Capítulo segundo: Agonía

Disclaimer: Los personajes pertenecen a la gran S. Meyer y la historia es de mi autoría.

Capítulo beteado por Yeya Lazzari, Betas FFAD. groups/betasffaddiction/

Mi nuevo caso estaba yendo viento en popa. El desgraciado se hundiría en la cárcel por violador; la pequeña Bree tendría su venganza por lo que el maldito le hizo.

Mi nombre es Isabella Swan, soy abogada y con tan sólo 30 años, una de las mejores profesionales de Los Ángeles. Cuando tenía doce, mis padres murieron a manos de un conductor ebrio y la justicia lo único que hizo fue dejarlo en libertad porque no estaba en sus facultades mentales. Maldito hijo de puta.

Eso fue una mentira justificada con un médico amigo suyo, que falsificó el documento y nadie hace justicia por nadie en un pequeño pueblo. Con Emmett, mi hermano, no teníamos un jodido dólar para poder pagar un buen abogado y apelar, por lo que nos tuvimos que quedar de brazos cruzados y hacer oídos sordos a la situación.

En ese tiempo vivíamos en Forks, un lugar lluvioso y después del accidente, demasiado lúgubre. Cuando Emmett cumplió 18 y pudo hacer uso de la generosa herencia que nos dejaron nuestros padres, nos fuimos de allí. René y Charlie siempre fueron precavidos con el dinero de nuestra educación, así que desde que se casaron comenzaron a ahorrar para la universidad.

Los primeros años lejos fueron difíciles pero no había forma de volver atrás, en el momento que pusimos un sólo pie fuera de Forks supimos que sería para siempre. Desde ese día me dije a mi misma que lucharía por los débiles, demostraría que se puede hacer justicia y no que por no tener tantos ceros en nuestra cuenta bancaria, éramos menos.

El oso de mi hermano se sacrificó por mí en todo, nunca me faltó nada, ni me sentí sola, siempre estaba ahí, acompañándome, mimándome, levantando mi ánimo. Su vida era sólo la Universidad y yo, de casa a la universidad. No salía con nadie, poniéndome por encima de todo en su escala de prioridades.

Pero fue en su tercer año cuando conoció Rosalie, la escultural rubia, nueva alumna de intercambio que venía desde Canadá. Vivía en Toronto, sus padres nunca la quisieron, sólo le daban dinero. La persona más cercana a ella era su nana Carmen, que iba a sus presentaciones en el colegio, la escuchaba cuando tenía un problema, a quien le contó cómo fue su primera vez, quién se quedaba despierta noches enteras cuando tenía fiebre. Era su mamá en todo el sentido de la palabra.

Al presentarse la oportunidad de un intercambio no lo pensó dos veces y se postuló, le rogó a sus padres que dejaran a Carmen venir con ella y aunque en un principio se negaron, les amenazó con dejar salir los más sucios secretos de la prestigiosa familia Hale a la luz pública, y como las apariencias para ellos era lo más importante, accedieron a todos los caprichos de la rubia.

Cuando conoció a Emmett saltaron chispas, o eso siempre decían, no ese tipo de chispas de la primera vez que se miran a los ojos. Al principio, se odiaban. Ella por su infantilidad y él por su lengua venenosa, pero un día les tocó hacer unos trabajos juntos y ese fue el detonante para que finalmente se unieran.

Rose fue como una madre para mí, ella supo a quién besé por primera vez, con quién había caído en los fogosos deseos de la piel, la que me llevó al ginecólogo y se enfrentó a Emmett cuando no quería que saliera con los chicos de su edad.

Éramos los tres mosqueteros, "todos para uno y uno para todos", ese era nuestro lema. Les amo, el dolor de uno es el del otro.

Ahora Rose y Em están casados desde hace cinco felices años y después de tanto buscar un bebé, la cigüeña tocó sus puertas, ya estaban de siete meses, su pancita era hermosa, poseía ese brillo especial que tienen todas las embarazadas y una sonrisa radiante. ¡Estaban tan ansiosos esperándolo!

"Si, sé lo que se siente con esa felicidad" pensé. El sonido del celular me sacó de mis recuerdos tristes. Miré la pantalla, era Emmett. Inconscientemente se instaló una sonrisa en mi rostro.

—¡Hola Oso! —dije alegremente.

—¡Bella! ¡Debes venir al hospital! ¡Rose se puso de parto! —Su sollozo me heló la sangre— ¡Bella faltan dos meses, el bebé no puede nacer! Aún no... —susurró más para sí mismo que para mí.

—¡Oh, Dios! ¿En qué hospital estás? —esto no podía suceder, no de nuevo.

—En el California Hospital Medical Center. —Mi héroe se caía a pedazos, su llanto traspasaba el teléfono y llegaba como navajas a mis oídos—. Soy fuerte por ella, pero no soporto más. Te necesito peque, lo antes posible.

—En diez minutos estoy ahí, Em. Ve con Rose, te necesita Oso —salí de la oficina tomando mi cartera y cazadora—. Cuando llegue te llamo. Te amo.

Esto no podía estar sucediendo otra vez, no a ellos, que hubiera pasado en una ocasión en la familia, es suficiente. Era imposible, ellos son tan buenas personas, habían buscado tanto ese bebé.

El clima helado de Los Ángeles me dio la bienvenida. Hacía más de seis años que no se sentía una lluvia tan tempestuosa, desde el día en que perdí a mi bebé, a mi pequeña Ann.

Flashback.

Era un jueves por la noche, fuera del apartamento caía una gran tormenta.

Estaba sola, Steven aún no llegaba del trabajo, de un tiempo a esta parte no lo hacía hasta muy entrada la noche, se excusaba diciendo que ahora que tendríamos un bebé necesitábamos más dinero por lo que debía trabajar horas extras. A mi realmente no me preocupaba, teníamos dinero, no tanto como para excentricidades, pero sí para vivir cómodamente. Lo que sí deseaba era que él me acompañara por las tardes, que me mimara y amara.

El sonido de las llaves abriendo la puerta me sacó de mis pensamientos, era Stev. Ésta vez habían sido cinco horas extras. Se asomó al salón sigilosamente y dejó sus cosas en el sillón.

—Hola. —Lo saludé desde mi lugar, él abrió los ojos teatralmente y encendió la luz.

—¡Diablos Bella, me asustaste! —se acercó a darme un beso. La claridad me dejó ver que su camisa estaba manchada con labial rojo en el cuello, como un beso. Esa pequeña imperfección en la camisa blanca que le planché ayer en la noche lo delataba. El maldito veía a otra mujer. Lo empujé con asco—. Amor, ¿qué pasa?

—No seas hipócrita —dije con rabia—. ¡Aléjate de mí! —Me miraba extrañado—. ¡Mira tú cuello jodido imbécil! —Se la desabrochó y la miró, su cara asustada lo delataba y confirmó lo que yo creía.

—No es lo que crees… —lo corté antes que empezara a contarme alguna mentira.

—¿Por qué todos los jodidos hombres niegan con la misma frase? —Me reí amargamente— ¡Dios! ¿Horas extras? ¿Tan bajo caíste Steven Thompson? —Negaba con la cabeza— ¡Claro! Como tu gorda novia embarazada de mal humor no podía satisfacerte, fuiste a buscar a alguien más —comenzaba a exaltarme —. ¿Desde cuándo estas con ella?

—Bella…

—¡¿Desde cuándo?! —grité. Estaba tan enojada que me sorprendió un líquido caliente caer entre mis piernas, comencé a asustarme y después de eso, todo se volvió negro.

Me desperté desorientada, fijé la vista a mí alrededor. Estaba en una habitación blanca donde se escuchaba un bip cerca de mi cabeza, me encontraba en el hospital, no había que ser un genio para saberlo. Recordé lo sucedido, mis gritos, la mancha, el líquido deslizándose… Dios, no, no, no, no puede ser, no puede ser.

Bajé las manos a mi vientre y estaba plano. Mi corazón latía fuertemente. La puerta se abrió, por ella entraban Rose y una enfermera, al ver los llorosos ojos azules de mi cuñada, me di cuenta de que lo que estaba pensando era cierto… mi bebe no estaba ya conmigo.

Fin Flashback.

Anne había nacido prematura, el doctor creyó que no sobreviviría al parto e incluso, la esperanza de vida que le dio, no superaba la semana. En un momento la vida de ambas estuvo en peligro, pero lograron salvarnos.

Anne tenía ojos azules, como los de Steven, poco cabello color castaño, como el mío, y un feo color amarillo en la piel, sin embargo era lo más hermoso que había visto en mi existencia. Lo único que la sostenía con vida era la incubadora, esa fría maquina podía mantener a mi bebé junto a mí.

Steven se había cansado de mi hostilidad y ya no me buscaba, sólo iba a ver a Anne una hora todos los días. Lo odiaba, por su culpa la niña se encontraba en esa situación, él era el único culpable.

Hasta que el fatídico día llegó. Anne murió, su corazón no resistió y dejó de latir. No lloré, no me lo permití, sería fuerte por ella, la recordaría con alegría, estoy segura que se fue para estar mejor. Era mi sol durante ese mes y así la recordaría por siempre.

Y ahora nuevamente la historia se repetía, Rose pasaba por lo mismo que yo, pero rogaba que no fuera con el mismo resultado.