¡Hau hau! (?) ¡Bienvenidos a un nuevo capítulo de Días de lluvia, mi fic R18 absolutamente… antierótico! :D
Reconozco que esta vez no he trabajado con tanta soltura. ¿La razón? Simplemente que esta pareja no la he elegido yo. Mi querida onee-chan InuDango me pidió un fic sobre estos dos tortolitos ya que es su (o una de sus) OTP, pero, siendo sincero, lo he pasado mal para pensar en una situación en la que encajar a esta parejita. XD Si lo veis muy forzado, y probablemente sea así, sabed que ésa es la razón. Pero, por ella, merecía la pena intentarlo. */ / /v/ / /*
Así, una vez más, os encontraréis con una historia mucho más centrada en los propios sentimientos que en el acto en sí. Sé que no es lo habitual en fics de Inazuma Eleven (por desgracia), pero es que a mí el smut simplemente por smut no me acaba de llamar. :/
Meh, mejor me dejo de leches. ¡Disfrutad lo máximo posible! ;)
–¿Lo… lo dices de verdad?
Natsumi asintió tristemente, incapaz de esconder su pena. A la despampanante pelirroja tampoco le gustaba pensar en ello, aunque había acabado aceptándolo. Así tuvo que hacerlo también Fuyuka Kudou, aunque sabía que el golpe dolería más en frío.
Mamoru Endou y Aki Kino estaban juntos.
Natsumi lo había averiguado por medio de la propia Aki: en los últimos días se les veía más unidos que nunca y, tras todo el revuelo que habían causado en el equipo, le fue imposible no preguntar acerca del desenlace de aquella historia. La sonrojada gerente no pudo negarlo, aunque, para qué mentir, tampoco quería hacerlo. Era tan feliz que lo único que quería era gritarlo a los cuatro vientos. Estaba enamorada del mejor chico del mundo, al menos para ella; muchos no podrían entender qué le veía a aquel cabeza de balón, pero los sentimientos de Aki no guardaban misterio alguno ni para Natsumi ni para Fuyuka. Ellas sentían lo mismo con tanta fuerza como lo sentía ella. Su ímpetu, su calor, su manera de compartir su visión del mundo con los demás y su talento para sacar lo mejor de sus compañeros en los momentos difíciles les había robado el corazón a todas ellas. Y ellas, en el fondo, sólo querían lo mejor para él.
Muy, muy en el fondo.
Sintió que el mundo se le venía encima. ¿Qué haría ahora? Aunque le doliese, Aki había ganado. Fuyuka había estado reprimiéndose a sí misma para no confesarle a Mamoru todo lo que sentía por él y no molestarle más. Ella sabía que, con tanto alboroto acerca de si Aki y él se gustaban o no, a Mamoru no le apetecería demasiado hablar de temas románticos, si es que alguna vez le apetecía de verdad tratar esa clase de asuntos. Aun así, se veía venir que algo del estilo acabaría pasando. Que cederían y se enamorarían. Que caerían el uno en los brazos del otro.
Y Fuyuka se sintió defraudada consigo misma por no haber sabido defender lo que ella quería. La boca le temblaba cada vez que pensaba en Mamoru. Sabía que nada cambiaría entre ellos: para él, ella seguiría siendo la misma Fuyuppe de siempre. Pero ella no quería ser solamente "Fuyuppe".
Ella quería ser su Fuyuppe.
La única para él.
No quiso hablar con nadie en todo el día. Rehuía las conversaciones y se alejaba de quien fuera que se le acercase. Los chicos del Inazuma Japan estaban preocupados pero, a sabiendas de cuál era el problema, lo dejaron estar. Todos salvo Endou, por supuesto, que jamás se enteraba de nada a menos que se lo dijesen directamente y, aún así, solía costarle horrores computar la información. El portero trató varias veces de hablar con ella, pero Fuyuka se negaba a contestar con otra cosa que no fuesen excusas para alejarse de él. Tenerle cerca le dolía mucho más de lo que ella hubiera esperado.
Se dijo a sí misma que no importaba. Todo estaba bien. No era el fin del mundo, aunque costase darse cuenta. Ahora, lo importante era seguir adelante. Centrarse en su familia, sus amigos, sus quehaceres; por eso, tomó la firme decisión de ponerse seria con los estudios y fijarse una meta en la vida. Ella siempre había querido ayudar a los demás como los demás la ayudaron a ella cuando lo necesitó, y se le ocurrió que estudiar Medicina podría ser una buena opción para cumplir su sueño. Decidió comentárselo a su padre ese mismo día, en cuanto llegase a casa.
(…)
…Pero a quién quería engañar. No sería tan fácil. Aún le tenía demasiado presente como para olvidarle con un chasquido de dedos durante un simple y anodino trayecto de vuelta a casa.
Lo que Fuyuka no sabía era que, aquel día, ese trayecto no sería para nada como de costumbre.
La chica adoptada miró al cielo.
«Llueve…», pensó. De algún modo, parecía como si el clima se adaptase a su estado de ánimo.
Abrió el paraguas y comenzó a caminar sola hacia su casa, atravesando las cada vez más mojadas calles a paso tranquilo. Solía ir acompañada por alguna de las gerentes, pero ese día no se sentía de humor. Estaba cansada de todo: el día había sido duro, y el golpe por la pérdida de Mamoru empezaba a doler de verdad, sobre todo sabiendo que no había podido confesarle siquiera lo que sentía por él. Quizás si hubiera sido más decidida… El dolor se acumulaba, y el peso de su corazón era tal que empezaba a costarle caminar. Comenzó a pensar que jamás se recuperaría y que aquella profunda herida no sanaría jamás.
Todos estos poco esperanzadores pensamientos llenaron la mente de Fuyuka en un solo instante, a la velocidad a la que cae un relámpago. Y es que, cuando llueve, parece que la cabeza trabaje más deprisa. Por suerte o por desgracia.
El cansancio y la pena le estaban provocando malestar general. Jamás pensó que el amor pudiera provocar sentimientos tan fuertes como para afectar a su estado físico de tal manera. Comenzó a sentirse muy cansada, las sienes le palpitaban con fuerza y todo le daba vueltas. Atisbó unos bancos cerca de un edificio que le resultaba vagamente familar y decidió sentarse en ellos, aprovechando que estaban secos y guarecidos de la lluvia, para descansar un poco y ver si se le pasaba, al menos en parte, el mareo y el dolor. Pero, justo antes de llegar a los asientos, ya cobijada de la lluvia, sintió que alguien se le acercaba por detrás y le agarraba por la muñeca. De algún modo, esa sensación no le era desconocida. Se dio prisa en mirar hacia atrás, soltando su paraguas del susto y lanzando al viento un nada alegre grito de pánico al reconocer a su retentor.
–¡T-tú eres…!
–Volvemos a vernos, preciosa.
–¡N-no, suéltame! ¡No estoy de humor para tus jueguecitos…! –chilló Fuyuka con voz casi ronca mientras trataba de zafarse.
Yukihito Karasu, delincuente juvenil que trató de hacerle la vida imposible a Seiya Tobitaka cuando éste se unió al Inazuma Japan, sonreía maliciosamente a la pequeña chica, a la cual ya tenía agarrada por ambas muñecas.
–Estás en mi zona, ¿sabes, guapa? Y nadie puede entrar en mi zona sin pagar las consecuencias.
–¿Qué… qué vas a hacerme? –preguntó Fuyuka, atemorizada.
Karasu no respondió. Se limitó a llevar a la chica, más cuidadosamente de lo que ella se hubiera esperado, hasta la pared de aquel edificio que había reconocido antes. Se fijó mejor y se dio cuenta de que se trataba del restaurante de la familia Utsunomiya; bien pensado, el sitio donde se lo encontraron la primera vez no estaba lejos de allí. Mientras la joven pensaba en ello, de algún modo absorta pese a su situación, Karasu acercó su rostro al cuello de Fuyuka.
–No estás naaada mal para tener tan mal gusto, bombón.
–¿Qué…?
Karasu soltó una risotada sarcástica.
–Sólo te he visto un par de veces con él y ya me he fijado en que siempre tienes los ojos puestos en el friki ése del fútbol. Debe de ser un palo ver que se ha quedado con la morenita y a ti te ha dejado de lado, ¿eh?
–¿C-cómo sabes tú eso…?
–Les veo a menudo. Agarraditos de la mano, dándose besitos… Joder, es repulsivo. Juraría que vienen por aquí para evitar que les miren, pero lo único que consiguen es que me los encuentre cada puñetero día y me entren ganas de echar la pota por sobredosis de cursilería. Ese lerdo no sabe cómo disfrutar de una mujer…
En cuanto acabó de pronunciar esa frase, Karasu recobró su pícara sonrisa y comenzó a deslizar la lengua por el cuello de Fuyuka. Los gemidos de la chica se perdieron en el estruendo de la inminente tormenta.
No había nadie alrededor.
Todo estaba sentenciado.
–D-deja que… me vaya…, por favor… –suplicó Fuyuka entre resuellos, incapaz de contenerlos mientras hablaba. De algún modo, el calor del aliento del chico le reconfortaba y le hacía revolverse, pero el instinto le obligaba a seguir luchando aunque sólo fuese verbalmente.
Karasu aprovechó la oportunidad. Tan pronto como notó que la chica comenzaba a ceder, soltó sus muñecas y llevó sus magulladas manos hasta las caderas de la joven, apretándola un poco más contra la pared. Ella posó sus manos en el pecho del gángster, primero tratando de apartarle, pero pronto desistió completamente y se limitó a dejarlas allí, sintiendo cómo sus rodillas comenzaban a temblar debido a la intensa sensación que la lengua del chico provocaba en su cuello. Karasu tampoco escapaba a la tensión: por frío que se mostrase, Fuyuka podía sentir su corazón latiendo violentamente en su pecho, entusiasmado, aunque no entendía por qué.
Comenzó a sudar, cerró los ojos con fuerza; quería evitar ver lo que podría llegar a continuación. Pero, aunque su boca no quisiese reconocerlo, su cuerpo esperaba con impaciencia el siguiente movimiento de Karasu. Ya no era ella; su dolor la había vuelto vulnerable, y estaba entregándose a aquel desconocido por simple inercia. Y, sin embargo, no podía dejar de pensar en él. Su él.
–O-oye… –consiguió articular Fuyuka.
–Qué.
–No… no sólo el cuello…
La respiración de Karasu se agitó. Esbozó una sonrisa mientras se pasaba la lengua por los labios.
Su trémulo cuerpo se negaba a reaccionar. Las gotas de sudor que corrían por su frente le hacían brillar la piel. En su cabeza, el recuerdo de Mamoru aún bailaba; ni siquiera las caricias de Karasu habían conseguido hacerle olvidar al portero ni por un instante. Sin embargo, su mente estaba comenzando a nublarse. La excitación por estar haciendo algo tan sucio en público, el lanzado carácter de su acompañante y, por qué no decirlo, el hecho de que las habilidosas manos del chico estuvieran estimulando todos y cada uno de los puntos débiles que Fuyuka ni siquiera tenía consciencia de tener contribuían a que la joven se dejase llevar por el mero y húmedo placer.
El pandillero insurrecto se agachó a tomar el aroma a mujer que su ropa interior ya desprendía. Karasu se mantuvo frío y presionó su nariz contra la fuente de la fragancia. Fuyuka se sonrojó violentamente al tacto mientras luchaba por controlar su cuerpo. No obstante, deseosa de descubrir más de aquellas nuevas sensaciones, no pudo resistirse a apretar la cabeza del chico contra sí. Sus gemidos, sus tímidas miradas de soslayo, el sonido de la tormenta, el tacto de sus suaves piernas y el olor a mujer y sudor no hacían más que excitar a Karasu más de lo que él se hubiera imaginado jamás.
Antes de que pudiese recuperar el aliento, la gerente del Inazuma Japan notó impotente cómo sus partes más pudendas eran descubiertas sin el menor miramiento. Para cuando quiso dirigir la vista hacia abajo, ya sentía muy dentro de sí cómo la juguetona lengua de Karasu exploraba a fondo aquello que ella hubiera deseado darle a Mamoru y sólo a Mamoru. Aún podía oír cómo le llamaba. «¡Fuyuppe, Fuyuppe!», «Hoy estás muy rara, ¿qué pasa, Fuyuppe?», «Te has puesto muy roja de repente, ¿estás bien, Fuyuppe?».
Fuyuppe se evadió. La poca saliva que desbordaba de su boca estaba tan húmeda como la lengua de Karasu. Llegó un momento en el que éste tuvo que sujetarle las rodillas a la chica para que sus piernas no le fallasen y no se desplomase de placer. Sus ojos estaban perdidos en el vacío; nunca eran suficientes los mordiscos que se daba en el labio inferior para contener las ganas de dejarse llevar totalmente por aquel milagroso sentimiento.
La ola de placer terminó de conseguir que perdiese el norte.
Karasu separó sus labios de Fuyuka y comenzó a acariciar sus húmedas piernas, ya no solamente manchadas de sudor. Con la única intención de probarla y tomar así su decisión final, dejó en paz las intimidades de la chica y, mientras la miraba a los ojos y se relamía los restos del más dulce de los néctares, intuyó una expresión de decepción en su mirada. Una simple mirada que, sin saberlo, sentenció su destino.
Quería más. Su siempre frágil y ahora roto corazón ya no respondía ni atendía a razones. Mamoru era un recuerdo vivo en su cabeza, pero no algo que pudiera ya condicionarla. Aquel chico, de quien debió haber escapado en cuanto tuvo la oportunidad, le estaba haciendo sentir cosas totalmente nuevas, cosas que nunca hubiera podido imaginar. Aunque, para ella, hacía ya rato que no era Karasu quien la estaba forzando. Un fantasma con cinta naranja en la cabeza estaba haciendo que su cuerpo se estremeciese.
Karasu se levantó y la miró a los ojos, levantando la barbilla de la joven cuidadosamente.
–…Ey, chica.
–¿Q-qué? –preguntó Fuyuka, tratando de volver en sí e inyectar algo de coherencia a sus palabras.
Pero, ¿por qué hablaba su fantasma?
–Sé lo que estás pensando, pero yo no soy él. ¡Despierta y míralo!
Fuyuka agachó la cabeza. No quería verlo. Aquel fantasma iba a desaparecer de nuevo para dar paso a un ser tangente que haría lo que quisiese con ella hasta quedar satisfecho. No podía ser. Sólo podía ser él.
–¡Olvida de una vez al imbécil que no te eligió! –gritó Karasu, desviando la mirada justo después. Sus mejillas comenzaron a enrojecerse, pero él no lo notó–. Quizás no ahora, pero hazlo en cuanto puedas. Sigue con tu vida de siempre, cámbiala, o haz lo que te dé la gana con ella, pero vive. Y si ese anormal no sabe apreciar lo bueno que tienes… entonces no creo que merezca tanto llanto. …Ni que no pudieras ser feliz sin él, tsk.
Fuyuka se quedó callada durante unos segundos.
–O-oye…
–…Dime.
–Re… repíteme tu nombre, por favor…
–…Karasu. Yukihito Karasu.
Fuyuka rodeó las caderas de Yukihito con los brazos por un instante.
–Karasu-san…
–Voy a hacerlo.
–S-sí…
Fuyuka, de cara a la pared, dejó que el chico deslizase sus manos bajo su blusa. Una vez más, se sorprendió de la suavidad con la que Karasu comenzó a acariciarla.
Las calientes y mojadas manos de Karasu recorrieron las caderas y costados de Fuyuka, acercándose lentamente a su apenas incipiente pecho. Una cadena de suspiros y gemidos surgió de sus labios a medida que toqueteaba su torso a pesar de estar mordiendo una de sus manos en un fútil esfuerzo por refrenarlos. Cerró los ojos con fuerza, y tan sólo los abrió de nuevo cuando escuchó el deslizar de una cremallera y la posterior presión punzante en su espalda.
Estaba caliente. Palpitaba con fuerza. Temblaba, incluso se retorcía. Moría por sentirla.
Mojaba sus piernas. Se constreñía alrededor de la nada. Picaba, ardía, escocía incluso. Moría por sentirle.
Y el beso, ese beso dulce, audaz, descarado, en el que sus labios se hicieron uno y sus salivas se contaminaron la una de la otra, no hizo más que encender aún más la ya de por sí caliente atmósfera. Su primer beso.
Ninguno de los dos podía más.
–Estoy listo… Preciosa.
–Me llamo… F-Fuyuka…
–Eso ya lo sabía…
Aquél que la había seducido comenzó a arrancarle la ropa. Chaqueta, blusa, sostén. Las prendas se extendieron por el suelo con una suavidad tan sólo propia de alguien que realmente hubiera esperado aquel momento durante mucho tiempo. El cuerpo de Fuyuka, ya tan sólo cubierto por su falda, sin embargo, no hizo más que atemorizarle.
Karasu bajó la mirada por un segundo. Se preguntaba si lo que estaba haciendo estaba bien. En el fondo, no hacía más que aprovecharse del dolor de la chica. Pero, por otra parte, jamás volvería a estar tan cerca de ella. Desde el día que la vio, no había podido quitársela de la cabeza; incluso lamentaba haber sido tan duro y arrogante cada vez que se habían encontrado. La miraba desde la distancia. La seguía, a pesar de que se sentía estúpido al hacerlo. Se veía a sí mismo como un acosador, pero no podía evitarlo. Tan pura, tan preciosa, tan risueña… De hecho, le hacía trizas el alma verla tan decaída. Pero, si él podía hacer algo por ayudarla, quería hacerlo. Necesitaba hacerlo. Sabía que nunca sería suya, que las chicas como ella huyen de la gente como él. Por eso, en su única oportunidad de estar con ella, quería confortarla y conseguir que se sintiese querida. Ayudar a aquélla a quien, desde la distancia, amaba. Fuyuka Kudou. Su Fuyuka Kudou.
Sus ardientes mejillas se mojaron ligeramente.
–Te… quiero.
–¿A-ah…?
¿Había oído bien? Ese chico descarriado, solitario y malhumorado, ése de quien debió haber huido en cuanto pudo… ¿Qué había dicho? No podía ser. Apenas se conocían. Debía estar engañándola. Él no sabía nada de ella. …O quizás sí.
Quizás era mucho más tierno de lo que todo el mundo creía. Quizás sus sentimientos estuvieran ocultos tras una máscara de frialdad, pero él estaba ya tan rojo como lo estaba ella. Pero, ¿por qué ella? ¿Cómo había destapado la auténtica cara de aquel chico? El remolino de pensamientos de Fuyuka se vio interrumpido en seco: la presión que el miembro de Karasu ejercía en su piel había cambiado de lugar. Un cambio que, por súbito y no reflexionado, sorprendió a ambos por igual.
–Fuyuka… No quiero que pierdas tu pureza.
–K-karasu-san… Va… le…
Karasu, con lágrimas en sus ojos y jugando aún con el pecho de Fuyuka, comenzó a introducir su miembro en el recto de la chica, al tiempo que ésta soltaba un agudo chillido de dolor que, sin embargo, no hubiera querido que acabase.
Karasu ardía. El interior de Fuyuka, a pesar de estar increíblemente apretado, era suave y caliente, al igual que el resto de su piel. Jamás se había sentido así; su cuerpo temblaba, tan sólo capaz de moverse para hundirse de lleno una y otra vez en aquella sensación maravillosa.
Fuyuka no podía creérselo. Estaba haciendo el amor de una forma aún más sucia que el simple sexo… y le encantaba. Sus rodillas fallaban, las lágrimas desbordaban de sus ojos y, más abajo, un hilo de saliva se deslizaba tímidamente hasta el final de su barbilla. Se movía al compás, empujándose ligeramente contra su pareja cada vez que él trataba de sentirla de nuevo. Temerosa de caer, se aferró a los brazos y manos de Yukihito. Ambos gemían, salvajes pero tímidos, violenta y turbadamente, deseoso de más y temerosa de menos.
La separó de la pared. Él mismo se recostó contra el muro y se dejó caer, siempre arrastrándola consigo. La retuvo entre sus brazos firmemente a pesar de que apenas podía moverse. Fuyuka apoyó su cabeza sobre su hombro, permitiéndole ver su expresión: tenía los ojos casi cerrados y la cara roja; sofocada, murmuraba disimuladamente, pidiéndole a Karasu que no parase. Las caderas de ambos comenzaron a moverse más violentamente. Apenas podían pensar, respirar, darse cuenta realmente de lo que hacían. Sólo buscaban la mayor diversión. Contra la pared, de rodillas: cada forma de darse placer mutuo era inmensamente mejor que la anterior. Ya no pensaba en Mamoru, no quería pensar en él. Era Karasu. Karasu estaba haciéndola sentir aquella maravillosa sensación. Él también podía llegar a hacerla feliz. Y, entonces, se dio cuenta de que el mundo no giraba en torno al portero. No dejaría de querer a Mamoru, era imposible; pero, de todos modos, pensó que hay muchas maneras de querer. Se alegraría por sus queridos Mamoru y Aki y les desearía lo mejor, incluso les apoyaría en su relación; al fin y al cabo, eso es lo que hacen los amigos. Pero no debía desanimarse a pesar de que Mamoru no la hubiese elegido a ella. Tenía a un chico maravilloso que la quería más que a nada justo detrás de ella. Y, al darse cuenta, explotó. Ambos explotaron. Lo único que lamentaron fue que las llamas de dentro de cada uno no se fundiesen en una cuando cruzaron sus respectivos cortafuegos.
Karasu salió lentamente de dentro de la chica de la que tan enamorado estaba, por razones naturales que apenas alcanzaba a comprender.
–Fuyu… ka..
–Karasu… san...
Se acercaron el uno al otro y se besaron profundamente. Él se sintió feliz de estar pasando tiempo al fin con la chica que le había robado el corazón. Ella reconocía su ayuda; gracias a él, sus sentimientos estaban mucho más claros, y su mente, más despejada.
–¿De… verdad me quieres…? –preguntó Fuyuka, tímida.
Karasu asintió, casi avergonzado.
–Es… –prosiguió la chica, ofreciéndole una tierna sonrisa y sentándose sobre su regazo–. Es muy bonito…
Cerró los ojos y comenzó a ludir a Karasu con su aún pura esencia. Se inclinó ligeramente sobre él y rodeó su torso con los brazos. Karasu se deleitó con el cuerpo de la chica mientras volvía a enardecerse, tocándola y besándola allá donde podía, tanteándola y oyéndola gemir hasta que, una vez más, estuvo preparado para poder sentirla y hacer que ella le sintiese a él.
Fuyuka levantó sus caderas un poco, haciendo la tensión de Karasu aún más patente que antes. Éste se sorprendió al ver lo que la chica intentaba hacer.
–Fuyuka, ¿estás segura de esto?
–S-sí… Yo… creo que también puedo quererte a ti, Karasu-san…
–Llámame Yukih-
La conversación fue interrumpida por el violento descenso de Fuyuka, quien dejó que Karasu la atravesase de un solo golpe. Ambos gimieron ruidosamente mientras la flor de la chica se tornaba en rosa violeta.
Aún en shock por el primer contacto, Fuyuka se desplomó sobre el chico, quien comenzó a mordisquearle las orejas y el cuello mientras bajaba sus manos por la espalda de la chica, introduciendo finalmente sus dedos dentro del lugar que él había tomado como suyo la primera vez. Fuyuka vociferó, encantada de volver a sentir aquello y de estar conectada con el chico una vez más. Le abrazó con fuerza y comenzó a mover sus caderas al ritmo de los íntimos latidos de Karasu. No quería gemir de placer; después de todo, y por feliz que estuviera, él seguía siendo un tipo duro. Fuyuka dibujó una sonrisa en su cara de pasión y besó cariñosamente a Karasu, acallando sus sonidos. Sólo se oía la lluvia, el pulso y el deslizar de ambos. Sólo se separaron cuando Fuyuka no pudo más.
–¡K-karasu-san…!
–Hazlo, Fuyuka…
Antes siquiera de que Karasu pudiera terminar de hablar, el elixir que emanaba de la chica le cubrió cuan largo era. El calor de aquella sustancia le hizo gemir lascivamente.
–Fuyuka, aparta, ¡yo también…!
Aunque reticente a obedecer, Fuyuka desmontó de Karasu y se arrodilló ante él, ofreciéndole la única abertura virgen que le quedaba para que, al fin, pudiese aliviar su sufrimiento. En cuanto sintió los labios de la chica entrar en contacto con él, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, haciéndole eyacular violentamente en cuanto aquella gélida y la vez ardiente sensación poseyó su cuerpo.
Se limpió los restos con la mano y, dificultosamente, tragó. Y, a pesar de que la estampa de su cuerpo desnudo y cubierto del fruto de su cariño le resultaba irresistible al chico, su sonrisa seguía siendo tan pura y relajante como siempre.
–Yo… también te quiero, Karasu-san.
–¡Ya estoy aquí~! –saludó alegremente Fuyuka en cuanto llegó a casa.
–Hola, hija. Hoy llegas tarde.
–¡Sí, perdona! Me he entretenido un poco en el camino, es que me he encontrado a un viejo amigo.
–En fin, al menos ya se te ve más feliz –sonrió Michiya Kudou, padre adoptivo de Fuyuka. La pequeña sonrió y asintió alegremente.
–Bueno… ¡Nadie dijo que un día de lluvia no pueda alegrar el ánimo! Oh, y papá, ¿qué te parecería que yo estudiase Medicina?
JAJAJAJAJAJAJA. Tetas.
¡Gracias por leer un capítulo más de esta para nada erótica historia! :D Qué queréis que os diga, la perversión la llevo dentro pero al escribir no me sale. (?) El próximo capítulo será un tanto más especial, pues contiene uno de mis fetiches. No os hagáis ilusiones, será tan malo como siempre, pero me lo pasaré mejor escribiéndolo~
¡Hasta la próxima! ^^
