II
El corazón le comenzaba a pesar tanto cómo un enorme obelisco. No tenía ánimos de nada. Sus sirvientes hacían lo imposible para que se terminara un plato de sopa o cualquier otro alimento que le trajeran. Tenía semanas en cama. Aún se depositaba en la alcoba que compartieron meses atrás, ella y el honradísimo Barnett. Lo soñaba todas las noches. Llegó a susurrar su nombre, pero él nunca le respondió. Había empeorado tanto, que su piel palideció en un terrible tono gris mezclado con unos cuantos matices amarillos. Uno de sus criados escribió a su madre, notificando el pesar que les causaba ver a la pobre viuda tendida, y que cada día, sus huesos se recalcaban más en su endeble piel.
La señora Durless y su esposo acudieron de inmediato a la mansión, que alguna vez tuvo un brillo inevitable, y un interior más acogedor. Ahí se encontraba, sobre el lecho, lo que parecía ser un cuerpo con vida. Angelina no quería hablar sobre el incidente, fue tan crudo salir del hospital sin las dos nuevas personas que le irían a cambiar su vida. –Pero querida, no puedes seguir. Mírate, estás muy delgada. No me gusta nada esto. —Le decía su madre en un ruego. La escarlata no pudo hacer más que romper en llanto. No sabía si tendría la fortaleza suficiente para continuar. ¿Qué más quedaba? Luego de casi tres horas, la convencieron para que abandonara la mansión. –Ya sé, voy a vender este lugar. No quiero vivir aquí, no quiero perderme aquí, imaginando todo lo que pudimos haber hecho él, nuestro pequeño y yo. —Sollozaba Angelina. Finalmente, luego de semanas, ya se podía poner de pie y su aspecto había mejorado. La joven viuda decidió sacar sus cosas de ese lugar. Había escrito antes a los padres de su fallecido esposo, que pensaba devolverles las cosas, éstos declinaron la oferta, también era doloroso para ellos tener tantas cosas que les recordara a su difunto hijo. Por lo que Angelina, decidió donar varias cosas de Barnett, y otras, dejarlas en la casa; como sus muebles, el escritorio, los libreros, incluyendo los mismos libros, dos cantinas, y entre otras cosas. Había llegado al lugar. Los criados se regresarían a la casa de sus antiguos amos, los padres de Barnett. Descendió de la diligencia. Contemplaba con angustia la fachada de la mansión, ya no tenía la fortaleza de antes, ni ese hermoso cantar de las aves que la acompañaron cuando él le mostró la casa. Entró con el corazón dividido, de hecho, deseó que la puerta no se abriera y sin más, alejarse y nunca volver. Pero, había dentro, cosas muy importantes para ella. Debía entrar y hacerse fuerte. -¡Oh, Barnett!—Se le cristalizó la vista, las lágrimas recorrían su piel y, la voz se le atoró en la garganta. Tenía que avanzar. Pasó recorriendo con cada escena que vivió en esas habitaciones, ahora, enmudecidas terriblemente. Entró a la que fue su saloncito, un rincón que el mismo Barnett le destinó exclusivamente a ella. Con ayuda de sus criados, empacó sus libros, cartas y una que otra prenda que abandonó ahí. Luego, se dirigió a la habitación que más significó: el lecho de los esposos. Parece que vio frente a ella, a dos enamorados compartiendo labios y caricias. Los momentos más íntimos que nadie conocería jamás, permanecerían sellados y bien resguardados en su memoria y en su corazón. Ahí estaba su tocador y su armario. Todavía colgaban, junto a sus vestidos, las ropas de su esposo. –Siempre se las dejé de este lado, nunca tenía tiempo para revisar el otro. Salía con prisa. —Le dijo a una criada. Algo le aplastaba el corazón, le era difícil mantenerse de pie. Soltó un clamor, la venía siguiendo desde que despertó. Se cubría la boca, pero era inevitable apagar toda esa congoja. –Barnett era un hombre bueno, ¿por qué? ¿Por qué no me escuchó cuándo le dije que no fuéramos por ese camino? ¡Oh, Barnett, ojalá estuvieras aquí, conmigo!—Lloraba la joven mujer. Una criada se acercó a la desdichada, pero Angelina le pidió que le dejara a solas. Se puso de pie y buscó sus vestidos y sus zapatos, de algunos, decidió deshacerse, no tendría la fuerza para usarlos, olían a Barnett y contenían muchas escenas de él. Antes de abandonar la habitación, algo le obligó a voltear hacia el escritorio, un papelillo que salía de un cajón. Dudó unos segundos, pero ver cómo vibraba con el viento, optó por estirarlo y dar lectura. "Barnett, déjate de sandeces, debes pagarle. Disculpa mi forma de dirigirme en esta ocasión, pero ya sabes cómo se ponen estas cosas si no lo haces con seriedad. Aseveró que si continuabas eludiéndole, alguien más lo pagará. Mi amigo, un trato es un trato… L.", rezaban aquéllas líneas desgastadas. ¿Hace cuánto que eso estaría aquí? Firmaba con una "L", ¿quién era? ¿Y a quién debería pagarle? A la desdichada mujer le entró un relámpago frío en el pecho. Casi le tumbaba. –Mi esposo… ¿Se dirige a mi esposo?—Se hablaba en voz baja. No vaciló más, se lanzó contra el escritorio y comenzó a buscar desesperadamente más pistas. Afortunadamente encontró dos pequeñas notas, no eran muy claras ni en mensaje ni en pluma. Era casi el mismo mensaje, no obstante, en la última nota había un nombre: "R. Crimson".
