- ¿Por qué no querías que viniera con nosotras? Si no iba a molestar...

- ¿En serio me haces esa pregunta? - yo asentí con firmeza – Me desesperas Kate.

- Tampoco te pases. Solo te hice una pregunta.

- Vaya si la hiciste... Cariño, va a estar bien con tus padres.

- No lo dudo Lanie, pero me hacía ilusión llevarla conmigo de viaje.

- Podrás irte con ella siempre que quieras, pero en este viaje no. Dafne debía quedarse en casa. Dentro de unos días te lo estarás pasando tan bien que no te acordarás de ella.

- Eso no lo creo – bufé, ganándome una mirada reprobatoria por su parte.

- ¿Por qué te comportas así? Ni que estuvieras de bajón post ruptura.

Entré en el coche de mi amiga sentándome como copiloto y giré la cabeza para mirar por la ventana, pero mi intento de evadir el tema no surtió el efecto que esperaba.

- No me digas que... ¡estás saliendo con alguien! - su mirada llena de curiosidad me atravesó.

- No tengo ganas de hablar de ello.

- ¡Eso es un sí! - su emoción se podía notar a un kilómetro a la redonda - ¿Quién es? ¿Lo conozco?

- De verdad que no me apetece tener esta conversación, Lanie. Por favor, vayámonos. Ya te lo contaré en otro momento.

Lanie enmudeció durante una fracción de segundo. Suspiró.

- Está bien – respondió resignada – Pero que sepas que no se me olvida. Me debes una charla.

Colocó la llave en el contacto y arrancó, lo que me permitió relajarme. Sabía que no tardaría en volver con su ronda de preguntas para someterme a su tercer grado particular, pero al menos no sería ahora, no de momento. No me sentía con fuerzas para hablar de ello. Sabía que Lanie no se daría por vencido fácilmente, por eso decidí aprovechar la tranquilidad que existía mientras ella conducía, el cual era el único momento en el que se mantenía callada, estando al volante.


Había supuesto que aquel grupo me traería problemas, para más inri de ser humillante que un bailarín de mi categoría impartiera clases de baile a ese grupo. Nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que eran estupendas personas, fáciles de tratar y con muchas ganas de aprender. Después de todo, puede que no haya sido tan malo este cambio de aire, pensé esbozando una sonrisa al ver como la pelirroja pisaba a su compañero. No iba a ser nada fácil, eso lo sabía, pero desde luego no sería imposible, porque me dejaría la piel con ellos. Era un profesor de baile, uno de los mejores, y debía actuar como tal.

El tiempo se me pasó volando y sin darme cuenta la clase se había alargado media hora más de lo debido. Tras despedirme de todos esperando verlos al día siguiente, salí corriendo en dirección al hotel. Mi curiosidad por ver como le iba al moreno con el grupo que hasta hacía un día había sido mio, aumentaba por minutos.

El calor hacía estragos, y si ya decían que era insoportable en la ciudad, donde yo me encontraba, en plena sierra, era aun peor. Así que después de una carrera de un minuto, dos como máximo, llegué empapado al hotel. Respirar se me hacía muy difícil, por lo que me incliné colocando las manos en las rodillas para recobrar el aliento.

- Ey tío, ¿qué te pasa? - una voz que reconocí se acercó a mí - ¿Estás bien?

Cuando me incorporé me encontré con la mirada de Javier, el novato.

- Si, solo estaba haciendo un poco de deporte, Esposito.

Por alguna razón que yo desconocía, mis palabras no parecieron convencerla pero, aun así, no dijo nada al respecto.

- Pues si no te ocurre nada, me voy. Mi grupo me espera.

Asentí y lo vi alejarse, sabiendo que mi plan de observar su clase había fallado estrepitosamente. Empieza bien el día, murmuré cabreado. Necesitaba despejar mi mente y ya que no volvería a ejercer como profesor hasta el día siguiente, me fui del hotel al lugar donde podía ser yo mismo y disfrutar de mi gran pasión.


Cuando llegamos, un señor que calculé que no superaría los cincuenta y cinco años, de pelo grisáceo y sonrisa forzada, se acercó a nosotras.

- Bienvenidas señoritas. Soy Max Kellerman, el dueño del hotel.

Ambas nos miramos sin comprender que hacía aquel hombre presentándose. No creo que esto lo haga con todos los clientes, le comuniqué a Lanie con la mirada y supe que ella había pensado lo mismo.

- Su padre me informó que se alojarían aquí - nos comentó el señor, dirigiéndose a mí.

Genial, ya está mi padre haciendo alarde de sus influencias al ser el mejor abogado del país, pensé exasperada. Pese a saber que odiaba que hiciese eso, que estuviera tras de mi protegiéndome cual leona a su cachorro, no dejaba de hacerlo. Y es que por mucho que pasasen los años, para mis padres seguía siendo su niña, especialmente para mi padre, para quien siempre había sido la niña de sus ojos.

- Me he tomado la libertad de acomodarlas en la mejor habitación. Unas huéspedes como vosotras no pueden quedarse en una habitación al uso.

¿Y quién la pagará?, me pregunté. Porque mi sueldo no da para ello, y mucho menos el de Lanie. Y desde luego, no pienso dejar que lo haga mi padre.

- Los gastos extras corren a cuenta del hotel – respondió a la pregunta que no llegué a formular.

Me giré hacia Lanie, quien esbozó una sonrisa, no siendo necesaria ni una palabra más para saber cual sería su decisión. Así, el quincuagenario señor nos guió – haciendo llamar antes a uno de los botones para que se encargase de nuestro equipaje – por un camino empedrado rodeado de un extenso campo verde, hacia las puertas del hotel.

Un amplio hall con escalinatas de mármol nos hizo exclamar un "¡oh!" que no pasó desapercibido para Kellerman, todo lo contrario. Nuestras rostros produjeron que sus labios se curvarán mostrando sus brillantes dientes.

- Suele producir esa sensación en cada huésped que se aloja en nuestro hotel. Pasen por aquí – nos sacó de nuestro pensamientos, indicándonos la lujosa recepción – Billy les atenderá y les llevará hasta su habitación. Deseo que disfruten de su estancia y hagan uso de nuestras instalaciones y servicios.

Cinco minutos después, Lanie y yo mirábamos la habitación asombradas. Todo cuanto una persona pudiese imaginar tener en un hotel de montaña estaba allí, para nosotras.

Las habitaciones de la planta superior, como era la nuestra, comenzaba con un salón. Si cerrabas los ojos podías imaginarte a las estrellas de Hollywood en él, aunque dudaba que se pasasen por aquel complejo turístico en medio de la nada.

Una chaise-longue ocupaba el centro de la estancia, arriba de la cual, un lienzo de un espeso bosque de eucaliptos cubría la pared. En frente había un televisor que deduje que debía superar las cuarenta y dos pulgadas. Bajo él, un mueble negro de diseño, a juego con la chaise-longue, contenía diversas clases de películas, así como un reproductor de música con diversos discos.

- ¡No te pierdas esto, Kate! - gritó una entusiasmada Lanie desde la habitación contigua.

- ¿Qué no debo perder...? - cuando puse un pie en la habitación la frase me pareció innecesaria, o diría más bien, pobre. Pobre porque todo cuanto había allí sería imposible explicar con palabras.

A mis recién cumplidos diecinueve años, todo ante mis ojos relucía, estaba lleno de vida. Era un mundo que debía explorar y que se me antojaba excitante, aunque para mi compañera de fatigas, Lanie, esa palabra no tuviese el mismo significado que para mi. Supongo que si ahora me preguntasen como veo la vida, mi respuesta sería totalmente diferente a la que en aquella época daría. Pero debéis comprender que trataba de encontrar mi camino, mi personalidad, carácter, que si bien estaban forjados, no lo haría en su totalidad hasta años después. Pero vayamos poco a poco, no nos adelantemos a los acontecimientos.

- No sé que haríamos sin tu padre, Kate.

- Esta vez tengo que darte la razón – asentí, girando sobre mis propios talones para contemplar la que sería nuestra habitación sin dejarme ni un detalle.

Nuestro dormitorio constaba de dos camas con cabeceros de diseño, en tonos negros contrastando con el blanco de las sábanas y de la alfombra que cubría todo el suelo. La pared frontal era negra, y el las otras, blancas. El resto de mobiliario (mesa sobre la que se encontraba otro televisor, mesitas de noche, dos puffs y sillas) eran blancos. El resultado era de tal elegancia que abrumaba.

- Y aun no has visto lo mejor – Lanie me tomó de la mano y faló de mi tan fuerte que casi me tira – Ven, tienes que ver esto.

Abrió una puerta de cristal que había frente a nosotras y de repente estaba en un balcón en el que tampoco habían escatimado en gastos de decoración, encontrando todas las clases de comodidades que puedas soñar.

- Cuando hables con tu padre, dile que estoy en deuda con él.

- Que exagerada eres, Lanie.

- ¿Es que tú te crees que con mi escaso sueldo de becaria en la morgue podría pagarme esto? En serio Kate, esta vez no te quejes de que tu padre haya querido cuidar de ti o te las verás conmigo.

Nos dedicamos a deshacer las maletas entre risas y conversaciones banales, sin podernos creer aun que fuésemos a pasar un mes con tantas comodidades.

- ¿Qué te parece si esta noche salimos a bailar?

- ¿A bailar? No sé yo Lanie, no se me da muy bien..

- Tonterías. Hemos venido a disfrutar, y conozco el lugar perfecto para ello.


Como cada noche, mi mente solo estaba en la pista de baile. Vivía por y para ello. Era mi pasión, diría mi segunda pasión, pero de la primera nadie, salvo yo mismo, sabía nada; como tampoco vosotros lo sabréis hasta que llegue el momento indicado.

Un pantalón y una chaqueta negra junto a una camisa blanca estaban colocados sobre la cama, la cual estaba rodeada de ropa que había ido dejando esparcida por aquí y por allá. Lo mio no era el orden, nunca lo había sido.

Me vestí sin prestar atención si la camisa tenía arrugas o no. Simplemente me la puse. No me quedaba demasiado tiempo para pensar en nimiedades como esa. Me coloqué el pantalón dando saltos por la habitación en busca de los zapatos. Gracias a dios que nunca viene nadie a visitarme, y si viene alguna mujer, su centro de atención les impide ver más allá, pensé orgulloso. Y es que no me podía quejar en cuanto a mujeres se refería. Muchos decían que jamás sentaría cabeza, pero lo cierto es que no me importaba. Disfrutaba de la vida sin mayores complicaciones.

La aglomeración de personas hacía difícil el acceso, pero no me podía quejar, todos venían esperando que entrase por esa puerta. Al cruzarlas sentí palmadas en mi espalda, gritos de euforia y ganas de bailar. A lo lejos divisé a mi compañera, la persona con la que compartía horas y horas de baile, la que amaba tanto esa profesión como yo.

- Pensé que ya no llegabas – me susurró mientras sus manos se deslizaban por mi cuello.

- Eso no ocurrirá nunca – le respondí en el mismo tono de voz, tomándola de la cintura para atraerla hacia mi.

Mambo, con eso comenzamos. En el baile, el hombre es el que toma las riendas y la mujer se deja guiar, sintiendo como la música se apodera de todos sus sentidos. Ella lo sabía bien, llevábamos años trabajando juntos y por eso éramos tan bueno en lo que hacíamos. Nos conocíamos y no hacía falta decir nada para saber en cada momento lo que el otro iba a hacer. Nos anticipábamos el uno al otro y el resultado era siempre aplaudido por los que venían a vernos bailar.

Nuestros cuerpos se movieron por toda la pista. Notaba todas las miradas puestas en nosotros y eso me llenaba de alegría. La mirada de mi compañera se encontraba con la mía en cada giro, en cada paso, disfrutando tanto de aquello como yo. La elevé en una complicada figura que la mayoría de los que estaban a nuestros alrededor jamás llegarían a hacer y prorrumpieron en aplausos.

Si los dos íbamos allí era para animar a los huéspedes a bailar, así que terminado nuestro número, nos separamos y fuimos en busca de parejas que quisieran aprender algunos pasos nuevos.

Una señora que siempre iba a mi búsqueda al finalizar mis clases, se acercó a mi y me tendió su mano. Sabía que sus intenciones eran que pasase a ser algo más que su profesor particular de baile, pero yo no estaba interesado. No con aquella señora que podría ser mi madre. Aun así, un baile no se le negaba a nadie, así que tomé la mano que me tendía y caminé con ella hasta el centro de la pista.

La noche parecía una más, una de aquellas en las que llegaba a mi casa con alguna chica de la mano y jugábamos hasta el amanecer. Todo seguía la misma tendencia. Todo hasta que la vi.

Su mirada penetró en mi y me hizo trastabillar. La joven que estaba entre mis brazos tropezó conmigo y tras disculparme, la dejé ir. No tenía sentido seguir bailando cuando toda mi atención la tenían aquellos ojos color miel que no dejaban de observarme.

Sentí un fuego abrazador crecer dentro de mí sin ningún control. Era la mujer más hermosa que había visto en mi vida. Su corta melena estilizaba sus rasgos y la hacía parecer ante mis ojos como una auténtica diosa griega. Jamás había conocido mujer con semejantes curvas que causara tal estado de embriaguez en mí. Su vestido blanco con vuelo se ajustaba a su figura de infarto, lo que me dejó con la boca abierta. Su belleza deslumbraba, haciendo que para mi no hubiese ninguna mujer más en ese momento. Solo estábamos ella y yo.

En mi interior se despertó una sensación que hacía años que no sentía. Sus ojos seguían clavados en los míos, como si intentase ver más allá de lo que mi apariencia le decía. Esa conexión que se había establecido entre nosotros hizo que un hormigueo recorriera mi cuerpo completamente, de un modo que incluso me dio miedo.

No entendía que me pasaba. ¿Qué estaba haciendo esa mujer conmigo? ¿Cómo era posible que notara tal avalancha de sensaciones cuando no había cruzado ni una sola palabra con ella? ¿Acaso era bruja? ¿Cómo era posible que en diez segundos mi corazón se desbocase solo al contemplarla?

¡Reacciona Richard!, me reprendí a mi mismo. Pero lo cierto es que ejercía tal poder sobre mi que no podía apartar la mirada. Era como un imán. De alguna manera nuestros ojos se habían encontrado y no podían dejar de hablar. Y es que tuve la sensación de estar comunicándome con ella a través de su mirada. Ya sé que muchos pensaréis que estoy loco, pero no podía dejar de pensarlo. Tenía la extraña sensación de que ella estaba sintiendo esa misma oleada de sentimientos de golpe, y por algún motivo que desconocía eso hizo que el fuego en mi creciera.

No me había dado cuenta que había estado aguantando la respiración, hasta que una exhalación profunda me lo advirtió. Y es que su sola presencia me había vuelto completamente loco.

Creí que iba a explotar en cualquier momento, que acabaría desbordado ante la situación, pero no fue así. Ella apareció rompiendo la magia del momento.

- ¿Qué te ocurre Castle?

- Na... nada – conseguí articular sin apartar la mirada de aquella enigmática mujer.

- ¿Se te ha perdido algo? - su cuerpo ocupó mi campo de visión y entonces la conexión se rompió.

- Me dejas... - con mi mano la tomé del brazo y la aparté, pero para entonces ya era tarde. Había desaparecido.

- ¿Se puede saber que haces? - me preguntó zafándose de mi agarre – Eso ha dolido.

- Lo siento – le respondió girándome para observarla – No quería hacerte daño.

- Estas rarísimo. ¿Por qué no volvemos a bailar? A ver si así recupero al Castle de antes de que se le subiera la sangre al cerebro.

- ¿De qué hablas? - le pregunté sin entender nada.

- De que estás como si te hubieras pasado la noche haciendo deporte. Vaya colores tienes. Venga, vamos a bailar.

Me tomó de la mano y literalmente me arrastró a la pista. Si no fuera porque el baile era algo innato en mi, no habría sido capaz de dar un solo paso. En esta ocasión, fue ella la que tomó el control, ya que a mi me resultaba imposible. Y es que toda mi mente la ocupaba ella.

¿Quién era esa misteriosa mujer? ¿Qué me había hecho? ¿Volvería a verla de nuevo? No dejaba de darle vueltas a todas esa preguntas y en mi imaginación solo había cabida para una cosa, lo único que no había visto: su sonrisa. Una sonrisa que, a juzgar por la belleza sin igual de aquella mujer, solo conseguiría dejarme obnubilado. ¿Quién eres, pequeña bruja? ¿Quién eres?


Aunque el fic está inspirado en la primera película de Dirty dancing, para que las situaciones encajasen mejor con los caracteres de los personajes, leeréis algunas escenas en las que utilizo como inspiración la película Dirty dancing 2, como en este capítulo es el caso del hotel.

¿Quién será la misteriosa compañera´de baile de Castle? ¿Volverá a encontrarse de nuevo con aquella mujer? Pronto lo sabréis.

Espero que les haya gustado.