Bueno, despues de tener abandonada la historia por un largo tiempo... por fin voy a hacer la continuacion... no es que no haya querido hacerlo, es que simplemente la inspiración no llega, y mejor no quise escribir cualquier cosa... espero me entiendan..

Gracias a todas mis amigas del club Slytherin Semper Perversis... a mis hermanas, las adoro con todo el corazón... besos desde México...

Disclaimer: nada en este universo me pertenece, todo es de S.M... pero algunas cosillas si son mías...

Vivan los Sly!

LA MADRE DE TODOS LOS MALES NO SOLO ES EL OCIO

Volterra

POV Sulpicia:

El ruido era ensordecedor. Si mis oídos no hubieran sido tan sensibles, seguramente hubiera pasado como un ruido medianamente fuerte, pero aquí estaba yo, en el ala oeste del castillo, sujetando mi cabeza entre las manos para evitar que el dolor de cabeza me enloqueciera.

Sinceramente me preguntaba:

¿Era posible para un vampiro sufrir dolores de cabeza?

La respuesta era obvia, si, lo era.

Mi cabeza quería estallar, pues por más que me concentraba en dejar de escuchar el sonido de quien sabe que cosas rompiéndose del otro lado del castillo, fracasaba estrepitosamente.

Jane entró corriendo a mi habitación sin tocar, como siempre lo hacía, y pude ver en su rostro infantil que estaba bastante horrorizada por todo el escándalo que se escuchaba.

Seguramente se oiría hasta el otro lado del planeta.

-¡Madre…! Mi señor esta acabando con todo el mobiliario del ala este… esta furiosísimo y no deja de decir incoherencias…-

Caminé con parsimonia hasta el espejo de cuerpo entero que adornaba una de las esquinas de mi habitación, me quedé observándome durante un tiempo, tratando de encontrar la manera de calmar a mi esposo, quien estaba bastante irascible desde hacía una semana, tiempo en el cual regresamos de nuestra fallida misión de "castigo" y "recolección" de talentos de donde los Cullen, la cual fue un fracaso total, y esto lo tenía al borde de la locura, pues no había dejado de romper cosas en todo ese tiempo, era ese el causante de mi dolor de cabeza.

De improviso, me percaté de que el ruido se había detenido, y mirando durante un segundo a Jane a través del espejo, nos precipitamos casi corriendo hacia el salón de audiencias, no fuera que Aro se hubiera vuelto loco y le diera por salir a la calle a plena luz del día para mostrarse frente a todos los humanos.

Llegamos de inmediato al salón, donde un bastante preocupado Demetri nos observaba, mientras que Félix simplemente nos echó un vistazo, deteniéndose durante un largo momento en Jane, observándola fijamente con los ojos cargados de lascivia. Rodé los ojos, esos dos eran exactamente iguales, solamente pensaban en satisfacer sus deseos carnales a todas horas, si ella no fuera una vampiresa, seguramente estuviera llena de pequeños humanos y con la barriga mas grande que una casa.

Las puertas se abrieron y me quedé pasmada. Aro simplemente estaba sentado en su silla, que digo sentado, desparramado era la palabra, como un muñeco sin vida, totalmente ajeno al desastre a su alrededor, con una cara de depresión que me hubiera partido el corazón si hubiera tenido uno.

Me acerqué despacio hasta él, cuando llegué hasta su posición, me arrodillé frente a él para tratar de llamar su atención, pero sus ojos estaban perdidos en el infinito, se veía realmente como un muerto en "vida", totalmente opuesto a como era en realidad, pues para los que lo conocíamos, era bastante alegre y siempre buscaba nuevas formas de divertirse.

Toqué su rostro tiernamente, mientras sus ojos oscuros se enfocaban en los míos, hacía tiempo que no se alimentaba, pues veía cómo sus ojos habían perdido el brillo que los caracterizaba y decidida a saber de que iba todo eso, sin más pregunté.

-Aro, ¿que te sucede? Desde que volvimos estas tan distinto, dime por favor ¿Qué te pasa?-

Quien nos viera pensaría que nosotros no sentíamos nada, pero él y yo nos amábamos a pesar de todo, a pesar del tiempo y de todas las cosas que habíamos vivido, nos seguíamos amando como la primera vez que nos vimos, hace más de mil años. Se quedó observándome un poco más, y después de algunos minutos, me contestó con desgano.

-Ya sabes que es lo que pasa, ¿Cómo es posible que una simple neófita se burlara de nosotros? ¡Nosotros! Que somos la elite de nuestra raza, esa Cullen ¡Arggh! Estoy que me lleva… pero tengo que encontrar alguna forma… esto no se puede quedar así…-

-Aro, yo pienso que tal vez podrás encontrar nuevos talentos que…-

-¡No! Esto ya no es por sus dones, esto ya es otra cosa, esos… Cullen se burlaron de nosotros, y nos lo van a pagar…-

-¿Y que piensas hacer?- dije exasperada.

Se quedó observándome un poco más, mientras de improviso, sus ojos se iluminaban y su sonrisa se extendía por su rostro, como un niño que acaba de pensar en una nueva travesura. Tragué saliva fuertemente, pues sin querer, le había dado tal vez las armas que nos llevarían a la destrucción.

-Aro…-dije con voz trémula, sin poder evitar el desasosiego que se estaba formando en mi mente.

-Ya sé que es lo que haré… y esta vez, todo saldrá muy bien….- dijo sonriéndome- ahora querida, ¿Qué te parece si nos damos un suculento festín? ¿Heidi?-

-¿Si, Maestro?- dijo la aludida, de quien no me había percatado de su presencia en el salón.

-Necesitamos "comida", pero en esta ocasión, tendrás que lucirte, querida-

-Como usted ordene, Maestro- dijo la pelirroja, mientras se disponía a salir del recinto con toda la artillería que poseía bien dispuesta.

No pude evitar un estremecimiento, pues cuando a Aro se le mete algo entre ceja y ceja, es imposible que se le olvide. Ahora sería cuestión de esperar para ver que era lo que se traía entre manos.

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(Narrador)

El castillo bullía en actividad.

Aro había ordenado a Demetri que buscara a un vampiro determinado, y el buscador se había embarcado junto con Félix y Afton en la búsqueda hacía apenas un par de días. Los mismos en los que Cayo había dado vuelta tras vuelta en el mismo lugar, a punto de hacer una profunda zanja en el suelo.

Aro se mantenía en expectación, con la vista fija sobre la enorme puerta de entrada al salón de audiencias, mientras Marcus simplemente observaba aburrido aquí y allá, siguiendo sin interés el movimiento de los "niños", como él llamaba a Jane y Alec.

De improviso, las enormes puertas fueron abiertas, mientras Chelsea entraba corriendo, deteniéndose apenas para postrarse ante los pies de su amo, extendiendo su mano para que éste pudiera ver sus pensamientos. La sonrisa ensanchó el rostro de Aro, cuando observó a Demetri, Félix y Afton, en compañía de otro par de vampiros, un hombre y una mujer.

Los tres vampiros se arrodillaron a los pies de su amo, mientras los otros dos se quedaban de pie, observando el ritual, atentos a cualquier indicio de peligro. Aunque sabían que si quisieran atacarlos, ya estuvieran muertos desde el principio.

Los ojos de Aro centellearon de felicidad, mientras a su lado, Cayo y Marcus intercambiaban miradas de entendimiento, al darse cuenta el porqué de la presencia de los dos vampiros desconocidos. Aunque Marcus si pudo reconocer fácilmente a uno de ellos, como quien había sido el mejor amigo de aquélla que había sido su esposa.

Se adelantó asombrado hacia él, mientras el hombre lo miraba con recelo, tratando de no moverse, pues sabía que al hacerlo, inmediatamente moriría. Apenas a unos centímetros se detuvo, sintiendo cómo los recuerdos se agolpaban en su mente. Si pudiera, en esos momentos, como en tantos otros, estaría llorando a mares. El recuerdo de su fallecida Dídime le rompía el alma, si es que alguna vez tuvo una.

Aro intuyó sus pensamientos, así que se adelantó hasta él, poniendo una mano en su hombro, en señal de apoyo. Marcus solamente se quedó observándolo algunos minutos, en los que todo pensamiento en su mente fue leído por Aro. El pelinegro únicamente asintió ante los pensamientos de su hermano, conteniendo una mueca de dolor.

Nadie sabía mejor que él mismo el dolor que carcomía día y noche la existencia de Marcus. Aunque todo el mundo pensara que él era el culpable de la muerte de Dídime, ellos dos sabían cual había sido la terrible realidad: ella había enloquecido.

Simplemente un día salió de la seguridad de las sombras, y frente a todo el mundo se paseó a la luz del sol, mostrándole a los humanos cuán hermosa era. Marcus recordaba la sensación de estar viendo un ángel, y después, el terror al darse cuenta de que su querida esposa acababa de romper una de sus principales reglas: evitar que los humanos supieran de su existencia.

El resultado había sido funesto. Los humanos de la época los habían cazado como animales, he ahí de la farsa del falso Padre Marco, donde el mismísimo Marcus había tenido que asesinar a su propia esposa, ante su locura, para salvaguardar la supervivencia de su raza. Aún ahora le parecía escuchar sus gritos desesperados y después, con el sonido de algo desgarrándose, seguido del olor a quemado, el ensordecedor sonido de la turba enardecida que le pedía a gritos que los siguiera exterminando.

Aún ahora no sabe de qué forma consiguió contenerse para no realizar una masacre. Las cientos de figuras humanas que se arremolinaban en la plaza de Volterra nunca supieron lo cerca que habían estado de morir, ni cuánto esfuerzo fue el que hizo por no destrozarlos a todos a su paso.

Hubiera sido tan sencillo…

Se soltó del agarre de Aro, caminando con parsimonia hasta su trono, donde se sentó a observar cómo el que había sido su mejor amigo era interrogado. No sabía si Aro llevaría con éxito su proyecto, pero lo que sí sabía era que el proceso iba a ser por demás entretenido.

-Bienvenidos a nuestra humilde morada-dijo Aro- hace mucho tiempo que no nos veíamos, William, Aranza-

Ambos levantaron el rostro, mostrando la máscara impasible que los adornaba, sintiendo los músculos de su cuerpo totalmente en tensión, listos para defenderse en caso de requerirlo, aunque sabían que no podrían hacer nada. Se habían metido a la boca del lobo, en sentido figurado.

-Aro- dijo el llamado William, inclinándose ante él, haciendo una respetuosa reverencia.

La mujer a su lado, imitó su gesto, observando a sus costados a los demás miembros del clan, quienes se encontraban parados como estatuas inamovibles, esperando una orden de su amo para atacar. Se estremeció al pensar en lo fácil que sería para el fuerte Félix, incluso para la delicada Jane, el hacerlos pedazos.

-Se preguntarán el motivo por el que los he hecho venir- dijo, ante el silencio de ambos, prosiguió- bien, es sencillo, necesito que me hagan un gran favor… por supuesto que sus servicios serán muy bien recompensados-agregó con una media sonrisa.

William D´Ville nunca había temido nada en su vida, más que estar en presencia de aquél vampiro. Sabía que era tan voluble que un segundo estaba de buen humor y al siguiente estaba pidiendo su cabeza con furia. Y ahora, con su querida Aranza a su lado, el miedo le recorría las secas venas, haciéndole preguntarse que pasaría con su muerto corazón si aún latiera.

Volteó a ver a su compañera, quien observaba a Aro como hipnotizada por sus orbes oscuras. Aranza D´Ville era una belleza de piel pálida, cabellos castaños y ojos dorados como la miel rodeados de largas y tupidas pestañas.

La había conocido durante un viaje a América, donde su sed le había hecho viajar hasta México, conociéndola en un oscuro callejón. Antes de darse cuenta, ya tenía su boca firmemente asida a su cuello, mientras ella gemía quedamente, con los ojos marrones bien abiertos.

Cuando la había visto ahí tirada, como una muñeca sangrante, su lado humano, ése que aún conservaba a pesar del tiempo transcurrido, había saltado de inmediato, haciéndole tomarla en brazos para tratar de salvarle la vida. Al ver que era imposible, le transmitió toda la ponzoña de la que era capaz, convirtiéndola en lo que ahora era, una vampiresa suspendida en los veinte años.

Su único miedo siempre había sido que ella no quisiera seguir a su lado, pero este nuevo sentimiento lo embargó por completo, obligándolo a tomar la decisión de hacer lo que fuera para que ella estuviera a salvo. Aunque fuera un terrible error.

-¿En que puedo serviros, mi Lord?- dijo él, apretando la pequeña mano de su esposa entre las suyas.

-Bien, muy bien William, me gusta tu disposición, es lo menos que esperaba de ti…-dijo con una sonrisa- mientras tomamos algo, iré contándote la idea que me ha estado rondando la mente-

Se sentaron alrededor de una mesa que habían dispuesto para la conversación, mientras que a cada momento que pasaba, entre Aro más le iba contando sobre sus ideas, más se iba dando cuenta de que acababa de cometer el peor error de su vida, y que iba a pagar con creces aquello.


Bueno, aqui el segundo cap... nos vemos en el próximo...

Gracias mil por leer...