- Y qué es lo que quieres, a ver.
La sonrisa volvió a sus labios, y sus pupilas se dilataron notablemente. Sentí su mano en mi cintura presionar ligeramente más en su agarre. Volvió a dirigirse a mi oído, y me susurró.
- Quiero comerte entera…
Seguimos!
Desde su posición, Miroku no podía verme la cara de frente. Pero seguro que no le hacía falta para saber, de sobras, que mis mejillas estaban compitiendo con el rojo de los labios de la geisha. Noté el rubor subirme desde la barbilla hasta la frente, el vello erizárseme, por esas tres malditas palabras.
Tragué saliva e intenté respirar profundo. No me moví ni un milímetro de mi posición. Miroku rozó con su nariz y sus labios el lóbulo de mi oreja, tan disimuladamente que seguramente nadie se percató de que lo que hacía y decía era muy poco digno de un monje. Y rió muy bajito, mientras volvía a su postura normal. Cuando estuvo en mi ángulo de visión sí que le miré, con el ceño medio fruncido por la vergüenza que estaba haciéndome pasar, pero irremediablemente con la cara todavía completamente roja.
Él, sin ningún tipo de pudor, agarró un lichi sumergido en agua de su bandejita de postres y me miró directamente, de arriba abajo.
- El kimono te queda perfecto —me dijo, refiriéndose a la prenda de seda que me habían ofrecido vestir, igual que a todos los invitados, al llegar al palacio—. Pero eso no significa que no quisiera quitártelo ahora mismo… —Mientras hablaba, pelaba con facilidad la fruta, despojándola de su cubierta rojiza, como una analogía de lo que estaba diciendo— … y probar lo que hay dentro.
Extrajo el blanco fruto con cuidado, y lo abrió por la mitad con los pulgares. Hizo a un lado la gran semilla del lichi y se llevó la carnosa fruta a los labios, mordiéndola por la mitad, y me ofreció la otra pieza, llevándomela también al borde de los labios.
Creo que en ese momento estuve un poco vendida ya. A pesar de resultarme bochornoso, me pareció enormemente provocador y atractivo. No era vulgar, no era basto. Era delicado, y aunque sabía perfectamente que se estaba refiriendo a algo bastante grosero, me gustó.
- ¿Me concederás al menos un beso indirecto, Sango?
Abrí la boca levemente y dejé que me diera la fruta. Sentí sus dedos rozarme los labios e infiltrarse un poco entre ellos para encontrar mi lengua. Luego, él mismo se lamió las puntas de los dedos, sonriendo. En realidad fue rápido, no dio tiempo a ser ridículo. Pero, por Kami, que fue intenso. Mordí la fruta y el dulce jugo me inundó la boca y las papilas gustativas. El lichi ni siquiera me había gustado especialmente, hasta ese día.
Aunque estaba perdida en el momento, tuve un momento de lucidez al sentir el dulzor de la fruta mezclarse con un sabor mucho más fuerte… ¿sake?
Mire inmediatamente la copa de donde había sacado la fruta Miroku.
- ¿Eso no es… agua?
Miroku rió un poco, otra vez.
- No.
Al cabo de un rato y de varios lichis, sentí que me hacía pis. Y al ponerme en pie para ir al baño, me di cuenta de que no podía caminar recto. Miroku se rió al verme tambalear un poco, y yo me sonrojé avergonzada de nuevo. ¿Que por qué no había dejado de comer lichis empapados en alcohol? Pues… porque me los daba Miroku. Porque quería seguir con eso de los besos indirectos. Porque me estaba cortejando, y yo me estaba dejando cortejar por una vez.
- Tú calla… que esto es por tu culpa… —le dije, mientras avanzaba hacia la puerta para salir de la sala de la fiesta.
- Por supuesto que lo es —contestó, dándome la razón para no discutir.
Antes de que una doncella cerrara la puerta tras de mí, le saqué la lengua para burlarle. Avancé por el pasillo hacia donde la sirvienta me indicó que se encontraba el servicio. Y qué largo me parecía el pasillo… Me pasé del baño dos veces antes de percatarme de que estaba ahí, señalizado con unos discretos dibujitos de una geisha y un samurai.
Entré a la habitación y me encontré con un enorme espejo horizontal que no me ayudó a situarme mucho. Pestañeé varias veces y me centré; localicé el baño y me apresuré a librarme de la presión que sentía en la vejiga. Cuando terminé, fui al lavamanos y me refresqué la cara un poco también. Oí la puerta abrirse mientras, pero no le di ninguna importancia. Sin embargo, sentí de repente a alguien tras de mí, empujándome contra el lavabo con su cuerpo. Era alguien más grande que yo. Miré enseguida al reflejo del espejo, y pude ver a mis espaldas a un hombre al que no conocía de nada, cada vez pegándose más a mí, con sus manos en mis brazos presionando fuertemente.
- Pero qué…!
- Llevo toda la noche mirándote… eres muy bonita, sabes…?
Era un hombre de treinta y muchos, con pinta de noble. Empezó a acariciarme y a acercar su cara a mi cuello. Me quedé completamente petrificada y horrorizada, ¿¡qué demonios estaba haciendo ese hombre?! Me quise mover para apartarle de mí, y los nervios me comenzaron a carcomer al darme cuenta de que no tenía la fuerza suficiente como para quitármelo de encima. Estaba torpe por el alcohol, y él era mucho más corpulento que yo.
- Apártese de m-!
No quería que nadie me oyera, así que me tapó la boca con una de sus grandes manos, mientras me seguía reteniendo con su peso contra el lavabo. Su otra mano se dirigió rápidamente hacia mi pecho, y me estrujó sin ningún tipo de pudor ni consideración. Grité, todo lo que pude, pero con su mano fuertemente situada sobre mi boca, el sonido se opacaba y se hacía casi inaudible.
Seguí removiéndome en todo momento, intentando apartarle o escabullirme por un costado. Me agarró la tela del kimono y tiró con tanta fuerza que lo sacó de su sitio, aún con lo prietas que estaban las capas del obi. Me dejó el hombro derecho al descubierto, y empezó a lamerme esa zona mientras seguía tirando de la tela. Mi mente seguía en shock, sin poder pensar con verdadera claridad. Nunca me había imaginado estar en esta situación, me estaba desbordando. Me estaba dando miedo y asco a la vez.
- Tranquilízate, mujer… sólo quiero que juguemos un poco.
Con eso, metió su mano por dentro del kimono para tocarme piel con piel. Sin embargo, se encontró con mis vendas, y frustrado, empezó también a tirar de ellas. Me estaba haciendo daño, pues en su impaciencia, simplemente estaba apretándomelas más al no tirar de uno de los extremos para deshacer las vueltas. Grité con cada sacudida; sin embargo, no pude evitar pensar que menos mal que no había decidido retirármelas hoy.
Al cabo de unos minutos, tras manosearme y conseguir aflojar algo las vendas por la fuerza con la que estiraba, se cansó de forcejear y empezó a bajar su mano hacia mi pierna. Con el tirón de antes, también la pierna derecha me había quedado al descubierto, y desde luego iba a ser más accesible que mi pecho.
Por Dios, ¿cuánto tiempo llevábamos ahí dentro? ¿Es que nadie iba a encontrarnos? Miroku… dónde estaba Miroku, Dios mío…
Empecé a sacudir la cabeza, NO, NO, NO! Sentía su mano llegar a mi muslo, y se me puso la piel de gallina. No quería esto, por favor. Pataleé, le golpeé todo lo que pude, pero de nuevo fue inútil.
- Estate quieta ya… por qué estás tan nerviosa, ¿eh? ¿Es que nadie te ha tocado aquí nunca…?
Metió la mano bajo la tela y apretó sus dedos contra mi ropa interior. Y entonces, me callé. Me quedé en blanco.
Él se rió.
- ¿En serio? Hoy es mi día; no sólo eres preciosa, sino que también eres virgen… —Se rió bajito otra vez—. Entonces, intuyo que también esto es nuevo para ti.
Se acomodó tras de mí durante un segundo, y cuando volvió a presionarme, pude sentir algo duro contra mi trasero. Abrí mucho los ojos y sentí, irremediablemente, cómo se me llenaban de lágrimas. Me sentía más impotente e indefensa que nunca antes en mi vida. ¿Cómo podía terminar la noche así? ¿De verdad ese hombre me… me iba a…?
Se oyó la puerta de repente. Miré al reflejo del espejo y vi que alguien intentaba abrirla desde fuera, pero estaba truncada. Enseguida grité de nuevo, aún con la mano de mi agresor silenciándome. Se despistó por la sorpresa, y por fin tuve un flanco que aprovechar para escaparme de su agarre. Me deslicé por su derecha y corrí hacia la puerta, pero me agarró de la muñeca a medio camino y me tiró al suelo, de nuevo tapándome la boca, y esta vez, aplastándome sobre el tatami con todo su peso.
- No tan deprisa, no he terminado contigo… —me susurró con rabia al oído.
Luché por incorporarme, pero no sirvió para nada a mi favor. El maldito se situó tras mis muslos y arremangó mi kimono. Le oía empezar a jadear por la excitación, y yo me sentía cansada, mucho. Apoyé la frente contra el suelo y sentí las lágrimas empapándome las pestañas.
Desde que tuve uso de razón sobre este tipo de cosas, había pensado en cómo sería mi primera vez. Llamadme ilusa, fantasiosa… pero yo, igual que todas las otras mujeres del mundo, había soñado con un hombre que me quisiera y al que yo quisiera, tocándome y haciéndome sentir bien, hablándome sobre lo que significaba para él y sobre cómo el tiempo se detenía en ese momento. Había soñado con un peso amable sobre mí, sobre un dolor placentero y un beso de disculpas. Sólo tenía 17 años, todavía tenía derecho a creer que sería así, ¿no? A creer que sería esa persona especial…
- Miroku… —dije, sin que nadie pudiera oír, bajo la implacable mordaza que me suponía la mano de ese hombre.
En un pequeño momento de lucidez, sonreí para conmigo misma al darme cuenta de en quién acababa de pensar. Ese maldito monje había logrado, de alguna misteriosa forma, hacerse con el papel protagonista de mis fantasías apartadas. Si me hubiera permitido pensarlo antes, me habría dado cuenta. Pero siempre con la negativa delante, siempre rechazándole, siempre llamándole indecente… no había podido percatarme de que sus atenciones me hacían sentir querida, bonita y deseada, y de que era a él a quien quería conmigo en esa primera experiencia.
Maldito el momento…
Volví a conectar con la realidad con otro tirón demasiado fuerte. Fue muy desagradable sentirle manoseándome las nalgas, buscando mientras tanto la manera de librarse de mi fundoshi. Sentía también que no se despegaba de mi trasero, y notaba su erección rozándome los muslos. Cerré los puños y lloré, agotada a todos los niveles.
Se oyó el ruido de la puerta otra vez, aunque mucho más fuerte.
- Maldito hijo de puta..!
Lo siguiente que supe es que ya no sentía ese peso inaguantable sobre mí, ni tenía manos rondándome el cuerpo. Empecé a escuchar golpes tras de mí, y al mirar, me encontré con Miroku acorralando a ese hombre contra la pared, hinchándole a puñetazos en el estómago. De repente le agarró del pelo y le estrelló la cabeza contra la plataforma del mismo lavabo contra el que había estado yo antes. Tres veces. El hombre cayó tras el golpe final al suelo, con la cara ensangrentada, volteándose a ver a quien le estaba propinando semejante paliza.
- No tienes ni idea de quién soy…! —le dijo él, con dificultad, pero con rabia.
- Oh, claro que sé quién eres; eres un cobarde que no merece seguir respirando ni un minuto más! —contestó Miroku, in crescendo, mientras volvía a acercársele y le empezaba a propinar patadas en el costado.
El panorama era simplemente difícil de creer. Nunca jamás había visto a Miroku con esa cara desencajada por la rabia, ni pegar con tanta intensidad como ahora. Le estaba destrozando. Le iba a matar…
- M-… Miroku… Miroku!
Se dio la vuelta, como sorprendido, como si se le hubiera olvidado, llevado por el momento, que yo seguía ahí.
- Sango… —Se acercó apresuradamente y se arrodilló frente a mí. Miró rápidamente mi ropa desaliñada, y me cogió la cara con las manos—. Dime que estás bien…
- Sí, estoy bien… no m-me ha hecho nada…
- Por Kami… menos mal… —Me besó la frente, y me sentí sonrojar cuando me abrazó fuertemente contra su pecho.
Me agarré a la tela de su túnica. Había terminado. La gravedad de la situación empezó a cobrar forma en mi cabeza, por fin comprendiendo lo que había estado ocurriendo, y sentí que me temblaban las piernas y las manos. Volví a tener ganas de llorar y un par de lágrimas me resbalaron por las mejillas. Vi al hombretón tendido en el suelo, inconsciente.
- Gracias Miroku… gracias… —dije, con voz temblorosa también, mientras lloraba— … si no hubieras venido… m-me…
El nudo que tenía en la garganta se me hizo más notorio, y el estómago se me revolvió al instante ante la claridad de lo acontecido.
Me levanté torpemente, pero lo más rápido que pude, y me aferré al lavabo. Una arcada me hizo toser, y Miroku enseguida se dio cuenta de que iba a vomitar. Me sujetó cuidadosamente, agarrándome el pelo también para que no me manchara, mientras devolvía la copiosa cena. Cuando terminé, me acercó al cuenco de agua y me ayudó a limpiarme y enjuagarme la boca.
- Ya está… —me dijo, mientras me secaba la boca con su propia manga.
- Lo siento…
- Descuida; no hay nada por lo que disculparse.
Había empezado a venir gente al baño, alertada por el alboroto. Un guarda entró en escena, y entendió cuáles habían sido los hechos sin más necesidad que un vistazo a los presentes, mis ropas, y una mirada de Miroku. Con la flojera que me había entrado, todavía con él sujetándome, caminamos hacia la puerta y nos dejó salir sin ninguna pregunta.
- Vamos a ir a descansar un rato.
- Sí…
Gracias por leer este segundo capítulo. Espero que os haya gustado, espero vuestros comentarios. Tengo más páginas, subiré el próximo lo antes posible. Saludos!
