Buenas noches…
Sé que me tardo en publicar, pero cuando publico, publico :v jajajaja
Sorry, he tenido problemas en el trabajo y otras cosillas, pero acá está, espero lo disfruten y ya saben, síganme en mis redes :v sobre todo en Facebook. Es la que más uso. Por si quieren preguntar algo, ver los spoilers de los próximos capítulos o ayudarme en mi búsqueda de una bonita imagen para la portada de esta historia :v
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Una pequeña aclaratoria, lo que está en cursiva es lo que Cleo lee en el diario, y cuando aparecen las tres (oOo) es porque viene un salto en el tiempo o se iniciará a leer el diario. Para que lo tengan presente, recuerden que esta historia cuenta lo que pasó y lo que está pasando :v pero a medida que lean entenderán.
Disfruten la lectura…
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DIARIO DE UNA ESPOSA TROFEO
CAPÍTULO II:
Avances.
Sus ojos se enfocaron en el reflejo que le brindaba el espejo. Aquel color, ese tono claro de rosado no se veía nada mal sobre su pálida piel, de hecho, le gustaba como se veía, simplemente, no concebía la idea de estar encerrada en las cuatro paredes acartonadas del cambiador de una de las tiendas del centro comercial midiéndose un vestido tan femenino. Tal vez, el pasar tanto tiempo con dos hombres le había hecho perder un poco la esencia de como una chica debía lucir.
Por más que se girara frente al espejo no le agradaba. Estaba acostumbrada a llevar faldas, de hecho la que había usado ese mismo día era realmente corta pero, siempre llevaba mallas coloridas bajo las mismas, nunca después del corte de la falda quedaba su piel al descubierto y nada más que eso.
Contó los dedos desde sus rodillas hasta el corte de la falda. Catorce dedos, eso era demasiado, definitivamente no pensaba salir así, y ni hablar de la parte superior. La espalda quedaba demasiado escotada y caía en dos tiras sobre sus pechos, mostrando su brasier en el medio.
―Esto es ridículo, no sé qué le ven de bonito a mostrar la ropa interior. Es desagradable ―musitó bajándose la falda del vestido tanto como podía.
―No es desagradable, de hecho es muy sexy ―se tensó al escuchar aquella voz y se giró para encarar la puerta abierta tras de ella―. El problema aquí es… ―cerró la puerta tras de sí, girándola, haciéndola quedar delante de él, frente al espejo―. El problema es que tú no sabes nada sobre ser una chica.
―B-bueno, nunca me había puesto una cosa de estas…
―Lo sé ―tomó la parte de atrás del sujetador, soltando el gancho.
―¿Q-qué haces? ―Se quejó abrasando su pecho.
―Te ayudo ―soltó los tirantes desde atrás y por la misma abertura de los lados en el escote de la espalda metió sus manos, tomando la parte baja de las copas y tirando de ellas―. Listo. Tus pechos son… copa B, se te verá bien la abertura del vestido.
―Fuera de aquí ―susurró con el rostro agachado, empujándolo fuera del cubículo.
―¿Es tu forma de agradecer por mi ayuda? ―Preguntó cruzado de brazos.
―Quédate afuera o me vuelvo a poner mi ropa ―chilló cerrando la puerta tras de sí.
―Esto es tuyo ―dijo asomándose por la parte de arriba, arrojándole el sujetador sobre la cabeza.
―Detestable… ―susurró quitándose el vestido para medirse el segundo.
―Por cierto, ese del escote, mejor no te lo pongas ―dijo recostado a la puerta―. Será incomodo, no quiero pasar la noche mirando las caras que hacen esos viejos pervertidos mientras imaginan mil maneras de quitarte el vestido.
Al final acabó usando una falda a la cintura, corte tubo que pasaba sus rodillas y una camisa blanca por dentro de la falda, completamente recatada. Era el tipo de cosas que le molestaba de Cleo, la había obligado a probarse y mostrarle puestos más de diez vestidos diferentes y al final había acabado usando aquel traje tan serio y poco llamativo.
―¿Por qué lo compraste todo? ―Preguntó acomodándose junto a las bolsas, las cuales, habían sido arrojadas de su lado de la limosina.
―Es raro conseguir ropa que se vea bien en ti ―respondió con los ojos fijos en el teléfono celular.
Para esa fecha llevaba ya un mes viviendo en el Grand Hotel de París. Una suite, justo en frente de la de Cleo había sido adaptada con todo lo que la joven pudiera necesitar. Incluyendo un gigantesco armario del tamaño de una habitación, uno que ella pocas veces miraba pero que cada vez que a Cleo le provocaba ir con ella a alguna tienda se iba llenando. Eran cosas que en el momento se probaba, él compraba y luego ella nunca usaba.
―No sé si pueda ir… ―respondió a la voz que le hablaba desde el otro lado del teléfono.
―¿Por qué no? Nunca puedes.
―Lo siento mucho, Julien, si Cleo se entera…
―Si Cleo esto, si Cleo lo otro. ¿Por qué le rindes tantos honores a ese tipo? ¿Tanto te gusta?
―¡No es eso! ―Gritó, bajando la voz de inmediato―. Es que… no puedo, ¿ok? Me metería en problemas.
―Vamos, no puedes quedarte encerrada para siempre en esa habitación.
―¡Nathalie! ―Escuchó aquel grito y se revolvió entre los vestidos y zapatos.
―Tengo que colgar. Hablamos luego, te quiero.
―Sí, claro, cuando puedas me hablas.
Nathalie colgó la llamada y escondió el aparato donde estaba dentro de uno de los sobretodos que le había regalado Cleo.
―¿Qué estás haciendo? ―Preguntó el rubio al verla en el suelo rodeada de ropa.
―Estaba ordenando un poco… sacudiendo el polvo, ese tipo de cosas.
―No es necesario, hay empleados.
―Sí, bueno, estaba aburrida.
Enarcó una ceja y le miró con detenimiento. Sabía que ocultaba algo y sabía que no lo diría. La tomó del brazo, obligándola a levantar. Pasó su mano al azar por las prendas de ropa y tomó un vestido estampado y acampanado.
―Cámbiate. Iremos al cine.
―¿De verdad? ―Preguntó entusiasmada. Abrasándose al vestido.
―Sí. Dices que estás aburrida, así que hagamos algo para que te distraigas ―así comenzaron las primeras vacaciones juntos.
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Habían momentos, no eran constantes, pero de vez en cuando Cleo era amable conmigo, incluso lo podría categorizar de dulce. Pero repito, en pocas, muy pocas ocasiones. Cómo por ejemplo en las primeras vacaciones de verano que pasé en el hotel. Llegué a entender que su manera de decir "no te odio" era comprándome todo lo que se atravesaba en nuestros caminos. Vestidos, zapatos, carteras, lo más divertido era que yo no usaba casi nada de eso.
Aunque claro, habían pocas ocasiones, específicamente cuando él me pedía salir o me invitaba –obligaba a ir– a alguna parte y él mismo escogía algo del armario en que coleccionaba trajes, como quien compra vestidos para su Barbie.
Pero no todo era malo. De hecho aún recuerdo la primera vez que Cleo me besó y en más de una ocasión me he preguntado si él también lo recuerda.
Ocurrió cuando retornamos a la escuela luego de las vacaciones. Ahora éramos estudiantes de preparatoria. Estábamos a dos años de poder ingresar a una universidad y tomar un destino vocacional. Eso estaba bien, la mayoría ya habían definido que harían y a que universidad irían. Yo, yo quería pintar.
―¡Nathalie! ―Escuché el grito de Ross y no pude evitar correr en su dirección.
―¡Ross! ―Me abracé a él como dos niños en primaria―. ¿Cómo has estado? ¿Qué tal tus vacaciones?
―Estuvieron genial, aunque Julien y yo te extrañamos mucho en las salidas grupales. ¿Tú, cómo lo pasaste?
―Fue… estuvo bien ―respondí calmada―. La verdad, parece mentira pero no me lo pasé nada mal. Fui a varios sitios con Cleo, sobre todo al extranjero y visité algunos museos en Londres, Roma, Madrid, Sidney, otros, fue muy interesante.
―Por lo visto te estás adaptando de maravilla a tu papel ―escuché la voz de Julian como una estaca clavándose en mi pecho.
―Hola, ¿cómo estás?
―Bien, no tanto como tú al parecer, pero, no me quejo ―no respondí nada y él aclaró su garganta―. Entonces, ¿te lo pasaste genial viajando por el mundo?
―Sí, no estaba segura al respecto pero, Madame Andrea y Cleo organizaron el viaje para que no me aburriera en mis vacaciones. Lo menos que podía hacer era divertirme y disfrutarlo.
―¡Buenos días! ―El profesor Bustier entró y todos nos movimos a nuestros asientos―. Espero hayan disfrutado de sus vacaciones. Quiero felicitarlos a todos por haber avanzado un año más y, aprovecho para recordarles que en unas semanas será el examen pre-vocacional. ¿En qué consiste? Simple, una prueba psicológicamente preparada para que al responder una serie de preguntas podamos darles opciones que según sus rasgos psicosociales podrían tomar al momento de iniciar su vida universitaria dentro de dos años.
―¿Qué tan acertadas son esas pruebas, profesora? ―Preguntó Sabino desde atrás. Parecía ser el más interesado en el asunto.
―Pues… como dije, se basan en aptitudes psicosociales, sin embargo, los resultados no tienen que ser lo que ustedes escogerán. Conozco casos de jóvenes cuyo resultado arrojó que deberían estudiar una carrera en la rama de la medicina y acabaron estudiando Gerencia y desempeñándose maravillosamente en una entidad bancaria. Pero, para aquellos que no han definido que quieren ser, es la opción perfecta para tener una idea.
Todos parecían conformes con la explicación. De hecho, para mí era un alivio que esa prueba existiera. Después de todo, estaba tan segura de lo que estudiaría como de lo que cenaría esa noche, es decir, había miles de opciones y ninguna me convencía.
―Bien, aún falta para la prueba así que solo necesitamos pasar la asistencia y podremos comenzar con la clase ―dijo desde la mesa―. Agreste Adrianne.
―¡Presente! ―Respondió tan alegre como siempre.
―Bourgeois Cleo ―no hubo respuesta―. Nathalie…
―¿Señor? ―Me levanté rápidamente del asiento.
―¿Dónde está Cleo? ―Preguntó y los murmullos no se hicieron esperar.
―Yo… no lo sé… ―confesé nerviosa―. Venía conmigo esta mañana, luego recogimos a Sabino y llegamos los tres a la escuela juntos, dijo que buscaría algo y luego no sé.
―Buenos días ―las miradas se giraron a la puerta y Cleo entró como si nada.
―Disculpe, la clase ya comenzó ―advirtió el profesor y él lo ignoró por completo, llegando hasta mí y sentándose a mí lado como si nada.
―Presente ―dijo encogido de hombros.
―lo dejaré pasar esta vez, solo porque es el primer día de clases ―respondió enojado y continuó con la asistencia.
―Eso fue muy grosero ―susurré y apoyó ambos codos en el escritorio, girando su rostro en mi dirección―. Debiste al menos pedir permiso para entrar.
―No tengo por qué pedir permiso, te lo he dicho antes, si quiero algo, solo voy por eso que quiero y ya. Si espero a que las personas me lo den, no lo obtendría jamás.
―Por eso le desagradas a la mayoría de las personas.
―¿A ti también? ―Preguntó y desvié la mirada hacia la ventana.
―Eso es irrelevante.
―No lo creo, tú sacaste el tema, ahora responde. ¿Te desagrado?
―¿Y qué si así fuera? ―Respondí, aquel día andaba de mal humor, no había dormido mucho la noche anterior, el asunto con Julien y ahora esto.
―Hmp. Qué lástima que te desagrade porque te vas a casar conmigo ―su teléfono comenzó a sonar antes de que pudiera responder algo―. Sí, claro, un momento ―se levantó del asiento, tomando sus cosas y las mías―. Nosostros nos vamos.
―¿Disculpe? ―El profesor se giró en nuestra dirección―. Si salen de la clase quedarán inasistentes.
―¿Y qué? ―Preguntó empujándome fuera del salón―. Sabino, llévame los apuntes más tarde.
Cuando intenté quejarme íbamos escaleras abajo y él seguía hablando por el teléfono con alguien. Quise quejarme pero todo lo que decía era ignorado y aunque intentaba llamar la atención solo me pedía callar poniendo un dedo sobre mis labios y continuaba al teléfono.
―Ya está aquí ―dijo sonriendo con orgullo y solo pude ver una limosina blanca afuera de la escuela, para mí, era la misma de siempre.
―¿A dónde vamos? Se suponía que asistiéramos a clases.
―Tranquila, mi madre sabe de esto ―fue lo único que respondió arrojando mi bolso al suelo del carro―. Ahora, sube.
―Pero…
―Que subas te digo ―bufó empujándome dentro―. ¿Qué es esto…?
Por dentro no era como el que usábamos cada mañana o en cada salida. De hecho, era rosado y brillante, con flores estampadas en el techo, las puertas y los asientos, el suelo era como ver un espejo y en el asiento que estaba más cerca del conductor había un gigantesco peluche de oso panda.
―¿Qué es esto…? ―Volví a cuestionar.
―Mi madre me regañó porque no te di nada en tu cumpleaños hace una semana, pero en mi defensa, ni siquiera sabía que cumplías años.
―Gracias… esto es muy bonito.
―Sí, bueno, si le dices a alguien que te hice un regalo lo negaré hasta morir.
―Tranquilo, no le diré a nadie ―respondí tomando el peluche entre mis manos―. Muchas gracias, Cleo.
―¿Te sigo pareciendo desagradable? ―Preguntó acercándose a mí.
―Un poco ―respondí sonrojada. Estábamos sentados en el suelo de la limosina y un salto en un bache nos hizo saltar.
―¡Idiota! ―Le gritó enojado al chofer y yo solté una risa sin querer.
Me parecía divertida la situación. Después de todo, Cleo me había servido de almohada, pues había caído apoyada en su pecho.
―¿De qué te ríes? ―Preguntó molesto y me senté donde estaba anteriormente.
―De nada en particular, solo… me tomó por sorpresa el incidente de hace un momento.
―Has dejado de tartamudear ―dijo de repente y me sonrojé―. Eso es bueno, pareces idiota cuando tartamudeas.
―Gracias, supongo ―se sentó frente a mí y tomó mi barbilla.
―¿Por qué no te maquillas?
―No me gusta.
―Tienes que hacerlo. El maquillaje hace que las mujeres luzcan hermosas y tú necesitas ayuda.
―Pues no me interesa verme hermosa, además, puedo conseguir que alguien me vea hermosa sin usar maquillaje si así lo quiero.
―¿Ah sí, cómo quién? ―Preguntó y un rostro vino a mi mente―. ¿Marion tal vez?
―Eso no… no es de tu incumbencia ―repliqué y me empujó contra el suelo de la limosina, posicionándose a horcajadas sobre mí.
―Si me incumbe, me incumbe desde el día en que dijiste que te casarías conmigo frente a una multitud de personas.
―Sé perfectamente lo que hice y lo que dije, pero no pienso arreglarle el cabello o pintarme la cara para complacerte.
―Qué bueno que mencionas lo del cabello, iba a pedirte que te lo dejes crecer. Es más femenino.
―Por estas cosas es que eres desagradable.
―En ese caso, tendré que esforzarme por agradarte.
―Suéltame o enviaré fotos del peluche a todos los del salón ―amenacé con el teléfono en mi mano y la sujetó con fuerza, golpeando mi muñeca contra el cojín.
―No vuelvas a intentar amenazarme, Nathalie ―me sentía atrapada. Una de sus piernas se aprisionaba entre las mías y sus manos sujetaban las mías. Acercó ambas, tomando ambas muñecas con una sola y con la que tenía libre tomó mi cuello.
No me atreví a decir nada, en realidad tenía miedo. Sus dedos contra mi cuello se sentían calientes y creaban una corriente sobre mi piel, algo similar a las cosquillas, pero no me daba risa, solo escalofríos. Apreté los ojos al verle tan cerca y lo que me temía pasó, sus labios estaban sobre los míos pero, aunque pensé que aquello sería malo, no lo fue. En realidad, me gustaba. No sé si el miedo había suprimido mi cordura pero, me gustó besar a Cleo desde la primera vez.
Sus labios eran suaves y húmedos, se amoldaban fácilmente a los míos y me hacían corresponder, podía sentir como usaba su mano en mi cuello para mantenerme tan cerca cómo podía. Realmente había perdido la cordura.
Cuando finalmente me soltó su mano continuaba en mi cuello y la otra yacía en mi cadera pero, ¿las mías? Bueno, habían encontrado lugar en su cuello.
El auto se había detenido, no supe en que momento fue pero, ya no se movía. Yo seguía mirando sus ojos, hasta que apartó su mirada de mí y tomó sus cosas del suelo. Se sentó y se acomodó las gafas. No dijo nada, solo esperó que yo me alistara y abrió la puerta.
Mi primer cumpleaños junto a Cleo, me llevó a recorrer el rio Sena en un bote. Algo bonito, hasta romántico, claro, hubiese sido romántico si no hubiésemos estado cada uno de un lado del bote sin siquiera mirarnos a la cara. Huyendo disimuladamente de las miradas que nos dedicábamos y sin saber qué tema de conversación iniciar.
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―¿Cleo? ―Bajó el libro de sus manos y lo cerró rápidamente. Había sido una buena idea cubrir el diario con la portada de un libro de Shakespier.
―¿Qué ocurre? ―Preguntó a Sabino y este solo suspiró resignado.
―No me estaba prestando atención, ¿verdad?
―Lo siento, me he dejado llevar por la lectura. Shakespier, era muy imaginativo en sus historias.
―Por eso es idolatrado. Pero, Cleo, esto es algo serio ―se acomodó los lentes en su lugar―. Se trata de la custodia de tu hija. Nathalie no está dispuesta a entregártela en totalidad.
―Lo sé. Pero, creí que íbamos a acordar algo de los fines de semana. No lo sé, Sabino, te pago para que hagas resuelvas esas cosas.
―Sí, es cierto, Cleo, me pagas para que resuelva estas cosas por ti y me dijiste que querías la custodia completa porque no quieres darle el gusto a Nathalie de quedarse con tu hija pero, la abogada de Nathalie dijo que si insistes en eso alegará adulterio y ahí amigo mío, estás perdido.
―Vamos, ¿qué puede saber esa estúpida? ―Gruñó apretando el libro con una de sus manos―. No es más que una arpía intentando sacarle dinero a Nathalie.
―Pero, Nathalie tiene muchas pruebas de tus infidelidades, Cleo ―se cruzó de brazos―. ¿Qué harás si le entrega eso a la abogada?
―Negarlo todo, obviamente. Cualquiera puede montar una imagen con Photoshop, no hay que ser un experto para eso.
―Yo creo que será mejor aceptar el acuerdo, que la niña viva con Nathalie, podrás buscarla al salir de clases las veces que quieras siempre y cuando la lleves directamente a casa de Nathalie y cada quince días será tuya un fin de semana completo, desde el viernes al salir de la escuela hasta el lunes en la mañana que la dejes de vuelta en el colegio.
―Tú no lo entiendes, Sabino, esto no se trata de verla en las tardes o los fines de semana. Es mi hija, me gusta tenerla conmigo a toda hora, todos los días. Que se meta a mi cuarto en la mañana para despertarme saltando en la cara y… se trata de que mi esposa me haya pedido el divorcio justamente después de cumplir cuatro años de casados.
―Pero, Cleo…
―¿Sabes que me molesta de toda esta situación? ―Preguntó tomando el portarretrato sobre su escritorio―. Realmente quise hacer el papel del esposo amoroso que regala flores en su aniversario, así que las compré, la llevé a cenar, fuimos al teatro a ver esas estúpidas obras que me dan sueño pero a ella le encantan, volvimos a casa, nos bañamos juntos, hicimos el amor como no lo hacíamos desde que volví de Australia y… en la mañana cuando desperté ya estaba arreglada con dos maletas bajo sus brazos y sin mayores explicaciones me dijo que se iría.
―Tal vez… se cansó, Cleo.
―¿De qué? ―Preguntó mirando fijamente la fotografía―. Le doy todo lo que quiere e incluso lo que no pide, a mi hija no le falta nada, y prácticamente hago lo que ellas quieren.
―Pero eso no excusa lo malo. Tienes que admitir que lo que dices es una tontería. ¿Qué crees? No es tan fácil como, te doy comida, te visto, te quedas callada si hago o digo algo que no te gusta.
―Déjame solo ―bufó abriendo nuevamente el libro.
―Buenas tardes ―ambos se giraron ante aquella voz.
―¿Nathalie? ―Sabino se levantó, acercándose a la mujer―. No quiero ser grosero, pero se supone que no puedes ver a Cleo hasta el día de la citación.
―No te preocupes, solo he venido a traer a Galilea, quería ver a su padre ―Cleo se había levantado y caminó despacio hacia ella―. Se quedó jugando con los de publicidad, pero, no tardará en venir así que, ¿puedes dejarla más tarde en casa de mi padre? Iré a buscarla allí.
―¿Podemos hablar un momento? ―Preguntó el rubio acercándose lentamente.
―Cleo… ―Sabino intervino pero fue callado.
―No pasa nada, solo necesito preguntar una cosa.
―Está bien ―respondió la pelirroja.
―Nathalie…
―No pasa nada, Sabino. ¿Puedes dejarnos solos un momento? ―Sin muchas ganas acabó saliendo, cerrando la puerta tras de sí―. ¿Qué quieres?
―Una explicación.
―Ya te dije todo lo que debía decir. No estoy dispuesta a seguir viviendo una mentira. De que hoy estamos bien y mañana sigo siendo la cornuda más grande de todo París.
―Dime la verdad. Yo los vi, Nathalie. Yo te vi con Julien.
―Me hizo el favor de llevarme a recoger a Galilea cuando mi auto se averió.
―Tienes choferes a tu disposición.
―Pero no me gusta y lo sabes. No desde que casi secuestran a mí hija, no puedo confiar en ninguno de los empleados. Prefiero ir yo misma.
―No soy idiota. Te conozco, Nathalie.
―Y yo a ti, y sé que lo único que quieres hacer es ponerme a mí en el lugar de la mala para ser como siempre el pobre Cleo, la victima perfecta. No, estoy cansada de eso.
―¡Papá! ―La puerta se abrió con el grito de la pequeña.
―¡Princesa! ―La levantó en sus brazos cuando estuvo suficientemente cerca.
―Te veo luego, cariño ―besó la frente de la pequeña y salió, despidiéndose de Sabino con una sonrisa y un gesto de su mano.
―¡Jugar, papá, jugar! ―Pedía dando botes en sus brazos.
―Esto es estúpido ―se dejó caer contra la silla. Dejando que la pequeña se parara sobre sus pantalones caros con sus zapatos sucios y como en cada ocasión, se dedicara a robarse los bolígrafos de su bolsillo y rayar su camisa―. Gali…
―¿Sí? ―Preguntó mirándole de reojo, con sus ojos turquesa, tan parecidos a los de su madre que le erizaba la piel.
―Te amo, princesa.
―¡Yo amo papá! ―Apenas había cumplido dos años pero se le entendían algunas cosas. Sobre todo la palabra que a él más le gustaba escuchar―. ¡Papá, papá, papá!
Sabino prefirió guardar silencio. Entendía las razones por las que Nathalie había tomado aquella decisión, pero, solo él sabía realmente cuanto estaba perturbando esto a Cleo y como su amigo, más que su abogado, quería hacer todo lo posible por ayudarle, solo que, no tenía la menor idea de que hacer.
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Los dos años de escuela faltantes habían transcurrido rápidamente. Nathalie aún no comprendía que había hecho bien o mal para que sus opciones vocacionales fuesen tan diferentes; Enfermera, Maestra de Preescolar o Asistente Administrativo. Para empezar, ¿qué hacía un Asistente Administrativo? Y ella le temía a la sangre. Lo de ser maestra; descartado. La poca paciencia para los niños que tenía, la estaba guardando para el día que le tocara ser madre.
Tras conversarlo con su suegra había llegado a la conclusión de estudiar gerencia. No le gustaba demasiado y no sabía exactamente qué vería en clases o sobre que serían las materias pero, Andrea le había dicho que sería bueno ya que sería la esposa de Cleo, aunque claro, había encontrado una nota en su casillero. Era una copia del formato con que entregaban los resultados de la prueba vocacional y escrito en grande sobre toda la hoja decía; "Opción 1: Inútil", "Opción 2: Prostituta", "Opción 3: Esposa trofeo". Y la tercera salía tachada, como opción aceptada.
Lo triste de aquel asunto había sido que Cleo estaba con ella cuando la encontró y movió todo lo que pudo mover para encontrar a quienes lo habían hecho y eso, solo empeoró las burlas y las molestias. A ella no le interesaba demasiado lo que dijeran, pero no significaba que no se sintiera un poco mal de vez en cuando. Ella se consideraba más que eso.
El segundo año acabó y con él iniciaron las vacaciones de verano. Habían decidido viajar, por primera vez los dos solos, ahora que eran mayores de edad podían hacerlo.
Las playas de Australia eran hermosas y Cleo no tenía problema con verla usar traje de baño, sobre todo cuando iban a playas privadas donde nadie más que él podía hacerlo.
Nathalie se estaba tomando en serio aquella relación. Sabía que se trataba de un arreglo pero, eso no eliminaba el hecho de que le gustaba que a su manera Cleo estuviera pendiente de ella y ante todo el mundo la exhibía incluso con orgullo, diciendo siempre que ella era su futura esposa. Eso le gustaba, incluso se había dejado de preocupar por no salir con sus amigos.
Pero el viaje a Australia fue como una mirada al futuro. Pues, en cierto momento el último día del viaje, la dejó sola en la piscina, avisando que debía ir por algo a la habitación y por cosas del destino, minutos después ella decidió buscarle. Iban a dar una función y quería verla a su lado, pero la función se la dio él.
Dejó el sombrero en el sofá del recibidor de la suite en que se hospedaban, caminó en silencio hacia la habitación para sorprenderlo y fue la única sorprendida al verlo completamente desnudo entrando y saliendo de una mujer sobre la misma cama en la que estaban durmiendo juntos, solo durmiendo, desde que habían llegado a Australia.
Retrocedió, solo un par de pasos hasta que pudo caminar con mayor firmeza y sentarse en el sofá frente a aquella puerta. Podía escucharlos gritar y gemir dentro de aquella habitación, así que tomó una botella del mini bar y la abrió.
No sabía que le dolía más. Verlo estar con otra mujer, aunque iba a casarse con ella, aunque comenzaba a confiar en él y en su relación, o el hecho de que a ella nunca intentaba tocarla de esa manera. Porque, había tenido todas las oportunidades posibles para intentarlo pero no, aunque durmieran en la misma cama, nunca pasaba de besarla o de vez en cuando tocar alguna parte de su cuerpo a la que más nadie tuviera acceso.
―¿Nathalie…? ―Le escuchó decir cuando se detuvo en seco en la puerta de la habitación.
―Hay una presentación… en la piscina… ya debe haber terminado.
―¿Quién es esta? ―Preguntó ofendida la mujer que le acompañaba.
―Su… ¿cómo era? Futura esposa.
―Vete de aquí ―pidió a la sorprendida mujer, prácticamente la empujó fuera y se devolvió al sofá―. Ven, estás ebria. Tienes que darte una ducha y dormir.
―¿Por qué? ¿Por qué si me duermo dejaré de estorbar?
―No digas tonterías ―La levantó en sus brazos y la llevó al cuarto―. Sientate aquí un momento, prepararé la ducha.
―No ―se levantó de la cama, cayendo de rodillas al suelo.
―Nathalie.
―No quiero tocar esa cama.
Al final, logró hacerla dormir en el sofá más grande y como sospechó, a la mañana siguiente le pidió volver a Francia.
Pasadas tres semanas comenzaron los exámenes de ingreso universitarios y aunque había tenido mil dudas y había debido prepararse más que los demás y decidida tras la disculpa que Cleo le había dado, halagada por las flores, peluches y chocolates que había escogido solo para ella, presentó.
―¡Cleo! ―Llamó entrando a la suit de enfrente sin tocar. Solo cruzó la puerta y comenzó a rebuscar por el propietario de aquel lugar―. ¿Dónde estás?
―¿Qué pasa? ¿Qué es este escándalo? ―Cuando Nathalie lo encontró, estaba terminando de empacar.
―¿Vas a viajar? ―Preguntó extrañada de que no le hubiese invitado u obligado a ir.
―Voy a estudiar en Sidney.
―¿Te irás a Australia? ―Preguntó confundida con el resultado de la prueba de ingreso a la Universidad Central en su espalda―. Pensé que ibas a estudiar aquí… es lo que siempre decías.
―Sí, era el plan, pero en Sidney hay universidades muy buenas para el área de economía y quiero especializarme lo más que pueda. Una vez que me toque tomar las riendas de los negocios familiares no quiero decepcionar a nadie.
―Entiendo… ―lentamente arrugó la hoja en su espalda hasta meterla en su bolsillo―. Espero te vaya muy bien.
―¿Qué hay de ti? ―Preguntó retomando el libro que había comenzado a leer un día antes y ya casi iba a terminar―. ¿Hiciste la prueba para la universidad?
―Sí, pero aún no he recibido los resultados ―sonrió y dio un par de pasos en revesa hacía la puerta―. Que descanses. Supongo que mañana te acompañaremos al aeropuerto.
―No, gracias, prefiero ir solo ―se acercó a la puerta y la cerró antes de que Nathalie logrará llegar a esta―. La gente tiene la mala costumbre de llorar cuando se despiden en los aeropuertos. Eso es deprimente. Voy a viajar, no estoy muerto.
―Sí, tienes razón, la gente es muy estúpida ―se forzó a sonreír y él le miró de reojo―. Y… ¿cuándo vuelves?
―Cuando acabe la carrera por supuesto, en cinco años. Si viajo durante vacaciones y eso perderé tiempo así que en vacaciones adelantaré materias. Quiero graduarme lo antes posible.
―Bueno, pero, debes descansar en algún momento… aunque es genial que estés tan decidido.
―Tú también tienes que hacer algo. No puedes estar en el aire todo el tiempo, Nathalie. Si no quieres estudiar, es entendible, pero entonces dedícate seriedad al arte. Haz una vida de ello, pero solo pintar por pintar no es productivo en ningún sentido.
―Sí… gracias. Lo tendré en cuenta ―le observó un momento y se atrevió a romper el silencio―. Entonces, supongo que nos veremos dentro de cinco años.
―Sí. Asegúrate de verte más femenina para esa fecha y déjate crecer el cabello.
―Lo haré.
―Bien ―cerró el libro y lo dejó sobre una de las estanterías―. Vamos ―la tomó de la mano, caminando despacio hacia la habitación.
―Cleo…
―No te veré hasta dentro de cinco años ―sentenció y un nudo se formó en la garganta ajena―. Quiero tener algo que recordar.
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Aquella noche, realmente no me importaba nada. Ni siquiera yo misma sé por qué pero, me olvidé de mis principios y de todo. Tal vez porque aún sentía los recuerdos de lo que había pasado en Australia tan dentro de mi pecho pero, no solo me dejé llevar por Cleo a su habitación.
Aun cuando no era la primera vez que dormíamos en la misma cama, esta vez fue diferente. Mi espalda contra el colchón y mis manos temblando mientras él recorría mi cuerpo con las suyas, son ese tipo de cosas que jamás podré sacar de mi mente. Solo sé que dejé que mi mente saliera de mi cuerpo y este pudiera correr con libertad.
Solo éramos nosotros dos en aquella habitación.
Cada caricia que me hacía atravesaba mi piel hasta llegar a mis sentidos. Me estremecía y quería huir pero sus labios sobre los míos no me lo permitían. Poco a poco vi mi ropa caer al suelo y sus ojos mirar mi cuerpo de la misma manera en que yo contemplaba el arte en los museos.
Nunca antes había estado de esa manera con un hombre, bueno, tenía apenas dieciocho años y me había comprometido y mudado con él a los quince pero, me gustaba y mucho lo que sentía.
Dejé que sus manos recorrieran cada centímetro de mí, no marqué límites ni impedimentos. No le dije que podía hacer y qué no. Solo dejé que su cuerpo se fundiera con él mío hasta que nos hicimos uno.
No lo amaba, no estaba enamorada de él. Simplemente, me había adaptado tan bien a mi papel, me había acostumbrado tanto a él como él se había acostumbrado a mí. Y eso era bueno porque en cuanto él volviera de Australia nos íbamos a casar. Seriamos marido y mujer.
Las lágrimas cayeron de mis ojos cuando el dolor se instaló en el medio de mis piernas mientras él hacía su mayor esfuerzo por entrar sin lastimarme. Era inútil. No recuerdo las palabras exactas que usó pero, sé que dijo estar feliz de confirmar que era el quien tenía el placer de quedarse con mi primera vez.
Cuando desperté. Solo encontré la misma camisa que él había tenido la noche anterior, la misma que me puse para no dormir completamente desnuda cuando decidimos que había sido suficiente, mi cuerpo enrollado en las sabanas, mi ropa en el suelo y una rosa con el desayuno servido en su buró. Era algo tan típico de él, las flores para arreglar todo lo que hacía mal.
«Te llamaré al llegar a Sidney… Cleo…»
En realidad, me quedé esperando la llamada.
Dos semanas después, comprendí que no iba a llamar.
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*-Continuará…-*
Bueno… espero les guste y si les gusta ya saben… denme su amor :v
Besos~~ FanFicMatica :*
