Título: Dulces penas.
Prompt:
Pastel
Rating:
K

Disclaimer: Los personajes que forman parte del Canon Holmesiano le pertenecen a Sir Arthur Conan Doyle. La versión moderna de dichos personajes pertenece a la BBC, a Mark Gattis y a Steven Moffat. Y ahora quiero pastel .-. Como quisiera que me pagaran con pastel por escribir esto en lugar de sólo con satisfacción personal .-.

Advertencias: Relación establecida de hombre x hombre.

Este drabble participa en la actividad "3er Aniversario: ¡Escribe si puedes!" del foro I am Sherlocked.


Cuando Mycroft llegó a casa después de un largo y estresante día de trabajo, la ansiedad ya le estaba carcomiendo las entrañas. Quería acercarse a la cocina y arrasar con todo lo que se atravesase en su camino en un voraz frenesí de frustración. En lugar de eso, respiró hondo y cerró los ojos intentando relajarse, manteniéndose de pie al lado del perchero donde guindaba su chaqueta y su paraguas; procurando contenerse de ir hacia la nevera, y cambiando su peso de un pie al otro con marcada incomodidad.

Normalmente cuando se encontraba en tal estado de desesperación, solía tener a su lado a su adorado Gregory haciéndole compañía y calmándole las ansias con suaves caricias y palabras, instándolo a relajarse hasta el punto que conseguía apartar esos pensamientos lo suficiente para ser llevado a la cama y acurrucarse entre sus brazos tan cómodo que evitaba que se escabullera hacia el refrigerador en medio de la noche. Sin embargo, ese día Lestrade estaba sumergido en un difícil y agotador caso, y no llegaría a la casa hasta muy tarde en la noche; lo que lo dejaba a él completamente solo con sus pensamientos, ansiedad y una dispensa repleta de variopintos alimentos y dulces.

Oh, santísima Reina, dame fuerzas; suplicó internamente Holmes, notando cómo incluso detrás de sus párpados cerrados, la luz que emanaba de la cocina le quemaba la retina y lo atraía magnéticamente como un mosquito hacía una trampa.


Cuando Greg llegó a casa, tarde en la noche, lo primero que le llamó la atención fue que la única luz que aún se hallaba encendida era la de la cocina. Frunciendo el ceño, curioso, se acercó de inmediato sin molestarse en colgar primero su abrigo en el perchero de la entrada.

Mycroft Holmes, en toda su magnificencia, se encontraba sentado en uno de los banquitos del mesón de la cocina, con sus codos afincados en la plana superficie y sus manos firmemente sujetas una con la otra; siendo ese un gesto que el político sólo hacía cuando se enfrentaba a graves problemas de la vida. Su rostro, serio como la muerte misma, mantenía la mirada fija en un objeto frente a él; una tortera sucia con restos de chocolate y migajas de pastel esparcidas aleatoriamente por toda su superficie.

–¿Myc? –preguntó Greg tentativamente, hablando suave y con cuidado para no perturbar repentinamente a su compañero.

Holmes no se molestó en dar señal alguna de que había percibido su presencia pero Greg sabía que así había sido. Un incómodo silencio se cernió sobre ellos por un par de minutos, y cuando ya Lestrade se estaba comenzando a preocupar, Myc abrió la boca para hablar, aspirando hondamente. Luego se arrepintió y ninguna palabra salió de sus labios.

–Myc, me estás asustando. ¿Estás bien?

El político negó con la cabeza con tristeza, pero antes de que el detective inspector pudiese dar un paso en su dirección, Mycroft lo interrumpió.

–Yo… me lo he comido… –sentenció con un pesar extremo, como quien acaba de confesar un terrible y espantoso crimen. Lestrade, parpadeando repetidamente, tardó un par de segundos en procesar a qué se refería; pero, cuando lo hizo, no pudo evitar soltar una sonora carcajada que retumbó en casi toda la estancia, ganándose una fría mirada desaprobatoria.

Oh, amor~ –canturreó Gregory con dulzura, acercándose a su pareja con paso firme, para luego abrazarlo con suavidad; teniendo su cabeza a la altura del pecho cuando el otro estaba sentado. Myc correspondió el afecto al tiempo que Greg depositaba pequeños besos en su coronilla–. ¿Día difícil?

–Ni te lo imaginas… –confesó, aspirando una honda cantidad de aire para luego expulsarla con gran pesar y dramatismo–. Y yo que iba tan bien con la dieta…

Lestrade rió bajito, intentando contenerse. –Ya mañana podrás comenzar otra.

–Un pastel entero, Gregory.

–Yep.

–Me lo he comido.

–Eso veo.

–Yo solito.

–Lo has hecho antes.

–Tu apoyo moral con respecto al estado actual de mi autoestima es tan estimulante, querido. No sé qué haría sin ti. Gracias. No, en serio; muchas gracias. Es tan amable de tu parte recordarme los horribles errores de mi pasado.

Greg se carcajeó con ganas, besando el enfurruñado rostro de su amado con presteza, para aligerar su molestia. Sabía cuán importante para Mycroft era el mantener su estricto régimen alimenticio y, aunque no lo aprobase del todo, no podía más que apoyarlo. Sin embargo, cuando cosas como esta pasaban, el oficial no podía más que reírse de la situación y simplemente consolar las penas de su amado.

–Ven, amor. Creo que ya es hora de que tú y yo nos vayamos a dormir por hoy –le indicó a su pareja, sosteniendo su mano y guiándolo como a un niño pequeño.

–No puedo, pues me acabo de comer un pastel de chocolate entero… Entero, Gregory. ¡Entero!

La suave risa de Lestrade les acompañó todo el camino hasta la habitación y un "no te atrevas a contarle a Sherlock" fue lo último que se escuchó antes de que la puerta se cerrara detrás de ellos, dejándoles una historia más que contar y un largo día por finalizar.