra sale de su boca, incluso cuando me está contado banalidades.
—Al parecer, Johanna ha vuelto al Distrito 7. Dice que estaba ahogada de estar bajo tierra y que necesitaba subirse a un par de árboles y tener un hacha en la mano.
Conociendo a Johanna, las palabras escogidas para transmitir ese mensaje habrán sido bastante más burdas. Emito un gruñido para indicarle que le he escuchado.
Pienso en el saquito que le regalé cuando éramos aliadas en el Distrito 13, el que olía a su hogar. ¿Seguirá conservándolo, o lo habrá perdido? ¿Lo habrá tirado después de que le disparara a Coin? Ella tampoco le tenía mucho aprecio a la nueva presidenta, pero la idea de unos Juegos con los niños del Capitolio le resultaba atractiva. Me pregunto qué piensa de mí, y también desde cuándo me preocupa lo que Johanna piense de mí. Al final, resultará que no sólo la gente amable consigue hacerse un hueco dentro de mí. Es una idea aterradora.
Y una cosa más, ¿cómo es que Peeta sabe tantas cosas de ella? Apenas recuerdo haberles visto hablar tres o cuatro veces, y la mitad sucedieron cuando él estaba secuestrado hasta la médula. ¿Es que acaso comparten correspondencia? ¿Es que, mientras él y yo apenas nos saludábamos por la calle, intercambiaba extensas cartas con Johanna en las que se hacían confesiones personales?
Un sentimiento extraño, oscuro y agresivo, que no soy capaz de reconocer, se instala en mi pecho, acurrucándose como un ratón malicioso que acaba de encontrar su nuevo hogar. No me gusta. No me gusta que se cuenten cosas, y me gusta todavía menos que lo hagan a mis espaldas.
Me pongo en pie de un salto, cogiendo los panes sobrantes para dárselos a Buttercup.
—Me voy a la cama —anuncio.
Sin darle tiempo a replicar, subo las escaleras, manteniéndome tan recta como una tabla. Dejo escapar un suspiro cuando escucho el suave crujido de la puerta cerrándose, sintiéndome segura.
En apariencia, visto desde mi cuarto, nada ha cambiado; la ventana, abierta de par en par para que entre la suave brisa veraniega que mece las cortinas blancas; las ligeras sábanas, suaves como el agua, tapándome las piernas; el gato de Prim, tan feo como siempre, acurrucado a los pies de mi cama.
Pero, a veces, se escucha un sonido nuevo: unos pasos pesados que se dirigen hacia el baño, o que, nerviosos, caminan en círculos en el cuarto de los invitados, desprovisto de huéspedes incluso cuando las tres vivíamos aquí. Una tos grave, carraspeando como si el dueño de la voz estuviese preparando un discurso.
No duermo muy bien esta noche y, por primera vez, la culpa no es de pesadillas protagonizadas por niños hechos de cenizas, sino de los latidos de mi corazón, fuertes como tambores de guerra.
No es hasta las cuatro de la mañana que identifico ese extraño sentimiento que se había asentado sobre mi pecho sin dejarme respirar: son celos.
…
Al día siguiente, somos la comidilla del distrito.
—Gracias a ti, he conseguido dos ocas, cortesía de Haymitch —me dice Sae la Grasienta, con una sonrisa radiante, dejándome una cesta de huevos frescos en la encimera de la cocina.
Por lo visto, se hacían apuestas sobre cuánto tiempo tardaríamos en volver a estar juntos. Imagino que, para muchos, la historia de los amantes condenados continúa teniendo cierta verosimilitud. Quizá se les pasaron por alto los comentarios despectivos de Peeta, o sus múltiples intentos de asesinarme. Nadie en su sano juicio seguiría pensando que hay algo entre nosotros. O eso pensaba yo.
En otro momento, el cotilleo, tan similar a los que abundaban en la televisión y las revistas del Capitolio, me habría molestado a más no poder. Hoy, me da igual; si mi vida personal sirve para aligerar un poco la vida de mis vecinos, que así sea.
Aprovechando su buen humor, le hago a Sae una pregunta que me revolotea en la cabeza desde ayer:
—Oye… —Pongo en sus manos una bolsa repleta de galletas para su nieta, esperando ablandarle con este gesto y que me dé la respuesta que ansío—. Ayer dijiste que nadie pregunta sobre la ausencia de Peeta. Pero me dio la impresión de que sabías exactamente lo que estaba pasando.
No ha sido una táctica muy sutil, lo admito, y ella coge al vuelo mis intenciones; Sae no es una superviviente por suerte. Acepta mi bolsa y la guarda en uno de los enormes bolsillos de su delantal.
—Eso tendrás que preguntárselo a él —dice, antes de salir por la puerta, apresurada, mientras me hace un gesto con la mano.
Nada más Sae abandona la cocina, aparece Peeta, como si alguien le hubiese susurrado al oído cuál era el peor momento para hacer acto de aparición.
—Me marcho a casa —anuncia mientras baja las escaleras.
Un dolor intenso me oprime el pecho al pensar que no ha durado ni siquiera veinticuatro horas a mi lado, y ya quiere irse.
«¿Qué esperabas, encanto? ¿Un beso de buenos días?», me susurra una voz al oído, muy parecida a la de un Haymitch muy borracho. La aparto de un manotazo mental.
Para mi mortificación, mi dolor ha debido de reflejarse con toda claridad en mi rostro, porque él se apresura a aclarar sus motivos.
—Para usar el horno. Debería haber empezado ya, pero me he quedado dormido. Supongo que me siento más cómodo durmiendo en tu casa que en la mía.
Me dedica una sonrisa torcida. Ha sido un intento de humor muy malo, porque la única razón que se me ocurre para que se sienta más a gusto aquí que en su propio hogar es que el suyo guarda algunos recuerdos poco agradables. ¿Cuántas veces ha perdido el control y se ha encerrado dentro de sí mismo sin que los demás lo supiésemos?
El horno de mi casa no es más pequeño que el de la suya, y podría hornear las grandes partidas de pan y pasteles que suele hacer él, en su lucha por mantener a la gente del Distrito con algo para llevarse a la boca. Me irrito al pensar que lo hace por no despertarme, como si yo fuese una delicada dama que no puede soportar un poco de ruido en la cocina. O que no se ha pasado la noche en vela, dando vueltas en la cama, y se ha levantado varias horas antes que él.
Por supuesto, la otra opción es que lo haga para evitar estar en la misma habitación que yo, pero prefiero no pensar en eso.
—De acuerdo —digo, con mi mejor imitación de una persona no herida, que no resulta convincente ni siquiera para mí misma—. Luego nos vemos.
Él me mira, con su mejor imitación de una persona a la que no le hieren las palabras indiferentes que acaba de escuchar —¿es una imitación o de veras cree que me da igual?— y se marcha sin decir nada más, dejando tras de sí un vacío que, por un segundo, me deja sin aliento.
Siento como si este lugar, mi hogar, fuese de repente nuevo y extraño para mí: la presencia de Peeta, su ausencia, el aroma que ha dejado impregnado en el aire al marcharse —pan y diente de león y algo picante que no soy capaz de ubicar del todo—, el orden despreocupado que reina en el cuarto que ocupa… Todo me hace pensar en él, darle vueltas a la cabeza hasta que no puedo soportar más quedarme encerrada entre estas cuatro paredes.
Me calzo las suaves y resistentes botas y cojo mi arco, que ya no tengo que esconder dentro de algún árbol hueco. Meto a Buttercup en una de mis bolsas de caza; no se queja, porque sabe dónde vamos. El agónico calor del mes de agosto me golpea la cara sin piedad mientras trazo el habitual camino hacia el bosque.
De camino al lago, lleno dos bolsas de fruta y verdura. No puedo evitar pensar que es inútil y estúpido: nadie pasa hambre en el Distrito 12. Incluso ahora comenzamos a poder permitirnos comidas con las que la mayoría de nosotros sólo podía soñar. Si alguien probaba algo más exquisito que el pan que vendían en el horno de Peeta, era a bordo de un tren, camino a su muerte.
Pero cada vez que pienso que no necesito más comida, recuerdo a Prim, la piel colgándole de los huesos, las mejillas hundidas, los ojos apagados, el estómago insistente pidiendo más, más, más. No pienso dejar que ningún niño del Distrito 12 tenga ese vacío en sus ojos ni en su estómago.
En eso, Peeta y yo no somos iguales: él hornea y yo cazo, aunque los dos podríamos vivir sin hacerlo. Nos volveríamos locos, probablemente, y en el peor de los casos acabaríamos como Haymitch. Pero podríamos.
Me dejo caer a orillas del lago. El camino me ha costado una hora más de lo que solía, una señal más que indica que estoy en baja forma. Recupero las fuerzas comiendo algunas de las frutas que he conseguido recoger en mi camino y unos panecillos que empezaban a resecarse. Dejo salir a Buttercup de la bolsa, y callo sus bufidos con un puñado de panceta grasienta que tengo guardada para ocasiones como esta.
Después de comer, me dirijo al pequeño montículo de piedras que hay bajo un manzano. Es una pirámide rudimentaria, áspera y grisácea, sin valor artístico alguno. Para que no resultase tan lúgubre, la adorné con algunas flores salvajes la última vez que vine. Ya están secas; sus pétalos han tomado un triste color amarronado y están arrugados como una hoja de papel en una mano maliciosa. Con cuidado, las retiro y las sustituyo por otras nuevas, frescas, que he cortado de los arbustos que rodean mi casa antes de irme. El gato se ha acurrucado a su lado, sintiendo su simbología, y dormita al sol veraniego, lanzando maullidos lastimeros de vez en cuando.
La tumba de Prim.
Si en algo se parecen la muerte de mi hermana y la de mi padre, aparte de haber sumido a miembros de nuestra familia en la más profunda desesperación, es que no hemos contado con un cuerpo que enterrar. Incluso podría decirse que mi padre, al menos, quedó enterrado, aunque fuese junto a tantos otros hombres en la mina. A Prim no se la podía distinguir de los otros médicos rebeldes, de los niños del Capitolio, muertos pasto de las llamas y convertidos en polvo gris y huesos secos.
Su fantasma me perseguía, y aún a veces lo sigue haciendo, preguntándome una y otra vez por qué no la protegí. Quería darle un nuevo hogar en nuestra antigua casa, pero no me gustó la idea de que todos los demás pudiesen ver lo que hacía y compadecerme.
Por eso, le construí un último hogar aquí, en uno de mis lugares favoritos, el que hasta hace un año era para mí el final del mundo. El final del bosque. Un lugar al que siempre quise traerla, y al que ella siempre se negó venir.
Supongo que el doctor Aurelius tendrá algún nombre complicado para lo que estoy haciendo, alguna explicación enrevesada. No quiero escuchar ni lo uno ni lo otro, así que no se lo he contado en ninguna de nuestras cortas llamadas personales; es mejor así.
Me pregunto qué pensaría Peeta si supiese lo que vengo a hacer al lago. ¿Qué haría él si me sincerase y le contase qué hago durante la mayoría de horas que paso en el bosque? Seguro que no sabría qué decir, y eso que él siempre ha sido un mago de las palabras. Seguro que murmuraría mi nombre y trataría de abrazarme.
No estoy preparada para eso. A pesar de todos mis esfuerzos por ayudarle, de ofrecerle mi casa, de mi intención de mantenerle bien vigilado, no sé si soportaría que me tocase; no se me olvida mi reacción cuando su mano rozó la mía. La reacción que me hizo querer alejarme de él, y la que me ha empujado hacia él en un baile inseguro que ninguno de los dos conocemos.
No estoy muy segura de cuál sería mi reacción si eso volviese a ocurrir, y no quiero descubrirla.
Hasta que no empieza a bajar el sol, no me decido a marchar, no sin antes dirigir una mirada, apretando los labios, al maltrecho montículo. Ojalá pudiese darle algo mejor. Ojalá pudiese haberla salvado.
El bosque sigue siendo familiar, a pesar de los cambios naturales y la danzante luz del crepúsculo, que hace que todo resulte un poco más amenazador que a plena luz del día. Mis pasos, más pesados que de costumbre —no puedo dejar de pensar en esos primeros Juegos, él y yo cazando, mi molestia ante el ruido de sus torpes pies— hacen salir volando a una gran banda de pájaros, y recuerdo que no he capturado ningún animal; es más, ni siquiera he revisado las trampas que pongo, más por costumbre que por necesidad.
Subo a un árbol con dificultad. Mi cerebro y mis articulaciones conocen los movimientos necesarios a la perfección, pero mis músculos son incapaces de ejecutarlos como es debido. Mis pies torpes resbalan cuando llegan a una rama alta y estoy a punto de caer del árbol; mi mente retrocede a una noche en un saco de dormir, una cuerda atada a la cintura, una pequeña figura que señala un avispero situado justo encima de mi cabeza.
Me dejo caer de golpe sobre la superficie áspera y gruesa de la rama, la rodeo con mis brazos, y espero a que los recuerdos de la niña de piel oscura dejen de ahogarme. Delante de mis ojos cerrados veo a Rue y a Prim, vivas, con las sonrosadas mejillas llenas y sonrisas en sus rostros redondos, bailando. Con los dedos y el cuello adornados con anillos, collares, pulseras, coronadas con joyas hechas de dientes de león, de margaritas, de rudas, de prímulas.
Los dedos me tiemblan cuando logro volver a sujetar mi arco entre ellos. La bolsa de caza se queda vacía.
…
El corazón me late a mil, los recuerdos de las dos chicas aún frescos en mi mente temblorosa. Todavía me faltan tres manzanas para llegar a casa, pero lo huelo a la perfección y sé que es mi hogar el que lo emite: un aroma cálido, extrañamente reconfortante en el clima aún cálido de septiembre, mezcla de pasta de hojaldre.
Y fresas silvestres.
Recuerdo la tarta de fresas que se suponía que Peeta iba a hacer. Las frutas machacadas que tiñeron sus manos de rojo. El temblor de su cuerpo agazapado bajo la mesa, los ojos desenfocados que el agua fría de la ducha devolvía a la vida muy poco a poco.
Un ruido gutural escapa de mi garganta y corro sobre las puntas de mis dedos, impulsando mi peso hacia delante lo más rápido que puedo. Abro la puerta de par en par, haciendo resonar los cristales de las ventanas y provocando que un bonito jarrón de porcelana que mi madre compró y que Sae ha estado llenando con flores cada semana caiga al suelo, desparramando los arrugados pétalos de colores apagados sobre la alfombra y el cuero gastado de mis botas.
—¡Peeta! —Mi voz suena mucho más angustiada de lo que me gustaría.
No escucho nada. Ni respuesta. Ni el repiqueteo habitual de una cocina, que tan extraño debe de sonar en una casa tan vacía como la mía. Ni ninguno de los otros sonidos —una tos grave, el sonido rígido de las páginas de un libro al pasarse, el murmullo de un cuerpo al revolverse entre sábanas— que indican que hay una persona en una casa.
El corazón me bombea rápidamente. Podría estar fuera, claro. No, no puede. Él nunca se dejaría el horno enchufado, sabiendo que podría quemar la casa —mi casa, nuestra casa— en un descuido. Tiene que estar aquí, en algún lugar. Quizá escondido bajo una mesa o la cama, temblando e intentando salir de la prisión en la que sus demonios mentales lo tienen encerrado.
Recorro toda la casa con rapidez, dando unos portazos tan fuertes que tendría que estar sordo para no escuchar. Cuando he recorrido toda la planta de abajo y el sótano, empiezo a preguntarme si no estaré equivocada. Quizá se quedado dormido en su casa después de hornear el pan del día. Quizá ha sido atacado por una súbita nostalgia y decidido que eso de venir a vivir conmigo ha sido una estupidez.
Pero acabo por descubrir que no estaba equivocada. Peeta está en la casa, sólo que en una de las últimas habitaciones, que abro por pura ansiedad, sin pensar realmente que pueda estar allí.
Está igual que ayer: el pelo rubio oscurecido por el agua, las gotas cayéndole por el rostro tan suavemente como si lo que le acaricia la piel fuese una violenta lluvia de verano, los ojos entrecerrados, con diminutas gotas pendiéndole de las pestañas.
No; está casi igual que ayer. La primera diferencia es que el agua caliente produce un ligero vapor que se pega a los espejos, a los suelos de cerámica, y que me envuelve nada más abro la puerta.
Y la segunda…
Toda su piel está al descubierto. Le he visto muchas veces con apenas un par de pequeños pedazos de tela cubriendo su cuerpo, pero eran situaciones de vida o muerte, decidir entre mi pudor y dejarle morir. No eran situaciones tan íntimas como esta, pillarle desprevenido en medio de una ducha reparadora. Y, por supuesto, en ninguna de esas situaciones estaba completamente desnudo. Sin poder evitarlo, mis ojos viajan desde su rostro sorprendido hasta su pecho descubierto, y de ahí hasta…
Fijo la mirada en el suelo, lo que no ayuda para nada, porque su ropa está en el suelo, hecha un ovillo. Sin saber qué hacer, me miro las botas.
—Oh. Lo siento —mascullo.
Él empieza a decir algo, pero no me doy tiempo para escucharle: me doy la vuelta, cierro la puerta tras de mí a toda velocidad y trato de alejarme lo máximo posible de esa imagen, que me persigue como una nube cargada de agua, lloviendo sobre mi mente y haciéndome centrarme en detalles que no debería.
(«La piel, salpicada por gotas transparentes que juegan al escondite en los recovecos de su cuerpo. La boca, entreabierta, expresando sorpresa, pidiendo con gritos silenciosos que la tape con la mía. Las manos temblorosas, que parecen vacías sin mi piel entre ellas. El cuerpo firme, que no debería estar bajo el agua sino bajo el mío y oh joder estoy temblando»).
Estoy furiosa. Aunque dirijo mi rabia hacia él, sé a la perfección que en realidad me enfada mi propia reacción ante el asunto. Las mejillas me arden de vergüenza y de furia, lo que sólo es más carbón en la hoguera que es mi mal humor.
Me enfada haberme puesto tan histérica en apenas un segundo, y me enfada no haber pensado en que podría producirse una situación como esta. Suena trillada a más no poder, parte de alguna de esas insulsas películas de amor que emitían en el Capitolio y que, según Effie, hacían suspirar a toda la nación.
Hasta que llegamos él y yo, claro. Los amantes condenados, predestinados desde antes de nacer. La pareja perfecta, trágicamente empujada por el destino a luchar el uno contra el otro. Effie me contó, no sin antes fruncir el ceño con desagrado, que apenas habían terminado los Juegos y en el Capitolio ya se estaban preparando audiciones para encontrar a los perfectos Peeta y Katniss, dos niños del Capitolio que estarían encantados de interpretar a la pareja que había conseguido encandilar a toda la nación.
No contentos con robarnos la intimidad de nuestras vidas, estaban decididos a imitar nuestros primeros encuentros incluyendo, no lo dudo, lo que le sucedió a mi padre en las minas, mi canción en clase, lo del pan, la cabra de Prim… Cualquier cosa que pudiesen rascar para mantener contenta a la audiencia.
Fuese cierta o no la historia del idilio, me habría producido la misma sensación de estar a punto de vomitar.
Sin saber cómo, llego a la cocina y me apoyo en la mesa, la misma en la que mamá y Prim le curaron las heridas que los latigazos le produjeron a Gale. El ligero tono rosado que la cubre indica que, hasta no hace mucho, volvía a estar teñida de rojo pero, esta vez, del zumo de las fresas con las que Peeta ha conseguido realizar la tarta, una magnífica creación de hojaldre, crema y fresas. A pesar de que mi estómago se siente extraño después de la conmoción, no puedo evitar que se me haga la boca agua al verla.
—Aún no puedes probarla —escucho decir a mis espaldas—. Tiene que enfriarse, y le he prometido a Sae que le guardaría un buen pedazo para ella y su nieta.
No respondo. Tomo aire con lentitud y profundidad; el aroma dulce y empalagoso sube por mis fosas nasales y me ruge el estómago. Sería gracioso, supongo, si no fuese porque los dos tenemos unas ganas tremendas de salir corriendo.
—Ey. —Su voz es suave como la seda, una cortina traslúcida que me envuelve y provoca que el calor se me extienda desde la espalda hasta el pecho—. Lo siento.
Encojo los hombros sin girarme.
—No ha sido culpa tuya —murmuro, sin atreverme a mirarle. No quiero que vea cómo me hierven las mejillas.
Le escucho suspirar.
—Probablemente esto haya sido un error —dice, con esa misma voz suave—. ¿Quieres que me vuelva a mi casa?
—¡No! —Esas palabras consiguen que dé una vuelta sobre mis talones y me encare con él.
No me sorprende ver que tiene el rostro tan enrojecido como yo, y me pregunto si es por los vapores de la ducha o por lo acontecido en aquel lugar. Apostaría por lo segundo, en especial después de que desvíe su mirada al suelo cuando sus ojos claros se encuentran con los míos. Debe de haber salido de la ducha a toda prisa; su cabello gotea en el suelo, y hay zonas de su ropa que están empapadas. No lleva zapatos, y sus pies han dejado huellas húmedas en el suelo en su prisa por alcanzarme. Quizá temía que volviese a los bosques. Quizá piensa que me voy para esconderme de él.
A pesar de la vergüenza, de lo raro que es saber que está aquí, de que no le ha costado ni un solo día acostumbrarse, de mi enfado con él, no quiero que se vaya. La idea de que lo de ayer vuelva a pasarle, de que se pase días debajo de la mesa pugnando por alejar los recuerdos oscuros de su mente, es más fuerte que la vergüenza que pueda acarrearme recordarle desnudo y empapado bajo la ducha.
Ni siquiera estoy segura de que el cosquilleo que noto en la boca del estómago sea sólo vergüenza.
—No. No quiero que te vayas —digo en voz muy baja—. Sólo… pon una toalla o algo en el pomo de la puerta cuando vayas a ducharte, ¿vale? Para que pueda saberlo y no… —murmuro, sintiendo cómo la temperatura de mi rostro sube un par de grados más.
—Ya, claro. Y tú… —carraspea, con aspecto de estar tan incómodo que no sabe qué hacer ni qué decir—. Tú haz lo mismo.
Asiento y, una vez más, dejo escapar una pregunta que me corroe desde dentro.
—¿Cuánta gente lo sabía? —Mi voz suena más ahogada de lo que me esperaba, más patética; carraspeo antes de volver a preguntarle—. ¿Quiénes del Distrito sabían lo que te estaba pasando?
La expresión culpable de su rostro es toda la respuesta que necesito, pero aun así le miro desafiante, hasta que agacha la cabeza, avergonzado.
—Katniss…
—No. Quiero saberlo.
Suspira.
—Haymitch. Y Sae. Y… —titubea antes de admitirlo—. De alguna manera, todo el mundo, supongo.
Todo el mundo. Ese amplio número de gente me excluye a mí, por lo que parece.
La rabia, que había comenzado a calmarse, vuelve a bullir dentro de mí como un caldo dejado bajo un sol abrasador. Esta vez ni siquiera me molesto en intentar esconderla, y lo veo en el dolor que se refleja en sus ojos azules.
—Katniss…
Antes de que pueda volver a disculparse me escondo en mi habitación, debajo de las sábanas de mi cama, a pesar de que hace calor. Aún no estoy segura de que el bochorno no sea por el que me aprieta el pecho y el vientre y se extiende, como lava, por todo mi cuerpo.
Me centro en la rabia, porque estoy enfadada como hace meses que no lo estaba.
Estoy enfadada con Haymitch: incluso después de ir a hablar con él sobre Peeta en concreto, fue incapaz de contármelo.
Estoy enfadada con Peeta. Por esconderme sus miedos y sus pesadillas y sus ataques de rabia. Por confiar en todos menos en mí. Por volver a colarse de nuevo en mi vida, silencioso y serpenteante como una corriente de primavera.
Estoy enfadada, furiosa, rabiosa conmigo misma. Porque, a pesar de todo, sigo deseándole.
Me acurruco en mi cama y me encojo como una bola, repitiéndome el conocido mantra una y otra y otra vez.
«Me llamo Katniss Everdeen. Tengo dieciocho años. He sobrevivido dos veces a los Juegos del Hambre. He sobrevivido a una guerra. He asesinado a criminales e inocentes. He asesinado a una presidenta. Me han disparado, me han rajado, me han quemado de la cabeza a los pies, me han dejado caer al suelo para que me rompa en mil pedazos. Y, a pesar de todo, basta con pensar en un chico desnudo para temblar de la cabeza a los pies».
…
NdA: ante todo, muchas gracias a quienes habéis dejado reviews o añadido la historia a favoritos c: Como veis, la historia tendrá algunas escenas subidas de tono xD Avisaré antes de subir el rating a M.
Cualquier comentario que tengáis será más que apreciado. ¡Nos vemos en el siguiente capítulo!
