El sueño de venganza
Capítulo 2 - Un nombre desconocido
Los ojos verdes de Antonio se abrieron y observaron la lisa pared sin realmente verla. Su cerebro no funcionaba en esos momentos y se encontraba en blanco. Volvió a bajar los párpados y bostezó sonoramente. Poco a poco fue recordando todo lo que había sucedido. Se incorporó y pudo notar que aunque aún sentía alguna molestia, su trasero estaba mejor. Miró hacia el suelo durante un rato, ausentemente, hasta que inspiró hondo, espiró el aire y se llevó las manos a las mejillas. Dio un golpe sobre la piel y puso cara de decisión.
- Está bien, Antonio, es hora de levantarse y de seguir con tu vida. No puedes quedarte aquí tirado para siempre.
Lo primero que hizo fue ir a darse una ducha. Algo había sacado en claro de todo aquello: los sueños no eran tan sueños como parecían. Lo que debía hacer era investigar, obtener información y encontrar a ese demonio para pegarle una buena tunda y exigirle que cesara eso que hacía. No podía negar que ya no fuese un ángel tan puro, pero recordaba que Francis le había dicho que no iba a dejarle escapar y eso sólo significaba que mientras no supiese nada de él o de dónde encontrarle, era más que probable que volviese a asaltarle en sueños. No quería experimentar ese dolor y humillación más, debía detenerle.
Se vistió con una camisa y un pantalón blanco y se las apañó para tapar todas aquellas marcas de su cuello que se habían oscurecido durante el proceso antes de desaparecer. A Antonio no se le daba nada bien eso de rendirse sin más. Aunque su experiencia luchando fuese nula, aprendería lo que hiciera falta con tal de escarmentar a ese demonio. No podía decir que le mataría, porque la idea de acabar con una vida, aunque fuese la de un desgraciado que le había forzado en sueños, no le parecía para nada apetecible. Pero quizás lo que sí podría hacer era encerrarle hasta que se le pasaran las ganas de jugar más a torturar de ese modo a un ángel.
Saludó con su ímpetu de siempre a las criadas, que le habían preparado el desayuno pero que realmente no esperaban su presencia en la sala aquella mañana. Pudo notar las miradas que le dirigían, como si fuese casi un enfermo mental que no se sabía por dónde iba a salir. Era cuestión de tiempo volver a hacer que las cosas se suavizaran entre ellos. Cuando se dieran cuenta de que había sido algo pasajero lo atribuirían al cansancio, a las heridas que aún no habían sanado. Era la ventaja de ser una persona amable y cariñosa con la gente, estos deslices se podían perdonar y olvidar con mucha facilidad.
Tras terminar todo lo que había en el plato, se levantó y caminó con tranquilidad hacia las oficinas del gobierno, donde los soldados se reunían cuando no estaban de misión fuera de la ciudad. Llamaba ligeramente la atención, pero Antonio hacía ver que ignoraba todas aquellas miradas que se posaban en él hasta que dobló la esquina y se perdió por otro pasillo. Tras minutos dando vueltas, escondiéndose a veces ya que no quería que le encontrara su superior, a lo lejos divisó al hombre al que había estado buscando. Sigiloso se acercó a él y le agarró del bajo de su camiseta blanca para llamar su atención en voz baja.
- Ey, Alfred... -susurró.
Fue tan inesperado que no pudo evitarlo: el rubio cogió su mano, tiró de él y le retorció el brazo sobre la espalda. Luego le empujó contra la pared y le apretó con fuerza hasta que al segundo siguiente se dio cuenta de que no es que le estuvieran atacando, que al que había tratado de aquella manera era a Antonio. Cuando le soltó, el chico de cabellos oscuros se llevó una mano a la herida de su hombro y eso hizo que el rubio se sintiera culpable. Le puso una mano en un brazo y le sonrió.
- Lo siento, me has asustado saliendo de la nada. Mi primer instinto es siempre el de defenderme. ¿Estás bien?
- Eres como una bestia hecha únicamente para pelear... -dijo Antonio tras un suspiro. Al ver que Alfred seguía preocupado, le sonrió para tranquilizarle- Estoy bien, tampoco soy tan flojucho.
Sólo con esas palabras, su compañero se relajó y ya mostró su comportamiento habitual, jovial y hasta gritón. Eso, en aquel momento, era un inconveniente. Antonio no deseaba llamar la atención así que se llevó un dedo delante de los labios y le chistó.
- ¿Podemos hablar en un sitio un poco más privado? Un pasillo no me parece el lugar ideal para que la gente no nos escuche.
Ese secretismo le puso la piel de gallina a Alfred. ¿Es que le pensaba confiar algún secreto que le otorgaría el papel de héroe y le tocaría salvar el día? Bueno, no dejaba de soñar en que en algún momento le tocaría hacer algo impresionante que los demás ángeles no podrían ignorar y que entonces llegaría a ser alguien famoso por el que las mujeres suspirarían y que los niños aspirarían a ser. Deseaba convertirse en el ejemplo a seguir por todos los ángeles de los diferentes reinos. Cuando entraron en uno de los despachos que estaba vacío, con una gran mesa ovalada en el centro, cercada por sillas del mismo color blanco y con pinta de ser incómodas, Alfred se dio la vuelta y miró a Antonio expectante.
- ¿Y bien? ¿Tenemos que ir a rescatar a alguna princesa? ¿Bajaremos algún gato de un árbol para una niñita? ¿A qué viene tanto secretismo?
- No vamos a salvar princesas o gatos... -lo siguiente lo murmuró- Me parece surrealista cómo has mezclado gatos y princesas en una misma frase. -su tono retomó su volumen normal- Pero sí que quiero que hagas algo por mí. Tú tienes acceso a la base de datos de los demonios, ¿verdad? Me refiero a esa que todos los soldados del reino pueden consultar para sus misiones.
- Por supuesto que sí. Tú también puedes, de hecho. ¿A qué viene una pregunta tan obvia?
- Me gustaría que buscaras información en ella. Quiero localizar a alguien, saber cuáles son sus puntos débiles y cómo puedo terminar con él fácilmente si me lo propongo.
- ¿Estamos hablando del demonio que te atacó? -preguntó Alfred. No es que normalmente fuese un lumbreras, pero no había que serlo para acertar esto. La cosa era muy evidente a estas alturas. Antonio no dijo nada, lo único que hizo fue asentir con la cabeza- Me lo imaginaba... Lo que no entiendo es por qué quieres que sea yo el que busque.
- Yo no soy un ángel al que le guste mucho la lucha. Aunque mi padrastro se ha indignado al ver que evito el combate que según él hace el bien al Reino, no he cedido en mi rechazo a blandir mi arma. Para acceder a esa base de datos hace falta identificarse. ¿Quién no se extrañaría de que de repente me diera la vena de ponerme a buscar demonios?
- ¿Pretendes evitar a tu jefe? -preguntó Alfred- Está bastante enfadado desde que se enteró de que te habían herido, ya sabes cómo es.
- Sí, él es el motivo por el que no quiero que se sepa. ¿Cómo crees que se pondría? Intentaría hacerme pasar por un entrenamiento exhaustivo mientras agita esa vara y la chasquea. A ratos pienso que es un ángel nacido de demonios.
- Que no te oiga decir eso, tío... -le murmuró el rubio sudando frío.
En realidad Antonio tenía otros motivos. Su padre encontraría demasiado extraño que de repente mostrara interés en los demonios. ¿Quién no empezaría a sospechar si de repente alguien que pasaba de cualquier tipo de enfrentamiento buscaba uno directamente? Hubiera ignorado a ese demonio detestable si no fuese porque se estaba colando en sus sueños para tornarlos pesadillas. Dada la situación en la que se encontraba, no le quedaba más remedio que dar el siguiente paso en la vida real.
- ¿Harás esto por mí? No puedo confiar ahora mismo en nadie más. Necesito encontrar a ese demonio para que deshaga...
- ¿Que deshaga...? -preguntó Alfred al no encontrar el sentido en aquello que el otro había dicho.
- Que así yo deshaga todo ese tapiz de vergüenza que ha echado sobre mí. -improvisó Antonio sudando frío- No puedo superar que me atacara con tanta facilidad, quiero vengarme.
La respuesta satisfizo al rubio, que asintió repetidamente con la cabeza. ¿Qué iba a decirle? ¿Que ese demonio le estaba violando en sueños? No, eso sonaría hasta ridículo y seguro que le miraría como las criadas, como si estuviese completamente chiflado. Lo mejor era trabajar en solitario tras obtener la información, entonces le patearía las pelotas y mientras estuviera sufriendo le exigiría que cesara.
- Bien, dime qué es lo que tengo que buscar. En un par de días lo tendré todo. Iré con disimulo para que no apunte nada a ti.
- El nombre del demonio es Francis. La descripción es: cabello rubio, media melena con las puntas onduladas. Sus ojos son azules como el cielo que ahora mismo podríamos ver si nos asomásemos a la ventana y como todos los demonios, tiene cuernos y cola. Es más o menos igual de alto que yo y aparenta mi edad también.
- Todo controlado: Francis. Me colaré en el sistema, daré con él y me aseguraré de que obtengo hasta la más pequeña brizna de información de ese desgraciado.
- Gracias, Alfred. Sabía que podía contar contigo. -le dijo sonriéndole- Cuando sepas algo, ven a casa y dile a las criadas que te dejen pasar y que yo te dije que podías comer lo que quisieras. Entonces ya hablaremos de lo que hayas encontrado.
- Ni lo dudes. Nunca rechazo una comida gratis. -dijo el rubio devolviéndole la sonrisa, con descaro.
La sensación de que por fin tenía un amigo en el que podía confiar le producía felicidad tras el sentimiento de pérdida y desesperación por culpa de lo que había pasado con Francis. Por eso no podía dejar de sonreír y antes de marcharse se acercó y le dio un abrazo efusivo. Alfred se rió y le dio un par de palmadas mientras le azuzaba para que se fuera antes de que su superior le encontrara. El de cabellos cortos castaños se dio la vuelta y volvió a escabullirse por los pasillos. Ahora contaba con un aliado que haría la tarea más sencilla. Si alguien descubría lo que ese demonio estaba haciéndole, a saber cómo se desarrollaría la situación. No quería meter en problemas y preocupar a la gente antes de intentar él mismo ponerle solución al asunto.
Dio la vuelta y cuando ya estaba en el pasillo que daba a una de las salidas de emergencia, pudo escuchar una voz detrás de él, suave aunque enfadada al mismo tiempo.
- ¿Ya te ibas? Pensaba que tendrías la educación suficiente y te pasarías por mi despacho.
Los pasos del ángel más joven se detuvieron en seco y se quedó tenso, en una moción como si estuviese preparado para seguir caminando. Apretó los párpados mientras sonreía con resignación. Mierda... Le había pillado. Debería haber saltado por alguna ventana, como solía hacer cuando se escaqueaba. Pero claro, su trasero no estaba cien por cien recuperado y no quería cometer locuras que le arrastraran de nuevo al hospital. Abrió los ojos y se giró, sonriendo con normalidad.
- Lo siento, Roderich, tenía la intención pero se me ha hecho muy tarde y tengo que pasar a ver a Belinda antes de que salga de trabajar del hospital.
El ángel que tenía delante de él se llamaba Roderich y era uno de los superiores, encargado de entrenar y dirigir desde la retaguardia a sus soldados. Iba vestido con un abrigo largo blanco cuya parte de delante estaba llena de botones y que se adaptaba mejor a su figura gracias a un cinturón. Sus piernas estaban cubiertas por unos pantalones blancos que se remetían en las botas que llevaba. Su apariencia era la de un militar y contrastaba con su rostro, que era algo afeminado y parecía frágil. Su cabello de color castaño, más oscuro que el de Antonio, estaba cuidadosamente peinado a excepción de un mechón de pelo rebelde que se alzaba hacia arriba, rizado. Sobre su nariz descansaban unas gafas con la montura plateada y cristales rectangulares, pequeños, que enmarcaban sus ojos entre lilas y azules, y a la derecha de su boca tenía un lunar que destacaba en ese cutis perfecto y pálido. Pocas veces solía sonreír, de hecho él nunca le había visto hacerlo. Siempre estaba serio o, en su defecto, enfadado.
- No te entretendré mucho rato, te lo prometo. -le replicó Roderich- Vamos a mi despacho.
Y fue como si el mismo Satanás en persona se estuviese riendo de él y le señalara el camino hacia el infierno. Le daba miedo quedarse a solas con su superior, eso significaba que tendría la intimidad suficiente para gritarle todo lo que hiciera falta, pero no podía negarse cuando estaba siendo tan educado y correcto. Asintió con la cabeza y se encaminó hacia el despacho del ángel superior. Era una sala no muy grande, con un escritorio de color crema y unas sillas acolchadas del mismo estilo. Tomó asiento en una de ellas y se quedó mirando la mesa, pensando en cómo podía contraatacar cualquier ataque verbal de Roderich. No le dio mucho tiempo a planear su estrategia ya que en cuanto se sentó también, empezó a hablar.
- Debo ser sincero contigo, estoy disgustado desde que escuché que te atacaron de esa manera y que no pudiste hacer nada. Eres un chico con potencial, Antonio, puedo verlo y sentirlo. Has sido bendecido por Dios, tus alas deben ser la prueba de ello. Aún así, insistes en abandonar tus deberes, rehuir la batalla y permanecer en casa haciendo nada, escondiéndote bajo la cama como un animal asustado. ¿Es eso lo que quieres? Lo que no entiendo es por qué el arcángel te permite esto. Él también querría que lucharas por proteger lo que él dirige con tanto ahínco, ¿qué hace que al final deje que mores sin objetivo alguno?
- Esa pregunta no debería hacérmela a mí, señor Roderich, debería hacérsela a mi padre... -dijo Antonio mirándole con firmeza- Esta sigue siendo mi existencia y no apruebo que luchemos de esta manera. No me gusta tener que pelear con nadie, debería haber otra forma de arreglar las cosas. Si me hirieron, fue mi descuido, pero eso no implica nada más.
- Podrías haberlo evitado perfectamente si estuvieras entrenando como toca. -musitó su superior con molestia- Ahora el rumor de que uno de mis soldados fue atacado con la facilidad con la que le quitas un caramelo a un niño está por todas partes. ¿Crees que eso nos favorece? Lo único que nos traerá será más conflicto y peleas para tus compañeros, ya que tú te niegas a venir.
Se hizo un silencio en el que Roderich observaba a Antonio con casi ira, encorvado hacia delante y con las manos apoyadas contra la mesa, como si en cualquier momento fuese a hacer fuerza e ir hacia él para pegarle. Pero el joven no se inmutaba y le observaba con indiferencia y apatía. Estaba harto de esa cantinela de siempre. Que su padre se la repitiera, pues aún tenía un pase porque era el hombre que le había adoptado cuando más lo había necesitado de pequeño. Pero que ese ángel al que apenas conocía se creyese con el derecho a decirle qué tipo de persona era, le parecía insultante. También era consciente de que en aquel aspecto él no tenía nada que replicar que pudiese dejarle como el "vencedor", Roderich tenía más rango y él era un simple soldado que además escapaba de su deber en cuanto podía.
- ¿Tiene algo más que decirme? -preguntó Antonio a disgusto.
- ¿Cómo estás? ¿Te sigue doliendo? -dijo Roderich cediendo, suavizando su tono tras un silencio breve. Tampoco le había traído hasta el despacho para estar sermoneándole únicamente.
- Estoy bien. Aún me falta recuperarme del todo, pero la herida está mejor de lo que antes estaba. Gracias por preguntar. -dijo el más joven aturdido por ese cambio en la conversación.
- Me alegro, todos estaban preocupados por ti. -dijo Roderich- Bueno, no te entretengo más. Piensa lo del entrenamiento. Como aún estás débil podríamos hacer uno más suave, que no te hiciera daño.
- Me lo pensaré, señor. -le contestó Antonio y acto seguido se levantó.
Se despidió de su superior y salió del despacho. Aunque su humor no era el mejor, Antonio se encontró realmente considerando la propuesta que acababa de hacerle. Quizás no era una locura eso de entrenar, tenía que ser más fuerte para poder poner a ese demonio a caldo. Lo que tenía claro es que no iba a ser igual que la otra vez, ahora ya sabía que sus intenciones no eran buenas y que no podía confiar en él. Se fue hacia casa sin hacer mucho caso a su alrededor, sumido en sus pensamientos, y cenó de nuevo en la más profunda de las soledades.
Estuvo echado sobre la cama luego durante un buen rato, pensando sobre qué podría descubrir y cómo eso le ayudaría en su misión de derrotar al demonio. En parte le daba miedo quedarse dormido y aguantó hasta cuando quedaba poco para que amaneciese, momento en el que el sueño le venció. Su cerebro le daba la sensación de que no dormía y no dejaba de pensar en todo, hasta que logró apagar todo ese "ruido" y quedarse tranquilo. Escuchó rumor de las telas y abrió los ojos. Todo estaba oscuro a excepción de aquella marca brillante en sus muñecas y miró hacia abajo para descubrir que su ropa no estaba y que su cuerpo se encontraba al descubierto. Las primeras en notar algo fueron sus alas, que chocaron contra un cuerpo que hacía un segundo que no estaba y pudo sentir el calor febril de ese individuo. Echó el aire con frustración y eso llamó la atención del demonio, cuyo cuerpo ahora se encontraba pegado al del ser de la luz, y sonrió contra su oreja. Antonio se encogió y estremeció por esa calidez contra esa parte de su cuerpo, sensible con sólo de saber que era otra persona la que estaba tan cerca.
El ángel abrió la boca para quejarse pero justo en ese momento un dedo se posó sobre sus labios, cálido, y Francis al mismo tiempo le chistó.
- Si dices que no me esperabas, no me lo creeré. -dijo el demonio con su voz suave, insinuante- ¿Por qué no te rindes de una vez? -besó su cuello, sobre esa piel tersa y algo más fría que la suya propia. Su tono descendió hasta convertirse en un susurro que sólo el ángel podría escuchar- Acabará por gustarte...
- No va a gustarme. Nunca va a gustarme que... -se alarmó cuando una de sus piernas fue levantada por una de las manos de Francis, tomándola por el interior del muslo- ¿Otra vez vas a forzarme con esa fuerza, como el otro día? -le dijo mirándole de soslayo ahora con reproche.
- He cambiado de idea. ¿Qué gracia tendría si te sintieras humillado simplemente? -dijo Francis tras un segundo de silencio- Haré que tus sentimientos cambien, que pases por la vergüenza, por el dolor y la frustración, a otro tipo de las mismas.
El demonio metió una pierna entre las del ángel y con la rodilla rozó sus testículos, lentamente, con cuidado de que aquello no le hiciera experimentar otra cosa más que placer. Antonio abrió la boca para quejarse, para intentar cualquier cosa: meterle miedo, ponerle nervioso, cansarle de tanto que hablaba... Pero, antes de poder pronunciar un sólo vocablo, los dedos de la otra mano se adentraron en su boca, presionando la lengua hacia abajo e impidiéndole hablar.
- Chupa. -ordenó Francis, con ese brazo medio aplastado por la cabeza. Se había colado con bastante holgura entre su cuello y la superficie sobre la que ambos descansaban. Al ver que Antonio no hacía nada más que jadear en un intento de hablar, añadió más información- Si no lo haces, los meteré sin más y te volverá a doler. Eso no es lo que quieres, ¿no es así? Entonces chupa.
Fue un iluso al pensar que aquello funcionaría. No hubiera imaginado que se toparía con el ángel más terco en todos los mundos habidos y por haber. Quizás había alguno más tozudo, pero no sabía cómo averiguarlo. Por mucho que le amenazó -o aconsejó, según se quisiera ver- Antonio hizo oídos sordos a sus exigencias. Con el ceño fruncido observaba el vasto negro que les rodeaba. Era demasiado denigrante estar de esa manera, silenciado porque sus dedos invadían su boca y retenían su lengua, y no iba a darle el placer de verle chupar sus dedos. El rubio gruñó, apartó los dígitos y los chupó él mismo.
La sensación de victoria le duró hasta que Francis deslizó su mano desde el muslo hasta su entrepierna y presionó la punta de su miembro con cierta intensidad, haciendo que de su boca escapara un pequeño jadeo y que sus dientes se apretaran. El que se sintió en ese momento ganador fue el demonio, el cual acabó por tomar esa longitud en la palma de su mano y la empezó a agitar, buscando que reaccionara a él. Retiró los dedos de su propia boca y los coló entre aquellas nalgas bien formadas, redondeadas y rellenas, perfectas, hasta que encontró aquel hueco por el que podría adentrarse en él. Presionó con un dedo, lentamente, venciendo la resistencia que sus músculos oponían con más facilidad al estar más lubricados sus dígitos. Volvió a chistarle, a aconsejarle que se relajara, que no hiciera fuerza.
Le hubiera gustado poder oponerse a todo eso que le pedía, pero era doloroso si lo hacía así que intentó respirar, por mucho que aquella sensación no le gustara y sólo con pensar lo que estaba haciendo ahí detrás le enfermaba. Francis se tomó su tiempo adentrando unos cuantos dedos en su trasero, ensanchando su interior, dilatándole para abrirse paso él luego con más facilidad, sin dañarle como la última vez. El de cabellos castaños se odiaba por cada gemido que pronunciaba, cada respuesta positiva que su cuerpo daba sin su permiso. Jadeó pesadamente y apretó las manos contra la cama con fuerza cuando Francis se fue apoderando de su interior y pudo sentir su respiración acelerada contra su oído mientras su mano derecha sujetaba en alto una de las piernas de Antonio para tener mejor acceso a su trasero. Le costó esfuerzo a Francis no empezar a empujar enseguida. La calidez y la forma en que le rodeaba le volvía loco y le daban ganas de embestir con fuerza, dejándose llevar por sus deseos más profundos, más básicos y salvajes.
Pero así no era como funcionaban las cosas, debía hacer que el ángel se retorciese de placer entre sus brazos, que sintiera tanto que tras unas cuantas veces acabaría por pedirle incluso que lo hiciera. No es que fuese su objetivo, pero sería una victoria más que añadir a la lista si lo lograba. El ritmo empezó siendo lento, moviéndose un poco hacia fuera para enseguida volver a enterrarse en aquella calidez. Tomó su tiempo y se perdió en esas expresiones o los sutiles cambios que el cuerpo de Antonio presentaba cuando se movía dentro de él. Besó su espalda y con su rostro rozó una de las alas.
- Eres tan blanco, tan puro... -movió la cintura con más fuerza de repente, durante un par de segundos, y luego retomó el ritmo lento- Me dan ganas de destrozarte entre mis manos y de dejarte completamente sucio. -rió contra su oreja y le dio un mordisco al mismo tiempo que se movía- Por ahora me conformaré con oírte gemir por lo que te hago, con escuchar tu voz estremecerse por el placer que te doy yo, que te da un demonio de esos que tanto desprecias.
El otro brazo se coló debajo del cuerpo de Antonio y apareció por la parte delantera. Se fue presta a la entrepierna, a masturbar el miembro erecto del ángel y eso pronto hizo que los jadeos que parecían de molestia se transformaran en unos que indicaban con claridad placer. Era la señal que necesitaba para empezar a moverse más rápidamente para satisfacer sus propias necesidades de igual manera. Apoyaba todo el peso sobre su pierna izquierda, que era la encargada de hacerle mantener el equilibrio.
Sus labios estaban perdidos por el cuello, por la oreja y por el hombro del ángel, el cual había ladeado el rostro y lo había enterrado sobre la especie de cama en la que se encontraban. Al rato escuchaba sus gemidos ahogados por la tela mientras seguía empujando contra él, ahora a un ritmo rápido y fuerte, rozando su próstata y produciéndole descargas de placer tan intensas que Antonio apretaba los dedos hasta que le parecía que le daban calambres. Sus dedos de la mano izquierda seguían acariciando aquella piel sensible, caliente por la excitación, que se estremecía al sentir aquellas yemas que no era completamente lisas rozarla.
- Levanta la cabeza. -le susurró entre jadeos el rubio.
No hubo respuesta, no hubo ningún movimiento, Antonio tan sólo ignoró lo que le había dicho, demasiado aturdido por el placer que esta vez estaba llegando a experimentar, nada comparado con lo de la vez anterior. Aunque soltó la pierna, el de cabellos castaños la mantuvo en alto ya que si la bajaba notaba con demasiada intensidad aquellas penetraciones. La mano que ahora había quedado libre fue hasta su mentón, posó el índice sobre éste y le obligó a levantar y ladear el rostro. Sus ojos estaban un poco más llorosos que antes, sus mejillas encendidas y sus labios entreabiertos jadeaban cuando otra vez sentía el placer. Le besó, con desdén, por el simple gusto de poder hacerlo y fastidiarle. Soltó su rostro y la mano descendió para aferrar mejor su cintura.
- Grita para mí, angelito...
En ese momento empezó a darle con más rapidez, con más potencia mientras aferraba su cuerpo con fuerza para que no se fuese hacia delante. La voz de Antonio se elevó, gimiendo con desespero, con los ojos cerrados y las manos apretadas mientras el placer se extendía, como una plaga a la que no podía resistirse, contra la que no podía luchar. Finalmente Francis sintió que el interior del ángel se contraía contra su miembro, que ese cuerpo se estremecía entre sus brazos y que la mano que seguía acariciando su entrepierna se humedecía más. Él tampoco aguantó mucho en aquel espacio tan cerrado y placentero, se vino en su interior y se retiró a tiempo para dejar parte de su semen entre sus nalgas. Había cogido una especie de idea enfermiza de mancharle, de ensuciarle y mancillarle todo lo que pudiera. Con su miembro extendió parte de esa sustancia por sus cachetes y le pegó una torta en uno de ellos. Tras aquello, le dejó, medio de lado, medio bocarriba. Antonio, ido, cansado y humillado, observó el rostro satisfecho de Francis, que miró su mano y no tuvo vergüenza alguna que le impidiera lamerlo. Él no pudo seguir observándole y sus ojos se desviaron hacia la derecha.
- Deja de hacerte la víctima, Antonio. Tu cuerpo lo ha disfrutado, lo que acabo de lamer es la prueba de que lo ha hecho.
- Yo no quiero esto, demonio. Encima no me trates como si estuviese exagerando cuando sigues violándome en sueños cada noche... -le replicó con resentimiento, sin mirarle.
- Y lo voy a seguir haciendo. -añadió Francis sin dudarlo. Antonio movió el rostro y sus ojos se encontraron. Los dos tenían una expresión decidida, sin que ninguna duda les corroyese.
- Voy a dar contigo y te arrepentirás de esto. Ya puedes ir parando lo que sea que hagas. Te lo haré pagar. -dijo Antonio
- No juegues con fuego, angelito, o te voy a dar un mejor uso y el que se va a arrepentir al final vas a ser tú... Sé usar bien a mis juguetes sexuales, contigo aún solamente estoy probando.
Francis entonces se fue hacia él y le mordió el cuello con fuerza. Gritó, se llevó las manos al cuello y se despertó en la penumbra de su habitación. Su torso subía y bajaba aceleradamente, mientras su corazón latía a una velocidad desenfrenada. Aún podía sentir el pinchazo sobre su cuello. Suspiró a desgana, se dio la vuelta y se quedó encogido en posición fetal sobre el lecho. No pudo dormir hasta que el sol volvió a salir y se alegraba de ello, aunque los ojos le picaban y se sentía un poco cansado.
Francis tardó tres días en ir a visitar a Arthur. Bueno, siendo sinceros, no es que hubiera ido a visitarle, es que él se lo había encontrado a las puertas del edificio, por el que pasaba por casualidad, y le había visto. Había maldecido por dentro cuando escuchó que el rubio de cabellos cortos y cejas pobladas le llamaba y se acercaba a paso ligero hacia él. ¿Es que no podía haber tenido mal la vista? Eso hubiera sido toda una ventaja. Su instinto le había dicho que no debía acercarse a ese lugar y él le había ignorado. Le estaba bien empleado, era un castigo por desobedecer aquella especie de sexto sentido.
Arthur era un demonio que tenía más o menos el mismo poder que Francis. La única diferencia era que él se dejaba la vida en captar almas, en reconquistar territorios y en sembrar el caos por donde pasara, asesinando a quien hiciera falta y que Francis pasaba de aquello y hacía las cosas si le apetecían. No quería complicarse más aquella existencia, hacer lo que él quisiera le parecía lo ideal. Sólo tenía otra cosa en la mente y, por el momento, le estaba yendo muy, pero que muy bien. Si sus objetivos hubiesen sido diferentes, Arthur sería su superior y tendría que rendir cuentas delante de él. Durante una temporada lo había hecho, pero no había encontrado más que amargura dentro de aquella cárcel sin barrotes.
Era una verdad, los dos nunca se habían llevado bien. Arthur era un poco más bajo que él y a pesar de ser delgaducho, era más fuerte de lo que aparentaba, cosa que lograba que sus enemigos bajaran la guardia y que él pudiera tomar ventaja. Entre sus cabellos rubios cortos y despeinados como si estuviesen electrificados estáticamente, se encontraban unos cuernos menudos de color rojo oscuro que sobresalían como colmillos. Sus cejas, curiosamente, eran oscuras y estaban bastante pobladas por cabellos negros. Los ojos de Arthur eran de color verde y observaban al mundo con frialdad, con repulsión y desprecio. Eran unos orbes ajados, que no encontraban realmente interés en nada de lo que le rodeaba. Iba vestido con un abrigo largo negro abrochado en la parte delantera con botones de plata adornados con pentagramas y otras insignias demoníacas.
Caminaron por el pasillo de aquella institución en silencio, sin que ninguno de los dos sintiera la necesidad de rellenarlo con conversaciones banales que realmente no significaban nada para ellos. El despacho del rubio de cabello corto era el que estaba más ordenado de todos los de esa planta. Tenía un escritorio, un par de archivadores porque al parecer uno no era suficiente para el señor, un sillón en una esquina y un aparador donde estaban expuestas dos pares de espadas largas de aspecto antiguo. No dudaba en que todas y cada una de ellas estarían afiladas y preparadas para derramar sangre en caso de que la situación lo requiriese.
Tomó asiento en sobre la silla que estaba frente al escritorio y esperó hasta que el demonio de alta condecoración se sentó en la que quedaba al otro lado del mismo. Francis miró aburrido hacia los lados, esperando a que el otro decidiese que quería empezar a hablar, mostrando su descontento por estar en aquella habitación, pero Arthur aprovechó el momento para examinar a ese hombre que tenía delante de él. Había algo que no le encajaba... Era como si hubiese cambiado en algo, pero no sabía decir bien en qué. Vestía con una camiseta de tirantes y de entre las tiras asomaban sus alas negras. Le daba la impresión de que parecían más grandes, pero eso sería una locura. Incluso su pelo parecía más sedoso, brillante, ondulado mientras descansaba contra sus orejas para que no se le viniera a la cara.
- Te noto distinto. -dijo Arthur.
- ¿Distinto? Pues no sé en qué radica la diferencia. Será que me he cambiado el corte de pelo. -acto seguido se rió- ¿Es que ahora te fijas en mí? Espero que no vayas a decirme que mis ojos son más azules, o que mis alas son más grandes... Porque, ¿sabes? -sonrió con malicia y se inclinó hacia delante. Su tono de voz descendió unos decibelios- Las alas no son lo que tengo más grande.
Se apartó unas décimas de segundo antes de que Arthur lograra golpearle por el comentario que había soltado. El demonio, aunque se divertía repartiendo el mal y torturando a la gente, no tenía mucha experiencia recibiendo ese tipo de comentario y sus mejillas se habían puesto del color de la grana, al mismo tiempo que sus cejas se fruncían. Aguantó las ganas y lo único que hizo finalmente fue sonreír con descaro.
- Perdona, perdona. Es que me dices unas cosas muy raras. Debe ser que hace mucho tiempo que no me ves. No me pongas más excusas para quedar, ya sabes que voy por libre~ -replicó Francis con tono juguetón al ver que el ambiente tenso no se marchaba ni queriendo.
- Me han contado que hace semanas estuviste en el mundo humano. ¿Qué es lo hacías por allí?
- ¿Ahora vas a comportarte como un obseso? Estuve allí y después regresé. ¿Qué más te da? -dijo Francis sin intenciones de dar explicaciones a nadie. Se había cansado de ser el perrito faldero de alguien y con Arthur nunca se habían entendido del todo. Sus ideas distaban mucho y el otro demonio encontraba demasiado placer en llevarle la contraria y mandarle.
- ¿Que qué más me da? -preguntó con una sonrisa burlona en los labios el de cejas pobladas. Acto seguido rió- ¡Que qué más me da, dice...! De tan tonto que eres te vuelves hasta gracioso...
Fue inevitable que ante ese ataque verbal Francis frunciera el ceño y le mirara con desdén. No deseaba hablar con ese tío y encima éste le faltaba al respeto. Eso le haría escarmentar y le prevendría de pasar de nuevo por ese sitio. Por mucho que Arthur quisiera hablar con él en un futuro, Francis ignoraría cualquier palabra y seguramente añadiría algún comentario ofensivo en el que mencionaría el tamaño de sus cejas. Era gracioso porque eso siempre lograba instalar una mueca de disgusto en el rostro del demonio de cabello corto. Pero, por el momento, Arthur sonreía con sorna tras marcar ese tanto por la escuadra, gesto que se tornó agresivo de repente.
- Este es el punto, Francis: Esos territorios están bajo nuestra custodia y han sido motivo de disputa con los estúpidos ángeles durante los últimos quince años. Sabiendo que son tierras tan peleadas, ¿qué me asegura que no estás tramando alguna de las tuyas? No me fío de ti. Pensaba que eras un tipo de demonio fiel a su gente y de repente lo dejaste todo con una facilidad pasmosa.
- No lo digas como si fuese el culpable de todo. -replicó rápidamente Francis, ofendido por el tono que estaba empleando para decir esa basura- Si temes que esté intentando quitarte ese lugar, estás muy equivocado. No tengo interés en esas tierras.
- ¿Entonces qué hacías paseando por ellas? -preguntó Arthur mirándole fijamente.
- Lo que yo hiciera o dejase de hacer sólo me incumbe a mí. -sentenció al mismo tiempo que se levantaba. Estaba harto de que charlar con él. Era imposible. Era como intentar dialogar con un televisor de esos que los humanos tenían. Él de delante iba hablando y hablando y aunque tú dijeras misa, ese iba a continuar diciendo la suya- Me he cansado. Intentar hablar contigo es como enseñarle a un demonio de bajo nivel lo que es la lealtad.
Se movió presto y sólo se sintió tranquilo cuando ya había salido de ese maldito edificio. Se dio la vuelta para echarle un último vistazo y frunció el ceño. Arthur era uno de los motivos por los que había abandonado esa vida. Era como si tuviese la cabeza llena de serrín y a veces éste mismo le impidiese escuchar lo que le estaba diciendo. Cuando estaba a punto de marcharse, Francis escuchó una voz que le llamaba. De repente tenía a una paloma blanca dando vueltas alrededor de él mientras le gritaba su nombre. El rubio hizo un gesto con la mano, a disgusto, sintiéndose incómodo por el ímpetu de su amigo.
- Pierre, deja de dar vueltas alrededor de mí como si fueses un tiburón que ansía mi carne. Me estás poniendo de los nervios. -dijo Francis.
Se escuchó un ruido como si algo hubiese explotado y a su lado vio a Pierre, que iba vestido con unos pantalones cortos de color negro y una camiseta cuyas mangas le iban grandes y que le tapaban parte de las manos. Le miraba expectante, como si quisiera saber qué era lo que había ocurrido.
- Ya pensaba que nunca ibas a venir. ¿Cómo ha ido? -preguntó finalmente ya que Francis no parecía dispuesto a colaborar.
- Pues digamos que le he mandado educadamente a la mierda y me he ido a mitad de la conversación. -comentó.
- ¿Eh? ¡Pero no hagas eso, tío! ¡Sabe que somos amigos y soy yo el que sufre las consecuencias después! ¡Me manda a hacer las cosas más difíciles o las que nadie quiere hacer! ¡Y luego me echa bronca cuando encuentra el mínimo error! Ya podrías tener un poco de consideración y ser más suave, aunque quieras mandarle a la mierda.
- No puedo, despierta mi manera de ser más retorcida. Si no me hubiera ido, hubiese acabado llegando a las manos para lograr que se callara. -dijo el mayor tras encogerse de hombros- Por eso mismo, me voy ya.
- Oye, Francis, te veo diferente... ¡Qué guapo...! ¿Te has cambiado el corte de pelo? -le preguntó con una sonrisa triunfal. La verdad es que se le veía un poco distinto y lo que más destacaba era su cabello. Pero bueno, el rubio era un obsesionado con su pelo y verse bello, así que no era de extrañar que alguno de los dos destacara de repente. Si hasta le había visto robando en tiendas del mundo humano para conseguir algo que le dejara estupendo...
- ¿Tú también te has dado cuenta? -se rió- Qué bien, qué bien~ Me siento observado y deseado~ -murmuró cantarinamente.
- ¿No me dirás qué hacías en el mundo humano a mí? -le preguntó de repente, un poco más serio. Lo cierto era que Pierre no había podido olvidar lo que Arthur le había dicho y más que pensar en una posible traición tenía otra cosa en mente.
- Sigo sin querer darle explicaciones a nadie, Pierre. No eres una excepción, no te lo tomes a mal. -dijo Francis caminando hacia su casa.
- No estarás haciendo lo mismo que la última vez, ¿verdad? -le preguntó con el ceño fruncido.
- Deja de mirarme de esa manera, no es lo mismo que la última vez. Puedes dejar de preocuparte. Aquello fue un capricho que terminó en desgracia, ni más ni menos. Ya lo he superado, aunque sigo sin tragar a Arthur. -replicó el de cabellos más largos.
- ¿Estás seguro? -insistió nuevamente sin acabar de creerle, aunque deseaba hacerlo.
- Estoy segurísimo. Estaba en la Tierra por otros motivos que nada tienen que ver con doncellas. -le confirmó.
- Oye, ¿quieres venir con Gilbert y conmigo a tomar algo esta noche? Planeamos arrasar con todo lo que haya y disfrutar de la mejor fiesta de nuestras vidas. ¿Quieres venirte? Te puedo invitar a un trago.
Francis se quedó mirando fijamente al horizonte, pensativo, mientras estudiaba la posibilidad de irse con ellos. No se giró para mirar a Pierre, que se había quedado parado detrás de él, a la espera de algún tipo de respuesta a su propuesta. Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro, gesto que pasó inadvertido para el más joven.
- Lo siento, Pierre, no va a poder ser. Esta noche tengo que ir a visitar a alguien. -dijo antes de retomar la marcha.
¿Qué pensaría el angelito si esa noche no se le aparecía en sueños? No, eso no podía permitirlo. Además, entre sexo y beber con los únicos demonios cuya compañía soportaba, Francis se quedaba con el sexo. Era el momento de cambiar la estrategia, de dejar atrás aquella actitud violenta y hacer que ese estúpido ángel se estremeciera entre sus brazos. Era hora de que saboreara la vergüenza de sentir el placer y disfrutar de lo que le hacía.
Alfred tardó tres días en acudir a su casa y durante ese tiempo el demonio había abusado de él en un total de dos ocasiones. No sabía qué hacía que se hubiese librado de una, pero por más que intentaba encontrar la clave que podría librarle de eso, Antonio no pudo encontrar nada fuera de lo normal. Bueno, no iba a olvidarse del tema y seguiría investigando hasta que comprendiese. ¿Quizás el demonio se había cansado de él? Sonrió con resignación al pensarlo y él mismo se dio cuenta de la ridiculez de lo que había pensado. Le había dicho en más de una ocasión que quería destrozarle y no tenía motivo para no realizar su magia. Posiblemente el demonio estaría ocupado haciendo otras cosas.
Ya le pillaría desprevenido y entonces le haría pagar por todo lo que le había hecho, ya...
Cuando llegó el ángel rubio, Antonio se encontraba en la cama. Estaba cansado así que aquella noche, libre de sueños subidos de tono, le había servido para recuperarse del agotamiento que había llegado a acumular. Rebeca entró en su habitación y le llamó hasta que consiguió despertarle. Se asustó y durante un rato se sintió confundido al ver que aquella noche Francis había prescindido de atormentar sus sueños.
- ¿Qué ocurre? -preguntó aún con voz adormilada y se fue frotando el rostro para acabar de espabilarse.
- El señor Alfred ha venido a verle. También ha dicho que vos le prometisteis que ibais a invitarle a comer el día que viniese. Las criadas no han preparado nada porque piensan que es otro de esos delirios de ese hombre.
- ... No, realmente no es ningún delirio. Preparadnos algo para comer, estaremos en la sala pequeña, la que da al jardín. Hacedle pasar allí y decidle que voy en unos minutos, que tengo que vestirme.
- Enseguida, señor. -dijo la muchacha haciendo una pequeña reverencia con la cabeza antes de marcharse por la puerta.
Los ojos verdes se quedaron mirando hacia el techo fijamente, ausente, pensando en lo que suponía esa visita. Aquello era un paso más hacia el futuro en el que no tendría que especular cada noche antes de irse a dormir si tendría suerte o si ese bastardo aparecería en sus sueños. Se impulsó fuera de la cama y se apresuró a coger ropa cómoda con la que recibir a Alfred. Un pantalón corto que le llegaba por encima de la rodilla, de color marrón y una camiseta blanca de manga corta que le iba un poco ancha fueron las prendas que escogió. Pasó por el baño, se lavó la cara y se peinó un poco, para que no pareciese que estaba aún más despeinado de lo normal y fue hacia la estancia, andando descalzo por encima de las alfombras color pastel que cubrían las baldosas pulidas. Alfred estaba en la sala de estar. Era un rincón con muebles de mimbre cubiertos por cojines acolchados de color blanco. Había una pequeña mesa redonda que se encontraba al lado del ventanal por el cual, si te asomabas, podías ver el hermoso jardín que la propiedad poseía. Alfred se encontraba con medio torso sobresaliendo por la ventana, usando la mano como visera para otear todo lo que quedaba a la vista.
- Verte así me produce angustia sólo de pensar que al mínimo resbalón te puedes caer por la ventana... -murmuró Antonio no muy contento. De verdad que le ponía nervioso que estuviera de esa manera.
- ¡Ey, Antonio, tío! ¡Tu casa tiene unas vistas impresionantes! -exclamó pletórico aún asomado de aquel modo tan peligroso.
- Sí, sí... ¿Quieres dejar ya la ventana y venir a sentarte a un sitio menos peligroso? -contestó tomando él mismo asiento en una de las dos sillas que rodeaba la mesita redonda.
- Claro. -dijo Alfred y tras aquello pegó un salto y puso los pies sobre el suelo. Se giró y le encaró con una sonrisa jovial- Es la primera vez que vengo en plan paseo y me gusta mucho este sitio. Todo tiene pinta de ser muy caro y las criadas son guapas.
- Si quieres te regalo mi habitación, te la cambio por la tuya. -añadió con aburrimiento. Sí, era una casa bonita, pero cuando estaba solo Antonio no la disfrutaba. Es más, cuando estaba tan solo era como si se convirtiese en un gran peso sobre sus hombros.
- No me lo digas dos veces, tío... -dijo risueño Alfred mientras observaba como las criadas entraban y les servían un buen banquete.
Había todo tipo de delicadezas, desde platos típicos que podías degustar en cualquier restaurante del Reino, hasta las comidas más exquisitas del mundo humano. Alfred no podía apartar los ojos de la cantidad ingente de alimentos que se había acumulado sobre una mesa que en un principio se antojaba pequeña. Ni sabía por dónde empezar. El de cabellos castaños cogió un plato y se lo apartó.
- Voy a comer sólo esto, el resto es para ti, por tu trabajo. -le comentó con una sonrisa cordial.
- Si no fueses un tío, te besaba ahora mismo. -dijo Alfred cogiendo con ansia los cubiertos. El siguiente paso fue empezar a cortar una de las pechugas de un enorme pavo. Le pegó un mordisco a la carne y masticó con una sonrisa en los labios, sabía delicioso- Aunque me temo que no puedo presumir demasiado de los resultados.
El de cabellos castaños le miró mientras masticaba los alimentos que se había llevado a la boca curiosamente. ¿Qué quería decir eso? Alfred pegó un trago de agua y le miró con resignación. Se había estado esforzando esos días como el que más, buscando por cada rincón de la base de datos y hasta le preguntó a su hermano, Matthew, si podía investigar si había una parte oculta, pero no habían tenido éxito.
- Me temo que no he podido encontrar nada, Antonio. He estado buscando con esa descripción y ese nombre pero no he encontrado ni una sola mención. Le pedí a mi hermano que también le echara un vistazo, a ver si había escondido algo, pero ni rastro... Es como si nunca hubiese hecho nada destacado hasta que decidió atacarte.
- Ya veo... -murmuró decepcionado- Pensaba que habría hecho antes algo y que su nombre saldría en alguna parte. No me esperaba que una mente capaz de pensar algo así no hubiera realizado nada hasta ese momento en que decidió atacarme.
Además, una mente capaz de decidir que deseaba abusar sexualmente de un ángel en esa especie de sueños no le parecía que tuviese que ser la típica que se hubiese quedado quieta hasta encontrarle. No dejaba de preguntarse en su cabeza por qué le eligió a él para empezar a cometer maldades en el mundo. Ni siquiera parecía interesado en él en un principio. ¿Cómo iba a encontrarle cuando no sabía nada más de él que su nombre?
- Supongo que es uno de esos demonios que vio la oportunidad contigo. Eres el hijastro de uno de los grandes arcángeles, es obvio que eres conocido. Seguro que había pasado inadvertido todo este tiempo y cuando te vio encontró la gran oportunidad de empezar a lograr que su nombre formase parte de los libros de nuestra historia. Lo mejor que podrías hacer para fastidiarle es no mencionarle a nadie más cómo se llama, para que no le den fama que no merece.
- Realmente eso no me sirve de consuelo. -murmuró con una suave sonrisa, intentando no cargarse el ambiente.
- Seguiré investigando igualmente, te lo prometo. Mañana salimos de misión a una zona en conflicto. Si me encuentro a demonios, les pegaré una paliza y les interrogaré. Quizás alguno sepa quién es ese tal Francis. No puedo ni imaginar cómo te sientes, aunque alcanzo a entender que quieras encontrarle para devolverle lo que te hizo.
- Sólo quiero hacerle pagar... -dijo Antonio mirando ausentemente el plato, con las manos aferradas con fuerza a los cubiertos.
- Deberías preguntarle a tu padre, él quizás sepa algo del tema.
Levantó la mirada y observó a Alfred como si no hubiera entendido lo que le había dicho. ¿Es que estaba loco? Ni de coña iba a ir a su padre a preguntarle por Francis, eso sólo suscitaría más preguntas que por suerte Alfred era demasiado inocente para hacerse como, por ejemplo, por qué sabía el nombre del demonio si le había pillado desprevenido cuando estaba pretendiendo que era un cuerpo caído. Preguntarle a Romario estaba fuera de las opciones permitidas, sería ganar más problemas. Aquella era una lucha que tenía que emprender él solo. Lo malo de todo eso era que él no era un luchador nato y que eso le hacía ser demasiado inexperto. Salir al mundo a buscar a un demonio sólo le supondría peligros a los que no podía enfrentarse con su fuerza actual.
Por un momento incluso pensó en llevarse a alguien, pero eso sería admitir delante de ese individuo que un demonio abusaba de él y le mancillaba en sueños. Sólo de pensarlo se moría de la vergüenza y no quería ni imaginar las posibles reacciones que pudieran tener ante esa revelación. Eso le dejaba con una única opción, ir solo. Para eso necesitaba fuerza y después de darle muchas vueltas supo de dónde obtenerla. El edificio del ejército del Reino estaba igual que siempre, blanco, imponente, austero, intimidante. Antonio no entendía cómo un edificio que parecía igual que el resto podía llegar a imponer tanto respeto. Saludó a un par de soldados que había en el exterior, bajó la vista y se adentró por los pasillos.
Los nudillos contra la madera de la puerta del despacho de Roderich provocaron un ruido sordo que rebotó por las paredes del pasillo y se propagó hasta dentro del habitáculo. Esperó segundos, incluso llegó a pensar que no había nadie, hasta que de repente la voz del alto mando de su división sonó y le dio permiso para entrar. Aunque abrió la puerta, Antonio se quedó en el marco, mirando hacia el interior con timidez. Bueno, casi se sentía como un chiquillo que regresa al colegio después de haber hecho alguna travesura. Los ojos azules de Roderich le miraron a través de las gafas, abiertos, sorprendidos de ver al muchacho allí. Hubiera esperado a mucha gente pero, definitivamente, Antonio no era una de ellas.
- Buenas tardes. -dijo el muchacho aún intimidado- Sé que mañana partís, pero he venido porque quería pedirle un favor, señor Roderich.
- Claro, no hay ningún problema. Pasa, siéntate. -dijo señalando con la mano a la silla que había delante de su escritorio para animar al chico a usarla. Él mismo se asentó sobre la suya y le miró curiosamente- ¿Qué es ese favor que querías pedirme?
- Quiero que me entrene o me prepare un entrenamiento. Deseo volverme más fuerte y por supuesto no lo lograré si me quedo en casa sin hacer nada. Quiero algo cuyo ritmo pueda llevar y que me haga más fuerte en el menor tiempo posible. Sé que usted se marcha mañana con el resto del pelotón, pero si pudiera asignar a alguien, estaría muy agradecido.
- Vaya, ¡esa es una gran noticia, Antonio! -exclamó Roderich dibujando una sonrisa que dejó bien sorprendido al más joven- Me alegra escuchar que has tomado una decisión sabia. Prepararé un programa de entrenamiento y se lo dejaré a uno de mis hombres de confianza, que se encargará de supervisarte. Cuando regresemos entonces yo mismo seguiré con el plan de adiestramiento. Los soldados se quedan más tiempo, pero yo me voy sólo dos días, hasta que se asienten y todos sepan lo qué tienen que hacer. Espero esto con ganas. Te convertirás en alguien muy fuerte, estoy seguro.
El muchacho sonrió nerviosamente y se frotó la nuca mientras escuchaba aquellos halagos que le hacían sentirse azorado. Sabía que aquello iba a ser muy duro, pero quería ser útil para gente y poder defenderse a sí mismo. No significaba que fuese a unirse para siempre al ejército, su objetivo era hacerse más fuerte y ya está. Roderich le diseñó delante de él un plan de entrenamiento y le dijo que seguramente se lo encargaría al hermano de Alfred, que aunque no era tan fuerte como su hermano, tenía madera de estratega. Le dijo que al día siguiente contactaría con él y podrían empezar el entrenamiento. Aunque le asustaba comenzar tan pronto, cuanto antes se hiciera fuerte, mejor.
Pasaron dos días que fueron relativamente tranquilos para él. Lo de relativamente se debía a que había tenido calma porque no había tenido ningún sueño con el demonio llamado Francis y se había recuperado y había perdido el miedo a dormirse. Por otra parte tuvo falta de tranquilidad porque Matthew había resultado uno de los profesores más estrictos del Reino. Le había engañado su apariencia dulce, más calmada y relajada que la de su hermano mellizo Alfred. Era admirable que un chico de su edad fuese considerado por un general de alto rango como era Roderich. Le había estado metiendo caña, presionándole para que aprendiera. En cuanto llegaba le daba un palo de madera y empezaban un simulacro de pelea en el que Antonio siempre tenía problemas para contraatacar.
Carecía de muchas cosas: de estilo, de reflejos, de la vista suficiente para saber cuándo era indicado atacar... Aunque algo sí tenía, aunque no sabía controlarlo, y eso era fuerza. De vez en cuando, en momentos en que se encontraba agobiado por la insistencia con la que Matthew arremetía contra él, el de cabellos castaños demostraba una fuerza inusual que sorprendía al chico rubio, el cual tenía que esforzarse al máximo por evadirle o simplemente detenerle. La fuerza no valía nada sin el estilo, eso el mayor de los hermanos mellizos lo sabía bien. Era como dar un arma a una bestia que dejaba a la vista puntos débiles.
La sala en la que entrenaban tenía los suelos de madera y crujían bajo sus pies descalzos, que empolvaban con esmero para no resbalarse. Entonces empezaban a moverse por aquel amplio terreno, usando columnas para esconderse, escudarse y así contraatacar. Aunque usaban palos, lo cierto era que se pegaban golpes fuertes que a posteriori le palpitaban mientras tomaba una agradable ducha en casa. Aquel ya era el último día que entrenaría con Matthew ya que al día siguiente Roderich volvería y se había mostrado interesado desde un principio en supervisar su entrenamiento al detalle. No sabía si pegaría muy fuerte, tenía pinta de estar más enclenque que él mismo, que ya era decir.
Se distrajo y eso le ganó un golpe fuerte en el hombro que le produjo una corriente de dolor que se extendió por su cuerpo y que le hizo soltar hasta el palo. La mano izquierda se fue hasta el hombro y lo cubrió, como si quisiera que la presión de su mano aliviase la acuciante punzada que aún sentía. Matthew también dejó caer el palo y se aproximó rápidamente a él, preocupado tras haber escuchado ese jadeo ahogado que el muchacho al que entrenaba profirió. Posó una de las manos sobre su espalda y examinó su gesto.
- ¡Lo siento! ¡Lo siento muchísimo! ¡No me acordaba de que estabas herido y encima voy y te golpeo con tanta fuerza! ¿Estás bien? -le preguntó con angustia.
- No te preocupes. -murmuró Antonio sonriendo forzadamente, aunque podía sentir el dolor y unas gotas de sudor frío correr desde su nuca hacia su espalda. Estaba claro que esa herida era demasiado profunda y tan pronto no iba a sanar- Estoy mejor, ha sido sólo el dolor del momento.
A pesar de eso, Matthew dio por terminada la sesión de aquella mañana. El muchacho se fue hacia un lado y con una toalla se secó el sudor que tenía por su frente. A pesar de parecerse mucho, Matthew no era igualito a su hermano. Por ejemplo, sus ojos parecían tener vetas de color verde que hacían que la tonalidad se viese de ese o de azul según la luz le diera. Otra cosa que le diferenciaba era su cabello, el cual llevaba más largo y que se ondulaba por las puntas ligeramente en la parte del cogote. Tenía un pelo tonto que parecía tener vida propia y que caía hacia delante, a veces molestándole a los ojos, y que se rizaba de la forma más curiosa que nunca había visto. Solía vestir sudaderas anchas de color blanco y pantalones de deporte.
Cuando miró el reloj se dio cuenta de que apenas eran las once de la mañana. Antonio estaba tan determinado en su empresa de volverse más fuerte que había hasta hecho el esfuerzo de madrugar cada mañana. Se levantaba a las cuarto para estar a las cinco en aquel recinto que el ejército tenía reservado para entrenar a quien quisiera unirse y que no contara con algún tipo de experiencia. No es que hubiera mucha gente que entrenara a esas horas y quizás ese era el motivo que había impulsado a Roderich a establecerle un horario tan temprano. Movió lentamente el hombro a ver cómo se sentía y, aunque punzaba, no era lo mismo que había experimentado segundos después del porrazo.
Se despidió de Matthew y le agradeció lo que había hecho por él en esos dos días y él hizo lo mismo pero por cuidar de su hermano cuando parecía que muchos se rendían. Tuvo que reír y admitir avergonzado:
- Hasta el momento, me parece que él ha sido el único que ha cuidado de mí.
Aunque fuese inflexible con el entrenamiento, aunque menos que Roderich, Matt era un chico bonachón y vergonzoso que no podía mirar a nadie a los ojos durante más de un minuto seguido. Le daba ternura, casi como si fuese un hermano menor. Regresó andando a casa, con tranquilidad, y cuando entraba por la puerta se sorprendió al escuchar una gran algarabía que no esperaba. Las criadas iban de un lado para otro, cargadas de trastos y se daban órdenes entre ellas tan rápido y en un tono tan agudo que ni siquiera las entendía. Él caminó por los pasillos, intentando que alguien percibiese su presencia, aunque empezó incluso a plantearse que quizás se había vuelto invisible. Entonces escuchó una voz familiar, joven, que le llamaba y provenía de su izquierda.
- ¡Tío Antonio! -exclamó un muchacho de cabellos castaños, cortados en media melena y con un rizo que iba hacia abajo en la parte izquierda de su cabeza. Sus ojos eran dorados y portaba en el rostro la más grande de las sonrisas. Antonio se apresuró a abrir los brazos y recibió un abrazo de su sobrino- ¡Hemos vuelto, ¿nos has echado de menos?!
- Claro que os había echado mucho de menos, Feli. La casa se hace muy grande cuando no estáis. -dijo el mayor tras reír. Le tomó por los hombros y le hizo retirarse para poder examinar mejor su condición física- Me alegra ver que habéis regresado sanos y salvo.
- Sí, tengo muchas cosas que contarte. Hemos luchado contra una horda de bárbaros que se negaban a anexionarse al Reino. El abuelo me ha dicho que me parecía a papá. -Feliciano se apartó más e hizo varios gestos con el brazo, como si blandiera una espada y la usara para abatir enemigos invisibles- Ya sabes que papá era un gran guerrero, así que me siento muy halagado~
- Claro que sí, Spartacus era un hombre muy fuerte. De todos los hermanos, sin duda el mejor. -dijo Antonio tras reír- Lástima que sucediese aquel accidente... -se dio cuenta de que estaba sacando temas muy tristes al tablero de juego- Pero estoy seguro de que él mismo diría que eres igual de fuerte que él y que está orgulloso de ti.
- Seguro que sí. -le replicó con una sonrisa brillante, que desbordaba felicidad.
- ¿Dónde está Lovino? No me digas que él se ha quedado. -preguntó Antonio con sorpresa al ver que su otro sobrino no se veía por ninguna parte.
- ¡Qué va...! -exclamó entre risas- Estaba deseando volver así que en cuanto ha tenido la oportunidad ha puesto pies en polvorosa. Está en la cocina. Hemos traído frutas del norte y estábamos colocándolas hasta que he escuchado la puerta.
- ¿Le has dejado solo haciendo todo el trabajo? -le dijo sonriendo resignado al ver que Feliciano no es que se mostrara muy arrepentido.
- Bueno, no le va mal hacer trabajo de vez en cuando. Se escaqueó bastante durante su estancia en el norte. Pero no se lo cuentes o viene a zurrarme. -le dijo bajando el tono de voz con esa última frase.
Antonio no pudo aguantar y terminó riendo. Es que decía unas cosas que podía imaginar con facilidad. Lovino era un chico amable a pesar de esa apariencia fría que mostraba en primer lugar, pero tenía el defecto de que cuando no quería hacer algo se esforzaba todo lo que podía para no hacerlo.
- Anda, mejor vamos los dos y le echamos una mano o se tirará toda la tarde refunfuñando...
Efectivamente, Lovino ya refunfuñaba cuando llegaron a la cocina. Ni siquiera le dijo "hola" aunque sí que le preguntó si aún estaba vivo. Hay que ver lo que se esforzaba por hacer ver que nada le interesaba o importaba. Pero mientras, Feliciano estaba dispuesto a hablar con Antonio y le contó historias acerca de batallas, narrándolas como si fuesen cuentos para niños, con una ilusión que no entendía pero que sí le parecía adorable.
- Y también conocimos al hijo de uno de los arcángeles. Me dijo que se llamaba Ludwig. Es muy alto y fornido, tiene el pelo rubio peinado hacia atrás y los ojos del color del cielo. -dijo con entusiasmo.
- Te diré lo que es: es un saco de patatas con piernas, eso es lo que es. -dijo Lovino enfadado- Seguro que su cerebro es del tamaño de una alubia~
- ¡Hermano! ¡Eso no es verdad! Ludwig es un hombre culto y fuerte, lo único que pasa es que es muy vergonzoso y no sabe expresarse bien. En ese sentido es como tú.
- ¿¡Qué!? ¡Yo no soy como ese macho patatas! -con dos grandes zancadas, Lovino se plantó delante de su hermano y empezó a lanzar picotazos con su dedo índice en diferentes partes de su cuerpo mientras le miraba con los ojos entrecerrados- Eso es mentira, mentira, mentira, retíralo, mentira.
- ¡Ay, hermanoo! ¡Paraa! -exclamó Feliciano tratando de cubrirse de esa ofensiva con sus brazos, pero sin poder detenerlo al cien por cien.
- Niños, no os peleéis... -dijo Antonio intentando poner paz entre ambos.
- ¡Pues que deje de decir idioteces...! No me parezco a ese tipo y nunca me pareceré. Si dices eso es porque estás ciego.
- Haya paz... -murmuró el mayor aún en su intento de establecer la calma- ¿Y tú qué, Feli? Hablas mucho de ese chico. No me digas que tú...
- ¿Eh? ¿Que yo qué? Yo nada... -de repente se rió con nerviosismo y se apresuró a continuar guardando las cosas.
- Uy, uy, uy, que me parece que a nuestro adorable Feli le gusta alguien... -dijo Antonio con una sonrisilla y los ojos entrecerrados mientras observaba ese sonrojo que se había adueñado de sus mejillas de su sobrino.
- ¿¡Qué!? -exclamó Lovino levantando la vista de las cosas que estaba guardando, con los ojos como platos y la boca entreabierta. Se fue para él y le agarró de las solapas- Dime, por tu bien, que eso es un delirio de este tío cabeza de chorlito que tenemos.
- Eeeh... -dijo sonriendo resignado- Yo no soy cabeza de chorlito. Con qué poco amor me tratas a veces, Lovino...
Las horas pasaron mientras charlaban y se encontró henchido de felicidad al tener alguien con quién pasar el rato, comer y cenar. Fueron los tres a comprar por la ciudad, rieron y pasaron un buen día. Antonio estaba como siempre que contaba con la compañía de sus adorados sobrinos: sonreía, participaba activamente y de vez en cuando se lanzaba a abrazarles diciéndoles que eran monísimos. Aunque no estuviesen realmente relacionados por sangre, él les sentía como su familia verdadera, como si fuesen sus sobrinos. Para Antonio no existía otra cosa, no tenía otra familia a la que acudir, su padrastro se lo había dicho, que murieron todos. No quería entristecer a Romario, que cada vez que lo contaba parecía afectado. Tampoco les recordaba, era demasiado pequeño como para hacerlo, no sentía vínculos emocionales hacia esos ángeles que ni tan siquiera podía recordar. Aquel era el lugar al que pertenecía.
Su semana había sido una locura. Tenía planes para aquel ángel, por supuesto, pero no pudo llevarlos a cabo porque siempre había llegado tarde a casa. Fueron muchos problemas a los que no pudo encontrar solución rápida y todos tenían que ver con Arthur haciéndole la vida imposible. El gran demonio se vio amenazando a otros demonios para que dejaran de fastidiarle la vida. Con la tontería hacía una semana que ya no se aparecía en los sueños del ángel para hacerle cualquier perversión que en ese momento se le pasara por la cabeza. Lo había notado, pero tampoco podía remediarlo inmediatamente. Él también estaba cansado de toda aquella locura y no sabía cómo ponerle fin. Pero, poco a poco, todo se había ido asentando. Se echó en la cama y suspiró. No tenía ni ganas de algo, sólo de dormir. Cerró los ojos y entonces por todas las estancias de su casa sonó el ruido sordo de unos dedos chocando contra la madera de la puerta de la entrada. Fue un momento y Francis abrió los ojos y se quedó tenso, aguantando el aliento. ¿De veras había sonado la puerta a esas horas? Sólo una vez le había ocurrido algo similar y fue...
Pegó un respingo cuando la puerta volvió a sonar, esta vez incluso más fuerte, sin parar, produciendo un ruido realmente discordante con el ambiente calmado que había a esas horas. Se incorporó y miró hacia el pasillo mientras quien estaba fuera seguía golpeando su puerta con la mano. El ruido era estridente pero no sonaba como si estuviera dando patadas. Viendo que no parecía tener intención alguna de parar, Francis se levantó y descalzo cruzó todo el pasillo. Una vez delante de la puerta aguantó el aliento ya que los golpes cesaron. Se inclinó lentamente, dispuesto a observar por la mirilla y fue bloqueada por algo que dedujo que era una mano puesto que los golpes empezaron de nuevo.
El rubio pegó un respingo y dio un paso hacia atrás apretando dientes. ¿No iba a detenerse hasta que abriese la puerta? Se llevó una mano delante de los ojos y suspiró inaudiblemente. Que le dejaran tranquilo, él sólo quería vivir su vida tranquilamente... Llevó la mano al pomo, lo giró y abrió la puerta. Fuera, en el rellano, había una chiquilla de piel tostada, ojos marrones grandes y cabello largo de color marrón oscuro, casi negro, que llevaba recogido en dos coletas bajas, sujetas con lazos rojos. La engalanaba un vestido de vuelo de color azul oscuro con dibujos de peces en los bordes que estaba sucio y un poco roto. Le venía grande y le llegaba hasta por debajo de las rodillas.
La niña le miró sorprendida y cuando asimiló que estaba ahí le sonrió ampliamente, haciendo que sus mofletes se viesen más regordetes. Francis no le devolvió el gesto, se quedó mirándola con cara de indiferencia.
- Has tardado un montón en abrir. Pensaba que realmente no había nadie... -dijo ella casi atropellando sus propias palabras con otras. Sus pies se movieron y caminó hacia el interior del piso donde Francis vivía.
Quien tuviera la idea de que el Infierno era un sitio destruido en el cual los demonios vivían en cavernas en las que encendían hogueras y quemaban las almas de los humanos para quizás posteriormente devorarlas es que vivía en un mundo propio y querían hacerle creer que era el peor sitio del mundo. El Infierno era un lugar sin orden, eso sí, y tenía edificios de todo tipo, desde los nuevos hasta los más viejos, seguramente asaltados por maleantes. Nadie perseguía a quien agredía a otro demonio ya que el orden y la seguridad eran conceptos que no existían. Por ese motivo el demonio que tenía alguna propiedad también guardaba a su recaudo algún arma con la que apalear al que se atreviese a allanar su morada. El edificio de Francis era uno de esos antiguos que ya habían sido asaltados en alguna ocasión y que tenía secuelas de las batallas que se habían producido en él. Vivía en la tercera planta, al final del pasillo, en un apartamento que había escogido específicamente por la posición en la que se encontrara. Si alguien merodeaba delante de su puerta por más de cinco minutos sin llamar, Francis se creía en el derecho de salir y moler a palos a quien fuese.
El apartamento se componía de cinco estancias a las que se accedía gracias a un pasillo estrecho y largo que las comunicaba a todas. La primera que encontrabas quedaba a mano izquierda del pasillo y era una sala de estar no demasiado grande en la que contaba con un sofá con más años que el respirar, que quedaba justo a la derecha de la ventana, situada en la pared contraria a la puerta. Tenía un librero medio vacío y ajado en el que quizás anteriormente habían descansado más libros que en la actualidad. La siguiente estancia quedaba apenas unos metros más adelante, a la derecha. La cocina era el sitio más moderno de la casa y contaba con casi de todo ya que cuando Francis no estaba ocupado encontraba placer en cocinar. En la misma habitación había una mesa cuadrada pequeña que tenía dos sillas, una a cada extremo y que incluso tenía migas por encima de la cena rápida que había tomado la última noche. Hacia el fondo estaba a la izquierda la habitación, suficientemente amplia para que cupiese una cama de matrimonio, una cómoda en la que guardaba su ropa y sobre el suelo descansaba una alfombra. Al otro lado quedaba el lavabo que contaba con una ducha y un mueblecito donde estaba la colonia y diversos utensilios del aseo personal. Contiguo al lavabo se encontraba un trastero en el que tenía escobas, ropa que ya no se ponía y cosas por el estilo.
Siguió a la niña hacia la cocina tras haber cerrado la puerta y haberla asegurado con llave. Cuando llegó a la misma, la chiquilla pegó un bote y se subió en la encimera. Tras aquello se puso a mirar todo lo que había allí. Se notaba que el dueño la cuidaba y la tenía reluciente. Miró hacia Francis, quien no había apartado sus ojos azules de ella y se notaba enfurruñado. Ella sonrió inocentemente.
- No pareces muy contento de verme. Yo que esperaba que recibieras al menos con una simple sonrisa... -dijo finalmente la pequeña diablesa- ¿Me pones algo para beber?
- Si te soy sincero, no entiendo a qué viene todo este juego de aparentar que eres mona e inocente, Sheila. -replicó Francis y acto seguido se fue para la nevera a buscar uno de esos refrescos que había traído en su último viaje al mundo humano.
Se escuchó un ruido de explosión, al que Francis se estaba ya acostumbrando, y en el sitio en el que había estado la niña ahora había una mujer adulta. El cuerpo de Sheila estaba más definido, con una cintura fina y unas caderas envidiables. Sus brazos eran finos y las uñas estaban largas, perfectamente cuidadas y pintadas de rojo. El pelo seguía de la misma forma aunque se notaba incluso más ondulado que antes y sus ojos eran más pequeños, maquillados con una sombra azulada y las pestañas pintadas. El vestido que antes le había quedado ancho y por debajo de las rodillas ahora le cubría hasta la mitad del muslo y marcaba sus formas.
- Deberías llevar un vestido más largo, un poco más y te veo las bragas... -dijo Francis pasándole la bebida.
- Eso es que estás mirando donde no toca, Francis~ -dijo ella posando los dedos bajo su barbilla y la empujó hasta que le miró al rostro. Hizo un amago de beso pero como el rubio ni se inmutó, Sheila no intentó nada más. Suspiró aburrida y tomó un trago de aquella bebida que le había ofrecido. Estaba muy dulce, le gustaba.
- ¿Qué te trae por aquí a estas horas de la noche? Me gustaría poder dormir. -murmuró el demonio mientras caminaba hacia una silla y tomaba asiento.
- Es que no quiero que me encuentren, ya sabes que me persiguen sin motivo alguno... ¡Ese ejército está loco! -exclamó ella tras pegar un salto y posar sus pies sobre el suelo, abandonando la encimera. Caminó hacia la mesa, con intención de sentarse en la silla frente a la de Francis.
- Mataste a tres generales y luego te diste a la fuga robando una espada encantada en el proceso. Yo no diría que no tienen motivos para perseguirte, ¿sabes? -comentó él arqueando una ceja.
- Bueeeno... -le sacó la lengua y luego se acomodó sobre la silla- Son tecnicismos en los que no estamos de acuerdo. La verdad es que he venido porque quiero recuperar el libro que te dejé. Ya has terminado de usarlo, ¿no es así? Pues lo quiero de vuelta.
Se escuchó el suspiro masculino y arrastró la silla para abrirse un hueco para poder levantarse con más facilidad. Caminó hasta su habitación, levantó el colchón y allí descansaba un libro de aspecto ajado, cubiertas de piel antigua y algo rasgada con un título incomprensible. Hacía cosa de un mes, Sheila había aparecido en la puerta, en una noche lluviosa y con tormenta. Estaba empapada y cubierta con una túnica vieja de color oscuro que también abarcaba su cabeza. Cuando se quitó la capucha supo reconocer a esa belleza que había causado gran revuelo en el inframundo hacía años. Le preguntó si podía pasar y él, sin saber qué hacer, acabó por hacerse a un lado y dejarla entrar. Le ofreció una toalla y algo para beber. Estuvieron en un denso silencio, de esos que amenazan con tomar presencia física y todo, hasta que ella empezó a hablar. Se presentó, él le dijo su nombre y le dio la mano. Fue un error, notó como un calambrazo y ella sonrió con malicia.
Le preguntó qué había hecho y Sheila se justificó diciendo que sólo miraba lo que él mismo le había dado permiso para observar. Reclamó explicaciones y las tuvo, sólo que no las que esperaba. La diablesa empezó a relatar casi como si hubiese vivido a su lado todos los recuerdos que el rubio tenía en su cabeza y le mencionó también el tema de su plan. Francis se negaba a todo, intentaba hacerse oír por encima de la voz dulce de la muchacha gritando más, pero lo que le acalló finalmente fue una simple frase.
- Tengo algo que podría ayudarte. Será mi manera de agradecerte el cobijo que me has dado y que no hayas llamado al ejército.
De entre sus ropajes sacó ese libro que en su momento le explicó que era de los más antiguos que habían. Al parecer sólo existían dos ejemplares y los había escrito un viejo loco que ella insistía en que no estaba loco y que era su padre, muerto siglos atrás de alguna plaga que no llegó a identificar. Estuvo pasando hojas sin interés alguno, aburrido, pensando que era una pérdida de tiempo, hasta que encontró aquella página. Pocas personas sabían que había otra manera de destruir a un ángel. Era un plan que en un principio le revolvió el estómago, pero luego, bien pensado, no era imposible. Su determinación era firme después de tantos años y en su mente se formó un claro objetivo, algún arcángel superior sería el que sufriría y abocaría a todo al caos.
Antonio fue un simple accidente por el camino, una brizna de aire fresco que no había esperado y que tornó su plan en algo más sofisticado que el anterior, uno que había tenido que dejar aparcado temporalmente por su falta de tiempo. Pero tampoco era tonto, no iba dejar pasar los suficientes días como para que se olvidara de él.
Cogió el libro y retornó a la cocina, donde Sheila esperaba entretenida mirando de nuevo los diferentes muebles que allí había. Se sentó en la silla y dejó el pesado tomo sobre la mesa. Ella estiró los brazos y arrastró el libro hasta que cayó del borde y lo puso a salvo en su regazo. No pudo evitar sonreír con tranquilidad al tenerlo de nuevo entre sus manos. Era lo único que le había quedado tras la muerte de su padre y ella no había podido más que aferrarse a ese recuerdo con desesperación.
- ¿Al final usaste aquello? ¿Te dedicas a acosar ángeles por la noche~? -dijo ella con una sonrisa maliciosa buscando la página.
- A un ángel en concreto, no te creas que voy pasando por la cama de todos esos seres despreciables. -replicó Francis con una mueca torcida, un gesto frío y calculador- Ese tontorrón no me interesa, pero es la herramienta ideal para llegar a su padrastro. En cuanto pueda volveré a beneficiármelo, iré robándole su poder mientras él cae repetidamente en el pecado, hasta que ya no pueda moverse más y para entonces supongo que habré encontrado la manera de pasar esa maldición al arcángel. Cuando ya muera del mismo cansancio, tendré otra fuente de poder y mi plan seguirá adelante...
- En el fondo tienes el mismo objetivo que muchos otros demonios, sólo que tus motivos son diferentes. Por eso te he ayudado, porque quiero ver hasta dónde eres capaz de llegar por venganza.
Sheila se levantó, se fue hacia él, posó la mano derecha sobre su mejilla izquierda y besó la contraria. Francis no se movió aunque realmente ese contacto no le agradaba. Sabía que aquella mujer era peligrosa y en el fondo no sabía qué cables se le habían cruzado para haberle proporcionado esa información. Mejor no tentar al diablo, que decían los humanos. La acompañó hasta la puerta y antes de poder cerrarla ella puso la mano e impidió que lo hiciera. Francis se quedó alerta, sorprendido por ese movimiento imprevisto de última hora y la miró tensamente.
- ¿Cómo se llama tu ángel?
- ¿Para qué quieres saberlo? -preguntó él bastante serio.
- ¿Cómo se llama tu ángel? -insistió la mujer con esa sonrisa que le helaba la sangre. Era como si no tramara nada bueno. Ella era mucho peor que él, eso segurísimo.
Francis agarró el coraje suficiente para poner la mano sobre la de Sheila y la apartó del marco de la puerta. Ella seguía observándole de esa manera escalofriante, como si lo supiera todo y sólo le preguntara por el simple placer de verle tensarse y sufrir. Tomó aire y se preparó para decir la frase más simple que jamás hubiese pronunciado y que, de cualquier modo, pensaba que sería la que más le costaría en ese momento.
- Eso es algo que no te incumbe. Cuando me dejaste el libro, nadie dijo que tendría que contarte lo que hiciese con él. -hizo un gesto brusco y se retiró cuando vio que Sheila estiraba la mano para tocarle. Puede que antes no lo hubiese hecho con esa motivación, pero estaba seguro de que ahora quería intentarlo- Si no quieres que te rompa el brazo con la puerta más te vale apartarlo, porque no pienso permitir que me toques y me quites mis recuerdos.
Ella se rió al escucharle decir aquello. Bueno, era un chico listo, sólo le hacía falta una vez para aprender una sabia lección. Como no quería que cumpliera sus amenazas, y por su mirada sabía que lo haría si intentaba aproximarse de nuevo para tocarle, Sheila retiró el brazo y le miró desde el rellano. En un segundo volvió a ser aquella niña de mofletes gorditos y sonrosados que había visto cuando había abierto.
- Eres un niño muy malo, Francis... Después de ayudarte, así me lo pagas. Pero no soy un demonio rencoroso, no tienes que preocuparte por mí. Creo que en bastantes problemas te has metido tú solo...
Suficiente escuchó de la boca de esa mujer, ahora niña; cerró la puerta de un golpe y casi corrió a echarle todos los cerrojos que tenía. Era ridículo, dado que con los poderes que tenían todos los demonios, una puerta y unos pocos cerrojos no pararían ni al de más alto nivel. Pues, a pesar de que sabía eso, Francis sintió una falsa sensación de seguridad al echar el último de ellos. Aún así le quedaba la duda de si en el momento en que le besó o cualquier otro contacto ella había cogido sus recuerdos. Aquella vez que lo había hecho había sentido una cosa muy rara, ¿pero quién le decía que no podía hacerlo con verdadero sigilo?
Una cosa era segura, se alegraba de haberle devuelto ya el maldito libro. Con suerte no la volvería a ver.
Bueno, pues otro capítulo más. El título hace referencia, obviamente, a que Francis es un nombre desconocido y que nadie hasta ahora sabía de él. No sé qué contar, creo que el capítulo tiene bastante información de por sí solo xD Ya se sabe que Francis busca venganza y qué objetivo tiene en mente, al menos a corto plazo owo
Paso a comentar los review:
ShootingStarXIII, Buenas ouo Gracias =u= Me alegra que te haya gustado el primer capítulo y muchísimas gracias, me alegra aún más que te encante cómo escribo ;v; Pues aquí tienes otro capítulo más, si todo va bien cada semana actualizaré.
Perezosa, Sí, me tocaba el de fantasía que si no os daré sobredosis de ésta XD ¿Culpa? Culpa por parte de Francis ya puedes ver que no hay ninguna xD Gilbo se menciona pero no sale en el fic, lo siento mucho xDDD Yep, porn porn porn xDDDD Porn everywhere XDDD Gracias por comprender, intentaré seguir así pero ya veremos. Me cuesta mucho corregir a la velocidad de antes, son el doble de páginas ;v;'
XX22, waaa, merci ouo Me alegra que te guste todo eso, que es un montón ouo Espero que te siga gustando la historia y muchas gracias por comentar ouo
AnooonimoP, cuando empecé a escribir el fic antes de pensar todo el argumento me quedé ahí, dándole al coco, y llegué a la conclusión de que por ser rubio y tener los ojos azules parecía que tenía que ser un ángel, así que lo quise hacer al contrario porque soy así XD Me gusta intentar hacer las cosas que normalmente no se hacen y convertirle en un demonio ardiente 8D. Pierre tiene que ir saliendo y según mis necesidades le cambio de apariencia XD Aunque siempre tiene el pelo corto y tan rubio que parece blanco y los ojos negros, eso no cambiará XD. Irán saliendo diversos personajes, la prueba es que ahí tenemos a Roderich y a Matthew, no voy a desvelar quién más puede salir. Por si no quedaba claro, Romario es Roma xD ah y también se menciona a Ludwig :D
BrujitaCandy, Me gusta hacer aparecer a Arthur como antagonista, soy así xDD No lo puedo evitar. Todo eso del llorar, del que se le acercara, del que hablaran, era todo para distraeros y confundir más con el ataque xD Tenía que hacerlo para darle más impacto. Bueno se supone que los ángeles deberían estar por encima del sexo, cosa que se demuestra que no es verdad. Sobre lo de que por su estado no le haría nada, no voy a desmentir ni confirmar cualquier cosa, para eso tendrás que seguir leyendo. Y sí, en este fic Antonio es inoceeeente y confiado a más no poder XD
Eso es todo por esta vez.
Nos leemos.
Miruru.
