Lyra estrechó entre sus brazos el cuerpo dormido del joven, no podía creer que estuviese allí, que fuese real. Le acariciaba y besaba constantemente, temiendo que se desvaneciese en el aire, como si de un sueño se tratase. Se apoyó sobre el codo y observó como subía y bajaba su pecho acompasadamente.

Temiendo despertarlo, recorrió con dedos temblorosos su rostro, intentando que quede grabado en su mente: su frente, sus cejas, su nariz, sus ojos, su boca... su boca ¡cuánto la había echado de menos! Esos labios gruesos y firmes de un rosa tan oscuro.

Siguió deslizando las manos por el cuerpo del durmiente, con delicadeza, como el roce de una plumas. Su mandíbula firme, que aún dormido se alzaba en ese gesto tan característico, y que años atrás, ella misma había adoptado. Su nuez de adán, tan masculina. Su pecho firme y musculoso, tan diferente al del niño del que ella se había despedido. Esos brazos en los que siempre se había sentido segura...

Ya no quedaba nada del niño que ella tanto había querido; en su lugar había un hombre. ¡Trece años!, trece años habían pasado, trece años en los que había llorado su ausencia, suplicado por verle una vez más... ¡y allí estaba!

Perfiló con sus dedos finos y ágiles, como los de un pintor, los rasgos de su amado. Lo había echado tanto en falta... Will abrió los ojos y le sonrió entre la bruma que separa el sueño del despertar.

Se incorporó de golpe con los ojos abiertos, sobresaltando a la joven a su lado. La miró maravillado, ¡Lyra era real!, no lo había soñado. Examinó con ansia todos y cada uno de sus rasgos, viendo las diferencias y similitudes con la niña que había dejado, era tan hermosa con esa cándida mirada azul y los pecosos hombros. Lyra se sonrojó ante su escrutinio, envolviéndose en la sábana para cubrir su desnudez.

Will la apartó la sábana del cuerpo, recorriéndola con la mirada. La estrechó contra él, totalmente feliz. ¿Sería un regalo de los ángeles?

Lyra le sonreía con aquellos ojos dulces con los que tanto había soñado, la cogió por la barbilla besándola suavemente. Volvió a abrazarla. Aspiró el olor de su pelo y de su piel, el sabor de sus labios y el amor de su blanca sonrisa.

Siempre había sido hermosa, pero nunca tanto como ahora. Sus rasgos eran más dulces, sus ojos más grandes, sus cejas más finas, su piel más blanca y su pelo enmarcaba su cara en suaves ondas doradas. Seguía siendo pequeña y delgada, aún la podía sostener entre sus brazos, y a pesar de lo frágil que parecía, con su cuerpo menudo como el de un hada, adivinaba en ella la fuerza de antaño.

Nunca pensó que pudiese haber una mujer más hermosa que la señora Coulter, pero la hija superaba con creces a la madre: la altivez, poderío e inteligencia del padre, y el estilo y atractivo de la madre; pero con esa dulzura escondida que la hacía tan única.

Amó a esta mujer más de lo que hubiese podido amar a la niña pues tenía la seguridad de que nunca se volverían a separar. La besó con dulzura, ahora ella era suya, y él de ella, ya nada los separaría. Con alegría dio gracias a la vida que le entregaba una nueva oportunidad, que le entregaba a su Lyra.