Mi turno en esta historia de elfos, humanos y movidas varias, mezclado con Clexa, las idas de olla de sus locas autoras y diversas aventuras!
PD: De parte de fanclere (la otra autora, para las que andéis despistadas) que ama a su mujer (y yo las shipeo xD)
Capítulo I El Reino Élfico.
En lo alto de una de las torres, con las manos apoyadas en el alféizar de la ventana, permanece impasible, con el pelo anudado en diversas trenzas y coletas, mirando el horizonte en busca de respuestas.
El cielo empieza a despertar y ella aún no se ha acostado.
Aunque tampoco es que le fuera a servir de mucho.
Su mente es un hervidero de pensamientos, un caos organizado de planes y decisiones (algunas ya tomadas, otras aún por decidir) que tienen todas un objetivo en común. El futuro de su pueblo.
La guerra contra los humanos está desgastando a su pueblo. Pese a sobrevivir a las embestidas de la armada humana, tantas batallas (tantos caídos) siguen pesando sobre los elfos y sus aliados, que habían buscado refugio en los bellos y frondosos bosques de Letian, llegando algunos a formar parte de los ejércitos élficos.
Lexa suspira.
Recuerda haber combatido junto a enanos, semi gigantes y hasta orcos. Y recuerda haber visto cuerpos, de estas y otras especies, desperdigados entre los cuerpos inertes de guerreros elfos y soldados humanos, en un manto sangriento que cubría la tierra tras una de las batallas.
Lexa está cansada, como muchos, de esta larga guerra sin fin, una guerra de la que nadie recuerda el principio.
Ni siquiera el más viejo de los elfos, una de las especies más longevas que habitan Letian, podría decir con exactitud qué originó ese afán de los humanos por invadir todos los reinos y someterlos bajo su yugo.
Tan sólo el reino élfico había parado el avance de esa armada de brillantes y pesadas corazas que blandía la bandera del reino de los humanos.
Recuerda las historias que contaba su abuelo, relatos que, a su vez, su padre le había narrado. Historias de elegantes y valientes guerreros elfos camuflados en los árboles, pacientes, viendo la armada enemiga avanzar bajo y junto a ellos. Esperando su momento, aguardando a que no tuvieran opción de escapar cuando, por fin, atacaron.
Aprovechándose de su experiencia entre esos árboles que ven crecer a todo elfo, aprovechándose de sus armas y armaduras (más livianas que la de los humanos) y de la sorpresa del ataque, diezmaron el ejército humano, sin apenas bajas en las filas élficas. Sin dejar ningún humano vivo.
Tal y cómo le dijo su bisabuelo, rey de los elfos en ese momento, a su abuelo: no debían dejar a ninguno con vida. Esa primera batalla debía ser un mensaje para los humanos.
Los elfos no serían vencidos, los bosques élficos serían la condena de la raza humana.
Nota una presencia a su espalda. Pero está tranquila.
Nadie se atrevería a dañarla en su palacio. Y pobre de aquel que lo intentara.
Sus años como soldado, capitán y comandante en el ejército le habían convertido en una de las guerreras más letales entre los suyos.
Su afán de estudiar los diferentes estilos de combate de las diferentes razas que poblaban su ejército, además de los antiguos planes de batalla y estrategias seguidas por sus ancestros en esta y otras guerras, todo ello la convertían en una estratega poderosa tanto sobre una mesa de guerra como ya sobre el campo de batalla.
Y por ello, nadie había puesto en duda que la corona del reino cayera sobre ella cuando su padre falleció, hace unos meses.
- Majestad -oye a Gustus, un semi gigante que le había jurado lealtad tras salvarle Lexa de la muerte que le aguardaba de la mano de la lanza de un soldado humano.
Lexa levanta la mano derecha y Gustus aguarda.
Sabe por qué está ahí.
Los rumores de una reunión con los humanos han llegado también a sus oídos.
Suspira, admirando el cielo tintado de tonos anaranjados, ayudándose de esa imagen para reforzar su decisión.
Un nuevo amanecer espera a su reino.
Por fin, baja la mano, girando la cabeza hacia Gustus, dándole permiso para hablar.
- Majestad, los consejeros están inquietos.
Y cuando no.
- Se comenta... -su guerrero carraspea- se comenta que os vais a reunir con la reina humana para rendiros y acabar con la guerra.
Por el amor de...
Se gira, clavando sus ojos (de un tono verde que rivaliza con el color de su bosque) en Gustus, alzando una ceja.
- No es que crea los rumores, mi señora. La idea de que os reunáis con los humanos es irrisoria.
- Nos vamos a reunir con ellos -corta.
Y espera, viendo la sorpresa teñir las facciones del guerrero frente a él.
- Nos reuniremos con su reina en Polis -sigue, tras unos segundos, volviendo a mirar el amanecer, cada vez más azul -. Pero no nos rendiremos. Busco una forma de acabar con esta guerra y que nuestro reino pueda volver a vivir en paz. Son demasiados los nuestros que jamás la han conocido, los que tan sólo conocen esta guerra. Se merecen vivir una época de paz.
Todos lo merecen, piensa. Aunque algunos consejeros no lo crean y ansíen ganar a los humanos en su propio juego, pese a que la larga duración haya dejado claro que esta guerra no se ganará en el campo de batalla.
Su pueblo merece la paz, y va a hacer todo lo que esté en su mano para dársela. Por mucho que sus consejeros se opongan.
En parte por lo ya indicado, en parte por la inexperiencia de Lexa en el trono, pero siempre debaten cada una de sus decisiones.
Y sólo han pasado unos meses desde la coronación.
Deben aprender a aceptar que quién lleva la corona, es ella. Quien lleva el peso del trono a sus espaldas, es ella. A quien se mide por cada decisión del reino, es a ella. Y los hombros sobre los cuales se posan todas las responsabilidades, todas las derrotas y victorias, todos los llantos y sonrisas de su pueblo, son sus hombros y no los de los consejeros.
Vuelve a mirar a Gustus.
- Reúne al Consejo.
- Sí, majestad.
Y lo ve agacharse a modo de reverencia, antes de abandonar esa sala en lo alto de la torre más alta de palacio, sala que usa de estudio personal.
Se acerca a una de las mesas que decoran la sala, llenos de libros y pergaminos. Y cogiendo el último informe de sus espías en la corte humana, intenta anticiparse a la reina humana y decidir ya los pasos a seguir durante y después de la reunión.
Que los dioses guíen sus pasos.
