2. De sorpresa en sorpresa

—Anda por ahí, explorando — contestó Zen impasible —. Pero no cambies el tema y dinos, ¿a quién tienes en mente para "víctima"?

— No sé de que hablas — dijo el ladrón, sin perder la compostura —. No estoy en plan de conquista.

— ¿En serio? Entonces, ¿ese collar de piedras preciosas que llevas a la espalda es tuyo?

— Tanto como esa pequeña botella de fragancia que asoma entre tus ropas, samurai. De seguro es mercancía para vender, ¿o acaso es otro de tus tesoros?

La discusión iba subiendo de tono, y ambos personajes se iban poniendo en guardia lentamente. Los chicos estaban ya listos para lo peor, cuando Toph reaccionó e interpuso entre Zen y el ladrón un muro de piedra, al tiempo que les gritaba a ambos.

— ¡Basta ya de todo eso! Si no se calman de una vez yo... yo voy a... ¡A dejar de hablarles a los dos!

LA chica ciega había hablado sin pensar, por lo que creyó haber dicho una tontería y se quedó esperando la risa general, cosa que no ocurrió. Sus palabras surtieron un efecto que ella nunca esperó, pues los contrincantes se separaron y guardaron silencio, mientras cada uno miraba a Toph y al otro alternadamente.

— Esteeee... Bueno, así está mejor — dijo la chica ciega quitando el muro —. Entonces amigo ladrón, nos decías en el bosque que habías encontrado tu nombre, ¿por qué no nos cuentas esa historia?

Lo que Toph quería hacer era calmar la tensión, pero la actitud de los rivales no ayudaba mucho, sin embargo, el chico ladrón se dio cuenta de esto, y soltando una risita discreta inició la charla.

— Bueno, ya que estamos todos juntos, les contaré la historia. Luego de que nos separamos, anduve por muchos lugares preguntando, buscando a mi hermana y con ella mi identidad. Fue hasta hace poco que la encontré, y ahora puedo decirles que me siento orgulloso de llamarme...

— ¡Tío Lee! — se escuchó de pronto con voces infantiles. Al girar la vista todos vieron que se acercaban corriendo un niño y una niña, y al llegar al grupo se abrazaron del ladrón. La niña se veía mayor, e iba vestida como guerrera e iba armada con una pequeña katana, y el chico iba ataviado como un monje, y portaba un saquito lleno de plumas blancas en su cinturón.

— Tío Lee, nos preocupamos por ti — dijo la niña —. Como tardabas mucho, salimos a buscar... ¡Oh!

LA pequeña calló cuando descubrió en el grupo la figura de Zen, y corrió a su encuentro junto con el pequeño, aunque éste se veía más calmado. Ambos lo saludaron con una reverencia, ante el disgusto de su tío y la sorpresa de los demás.

— No, no, arriba pupilos, arriba — les dijo el samurai levantándolos —. Ya hace tiempo que dejé de ser su maestro, sólo soy su amigo.

— Para nosotros, siempre serás nuestro maestro — dijeron los niños con respeto —. Siempre que haya algo que aprender de usted, nosotros lo aprenderemos.

Zen les contestó sólo con una sonrisa de satisfacción. Ante la muda pregunta de todos, explicó que Garg los había encontrado durante una cacería, estaban solos y hambrientos. Luego de darles de comer, los niños les dijeron que buscaban a alguien que pudiera ayudar a su madre enferma y Zen fue con ellos a verla, pero sus esfuerzos fueron vanos y ella murió. Pero antes de morir, les pidió como última voluntad a sus hijos que encontraran a su hermano Lee, pues era el único familiar que les quedaba, y que le pidieran vivir con él hasta que pudieran tener su propia vida. También les pidió a Zen y a Garg que pusieran a los chicos en camino de su búsqueda, y entonces Zen los acogió como sus discípulos, enseñándoles a sobrevivir tal y como habían hecho con el Avatar y sus amigos.

La niña, de nombre Ming, se inclinó más por el aprendizaje de técnicas de combate, mientras el niño, de nombre Sung, prefería la reflexión y la búsqueda de paz interior. Luego de aprender, maestros y alumnos se separaron, y continuaron sus caminos que ahora se volvían a encontrar.

Los niños por su parte contaron que encontraron a su tío por casualidad, mientras escapaba de sus perseguidores para variar. Lo ayudaron y, gracias a que su madre se los describió a la perfección, lo reconocieron y le revelaron su identidad. Ambos chicos se presentaron como sus sobrinos, y le contaron la historia de su madre, prometiéndole llevarlo hasta su tumba, pues tal fue el deseo de ella antes de morir. La única parte que incomodaba a Lee era el hecho de que sus sobrinos hubieran sido enseñados por los hermanos, pues no habían quedado en muy buenos términos, pero ninguno sabía que eso cambiaría pronto.

Aang y los demás estaban absortos, sorprendidos de tantas historias de sus nuevos amigos, pero era hora de retirarse para continuar entrenando, y así lo hicieron saber a los otros. Zen se retiró solo, diciendo que iría a buscar a Garg para que les saludara; mientras Lee y los niños tomaban con rumbo a su propio campamento, diciendo que se reunirían al otro día. Toph se había quedado muy pensativa con todos estos encuentros, y más aún de saberse deseada por dos chicos capaces de hacer todo por ella.

Todo esto la tenía sumamente distraída, tanto así que durante el entrenamiento de Aang éste la venció con más facilidad que antes. Katara fue la única que se dio cuenta del estado de ánimo de su amiga, y decidió llevársela de regreso al campamento, en aras de averiguar qué le ocurría.

— ¿Qué te pasa hoy Toph? — le preguntó por el camino — Tú nunca estás así en los entrenamientos, siempre te ha gustado luchar.

— No lo sé amiga — le dijo con sinceridad abriéndole sus sentimientos —. Creo que el ser ciega y vivir encerrada con mis padres me volvió alguien muy independiente, pero a la vez muy solitaria. ¿Recuerdas los problemas que les he causado por eso?

— Sí Toph, pero aún así eres nuestra amiga.

— Gracias. Pero ahora, no sé qué pensar, no sé qué es lo que siento al tener no uno, sino dos hombres que me quieren a su lado, ¡que me quieren a mí! Una parte de mí dice que los mande al demonio, pero otra parte me dice que uno de ellos es el ideal para compartir mi vida con él. ¡¿Pero cómo rayos voy a saber cuál es?! No sé qué voy a hacer Katara, ¡¿qué hago?!

Katara sonrió, pues nunca había escuchado hablar así a su amiga, y le agradaba la idea de que pudiera estar enamorada. Sin quererlo, la imagen de Aang acudió a su mente.

— Y para colmo — prosiguió Toph sacando a la morena de sus pensamientos —, sé que en cualquier momento podría ver cómo son con el poder de mi perla, pero tengo miedo de hacerlo. No quiero decepcionarme, y…

— Tranquila Toph, calma — le dijo Katara confortándola —. En realidad, no importa cómo se vean, lo que importa es que tienen buen corazón, y se les nota el gran respeto que tienen por ganarte.

— ¡Bah! Si no soy un trofeo.

— Lo sé, perdóname. Quise decir por conquistar tu amor. No cualquiera se toma tanto trabajo por acercarse a la chica que le gusta. Y no importa que no los veas, estoy segura de que tú sabrás quién será el elegido por tu corazón.

— ¿De verdad lo crees?

— Sí Toph, de verdad.

— Mmm… está bien. Oye, y por curiosidad, ¿cómo se ven, son guapos, fuertes?

— Eehh… b-bueno, yo… — balbuceó Katara tomada por sorpresa. En eso, la morena escuchó algo y Toph sintió la presencia de alguien cerca de ahí. Se ocultaron, y Katara pudo ver de quiénes se trataba.

— Son Lee y Zen, ¿verdad? — dijo Toph.

— Sí Toph, son ellos — dijo Katara bajando la voz —. Guardemos silencio, a ver si escuchamos algo, parece que van a hablar.

— Por como los siento, más bien van a pelear — dijo Toph, asustándose. Tenía razó de hacerlo, pues sintió, mientras Katara los veía; cómo se ponían en guardia, alistándose para luchar.