Caroline gimió en los brazos de Niklaus y él sintió que sueños oscuros se sucedían unos a otros en la mente de ella. No podía dejarla, no la dejaría. No había nada que pudiera hacer excepto levantarla con fuerza y llevarla en brazos por el bosque hasta su guarida.

El aire fresco le acariciaba la piel desnuda y su pene continuaba estando totalmente atento. No podía apartar de sus pensamientos la imagen de tomar a esta mujer una y otra vez.

Cuando llegó a la guarida que eligió para permanecer durante los meses de primavera y verano, entró con pasos enérgicos por la abertura, bajó por un pasadizo largo y profundo, hasta llegar a una caverna de cristal. Lo que quedaba de la luz solar del día se escabullía por una abertura en la parte superior de la caverna. Una luz mínima se reflejaba en los cristales y formaba arco iris que brillaban y se deslizaban por el suelo.

Vivía solo, ya que había dejado la manada de su tío hacía un tiempo. Desde que habían asesinado a su familia, él no había querido vínculos de ningún tipo.

Niklaus colocó cuidadosamente a Caroline sobre una pila de cueros curtidos y usó una piel de cordero enrollada para apoyarle la cabeza. Encontró un cuchillo entre sus provisiones, con el cual cortó la soga que llevaba alrededor del cuello.

Ella dormía. Su cuerpo necesitaba recuperarse del trauma por el que había pasado.

La cubrió con una suave manta de piel de cordero, la controló frecuentemente y le dio sorbos de agua, a pesar de que estaba durmiendo. Le quitó la tierra de los ojos, de la cara y del cuello con un paño húmedo suave. Cuando terminó, le lavó las heridas de los brazos y los pies.

Y aún dormía.

Se sintió ferozmente protector de esta mujer y apenas podía mantenerla alejada de su vista, incluso para cazar su propia comida.

Ella durmió de manera irregular durante dos días, sacudiendo la cabeza. Movía los párpados y tenía las mejillas rojas de la fiebre. Le puso entre los labios trozos de corteza de sauce y le dio sorbos de agua. Finalmente, la fiebre cedió y ella descansó.

El tercer día, él decidió que ya había dormido lo suficiente. La llevó afuera de la caverna hasta un lago.

Caroline se despertó por el suave roce de un paño húmedo contra las mejillas.

Durante un momento, se relajó con las caricias y se sintió segura y amada por el contacto suave de su madre. Sintió el chapoteo suave del agua contra costa, el llamado de los nordai y el beso del viento contra sus mejillas y sobre uno de sus senos.

Levantó los párpados y separó los labios con un grito, pero una gran mano le tapó la boca. Se quedó totalmente paralizada con la mirada bloqueada por los feroces ojos grises del hombre que la había capturado en el bosque. Él se arrodilló junto a ella, con el cuerpo fuerte y desnudo como antes. Era tan grande que le bloqueaba toda la vista.

Todo lo que podía ver era este inmenso hombre que la tenía prisionera.

- Grita y tendré que darte un rodillazo, gatita. - Tenía una mirada que destellaba diversión, pero inmediatamente se oscureció con lo que parecía deseo.

Sacudió la cabeza y se acomodó el cabello con el movimiento, como si así hiciera desaparecer el deseo.

- Te liberaré, pero si haces un ruido, tendré que amordazar esa boca dulce que tienes.

Caroline se mordió el labio contra la palma de la mano de Klaus e hizo un leve movimiento afirmativo con la cabeza.

Se dio cuenta de que éste no era un hombre con el que se pudiera jugar. Ella se escaparía de él, sí, pero tendría que esperar el momento indicado.

Le quitó la mano de la boca y volvió a lavarle la cara con caricias suaves. Se estremeció cuando le pasó el trapo por una herida en el mentón y él frunció el ceño.

- Bastardos - gruñó. El siguió pasándole el paño fresco en la cara y el cuello, hasta que pareció satisfecho.

- Tú me cuidaste - murmuró mientras los recuerdos volvían a ella. Ella había estado enferma y con fiebre y él le había mojado la cara con paños frescos y la había alimentado con un polvo de sabor amargo, que debió haber sido corteza de sauce.

Se encogió de hombros.

- Estabas enferma. Dormiste durante tres días.

Ella abrió los ojos por la sorpresa. - ¿Tres días? - Intentó hacer fuerza sobre él para sentarse. - Debo volver con mis hermanas. Me necesitan.

El hombre le agarró la mano mientras se paraba y la levantó con él. Durante un momento el mundo le dio vueltas y se cayó contra su figura musculosa. El pecho de él estaba cálido contra su seno descubierto y las mejillas se enrojecieron por su propio calor.

- ¿Estás bien, Caroline? - preguntó suavemente sobre su pelo.

Ella levantó rápidamente la cabeza y le golpeó la nariz.

- ¿Cómo sabes mi nombre?

Él simplemente la miró, como memorizando sus rasgos.

Caroline tragó saliva.

- ¿Quién eres?

- Me llamo Klaus. - La tomó de un lado de la cara y le pasó el pulgar por el pómulo. - Y tú, mi dama, has entrado en mi territorio. Lo que entra aquí se va o se queda según yo lo decida.

- ¿Discúlpame?- Caroline frunció el ceño inmediatamente. - No puedes mantenerme aquí.

Se le oscurecieron los ojos, por lo que ella dio un paso atrás.

- Te quedarás hasta que yo te permita ir.

Miró con odio a Klaus e intentó alejarse de él, pero casi se cae, estaba muy débil. Él la agarró y la sostuvo con firmeza.

Antes de que pudiera responder, le tomó el mentón con la mano. - Ven. Necesitas un baño.

Caroline no estaba en estado como para enfrentar al hombre. Él la sostuvo con un brazo y la llevó hacia un lago a sólo metros de donde había pasado estos días. Sintió un colchón mullido de musgo contra los pies descalzos y lastimados mientras miraba asombrada a su alrededor. El pensamiento de todo lo que recién había dicho el hombre se le iba de la mente a medida que asimilaba la belleza del refugio, más bello que el Mar Mairi.

Los árboles eran más gruesos alrededor del lago, una cantidad innumerable de hojas suspendidas como si fueran finas cortinas de encaje, de los verdes mas verdes, caían en la superficie del agua. Las flores brotaban en macizos caprichosos de rojo, rosa y violeta, y el lago resplandecía con un azul verdoso cristalino y profundo.

- El mismo color de tus ojos - murmuró Niklaus, y ella levantó la mirada y lo observó asombrada.

- Es increíble. - Era más que eso, pero eso era todo lo que podía pensar en decir mientras él la llevaba hasta el agua.

Nuevamente, estaba sorprendida. El agua no estaba congelada, sino levemente fresca, lo cual le energizaba el cuerpo y le despejaba la mente a medida que se adentraban en el lago. Los dolores y la heridas casi desaparecieron sólo con la caricia del agua.

Niklaus la llevó hasta un hueco de roca cerca de la costa, pero lo suficientemente dentro del agua como para rozarle apenas debajo de los senos. El vestido destrozado se infló alrededor de las piernas y uno de sus pechos que no estaba descubierto rogaba ser liberado.

- Eres una criatura preciosa, Caroline. – Niklaus la tomó de los hombros y la obligó a que quedara de espaldas a él. Ella sintió que le desataba el lazo del vestido. – Una enorme tentación para cualquier hombre.

Ella frunció el ceño. ¿Por qué diría tales cosas? Ella sabía que no era linda, sólo un poco más que fea, ya que se lo había dicho incontables veces su padre.

Niklaus la giró para ponerla de cara a él con tanta rapidez que dio un grito. Habría perdido el equilibrio si él no la hubiese estado sujetando con tanta fuerza de los hombros. El gesto de su rostro hizo que le estallara el corazón.

- Eres una mujer hermosa, Caroline. - Su voz era un gruñido suave. - Lo juro por la luna, te enseñaré a ver tu propia belleza, antes de dejarte ir.

Todo lo que podía hacer era mirarlo sorprendida. Parecía tan serio. Y era como si acabara de leerle los pensamientos con tanta claridad como si los hubiera dicho en voz alta.

A Niklaus se le revolvió el estómago al correr el cabello de Caroline del escote del vestido. Los malos tratos a los que había sido expuesta eran muchos más que los que los bastardos de Dyrke y Jove le habían hecho. Lo único que deseaba era buscar a los hombres, perseguir al padre y hacer que todos ellos pagaran el daño que le habían hecho a esta mujer. Los colmillos casi le explotaron en la boca y sintió que la piel se le estiró, como sucede siempre antes del cambio. Debió usar toda su fuerza para combatir a la bestia que amenazaba con apoderarse de él.

Caroline contuvo notablemente la respiración mientras él le quitaba el vestido lentamente de los hombros, lo deslizaba por los brazos y debajo del agua por la cintura, donde lo dejó caer hasta los pies al fondo del lago. Ahora tenía ambos senos descubiertos por lo que él casi gimió en voz alta.

Casi sin pensarlo, sacó la mano del agua y llevó los nudillos húmedos por la curva del delicado cuello, la clavícula y hasta el tentador bulto de un seno.

Ella se mantuvo quieta y él pudo sentir el temor y la furia de ser tocada sin su permiso y, a la vez, su excitación. Se obligó a detenerse, se dirigió hacia un estante escondido detrás del hueco de la roca y tomó un tarro de jabón con aroma a menta.

Mientras ella miraba, el hundió los dedos en la sustancia blanca y sacó una cantidad suficiente como para lavarle el cuerpo.

Lentamente, le jabonó los hombros y los brazos, hasta llegar a los dedos. Caroline temblaba mientras la tocaba.

Era tan fácil leerle los pensamientos, quería darle una bofetada, quería correr, quería quedarse, quería que se detuviera, quería que nunca dejara de hacerlo.

Después de jabonarle los hombros, le lavó la espalda y después el vientre. Hasta el punto en que todo lo que le quedó sin tocar eran los pechos, entonces, le tomó las manos y colocó jabón en las palmas.

Le habló con un susurro ronco. - Lávate los pechos.

Caroline se puso colorada y dudó.

- No tienes derecho a decirme qué hacer.

- Ahora. - le ordenó, con una voz tan amenazante que Caroline levantó las manos y comenzó a masajearse los senos.

La polla de Nick se disparó al verla.

- Los pezones. - Apenas podía contenerse de tocarla.

Se mordió el labio superior con los pequeños dientes blancos y jaló de los tersos capullos rosados.

- Enjuágate. - Le ordenó, con un tono seco, mientras luchaba por mantener el control y no violar a esta mujer en ese mismo lugar.

Hizo una pausa por un momento, se hundió en la superficie del lago y se levantó inmediatamente. Se apartó el largo cabello del rostro. El cabello le brillaba y las gotas de agua le caían por la piel.

Él se colocó más jabón en la palma de la mano.

- Date vuelta. - le ordenó. - Te voy a lavar el cabello.

Ella lo miró fijamente durante un momento, entrecerró los ojos y, después, comenzó a girar lentamente.

Caroline era unos treinta centímetros más baja que él, tenía la altura ideal. Le colocó champú en el cabello y sintió que temblaba por el deseo de su roce.

Gradualmente, Caroline se relajó mientras le masajeaba el cuero cabelludo, a pesar de sus intentos por permanecer dura e inflexible. Se inclinó hacia atrás y se apoyó sobre él, y sintió que los músculos ya no podían sostenerla. La piel de Klaus era cálida y sensual junto a la de ella, y la polla se le puso cada vez más dura contra la espalda. En conjunto, era una serie exquisita de sensaciones.

A pesar del hecho de que este hombre era un extraño, Caroline se sintió cada vez más excitada por la situación. Siempre había tenido curiosidad por el sexo, pero siempre supuso que tales placeres le serían negados, excepto por los encuentros aleatorios y bochornosos en la oscuridad, toscos y apurados, como los que había conocido. No era tan bella como sus hermanas y no tenía riquezas para atraer a un pretendiente.

Sin embargo, ahí estaba, en un bellísimo lago, con un espécimen bellísimo de hombre que le prestaba una delicada atención. Le dolía la concha y tenía los pezones tan rígidos como las perlas del Mar Mairi.

Caroline suspiró. - Eso se siente tan increíblemente bien. - Estaba cautiva de este hombre, pero, de alguna forma, no se sentía amenazada. Lo quería con un deseo que la sorprendía.

En realidad, en ningún momento sintió que él podía lastimarla de alguna manera, un hecho que no se explicaba. Sólo con la mirada de sus ojos grises increíblemente feroces, sabía que era salvaje y deliciosamente malvado.

- Hora de enjuagarse - dijo, un segundo antes de tirarle unos litros de agua sobre la cabeza.

Caroline farfulló y comenzó a gritarle cuando la empapó nuevamente. Se volvió hacia Niklaus, quien sostenía un cubo de madera, y lo miró fijamente. Pero por primera vez desde que lo había conocido, estaba sonriendo.

- Te estás poniendo demasiado cómoda contra mí, gatita - Dobló la boca en una sonrisa arrogante. - Es obvio que me deseas.

- ¡Oooh! – Caroline dio una palmada en la superficie del lago y lanzó una lluvia de agua directamente hacia el rostro del bastardo presuntuoso. Hizo un gesto de sorpresa y se apartó el largo cabello de la cara justo cuando ella lo salpicó nuevamente.

Entrecerró los ojos, fijó la mirada en ella como un depredador que está a punto de tomar su presa.

Con un grito, Caroline se dio vuelta e intentó salir del agua hacia la costa. Se le enredaron los pies en el vestido olvidado y se cayó en el agua.

Un segundo después, los brazos de Niklaus se encontraban alrededor de su cintura. La sacó del agua y ella jadeó pidiendo aire. Él se rió, con una voz profunda y vibrante, y ella debió devolverle la sonrisa.

Su mirada se encontró con la de ella, quien quedó completamente paralizada. Esos bellos ojos de color celeste llenos de sentimiento la hicieron estremecerse con la necesidad intensa de deseo que había en ellos. Le dolían aun más los pezones y la concha se le inundó de jugos.

Él deslizó una mano por el pelo, la tomó de la cabeza y llevó su cuerpo contra el de él. La polla era una barra caliente y dura entre ellos, y ella tenía los pechos presionados con su fuerte pecho.

- Klaus. - Una cascada de sensaciones cayó por el vientre de Caroline – Yo…

Él dejó que los pensamientos fluyeran a su alrededor como la suave calidez del lago. Ella estaba tan excitada como él, pero no lo sabía. Una necesidad violenta dominó su cuerpo y sintió ansias de clavarle la polla en su calidez y follarla hasta que ambos gritaran de satisfacción. Todo lo que Niklaus sabía era que quería a esta mujer como nunca antes había querido a una mujer en todos sus años.

Y que no podía tenerla. Ella, era una humana.

- Nunca te haría daño, gatita. - Presionó los labios sobre la piel suave de la frente y ella se estremeció con lo que él reconoció como deseo. Su esencia femenina era rica y atrayente. Lo llamaba como el aullido de una hembra cuando la luna llena estaba alta y orgullosa en el cielo de la noche. - Nunca te tomaría sin tu consentimiento.

¿Qué estaba diciendo? Él no iba a tomarla en absoluto.

Aún le tomaba la cabeza con la mano y, con la lengua, atrapaba las gotas de agua que le caían de la pendiente de la nariz. Saboreó la sal de la piel, un rastro de menta del champú, y la dulzura del agua del lago.

Caroline se levantó y se cayó con el pecho sobre él, mientras el corazón latía lo suficientemente fuerte como para que sus oídos sensibles lo sintieran. Palpitaba por todo su ser, con un pulso similar al de la polla contra su vientre.

- Klaus… - Esta vez pronunció su nombre como un susurro de deseo, sin temor ni enojo en el tono de su voz. Le apoyó las manos sobre el pecho y lo miró con esos hermosos ojos de color verde azulado.

Un gruñido suave recorrió todo su cuerpo. Por la luna, cuánto quería a esta mujer.

Llevó sus labios hacia los de ella y le mordisqueó suavemente el labio inferior. Ella jadeó y él deslizó la lengua adentro de su boca, marcando para siempre el sabor de ella en su memoria. Tímidamente, la lengua de Caroline se encontró con la de él, pero mientras la besaba, se volvió más segura y exigente. Hizo pequeños maullidos, como los de un gato.

El beso se volvió más intenso, más feroz. Él exigió todo de ella y ella le dio eso y más. Niklaus cerró el puño en el pelo de Caroline y con al mano libre le acarició la curva del hombro, hasta la entrada de la cintura y sobre la cadera, hasta tomarla del culo y apretarla increíblemente con su erección.

Ella gimió y rozó suavemente el cuerpo contra la polla. Él interrumpió el beso, con la respiración pesada y con todo el calor del cuerpo que desembocaba en la ingle.

Caroline gimoteó e intentó llevar sus labios nuevamente hacia los de él.

- Me dejas sin aliento. - La voz se puso más ronca de deseo. - Creo que me has hechizado.

Ella se sonrojó y parpadeó. - No se qué es lo que me estás haciendo, Klaus. Siento como si mi corazón te conociera de toda la vida y, sin embargo, no se quien eres. No se nada acerca de ti. Debería estar enojada contigo, pero de alguna manera, has hecho que ese enojo desapareciera.

- Es suficiente con que seas una mujer y yo un hombre. - Niklaus la levantó en brazos y ella ni siquiera habló de la sorpresa. Simplemente se colgó del cuello, una pequeña criatura que se sentía cómoda con él, como signo de confianza. ¿Qué sucedería con esa confianza cuando ella descubriera lo que realmente era? ¿Esa cosa que temía más que nada?

El pensamiento racional abandonó su mente al tiempo que se acostó sobre un colchón de musgo suave. La forma en que lo miraba casi le hacía poner los pelos de punta. Se deslizó entre sus muslos, mientras la verga hacía presión contra su abertura, y las mejillas tomaron un leve color rosado. Ella le envolvió el cuello con los brazos e hizo presión con el pubis.

No podía esperar para deslizarse adentro de ella, no podía esperar para follarla duramente.

No. Si lo hacía podía comenzar el proceso de transformación y él se convertiría en lo que más temía. ¡Sería impensable traicionarla de esa manera!

Pero él debía probarla, debía darle placer.

Niklaus la besó nuevamente, y el vientre de ella se agitó debido al beso lento y aletargante que la dejó sin habla. Rápidamente le sacó la lengua de la boca y llevó le los labios al mentón y hacia abajo por la curva del cuello. El cabello de Niklaus, largo y húmedo le rozaba la piel mientras se movía, como una caricia suave que la hacía estremecerse.

Caroline no sabía lo que estaba haciendo. Debería estar enojada, intentar huir. Pero todo lo que sabía era que no quería que Klaus se detuviera. Nunca en su vida había sentido sensaciones tan increíbles y ansiaba que el hombre la tocara.

Él movió los labios hacia uno de sus pezones. ''Es tan bello", murmuró antes deagarrar la saliente y chuparla.

Ella gritó por la sensación, tan fuerte que los nordai se sobresaltaron en los árboles y salieron volando. Sin siquiera darse cuenta de lo que estaba haciendo, se arqueó y presionó con más fuerza el seno sobre la boca.

Niklaus gruñó y se volvió hacia el otro pezón, por lo que ella gritó nuevamente. Lo tomó del cabello con las manos y le enterró los dedos en los mechones mojados. Cuando le soltó el pezón y puso la boca en medio de los senos, ella gimió, porque no quería que se detuvieran esas sensaciones increíbles.

- ¿Disfrutas cuando pongo mi boca sobre ti?- Llevó la lengua hacia el vientre y se aproximó a los suaves rizos de la elevación.

Apenas podía tenía aire para poder hablar. ''Sí". El tono de su voz era bajo y ronco de deseo. Se obligó a levantar la voz y dijo - No te detengas.

La risa del hombre era suave, pero tan carnal que le hizo hervir la sangre.

Y, entonces, no pudo pensar más. Para nada. Con la lengua hacía círculos perezosos entre los suaves rizos marrones del monte púbico y con las manos le agarraba la cara interna de los muslos. Le temblaban las piernas y no podía creer lo que estaba haciendo. No iba a poner la boca…

La lengua se apoderó de los pliegues y ella gritó de sorpresa y pasión. Oh, Dios mío, ¿no era eso increíble? Las manos le sostenían los muslos con más fuerza mientras le chupaba y le lamía la concha. Ella le clavó los dedos en el cabello mojado y gimió y se retorció. ¿Qué le estaba sucediendo? Sentía que las sensaciones más increíbles brotaban dentro de ella, sensaciones que la dejaban sin aire en el pecho y sin pensamientos en la mente.

Le clavó el dedo adentro de la vagina y ella dio un grito. El fuego le abrazó todo el cuerpo y se expandió hacia afuera desde el vientre a los senos, hasta las raíces de los cabellos; de las piernas hasta los dedos. Su cuerpo se sacudió y corcoveó, y unos colores brillantes destellaron detrás de los ojos.

No podía creer lo que le había pasado en el cuerpo. Caroline había oído hablar a las sirvientas de la taberna local de los placeres con un hombre, pero la única experiencia que había tenido con el hijo de un granjero había sido mucho menos que placentera. La había obligado a chuparle la polla y no lo había disfrutado en absoluto.

Niklaus siguió chupándola y lamiéndola, y clavándole el dedo adentro de la concha, hasta que las sensaciones fueron demasiado como para que lo pudiera soportar. Le rogó que se detuviera. No podía tolerar más de esa dulce tortura.

Él parecía reacio a detenerse, sin embargo lo hizo y le dio un respiro al cuerpo de Caroline. Tenía la verga contra el vientre, los brazos la agarraban a ambos lados de los hombros y los ojos de color celeste la miraban fijamente, con tanto deseo en ellos que era casi alarmante. La respiración de ella se tornó más fuerte y el cuerpo se le cubrió de sudor. Podía oler sus propios jugos mezclados con la esencia del musgo proveniente de su espalda y los árboles que se desviaban hacia el lago.

- Tu sabor es… increíble. - Niklaus bajó la cabeza y llevó los labios muy cerca de los suyos. - Quiero que pruebes tu propio néctar. - Presionó la boca con la de ella y le deslizó la lengua entre los labios. Ella probó su sabor único y sintió más temblores en el vientre, al saber que esto era lo que él había degustado mientras le provocaba sentimientos tan exquisitos.

- Ha sido increíble. Aún siento explosiones de placer en todo el cuerpo. - Ella dirigió la mirada hacia el lugar donde el pene hacía presión contra su vientre. Después de la experiencia que le había brindado, ella quería devolverle la amabilidad. La polla se veía mucho más deliciosa que la del hijo del granjero. - Dime cómo te gustaría que te diera placer.

Niklaus sintió que un fuego le quemaba el vientre, mientras se ponía de pie. El cabello largo y rubio reposaba suelto y se estaba secando sobre los hombros, y el viento acariciaba su desnudez. A ella se le puso la carne de gallina, debido a la brisa fresca y los pezones se le pusieron duros y tirantes.

- De rodillas. - Ordenó, con la voz ronca de deseo. - Envuélveme la polla con la mano.

Ella se estremeció y obedeció, deslizó los pequeños dedos por toda su longitud y los grandes ojos verde-azulados se centraron en su erección. Esta vez gruñó en voz alta.

- Colócate la verga en la boca.

Caroline se lamió los labios y los deslizó por el pene, mientras lo llevaba más profundo de lo que él creía posible.

Lo juraba por la luna, ella estaba tan caliente y húmeda alrededor de su erección, y él sólo podía pensar en llegar hasta su vagina y follarla hasta que gritara de alivio.

- Mueve la mano y la boca hacia arriba y hacia abajo alrededor de mi polla.

Estaba ronco de la necesidad y apenas podía hablar.

Caroline lo miró y le chupó la verga. Él nunca había sentido nada tan increíble en tantos años, como la sensación de su boca alrededor suyo.

Le agarró la cabeza y empujó las caderas contra la cara, en sincronía con los movimientos de ella. Dentro suyo fue llegando al orgasmo, hasta que se dio cuenta de que estaba cerca del punto culminante y no habría vuelta atrás.

- Caroline… - gruñó mientras observaba que la polla entraba y salía de la boca.

- Llenaré tu boca con mi semilla si no te detienes.

Ella lo chupó más intensamente. Como la lava del Monte Taka, su orgasmo explotó del cuerpo hacia la garganta de Caroline. Ella no paró. Tomó sus líquidos, los tragó mientras él ardía y sentía que su mente volaba. El orgasmo que le golpeó el cuerpo era tan potente que casi lo hizo poner de rodillas.

Cuando no pudo soportarlo más, Klaus retiró la verga de la boca de Caroline y se puso de rodillas, para así estar uno frente al otro. Deslizó la mano por los pliegues, por lo que ella dio un grito ahogado y se aferró a sus brazos. Deslizó dos dedos más profundo dentro del canal y Caroline sintió que casi se le daban la vuelta los ojos.

Tratando de contener la necesidad imperiosa de tomarla, le quitó la mano de los pliegues. Se envolvió la polla semi-erecta con los dedos e inmediatamente volvió a tomar su tamaño completo. La empujó contra los rizos suaves del monte púbico y la deslizó entre los labios de la vagina, rozándola contra el clítoris.

Caroline se acercó a él.

- Te quiero adentro mío.

Niklaus gruñó y cerró los ojos. Deseaba tanto a esta mujer que su cuerpo gritaba la necesidad. Pero era más que eso. Era su inocencia, la fuerza de su espíritu, de la que él había sido testigo en sus pensamientos, y la preocupación que había demostrado por los que amaba.

Él sintió que ella le envolvía la erección con los dedos y abrió los ojos.

- NO - La palabra fue más dura de lo que pretendía y ella apartó rápidamente la mano, con una expresión de dolor en el rostro.

- Comprendo. - Llevó el mentón hacia arriba y los ojos se le pusieron vidriosos, como si le dolieran las lágrimas sin derramar. - Como mi padre siempre dice, soy un poco más que fea. Seguramente no te resulte lo suficientemente placentera como para tener una vinculación emocional conmigo.

La furia se apoderó de todo su ser por el tratamiento que esta preciosa mujer había recibido por parte de su padre. La levantó de un sacudón y entonces ella retrocedió, seguramente por el enojo que observó en su expresión. - Te dije que te verás como la mujer bella que eres. Ya no escucharás las voces de hombres débiles que menosprecian a los demás para sentirse más poderosos.

Ella simplemente lo miró fijamente con los ojos bien abiertos e incredulidad en su expresión.

- Apóyate sobre las manos y las rodillas. - le ordenó. - Y mira hacia el lago.

Caroline sintió el deseo de darle una buena paliza a este hombre grande, pero sabía que no podía competir con él. Cuando colocó los brazos en los hombros de Caroline y la empujó hacia abajo, ella obedeció y se apoyó sobre las manos y las rodillas, en el borde del agua, y miró fijamente las profundidades verde-azuladas.

- Mira tu reflejo y dime lo que ves. - Su voz era más suave ahora, pero todavía se percibía una pizca de enojo en ella.

Ella parpadeó y vio su reflejo tambaleándose en el lago.

- Me veo yo y te veo a ti.

- Dime cómo te ves.

Caroline tragó saliva.

- Tengo el cabello descuidado, los ojos son demasiado amplios, la nariz es demasiado pequeña y los labios muy grandes. Tengo el rostro delgado y amargo.

Sintió un gruñido a su lado y dirigió repentinamente su atención hacia Niklaus. El sonido era tan parecido al del un lobo que el temor casi le hace explotar el corazón.

- Déjame decirte lo que veo. - Suavemente la empujó tomándole una mejilla, de manera que mirara nuevamente hacia el agua. Deslizó los dedos en los pliegues, desde atrás, y comenzó a acariciarle el clítoris mientras hablaba. - Yo veo unos hermosos ojos verde-azulados llenos de inocencia- Mientras hablaba, formaba círculos sobre la protuberancia hinchada, - Veo una nariz adorable que desciende hasta unos labios hechos para ser besados. - Los dedos se movían cada vez con más rapidez y Caroline vio que tenía los labios abiertos y los párpados entrecerrados. - Tienes el rostro ovalado, del tamaño perfecto para tus facciones preciosas.

Caroline se sintió al borde de la explosión. Le temblaron los muslos y los senos le rebotaban a medida que la clavaba con la mano.

- Y tu cabello. - Tomó un mechón del cabello ahora seco que le colgaba sobre la cara. - Delicadas ondas, rubias como la miel, enmarcan perfectamente tu rostro.

Aumentó la velocidad de los dedos y ella pensó que moriría de placer. - Tienes lavagina más preciosa y los pezones más seductores, hechos para chupar.

Niklaus le pellizcó el clítoris y ella dio un grito, su voz resonó en todo el lago. Sacudió el cuerpo y la mente se le llenó de luz y color, mientras el orgasmo recorría todo su cuerpo como la oleada de una roca en ese hermoso lago

Cuando, finalmente, volvió del lugar adonde la había enviado, Niklaus le ordenó que mirara nuevamente su reflejo. Caroline estudió sus facciones en el agua, el corazón latía acelerado por lo que acababa de hacerle. Todavía veía a la mujer poco agraciada que siempre había visto.

Klaus gruñó nuevamente y se puso de pie. Estiró la mano y se la ofreció. Ella la tomó y dejó que la ayudara a pararse.

- Como te dije antes, no dejarás mi bosque hasta que descubras tu propia belleza.

La ira la invadió y el calor que la colmó no se debió sólo al orgasmo.

- ¡No puedes obligarme a quedarme!

- Sí puedo y eso haré. - Cuando intentó responder, él la tomó de la parte posterior de la cabeza y le tapó la boca con la mano. - Me daré cuenta si me mientes, así que no pienses en decírmelo hasta que verdaderamente lo creas.