Chibi Kazu-chan

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En este capítulo veremos un poco más de Kazuki. Además, Juubei se entera de quiénes serán las niñeras… Y no le gusta mucho la idea.

Disclaimer: No me demanden; no obtendrán ni un centavo mío! :D

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— ¡Es tu culpa, Ginji!

¿Qué otra opción tenía? Ban tenía qué culpar a alguien, después de todo.

Le acababan de asignar el trabajo más FASTIDIOSO de todo el mundo, y aunque adoraba el dinero más que a su vida, esta situación casi lo hacía negarse. ¿Cuidar niños, los Get Backers? Y mucho peor: ¡¿Cuidar al Hilandero bebé?!

Está bien… Comprendía que algo raro, alguna brujería había sucedido en la habitación de María Noches, y que ella necesitaba tiempo para entenderlo y revertir aquella causa desconocida que convirtió a Kazuki Fuuchouin en un mocoso de cinco años de edad, y también comprendía que eso la hacía responsable indirectamente de lo que le sucedió a Kazuki. Lo que no entendía era por qué Ban tenía qué cuidar del Hilandero mientras María encontraba una cura… ¿Qué, sólo porque él conocía a María desde pequeño? ¿Eso lo convertía en un cómplice de su brujería y lo obligaba a responsabilizarse también?

Ban hizo una mueca de odio, muy parecida a la de los ogros. Eso SÍ que hacía a Ginji sentirse responsable, por alguna razón. Ya sabes, de la felicidad de Ban.

— Vamos, Ban-chan, ¡será divertido!

— Divertido… — Renegó Ban en un tono provocativo.

— Claro… Kazu-chan será… — entonces Ginji puso unos ojos brillantes y enormes como los de los gatos — ¡como nuestro hijo!

Con esas palabras, Ginji se ganó el enorme chichón en la cabeza que le provocó Ban inmediatamente.

Después de aquella típica escena, un gemidito le cortó la inspiración de asesino a Ban. El bultito de telas que viajaba en la parte de atrás del Subaru se movió con suavidad, y entonces emergió una cabecita, cubierta con el cabello más sedoso, brillante y atrayente que Midou hubiera visto jamás (no es como si se fijara en esas cosas). Ginji giró la cabeza ansiosamente desde el asiento del copiloto para regalarle una sonrisa enorme, mientras Ban se mantuvo impasible, observándolo desde el espejo retrovisor. El dueño de la cabecita era el mentado Kazuki Fuuchouin, quien demostraba que despertaba de mal humor, con los ruiditos quejumbrosos que emitió con una voz aguda, pero con ese especial tono áspero que tienen los muchachos, casi imperceptible, que los diferenciaba de las voces femeninas.

— ¡Kazu-chan, al fin despertaste! — Le dio la bienvenida Ginji, cerrando los ojos y sonriendo dulcemente.

Kazuki lo vio como a un monstruo. Echó una ojeada apresurada al lugar en donde había despertado: era un auto… Pequeño. A pesar de que él también era pequeño, podía darse cuenta de que los dos sujetos que lo tenían cautivo (pues eso era todo lo que parecía) podrían haberse conseguido un vehículo más amplio. O quizás, los sujetos eran demasiado grandes… Este pensamiento puso a temblar al pequeño Kazuki; pero de cualquier modo, estaba envuelto en un montón de frazadas, y esperó que ellos no notaran su miedo. Él era el heredero de los Fuuchouin, después de todo. Estaba siendo entrenado para ser un Maestro. No podía tener miedo, y si ahora se sentía aterrorizado, lo menos que podía hacer era lograr que sus oponentes no lo notaran. Debía mantenerse sereno, confiable, elegante…

— ¿Cómo sabes mi nombre? — empezó diciendo el pequeño, cruzando los dedos para que su voz sonara amedrentadora. — ¿Y dónde estoy, violadores pervertidos? — Los acusó, de forma caprichosa.

Ban y Ginji se quedaron blancos cuando se les rompió el corazón y se dieron cuenta de que Kazuki no estaba siendo para nada como Kazuki solía ser. Ban rápidamente llegó a la conclusión de que la brujería que lo había convertido en un niño de 5 años, realmente lo regresó en el tiempo, a sus 5 años genuinos; sin embargo, Ginji siguió intentando.

— ¡Somos nosotros, Kazu-chan! — Le insistió, dramáticamente. — ¡¿Por qué no puedes recordarnos?! ¿También perdiste la memoria? ¡¿POR QUÉ TODO LO MALO TE PASA A TI?! — se salió de control, lloriqueando como si no hubiera un mañana. Kazuki lo miró con curiosidad, y se dio cuenta de que estaba bajando la guardia — ¡Vamos, Kazu-chan, quizás esto te refresque la memoria…! — Ginji parecía a punto de hacer alguna locura (Ban no se imaginó qué podría "refrescarle la memoria", pero no esperó a ver los resultados y volvió a golpear a Ginji sobre el chichón, esperando que le saliera otro, encima del primero).

— Cállate, tarado. — Le advirtió, mientras Kazuki seguía mirándolos con los ojos entrecerrados y los brazos cruzados. — Él piensa que tiene 5 años. Para él, no existe este futuro. — Dijo, y entrecomilló con los dedos la última palabra.

Ante este comentario, Kazuki se sintió indignado y pensó que era urgente sacarlo de su error.

— No tengo cinco años. — Reclamó, porque para un niño, la edad era de lo más importante en el mundo. Era la forma en que sabía si debía hablar con tal o cual persona, era casi la primera pregunta que le formulaba a un nuevo amigo.

—…No entiendo nada, Ban-chan. — Confesó Ginji, con cara de circunstancias, al parecer, sin escuchar al pequeño Kazuki. El niño decidió no insistir.

— Ah… No me sorprende, viniendo de ti. — Ban sacó la cajetilla de cigarros de la guantera, el encendedor del bolsillo de su pantalón y sacó uno con una habilidad de experto. Cuando empezó a chamuscar el extremo blanco de su cigarro, Ginji lo agarró y lo lanzó por la ventanilla del Subaru. Ban se giró rápidamente hacia su eléctrico compañero, aspirando el aire puro lentamente, como hacen los toros que están a punto de embestir.

— ¡Ban-chan, no puedes fumar en presencia de Kazuki, le harás daño! — Le explicó Ginji rápidamente, antes de que pudiera salir herido — Además, ¿qué clase de ejemplo le estás trasmitiendo a la juventud de Japón? — Reafirmó su punto, con más seguridad. Ban quiso decirle un millón de insultos, pero fue interrumpido.

— ¡Llévenme a mi casa, señores! — Dijo Kazuki de pronto. Ban lo miró por el retrovisor y Ginji volvió a girarse histéricamente. El pequeño Fuuchouin empezó a derramar lágrimas, y amenazaba con convertirse en una máquina de llanto muy ruidosa. Su boquita color fresa empezó a temblar, y Ban pensó que si se atrevía a hacerle un berrinche no viviría para contarlo. Sin embargo, el pequeño Kazuki se cubrió los ojos con las manitas, blancas y finas, y empezó a sollozar silenciosamente.

A Ginji se le rompió el corazón.

Lo único que hizo fue mirar a Ban. Sí, él lo solucionaría todo. A pesar de verse tan frío y desinteresado, sabía que tenía un buen corazón y que consolaría con ternura a un pobre niño inocente y confundido. Y perdido. En el tiempo…

— Ban-chan, dile algo. — Tuvo qué apelar Ginji, cuando Ban se quedó como si nada estuviera pasando. Midou alzó los ojos y se giró a Kazuki con rudeza.

— ¡Hey, tú, mocoso! — Ginji soltó un respingo, y miró con indignación la escena, horrorizado de haberse quedado sin palabras y no poder detener a Midou. — ¡Los niños no lloran! — Lo aleccionó, dándole un golpe en la frente como quien lanza una canica al suelo. Y Ginji se mortificó, y se enojó. ¡¿Cómo se atrevía a darle esos discursos machistas al pobre Kazuki, cuando lo único que necesitaba era amor y comprensión… y dulces?!

Kazuki guardó un silencio repentino.

— ¡A veces, los niños pueden llorar! — Dijo Ginji inmediatamente, con urgencia.

Kazuki siguió guardando silencio.

— ¡Oh, no! ¡Ya lo traumaste! — reconoció Ginji, y la cabeza empezó a palpitarle con molestia. — ¡Tú no eres feliz si no matas las ilusiones y los sueños de nadie, ¿verdad?!

Ban no preguntó qué ilusiones y sueños. Además, estaba mucho más interesado en la reacción del Hilandero Bebé. El pequeño se había quedado tan silencioso, mirándolo con dos enormes ojos color chocolate; parpadeó un par de veces, revoloteando unas gruesas y curveadas pestañas que le añadían un encanto natural a su cara, y luego empezó a esbozar una sonrisita, que pronto se convirtió en un gesto triunfal encantador. Ginji se quedó boquiabierto mirando la reacción de chibi Kazuki… no es como si se hubiera ofendido porque el pequeño hubiera decidido aprender del descorazonado de Ban (está bien, sí se había ofendido un poco, lo admitía para sí mismo), pero pensó que un niño, con una mente tan maleable, era como un proyecto que él podría moldear a su antojo. Y sí, sabía cuán psicópata había sonado aquello pero, la verdad, Ginji tenía las mejores intenciones para con Kazu-chan… No podía decir lo mismo de Ban.

Estaba seguro de que Ban sería uno de esos padres (un momento, ¡¿alguna vez Ban llegaría a ser padre?!) que golpean a sus hijos sobre el sitio que se lastimaron al caerse, sólo para que aprendieran a ser "rudos". De pronto, Ginji se dio cuenta de que estaba fantaseando demasiadas cosas y tuvo qué sacudir la cabeza para alejar esos pensamientos tan raros.

En esos momentos, Ban había alzado la mano para que Kazuki chocara la palma con la suya, en señal de triunfo, y Amano reconoció que sus delirios no estaban tan errados.

— Oye, Ginji — le confió de pronto Ban, mientras el pequeño que llevaban en el asiento trasero se divertía escondiéndose en el piso del auto. Cuando Natsumi se había enterado de lo sucedido, se había apresurado a encontrar ropa del tamaño de Kazuki, investigando con algunas amigas del Instituto. A Ban no le sorprendería que ya todo el mundo supiera de lo que le había pasado al curioso de Kazuki, y estaba seguro de que todos querrían quedarse con él, pero… Al fin y al cabo, Fuuchouin estaba en sus manos en ese momento, y si la vida le estaba dando limones… — Ahora que lo pienso, el Hilandero podría sernos de mucha utilidad.

— ¿Qué tramas, Ban-chan? — Naturalmente, preguntó Ginji, poniendo una cara seria, listo para echar por debajo sus malvados planes.

— Bueno, a las chicas les gustan los niños, ¿no? — comentó Midou, con un tono sugestivo y una cara de descaro increíble.

— Ehm… Sí, eso creo… — Ginji se sintió tentado por la idea por un segundo, pero luego explotaron todos sus valores morales. ¿Iba a chantajear a las mujeres con el pobre Kazuki? ¡Kazuki no tenía la culpa de lo que estaba pasando! Y si ahora mismo tenía la mentalidad pura de un pequeño en su primera infancia, Ginji jamás dejaría que fuera usado para fines viles y patéticos. No, los Get Backers habían sido contratados para cuidar de él (más que un trabajo, esto tenía qué ver con que Ban conociera a la bruja responsable, indirectamente, de la suerte del maestro de los hilos), y no iban a sacarle ventaja al asunto. Como Ban-chan siempre decía, eran profesionales. ¿O no? — ¡No! ¡No puedes utilizar a Kazu-chan de esa forma!

¡¿Quién va a utilizar a ¨Kazu-chan" de esa forma?!

Aquella nueva voz, grave y estruendosa, parecía salida del mismo infierno.

Ambos recuperadores miraron hacia delante, esperando ver a un no-muerto gigantesco, del tamaño de un caballo, escupiendo espuma bajo unos ojos rojos incandescentes... Pero lo que encontraron fue mucho más lógico: se trataba de Juubei Kakei, el mejor amigo-sombra de Kazuki. Era obvio, pensó Ban, ya todo el mundo lo sabía.

Lo que pasó a continuación lo desequilibró un poco, lo tomó por sorpresa y fue así que pudo suceder: Juubei había salido de control como cierto súper héroe verde y enorme, había abierto la puerta derecha del Subaru con furia, como si su propósito inicial hubiera sido desencajarla, y había enredado las manos en la camisa de Ban de un golpe, y después había tenido la osadía de jalonearlo hacia sí mismo, sacándolo del pequeño automóvil. Ginji se quedó expectante después de la pequeña impresión.

También Juubei pareció darse cuenta de lo que acababa de hacer, porque se quedó quieto, aunque no por eso, más tranquilo mentalmente. En cuanto a Ban, decidió contar hasta diez y darle una oportunidad al Juubei, porque… Bueno, lo agarró de buen humor. Midou tenía qué comprenderlo: Kazuki había quedado convertido en un niño pequeño, y la custodia había sido concedida, no a Juubei Kakei, sino a los Recuperadores. Era normal y comprensible que el lanza-agujas se pusiera como se puso; por supuesto, si volvía a intentarlo, ¡el maldito no la contaría!

Juubei se dio cuenta de que Ban estaba siendo algo que no solía ser: paciente; por eso, su mal humor aminoró muchísimo, y hasta llegó a comportarse más amablemente y racional.

— Midou… — empezó Kakei, con el cabello castaño sobre la cara, oscureciéndole el semblante de una forma trágica. — … Lo que te pediré no es ninguna locura… Piensa en el bienestar de Kazuki… — Con esas palabras, no era necesario que agregara nada más. Quería cuidar de Kazuki, como era obvio. Y sí, seguramente, él sería el más indicado para el asunto; Ban lo sabía, Ginji lo sabía, todos lo sabían; pero esto no era cuestión de ver quién era más apto o no para tal o cual cosa, esto era personal, era una más de las cotidianas peleas de Ban contra todos los amiguitos fenómenos de la anguila eléctrica. Por eso precisamente, Ban no se tentó el corazón.

— ¡No! — exclamó triunfalmente, en un tono infantil. Juubei podría jurar que le había sacado la lengua, aunque no podía ver nada.

— ¡¿NO?! — vociferó un incrédulo Kakei, empezando a perder la paciencia nuevamente. — ¡Pero… prometí que lo cuidaría por siempre!

— A mí eso no me importa. — Ban se introdujo en el auto en una maniobra rápida, evitando el agarre de rabia ciega de Juubei Kakei. Al susodicho no le quedó mucho tiempo para tomar la manija y volver a abrir la puerta, porque prácticamente, Midou ya había arrancado el Subaru 360. — ¡Kazuki es mío ahora, perdedor!

¿Le habría vuelto a sacar la lengua?

El rugido del motor le demostró a Kakei que Midou se había alejado a la velocidad del sonido.

Ginji había querido salir a saludar a Juubei, pero antes de que pudiera hacerlo, la fuerza con la que Ban arrancó el auto lo empujó contra el asiento y le lastimó el cuello. Inmediatamente después, Ginji giró la rubia cabeza para corroborar que chibi Kazuki estuviera bien. Y la verdad era que se estaba divirtiendo mucho. Jamás había estado en un auto a cien kilómetros por hora, o quizás más. Las cosas de afuera se volvían como acuarelas surrealistas, y el pequeño Fuuchouin disfrutó mirándolas, más que marearse con ellas. Ginji, al contrario, no estaba disfrutando mucho del paseo, y se había puesto un poco verde.

— Ban-chan, ¿a dónde vamos? — le preguntó, con curiosidad. Ban estaba ensimismado en el espejo retrovisor y no contestó.

— ¡Demonios! ¡Nos viene siguiendo un taxi! — hizo notar. Kazuki se giró sobre el asiento y se acomodó en cuclillas para ver por el cristal trasero. Era ese sujeto grandote otra vez.

— ¡No, Kazu-chan, siéntate, podrías morir! — esa fue la mejor forma en que Ginji podía mantener las cosas bajo control.

— Jeh… No subestimes a mi Subaru. Jamás podrás alcanzarnos, alfiletero. — Se dijo Ban, más a sí mismo que cualquier otra cosa.

— Detente, Ban-chan. — La repentina voz insolente de Kazuki interrumpió el estado de éxtasis en el que había entrado Midou. ¿Acababa de llamarlo "Ban-chan"? ¡Ya era demasiado vergonzoso que Ginji lo llamara así, como para que ese mocoso se tomara esas confiancitas con él! No podía tolerarlo sólo porque fuera un pequeño, ¿verdad? Aunque pensándolo bien… Sí podía tolerarlo si, en realidad, él era algo así como su cliente. El chiquillo le sonreía de oreja a oreja… Pero, no sé, había algo en sus ojos que demostraban malicia. Quizás, esa era la interpretación que alguien que no quería a los niños (Ban) le daba a una expresión totalmente natural y pura.

Y a todo esto, ¿por qué demonios había pisado el freno del auto?

El taxi tras él se detuvo, se abrió su puerta con urgencia y de él salió Juubei Kakei, con una expresión más tranquila.

Ban bufó y se desparramó sobre el volante al ver que no tenía ninguna escapatoria. ¿Quién era él para detener esa fuerza mística que reunía a Juubei con Kazuki?

Cuando la sombra lo cernió, Ban se dio por enterado de que Juubei estaba parado allí, al lado derecho de su precioso auto, dispuesto a negociar. Ban no hizo más que musitar "¿qué quieres?" a regañadientes, sin siquiera tener la cortesía de mirarlo o de levantarse de sobre el volante. Ginji aprovechó para darle los buenos días a Juubei, de buen humor, como si no estuviera pasando nada malo.

Juubei se asomó por arriba del cristal de la ventanilla y preguntó, radiante de felicidad:

— ¿Qué les parece si nos lo turnamos?

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Como si Kazuki fuera una cosa, o algo así.

Ban sonrió a su pesar mientras se convencía una y otra vez, en el pensamiento, de que haber accedido a que Juubei se llevara al pequeño había sido una buena idea. El punto más fuerte a su favor, era que Kakei ni siquiera quería un miserable yen por hacerla de niñero, lo cual le convenía a Ban, y mucho. Era como un sueño hecho realidad: dinero gratis.

Sin embargo — y aunque le doliera admitirlo —, una extraña sensación, muy dentro de sí mismo, le recordaba que si quería un trabajo bien hecho, tenía qué hacerlo él mismo, y que no podía arriesgarse a que nada malo le pasara al Hilandero… ¡No es como si le cayera bien el Hilandero!, se apresuró a componer, pero en esos momentos sólo era un inocente pequeño, y no tenía la culpa de nada. Aunque pensándolo mejor, chibi-Kazuki le podía llegar a caer… Bien. A Ban le desesperaba que Kazuki tuviera semejante cuerpo de señorita, sin serlo (¡qué desperdicio!), pero siendo un niño, su apariencia de niñita era adorable (y no es como si fuera un pederasta o, por otro lado, tuviera deseos de ser padre). Las cosas bonitas se apreciaban.

Y encima de todo el problema, Ban se había preguntado una cosa: ¿y si le enseñaba a Kazuki a actuar más masculinamente, cuando creciera seguiría siendo así de masculino? Eso sería digno de verse. Se moriría de la risa.

Decidió que quería intentarlo.

Pero tendría qué esperar a que Juubei volviera del parque con él. Ban alzó los ojos con fastidio, se reacomodó en su lugar, en el Honky Tonk, y siguió bebiendo los restos de café frío que Natsumi le había regalado a escondidas del jefe. Esta vez, había caído más bajo aún: ese café había sido de un cliente de Paul que no se había sentido con ganas de dejar la taza vacía. ¡Ah, el dinero era miserable con él! Mientras paladeaba los asientos del café, y sintió un misterioso sabor a nicotina, se anotó un motivo más para realizar ese trabajo.

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Chibi Kazu-chan no tenía más opción que escuchar a los mayores.

Aquel sujeto con el cabello en la cara y un cuerpo enorme, que parecía un muro gigante, había decidido que él prefería cuidarlo. ¡Y Kazuki que se había encariñado con "Ban-chan"! O, al menos, así era como el sujeto rubio había llamado al que tenía ojos azules y cabello de erizo de mar. Ahora, este nuevo "niñero", que se decía llamar Juubei, se mostraba nervioso, con una sonrisita tímida, en todo el apogeo de la admiración. Kazuki notó que lo tenía en la palma de su mano, y como en todas las relaciones humanas donde sucede esto, Kazuki supo (con su mentalidad infantil) que se podía aprovechar de él. Y que sería divertido.

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¡Hola! Ojalá que supiera hacer la línea de división que hacen algunos autores… Tengo ocho años en esta página, y aún no lo he averiguado… Si alguien supiera, dígamelo. :D

Bueno, este fue el capítulo dos. Me di cuenta de que es muy difícil hacer capítulos cortos… Quería que todos tuvieran alrededor de mil quinientas palabras, pero es… Tan difícil! :S

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