CAPÍTULO 1
Llegar a casa
Un incómodo silencio sobrevolaba el salón de su casa. Emma tenía la sensación de que la estancia se había hecho mucho más pequeña desde la llegada de aquella joven desconocida. Todavía no se explicaba por qué la había hecho pasar, pero allí estaba, sentada en su sillón, frente a ella, escrutando con su mirada la sala como si todo fuese nuevo para ella.
Y en verdad Emma creía que era así.
Desde que la había encontrado en la puerta de su casa tenía una cosa clara; aquella joven no era de Storybrooke. Incluso apostaría a que era la primera vez que estaba allí. Su largo vestido verde y la capa gris que colgaba de sus hombros le recordaba a Emma su estancia en el Bosque Encantado.
Pero, ¿Qué hacía una joven tan lejos de su hogar? ¿Cómo había llegado hasta allí?
Con cientos de preguntas sobrevolando su cabeza, Emma se dedicó a observarla en silencio durante varios minutos. La joven era alta y delgada y esbelta, aunque su rostro aniñado evidenciaba su corta edad. Emma calculaba que no sobrepasaba los dieciséis.
Observándola con detenimiento fue consciente de que su rostro le resultaba extremadamente familiar, aunque no recordaba haberla visto antes. Sus cabellos oscuros caían en cascada con unas suaves ondas que rozaban su cintura, y sus gruesos labios resaltaban una belleza extrema. Tenía unos ojos claros, de un tono que bailaba entre el verde y el azul, pero su mirada era dura, como la de alguien que ha vivido demasiado para su corta edad.
-¿Y bien? -Cuestionó la joven, que comenzaba a incomodarse ante la insistente mirada de la mujer que tenía frente a ella.
-¿Y bien? -Repitió Emma con una irónica entonación. -Creo que aquí la única que debería dar explicaciones eres tú, jovencita.
-Amy. -Corrigió la joven, a la que aquel calificativo no pareció gustarle. -Me llamo Amy.
-Amy… -Repitió nuevamente Emma. -No sé qué clase de broma es esta ni quién te ha enviado aquí, pero te diré algo… Yo no tengo ninguna hija, mucho menos de tu edad, y te aseguro que no me gusta que se rían de mí.
-¿Entonces no me crees? -El gesto de la joven mudó al instante. Lejos de estar triste, parecía realmente dolida ante el hecho de que la mujer a la que tanto había buscado creyese que todo aquello era una broma.
-Es difícil hacerlo, para serte sincera. Yo nunca he tenido una hija y…
-¿Es tu cumpleaños? -La súbita pregunta llamó la atención de Emma, al igual que el tono inocente en el que había sido pronunciada.
Amy mantenía su mirada fija en el pequeño muffin que había sobre la mesa. Era la primera vez, desde que había llegado, que Emma veía en ella un gesto propio de alguien de su edad.
-Eh…sí, así es… -Titubeó al contemplar la mirada emocionada que le dirigía la joven.
-¡Felicidades, mamá!
El cuerpo de Emma se tensó al instante al escuchar el calificativo. Si aquello era una broma había perdido por completo la gracia que en algún momento hubiese podido tener.
-No me llames así, por favor.
Intentó contener, más mal que bien, el dolor y la irritación que le producía oír aquella palabra. Le recordaba demasiado a Henry. Y le hacía pensar en alguien que, por desgracia, nunca la había podido pronunciar.
La joven pareció intuír su malestar y se removió incómoda en su asiento, como un niño que sabe que ha hecho algo mal.
-Lo siento…
-No necesito que lo sientas, solo… -Estaba a punto de echarla de su casa y Amy lo supo al instante.
-Por favor… -La frenó antes de que fuese demasiado tarde. -Por favor, solo quiero que me escuches.
-Si vas a volver a decirme que eres mi hija, yo… -Emma se masajeó el puente de la nariz. Estaba agotada y enfadada, pero algo en su interior le pedía que escuchase a aquella joven. -Yo no he tenido ninguna hija… Te lo diré las veces que haga falta, porque…
-¿No la has tenido o…no recuerdas haberla tenido? -Las cejas de Emma se arquearon en un gesto de infinito desconcierto. Como si se hubiese anotado un tanto imaginario, Amy sonrió. - ¿Acaso no recuerdas que tu madre tampoco sabía quién eras cuando llegaste aquí?
-¿Qué sabes tú de mi madre?
-¿Vas a dejar que te cuente mi historia?
Emma pareció dudar. Amy aprovechó el momento para levantarse y colocarse junto a ella, en el mismo sofá. La sheriff se tensó nuevamente ante el acercamiento. Estaba asustada. No tanto por el hecho de que aquella joven se aproximase a ella si no por las contradictorias sensaciones que el gesto había causado en ella.
Amy la miraba de una manera penetrante, pero sin llegar a incomodarla. En ese momento Emma pudo observar más de cerca el color de sus ojos. Quizás era una locura, pero por un instante pensó en lo mucho que se parecían a los de David y a los de Neal.
-Por favor, Emma. -Pidió la joven en apenas un susurro.
-Está bien…
Ni ella misma supo qué parte de su subconsciente había hablado sin su consentimiento, pero al ver la amplia sonrisa de la joven, un inmenso calor se expandió por su cuerpo. Su corazón comenzó a latir casi desbocado, como si anticipase que lo que estaba a punto de escuchar cambiaría su vida para siempre.
Amy tomó una larga bocanada de aire, necesaria para que todos sus recuerdos se colocasen en fila, dispuestos para ser contados. Había tenido mucho tiempo para preparar aquel discurso, pero tener a Emma delante hacía todo un poco más complicado. Por no hablar de lo poco receptiva que se había mostrado hasta el momento.
-Bien… -se aclaró la garganta con un ligero carraspeo. -Yo...yo nací en un lugar muy lejos de aquí…
-¿En el Bosque Encantado? -Se aventuró Emma, dispuesta a corroborar sus sospechas. La joven elevó sus ojos al cielo de una forma extremadamente conocida para la rubia.
-No, no fue en el Bosque Encantado. El Reino del Norte está separado del Bosque Encantado por otros dos reinos. Es un territorio frío en el que nieva casi todo el año. -Comenzó a relatar la joven. -Es extremadamente grande, aunque en su mayoría está poblado por un frondoso bosque. La Bruja Blanca es quien lo gobierna y…
-¿La bruja blanca? ¿Como la de Narnia?
-¿Narnia? -La joven alzó una de sus cejas mientras la miraba con desconcierto.
-Nada, déjalo… -Restó importancia Emma con un gesto de su mano. Todavía se seguía sorprendiendo cada vez que le hablaban de personajes que conocía de libros y películas. Aun así, lo importante en ese momento era seguir con la historia, así que con un nuevo gesto de su mano incitó a Amy a seguir.
-Bien… Como iba diciendo, la Bruja Blanca es quien gobierna nuestro reino. Yo me crié en su castillo, entre los cortesanos y sirvientes. Nadie me dijo nunca de dónde procedía ni quiénes eran mis padres. Eveline fue la encargada de mi crianza. Era una mujer mayor que vivía en el castillo únicamente para cuidarme y educarme. Era cariñosa, aunque firme e intransigente en las horas en que me daba clases de historia o me enseñaba a utilizar la magia.
-¿Magia? -Emma, sumida en la historia, se sorprendió ante aquella confesión. - ¿Tienes magia? ¿Cómo…?
-Eso será algo que averiguarás pronto, pero sí, tengo magia. -La joven sonrió y Emma la acompañó sin poder evitarlo.
-¿Entonces nunca supiste nada de tu nacimiento? -Cuestionó la sheriff intentando retomar la historia.
-Nunca. Las habladurías del reino decían que la Bruja Blanca había aparecido una noche conmigo en brazos. Era un bebé, apenas recién nacido. Me dejó al cuidado de los sirvientes y luego contrató a Eveline. Ella siempre me contó que la Bruja Blanca en ningún momento le dijo quién era yo ni para qué me quería en su castillo.
-¿Y nunca se lo preguntaste a la Bruja Blanca?
-A ella la vi muy pocas veces en mi vida. Sí, sé que es extraño… -Aclaró la joven al ver el gesto de desconfianza de Emma. -Todo el mundo lo pensaba, aunque nadie se atrevía a decirlo. Era raro que la Bruja Blanca nunca se acercase a mí, sobre todo teniendo en cuenta que ella misma me había llevado a su castillo y había elegido mi educación.
-¿A qué te refieres con eso?
-Desde pequeña tuve que cumplir ciertas normas entre las que estaban no juntarme con los sirvientes o con sus hijos. Viví bajo las directrices que seguía cualquier niño noble del Reino. Eveline era la única persona en el castillo con la que me podía relacionar y ella mantenía informada a la Bruja Blanca en todo momento de cada uno de mis avances. Al principio yo no le daba importancia. Había sido criada allí y estaba acostumbrada a esa vida, pero conforme fui creciendo la cosa cambió…
-Estoy por asegurar que ahora es donde empieza la mejor parte. -Sonrió Emma, intentando hacerle ver a la joven que estaba escuchando su historia y que, aunque todo resultaba demasiado extraño para ella, por el momento la creía.
Amy sonrió también, captando al instante el voto de confianza que Emma estaba depositando en ella. Sabía que ahora vendría la parte más importante de la historia y por eso tomó aire de nuevo, dándose unos segundos para organizar en su mente cada recuerdo vivido.
-Una mañana la Bruja Blanca salió del castillo dejando a sus sirvientes tareas para, al menos, una semana. Yo acababa de cumplir los quince años y ya era incapaz de ocultar esa malsana curiosidad por mi pasado. Durante la semana de ausencia de la Bruja Blanca me propuse investigar y recorrer el castillo en busca de algo de información. Aprovechaba las noches, cuando Eveline quedaba completamente dormida, y salía de mi habitación para recorrer el castillo. Rebusqué en cada rincón de la sala de pociones, de la biblioteca, del salón en el que se reunía el consejo… Pasaron cinco días y no había encontrado nada, así que mi desesperación me llevó a aquella sala que para todos estaba prohibida; la habitación de la Bruja Blanca.
Emma abrió los ojos, sorprendida, como si estuviese ante una película de acción. La historia de Amy la tenía tan enganchada que incluso había olvidado el hecho de que toda la narración tenía una sorprendente finalidad; demostrar que aquella joven era su hija.
Antes de seguir con su relato, Amy se agachó para recoger una bolsa de cuero que había dejado en el suelo. Emma ni siquiera se había dado cuenta de que la llevaba con ella al entrar en su casa.
-¿Qué llevas ahí?
-Después de rebuscar por toda la habitación de la Bruja Blanca sin éxito, algo llamó mi atención. Se trataba de un doble fondo, al final del armario. -Los ojos de Emma se abrieron de nuevo ante lo irónico de la situación. Sonrió, aunque se contuvo de volver a hacer otro comentario acerca de Narnia. -Tras lo que se suponía era una pared, había una diminuta sala con tan solo unos cuantos cacharros. No parecía nada importante pero el hecho de que estuviese oculta era como para echar un vistazo… Allí encontré todo lo que hay aquí dentro. -Golpeó la bolsa de cuero negro con sus manos. -Esto hizo que cambiara mi vida.
Emma se moría de expectación, pero no quería presionar a la joven. Se notaba que contar todo aquello no era fácil para ella.
Por un momento, Emma pensó en su propia vida. Para ser más exactos, pensó en el preciso instante en que descubrió que todo cuanto conocía era una farsa y que sus padres eran ni más ni menos que Blancanieves y el príncipe encantador.
Entendía a la joven. Había visto como su actitud cambiaba progresivamente desde que había comenzado el relato; como si se estuviese desnudando ante ella.
No mentía. Y ella lo sabía.
Por eso se mantuvo a la espera, dándole el tiempo suficiente para que estuviese preparada.
Tras unos minutos en silencio, Amy abrió la bolsa de cuero y lentamente introdujo su mano dentro. Cuando la sacó, traía con ella varios papeles pulcramente doblados. Emma reconoció el color amarillento de las páginas de un libro antiguo, así como su característico olor.
La joven los fue desplegando y Emma confirmó sus sospechas. Uno de los bordes de cada página estaba desgarrado, como si alguien los hubiese arrancado con prisas de su lugar correspondiente.
-No podía cargar con dos libros. -Afirmó Amy, leyendo sus pensamientos. -Además eran los únicos libros de la sala, ella se habría dado cuenta.
Emma asintió en silencio y esperó a que la joven le pasase una de las hojas. En cuanto lo hizo, la sheriff examinó el pequeño papel con detenimiento. Descubrió casi al momento que era de un libro de hechizos, aunque ella no entendía ni una sola palabra.
Con cierta vergüenza se giró hacia la joven, que la esperaba con una altanera sonrisa.
-¡Oh, vamos! -Se quejó la rubia, tendiéndole la hoja. - ¿Qué es lo que pone?
-Contiene un hechizo que solo una persona puede invocar. Es un hechizo poderoso; el más poderoso que he visto jamás.
-¿De qué se trata?
-Todavía no tengo muy clara su finalidad. Hay partes del texto que se me escapan. -La joven se rascó la cabeza con una tímida sonrisa. Un gesto que Emma, de no haber estado tan enfrascada en la lectura de aquella página, hubiese reconocido al instante como propio. -Pero lo importante no es el hechizo en sí, si no la parte en la que habla de la persona encargada de llevarlo a cabo. -Amy giró la página y Emma siguió vagando su vista por otra mezcla extraña de palabras a la que no encontraba sentido. -Aquí. -La joven señaló uno de los párrafos y comenzó a traducir. – "La Columbe…" que así es como llaman a la elegida. -Aclaró bajo la atenta mirada de Emma. –"Nacerá a finales del séptimo mes. Lo hará en el momento en que la luna haga tinieblas el día. Su espíritu será el reflejo de la más absoluta oscuridad y el brillo más único. La magia se albergará en su corazón mientras las tinieblas y la claridad bailarán en su alma." -Amy hizo un pequeño parón y miró a Emma, que seguía con los ojos clavados en aquellas líneas. Necesitaba observarla en ese momento; medir su reacción. Y a fin de cuentas ya se había aprendido de memoria aquellos versos. –"El cisne coronado será su verdadera identidad."
-Un momento...¿El cisne coronado? -Emma se giró hacia ella al entender, por su silencio, que había acabado de leer. - ¿Quieres decirme que porque aquí se mencionase un cisne te creíste que yo…?
-No sé bien si subestimas o infravaloras mi inteligencia con esa afirmación. -Soltó la joven arrancando la hoja de sus manos. -Pero no, claro que no. Esto solo fue la primera pista; algo sin sentido si no fuese porque luego descubrí esto…
Con lentitud y algo de miedo, Amy le pasó a Emma el resto de las hojas que había desdoblado minutos antes. Estas eran distintas; grandes y alargadas. Emma supo de qué se trataban en cuanto las tuvo en sus manos.
-Me dijeron que las reconocerías. -Sonrió Amy, contenta de haber dado un golpe de efecto.
-¿Quién…? -Emma desechó la pregunta. No era el momento de desviarse del tema. -Mi hijo Henry me trajo aquí gracias a un libro como el que seguramente albergaba estas hojas. Más tarde descubrimos que había muchos como ese. Cada uno guarda una historia.
La rubia se había perdido en sus pensamientos mientras pasaba lentamente sus dedos por aquel trozo de papel.
-Este creo que guarda la tuya… -Emma giró su rostro con desconcierto y, como había hecho minutos antes con la hoja de los hechizos, Amy dio vuelta a la página que sostenía en sus manos. Los extensos párrafos de la historia dieron paso a una única imagen que ocupaba el reverso de la hoja. Un escalofrío recorrió el cuerpo de la rubia desde la punta de sus pies hasta su cabeza. -La vuestra, más bien.
-Esto…Esto no puede ser… Yo no…
Apenas era capaz de hilar más de dos palabras con sentido. Su corazón latía desenfrenado y ni siquiera encontraba una razón para que lo hiciese.
O sí… La tenía justo entre las manos.
Regina Mills, la mujer en la que extrañamente había pensado al soplar su vela de cumpleaños, aparecía en aquella imagen tan cerca de su rostro que hasta el niño más inocente intuiría el final de la escena.
Ella y Regina.
Su corazón volvió a agitarse. Se sentía extraña. Aquella imagen era tan solo eso, una imagen. Nunca había vivido un acercamiento así con Regina, era algo de lo que estaba completamente segura. Aun así, su cuerpo respondía tan violentamente que le costaba recuperarse de la impresión.
-¿Estás bien? -cuestionó Amy tras varios minutos en silencio. Estaba preocupada. Emma parecía completamente ausente.
-Eh…sí, sí. -Respondió la rubia de manera apresurada mientras le entregaba las hojas. No quería ver más. Debía calmar todas aquellas sensaciones y estaba segura de que no lo conseguiría de seguir mirando aquellas páginas. -Pero yo… Te creo, de verdad. -La joven sonrió entusiasmada, segundos antes de que Emma siguiese hablando. -Pero creo que alguien te ha gastado una broma o se ha equivocado… No sé. -La rubia alzó sus hombros. -Me gustaría decirte otra cosa, pero te aseguro que Regina y yo nunca hemos vivido esto que sale en la imagen. ¡Ni nada parecido! -Aclaró, con una nerviosa carcajada. - ¡Dios mío! Regina y yo nos odiábamos y… Además, no entiendo lo que esto tiene que ver con… ¡Oh! -El rostro de Emma palideció cuando, sobre su cabeza, se encendió una imaginaria bombilla. -Dime que no crees que Regina y yo somos tus madres…
-No lo creo, lo sé. -Afirmó Amy con seguridad.
-¿Qué? -Emma se echó a reír de nuevo. Amy rodó sus ojos, consciente de que su madre, más que reírse de ella, estaba completamente asustada. -Amy, no sé si Eveline te enseñó clases de educación sexual, o de anatomía, pero…
-¡Oh Dios! ¡No voy a hablar de eso contigo! -La frenó la joven casi al instante. -Ya sé lo que me vas a decir, pero antes de seguir hablando creo que debería pasar al plan B.
-¿Plan B?
-He querido llevarlo por las buenas, mamá. No quería que el shock fuese tan brusco, pero al final tendrá que ser así.
La joven volvió a hundir su mano en aquel bolso de cuero y Emma fue consciente entonces de lo que había llamado su atención desde el mismo segundo en que se habían encontrado en la puerta de su casa.
Amy era la viva imagen de Regina Mills.
¿Podía ser cierto?
Su rostro, su expresiva mirada, sus gruesos labios, su cabello… Por no hablar de todos y cada uno de sus gestos; las sonrisas, su seguridad, la innata arrogancia, esa ceja alzada que siempre la había sacado de quicio…
-¡Aquí está!
-¿El qué? -Emma la miró todavía con confusión. Ahora que era consciente de lo que había estado delante de ella durante todo el tiempo, su cuerpo entero temblaba. ¿Y si aquella joven tenía razón? -No, Swan, es completamente imposible. -Pensó para sus adentros, mientras intentaba centrarse en lo que la joven acababa de sacar de su bolso.
-Había varios frascos como estos en el mismo escondite en el que se encontraban los libros. -Enseñó un pequeño bote de cristal que contenía un líquido transparente. -Habría funcionado mejor si te hubieses leído primero las hojas que he traído, pero ya me advirtieron que tenías poca paciencia, así que toma…
Emma la miraba con cierta desconfianza. El hecho de que alguien le hubiese hablado de ella a Amy la desconcertaba tanto como ver aquel botecito cuyo contenido era desconocido. ¿Y si todo aquello era una trampa? ¿Debía confiar en una completa desconocida?
¿Por qué no la había echado de su casa a esas alturas?
Dando respuesta a sus demonios internos, Emma sintió de pronto la cálida mano de Amy rozando la suya. Sus ojos se alzaron para encontrarse con los de la joven, que la miraba con nerviosismo.
Aquellos orbes claros se clavaron en ella tan fijamente que sintió de nuevo un extraño calor adueñarse de sus entrañas. Un calor tan único que solo recordaba haberlo sentido dos veces en su vida; cuando Henry le dijo que era su hijo y cuando Whale le informó de que estaba embarazada de Killian.
-Mamá, confía en mí.
Y antes de que hubiese pronunciado aquella última palabra, Emma tomó el frasco de la mano de Amy y, sacando la tapa de corcho, se lo bebió de un solo trago.
Entonces sucedió…
Como un flash.
Una luz la cegó durante varias segundos.
Luego, la película de imágenes reproduciéndose en su cabeza.
Recuerdos.
Decenas y decenas de recuerdos.
Todo en su interior comenzó a asentarse.
Sentimientos perdidos en su memoria; abrazos, besos, caricias, miradas, sonrisas, olores, calidez…
Una sensación completamente nueva se instaló en su pecho, llenando cualquier vacío que ese mismo día pudiese haber sentido.
Como cuando llegas a casa tras años de ausencia y todos tus sentidos se agudizan para disfrutar de la sensación.
Emma había llegado a casa.
Jolly Roger, diecisiete años antes
La noche, fría y oscura, parecía ofrecer un reflejo de sus propios sentimientos. El sonido del oleaje golpeando la quilla del barco era todo cuanto rompía la quietud del momento.
En otras circunstancias, Regina estaba segura de que disfrutaría del viaje. Nunca se había movido en ese medio, pero tenía que reconocer que no le incomodaba. La brisa que golpeaba su rostro le recordaba vagamente a los tiempos en los que, todavía joven, cabalgaba en busca de libertad en las cercanías del palacio.
Sí, sin duda alguna habría disfrutado del viaje de no ser porque apenas podía concentrarse en otra cosa que no fuese su hijo.
Henry…
En los últimos meses había estado tan centrada en su venganza, su maldición y su pasado, que apenas había sacado tiempo para verlo crecer.
El karma, siempre sabio, parecía haberle devuelto la jugada de la forma más macabra.
En ese instante su hijo, la única razón de su vida, estaba en algún lugar perdido de una isla que ella ni siquiera conocía. Gritos, discusiones, fríos silencios… y al final Henry había obtenido todo cuanto había buscado los últimos días; su familia al completo se había unido por primera vez con un propósito común.
¿Acaso eran todos tan inmaduros como para tener que llegar a aquel extremo?
Le avergonzaba incluirse a sí misma en aquella pregunta lanzada al aire por su mente, pero en realidad no podía ser de otra forma. Ella lo sabía y comenzaba asumir sus errores. Se había equivocado, había puesto en riesgo a lo único que amaba… y lo que más le dolía era el hecho de que la familia de encantadores se había comportado mucho mejor que ella.
Todavía le costaba asumir que había sido así, pero los hechos hablaban por sí solos.
Blancanieves, la mujer a la que más odiaba, había llegado con su marido para salvarla de las manos de Greg Mendell y, horas más tarde, su insoportable hija había unido su magia con la de ella para salvar Storybrooke de la devastación.
Un escalofrío recorrió su columna al recordar aquel momento y todas las sensaciones vividas. Ciñó el abrigo a su cuerpo como un acto reflejo, pese a saber que no era el frío el causante de aquel temblor. Cada célula de su cuerpo bailaba todavía debido a la vibración sentida durante aquella conexión mágica.
No había tenido tiempo de analizarlo. Tampoco quería pensar en eso en el momento en el que se encontraba.
Henry debía ser su única prioridad.
Cerró los ojos, repitiéndose esa frase como un mantra, como si así fuese a olvidar con más facilidad lo ocurrido en las minas. Pero aquello era demasiado complicado. Más teniendo en cuenta que aquel olor volvía a invadir sus fosas nasales.
-¿No duerme, señorita Swan?
-¡Joder, Regina! -Emma, que había salido a cubierta minutos antes, intentaba acercarse sigilosamente a ella. - ¿Cómo has sabido que estaba aquí?
Regina no contestó.
Emma dio dos pasos más para ponerse a su altura y mirarla de soslayo. La alcaldesa de Storybrooke mantenía sus ojos perdidos en el tenebroso horizonte. Sus manos estaban aferradas a la madera que rodeaba la cubierta del barco y sus cabellos se movían al viento, siguiendo el rítmico vaivén de la suave brisa.
La sheriff se quedó durante unos segundos hipnotizada por aquella imagen que, tímidamente, se atrevió a describir como maravillosa. La luz de la luna bañaba la mitad de su rostro, dándole un tono azulado que la hacía parecer todavía más hermosa de lo que era.
Porque sí, Regina Mills era una mujer hermosa. Emma todavía se preguntaba en qué momento había empezado a ver a la otra madre de su hijo de aquella forma. El incidente en la mina había dejado al desnudo algo que, con seguridad, no era nuevo.
Oculto entre sus discusiones, sus malentendidos, sus insultos y sus continuas peleas por la atención de Henry, se escondía un sentimiento difícil de clasificar para ambas.
-¿No puedes dormir?
-¿Cuánto le ha costado llegar a esa conclusión, sheriff?
-Regina… -Emma suspiró. ¿Por qué siempre le costaba tanto entablar una conversación normal con esa mujer?
-Lo siento… -El tono abatido de la alcaldesa hizo que Emma se girase a mirarla, sorprendida.
-Regina, yo…
-¿Crees que estará bien? -Tras unos segundos mirando al horizonte, Regina se giró para enfrentar la mirada de la rubia.
Emma descubrió entonces sus ojos turbios por las lágrimas. Era la primera vez que veía a Regina tan abatida, tan vulnerable, tan humana…
En un primer momento ni siquiera supo qué hacer o decir. Luego, con un movimiento vacilante y algo torpe, se acercó a ella y la rodeó con sus brazos.
El cuerpo de Regina se tensó al instante y Emma fue consciente de su error. Aun así, el olor de la alcaldesa embriagando sus sentidos fue suficiente para que aguantase el gesto durante unos segundos más.
Estaba a punto de separarse para enfrentar las consecuencias de su osadía cuando sintió como las manos de Regina se aferraban a las solapas de su chaqueta, acercándola más hacia a ella. El rostro de la morena estaba completamente hundido en su cuello y Emma pudo sentir su errático aliento rozándole la piel.
Regina estaba llorando, silenciosa, y la sheriff no pudo evitar acompañarla.
Perdieron la cuenta de los minutos que estuvieron en aquella posición. Dos mujeres hasta ese momento enfrentadas, aferradas la una a la otra como si de una tabla salvavidas se tratase. El calor de su abrazo se burlaba de la brisa marina que hasta hacía pocos minutos mantenía sus cuerpos tiritando.
Separarse fue complicado, como todos los actos valientes que cometemos en la vida. Los impulsos conllevan siempre la sucesiva confrontación con la realidad.
-Creo que… deberíamos ir a descansar. -Susurró Regina, intentando romper la incómoda tensión que bailaba entre ellas.
Las dos mujeres mantenían las miradas perdidas en el horizonte, casi en la misma posición que habían ocupado antes de permitirse aquel inusitado acercamiento.
-Sí, quizás…sería lo mejor…
Regina no dejó que lo repitiese de nuevo. Con unas inmensas ganas de huir de aquella asfixiante atmósfera, se dio la vuelta y encaminó sus pasos hacia los camarotes.
-Regina…
Cerró los ojos al escuchar aquella voz. Creía que eso solo sucedía en las predecibles comedias románticas, pero allí estaba aquella rubia insoportable, frenando su avance antes de que pudiera verse libre de esa situación que se escapaba por completo de su control.
-¿Sí? -Se giró de nuevo, con las manos en los bolsillos de su abrigo, intentando mostrarse lo más natural posible.
-Tú también lo sentiste, ¿verdad? -Sus piernas temblaron ante aquella inesperada pregunta.
Emma había intentado contenerse, sabía que no era el momento, pero sus ganas de descubrir la verdad la habían llevado nuevamente a actuar sin pensar.
-No sé a qué se refiere.
Y ahí estaba de nuevo. Esa Regina fría y distante que interponía cientos de muros entre ella y todo aquel que intentase un acercamiento. Lo había aprendido desde su más tierna infancia y cada uno de los golpes en su vida la habían convertido en una experta en ello. Crear esa distancia la mantenía protegida de todo aquel que quisiese hacerle daño. Siempre le había funcionado; los formalismos en sus palabras, la mirada impenetrable, la espalda rígida, los labios apretados…
Emma, sin embargo, desafió sus convicciones con una simple sonrisa. Un gesto sencillo que consiguió que el cuerpo de Regina se tensase todavía más.
-Me gusta cuando haces eso…
-¿Cuando hago qué, exactamente? -Regina se maldijo casi al instante, sabiendo que había caído con facilidad en el juego de Emma Swan.
La rubia dio un paso hacia ella, más segura que nunca, y luego otro más, intentando acortar la distancia que las separaba.
-Cuando intentas mostrarte como la mujer más odiosa del planeta. -Regina alzó una ceja, en un gesto tan arrogante como característico en su persona. Intentaba ganar tiempo. Ni siquiera sabía qué responder a aquella afirmación.
-No sé por qué le puede interesar lo que yo haga, ni por qué estamos hablando de ello, pero, si me disculpa, yo me retiro a descansar. -Se giró dispuesta a abrir, esta vez sí, la puerta que daba acceso al pasillo de los camarotes.
Sus intentos se vieron frustrados de nuevo. Esta vez no por la voz de Emma, si no por su mano aferrándose a su antebrazo, haciéndola girarse.
-Swan, no sé qué pretendes, pero…
-Sé que lo sentiste. -El rostro de Emma quedó inesperadamente cerca del suyo debido al movimiento. Un escalofrío recorrió sus cuerpos, pero ninguna intentó separarse
-Le vuelvo a repetir que…
-Tu olor… -La interrumpió la sheriff, nuevamente. -Tu olor me envolvió por completo en aquella mina. Podía sentir tu respiración entrecortada como si estuvieses justo detrás de mi cuerpo. Recordé todos los momentos que vivimos juntas mientras notaba tu magia penetrando en mí, acariciándome...
-Swan...
-No, por favor. -El susurro y la mirada suplicante de Emma la hicieron frenar de nuevo. -Necesito que me lo expliques, Regina. Necesito...saber si tú...
-Emma… -Regina cerró los ojos, abrumada por la vorágine de emociones que recorría su cuerpo. Se había olvidado de dónde estaban y en qué situación. Los recuerdos de la mina estaban tan presentes todavía que su cuerpo vibraba por entero, y el hecho de que Emma los reconociese entre susurros, tan cerca de sus labios, no la ayudaba a calmarse.
Estaba turbada, incapaz de reconocer su propio sentir. Era algo que se escapaba a la lógica que durante años le había inculcado su madre; blanco o negro, fuerte o débil, bien o mal…
Aquello estaba verdaderamente mal, pero se sentía tan increíblemente bien...
Emma sonrió, al ver que las defensas de la alcaldesa se desmoronaban de nuevo. Ya no necesitaba hacer aquella pregunta que la había atormentado durante todo el día. Regina también lo había sentido, estaba más que segura.
-¿Sabes por qué me gusta que te muestres tan odiosa? -Sonrió tímidamente y se atrevió a mover sus manos hasta acariciar las suaves mejillas de la mujer que tenía frente a ella. El primer contacto verdadero. La morena cerró los ojos para sentir que aquello era real, y para calmar su agitado corazón. -Porque cuando estás conmigo y dejas caer esa careta, como ahora… -Repasó con lentitud los labios de Regina con la yema de su dedo pulgar. -Me haces sentir que de verdad soy importante para ti…
En otras circunstancias, Regina se habría separado de golpe e incluso la rubia tendría que estar esquivando alguna bola de fuego. Ambas lo sabían. Al igual que sabían que el hecho de que se mantuviese allí quieta, como si estuviese bajo la influencia de un hechizo, era la confirmación de que aquellas palabras eran ciertas.
Regina no necesitaba decir nada. Su cuerpo había hablado lo suficientemente alto.
-Tú también eres importante para mí, Regina.
Emma se acercó unos centímetros más, cerrando los ojos.
Nunca había hecho una afirmación tan verdadera como aquella.
Cuando las puntas de sus narices se rozaron ninguna de las dos se sorprendió. Llevaban minutos esperándolo. Quizás incluso horas, días… Y cuando sus labios se encontraron en la penumbra de aquella cubierta, con la luna como único testigo privilegiado, ambas supieron que lo habían encontrado.
Al fin, la sensación de estar en el lugar al que sus corazones pertenecían.
Llegar a casa.
