Sigo arrepintiéndome de todo.
"Now there's a ghost in the back of this room
And I don't like it,
I fall asleep with my covers pulled up
And try to fight it."
...
Apenas has salido del taxi cuando las primeras gotas de lluvia aterrizan sobre tu rostro por culpa del viento. No importa que lleves una sudadera de deporte con capucha, que fue lo único que lograste agarrar antes de salir corriendo, sabes que acabarás empapada de los pies a la cabeza, pero ¿qué importa? Tú sólo… Sólo quieres huir. Alejarte de todo y dejar de pensar. Sobre todo dejar de pensar, pues de conseguirlo toda esa pesada carga desaparecería por un momento de tus hombros, de tu pecho, y tú podrías volver a respirar.
Sólo unos minutos. Sólo pides unos malditos minutos de silencio, de libertad. Sin miradas repletas de prejuicios, sin expectativas, sin obligaciones ni responsabilidades. ¿Tan complicado es? Es un despropósito pensar así, lo sabes; pero cuanto más pasa el tiempo, más incrementa el deseo en tu interior de dejar de ser alguien para comenzar a ser nadie.
Fuiste ingenua y cometiste el error de crecer bajo la necia creencia de que tu privilegio vendría sin costes, que era un hecho natural, ordinario. Hace unos años empezaste a percatarte de que no era tan frecuente como pensabas, que no era un simple máximo común divisor en la ecuación de la realidad humana.
Hace unos meses el débito por tu existencia acomodada llamó a tu puerta y se aferró a tus pies como si de tu propia sombra se tratara. Y cuanto más se encadena esa sombra a tus tobillos con el paso de las semanas, más crece el déficit de tu libertad. ¿Qué vas a hacer cuando la cuenta de tu vida naufrague a la deriva en números rojos? ¿Saltar del bote (yate en tu caso) y salir corriendo, es decir, nadando?
Vale, sí, la osadía de la huida la acabas de cometer, no lo vas a negar. Has salido corriendo y ni siquiera sabes qué demonios pasó por tu cabeza cuando le diste al taxista esta maldita dirección al meterte dentro del coche con la urgencia de un delincuente en pleno robo.
Vuelves la cabeza y observas sobre tu hombro, a través del diluvio y la penumbra de la noche, cómo las luces del taxi desaparecen al doblar una esquina. Te muerdes el labio y echas a correr en dirección opuesta.
Puedes sentir la fría humedad de la lluvia filtrarse a través del algodón de tu sudadera y tu camisa. La brisa invernal está tan helada que no te extrañaría terminar con algún bronquiolo disfuncional, algo poco creíble. Probablemente se te resientan antes los dedos de las manos, porque no, no tienes guantes. ¿Quién los necesita de todas formas?
Doblas a la derecha en la siguiente calle perpendicular y te detienes a unos pocos metros, frente al bloque de pisos con la pintura de la fachada caída y desgastada. Dudas. Miras a tu alrededor, pero ¿a qué? La calle está más desierta que la Antártida. La única alma viviente lo suficientemente estúpida como para salir con este torrencial eres tú.
Te acercas al portal con la respiración pesada, intentando resguardarte de la lluvia. Te acercas pero no aprietas ninguno de los pequeños botoncitos grises del portero automático empotrado en la pared a tu derecha. ¿Cómo vas a apretar nada si ni siquiera sabes qué puerta es? ¿Qué vas a hacer? ¿Probar suerte al azar a las doce menos cuarto de la noche, un miércoles, y rezar porque nadie se asome por la ventana y te lance algún plato de la cena en la cabeza?
Vale, ya conocías la dirección. Es más, la has visto entrar y salir de este portal en un par de ocasiones. Sin embargo, eso fue hace casi dos años, ¿cómo sabes que no se ha mudado?
Suspiras con derrotismo.
Joder, ¿tan desesperada estoy?, piensas. ¿Qué demonios me pasa? Tendría que haber cerrado la boca y haberlo olvidado todo, como siempre. Adaptarme, dejarme llevar por la corriente; es lo mejor que se me da, ¿no? Pero es que… esta vez se ha pasado. Claudiqué la primera vez porque no quería problemas, y fui una estúpida. Siempre me he negado desde entonces y aun así ha vuelto a… insistir. ¿Qué demonios me pasa?
Dejas caer la cabeza contra la puerta de madera, apoyando la frente contra la superficie, y no esperas lo que sucede a continuación. Ésta cede y se abre ligeramente. El movimiento frente a ti te saca de tus cavilaciones internas. ¿Pero qué…? ¿Dejan el portal abierto?
Con el ceño fruncido y extrañamente inquieta, alzas una mano y empujas paulatinamente la puerta. La oscura entrada te da la bienvenida y el miedo se te atraganta. ¿Y si es una trampa? ¿Y si mueres a manos de algún psicópata y nadie vuelve a encontrar tu cuerpo?
Tragas saliva y reúnes valor, porque ¿cuántas probabilidades tienes de acabar secuestrada? Probablemente muchas si alguien se entera de tu identidad, pero no llevas nada contigo, sólo algo de dinero en efectivo, las llaves de casa y el móvil, así que ¿qué importa? Ni siquiera te reconocerán tal y como estás, calada hasta los huesos, con pinta de caniche abandonado.
Además, ¿qué más da a estas alturas?
Entras, cierras la puerta con cuidado y… No, no cierra. Genial, acabas de descubrir por qué estaba abierta. La entornas y la dejas tal y como la encontraste.
Al volverte te das de bruces con la oscuridad que reina en el interior; no obstante, te niegas a apretar el interruptor de la luz (que ni siquiera sabes dónde está). No sientes deseo alguno de delatar tú sola tu presencia, puesto que después de todo, se supone que no deberías estar aquí. Sacas el móvil del bolsillo de tus jeans y enciendes la pantalla. Con esto debería bastar para saber por dónde pisas.
Subes la única escalera que hay mientras escuchas el sonido de tus propias pisadas húmedas. Una vez arriba, hallas un pasillo abierto al exterior, hacia lo que supones debe ser el patio trasero. A la derecha sólo hay una puerta; hacia la izquierda, tres. Vale, ¿y ahora qué? Ninguna tiene una placa pegada con el nombre del inquilino, y ni siquiera se han dignado a poner alguna alfombra delante de la puerta que te dé alguna pista. Nada.
Nerviosa, te humedeces los labios (como si no los tuvieras ya suficientemente húmedos) y vuelves la pantalla del móvil hacia ti. La luz de la calle alumbra tenuemente el pasillo, pero no impide que el resplandor de ésta te de una bofetada en la cara. Parpadeas y entrecierras los ojos.
Tu dedo se desliza sobre la pantalla automáticamente y abres el chat que has dejado abandonado todos estos últimos ¿meses?, ¿años? No, años no. Tan odiosa no eres, ¿no? Sin embargo, las fechas registradas de mensajes y respuestas no parecen opinar lo mismo que tú. Hace demasiado tiempo que no contestas nada (mes y medio desde su último bombardeo de mensajes inconexos), ¿y ahora pretendes presentarte en su puerta? Pero, ¿qué opción te queda?
Tras minutos de estúpido debate entre tú y tu móvil frente a la puerta número dos, la que se encuentra a la izquierda de las escaleras, logras poner de acuerdo a las neuronas de la corteza motora primaria y comienzas a teclear sobre la pantalla táctil a pesar de los gritos contrariados del resto de tu cerebro.
Acercas el pulgar al botón de 'enviar' y ahí lo dejas, flotando, mientras juegas con un mechón de tu pelo. Todavía puedes olvidarlo todo y dar media vuelta; nadie se enterará de nada. Sólo tendrías que regresar. Bien, regresar, sí; ¿y con qué cara? Ni siquiera quieres volver.
Antes de darle tiempo a tu conciencia a pensárselo mejor, golpeas la tecla de la vergüenza y observas cómo el mensaje aparece en pantalla debajo del monólogo incoherente, separados por la fecha del día de hoy.
M.: Nico, estoy aquí fuera, delante de tu puerta.
Esperas unos segundos. Un minuto. Enrollas otro mechón de cabello húmedo alrededor de un dedo y le suspiras al techo… agrietado. ¿Y este edificio tiene cédula de habitabilidad? Tu seguro de vida va a acordarse de toda tu familia como este antro se derrumbe contigo dentro.
La pantalla de tu móvil se apaga automáticamente. Tú vuelves a encenderla y al clavar la mirada en el chat, observas cómo el estado de Nico oscila entre 'en línea' y el minuto de su última conexión.
Inquieta, envías un segundo mensaje.
M.: Abre
Su estado se estabiliza en dos palabras y deja de oscilar. 'En línea'. En un abrir y cerrar de ojos, recibes su respuesta.
N.: queee! es una puta broma?!
Frunces el ceño. Tus dedos teclean rápidamente y envías.
M.: No, crees qe esto tiene pin ta d ebroma?
Mierda, estúpido frío y estúpido temblor de manos.
Esperas durante un momento, pero la burbujita de puntos suspensivos que indica que hay alguien escribiendo al otro lado de la línea brilla por su ausencia. No obstante, Nico está conectada. Quizás te haya mandado a la mierda educadamente o simplemente haya dejado la conversación abierta mientras se dirige a abrir la puerta.
Pero no, nada. Ninguna se abre. ¿Se habrá mudado de verdad y tú aquí haciendo la idiota, o se ha quedado dormida de camino a la puerta?
Observas la pantalla de tu móvil y tuerces el gesto.
M.: que*
M.: pinya de broma*
M.: pinta de broma* 😒
Una gota de agua resbala por tu nariz y cae sobre la pantalla del móvil. Te pasas una de las mangas de la sudadera por la cara, pero ¿qué demonios?, estás empapada. Empapada y con explícitas ganas de sufrir una neumonía. ¿Cómo puedes ser tan…?
La burbujita de puntos suspensivos aparece en la esquina inferior. Desaparece. Vuelve a aparecer. Desaparece.
N.: estás borracha? 😐
¿Qué? Fulminas tu propio móvil con la mirada.
M.: Wtf, lo estàs tú?
Una pequeña pausa. Burbujita.
N.: siii, borracha de amor por ti 💖💖
N.: eres idiota o que? Cuantas llevas, 2 copas? XDD
M.: Muy bien, olvodalo.
Aprietas la mandíbula, sintiendo cómo te tiemblan ya hasta las pestañas.
M.: Olvídalo*
M.: Si muero de hipotermia es xulpa tuya
A pesar del mensaje, te niegas a moverte de allí. Al final acabará abriéndote, ¿no? No se atreverá a encontrarse mañana con un cuerpo criogenizado por causas naturales en el rellano de su puerta como regalo de Navidad. ¿Qué hará, dejarte en la entrada y utilizarte de perchero?
Devuelves el móvil a tu bolsillo y te frotas las manos, intentando mantener el calor y la circulación sanguínea. Te acercas ambos puños a la boca y exhalas. La calidez de tu propio aliento alivia el escozor de la frialdad afilada de la noche.
Joder, Nico; ¿piensas ir hasta China y volver antes de abrir la jodida puerta?
Escuchas el imperceptible sonido del deslizamiento de un cerrojo seguido del golpe de una cadena de metal contra la madera de la puerta y el chasquido de una cerradura. Contienes la respiración cuando la puerta número tres se abre lentamente y una cabeza flotante se asoma por la pequeña apertura.
Das un par de pasos dubitativos hacia ella, introduciendo ambas manos en el bolsillo canguro de tu calada sudadera gris pálido. Su cabeza se vuelve hacia ti y sus grandes y preciosos ojos rubís se abren de par en par.
-¿Maki? -Su nombre resbala de tus labios sin pedirte permiso.
¿Pero qué coño hace aquí? Porque es obvio que está aquí, ¿no? Si no es así, que alguien le explique a Nico qué diablo tienes delante. ¿Un fantasma? ¿Una alucinación causada por culpa de algo que ingeriste durante la cena? No, Nico no está tan mal de la cabeza.
Hace unos pocos minutos, cuando tu móvil vibró junto a ti mientras revisabas tu magnífico blog de idol número uno en tu pequeño portátil sentada en la mesa del comedor, alias salón, estudio y un par de cosas más; nunca imaginaste que estuviera hablando en serio tras leer su primer mensaje. Creíste que no hacía más que tomarte el pelo, porque ¿hola?, estás hablando de Maki. La misma persona que lleva evitándote durante tanto tiempo que has perdido la cuenta. La misma persona que echó a la pobre Nico de su estúpida boda de una patada en el culo sin preocuparse de los daños colaterales, y que además ni siquiera se dignó a responderte la noche del cumpleaños de Rin (¿cuánto hace de eso? ¿Dos feos meses?). Por no hablar de que ni siquiera apareció en la fiesta.
Y ahora se atreve a presentarse aquí, en el rellano de tu puerta, como si no hubiera sucedido nada entre vosotras. Bueno, está claro que mucho, lo que se dice mucho, no ha sucedido, y menos entre esta impertinente Nishikino y la adorable Nico. Básicamente nada, un estúpido y vacío nada. Y no puedes negar que a pesar de la incómoda nebulosa de resentimiento que ahoga tu pecho, alguna estúpida parte de tu corazón se alegra de volver a verla tras semanas y semanas de confusión y rabia. Bueno, no, alegrarse es demasiado para un eufemismo. Simplemente te sientes aliviada al comprobar que no ha muerto de aburrimiento comiendo esa repugnante e insípida comida de hospital todos los días, ni se ha cortado un dedo con algún estúpido bisturí en quirófano.
-Así q-que no te has mudado, ¿eh? -Su trémulo susurro te hace fruncir el ceño y fulminarla con la mirada. O al menos esperas estar haciéndolo, porque apenas eres capaz de verle el estúpido rostro bajo la grisácea capucha que lleva sobre la cabeza.
¿Y si es otra persona y alguien se la ha jugado a Nico para ro…? No, ¿qué te van a robar, tu ridículo cepillo de dientes? Pero da igual. Sea como sea, es Maki. Por muy temblorosa que suene, su voz es inconfundible.
-¿Qué? -le sueltas con firmeza, sin abrir más la puerta-. ¿Por qué iba a mudarme? ¿Qué pasa? ¿A Maki no le gusta el pequeño y cálido hogar de Nico? ¿Esperabas una gran mansión o qué?
-No, n-no es eso. -Atisbas cómo sus manos empujan hacia abajo su sudadera dentro del bolsillo delantero, estirándola-. Es… Yo… -Su titubeo te hace fruncir el ceño con más fuerza-. Ha p-pasado tiempo desde la última v-vez que… Ya sabes, d-desde la boda de Eli y Nozomi. P-Pensé que podrías haber… cambiado d-de piso.
Oh, cierto. Por eso mismo conoce la dirección de Nico; tú misma se la diste aquella vez para que te pasase a recoger de camino al aeropuerto. Sin embargo, era únicamente para eso, ¿no? Sólo para que ejerciera de chófer de la gran Nico, no para que viniera a tocar el timbre a las doce de la noche cuando le pareciera divertido. Y sí, Nico lo sabe, ni siquiera ha tocado el timbre.
-Ya veo -dices con escepticismo-. ¿Y cómo sabías qué número era?
Ella se encoge de hombros.
-Toda chica t-tiene sus recursos -se limita a responder.
Sonríes con malicia.
-Es decir, que no tenías ni idea.
-C-Claro que sí -afirma rápidamente. No puedes vislumbrar bien su rostro, pero no te es complicado imaginarte su expresión sonrojada-. ¿Qué c-crees que hago aquí si no? No p-pensaba buscarte por todo Tokyo.
-Por lo que parece, es lo que estabas haciendo. -Le das un repaso de la cabeza a los pies. No obstante, la penumbra no te deja apreciar mucho de su esbelta figura. Sólo eres capaz de deducir lo que lleva puesto, esto es, la sudadera, unos jeans oscuros y unas botas negras de media caña-. Además, ¿cómo sabes que estaría en casa? Podría haber salido, ¿sabes? Nico tiene una amplia vida social.
-Y q-que no incluye los miércoles, p-por lo que veo. -El leve sarcasmo de su estúpida voz inunda tus oídos.
Le diriges una mirada poco amistosa con los ojos entornados.
-Es mi día libre. Y tú lo acabas de arruinar.
Maki guarda silencio. Gira la cabeza hacia un lado, mirando sobre su hombro, justo en el momento en que el tenue ruido del motor de un coche atraviesa el aire a través del patio trasero. El reflejo de los faros del vehículo ilumina durante una milésima de segundo el perfil de su rostro. Algo en su expresión te forma un nudo en el estómago.
Antes de poder analizar mejor las inquietantes líneas de su cara, el coche desaparece, llevándose la luz consigo y dejándoos de nuevo en la penumbra de la noche, escuchando el murmullo incesante de la lluvia, una armonía que parece acompañar el día a día de Nico. Si alguien te hubiera preguntado, habrías elegido otra banda sonora porque ésta no hace sino arrancarte la paciencia, pero nadie lo hizo, así que no te queda más opción que enfurruñarte y vivir con ello.
La capucha de Maki se vuelve hacia ti de nuevo. Espera, ¿está… está temblando?
-Tienes la c-cerradura del portal rota -dice, como si no hubiera mejor tema de conversación.
No puedes evitar poner los ojos en blanco con hastío.
-Lo sé, créeme -espetas-. Tú sola no podrías haber llegado hasta aquí si el estúpido presidente de la comunidad ya hubiera hecho algo con la maldita puerta. Y no creo que el viejo vaya a levantar el culo de su sillón pronto, así que al final tendrá que hacerlo… -titubeas al creer entrever un esbozo de sonrisa en sus labios- Nico.
Sin pensarlo dos veces, abres más la puerta, porque ¿qué demonios estás imaginando, Nico?, y consigues que la luz del interior de tu piso alumbre más el pasillo. El pasillo y el rostro de Maki.
Si estaba sonriendo hace dos segundos, está claro que ya no lo está. Su expresión seria e indiferente vuelve a cubrir su rostro como una máscara, sólo que ya no es seria e indiferente. Bueno, quizás Nico haya cometido un error. Sí, su expresión sigue siendo seria y aburrida, pero sus ojos amatistas no. Sin embargo, eres incapaz de descifrar qué se esconde tras su inquieta mirada. Tienes la ligera sensación de estar presenciando una lucha de sentimientos enfrentados.
Han pasado meses, años incluso, y no crees que vayas a cambiar nunca de opinión. Si hay algo (que obviamente no lo hay) que te haya enamorado de Maki (no, absolutamente no), son sus rasgados ojos violetas. Quizás por eso fue el primer aspecto en el que reparaste cuando la conociste por primera vez. Después de todo, podrá fingir y mentir cuanto quiera, pero a Nico no la engaña nadie, y mucho menos alguien con la ingenuidad de Maki. La honestidad de esos preciosos ojos es lo único que siempre ha sido real.
De repente, una sonrisa genuina (demasiado para tu seguridad) irrumpe en sus labios y te das cuenta de que lleva un rato mirándote de arriba abajo. ¿Qué le resulta tan gracioso? Nico no trabaja en un circo, y obviamente nunca te has vestido de payaso.
-¿Hello Kitty? -pregunta, la risa desbordándose de su voz-. ¿No tenían t-tallas pequeñas de pijamas m-menos infantiles en la tienda?
Oh, eso, piensas, bajando la mirada al estampado de la famosa gata sobre el pecho de tu pijama favorito, compuesto por un bonito pantalón blanco crema y una chaqueta del mismo color con los puños y la cremallera rosas.
-No es infantil, idiota. -Sonríes automáticamente y alzas la mano que no sostiene la puerta con tu pose de idol preparada. Cierras los ojos. El tono de tu voz se transforma-. Es dulce como Nico. Lo mejor de lo mejor para la gran idol Nico-nii.
-Gracias -escuchas que espeta con dura impasibilidad, si al temblor de su voz se le puede llamar impasibilidad-, m-me has arruinado el momento.
Sientes cómo se te cae la sonrisa al suelo y la fulminas con la mirada bajando el brazo de vuelta a tu costado. Apoyas la mano sobre tu estilizada cadera, cubierta por tu perfecto pijama adulto.
-Es de mujer, para tu información -dices, con la barbilla alta-. No se lo he robado a Cocoro, si es eso lo que te preocupa.
Esa decaída sonrisa que creíste ver antes en la penumbra regresa a su rostro como si de una sombra se tratara. Un escalofrío te recorre la columna vertebral. Y Nico no lo entiende, ¿cómo lo vas a entender? Nada de esto tiene sentido.
-¿P-puedo…? -Maki titubea y percibes cómo su garganta se mueve al tragar saliva-. ¿Puedo p-pasar? Está empezand-do a hacer un poco de f-frío aquí fuera. -Sí, eso no lo puedes negar.
Giras la cabeza y miras sobre tu hombro innecesariamente al interior de tu piso. Sí, vale, está recogido (¿cómo no lo iba a estar?), pero… ¿y qué? ¿La dejas entrar así sin más después de todo… eso?
Enfrentas la mirada de Maki con aprensión.
-¿Para qué?
-¿P-Para qué? -repite ella, frunciendo el ceño. ¿Está Nico hablando en chino o qué?
-¿Qué haces aquí, Maki? -El fastidio y el cansancio se filtran en tu voz.
No puedes negar que el alivio inicial de verla vivita y coleando en el rellano de tu puerta está evaporándose poco a poco, dejando paso únicamente a ese amargo resentimiento en que se convirtió la espina clavada en el costado que te llevaste a casa tras tu último encuentro con ella en su estúpida boda.
Sin poder evitarlo, bajas la mirada buscando la prueba en su mano. Lo haces hasta que recuerdas que las tiene escondidas dentro del bolsillo de su sudadera. Ah, cómo no.
-¿Podemos d-discutirlo dentro? -pregunta con desasosiego. Para sorpresa de Nico, una de sus manos se alza velozmente y retira la capucha de su cabeza.
Y tú ya no sabes qué pensar; ni siquiera sabes qué te inquieta más, si la súplica implícita en su mirada o el par de gotas que se deslizan por su rostro y que la manga de su sudadera no tarda en borrar. O lo intenta, puesto que su flequillo sigue goteando. Te es imposible no reparar en lo mojado que está su cabello pelirrojo, casi caoba en esta penosa penumbra. ¿Qué hizo? ¿Darse una ducha bajo la lluvia antes de enviarte el estúpido mensaje?
-¿No trajiste paraguas? -le preguntas, arqueando una ceja-. ¿Estás loca?
Maki deja escapar una seca carcajada sin gracia alguna y evita enfrentar tu incrédula mirada. Una extraña sensación se apodera de ti tras oír ese roto sonido que abandona su pecho.
-Me ap-petecía darme un baño -responde sarcásticamente, volviendo a introducir la mano en el bolsillo-. No me s-sentía precisamente limpia c-cuando salí… -Su voz se desvanece.
-¿De qué hablas? -La pregunta deja tus labios antes de que tu cerebro analice si es una buena idea. Aprietas la mandíbula mientras sientes los latidos de tu corazón acelerarse poco a poco.
-Nada. N-No es nada -susurra con un hilo de voz y los ojos clavados en los pies de Nico-. En s-serio, ¿puedo… entrar p-primero?
Incapaz de mover un dedo, te limitas a observarla, nerviosa.
-Por favor -añade, alzando por fin la mirada.
Parpadeas repetidamente, intentando decidir qué coño hacer con este desastre que se acaba de presentar en tu puerta a medianoche. ¿Qué opciones tiene Nico? Fácil. Muchas, pero si no quieres arrepentirte mañana cuando salga el sol, tus posibilidades se reducen a una. Un estúpido y maldito palito vertical en números romanos (¿qué? Nico aún recuerda algo de su etapa estudiantil, ¿algún problema?).
Respiras hondo y, muy a tu pesar, terminas de abrir la puerta en toda su extensión, porque sí, Nico es débil (hoy, sólo hoy) y escuchar esas dos palabras de la boca de Maki es un tesoro tan excepcional que deberían de clasificarlo como patrimonio cultural.
-Algún día vas a terminar con Nico -mascullas por lo bajini, dando un paso hacia atrás y pegándote al borde de la puerta-. Pasa.
No sabes por qué, pero Maki parece dudar al dar el primer paso hacia ti. El brillo del charco que deja atrás en mitad del pasillo no te pasa desapercibido.
-Te aconsejo que lo hagas ya -dices-, antes de que cambie de opinión y te deje en la calle como un cachorro abandonado.
Atisbas cómo aparta la mirada y aprieta la mandíbula. Sus piernas dan el par de pasos restantes con más urgencia.
-Ni s-soy un cachorro, ni me han abandonado -la escuchas farfullar al poner un pie dentro, a meros centímetros de tus pies… descalzos.
-¡Espera, espera! -exclamas alzando una mano a la altura de su pecho.
Maki se detiene en seco como si le hubieras dado con un bate de béisbol en la cara. Por su gesto torcido, casi podrías pensar que Nico lo ha hecho de verdad.
-¿Ya cambiaste d-de idea?
-¿Eh? No -respondes indignada, sin bajar la mano-. Deja de flipar.
-¡N-No flipo, tengo f-frío!
-Espera un momento, ¿quieres? -insistes-. No sé si te habrás dado cuenta, pero estás empapada y Nico fregó el piso esta mañana.
Los estúpidos labios de Maki se tuercen en una media sonrisa y un leve rubor cubre sus mejillas.
-Nunca p-pensé que escucharía eso -dice con un tono que no entiendes inundando su voz-, no de t-ti.
-¿Quién te crees que soy? -le sueltas, frunciendo el ceño-. Nico es una persona responsable y ordenada. Me gusta tener el suelo limpio; no vivo en una pocilga, genio.
Maki desvía la mirada y la clava detrás de ti. El color sonrosado de su cara se torna más evidente, pero la sonrisa de sus labios apretados no desaparece.
-Yo no… no me r-refería a eso.
¿Pero qué…?
Tus ojos se abren como platos al caer en la cuenta de lo que está hablando la antaño inocente y fácilmente perturbable compositora de μ's.
-¡Eres una pervertida! -gritas, dando media vuelta y encaminándote rápidamente hacia la cocina al otro lado de la sala de estar, cerca de tu pequeña mesa comedor-estudio-. ¡No te muevas!
Tu única respuesta es un preciado silencio, que Nico obviamente no agradece. Estúpida pelirroja…
Cuando entras en tu pequeña pero bien empleada cocina en busca de un par de servilletas y cortas varios pedazos del rollo colocado a un lado de la encimera, no te cabe ninguna duda de que el abrasador rubor ha reptado mucho más allá de tus mejillas. Cómo si Nico quisiera descubrir cuán húmeda estaría…
No, no, no. No vayas por ahí, Nico. ¿Qué demonios estás pensando, idiota?
Sacudes la cabeza, pero no, no es suficiente para extirparte la estúpida imagen que se acaba de pegar a tu estúpido cerebro sin pedirte permiso. Gruñes con fastidio y estampas tu linda cara contra el motón de servilletas que ocupan tus manos. Puf, ¿y tú quieres (no, no quieres, sólo lo vas a permitir) dejarla entrar en casa sin saber a qué ha venido? ¿Sin saber cuánto se quedará?
¿Masoquista? Ja, ja. No, ¿quién ha hablado de masoquismo? Nico simplemente tiene debilidad por pelirrojas estúpidamente hermosas, ardientes y empapadas (¡no en ese sentido!). No es culpa tuya. Tsh, claro que no. Además, nadie lo sabrá nunca, ¿no? El poder de Nozomi no llega tan lejos. Que alguien te ahorque si lo hace. Es preferible acabar con tu sufrimiento de forma rápida antes de que la vergüenza te mate lentamente.
Suspiras con fuerza, despegas las servilletas de tu rostro y regresas con toda la naturalidad del mundo a la sala de estar, porque no, no te afecta. Nico es mejor que esto. Y… vale, al menos Maki te ha hecho caso por una vez en su vida y se ha quedado quietecita en la entrada, estudiando el interior de tu piso con atento interés, por lo que parece.
Su mirada cae sobre ti y se desliza hasta tus manos.
-¿Qué p-piensas hacer? -pregunta con cara de pocos amigos-. ¿Secarme a b-base de servilletas?
Cualquier sonrojo que pudieras tener aún sobre tu rostro desaparece como si alguien te hubiera apretado un botón.
-¿Y tú eres la más inteligente de tu clase? -espetas, devolviéndole una copia de su expresión-. Miedo me da imaginarme al resto. Vaya futuro nos depara con tanta gente inútil bailando por los pasillos de los hospitales.
A pesar de no volver a dirigirle ni una mirada, sabes perfectamente que Maki sigue tus movimientos como un halcón cuando te agachas y colocas los dos pares de servilletas dobladas delante de ella, a la altura de la puerta.
-¿Quieres nombres? -pregunta atrevidamente. El tono de su voz te hace alzar la mirada desde el suelo y darte de bruces con su sonrisilla altanera.
Te incorporas y te encoges de hombros con una mueca indiferente.
-Bueno. Podría salvarme la vida en algún momento.
-¿En serio? -Alza las cejas, divertida-. Entonces asegúrate de q-que los añaden a tu historial clínico como alérgenos con p-posibilidad de riesgo mortal.
-Perfecto. Hazme una lista y déjamela sobre la mesa del fondo -aclaras, señalando hacia tu derecha con el pulgar.
La radiante sonrisa de sus labios alcanza sus ojos por primera vez en mucho tiempo y tu corazón hace un flip-flap seguido de una doble mortal dentro de tu pecho. Whoa, para que luego digan que no se te dan bien las acrobacias.
Te humedeces los labios y respiras hondo (quizás demasiado hondo). Te aclaras la garganta, bajas la mirada y señalas las servilletas que has dejado sobre el suelo, mientras experimentas los estúpidos síntomas de la maldita predilección de tu corazón por los deportes de riesgo, porque no importa lo que pase; no, no. Nico está enfada con Maki. Enfadada, dolida, confusa, disgustada, enfadada, asqueada, confusa y… dolida. Oh, y enfadada. ¿Ya ha dicho Nico cuán enfadada está?
-Pisa ahí encima -ordenas con la tráquea hecha un ocho-. No quiero que me dejes tus huellas de recuerdo en la puerta. Es decir, en el suelo de la puerta, no en la propia puerta.
-Lo pillé, lo p-pillé -asegura, colocando la primera bota sobre una de las servilletas con una mano apoyada sobre el marco de la puerta. Sí, con el tembleque que lleva encima, a Nico no le extrañaría que perdiera el equilibrio y que te dejase en el piso no la huella de la suela de su bota, sino la marca húmeda de su culo. No sabes qué sería peor.
-Lo pillaste, ¿eh? ¿En serio? Qué raro -balbuceas irónicamente con una sonrisa forzada.
Maki alza sus ojos amatistas del suelo tras colocar su segundo pie tal y como le has indicado y te mira con el ceño fruncido.
-¿Estás bien? -Sus labios esbozan otra sonrisa socarrona-. Yo n-no estoy en esa lista, ¿eh? No d-doy alergia, no hace falta que f-finjas un shock anafiláctico.
Repentinamente recuperada, frunces los labios y la fulminas con la mirada.
-Si no te escribes tú en esa lista, te escribo yo -sentencias cruzando los brazos sobre tu pequeño pecho y haciéndote a un lado-. No veo el problema. Muévete hacia delante, anda.
-No, no lo harás. -Maki da un par de pasos arrastrando los pies con las servilletas debajo-. S-Sabes que soy la mejor.
Cierras la puerta con cuidado, giras la llave que nunca quitaste de la cerradura y colocas de nuevo la cadena en el cerrojo. Sólo un troll podría tirar la puerta de Nico abajo. Y no existen. Es reconfortante saberlo.
Das media vuelta y apoyas la espalda contra su dura superficie marrón. No puedes evitar sonreír al ver la entrañable estampa que recogen tus ojos.
Al no recibir respuesta por tu parte, Maki gira la cabeza y te mira entre los mechones de su cabello húmedo por encima del hombro. Literalmente.
-¿Qué? -escupe.
-¿Quieres una foto de recuerdo? -preguntas con una sonrisa pícara-. Ya sabes, por si te entran dudas en el futuro. Así nunca olvidarás que en este momento parecías cualquier cosa salvo la mejor estudiante de una carrera de Medicina.
-Vete a la mierda -te suelta, agachándose para bajar la cremallera lateral de sus botas. Su pelo gotea sobre tu hermoso y radiante piso, y Nico siente unas repentinas ansias de echar a Maki a la calle de nuevo de una patada en su estúpido culo perfectamente delineado por sus estúpidos skinny jeans (no es como si lo estuvieras observando ni nada parecido).
-Gracias -dices sarcásticamente-, aunque dudo llegar antes que tú. Cuando llegues, mándame un mensaje, ¿quieres?, para saber si vale la pena y eso.
La escuchas resoplar con fuerza mientras saca un pie envuelto en una media calcetín de color negro. Fiel a su inteligencia (si es que le queda alguna dentro de su cabeza hueca), Maki deja la bota sobre la servilleta y apoya la planta del pie sobre tu suelo limpio, dispuesta a hacer lo mismo con el otro par.
-Veo que sigues s-siendo el mismo incordio de siempre -le contesta al suelo.
Te encoges de hombros al tiempo que ella saca el siguiente pie y lo planta sobre el piso.
-Hay cosas que no cambian. -La amargura traviesa tu cuerpo como una ola-. Lo sabrías si te hubieras dignado a responderme alguno de los mensajes que te he estado enviando todos estos meses.
Maki se incorpora y se vuelve hacia ti con el rostro cubierto por esa batalla de sentimientos enfrentados que no entiendes.
-Nico, yo… -Aparta la mirada-. L-Lo siento, ¿vale? Es… He estado ocupada.
-No lo jures. La última vez que te vi no me dirigías la palabra y en la siguiente estabas casada. -Escuchar tus propias palabras en voz alta hacen que la bilis se te suba a la garganta, pero Nico sabe que algún día tendría que hacerlo. Para todo hay una primera vez.
Observas cómo Maki tuerce el gesto dolorosamente y te da la espalda cerrando un puño con fuerza y pasándose la otra mano por su pelo mojado.
-No v-voy a hablar de eso contigo, Nico -sentencia con dureza.
Te separas de la puerta.
-¿Por qué no?
-Porque no he venido hasta aquí p-para hablar de eso.
-¿Y qué coño esperabas? ¿Una estúpida fiesta de bienvenida? -Aprietas la mandíbula al recordar-. Me echaste a patadas, Maki, y no entiendo por qué si fuiste tú quien me envió la maldita invitación.
-Lo sé, ¿vale? -exclama dando media vuelta y enfrentando tu mirada acusadora. La rabia dolida de sus ojos te deja de piedra-. Lo sé. Puede que me c-comportase como una idiota, y lo sé. Pero ¿qué esperabas que hiciera? ¿Darles más motivos a t-todos para que continuaran insultándote? D-Decir que mi padre estaba echando humo c-cuando salió corriendo detrás de ti es quedarse corto. Y t-tú no hacías más que empeorarlo todo en vez de cerrar la b-boca y dejarme manejar la situación a mí.
-Sí, ya, porque la manejaste de puta madre, ¿no? -respondes irónicamente-. Hagamos que Nico se largue y ya está, problema resuelto.
-¿Y qué estabas haciendo? Si no recuerdo mal, la decisión de salir corriendo fue tuya, no mía.
Sueltas una carcajada quebrada por no asestarle un puñetazo a la pared.
-Muy bien, ahora échale la culpa al resto -escupes-, porque está claro que la princesa Maki nunca hace nada, simplemente se adapta a las decisiones de aquellos que las toman por ella.
Lo sientes. Al segundo siguiente de terminar de escuchar la reverberación de tu propia voz, sientes el arrepentimiento atravesarte como un rayo, partiéndote en dos. Literalmente. Una parte de ti sigue profundamente enojada y dolida, pero la otra no puede evitar retroceder por dentro, plenamente consciente de que has apretado el gatillo sin pesarlo y no estabas apuntando al techo precisamente. Y te duele. Duele, puesto que a pesar de todo nunca has querido hacerle daño. Sólo deseas comprender qué demonios ha estado sucediendo a tu alrededor durante este último año.
Maki se cubre el rostro con las manos, ocultándote cualquier sentimiento que pueda cruzar su expresión.
-N-No vuelvas a llamarme así -murmura tras la barrera de sus propias manos.
Frunces el ceño, atónita. ¿De todo lo que Nico ha dicho sólo se ha fijado en eso?
-Sabía que sería una mala idea venir aquí -masculla por lo bajini.
Tragas saliva convulsivamente, intentado acallar los frenéticos latidos de tu estúpido corazón.
-Y si lo sabías, ¿para qué… para qué viniste? -preguntas con más suavidad.
Sus manos se deslizan por su rostro hasta detenerse sobre su boca. Sus atormentados ojos amatistas se clavan en los tuyos. No obstante, al segundo siguiente estos evitan tu mirada. Sus manos regresan al bolsillo de su sudadera, pero aun así, el brillo dorado de la alianza en su mano izquierda no te pasa desapercibido, muy a tu maldito pesar.
El silencio que prosigue tus palabras te resulta incómodamente eterno.
-No tenía otro sitio a donde ir. -Su susurro te atraviesa el alma como una daga. No, Nico no esperaba esa respuesta.
-¿Qué significa eso? -preguntas con una débil y triste sonrisa-. ¿Soy tu última opción?
Maki suspira.
-Sí -responde.
-¿Sí? -¿Cómo se atreve a…?
-La primera y la última. -Su mirada regresa a ti y por primera vez en mucho tiempo, te das cuenta de que la emoción que encierran sus ojos es la misma que se vierte en sus palabras. Honestidad. Su boca está siendo honesta, y Nico ya no sabe qué pensar. Si antes no entendías nada, ahora entiendes aún menos.
-¿Y qué pasa con el resto? -dices, luchando por olvidar tu enojo-. Hanayo probablemente no hubiera acabado a gritos contigo.
-No puedo dormir en una residencia de estudiantes, no está permitido. -Ups, cierto, ahí tiene razón. Maki parece haber dejado de temblar después del calor de la discusión-. Con Rin es igual. Honoka aún vive con sus padres. Nozomi y Eli ni siquiera están en Japón, y Umi y Kotori están… fuera de la lista, sería d-demasiado extraño.
Desvías la mirada. De repente el peso de las emociones que ahogan sus ojos es demasiado fuerte como para seguir haciéndole frente.
-Si sólo quieres dormir, ¿por qué no vuelves a casa? -preguntas-. Tienes veinte habitaciones para hacerlo, ¿no?
Atisbas cómo deja escapar una mueca, desviando también la mirada. Tsh, vaya par de idiotas, ¿eh? Ni siquiera sois capaces de mantener una conversación civilizada sin dejar de hablarle al resto de la casa, sobre todo al suelo, el gran amigo de Nico ahora mismo. Probablemente sea lo único en toda tu vida que logres memorizar en apenas unos minutos.
-Precisamente allí… -escuchas que comienza a decirle Maki al sofá de tu izquierda-, es donde… -titubea-, no quiero estar.
Sonríes lánguidamente y alzas la mirada, porque después de todo, eres Nico, y no hay nadie mejor que Nico para quitarle hierro a cualquier asunto con una sonrisa y una estúpida broma.
-¿Es tu primera vez huyendo de casa?
-¿Cuántos años tengo? ¿Quince? -espeta Maki irritada, clavando la mirada de nuevo en tu rostro.
La sombra de tu sonrisa parece aplacarla con la eficacia de un ovillo de lana a un gato.
-Entiendo que no quieras volver -dices, aunque no, Nico no lo entiende-, pero… ¿y un hotel? ¿No estarías más cómoda?
-Mi padre controla todas mis cuentas. -Whoa, ¿está de broma?-. Estoy segura, y no quiero que se entere de nada de lo que ha pasado. -Y Nico no anhela más que preguntarle directamente qué demonios ha pasado, porque tú tampoco te estás enterando de la misa la mitad, pero está claro que Maki ha recurrido a la gran Nico buscando… ¿refugio?- Ya… lo conoces.
Tuerces el gesto.
-Sí, para mi desgracia sí. -Pones los ojos en blanco-. Nico podría haber vivido el resto de su vida sin esa pequeña presentación.
Observas cómo deja escapar una sonrisa mustia oculta tras la apariencia de una mueca. Agacha la cabeza y clava la mirada en tus bonitos pies descalzos.
-Lo siento -susurra tras varios segundos con un hilo de voz tan tenue que apenas consigues descifrar sus palabras. Dos palabras que te hielan la sangre en las venas cuando cobran sentido dentro de tu cabeza, porque ¿desde cuándo se disculpa Maki? ¿Qué está pasando? ¿Se acerca el fin del mundo y nadie le ha enviado un mensaje de advertencia a Nico?
-¿Por qué? -preguntas, sorprendida.
-Por todo, supongo. -Estira el cuello y su mirada vuela hasta el techo, evidentemente eludiendo aún tus ojos rubís-. Por su actitud, por la de toda mi familia en general. P-Por la mía. -Una pausa-. Por la de… Yukio -añade entre dientes.
Desde que escuchaste aquel día ese estúpido nombre, has sido incapaz de olvidarlo y maldita sea, Nico no desearía sino borrarlo todo de su memoria para siempre. Bueno, borrarlo a él de la faz de la tierra sería más producente, efectivo y ecológico, seguro.
-¿Gracias? -respondes con incertidumbre-. Quiero decir, es evidente que merecía una disculpa después de… eso. -Atisbas cómo Maki frunce el ceño sin bajar la cabeza-. Pero sólo puedo aceptar la tuya, ¿sabes? No te corresponde a ti responder por cualquier otro Nishikino.
-Sí, eso imaginaba -murmura, volviendo por fin la vista hacia ti con un orgulloso esbozo de sonrisa.
Hala, muy bonito. Disculpa arruinada. Y Nico se lo había creído.
-Eres increíble -le escupes como si de un insulto se tratara.
Su estúpida sonrisa gana fuerza como si alguien se la hubiera insuflado con un soplete.
-Lo sé.
-No -niegas rápidamente, alzando un dedo-, no ese tipo de increíble. No flipes. -Das un par de pasitos, esquivando sus botas en medio del camino, hasta detenerte junto a ella-. Nico va a consentirte sólo por esta vez, ¿me oyes? Y me deberás un gran favor del tamaño de la copa de un pino.
Su sonrisa titubea y una oleada de estúpida satisfacción inunda tu cuerpo.
-¿Qué tipo de favor? -pregunta con escepticismo.
-Hmm… No sé. Cualquier cosa. Tampoco te lo voy a pedir ahora, no salgas corriendo. Tiempo al tiempo.
-Yo nunca salgo corriendo -rezonga por lo bajini.
Haciendo oídos sordos a su deshonesta altanería (Nico no tiene tiempo para tonterías), tu mirada aterriza en sus pies. Vaya desastre…
-Lo que tú digas. Por lo pronto, ayuda a Nico a no tener que volver a fregar el suelo, ¿quieres? Quítate la ropa.
-¡¿Eh?!
Su exclamación te hace abrir los ojos de par en par como si alguien te hubiera pegado dos pegatinas en la cara. ¡¿Qué?! ¡No, no! El rubor repta por tu rostro en tiempo récord, porque Nico evidentemente no quería hacer alusión a… eso, y no te cabe duda alguna de que probablemente estés tan roja como el ridículo pelo mojado de Maki.
-¡No, no, ¿qué estás pensando?! -sueltas alterada, alejándote de ella como si tuviera la peste-. Como si Nico quisiera v-verte sin ropa. ¡No es por eso, absolutamente no es por eso! Es… P-Por si no te has dado cuenta, estás empapada, -genial, ahí está esa palabra otra vez-, y me estás encharcando el piso. -Señalas el suelo con una mano, demostrando la lógica (porque la hay) de tu razonamiento.
Maki, tan sonrojada como tú, sigue la línea invisible de tu dedo y clava la mirada en sus estúpidos pies.
-Oh -se limita a decir, moviendo los deditos dentro de sus oscuras medias. El tenue chapoteo te enerva.
-Sí, oh -coincides-. Necesitas una ducha de agua caliente antes de que pilles una neumonía, parece mentira que tenga que decírtelo yo, señorita 'soy la más lista de mi clase'. Y a Nico no le apetece limpiar tu rastro hasta el cuarto de baño. Así que… -Dejas la frase en el aire y la instas a quitarse algo que chorree (malditas palabras) con un gesto de tu mano.
Los ojos de Maki te atraviesan con desconfianza.
-¿Cómo sé que no lo dices sólo para verme en ropa interior?
Automáticamente pierdes cualquier agradable expresión que Nico pueda tener pintada en su precioso rostro, quedándote con cara de póker y los ojos entornados.
-Ahí tienes la puerta -concluyes, señalando con un dedo de tu linda mano el pedazo de madera detrás del cuerpo de Maki-. Eres libre de irte.
-No, gracias; ya estoy dentro -dice con impasibilidad, sin hacer ademán de desviar la mirada a su espalda-. ¿P-Podrías al menos, no sé… darte la vuelta?
-Oh, ¿la pequeña Maki tiene vergüenza de que Nico la vea en ropa interior? -Sonríes maliciosamente, olvidando tu propia incomodidad-. ¿Temes que Nico descubra tu predilección por los conjuntos inocentes de corazoncitos?
Cualquier titubeo que pudiera existir en el cuerpo y la actitud de Maki desaparece en un abrir y cerrar de ojos. Ésta cruza los brazos y aferra el dobladillo de su sudadera a cada lado con fuerza y determinación.
-Muy bien, quédate ahí -espeta enfrentando tu estupefacta mirada sin rastro de pudor. No se atreverá, ¿no?- No me importa.
Con un ágil y rápido movimiento, Maki eleva la prenda sobre su cabeza, arrastrando la camisa en el proceso y dejando su pálido vientre plano a merced de la pobre vista de Nico, cuyos ojos no (no, definitivamente no) se deslizan por su reluciente y húmeda piel hasta clavarse en su sugerente sujetador negro de encaje.
No tienes claro si has perdido el aliento o si algún fenómeno extraño te lo ha robado. Probablemente esta última puesto que hace falta mucho, mucho más que esto para dejar a Nico con la boca seca. Esas estúpidas curvas y esos estúpidos montículos redondeados que asoman por encima de las copas de su sujetador no son suficientes. No, ni en broma.
Sin saber por qué, no puedes evitar humedecerte los labios (es un instinto natural, ¿vale? ¿Qué otra opción tiene Nico?).
Antes de poder darte cuenta, Maki ya se ha deshecho de la sudadera y la camisa, soltándolas a sus pies en el suelo mojado, y se dispone con toda la naturalidad del mundo a desabrochar el primer y único botón de sus jeans ceñidos. Un inexplicable calor asciende por tu cuerpo al atisbar cómo una de sus manos desliza el cierre de la cremallera, abriéndola. Oh, mierda, ya estás desarrollando una fiebre. ¿Cuándo demonios cogiste frío?
La tela vaquera deja atrás sus caderas y se despega de sus largas piernas a medida que Maki lucha por quitarse lo que posiblemente sea una segunda piel en toda regla (¿en serio puede alguien ponerse algo tan ajustado sin perder la circulación de los pies?). Como era de esperar, tu… ¿amiga? termina peleándose graciosamente con el pantalón y sus propios tobillos, regalándole a Nico una buena vista de su escote, el cual definitivamente no estás observando como una vieja estatua pervertida.
Tras unos pocos segundos de tirones y saltitos de equilibrio, los jeans se desploman sobre el montón de ropa en el suelo, llevándose consigo las medias negras. Maki se incorpora y te observa con las manos en las caderas, o eso supones porque no, no vas a bajar la mirada. Nico no va a bajar la… Whoa, bonitas bragas; cómo pudiste pensar que alguien tan minuciosa como Maki no conjuntaría hasta su ridícula ropa interior. Maldita perfeccionista…
-¿Te gusta lo que ves? -Su voz te da una patada en la cara con la fuerza de un titán, despegando tus ojos de sus… atributos… bajos.
Alzas la mirada y no tardas ni dos segundos en arrepentirte. No porque tengas que deslizar los ojos por el resto de su esbelta figura en el proceso (no, eso a Nico no le molesta), sino porque al hacerlo lo único que te recibe al final del magnífico y envidiable camino es su estúpida media sonrisa rebosante de soberbia. Ja, cómo si supiera la respuesta a su propia pregunta.
Sin embargo, algo te inquieta. Algo en su rostro no se encuentra en armonía con esa sonrisa. Sus ojos… Sus ojos no reflejan la curvatura de sus labios.
-E-Es obvio que no -respondes rotundamente, cruzándote de brazos. Alzas la barbilla orgullosamente y cierras los ojos, porque no, no te interesa para nada la imagen que tienes delante-. Nico sólo estaba esperando a que dejaras de avergonzarte a ti misma desnudándote en frente de personas que nunca te pidieron un estriptis.
Abres un solo ojo y atisbas cómo Maki se encoge de hombros como si nada de esto fuese con ella.
-Pensé que querías comprobar mi exquisito gusto en ropa interior. Oh, y que dejara de mojarte el suelo, -señala el previamente existente charco, ahora cubierto por su estúpida ropa empapada-, aunque lo primero parecía más acuciante. -Eleva los ojos del suelo y clava su mirada indiferente en ti-. ¿Dónde escondes el baño?
Abres el otro ojo, porque ¿qué sentido tiene seguir guiñándole un maldito ojo? Nico no está sugiriéndole nada.
-¿Dónde lo escondo? -repites frunciendo el ceño-. Debajo de la chaqueta del adorable pijama adulto de Nico obviamente no. No hace falta que lo busques ahí.
Maki te imita y arruga la frente.
-No iba a hacerlo, no te preocupes. No pienso tocar ese pijama adulto -Ouch, golpe bajo. Da un paso sobre el montón de ropa y se aproxima a ti, adentrándose en tu pequeña sala de estar-. Vale, ya lo busco yo. Veo que se te ha interrumpido la sinapsis neuronal por tener por primera vez a alguien en cueros en tu piso.
-¡No es la primera vez! ¿Quién te crees que soy? -exclamas a la defensiva, al tiempo que ella pasa a tu lado como una foca perdida en medio del bosque, porque ¿adónde va? Maldita Nishikino, entra en la modesta casa de Nico como si fuera suya-. Y no se me ha interrumpido nada. Deja de hablar raro.
Maki se acerca a la puerta entreabierta de tu dormitorio y… joder.
-Ésa… -empiezas a decir. Te aclaras la garganta. Nico, no es el primer culo desnudo que ves, ¿qué demonios te pasa? Menos mal que todavía está en bragas-. Ésa no es… la puerta. -Sacudes la cabeza-. L-La de tu izquierda.
-Oh, gracias por la ayuda -te suelta irónicamente, cambiando el rumbo y dirigiéndose hacia el (ahora sí) cuarto de baño, meciendo esas suaves caderas a cada paso de sus estúpidos pies.
Al segundo siguiente, su cuerpo desaparece tras la puerta del baño, que se cierra con firmeza y sin mucho titubeo detrás de ella.
El silencio te hace compañía repentinamente. El silencio, el montón empapado de ropa y el rastro de sus pisadas húmedas en el suelo. Genial, muy bonito.
Después de varios parpadeos de incredulidad, porque sí, que alguien te ahogue con una cuchara si esperabas visita esta noche (mucho menos la suya), sales de tu ridículo estupor con la maravillosa gracia de una idol con la grandeza de Nico-nii. No tienes ni idea de qué tipo de gracia es, pero que se acabe el mundo si no lo haces.
-¡Las toallas están en el armario junto a la ducha! -le gritas a las paredes de tu piso, que evidentemente no te responden.
Más vale que te haya oído (no, las paredes no; la estúpida princesa encerrada en el cuarto de baño), porque siendo testigo de su inexistente sentido común en los aspectos cotidianos de la vida que cualquier persona consideraría normales (sí, normales en plan "mira, he nacido sabiéndolo, no soy idiota"), no te extrañaría que acabara secándose con el papel higiénico con tal de no utilizar y compartir la única toalla colgada a simple vista detrás de la puerta; la misma toalla con la que Nico se secó después de su relajante y calentita ducha hace un par de horas.
Y tú ya no sabes qué te da más miedo, si imaginarla capaz o imaginarla secándose con tu toalla.
Mientras el tenue sonido intermitente de la ducha te persigue por tu pequeño apartamento como un molesto mosquito zumbando junto a tu oído, consigues recoger el montón de ropa húmeda de la entrada (y el par de pertenencias que Maki guardaba en los bolsillos de su pantalón) y llevarla hasta la cocina sin dejar un río en el suelo. Allí la lavas a mano en el fregadero, porque sí, Nico no tiene tanto presupuesto como para invertirlo en un innecesario gasto de luz al encender la lavadora sólo para tres prendas de ropa. No, inútil. Además, Nico tiene que admitir que no puedes sino disfrutar escuchando los grititos ahogados de Maki cada vez que le robas agua caliente al abrir el grifo.
Tras una sinfonía de agua, chillidos y alguna que otra risilla por tu parte, la generosidad te gana la estúpida batalla y decides que ya le has hecho pagar suficiente. Escurres la ropa con toda la fuerza que puedes reunir a estas horas de la noche (bastante, ¿vale?) y la tiendes en tu pequeño y bonito tendedero interior, abierto al final de la cocina, en la solana.
Realmente esperas que esté seca mañana (hoy, teniendo en cuenta la hora) por la mañana a pesar del frío que hace fuera y el sol que obviamente ahora brilla por su ausencia, porque no deseas que Maki se largue con parte de tu hermoso armario encima y con gran riesgo de que nunca más vuelva a dirigirle la palabra a Nico. ¿Cómo recuperarás tu ropa entonces, pegando carteles en farolas y semáforos con el bonito mensaje 'se busca preciada ropa perdida'? No, Nico tiene más dignidad, gracias.
A continuación, tras dejar sobre la mesa del salón el reluciente móvil negro de pantalla táctil, las llaves y el par de billetes y monedas que encontraste en los bolsillos de su jeans, secas el charco que aún resplandece en el piso con la fregona, aún húmeda debido a la cuidadosa limpieza que hiciste al anochecer tras regresar del trabajo, y te adentras en tu dormitorio en busca de algo que pueda servirle a Maki (Nico no está de humor para que la reina de la inteligencia lógica se pasee por tu casa en ropa interior).
Mm, esto no… Esto otro tampoco. Oh, esto debería bastar.
Agarras una camiseta de manga larga y cuello redondo que sólo tienes la vergüenza de ponerte dentro de casa, porque ¿hola?, las regalaban en aquel concierto y al parecer eran de talla "única", y bueno, el dobladillo te llega a las rodillas y estás segura de que dentro podría caber Nico, sus tres hermanos, el perro que no tienes y un minion de peluche.
Cierras el cajón de tu armario, aferras un par de sábanas, y regresas sobre tus pasos. Lanzas las sábanas azuladas hacia el viejo sofá; alguien tendrá que dormir ahí, ¿no?, porque Nico no piensa compartir su cama. Dejas la camisa bien doblada sobre tu maravillosa mesa comedor-estudio y te sientas frente a tu portátil rosado, que no ha esperado por Nico y ha entrado en modo reposo sin preguntarte. Lo vuelves a encender y el molesto ruidito del ventilador inunda el repentino silencio de la estancia.
La ducha ha dejado de sonar.
Esperas que la puerta del cuarto de baño se abra de un momento a otro, pero pasan los segundos y no sucede nada. Parpadeas y centras tu atención en la reluciente pantalla sentada frente a ti sobre la superficie de madera de la mesa. Haces 'click' en la barra superior, abres una nueva pestaña y revisas las últimas noticias del día sobre tu idols favoritas.
No sabes si es percepción tuya o si alguien ha detenido el tiempo con algún mando a distancia mágico, pero sientes que los segundos se convierten en minutos y los minutos, en horas; y nada sucede dentro de tu piso. Ni siquiera un estúpido ruido que indique que efectivamente Maki se ha presentado en tu puerta y no ha sido más que una alucinación. Pero no, sólo te hace compañía el runrún del ventilador de tu portátil.
Inquieta, desvías la mirada a la esquina inferior de la pantalla y compruebas la hora que señala la barra de tareas. 00:47. ¿Ya ha pasado más de media hora y Maki aún no ha dado señales de vida?
Aferras la estúpida camisa poniéndote de pie y te acercas a la puerta del cuarto de baño. Percibes el calor del vapor de agua que se esconde al otro lado filtrarse por el imperfecto hueco que existe entre el borde inferior de ésta y el suelo. Esperas unos segundos, luchando por escuchar algo, lo que sea; sin embargo, lo único que llega hasta tus oídos son los rápidos latidos de tu estúpido corazón dentro de tu pecho.
Golpeas la superficie de la puerta suavemente con los nudillos de tu mano libre un par de veces.
-¿Maki?
No hay respuesta.
-¿Maki? -Nada. Esperas y cuentas hasta diez. Vuelves a llamar a la puerta-. Maki, ¿estás bien?
Apenas has aferrado la manilla cuando su voz entumecida resuena débilmente desde el otro lado.
-S-Sí. -Su voz se quiebra. Una pausa-. U-Un momento.
Frunces el ceño sin poder evitarlo y apoyas la frente contra la puerta. La inquietud te atenaza las entrañas. Escuchas el fluir del agua del lavamanos seguido de un par de golpes inconexos y una inspiración brusca.
-Maki, en serio -insistes-. ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?
-N-Nico, sólo dame un momento, ¿vale?
El tenue barullo de alguien trastabillando al otro lado de la puerta llega a tus oídos. Te humedeces los labios, respiras hondo y abres la boca con toda la intención de decir algo. No obstante, algo dentro de ti te hace morderte la lengua y retractarte. Estás segura de conocer perfectamente la respuesta que te gritará Maki, y a pesar de lo que cualquiera pueda pensar, hoy Nico no tiene ganas de empezar otra estúpida discusión.
Así que te limitas a esperar.
Y esperas.
No sabes durante cuánto tiempo, pero esperas, ahí, de pie delante de la puerta, escuchando cada uno de los ansiosos movimientos de Maki dentro de tu pequeño cuarto de baño, mientras intentas buscar alguna excusa barata que te permita negar tus sospechas. Pues a pesar de las pullas y el sarcasmo, Nico no ha podido evitar deshacerse del mal presentimiento que se adhirió a tu piel nada más sobresaltarte al recibir su primer mensaje.
Tras varios segundos infinitos más, la puerta se abre ligeramente y el vapor del interior se vierte con más fuerza sobre ti. No hay rastro de Maki, sólo del espejo empañado sobre el lavamanos.
-¿Nico? -Su temblorosa voz te llama desde detrás de la puerta.
-Sigo aquí.
-¿T-Tienes alguna camisa de sobra o… algo?
-Sí, claro.
-Que me sirva. -Vale, no hacía falta aclarar tanto.
Metes la mano con la camiseta púrpura por la rendija de la puerta abierta. El calor del interior te acaricia la piel del antebrazo.
-¿Pensabas que Nico no estaría preparada para visitas inoportunas en mitad de la noche?
Sueltas la prenda cuando notas algo tirar de ella con ferocidad, arrebatándotela con tanta fuerza que te extraña no quedarte sin brazo. Whoa, ¿dejaste entrar a Maki o al tiranosaurio Rex? A pesar de la brusquedad del gesto, su mano nunca roza la tuya, y Nico no puede sino estar agradecida. Sí, agradecida; bien te la podría haber arrancado de un mordisco.
-¿A-Rise?
Cruzas los brazos sobre tu pecho orgullosamente.
-Sí, ¿algún problema? -sueltas a la defensiva-. Las regalaban en su último concierto en Akihabara antes de comenzar su gira internacional por el resto de Asia.
Maki te responde con un simple y aburrido 'hmm'.
Tras unos segundos y otra fuerte inspiración por su parte, la puerta se termina de abrir completamente y tus inquietantes sospechas quedan confirmadas. La camiseta le queda como un guante y cubre lo suficiente de sus esbeltos muslos como para no crear malentendidos entre las neuronas de tu estúpida cabeza. Pero no es eso lo que te preocupa. No. Lo que te hiela la sangre en las venas son sus ojos cansados y enrojecidos. Unos ojos que evidentemente hacen todo lo posible por evitar tu mirada.
-Nunca pensé que tendrías algo de mi talla -murmura, alzando levemente los brazos y clavando la vista en las mangas violetas que terminan justamente donde deberían terminar, un par de centímetros más allá de sus muñecas, y no tan lejos de su mano como para que no se le vea ni la punta de los dedos (no, obviamente eso no le pasa a Nico, ¿está claro?). La toalla color crema con la que ha debido de secarse cuelga de una de sus manos, y Nico da las gracias al universo al verificar que tu toalla sigue intacta y que no te ha dejado sin papel higiénico.
-Talla única -explicas, descruzando tus propios brazos y dejándolos caer a cada lado de tu cuerpo-. ¿Cuánto tiempo llevas ahí…? -Dejas la frase en el aire, deseando que Maki sea capaz de entenderte sin obligarte a decir esa palabra en voz alta.
Ella alza la cabeza y te mira con el ceño ligeramente fruncido.
-¿Qué? ¿Cómo que cuánto tiempo llevo? No lo sé, no tienes ningún reloj en el baño. Así que, ¿desde que me viste entrar? -Se encoge de hombros-. Pero no te preocupes, no he malgastado ni un centilitro de agua si es eso lo que te preocupa. ¿Qué hago con esto? -pregunta, desviando el tema de conversación y tendiéndote la toalla.
-Dámela -respondes, aceptándola. Tus dedos rozan sutilmente los suyos, pero agarras la toalla como si no hubiera sucedido nada y das un paso atrás-. No... No es eso a lo que me refería. -Clavas tus ojos rubí en su mirada amatista, que bajo capas y capas de estoicismo esconde herméticamente cualquier tipo de emoción en su interior. Tu voz sale con la volatilidad de un susurro-. ¿Cuánto tiempo llevas llorando?
Las líneas de su rostro se tensan y sientes cómo cae otra barrera más a su alrededor. Y lo sabes. No va a responderte.
-¿Podemos hablar de cualquier otra cosa? -espeta con dureza, pasando junto a ti y acercándose al sofá.
-Maki…
-No quiero hablar de ello, Nico. Olvídalo. -Dándote la espalda, se inclina un poco y coge una de las sábanas que has dejado antes sobre éste, desdoblándola y estirándola sobre su superficie desgastada.
Suspiras, palpando la humedad de la toalla que cuelga de tu mano.
-¿Has cenado al menos? -dices, dando por perdida la respuesta a tu primera pregunta.
-No tengo hambre -murmura sin volverse hacia ti.
En serio, ¿y este cambio de humor? Si Nico hubiera sabido que una ducha caliente convertiría a Maki en un dolor en el culo mucho más lacerante e insufrible, no la hubieras dejado ni pisar el estúpido cuarto de baño.
-No es eso lo que Nico te ha preguntado.
Maki deja de hacer lo que quiera que esté haciendo durante un par de segundos, quedándose inmóvil, sin volverse hacia ti.
-Sí -responde, envolviendo un mechón de su cabello húmedo alrededor de un dedo-, antes de salir.
Resoplas y te diriges hacia la cocina.
-Mentirosa -mascullas justo al poner un pie en el interior. Abres la puerta de la lavadora y sueltas la toalla dentro. Estúpida pelirroja consentida, ¿por qué tiene que ser siempre tan complicada?
Cuando regresas, te das cuentas de que Maki ha conseguido doblar en dos ambas sábanas para cubrir impecablemente las dimensiones de tu ridículo e incómodo sofá, y ahora se dispone a sentarse encima.
-¿Estás segura de que no quieres comer nada? -vuelves a preguntarle, deteniéndote delante de la mesa sobre la que descansa tu portátil aún encendido, a un lado de Maki y el sofá-. No me importa calentar algo, en serio; tengo sobras en la nevera.
-De verdad, estoy bien. -Y si es verdad, ¿por qué sus ojos continúan evitando la presencia de Nico?-. Sólo necesito descansar. -Hace ademán de acostarse.
-Así no.
Tu voz la detiene en seco y su mirada se clava en ti visiblemente molesta.
-¿Qué?
-Aún tienes el pelo mojado -señalas-. La casa de Nico, las normas de Nico. -Para hacerle ver que hablas en serio, caminas en dirección al cuarto de baño, donde guardas un pequeño secador plegable de viaje-. Si te quieres morir de hambre, es problema tuyo, pero no voy a permitir que pilles un resfriado. Además, si te acuestas así, no habrá quien peine un solo pelo de esa obtusa cabeza cuando te despiertes.
-No me importa -la escuchas mascullar entre dientes.
-A Nico sí. -Abres el último cajón de madera bajo el lavamanos y cierras el puño sobre tu lindo y estilizado secador rojo y blanco. Lo cierras y vuelves al salón, mientras desenrollas el alambre que mantiene el cable cuidadosamente recogido-. La casa de Nico, las normas de Nico.
Descubres que Maki te observa con mala cara tras dejar el alambre sobre la mesa, agacharte para enchufar el secador a la corriente eléctrica y dar media vuelta para enfrentarla con una sonrisa victoriosa.
-Está bien -se rinde finalmente-, haz lo que quieras.
Sientes cómo tu sonrisa tira un poco más de tus labios y te aproximas a ella con la divina gracia natural de la adorable Nico-nii.
-Levántate -ordenas, intentando que la orden no suene tan brusca como lo parece en tu cabeza.
-¿Para qué?
-Para bailar y jugar al Twister -dices sarcásticamente, poniendo los ojos en blanco. Sacudes el secador en tu mano-. ¿Para qué va a ser, genio? Para secarte el pelo.
-Puedo hacerlo yo sola. -La irritación es la única emoción que se filtra en su tono de voz.
Vale, sí, quizás pueda hacerlo sola, pero Nico es un adulto responsable y sólo desea asegurarse de que Maki no se quema esas estúpidas neuronas que guarda dentro de su duro cráneo con el aire caliente del secador.
Meneas la cabeza de un lado a otro y le haces un gesto con tu mano libre para que levante su estúpido culo de una vez por todas de tu estúpido sofá.
-La casa de Nico, las normas de Nico.
-¿Puedes dejar de repetir eso antes de que decida pegarme un tiro con tal de no volverte a escuchar más nunca? -espeta.
-Entonces levántate.
-Ya voy, cállate.
Sonríes con los labios apretados al ver cómo Maki se pone de pie y se hace a un lado. Tú tomas su lugar y te sientas con las piernas abiertas en el borde del sofá. Sin necesidad de ninguna palabra por parte de Nico, Maki parece entender lo que esperas de ella, puesto que se acerca unos pasitos a ti y se deja caer sobre el suelo hasta quedar sentada entre tus piernas, con su nuca observándote expectante. Sus hombros rozan con la ligereza de una pluma tus muslos a través de la tela aterciopelada de tu pijama adulto.
Sostienes el secador con firmeza y aprietas el botón de encendido. Compruebas la temperatura con tu otra mano y apuntas a su cabeza prestando especial atención a la distancia entre su pelo y el secador con el fin de no quemarle una oreja. Tus dedos se deslizan casualmente entre los mechones de su cabello pelirrojo y no puedes evitar maravillarte con las sensaciones que ahogan tus sentidos.
Siempre supiste que el pelo de Maki no podría estar mejor cuidado con todo el dinero que se mueve bajo su apellido, pero nunca imaginaste que sería tan fino y suave al tacto. Nico nunca imaginó que algún día llegaría a verse sobrecogida (sin segundas intenciones ni nada parecido) por el aroma de su propio champú de manzana mezclado con el espeso olor del aire caliente del secador, y bajo todo ello, la esencia natural de la piel y el cabello de Maki.
No lo puedes evitar, pues sí, ¿para qué luchar contra toda esta nebulosa de sensaciones cuando podrías simplemente disfrutar del momento y fingir que todo es normal por una vez en tu vida? ¿Que todo tiene sentido? Porque, además, a medida que pasan los segundos, Maki no hace más que recostarse poco a poco contra el sofá (no, el sofá es lo de menos) y tus piernas (esto es lo de más). Y Nico no piensa decir ni mu al respecto, no cuando Maki parece comenzar a relajarse en tu presencia después de días, meses y años anhelándolo en secreto sin saberlo.
Sí, ahora sí lo sabes; los últimos acontecimientos sucedidos durante la ceremonia de su… boda fueron lo suficientemente desgarradores como para ser incapaz de seguir fingiendo que tales sentimientos no existen dentro del doble fondo de tu pequeño corazón. Así, no te ha quedado más remedio que ser honesta contigo misma, aceptarlos y convivir con ellos día tras día. Sin embargo, que hayas sido lo suficientemente valiente como para reconocerlo ante el espejo, no significa que tengas que hacerlo frente al resto del mundo… y mucho menos frente a Maki, quien ahora más que nunca se encuentra a años luz de ti.
Que la excusa del secador esté dando sus frutos y ella esté sucumbiendo a tus encantos en silencio es la única razón que te mantiene la boca cerrada en este momento, pues cuanto más se prolonga el silencio y más se recuesta ella contra tus piernas, más son los interrogantes que se acumulan en tu interior. No hay nada que Nico desee más en este instante que saber por qué Maki se enojó tanto después de la celebración de la boda de Eli y Nozomi, por qué nunca te volvió a dirigir la palabra, por qué se cerró en banda y se dedicó a ver pasar los meses ignorándote. Por qué nunca te comunicó que tenía pensado casarse, y joder, por qué se casó con un idiota. Qué sucedió para que nunca te devolviera ni una mísera llamada ni respondiera ninguno de tus mensajes. Qué ocurrió para que nunca se presentase en la fiesta de cumpleaños de Rin, una de las personas más importantes en su vida, cuando hubo confirmado el día anterior que iría.
Qué ha sucedido hoy mientras tú hacías tranquilamente la cena y te sentabas en la mesa a comer, ignorante de todo cuanto aconteciera en su vida, para que se haya presentado en tu puerta con la mirada perdida y pinta de fugitiva, calada hasta los huesos, sin nada más que las llaves de su casa, el móvil y 1.520 yenes en efectivo.
No obstante, no la interrogarás. Eres idiota y lo sabes, pero no lo harás; pues sea lo que sea lo que haya ocurrido hace varias horas, no crees que Maki tenga ganas de afrontar un interrogatorio. Probablemente, de haber deseado uno, habría acudido a cualquier otro. Habría acudido a casa de sus padres y no al destrozado piso de alquiler de Nico. Todo tiene una razón de ser, ¿no? ¿No es eso lo que dicen esos ininteligibles filósofos?
Además, tú no eres su padre, ni siquiera eres como su padre. Maki está haciendo todo lo posible (al parecer) para que el príncipe Nishikino no se entere de lo que quiera que haya ocurrido. Maki está haciendo todo lo posible para que ese arrogante desagradable que se hace llamar su padre no la someta a un interrogatorio. Nico no será menos. Nico no se rebajará a su nivel de hipócrita engreído.
Tus dudas pueden esperar, pues ¿qué son unas horas o días más, cuando has estado esperando meses, incluso años? Nada, no cambiarán nada. Lo único que cambiaría si la jodieses ahora, sería la confianza de Maki. Y Nico prefiere esperar una eternidad a perder lo poco que te queda de ella.
De repente, sientes cómo su brazo se aprieta contra tu pantorrilla y no puedes evitar sobresaltarte cuando las yemas de sus dedos acarician el empeine desnudo de uno de tus pies. Te muerdes el labio, pugnando por no soltar una carcajada, porque sí, ¿qué pasa?, Nico es una persona sensible y los pies son tu talón de Aquiles, nunca mejor dicho. Es más, ¿qué estás haciendo, Maki? ¿Qué coño significa esto?
Dejando los movimientos del secador y tus dedos en su cabello en piloto automático, bajas la mirada hasta tu pie movida por la curiosidad, como si necesitases verlo para creerlo. Sin embargo, cualquier cosquilleo que pudieras sentir sobre la piel muere al percatarte de algo en lo que nunca desearías haber reparado.
Es su mano izquierda… La mano donde brilla el anillo dorado en su dedo anular.
Sin pararte a pensarlo, retiras el pie bruscamente, apretándolo contra la parte baja del sofá.
-¿Qué pasa? -te pregunta Maki suavemente, girando ligeramente la cabeza hacia el lado contrario donde tu mano sostiene el secador, y te mira por encima del hombro con una extraña expresión llena de preocupación.
-Me estás haciendo cosquillas. -Tu respuesta suena mucho más seca y dura de lo que esperas, incluso para tus propios oídos. Aprietas la mandíbula, maldiciéndote por dentro.
La cabeza de Maki regresa al frente y se agacha ligeramente.
-Lo siento -murmura, tan bajo que su voz se mezcla con el ruido del motor del secador.
Pero tú lo escuchas y entiendes ese desconocido par de palabras. Bueno, no, no lo entiendes. Es Nishikino Maki y se trata de la segunda o tercera vez que se disculpa en la insignificante hora que lleva en tu piso cuando nunca lo ha hecho en toda su vida. ¿Qué demonios está pasando?
Pasas tu mano una última vez por su cabello para comprobar que has eliminado cualquier rastro de humedad y apagas el secador. Tragas saliva y luchas por que tu voz suene mucho más relajada y casual.
-Listo -confirmas con una forzada sonrisa de complacencia.
Maki no se mueve.
-Ya te puedes levantar -susurras, aún con la sonrisa pegada sobre tu cara-, si quieres.
Su suspiro inunda el aire al tiempo que su cuerpo se pone en movimiento, incorporándose. No sabes cómo lo hace, pero logra ponerse de pie delante de ti sin volver a rozarse con tus piernas ni tu pijama.
-¿Ya me puedo acostar o tienes ganas de jugar a otra cosa primero?
Escuchas la indiferencia de su voz, pero sientes cómo las palabras que salen de su boca se diluyen en tus oídos. Al incorporarse, sus piernas han quedado perfectamente alineadas a la altura de tu mirada, y no puedes comprender cómo no te has dado cuenta antes del hematoma verdoso que ensucia la perfecta piel blanquecina de su muslo, parcialmente oculto por el dobladillo de la camiseta que le has prestado. ¿Pero qué…?
Frunces el ceño y sin ser consciente de lo que estás haciendo, estiras el brazo y acaricias su piel delicadamente justo debajo de la fea marca, que Nico juraría por su vida que tiene más de cinco centímetro de diámetro. ¿Cómo puede alguien hacerse tamaño moratón?
Maki se estremece bruscamente y aparta tu mano con una violencia que absolutamente no esperas. Al instante sientes el escozor que se extiende por tu antebrazo, justo donde has recibido el manotazo. Dejas caer la mano sobre tu propio muslo, estupefacta, justo en el momento en que los ojos violetas de Maki colisionan con los tuyos.
El corazón se te detiene en el pecho cuando crees ver cómo el miedo cruza su mirada como un espeluznante cometa. No obstante, antes de poder cerciorarte de nada, tras un rápido parpadeo, todo lo que brilla en el espejo amatista de su mirada es hastío y apatía. Y no puedes estar segura, ¿cómo lo vas a estar? Maki nunca te ha tenido miedo, ¿qué sentido tiene todo esto? Nico es la persona más inofensiva del planeta. ¿Te lo habrás imaginado?
Maki gira la cabeza y oculta el rostro tras su cabello. El par de pasos que dan sus piernas la alejan de ti.
-¿Qué te pasó en el muslo? -preguntas, a pesar de haberte jurado a ti misma hace unos minutos que no la interrogarías. Percibes cómo tu propia voz te resulta extraña cuando inunda el aire. Sueltas el secador a un lado del sofá sin desviar tus ojos del moratón.
-Nada -murmura.
-Eso no es nada, Maki. -Deseas ponerte de pie y acercarte a su silueta levemente encogida, pero temes hacerlo y que ella se aleje aún más de ti, interponiendo más barreras cimentadas en la desconfianza.
Maki alza la cabeza y te mira. Sus ojos no te brindan ninguna pista. No puedes leer nada en ellos.
-¿Por qué te interesa tanto? -te suelta-. Es sólo un hematoma. -Su mirada te evita-. Yo… me choqué con la esquina de una mesa que resultó estar donde no debía.
El alarmante peso que constriñe tu pecho desaparece lentamente, permitiéndote volver a respirar, cuando atibas el sutil rubor que cubre sus mejillas. Una de sus manos juega con su pelo rojizo.
Pugnas por dibujar una pequeña sonrisa torcida en tu rostro.
-Oh, ¿Maki sigue siendo aún igual de torpe? -bromeas, alzando las cejas y ocultando la sonrisa maliciosa de tus labios tras la palma de tu mano. Y luchas, luchas con todas tus fuerzas por disipar la enorme maraña de tensión que ha solidificado el aire a tu alrededor.
-No soy torpe -niega rotundamente, repentinamente a la defensiva-, y… es la primera vez después de muchos meses, ¿vale?
Sueltas una seca carcajada y te pones de pie, agarrando de nuevo el secador. No vas a interrogarla, no. Nico no va a interrogarla. No importa cuántas veces tengas que repetírtelo, no lo harás. Sea verdad o mentira lo que acabas de escuchar, no lo harás.
Desenchufas el cable y lo doblas sobre sí mismo, volviendo a sujetarlo con el alambre negro de metal. En vez de regresar al cuarto de baño, decides dejarlo sobre tu mesa comedor-estudio para que se enfríe primero.
Giras la cabeza hacia Maki y compruebas que sigue de pie en medio del cuarto de estar como una estatua, observándote como si no te hubiera visto tu grandiosa presencia en mucho tiempo (algo totalmente cierto, pero hey, no es culpa de Nico, ¿vale?).
La postiza curvatura artificial de tus labios flaquea cuando la transparente… ¿vulnerabilidad? de su mirada te da una patada en la boca del estómago. Siempre has considerado que a pesar de la madurez de su actitud y su inteligencia, Maki siempre ha sido una de la integrantes más inocentes de μ's; por ello, no puedes luchar contra el escalofrío que se desliza por tu espalda cuando la lápida dedicada a su ingenuidad te saluda tras el resplandor de su mirada amatista.
-Maki, ¿en serio estás bien? -preguntas con el ceño fruncido y la garganta repentinamente seca-. Estás poniendo nerviosa a Nico. -Dejas salir una risilla intranquila.
Maki parpadea, se aclara la garganta y desvía la mirada hacia el sofá.
-Estoy bien, estoy bien -responde rápidamente-. ¿Ya me puedo ir a dormir o vas a seguir riéndote de mí?
Resoplas y le das la espalda, volviéndote hacia la pantalla (otra vez en reposo) de tu portátil. ¿Se creyó de verdad tu risa o simplemente está haciendo lo mismo que tú, luchando por ignorar el tema de conversación y fingir que no hay nada extraño en todo lo que está sucediendo?
Mueves el diminuto ratón, reactivando el sistema y cierras todas las ventanas abiertas.
-Guardaré algún chiste para la próxima vez -dices irónicamente, terminando de hacer 'click' en las crucecitas rojas de las distintas aplicaciones para posteriormente apagar el ordenador-. Ahorrar es importante.
-Muy bien, sigue ahorrando -te responde sin el mínimo rastro de humor en su voz.
Cuando las luces del portátil mueren, bajas la pantalla, cerrándolo, y te vuelves hacia Maki, quien ya se ha acercado al sofá y está retirando el par de sábanas con la intención de meterse debajo. Si se ha dado cuenta de lo hecho polvo que está el pobre mueble, lo disimula con tanta impasibilidad que da miedo. Nico no cree que nadie sea capaz de dormir siquiera un par de horas seguidas sobre él.
-¿Tienes clase mañana? -preguntas, arrepintiéndote ya tus intenciones.
Maki suelta las sábanas y te mira fugazmente por encima del hombro.
-Sí, tengo la mañana repleta con prácticas en la unidad de cardiología. ¿Por qué?
Suspiras con resignación.
-Entonces olvídate del sofá. Vas a dormir en mi cama.
Maki se da media vuelta a la velocidad de la luz y te mira con desconfianza y aprensión.
-¿Me estás invitando a dormir en tu… cama? -pregunta despacio, como si no estuviera segura de haber escuchado bien.
Abres los ojos como platos y sacudes velozmente las manos. Maldita sea…
-¡No de esa forma, Nishikino! ¿Quieres dejar de malinterpretar todo lo que digo?
Maki tuerce los labios socarronamente, dejando entrever un esbozo de sonrisa hueco, pero no dice nada.
-Sólo estoy intercambiándote el sofá por la cama -explicas molesta. Señalas el sofá-. Yo duermo aquí, y tú te vas a dormir sola a mi habitación. ¿Te quedó claro?
Su sonrisa se torna más evidente, pero la sensación de vacío que transmite no disminuye.
-Sí, ya me había quedado claro la primera vez, Yazawa. -La mofa oculta en el empleo de tu apellido te da una bofetada-. No hacía falta insistir. Si me querías en tu cama sólo tenías que haberlo dicho antes.
Apuntas un dedo amenazadoramente hacia su estúpida cara.
-Deja de jugar conmigo. Nico no tiene tiempo para tonterías.
-Empezaste tú -menciona, retorciendo un mechón de pelo entre los dedos. Nico no desea saber qué escucharía en este instante si los pelos hablasen. Muchos gritos probablemente.
-Nico lo empezó y Nico lo termina -sentencias-. La puerta de mi dormitorio es ésa de ahí, la que está al lado del baño. No te preocupes, está todo recogido y tampoco guardo cadáveres debajo de la cama.
Maki se vuelve para mirar la puerta de la que hablas, pero en vez de comenzar a andar hacia tu habitación, clava sus estúpidos ojos de nuevo en ti. Su frágil sonrisa ha desaparecido.
-Nico, en serio, no es necesario. Puedo dormir en el sofá. Tú también trabajas mañana, ¿no? Es prácticamente lo mismo.
-No, no lo es -niegas, meneando la cabeza-. Yo no trabajo con vidas humanas. Tú sí.
Maki no parece convencida. Maldita cabeza dura.
-Tengo turno de tarde -añades, intentando persuadirla-. Puedo echarme una siesta en la cama antes del curro.
-No puedo aceptarlo. Ya te he molestado bastante.
La fulminas con los ojos entornados.
-Maki, no es por ti, es por el resto del mundo. Así que empieza a andar si no quieres que Nico te arrastre hasta la cama.
Esa sonrisa apagada con segundas intenciones ocultas hace ademán de colarse en su rostro. Sin embargo, tú no le das tiempo a regodearse en sus sucios pensamientos. Ni a inquietarte con el escalofriante vacío que se halla detrás.
-Ni se te ocurra abrir esa bocaza -le sueltas, señalándola con tu esbelto y bonito dedo. Te acercas a ella, aferras su muñeca firmemente y tiras de su brazo en dirección a tu dormitorio.
-Si no te conociera mejor, pensaría que me estás lanzando indirectas -dice sin ningún rastro de emoción, mientras se ve obligada a andar detrás de ti si no quiere acabar con la cara pegada al suelo.
No, obviamente no conoces a Nico, piensas agriamente en tu fuero interno.
-Menos mal que me conoces entonces -respondes por lo bajini, sin dirigirle una mera mirada por encima del hombro.
Abres la puerta que dejaste entornada antes y aprietas el interruptor de la luz sin necesidad de bajar la mirada a tu mano ni buscarlo a tanteo por toda la pared. Ah, ya llevas un par de años aquí y se nota, ¿eh?
-Sí, menos mal.
El débil murmullo de Maki resuena a tu espalda justo cuando te detienes a un lado de la mejor posesión que hay dentro del piso (además de la gran Nico-nii, claro): la ancha cama de matrimonio que alguien decidió dejar ahí cuando te alquilaron el pequeño apartamento y a la cual sólo necesitaste cambiarle el machacado colchón (en serio, ¿qué hizo esa gente con él?). Una maravilla. Y sí, es doble, pero no piensas compartir esta noche la cama con la misma persona por la que has tenido extraños sentimientos desde que ibas al instituto. Y mucho menos cuando lo único que lleva encima es una camiseta prestada. No, definitivamente no.
-Ahí tienes la cama, te la presento. Maki, la cama. La cama, Maki -dices burlonamente, gesticulando entre la pelirroja y el colchón cubierto por el edredón nórdico y las sábanas fucsias. Es una burla que incluso tú sientes forzada, pero ¿qué se supone que debes hacer? No vas a interrogarla. No vas a hacerlo, y Maki sólo te está dando más motivos para que Nico lo haga. Lo mejor que puedes hacer ahora mismo es alejarte de ella e irte a dormir.
Clavas la mirada en Maki, quien se ha detenido junto a ti observando la cama como si fuera un alien, y te topas de lleno con su estúpido gesto torcido y con esos estúpidamente deseables labios fruncidos.
-Es rosa -se limita a decir.
-Sí, ¿y?
-Me arden los ojos. -Su voz no encierra ningún tono de broma, pero ¿hola?, tiene que estar bromeando, ¿verdad?- ¿No tenían más colores? ¿Por qué todo es rosa?
-¡Porque es un color lindo y exquisito como Nico-nii! -exclamas alegremente con voz aguda y tu mano libre alzada a la altura de tu cabeza con tu típica pose-. Lo mejor de lo mejor para la me…
-Vale, gracias -te interrumpe con sequedad-. La explicación es aún más desagradable que las sábanas.
Sientes como se te cae la cara al suelo mientras bajas la mano lentamente. Frunces los labios y la fulminas con la mirada mohínamente.
Maki no parece sentirse aludida por tu evidente y repentino cambio de humor. Observas cómo sus ojos amatistas descienden por tu brazo hasta detenerse sobre la mano que todavía aferra su muñeca.
-Ya me puedes soltar -dice.
Te tomas unos segundos para seguir fulminándola con la mirada, básicamente porque puedes y porque sí, es humillante que esté ignorando a Nico tan abiertamente.
-¿Cómo sé que no saldrás corriendo?
-¿Por quién me tomas? -La irritación de su voz atraviesa el aire como el filo de una espada-. ¿Quieres que duerma en tu estúpida cama para daltónicos acromáticos? Entonces dormiré…
-¿Para dal-qué? -la interrumpes, frunciendo el ceño-. ¿Se supone que eso es un insulto?
Ella enfrenta tu mirada con su típica expresión aburrida e indiferente.
-No. Es una alteración óptica hereditaria de los fotorreceptores de la retina que se transmite por un alelo recesivo ligado al cromosoma…
No puedes evitar levantar tu mano de nuevo, pero esta no para sonreír y lanzarle tu agradable y linda pose a la cara, sino para estamparla de verdad contra su boca y hacer que (¡sí, por favor!) la cierre de una vez antes de que la estúpida jerga científica te produzca un estúpido derrame cerebral y el mundo se quede sin placer de la magnífica existencia de Nico.
-Dios, cállate -sueltas exasperada-. Cállate y acuéstate en la maldita cama antes de que me arrepienta y te eche de una patada en el culo de mi casa.
Notas cómo sus labios se tuercen bajo la palma de tu mano e intuyes que debe de estar sonriendo a pesar de no poder verlo. Y no, no porque estés ocultando su estúpida boca, sino porque sus ojos no lo hacen. La sonrisa que se esconde tras tu mano no se refleja en su mirada. De nuevo. Y es una imagen que de alguna forma inexplicable te resulta desoladora.
Separas la mano de su cara fingiendo no haber presenciado nada y sueltas su muñeca, arrepintiéndote al instante cuando tu estúpido pecho se contrae al extrañar la suavidad y el calor de su piel.
Si es verdad que alguna vez sus labios dibujaron una sonrisa, es imposible saberlo. Su expresión vuelve a ocultarse tras una máscara de impasibilidad.
Frotas disimuladamente tus dedos contra el pantalón aterciopelado de tu pijama, intentando deshacerte del recuerdo de su tacto, y das un paso atrás, permitiendo que Maki pase a meros centímetros de ti para retirar el edredón y sentarse en el borde de la cama.
-Bueno -dices, rompiendo el incómodo silencio-, si necesitas cualquier cosa, estoy en el salón. -Haces una pausa-. Mm, dejé tu móvil y las llaves encima de la mesa.
-Me di cuenta -susurra.
-También lavé el montón de ropa que me dejaste sobre el suelo y la puse a secar en el tendedero que hay en la solana de la cocina. Espero que por la mañana esté seca y no tengas que irte… así.
Maki baja la mirada hasta la camiseta violeta y sus piernas desnudas. Una decaída sonrisa alza las comisuras de sus labios. Sólo las comisuras de sus labios.
-Sí, yo también lo espero. No me gustaría tener que salir a la calle con una camisa prestada con el logo de A-Rise estampado en el pecho.
-Ya, no queremos que nadie se pregunte qué hacías durmiendo en la cama de Nico. -La débil ironía de tu voz se diluye en el aire.
Maki no te responde. Se limita a contraer los deditos de los pies y observar lo interesante que es el suelo de tu dormitorio.
Respirando hondo, das media vuelta y apagas la luz del techo. La habitación se sume en la penumbra, quedando iluminada únicamente por el resplandor blanquecino procedente del salón.
-Buenas noches, Maki -le deseas suavemente.
-Nico.
Apenas has salido por la puerta cuando su tenue murmullo te detiene en seco. Te giras levemente hacia ella.
-¿Qué?
Su silueta oscura parece titubear durante una milésima de segundo.
-Gracias -susurra finalmente, sorprendiéndote-. Por todo. -La oscuridad te impide distinguir el rubor de su rostro, pero Nico la conoce tan bien que crees poder observarlo sin necesidad de ningún tipo de luz artificial.
Le regalas una dulce sonrisa sincera, quizás demasiado sincera. Un extraño sentimiento (en el cual no te vas a parar a pensar) brota en el interior de tu pecho y se extiende por el resto de tu cuerpo como un cálido tsunami, robándote el aliento. Después de todo, no todos los días Nico recibe tales agradecimientos por parte de Maki. Por no decir que hasta hoy casi no recibías ni una mísera palabra.
La costumbre te hace entreabrir la boca con el fin de responderle con algún comentario altanero y sarcástico, porque es más que evidente que Nico merecía esas palabras desde hacía años; pero, sin embargo, no lo haces. ¿Para qué hacerlo cuando sabes que sólo va a salir forzado? ¿Cuando lo único que vas a conseguir es incomodarla aún más?
Los estúpidos sentimientos de tu corazón le ganan la batalla al hábito y no puedes hacer otra cosa que aceptar su gratitud silenciosamente.
-Buenas noches, Maki -repites con delicadeza.
Das media vuelta y te adentras en el cuarto de estar, mientras el desconcierto te nubla la mente al percatarte de la ternura que ha resonado en tu susurro. Una ternura que sólo has escuchado salir de ti al dirigirte únicamente a tus hermanos.
La luz de la habitación contigua se apaga, sumiendo el piso en una oscuridad absoluta. La claridad de las pocas farolas que alumbran la calle apenas se cuela entre las persianas de la única ventana que existe en la estancia. Y puede que sea sólo un efecto secundario de la negrura que te envuelve en su tenebroso abrazo, pero la derrota se vuelca sobre ti con la fuerza de una catarata.
Vuelves a encontrarte sola en una habitación y es gracioso, puesto que aun sabiendo que ella se encuentra al otro lado de la pared, nunca te has sentido tan sola en toda tu vida como te sientes en este preciso instante. Ahora la soledad tiene un significado diferente. Ya no es tranquilizadora ni agradable; ya no es un espacio privado, tu espacio, un momento que dedicarte a ti misma sin que nadie te perturbe. Ahora sólo es una vía libre a los recuerdos; una llave que abre la jaula en la que lograste encerrar, cuando saliste corriendo de casa, todos esos sentimientos descontrolados que arañan las paredes de tu mente.
Ahora la soledad es sólo una puerta abierta a los demonios que se esconden entre las sombras de tu memoria. En las sombras de las esquinas de la habitación. Después de todo, es natural, ¿no? Es perfectamente normal que estando sola en un espacio donde nadie puede verte ni oírte, donde nadie puede juzgarte, tus barreras internas se desmoronen. Es natural, pero eso no hace que sea menos doloroso, menos asfixiante.
Durante el tiempo que el taxista, la calle y ella te hicieron compañía, los fantasmas se mantuvieron lejos, a distancia, observándote con expectación a tu espalda, esperando el momento oportuno en que la soledad te aislase del mundo y ellos pudieran asaltarte. Otra vez.
Tenía razón. Por mucho que te haya podido pesar todo este tiempo, siempre ha solido tener razón. Es humana y se equivoca, pero pocas veces lo hace. Realmente es mucho más inteligente de lo que la mayoría de la gente le da crédito. Para ti lo es, y a pesar de la distancia que ahora reina entre tú y ella, estás segura de que lo sigue siendo. Que no te haya ahogado a preguntas es prueba suficiente. Sabes que es muy probable que la curiosidad la esté matando por dentro lentamente, pero aun así no ha dictado sentencia ni ha abierto un interrogatorio. Te ha brindado el privilegio de la duda.
Podría haberte presionado cuando supo que habías estado llorando tras salir del cuarto de baño, pero cedió y olvidó el tema. Si no quedó convencida con las pocas y escuetas respuestas que le proporcionaste, lo ha disimulado mejor que cualquier actriz profesional. Pero si algo has aprendido durante todos estos años, es que nada es nunca tan sencillo como parece, al menos no con ella.
Tu inteligencia no puede rivalizar con la suya y sin embargo, es la más evidente, la que todo el mundo ve, la que todo el mundo aplaude a pesar de ser sólo un número compuesto y redondo en un papel. Es una inteligencia inútil, pues de haber sido eficiente, ahora mismo no te encontrarías en esta situación, luchando por contener las lágrimas en una extraña habitación oscura, sintiéndote sola, culpable, sucia y derrotada.
Si alguna vez llegaste a tener algún sitio al que llamar hogar, entonces lo has perdido de la noche a la mañana; bueno, de la mañana a la noche realmente. Y duele. Es un peso amargo que se ha alojado en tu pecho, un peso que te oprime las costillas y los pulmones. Un peso que te impide respirar.
Lo más cercano que tienes ahora mismo a un hogar, si es que esa palabra tiene algún sentido en este contexto, es el olor que se ha quedado impregnado en las horribles sábanas rosas, ese agridulce aroma floral que nunca creíste poder llegar a echar tanto de menos. Un olor que sólo consigue intensificar el ardor de la llama que carboniza el interior de tu pecho y que no desearías sino extirpar con un bisturí como si de materia física se tratara en vez de una estúpida reacción química en tu cerebro.
Te arrepientes de todo. Te arrepientes de las decisiones que has tomado que te han llevado a estar en esta penosa situación. Y no sabes qué es peor, si arrepentirte de todo lo que te hace ser quien eres, de ti misma, o que las decisiones que has tomado no sean sino la misma en diferentes circunstancias.
Una única decisión, ¿eh? Tu vida sin sentido se resume en una única estúpida decisión: la decisión de no decidir por ti misma, de dejarte llevar por los deseos de otros. Es esa misma decisión la que te ha metido en este embrollo, la misma decisión que te ha dejado sintiéndote como la mierda cuando su libido hubo acabado contigo y tu destrozada rabia alimentó la suya hasta conseguir que te soltase y se marchase con un portazo.
Ninguna de tus respuestas fue una falacia. No mentiste cuando afirmaste haberte golpeado con la esquina de una mesa, sólo omitiste información. Sólo omitiste la causa eficiente que te hizo tropezar contra ella. Al fin y al cabo, fue sólo un empujón. Y bien sabes que prefieres un hematoma en el muslo que desaparecerá al par de semanas a que siguiera tocándote.
¿Qué harás dentro de unas horas cuando no te quede más remedio que regresar? ¿Qué harás cuando te pregunte dónde has estado, dónde has dormido? ¿Con quién has estado?
¿Qué harás cuando vuelva a insistir? ¿Dejarte llevar como la primera vez? ¿Negarte como la segunda?
Tu vida se ha convertido en un ciclo de monotonía y ha sido justamente hoy, al volver a verla oculta tras la protección de su puerta, con su largo pelo azabache acariciando la suave curvatura de su espalda, sin maquillaje y descalza con su pijama adulto puesto, cuando te has dado cuenta. La mayoría del tiempo estás en el hospital y la otra cuarta parte, entre las paredes de casa. Si sales a la calle es para ir de casa a la universidad, de la universidad al hospital, del hospital a casa y vuelta a empezar. La única imperfección en el círculo vicioso han sido las visitas a casa de tus padres.
Pero es normal, ¿no? Los estudios de medicina están resultando ser más duros de lo que esperabas, incluso para ti, y las múltiples prácticas en el hospital te están robando demasiado tiempo. Incluso tus horas de sueño se han visto reducidas a cuatro o cinco. Has aguantado bien durante este último año, pero ¿qué pasará entonces cuando lleves cinco, equivalentes a sesenta meses, mil ochocientos veintiséis días contando años bisiestos?
Si no luchases por acabar cada curso con todo limpio, incluyendo las ampliaciones de asignaturas de cursos posteriores, y además mantener las matrículas de honor en cada una de ellas, probablemente tendrías más tiempo libre. Más tiempo para volver a tocar tu olvidado piano cubierto de polvo. Más tiempo para volver a dar un paseo sin sentido junto a Hanayo y Rin, más tiempo para llamar a Eli y Nozomi y saber cómo les va en Rusia. Más tiempo para ir al cine a ver una aburrida película con Honoka y Umi, y disfrutar de sus risas. Más tiempo para intentar hallar tu voluntad perdida y luchar por comenzar a forma parte de la vida social de Nico con tal de poder robarle otro ridículo baile a sabiendas de que ella nunca te dejará robarle nada más (bastante claro te lo dejó hace dos años).
Pero no puedes, te falta tiempo. Te falta tiempo y nadie dice nada porque es el curso natural de las cosas. Porque es lo que todo el mundo espera de ti, la única heredera del hospital general más reconocido de todo Tokyo.
¿Qué más da que tu vida se haya visto reducida al círculo familiar? ¿Qué más da si a nadie parece importarle?
¿Por qué debería de importarte a ti?
Cuando te despiertas a la mañana siguiente con un feo dolor de espalda y el cuello torcido con la flexibilidad de un búho, el móvil, las llaves y los 1.520 yenes que dejaste la noche anterior sobre tu mesa comedor-estudio han desaparecido.
Y no es lo único.
Las prendas que lavaste a mano y tendiste en la cocina se las ha llevado el viento. Incluso las empapadas botas de media caña ya no se encuentran donde estaban antes de quedarte dormida en el sofá.
Tu cama está perfectamente hecha, con las sábanas pulcramente estiradas. Sobre tu edredón fucsia, en la esquina inferior, se halla la camiseta púrpura elegantemente doblada, como si aún no hubiera sido estrenada.
A la mañana siguiente, ocho y media de un jueves cualquiera, no queda ni rastro de Maki en el interior de tu piso.
