Capítulo 1
Estaba amaneciendo, pero ella seguía tirada en el pasto.
Su piel oscura se esclarecía de un solo lado conforme el sol iba apareciendo.
Esta vez tenía algo entre las manos. Era una especie de báculo curvo, estaba hecho de una madera fina y en la punta tenía una piedra incrustada que lo adornaba. Ella lo agitó, le dio vueltas con ambas manos, lo observaba de cerca, jugaba con él.
Es suficiente, pensó.
Extendió su brazo mientras tomaba el báculo y recitó.
—¡Fly!
Como si éste hubiera recibido una orden, la gema en su extremo empezó a brillar. De pronto las líneas de su cuerpo se iluminaron de un color azulado. No paso un segundo hasta que ella comenzó a elevarse lentamente, uno podía ver la silueta que su cuerpo dejó en la hierba ahora hundida.
Ascendió unos 5 metros, cada segundo más rápido, la capa se le agitaba por el viento. Luego bajó diagonalmente, en otras palabras, avanzaba mientras caía. Pero no era una caída natural, la magia del báculo hacía todo el trabajo.
Al fin toco el suelo. Cogió el báculo con las dos manos y como si éste recibiera una orden mental, se desvaneció en el aire. Se sacudió la capa y comenzó a caminar.
Éste era el ritual con el que se levantaba, lo hacía cada vez que se encontraba sola.
Intentó usar el hechizo "fly" anteriormente, lo hizo una vez en la ciudad de la que partió, pero lo único que logro fue llamar la atención de todos, después unos guardias vinieron a buscarla. Tuvo que ocultarse y aunque nunca la encontraron, ella palideció de miedo, temía que la expulsaran por ser una amenaza para los comerciantes y nobles que transitaban el lugar. Aunque ella podía resistirse, no era a lo que quería llegar.
Ella caminaba tranquilamente, como si supiera a donde se dirige.
Por cierto, mientras estaba en el aire aprovechaba para divisar el lejano paisaje y encontrar algo que le indicara su camino. Esta vez vio unos caminos de tierra, pensó que estos ayudaban a las carretas a cruzar el extenso llano con rapidez.
Me pregunto a qué pueblo me llevará, o mejor, a qué ciudad.
Desde que fue transportada a este mundo solo visitó un lugar. La ciudad capital del reino de Re-Estize. Y estos caminos le recordaban a las carreteras sin asfaltar que recorrían hasta dicha ciudad.
Las horas pasaban pero ella seguía caminando tranquilamente y sin detenerse. La llanura cubría el horizonte con una carretera angosto que lo dividía.
Fue de golpe que pudo divisar unos cuantos arboles al lado izquierdo de la carretera, cada vez aparecían más y se aglomeraban: era un bosque.
Por cierto, un ojo humano habría tardado un tiempo en identificar que, en efecto, eran arboles los que se asomaban en el paisaje. Pero ella podía ver mucho más lejos que una persona normal.
No pasó mucho desde que apartó su vista del gran bosque que se elevaba, cuando sus ojos se fijaron en otra cosa que aparecía lentamente. También, gracias a su habilidad no demoró en reconocer qué era.
—Muros —dijo sin darse cuenta— ¿Es una fortaleza?
Ella escuchó acerca de ciudades amuralladas en su viaje por el reino, pero había algo extraño en estos, por lo que pensó que tal vez no era una ciudad.
Son demasiado altos.
Y como si leyeran sus pensamientos, los muros se hacían más altos conforme se acercaba.
Eso era obvio, en una región fronteriza y al estar en constante conflicto con el país vecino, era de esperar que un lugar como ése sea rodeado así.
Ella no pensó en dar media vuelta y seguir el camino en dirección contraria. Ya que llegó hasta ahí, debía por lo menos echar un vistazo y recolectar información.
Se acercó lo suficiente hasta cubrirse bajo la sombra de los muros; campos de trigo se extendían a los costados, y al frente, unas puertas de madera se erguían como la entrada de un parque temático que ella conocía bien.
Por su mente voló la idea de empujarlas como quien entra a un bar de mala muerte, pero se contuvo.
Llegado a este punto, se preguntó cómo podía llamar la atención de los que estaban adentro. Vio las torres de vigilancia pero éstas estaban vacías.
¿Debería volar para entrar? Pensó. No, eso sería de mala educación. O tal vez ¿Debería preguntarle a esos goblins cómo puedo entrar?
Quizá una persona normal no habría notado lo que había a su alrededor, pero ella se percató de la presencia de seres ocultos en los campos de trigo. Podía contar hasta 5 personas, y por su facilidad para esconder su cuerpo entero en el trigo intuyó que eran goblins.
De un salto, estos se incorporaron y le apuntaron con sus arcos. Sus miradas agudas estaban fijas en ella.
—Creo que se ha perdido —le dijo uno— elfa-san. Su reino está muy lejos.
A pesar de que tenía una actitud amenazante, ella no se inmutó.
Akemi volvió su mirada hacia uno de los goblins.
—Disculpe, goblin-san —le dijo amablemente— ¿puede decirme el nombre de esta ciudad?
El goblin rio en voz baja y luego respondió.
—¿Ciudad? Se ha equivocado, elfa-chan, esta es una aldea.
—La aldea de Carne —dijo otro.
¿La aldea de Carne?
Akemi lucía desconcertada, fue el único momento en el que pareció perder la calma. Esto se dibujó en su rostro.
Los goblins pensaron en ella como una niña que escapó de sus padres. Aunque ellos sabían que los elfos eran seres longevos y que ella debía llevar casi 100 años de vida.
Mientras los goblins la veían sumida en sus pensamientos, creyeron que estaba preocupada y a punto de llorar. Un goblin que parecía ser el líder le susurró al de su costado.
—Oye, ve a llamar a Ani-san. La jefa debe estar ocupada en este momento.
El goblin asintió con la cabeza y corrió cerca de la puerta, la golpeó varias veces. Parecía haber un intervalo de tiempo distinto entre golpe y golpe, tal vez como una forma de identificar quién tocaba. Akemi lo memorizó.
Cuando las puertas se abrieron de par en par, pudo comprobar que, en efecto, había un puñado de casas que se erguían desordenadamente. Era un pueblo, y muy pobre.
—No te preocupes, elfa-chan. Hablaremos con nuestra superior, si quieres quedarte, solo debes pedírselo. Los inmigrantes son siempre bienvenidos.
Su tono desafiante desapareció. Akemi se felicitó mentalmente y se dijo que hubiera sido una buena actriz.
—Gracias.
—Por cierto —dijo el goblin— ¿de dónde viene usted?
—Vengo de la capital.
—Ohhh —varios goblins dijeron al unísono.
El goblin continuó.
—Y ¿cuál es la razón por la que una hermosa jovencita se aventurara tan lejos?
¿No me va a dejar en paz, verdad? Pensó.
—Vengo en busca de un farmacéutico llamado Fern —dijo y rezó en su mente para que un farmacéutico llamado Fern se encontrara viviendo en este pueblo tan alejado de la sociedad.
—umm ¿Fern, dice usted? —el goblin se puso una mano en la barbilla como si lo estuviera meditando— ahh, ¿no se tratará de Nfirea-san?
—Sí, eso quise decir-respondió Akemi sin perder la calma— el viaje fue tan largo que olvide su nombre.
Akemi no inventó el hecho de que buscaba a un farmacéutico. Debido a su clase druida ella tuvo contacto en la capital con muchas personas que ejercían ese oficio y le enseñaban sobre las pociones y las hierbas medicinales de este mundo. Ella aprendió bastante de ellos y quería seguir enriqueciendo su experiencia en ese campo. No estaba nada mal haber encontrado a un farmacéutico mientras viajaba.
El goblin notó la convicción de Akemi y no sospechó de ella.
—Bien, bien, qué bueno que lo busque —dijo el goblin— justo es la persona que acabo de llamar.
—¿eh?
—¿Qué sucede Jugem-san?
Una voz vino de la entrada, Akemi se giró para verlo. Era un chico, su cabello rubio era tan largo que cubría sus ojos, llevaba un mandil blanco desgastado. El olor a hierbas se esparció a su alrededor, ella pudo sentir como su olfato se irritaba e instintivamente se cubrió la nariz.
Éste es un típico farmacéutico, bromeó en su mente.
El goblin habló primero.
—Ani-san, lamento molestarlo con su trabajo; pero, esta niña quiere quedarse en el pueblo y también parece estar buscándolo.
—Ohh ¿Es eso así?
El chico llevaba una cara de sorprendido. Akemi sintió escalofríos al no poder saber si la estaba mirando. Aun así, quería darle una buena impresión para que pueda compartir con ella sus conocimientos de herbolaria. Éste era otro ambiente, podían encontrarse distintos tipos de hierbas que incluso ella no conocía, sobre todo en ese bosque que estaba al lado del pueblo. Era una buena oportunidad para aprender.
—¡Encantada de conocerlo! —dijo casi gritando— me llamo Akemi, soy una farmacéutica del reino.
Buena actriz ¿eh? Me falta, pensó.
Nfirea se preguntaba cómo una elfa oscura llegó al reino y se hizo farmacéutica. Luego recordó que todavía no se había presentado.
—¡E-Encantado de conocerte!, soy Nfirea y ta-también soy farmacéutico.
Él miraba a la elfa de reojo: su cabello color dorado, sus ojos azules, sus orejas puntiagudas, su vestido púrpura tan llamativo.
Aunque Nfirea sonreía mientras le hablaba, todavía no olvidaba su desconcierto.
Los elfos oscuros viven lejos de aquí. Espera, ¿existe un reino de elfos oscuros?, pensaba. Y ese atuendo, parece una aventurera. ¡Me-mejor dejo de mirarla! No quiero que se enoje.
Disimuladamente, Akemi cubrió su cuerpo con la capa.
En efecto, ella no podía dar con los ojos de Nfirea, no sabía qué parte de ella él estaba mirando. Así que, mientras que su actriz exterior esbozaba una sonrisa para no alterarse, por dentro estaba más roja que un tomate.
Como queriendo calmar el tenso ambiente, Nfirea rompió el hielo.
—Entonces, Akemi-san. Po-podemos conversar adentro, ¿sí?
—¿E-En serio? —dijo ella— muchas gracias.
Akemi volvió a sus facciones normales, sus orejas que estaban caídas, ahora se levantaban de extremo a extremo.
Por supuesto, ella llevaba una especie de morral de cuero que sacó de su caja de ítems previamente, y guardó en él algunos objetos que podrían ser de interés. Hubiera sido extraño si se presentaba con las manos vacías.
Como un cachorro adoptado al llegar a su nuevo hogar, Akemi vaciló un momento. Ella debía prestar todos sus esfuerzos en encontrar el gremio de su hermana, eran las únicas personas en las que podía confiar en este mundo. Pero pasar el hecho de haber encontrado un farmacéutico en el quinto pino era una oportunidad desaprovechada tontamente. Además ella intuyó por el olor a hierbas y el aspecto descuidado, que él era una persona muy dedicada a su trabajo.
Ella entró al pueblo, uno podía saber qué decisión tomó al ver su rostro. Caminaba unos pasos atrás de Nfirea, aunque quería caminar a su costado, pensaba que eso sería de mala educación y se contuvo. Los goblins les seguían desde atrás, podía sentir sus miradas clavadas en su espalda; no solo eso, algunos aldeanos dejaron lo que estaban haciendo y se volteaban para verla. Miró por el rabillo del ojo a las personas que la observaban y trató de esconder su cara en la capucha.
Me gasto si me miran así, pensó.
