—LA PRINCESA Y EL DRAGÓN—
Por Zury Himura
Disclaimer: los personajes no son mios, la historia lo es.
THE DRAGON' STAR.
UNTIL THE WORLD DIES.
Chapter two.
Se rumoraba que un forastero extraño había llegado al continente, uno donde todos vivían en unidad, sirviéndose unos a otros, o al menos eso era lo que pregonaban. Sin embargo, era el mismo sitio donde peleaban por poder. Por un trono en la cima donde se pudiera liderar e ir en marcha conquistando a los demás países, para unificarlos y subyugarlos a su antojo. Además de esto, a pesar de ser terrenos extensos con mucha gente y diversidad, las murmuraciones corrían rápidamente, cada día era una noticia nueva, donde este sujeto tomó popularidad y fama en cuestión de semanas.
Se susurraba en los puestos, en las posadas, entre la gente de los campos y los ciudadanos que le veían pasar, distinguiéndolo de las personas que habían huido de él. Caminando a ritmo sereno, rostro enfocado entre las multitudes en las que se mezclaba e indiferente de las miradas que se le dedicaban. No obstante, sus armas eran solo la muestra que representaba esa flama en sus ojos. El agarre en su katana y los movimientos llenos de agilidad que mostraba en una danza de sangre, que muchas veces fue ignorada por los demás dioses a los que se les levantaron plegarias.
Nunca hablaba, ni una amenaza ni alarma de qué era lo que cometería. Simplemente sus pies se despegaban del suelo mientras sus manos empuñaban esa reliquia que muchos codiciaron, con mirada fría y punzante, sin miedo a ensuciarse de sangre y el pecado que estaba derramando. Era mero miedo el que infundía, forzando a los aldeanos a retroceder mientras el caminaba a su lado, entrando a grandes establecimientos donde hombres se congregaban para misiones, y saliendo con las ropas manchadas de sangre; solo gritos y queridos dejaba atrás, sonidos que se acortaban y luego desaparecían en cuestión de segundos.
Aunque hubo muchas personas que se le acercaron, ofreciéndole dinero, propuestas y demás, él nunca los miró… ni se detuvo. Como amo y señor vagó en cada ciudad buscando, deshaciéndose de la maldad que lo había obligado a bajar. De lugares llenos con la sombra de ese sentimiento oscuro, siempre salía con corazón vacío, un olor a sangre que no lo abandonaba y con el alma más corrompido y dolida que con la que había llegado.
Pronto, en todas las ciudades donde había transitado, hubo deterioración, y el gran sentimiento de perdida en las familias abatidas por el luto y el sufrimiento. El dibujo de su rostro ahora volaba en papeles acarreados por palomas mensajeras, pasando por las manos de líderes, señores y amos de residencias y que manejaban a grupos de personas que fácilmente se daban al dinero. Sine embargo, por cada papel recibido, por cada hombre que le veía, podía sentirlo. Cada una de sus plegarias en su nombre y en su contra apuñalándole su corazón sin clemencia. No sabían que a quien invocaban era el mismo que les buscaba y por cada persona que osara mencionar su nombre, por ayuda, era solamente otra que daba a conocer su locación.
Fue así como este hombre de cabello escarlata, legendario en pocos meses, el que logro lo que cualquier humano deseo por años, fue conocido. El que venía al mundo a devorar con maldad y sin piedad, para hacer de sus pensamientos verdad. Arrancando vidas y sembrando terror sin razón. Pero poco sabían, poco conocían el dolor en su corazón cada vez que tomaba una vida. Las lágrimas que surcaban su rostro por las noches, por tener que ver sus pies y manos manchados de una sangre preciada para él. Nadie jamás lo entendería, nadie jamás cambiaria si su nombre no era conocido u… olvidado.
—Doragon….
Fue la primera vez que había mencionando su nombre ante un escuadrón del ejército que se había formado meses atrás y con el que se enfrentaba. Y, aunque fue sincero, varios rieron y se mostraron crueles con lo que alguna vez creyeron. Estos hombres alzaron sus plegarias, sin importar si lo hacían en voz alta, solo para demostrar que aquel pelirrojo era solo un brabucón con buenas habilidades.
Presentía muy bien los motivos de aquellos intentos, y aunque dolió en lo profundo de su existencia, no defirió en matarlos. Entre ellos no solo había personas que amaban: el poder y las guerras, los cuerpos sin vida bajo sus pies y sangre escurriendo entre sus manos, también habia personas peores que usaban su nombre para toda perversión. A la cual, en otros años de su vida en lo alto, había ayudado.
Por eso estaba ahí, para matar ese error. Acabar con aquellos cuyos deseos habían sido escuchados, a los que había prestado de su energía y buena voluntad para cumplir sus atroces actos. A los reinos que en su nombre lucharon, alabándolo como un dios sin deseos de vida, bañándose en la sangre de sus enemigos que al igual creyeron en él, pero por debilidad sucumbieron contra su mismo poder. Estaba bien si nadie lo entendía, le daba igual si estaban de acuerdo o no, solo estaba ahí como creador del equilibrio más enfermo que había existido. De las ventajas que todos habían tomado simplemente para complacer a otro tipo de dios que solo buscaba el mal.
Su poder, su posición en el cielo, y su forma abrupta de aniquilar pronto fueron cuestionado entre las demás deidades. Entre ellos, Orión y Casiopea en su unión, se aliaron con Leo, e Hidra, convenciendo a los demás de tomar cartas en el asunto. Aunque muchos de ellos quisieron bajar y ponerle fin antes de que fuera más lejos, desistieron mandado solo mensajes de consejo llenos de reproche y negociaciones que se suponían debían convencerle de dejar en paz a los humanos.
Aunque, nada de esto sirvió. Su determinación era fuerte, ni Cefeo, constelación del rey o cualquier otra deidad en ese universo tenía el poder de enfrentarlo. A él, el responsable del universo, el guardián del balance de todos los mundos y proveedor de juicio. En su mente, en verdad, no había nadie que se le igualara. Por lo tanto, siguió repartiendo furia. Con cada sablazo que daba en contra del pueblo que algún día le veneró. Tristeza se veía en sus ojos, mientras sus manos creaban un futuro de desesperación y angustia. Pues por cada vez que sentía un deseo en su alma, blandía su espada, y así se despojaba de lo poco que se encajaba para doblegarlo en esa vida miserable.
—Mi nombre es Doragon —Fue la quinta vez que se presentó en ese mundo sin rostro del que ya desconocía, sin darles la cara, sin hacer uso del movimiento de sus labios más que el de su poder, en la mente de los demás que le miraban al pasar—. Esta tierra perecerá bajo mi mano… todo aquel que use mi nombre morirá.
Muchos de los que le oyeron le ignoraron. Creyeron ser partícipes de algo que habían escuchado posiblemente a sus alrededores. Pero a pesar de eso y su advertencia la mayoría mencionaron su nombre para clamar por su malicia. Y, fue ese día en el que un séptimo de ese continente murió por su espada.
II
Un anoche, mientras caminaba por las colinas, dejando atrás el olor a sangre en ese pueblo ya sin vida, dejando escapar a solo algunos solo para que propagaran su nombre, observó hacia el cielo. Sonriendo al sin fin de estrellas que se habían agrupado sobre su cabeza, ordenándole lo siguiente:—Manifiéstate Doragon.
Ya no era poseedor de su vergüenza. Si lo llamaban cinismo también le daba igual. Sus hermanos por fin lo habían tomado en serio y estaban actuando, cuando la séptima parte de sus oradores había padecido por su crueldad. Con una sonrisa, obedeció, materializando la pequeña flama en su mano derecha con la que había bajado del cielo. Movió sus dedos con delicadeza, acariciando los brillos cósmicos que su fuego dejaba al huir y fluir en el aire. Y, entonces, su cuerpo se elevó, dejándose acariciar por las ráfagas que esas pequeñas chispas habían creado, permitiendo que su esencia y personalidad en forma de dragón emanara a sus espaldas, rugiendo con autoridad, e irguiéndose hasta estar al par de esas estrellas.
—Ursa —susurró el sonriendo con amabilidad. Su batalla campal era con esos monstruos de abajo nunca había sido específicamente con ninguno de los demás dioses que intentaban convencerlo.
—No… tan lejos estas de tu divinidad que ya eres incapaz de reconocernos, constelación del Dragón, Doragon.
Esperándose esa reprimenda, descartó los insultos mas no se ofendió. Era cierto, su enfoque estaba en mitigar el dolor hasta que nadie en la tierra se atreviera a nombrarlo en sus plegarias, que, lo que le hacía divino, poco a poco era ocultado dentro de su decepción.
—Sin embargo… —le advirtió Lepus, otra constelación que estaba preocupada por su bienestar—, te pido que pares antes de que sea demasiado tarde. Antes de que vuelvas a tu trono rodeado de locura y pecado y no puedas guardar sus vidas nunca más. Volverás el mundo oscuro y en ellos caerá el peso de tu dolor volviéndoles más miserables de lo que son. Dejarás de ser parcial en base a tu rencor. Y si no lo haces, te diré que en estos días Orión te cazará.
—Nadie entenderá mi dolor. —Sus ojos dorados mostraron la desolación en el cuarto vacío de su corazón. Quebrándose y arrodillándose a la amargura del abandono que le había provocado tocar carne humana—. Porque nadie es responsable de lo que yo en todos estos años. Mi nombre ha sido utilizado para que este mundo decayera así… por eso, deseo que todo esto termine. Que mi responsabilidad sobre dichas creaturas cese y en sus memorias toda plegaria hacia mí desaparezca.
—Entonces, que así sea… en tus manos no solo tendrás sangre de las criaturas de las que eras responsable, sino de otro dios que igual que tú no quiso más que lo mejor para esta humanidad al tratar de detenerte.
Después de eso, pasaron varios días hasta que sus pies tocaron tierra nueva, donde esa noche la resguardaba la constelación de Orión desde el cielo. Aquel que sufría en silencio, solo ocupó un movimiento de su mano, liberando el fuego eterno de entre sus dedos, el cual dibujó una línea recta que dividía ese territorio que había dejado, separando la séptima parte que había eliminado. Desde ese día caminaría como Doragon, y, terminaría todo a su paso.
Más adelante, del otro lado de ese reino, una estrella bajó, dejando de pie la silueta femenina rodeada de luz. En su espalda colgaba un arco plateado mientras sus ropas eran negras como la noche. Sus cabellos estaban pintados como el cielo sobre esas tierras, negro azulado, tan largo como su capa. Sus ojos azules, dignos del color del manantial donde había caído, destellaban con las luces que se reflejaban de esas aldeas enfrente de ella.
Sus pies se movieron, saliendo del agua. Su brazo se flexionó, tocando con su índice la superficie de su arma hasta la mitad, retractándolo en seguida, dibujando una línea recta, horizontal e imaginaria que representaba una flecha. Entonces, cuando supervisó con su mirada su blanco, estiró sus dedos soltando la fuerza de una luz que con la distancia se materializó por la velocidad.
Él sonrió de medio lado, dando un paso hacia la derecha, dejando que la flecha se incrustara en la corteza del árbol que recientemente había pasado. Sonriendo con delicadeza y una suavidad en su mirada, recibió en su dedo índice la mariposa de luz que surgió de las llamas de ese tronco caído.
—La princesa, hija de Orión… —La reconoció susurrando levemente y acariciándola para abrir el mensaje y leerlo.
—Doragon, eres mío.
Continuará…
Notas de autor: gracias a todos los que leyeron el capítulo pasado. Estoy emocionada con esta historia; también, tengo la idea de hacer esta idea del "Dragon y la princesa" en version humana, no se, sin lo magico y esas cosas ya que me rodea la cabeza desde la creacion de Doragon. Asi que no se... me pareceria interesante. Ustedes que piensan?
