Al menos este viaje en subterráneo fue mucho más placentero que el último que había tenido. Bañado, aseado y afeitado por lo menos parecía un miembro productivo de la sociedad. Gracias a que había despertado casi al mediodía, únicamente redactó un apresurado oficio para el director de la universidad y ahora esperaba poder llegar antes de que saliera a comer.
-Espero que comprenda que la coordinación no permitirá que un maestro con antecedentes penales sea el responsable de un grupo. Sabe que en esta edad los jóvenes son muy influenciables y tienden a imitar a sus mayores, sin importar si es un buen ejemplo o uno malo- El director ni siquiera se había molestado en leer su justificación y ahora caminaba por su oficina con la misma autoridad que si estuviese reprendiendo a un alumno de primer año.
-Señor, le recuerdo que he mantenido un récord de asistencias impecable, y que los alumnos que llevan mis materias tienen un alto grado de aprobación- esperó pacientemente, no quería que su impulsividad le ganara otra semana de cómoda estancia en prisión. –Tengo un par de citas en la corte los próximos meses para retirar los cargos y pagar los daños. Una vez que esto termine tendré un historial limpio y…
-No está a discusión, Smith. No puedo reinstalarlo en su puesto al menos hasta que termine el año, lo siento- satisfecho por sus propias palabras, el hombre se sentó frente a su escritorio, guardando el oficio de Erwin en una carpeta que probablemente no se volvería a abrir en años. –Si conoce a alguna persona apta para el empleo, nos gustaría revisar su historial…
-Le agradezco su atención…- en realidad no. En realidad quería partirle la cara y hacer que se tragara el oficio junto con su hoja de liberación. Pero si no quería volver a la cárcel tenía que contenerse. Sonrió sin ninguna intención de hacerlo, por lo que su rostro se contorsionó en una mueca nada amigable y sin más salió de la oficina. Mientras caminaba hacia las afueras del campus algunos alumnos se acercaron a él para saludarlo y aunque en un inicio no tenía la más mínima intención de conversar con ellos, al fin cedió, saludándolos y diciéndoles que los vería el próximo año. Definitivamente extrañaría a esos chicos.
Antes de tomar el subterráneo pasó a una tienda a comprar algunas cosas para sus próximos días en casa, mayoritariamente sopas instantáneas y algunas cervezas. El vagón en el que subió estaba casi vacío, salvo por una anciana y un niño sentados junto a la puerta y al otro extremo un joven demasiado concentrado en escuchar música de su reproductor. Dos estaciones después de que se había subido entró al vagón un muchacho alto, de cabello negro y algunas pecas adornando sus mejillas. Le conocía bien, había tomado una de sus materias hacía un par de semestres y se había graduado con honores…
-¿Profesor Smith?- preguntó con una sonrisa en su rostro y se acercó para sentarse a un lado de él. –Qué gusto saludarlo, ¿viene de la universidad?- Erwin sonrió, recordaba ese chico por que pasara lo que pasara era endemoniadamente optimista.
-Es un gusto para mí también, Marco. Y aunque tienes razón en que vengo de la universidad, lamento mucho decirte que hoy fue mi último día trabajando ahí.- de inmediato el rostro del joven se convirtió en un gesto de preocupación y algo de tristeza.
-Qué lástima… Usted es un buen maestro. Lo lamento por los jóvenes que se perderán su materia…- volvió a sonreír. –Pero ¿renunció por que encontró al fin una editorial?- Erwin negó con la cabeza. ¿Cómo se las arreglaba ese chico para tratar de ver el mejor ángulo de las situaciones? Debería dedicarse a escribir libros de Superación Personal…
-Sigo trabajando en eso…- correspondió la sonrisa y revolvió cariñosamente el cabello del joven. –Pero sí, podría decirse que dedicaré mi tiempo a escribir, aunque no puedo decir que ya tenga una idea en mente.
-Eso es fácil… Cuando usted nos encargaba proyectos usualmente me inspiraba en las cosas más cotidianas. Bastaba con que saliera al parque u observara detenidamente a las personas a mi alrededor para concebir una idea.
-Marco, tú eres joven y la inspiración viene fácil a ti; ese es parte de tu talento- dijo palmeando al joven en el hombro
-¡Y usted tiene la experiencia de su parte!
-Bueno, en eso tienes razón,- tuvo que admitir. Quedaban aún bastantes estaciones antes de que él se bajara del subterráneo y no tenía la más mínima idea de a dónde se dirigía su ex-alumno. La mujer con el niño bajaron unos segundos después, quedándose el vagón sólo a excepción de ellos dos… y el joven que parecía dormido al extremo contrario de donde ellos estaban. –Pero debes admitir que no hay mucha inspiración por el momento… A menos que haga una historia basada en ese hombrecillo…- dijo en voz baja, señalándole a su alumno con un gesto al sujeto al fondo del tren. Él habría jurado que su voz era apenas un susurro, pero el joven abrió los ojos y miró fijamente a ambos, levantando la nariz en un gesto de disgusto.
-¡Profesor!- Marco se sobresaltó por la mirada del joven, esperando que no fuese hacia ellos a buscar pelea; pues parecía uno de esos chicos rudos. El sujeto pareció murmurar algo, aunque no fue lo suficientemente audible para los otros ocupantes del tren y apenas éste se detuvo, se bajó para dar paso a algunas personas más que abordaron el vagón. Una vez que las puertas se cerraron, alumno y maestro se miraron por unos instantes sin saber qué decir hasta que súbitamente ambos estallaron en carcajadas, conscientes de que habían hecho una estupidez que bien podía adjudicarse a críos de 10 años.
-Bien, ésta es mi estación,- dijo Erwin poniéndose de pie. –Creo que tienes razón, Marco. Espero que la próxima vez que nos encontremos ya haya iniciado una novela… Quizá inspirada en el hombrecillo…- dijo con un tinte de humor en su voz, haciendo que el joven se riera antes de despedirse de él con un gesto y bajar del vagón.
Camino a casa pensaba en lo que había sucedido en el día. Ciertamente perder su trabajo le haría las cosas difíciles de ahora en adelante, pero quizá Mike podría acomodarlo en alguna oficina y así podría matar el tiempo que no ocupara tratando de escribir algo.
Llegó a casa y simplemente arrojó las cosas que había comprado sobre el sillón, dirigiéndose inmediatamente hacia la computadora en su escritorio. Por primera vez en algunos años sentía la imperiosa necesidad de escribir. Sobre lo que fuera… Sobre jóvenes pecosos demasiado optimistas. O sobre sujetos bajos de estatura que escuchan conversaciones ajenas en el subterráneo.
