RELANCER

Capítulo II

Cuando llego a casa, las luces de la sala están encendidas y el estómago se me revuelve un poco antes de entrar. No es por enfermedad y eso yo lo sé muy bien, sino que mi organismo ya sabe qué me espera adentro, así que se anticipa. Abro la puerta con mucho cuidado y camino despacito, casi en silencio, deseando no ser vista u oída, pero mi plan fracasa, como siempre, cuando Shizune me para con su horrible voz a dos pasos de las escaleras.

—¿Dónde habías estado?

Se encuentra sentada sobre un sillón de la esquina, mirando directo a la puerta de entrada. Sus piernas cruzadas y la falda azul que se le desliza por encima de la rodilla. Una mano debajo de su barbilla, la otra en el reposabrazos. Quiere imponer autoridad posando así. Yo digo que simplemente luce estúpida.

Miro el reloj de pared que marca las siete y quince minutos. No es tan tarde realmente, así que el regaño no viene por eso, sino porque me salí de la casa tan pronto como llegué de la escuela, sin decir una sola palabra. No es la primera vez que sucede esto, así que ya me sé el discurso y el chantaje emocional que vendrán a continuación.

—Comiendo —respondo vagamente. El responderle ya es un honor que ella tiene, por cierto.

—Preparé la comida para ti, Sakura. También te lo dije. ¿Por qué no has venido si ya lo sabías?

—¿De verdad quieres que conteste?

Levanto la barbilla y camino directo a las escaleras, ignorando cualquier otra cosa que Shizune diga. No tengo necesidad de escuchar la misma letanía otra vez ni ella la tiene de pronunciarla. Ambas sabemos que yo no haré caso. Llego hasta mi habitación pisando fuerte y me encierro en ella sin pensarlo dos veces, dando un portazo. Mi póster de Coldplay vibra junto con la madera. Entre menos conviva con esa mujer, más feliz seré.

Shizune es la amante de mi papá. Claro que, para él y el resto del mundo, es su prometida, pero para mí no es más que una cualquiera. Y mi papá un hombre muy cínico.

Verán, Mebuki, mi madre, murió cuando yo tenía ocho años.; en ese entonces vivía en una ciudad mucho más grande y no en Konoha. Después de haberme dado a luz, su salud quedó muy deteriorada y se pasaba el tiempo en el hospital o postrada en la cama. Estaba constantemente de mal humor por causa de todas las inyecciones y medicamentos que debía tomar; no jugaba muy a menudo conmigo y me mandaba a callar al menor ruido que hacía. Cuando me lastimaba, yo tenía que tragarme mis lágrimas para no molestar a mamá. Con esto no quiero decir que mi madre fuera mala conmigo, por supuesto. Ella era una buena mujer. Cuando se sentía con fuerzas y ánimos, deambulaba por la casa, cantando alguna vieja canción que le recordaba su época de adolescente rebelde, hacía todo tipo de manualidades y tejidos para mí, me ayudaba a elegir mi ropa y me contaba cuentos antes de ir a dormir. Pero mamá murió más temprano que tarde, y papá y yo nos quedamos solos.

Kisashi, también conocido como papá, es un hombre muy ocupado. Es inspector en una empresa de golosinas y constantemente tiene que viajar para supervisar las numerosas fábricas dentro y fuera del país. Cuando mi madre murió, el mundo se le vino encima. Estaba asustado de no poder criarme correctamente al estar asusente por largos periodos de tiempo, pero no podía abandonar el trabajo solamente para pasar tiempo de calidad conmigo y verme crecer, así que contrató una niñera multiusos a tiempo completo. ¡Bingo! La niñera es Shizune, que en ese entonces era una chica recién graduada de la preparatoria, esperando conseguir dinero suficiente para, algún día, ir a la universidad. Una amiga de mi difunta madre la había recomendado como empleada de confianza y Kisashi se apresuró a contratarla.

Ella planchaba mi uniforme, me llevaba a la escuela, lavaba mi ropa, limpiaba la casa, preparaba la comida, me sacaba a pasear, me enseñaba cosas de niñas e intercedía por mí cuando papá se molestaba conmigo. No era lo suficientemente pequeña y tonta para llamarla 'mamá', pero, después del primer año, la sentía como tal. Entonces fue cuando comenzó todo lo malo.

Shizune no se matriculó en la universidad porque mi padre le rogó que se quedara un ciclo más; la sobornó aumentándole el sueldo, dándole más libertades y comprándole un auto para facilitarnos a las dos el transporte. Ella seguía agradándome, la seguí considerando como una segunda madre y hasta llegué a rogar por su perdón, pues yo sabía que era mi culpa que ella no cumpliera su sueño de ser ginecóloga.

Mi padre, por su parte, trataba de hacer el trabajo de Shizune más llevadero, trayendo el trabajo a casa para que ella tuviera la noche libre, dándole tantos días lejos de mí como pudiera y entregándole bonos por cualquier pequeña cosa que hiciera correctamente. Pero ella rechazaba sus atenciones, le decía que yo no era un problema y más de una vez lo ayudó con su trabajo, mientras yo me quedaba jugando Pokémon con mi Nintendo DS, echada en un sofá.

Para el tercer año que Shizune se quedó sin matricular, yo ya sabía que se cocinaba algo raro entre ella y mi padre, pero rogué a Dios tanto como pude para que todo fuera un mal presentimiento mío. Luego llegaron los rumores entre mis familiares, los amigos de mi padre, su trabajo y los vecinos. Pasadas unas semanas, se esparcieron tanto hasta el punto de que mis compañeros preguntaban si Shizune era mi nueva madre, si era la nueva novia de mi padre o si era tal cosa u otra. Yo los negué, como era de esperarse, remarcando que Shizune era solamente mi niñera y que era demasiado joven para que le gustara a Kisashi y viceversa. Además, ya les había preguntado a ellos hasta el cansancio acerca de eso y los dos me lo negaron rotundamente, alegando que todo era una falacia.

Yo vivía en Villa Mentiras todo ese tiempo, como es evidente, hasta el día en el que un niño de mi curso gritó en mi cara que yo era una estúpida y que seguramente ella y mi padre se revolcaban todas las noches a mis espaldas. Ya nos habían dado educación sexual para ese entonces y, además, se corrían los rumores de que Ken, como se llama el niño en cuestión, veía porno, así que su vocabulario no me asustó mucho más de lo que me molestó.

Después de lanzarle una gran piedra a la cara, arañarle los brazos (nada elegante, lo sé) y patearle en las costillas hasta que me pidiera piedad, le juré que le probaría que era un mentiroso y sucio hablador. Él sonrió socarronamente en su agonía y le di una última patada, esta vez en la ingle. En medio de mi arranque de ira, le pedí a Matsuri (una niña de mi curso que además vivía en mi barrio) que organizara una pijamada en su casa. Yo tenía un plan formándose en mi cabeza y para ponerlo en práctica necesitaba su ayuda.

Matsuri se demoró en conseguir el permiso de sus padres, pero lo logró al mostrarles su nueve punto cinco en el examen de matemáticas, el cual yo resolví en su nombre después de matarme estudiando toda la noche.

Ella no era muy brillante con los números.

Rogarle a mi padre para que me dejara dormir fuera de casa fue la tarea más fácil de todas, de hecho, cedió con bastante facilidad. Tomar la llave de repuesto de la puerta principal que guardaba en su estudio fue relativamente más complicado.

Esa noche llevé mis cosas a casa de Matsuri con aparente normalidad. Le dije adiós a Shizune con frescura cuando me dejó en la puerta de la casa de mi amiga; allí comí e intrigué con las chicas hasta que dieron las diez de la noche. Entonces propuse jugar a las escondidillas y, tras muchos ruegos míos (porque ya teníamos once años y eso era para niños de preescolar), yo estaba contando en el jardín de la casa con la cara mirando a un árbol de naranjas. Conté hasta diez cuando se suponía que tenía que llegar hasta cincuenta y luego me eché a correr en dirección a mi hogar, sintiendo el peso de la llave en el bolsillo de mi pijama floreada, asustada porque era la primera vez que cometía un acto de rebeldía.

Golpear a Ken no contaba. Eso había sido justicia.

Cuando abrí la puerta de la casa, silenciosa como ninja, mi mano temblaba como si tuviera Parkinson. Respirar sin hacer ruido también me estaba costando más de lo esperado. Las luces del living se encontraban encendidas pero, afortunadamente, no había nadie allí. Revisé la cocina, los pasillos, los baños, la habitación de papá, la que ocupaba Shizune e incluso la mía, y no encontré a nadie. Suspiré aliviada porque, si estaban en el estudio, seguro que se encontraban trabajando; pero debía asegurarme, así que fui. Ya no me preocupé por no hacer ruido, sino por lo que me dirían mis amigas cuando descubrieran que no había nadie buscándolas o el regaño de mi padre al encontrarme de nuevo en casa; con suerte y mi niñera estaría de mi lado en eso último. Caminé con una sonrisa en la cara, imaginándome a Ken tragarse sus palabras como si fueran sucio lodo, y giré el pomo de la puerta, abriéndola.

Todo lo que mi cerebro alcanzó a registrar fue que mi padre y Shizune se estaban besando.

Mis ojos se abrieron como platos, mi estómago dio una voltereta y no supe si debía reír o llorar. Indecisa, opté por estallar en furia y grité palabras aprendidas de Ken a los dos, como si estuviera loca. No estoy muy orgullosa de eso, pero, si sucediera otra vez, estoy segura de que haría lo mismo.

Que mi padre consiguiera una nueva mujer no es lo que me molestó; él y mi madre no pasaban mucho tiempo juntos como para que yo tuviera una sólida imagen de ellos como pareja. Ni siquiera es que fuera Shizune la elegida, aunque algo de ello está presente en el resentimiento; sino que es el hecho de que los dos me mintieran sin remordimientos por tanto tiempo, viéndome la cara de estúpida, mientras todos a mi alrededor sabían la verdad, y yo, la más importante de todos, no.

Así que ya ven, no odio a Shizune por rebeldía adolescente. La odio por mentirosa y aprovechada. Y a mi padre lo resiento por lo mismo. Dejar de ser su niña buena es la protesta que llevo manteniendo por los últimos cinco años, aunque sea un tanto mojigata con las otras personas a mi alrededor. Pensé huir de casa cuando pequeña, con la ira fresca e impulsiva, pero seamos realistas: es estúpido. La policía me hubiera encontrado más rápido de lo que yo hubiera tenido un plan de escape que valiera la pena.

Froto mi estómago un poco, como hago cuando no tengo mucho qué hacer y miro al techo desde el suelo de mi pieza. Es aburrido simplemente estar aquí de ociosa. Shizune no se merece que me quede encerrada por causa suya.

Observo la pantalla de mi celular unos momentos, decidiendo qué haré ahora. No es tan tarde como para estar asustada del mundo y quedarme a esperar un nuevo día, el sol apenas comienza a ponerse. Resuelvo que es buena hora para ir a correr a las canchas deportivas y bajar la hamburguesa que me he comido mientras hacía la tarea.

Yo voy a correr de vez en cuando. No soy tan floja como aparento; soy quien asea la casa y mi cuarto está relativamente ordenado. También me preparo comida yo misma, pero los restaurante de alimentos rápidos son mi debilidad, como McDonald's, mi segundo hogar. Sí, porque yo nunca consideraría el bachillerato mi segundo hogar. Con ese horrible uniforme que consiste en una falda gris oscuro tabloneada y una camisa blanca. Parezco una chica deprimente, a pesar de mi cabello antinaturalmente rosa como los chicles.

Busco ropa deportiva en mi armario y elijo un conjunto gris con detalles en verde agua. Me meto en él y me amarro el cabello en una cola baja con una liga que siempre uso de pulsera en mi mano izquierda. Sonrió al espejo para levantarme el ánimo. Es una cosa que hago para la autoestima. No soy precisamente la reina de las guapas, así que debo coger confianza de un lugar que no sea mi padre llamándome la chica más hermosa del mundo o las miradas provocativas de Lee.

La chica del espejo, con su rostro pálido y el pelo rosa me sonríe de vuelta. Tengo los pómulos altos. Normalmente coloreados en un fino tono rojizo, labios delgados y una nariz pequeña. Los ojos de color verde jade son mi principal atractivo (mi pelo es un chiste, no una herramienta de seducción); no me saco las cejas, a menos que sea para evitar convertirme en una Helga Pataky. Mi cabello es largo, unos veinte centímetros por debajo de los hombros, completamente lacio y, hombre, es rosa por naturaleza.

El color de pelo de mi padre es un rojo zanahoria, así que me gusta pensar que heredé el color de su cabello, pero lo cierto es que no. El mío es ridículamente rosa que casi parece que me modificaron genéticamente antes de nacer. Cabe destacar que he sufrido bullying por él y que me encantaría teñirlo, pero encontré un arma tan buena como el tinte: fingir que le lo teñí de rosa y poner cara de gamberra cuando alguien se me queda mirando.

Siguiendo con mi descripción física, debo decir que soy de estatura media y algo rellenita también, no gorda, pero tampoco Miss Konoha. Ciento sesenta y uno tampoco es una cantidad de centímetros por la que tildarías a una persona como alta.

Tomo las llaves de mi moto del suelo, se me deslizaron del bolsillo cuando me acosté a retozar hace unos momentos, y me marcho de casa nuevamente, rápida como un rayo. Grito que me voy a correr como gesto de cortesía. Tal vez así Shizune no me eche pelea cuando regrese y me evite dirigirle la palabra más de lo necesario.

Que yo avisé.

OoOoOoOoOoOoO

Corro alrededor de las áreas verdes jadeando como posesa. Llevo media hora aquí y ya siento que desfallezco. No tengo muy buena condición física, a pesar de que correr me parece una actividad gratificante; algo tienen que ver todos esos burritos que como. El sudor empapa mi frente, el cabello de mi nuca y sienes se ha puesto húmedo; también lo siento escurrir por debajo de mi ropa, una sensación asquerosa, si me preguntan. Creo que mi sesión de ejercicios ha terminado oficialmente por hoy.

Me limpio el sudor con el dorso de la mano y veo con asco como escurre hasta tocar el suelo. Sí, me molestan mis propios fluidos. Tomando bocanadas de aire, arrastro los pies hasta el estacionamiento. Levanto polvo y la gente me mira molesta. Me gustaría decir que lo siento, pero el cuerpo me pesa más que la enorme mochila que llevaba en la escuela primaria, que era de esas que están tan repletas de todo que son más grandes que tú a esa edad; no puedo hacer nada en contra de mi cansancio... ¿o sí?

Hay una panadería ubicada estratégicamente frente al estacionamiento. El olor a pan se cuela desde el establecimiento hasta inundar mis fosas nasales. Olfateo fuerte y me siento como un completo sabueso. Acabo de correr, es evidente que no es la decisión más inteligente ir a llenarse de azúcar y harina tan pronto como termino el ejercicio, pero me digo a mí misma que seguro quemé todas mis reservas de glucosa, porque la boca se me hace agua de solo pensar en comerme un polvorón de naranja o una rebanada de pastel de zanahoria, y necesito reponerlas.

Sin poder hacer nada contra mi hambre, cruzo la calle, fijándome que no haya un borracho por ahí tratando de atropellarme. Abro la puerta transparente de la panadería con un fuerte jalón y me deleito con los colores y sabores. Comienzo a salivar. Cojo una bandeja y unas pinzas rápidamente. Agarro unas donas, un polvorón, un pastelillo de fresa y un cuernito. Tal vez, ya que estoy en esto, podría comprar el litro de leche también.

—Son treinta con cincuenta —dice la mujer del mostrador mascando su chicle.

Hundo mi mano en el bolsillo derecho, donde guardo mi dinero y veo la cantidad con la que cuento. Mierda. Sólo tengo treinta pesos.

—¿Puedo deberle cincuenta centavos?

La mujer me mira fijamente. Su expresión entre aburrida y fastidiada. Alza una ceja, como preguntándome si estoy siendo seria o es todo una simple broma. Yo le devuelvo una sonrisa que se tambalea.

—Elige qué vas a dejar —dice finalmente, regresando los postres a la bandeja. Hay tres personas haciendo cola detrás de mí. Siento cómo me clavan la mirada en la nuca. Qué torpe soy. ¿Por qué no me fijé si tenía dinero suficiente? Tal vez deje la dona de chocolate. O la leche chocolatada.

Una señora golpea el piso ritmicamente con el pie. Me está apresurando.

—Cóbrese —dice una voz masculina, alargando un billete de cincuenta. La cajera lo toma, algo sorprendida, y realiza la transacción. Regresa mis panes a la bolsa de papel.

—¿Por qué mierda hiciste eso? —le exijo a Naruto, alcanzándolo antes de que se marche de una. Estoy adoptando mi faceta más gruñona para ver si lo repelo de una vez por todas.

—¿Qué cosa? —pregunta con fingida inocencia, encogiéndose de hombros. Él solamente quiere molestarme. Le divierto, al parecer.

—Comprar mi pan —digo, entrando en su juego. Mi mano sostiene la bolsa de papel en alto.

—Para ayudarte.

—¿Quién eres? —inquiero, mirándole con los ojos achicados.

Ahora, menos que nunca, me trago su historia del jardín de infantes. Me ha encontrado aquí, en un lugar que piso por primera vez. Dudo que sea casualidad, él no compró nada, solamente entró allí porque me vio dentro. Pagó mi pan y luego quiso marcharse en el acto, dándose aires de chico misterioso.

—Ya te dije. Naruto. El chico que jugaba a las atrapadas mientras tú te escondías en el baño.

—No te creo. No te recuerdo.

—Eres mala con los rostros y los nombres, no me sorprende.

Mi mirada se pone más fiera. Está tratando de confundirme.

—Eres un acosador, ¿cierto? Sigues mis movimientos. Todos y cada uno de ellos. Y me investigas.

—No soy un acosador —rebate—. Soy Naruto. Te conozco del jardín de infantes.

—Ya te dije que no conozco ningún Naruto, así que déjame en paz.

Como estoy completamente enfurruñada, le tiro la bolsa de la compra a la cara. Normalmente no desperdicio comida, pero, venga, estoy furiosa, lo cual, según mi perspectiva, es bueno, porque acabo de descubrir que Naruto es un acosador y es estar furibunda o gritar como idiota, implorando que no me haga daño ni a mí ni a los míos.

—¿Por qué eres tan difícil? —pregunta con aparente inocencia después de coger mi compra al vuelo—. Seamos amigos.

Le miro todo lo mal que puedo, doy media vuelta y echó a andar en dirección de mi scooter. Este chico está chiflado si piensa que voy a aceptar ser amiga de mi acechador.

—No soy una mala persona.

—Bueno —digo, deteniéndome subitamente—. Yo sí lo soy. O por lo menos lo voy a ser si sigues a mi alrededor.

Echó a andar mi Honda y salgo pitando de la presencia de Naruto por segunda vez en el día.

OoOoOoOoOoOoO

Me despierto la mañana siguiente con Muse sonando en mi oreja. Apago la alarma del celular y me limpio la saliva de las comisuras de la boca. Es día de escuela, por desgracia, y debo madrugar para entregar los deberes y fingir que le presto atención a los maestros.

Mi rutina mañanera es sencilla: me cepillo los dientes, me lavo la cara, me pongo el horrible uniforme y bajo a desayunarme cualquier cosa que encuentre en la despensa y que sea de rápido consumo. Claro que, ahora que está Shizune, desayuno cosas más elaboradas, como el huevo con tocino que ahora mismo está frente a mí, sobre la mesa.

Hay días en los que Shizune me hace el desayuno y yo se lo arrojo de regreso en la cara (no literalmente, claro está, pero sí paso de él sin decir ni pío), pero hoy no tengo energías para pelearme tan temprano. Me siento y, en completo silencio, como poco a poco los alimentos. Me bebo el jugo de naranja y me marcho nuevamente sin decirle nada. Noto la mirada afligida de Shizune a mi espalda, pero la ignoro. Que no se haga la víctima, por favor. Ese papel es mío.

Tenten me espera en el estacionamiento, todavía montada en su viejo Tsuru blanco. Yo la saludo con una sonrisa y ella me habla sobre los deberes de trigonometría. Yo asiento con la cabeza distraídamente a través de su perorata mientras mi vista se pasea por el pequeño estacionamiento de la escuela.

Siento que alguien me observa.

Una ronda de escalofríos sacude mi columna vertebral y yo en seguida pienso en Naruto. ¿Estará por aquí? Está claro que es un acosador, así que hay altas probabilidades de que sea él quien me observa justo en este momento. Los hechos transcurridos ayer se vienen sobre mí como una cascada de recuerdos. Comienzo a temer por mi seguridad. ¿Qué si el tipo está loco? ¿Estará urdiendo alguna clase de venganza por lo mal que lo despaché ayer? Mi corazón reacciona asustado y espero, tonta y patéticamente, que se haya comido el pan que le arrojé anoche y le haya endulzado sus intenciones, para que solamente se aparezca frente a mí con la intención de disculparse por vigilarme como águila al nido.

—Hey, Sakura, estás ida, ¿qué pasa? —me pregunta Tenten sacándome de mi ensimismamiento. La he preocupado y seguramente sólo estoy siendo paranoica.

—Nada. Entremos. Ya sabes, muero por tener clase doble de informática hoy —digo con sarcasmo. Tenten sabe lo mucho que odio la clase doble de informática de los jueves.

Entro al campus sin que la sensación de vigilancia abandone mis sentidos.

OoOoOoOoOoO

Al salir de la escuela (después de que mis profesores me atascaran de tarea, como es natural), casi se me ha olvidado que hay un chico rubio buscando un pedazo de mí allá afuera. No es hasta que lo veo parado al lado de mi scooter que se me pone la carne de gallina. Quiero rodear el lugar, gritar y salir de allí corriendo, pero está sobre mi moto (un plan muy inteligente, si me permiten agregar) y la necesito para escapar con posibilidades de que no pueda ir tras de mí. Bien podría gritar, pero seguramente me tildarían de loca. Yo lo haría.

—Voy a llamar a la policía en este mismo instante si no te apartas de mi vista —amenazo avanzando hacia Naruto. Mi teléfono celular al lado de mi oreja. Sí, este es el único método que se me ha ocurrido para salvar mi, pellejo—. No estoy bromeando.

Un chico pasa a mi lado en su bicicleta y me lanza una mirada que grita: "¡loca!". Por lo visto, el mundo se ha quedado sin héroes y sin caballeros. Esta es una escena donde debería haberse puesto delante mío para defenderme. Infeliz. Espero que nunca consiga novia.

—Sakura, por favor.

—Tres —chillo. Mi voz muy aguda. Naruto no se mueve—. ¡Dos! —sigue sin moverse—. ¡Uno!

—Vale, ya. Me quito. De veras.

—Pon las manos donde pueda verlas —exijo. Naruto arquea una ceja. Mierda. No sé de donde ha salido eso. Seguramente de la serie Bones. Claro que Booth es mucho más intimidante que yo.

—¿Es en serio?

—Vete —agito mi celular efusivamente—. No bromeo.

Con sinceridad, esta escena es más graciosa que amenazante o dramática. La cosa tendría más sabor si yo tuviera una pistola, pero las armas están prohibidas en la escuela y en el país. Eso sin mencionar que soy menor de edad.

—Pero nos volveremos a ver más temprano que tarde —promete.

Yo gruño a su espalda.


Este capítulo, que sigue siendo introductorio, es más para decirles que este fanfic dejó sus pretenciones de convertirse en un original y podrán seguir disfrutándolo aquí en fanfiction. Y sí, se mantiene el Fuera de Personaje y la verdad que lo lamento demasiado, pero es lo que hay. La historia funciona de una manera y los personajes deben amoldarse a ella. Normalmente hago que la historia se amolde a los personajes, pero esta historia me supera y no puedo.

En el siguiente capítulo la historia comenzará a darle sentido a la etiqueta de "supernatural" que ostenta, y habrá más interacción Sakura-Naruto, que no incluya ella corriéndolo porque la acosa xD

Una cosa más, me gustaría saber qué otros personajes les gustaría que participaran. Puede ser cualquiera, pero, ya saben, bajo su propio riesgo de que yo haga algo extraño con ellos (se evitará tanto como se pueda, eso sí).

Ah, y el primer capítulo se editó, de manera que se agregaron líneas y se suprimieron otras para que Naruto quedara menos OoC y se le añadió una pista sobre la trama principal (que no es solamente romance, hay que aclarar).

Agradezco a SeleSakura, hibary-kyo, lirilara1993, steph yepez, Kumikoson4 , Karkat McCormick , Stefany BM, Amantedelacomida, Sakuita 01, kidloco, Wolfmika, ahsayuni15f , ahsayuni15f y Seba20 por su apoyo y comentarios.

¡Besos embarrados de Nutella para todos!

:*

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