Puedo ser quien no soy

Pero nunca Suzanne Collins, a quien pertenecen todos los personajes.

...

CAPÍTULO 2

Es reconfortante que la gente camine por las calles sin preocupaciones. Eso sólo ocurre los domingos. Algunos la miran de lejos y le sonríen, casi nadie lo dice pero la gente del distrito siente un poco de agradecimiento hacia ella, sobretodo las familias amplias y hambrientas de la Veta, nadie olvida que gracias a ella este año hay comida extra en la mesa. Por otro lado, también hay gente que al mirarla se escabulle, niños que se esconden, chicas de la ciudad que la señalan, personas que juzgan sus actos durante los Juegos. ¿Y quién no? Ella misma no se había reconocido el día de la entrevista final, tras la coronación, cuando vio la repetición de todas las muertes de las que era responsable. Sólo había intentado salvar a 2 personas: el primero fue Viktor, de su mismo distrito, un chico de 14 años que vivía en la ciudad a quien los profesionales lo habían asesinado sin misericordia; la segunda había sido Rue, la niñita del 11, a quien había asesinado el tributo del distrito1. Por mucho que deseaba ayudarlos (las heridas que ganó habían sido hechas luchando por esas vidas) sólo uno podía salir con vida y el destino había querido que fuera ella. ¿Quién no iba a murmurar entonces? Después de la Primera compra temió que los murmullos se debieran a lo que había hecho y haría en adelante, pero no había forma de que nadie en el distrito se enterara y al parecer los chismes en la tele no daban cuenta de eso.

El sonido característico de la valla electrificada esta ausente, pasa por debajo y se interna dejando las huellas de las botas en la tierra húmeda. Definitivamente el color verde era su favorito y más aún en esas épocas del año. Acomoda la bolsa en el hombro echando un vistazo en el hueco tronco de un árbol tomando el arco y varias flechas sintiendo su cuerpo completo, como si hubiera recuperado una extremidad y casi lo era. Esas armas, aunque fabricadas artesanalmente, eran una extensión de sus brazos y habían sido las herramientas que la habían mantenido con vida durante los Juegos del Hambre. Desde que su padre murió, hacía 6 años, Katniss había comenzado a asistir furtivamente al bosque en busca de plantas comestibles y animales que cazar, todo para que su hermana y ella no murieran de hambre.

El bosque es parte de ella, su hábitat natural y durante los últimos meses el bosque y el día domingo eran su combinación favorita ya que era el único día libre de su mejor amigo y podían pasar cazando, hablando y despotricando contra el gobierno todo el día. Hasta que semanas después de la Primera compra él comenzó a hacerle preguntas sobre sus asuntos en el Capitolio y desde entonces discuten casi todo el tiempo. El bosque y el domingo dejaron de ser una combinación perfecta.

Algo en el ambiente cambia, quizá el viento, quizá las hojas, tal vez un simple movimiento en el suelo pero detiene el paso de repente, con una mano sujeta el arco con fuerza mientras con la otra toma una flecha a su espalda. Al segundo siguiente se encuentra apuntando con la flecha al pecho de un muchacho de la Veta, más un hombre, de ojos grises y piel aceitunada.

_ ¡Hey, cuidado! _ exclama Gale con humor levantando las manos en son de paz.

Ella bufa bajando las armas. Odia la sensación de peligro en la espalda pero es algo que ya no puede evitar.

_ Lamento haberme perdido del cumpleaños de Prim _ comenta sentándose en el sitio de siempre, a su lado en la roca _ Pero puedo darte una descripción detallada del vestido que usó y del pastel. Posy no deja de hablar de eso.

Los dos sonríen. La pequeña hermana de Gale aún conservaba la inocencia y credulidad en la vida, en las cosas buenas y bellas. Hace una nota mental de pedir a Cinna un vestido para ella, mucho más lindo y espectacular que el que hizo para Prim, sabe que los Hawthorne no aceptan dinero ni regalos injustificados de ella desde que fue coronada vencedora pero Gale no se negará si Posy está de por medio.

_ Tengo algo para ti.

Extrae de la bolsa la bufanda café de suave y resistente tela pero antes de que Gale pueda verla él se pone de pie dándole la espalda.

_ No quiero nada del Capitolio. Lo sabes _ claro que lo sabe pero siempre tiene la sensación de que debe compensarlo por algo aunque no encuentre por qué _. Pueden conservar sus lujos, aquí es más valioso un plato de comida.

_ ¡Es un regalo! _ exclama molesta. Últimamente Gale hablaba como si ella no fuera parte del distrito, como si de alguna forma sólo viniera de visita cada cierto tiempo y no fuera más que una superficial habitante del Capitolio _ Le pedí a Cinna que fuera especial para ti: útil para la caza, para el frío, como protección en la mina…

_ ¿Hasta cuándo, Catnip?

La mano de Gale se posa con rudeza sobre las suyas, que sujetan la bufanda. Sabe que busca sus ojos pero no puede mirarlo a la cara, no después de todo lo que hace, él la conoce tan bien que teme que pueda ver todos sus actos a través de sus pupilas.

Gale es su mejor amigo, el único que tiene además de Madge, la hija del alcalde, pero lo de Gale es diferente. Lo había conocido en el bosque, cazando, su padre había muerto en la misma explosión de mina que mató al de ella, y tras compartir trucos y trampas varios días habían decidido compartir el motín y cuidarse mutuamente. Y si odia algo es que el Capitolio, además de quitarle las decisiones sobre su propio cuerpo, también hubiera contribuido al alejamiento de su mejor amigo, pero no había otra opción, no podía decirle lo que hacía.

Hubo un momento, cuando volvió de los Juegos del Hambre que la confusión de lo que sentía por Gale llenó su cabeza un par de días. Con el estómago lleno y los bolsillos con monedas la perspectiva de ser una chica normal de 16 años parecía apetecible. En el abrazo de reencuentro por un segundo imaginó un futuro menos malo, donde quizá, sólo quizá, terminaría casándose con Gale. Sin niños ni nada más, ni siquiera el deseo o el amor estaban implicados, sólo había sido una fugaz idea, después de todo el distrito entero –o al menos la gente del distrito que los conocía- esperaban eso de ellos. No sabía exactamente lo que sentía por su mejor amigo pero estaba dispuesta a tomarse unas horas para definirlo.

Aún no recuerda cómo fue, se suponía que la arena había reactivado sus sentidos y siempre estaba alerta, tal vez era el hecho de que confiaba demasiado en Gale como para advertirlo. No fue hasta que la calidez de sus labios cubrió los suyos que ella comprendió lo que él realmente buscaba… y sentía. El beso fue confuso, ni reconfortante, ni seductor, ni amoroso, más bien era necesario. Estaba claro que Gale había besado a varias chicas, de hecho estaba segura que había compartido algo más que sus labios con alguna de ellas, pero Katniss nunca había pensado en los chicos de otra manera y ahora guardaba ese recuerdo con cariño en el fondo de su ser para que nadie lo tocara, la suavidad de los labios de Gale, la fuerza de su contacto, la humedad de su lengua y el palpitar de su corazón contra su pecho. Si no sintiera tanto asco de sí misma buscaría ese recuerdo más a menudo, esa sensación confusa de alguien queriéndola. Al menos el primer beso había sido de él. Incluso ahora esa idea le parece triste, hermosa e irreal.

-No digas nada- dijo Gale cuando dejó sus labios –Luego habrá tiempo.

Pero no lo hubo, y tras la Primera compra no podía permitir que él se confundiera. Con amargura enterró todas las posibles definiciones de sus sentimientos hacia él pensando que era correcto no saberlo. Era su amigo, sólo eso. La idea de un futuro había desaparecido. Ella jamás podría corresponderle a nadie. Sin embargo, el repentino cambio de actitud de ella le hizo sospechar. Podía engañar a su madre, a Prim e incluso a Cinna, pero jamás a Gale, quien inmediatamente supo que algo estaba y sigue pasando.

Él presiona sus manos entre las suyas, esperando una respuesta.

_ ¿Crees que le convendría al Capitolio mantener a todos esos vencedores holgazanes? _ interroga ella intentando sonar divertida _ Me estoy aburriendo de las propagandas: fotos, más fotos, videos… ¿Te parece que hago algo malo promocionando tiendas de campaña?

Esa había sido una excusa cuando preguntaron por qué el presidente había mandado por ella. Ella había puesto su mejor cara e intentó sonar lo más convincente posible asegurando que de ahí en adelante promocionaría algunos productos por televisión o en revistas, quién sabe, los vencedores eran populares y todas las marcas querían ganar clientes a través de ellos (Finnick Odair aparecía en algunos anuncios televisivos), por lo que debían ir cada cierto tiempo a grabar spots o tomarse fotos. Además, no era raro que no vieran esos anuncios por televisión, la gente del distrito 12 no tenía dinero para comprar esas tonterías, ni siquiera se tomarían la molestia de transmitirlos si es que en verdad existieran.

_ Ya sabes _ continúa _, pudieron haberme pedido promocionar vestidos o qué sé yo, pero como no me mostré muy delicada que digamos en la arena, las empresas de deportes y armas fueron las primeras en…

_ ¡Maldición, Katniss! ¡Mientes muy mal! ¿Por anunciar tiendas te ves más delgada? ¿Es tan agotador que siempre de vuelta pareces ausente? _ entrecierra los ojos antes de seguir, llegando al punto que deseaba remarcar _ Sé que todos son unos hijos de puta que no se conforman con robarte la tranquilidad, también aniquilan tu espíritu. Algún día tendremos la oportunidad de detener esta mierda _ susurra con rabia mirando el cielo _ En las minas los hombres murmuran. Es como si sólo esperáramos algo…

Pero ya no parece que habla con ella; se queda con la vista fija en un punto perdido en sus pensamientos, ella sabe que la palabra REBELIÓN está tatuada en la mente de Gale desde hace mucho y a veces piensa que él terminará organizando un levantamiento. Quizá si pudiera convencerlo de escapar al bosque con su familia y Prim y su madre …

_ ¿Aceptarás mi regalo?

_ Algún día tendrás que decírmelo. No siempre vas a poder sola _ replica él sin apartar la vista del cielo _ Ahora dame eso, espero que te haya costado mucho, es lo mínimo que merezco, ¿no?

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Los días pasan casi sin notarlos siempre que tenga algo que hacer; cada mañana revisa las trampas en el bosque, camina un rato por ahí, quita la piel a las presas, recolectas plantas y vuelve al Quemador a intercambiar o comprar todo para su familia o la de Gale. Aunque seguramente lo sospecha, casi siempre lleva a Hazelle, la madre de Gale, más cosas de las que pudieran darle por 5 ardillas, un conejo y 2 pavos aludiendo el hecho a la buena gente del Quemador dispuesta a hacer tratos con ellos siempre y cuando no dejen de abastecerlos de carne.

Claro que Hazelle no se traga el cuento pero acepta todo lo que lleva incluidas las cosas azucaradas que lleva para los críos ¿De qué le servía todo el dinero que recibía por ser vencedora si no podía compartirlo? De hecho, no podía compartirlo. Reglas son reglas. Qué fácil para la gente del Capitolio dar enormes cantidades de dinero a alguien mientras todos a su alrededor morían de hambre, no obstante eso no le impedía de vez en cuando pagar más por alguna cosa u "olvidar" algo en la zona más pobre. Y a pesar de la indiferencia del Capitolio, lo que más le molestaba era la indiferencia de la gente del mismo distrito. Gente que, aunque no tiene comida de sobra, tampoco es capaz de compartir un plato con alguien que no ha comido en días. ¿Eso no los hacía iguales a los del Capitolio? ¿Cómo puedes pensar en un levantamiento cuando las personas ni siquiera están dispuestas a ayudarse unas a otras?

_Que se jodan solos _ gruñó Haymitch hace meses cuando ella le reclamó no hacer nada por la gente en el distrito _ Suficiente tengo con cargar con sus hijos muertos.

Pero ella no podía ignorar lo que pasaba a su alrededor, los niños hambrientos eran el reflejo de su pasado, cuando nadie se había detenido para ayudarla. Bueno, casi nadie.

Instintivamente gira la cabeza hacia la zona comercial de la ciudad. "Más tarde", piensa, sintiendo el frio reloj en los dedos. Cruza las calles adentrándose en el Quemador, el mercado negro en toda regla del distrito, camina al sitio donde se encuentra Ripper, la mujer manca que vende licor. A veces el dinero que obtenía por los obsequios iba a parar en la bolsa de esa mujer cuando compraba botellas de licor para Haymitch, era su forma de desafiarlo, de reprocharle y de torturarlo. Es injusta y lo sabe, pero él es la única persona en el distrito al tanto de lo que hace.

Los obsequios eran eso: regalos que los compradores le daban, tal vez para acallar sus conciencias o para hacerla sentir valiosa, quizá para conquistarla, tal vez para tirársela gratis alguna vez, o tal vez para que no hablara o... había tantos posibles motivos que no valía la pena pensar en ellos ya que todos la hacía sentir de la misma forma: usada. Vendía algunos sin importar que no le dieran el precio justo, lo importante era deshacerse de ellos; en un momento pensó que podía dejarlos caer en alguna parte pobre del distrito y que quien los recogiera hiciera lo que quisiera con ellos, comer seguramente, pero la gente era tan pobre que sería imposible creer que poseyeran objetos tan valiosos, lo que los llevaría directo al castigo público por ladrones. Un par de aretes especialmente caro tuvo que dárselo a Cinna para que lo vendiera entre sus conocidos, cosa que él no aceptó. En una ocasión arrojó un collar por el retrete. Sólo conservaba uno, el de la Primera compra, un dije de oro e incrustaciones de diamantes que llevaba en un cordón atado alrededor del cuello, le servía como recordatorio para poner los pies en la tierra cada vez que pensaba: "Qué pasaría si…". Entonces tiraba del cordoncito sintiendo la presión en el cuello, enredando los dedos deteniendo la circulación. Con esa acción su propia voz le decía, desde el fondo de su mente: "No eres más que una puta más del Capitolio". Recuerda las palabras de Finnick la última vez que se encontraron en el Refugio: "No, puta no. Acompañante Privilegiado del Gobierno. Deberías aprender a hablar con propiedad". Porque así era como llamaban a los vencedores a la hora de la compra-venta, pero sólo Finnick Odair podía bromear de esa forma al respecto.

En el puesto de Ripper encuentra a Cray, el jefe de los Agentes de la Paz del 12, un hombre viejo al que casi nadie aprecia por el puesto que ocupa. Los Agentes de la Paz son, básicamente, opresores pagados criados en el distrito 2 o en el Capitolio, aunque debe reconocer que los Agentes del 12 no son del todo malos, después de todo compran sus presas, pasan por alto sus fugas al bosque y son de las pocas personas que quieren comprar los obsequios.

Sin decir nada ella le muestra el reloj de oro que guardaba en el pantalón, el último obsequio, él parece maravillado y asombrado, le paga unas monedas de oro y ella desaparece del lugar no sin antes gastar las monedas en el puesto de Ripper. Compra algunas vendas en la tienda para su madre, que es sanadora, un listón brillante para Prim y un jabón de olor desagradable para bañar al gato horroroso de su hermana. Su última parada como cada día que se atreve a entrar es la tienda del viejo panadero, no es que le desagrade el hombre, simplemente que tiene una deuda con alguien de esa familia y no sabe cómo ni cuándo saldarla. ¿Cómo pagas tu vida a alguien? Entra a la tienda, toma algunas galletitas con glaseado de colores y unas hogazas de pan. Hogazas de pan…

-¿Y entonces –escucha una voz a su espalda, sobresaltándola – a tu hermana le gustó el pastel?

Ella sonríe con vergüenza por su reacción y el panadero le devuelve la sonrisa. Pocos días antes había comprado el primer pastel de cumpleaños para Prim, jamás habían podido darse ese lujo, los pasteles eran bellezas inalcanzables para la mayoría de la gente del 12 pero al tener dinero por haber ganado los 74º Juegos del Hambre comprar uno era como un sueño hecho realidad para Prim. El pastel del que no dejaba de hablar Posy, la hermanita de Gale, y no era para menos, hasta daba dolor tener que comerlo ya que el decorado era perfecto: una obra de arte. Prim y ella habían tardado eligiendo entre uno cubierto con lo que llamaban chocolate (y que Prim nunca había probado) que formaba una réplica maravillosa de un banco de peces oscuros, con escamas y todo, y uno decorado con glaseado de flores, diminutas y hermosas. Prim, por supuesto, había terminado eligiendo el de las flores.

_ Al llegar a casa parecía gustarle más _ responde ella _ Todos lo admiraron, creo que nadie quería dividirlo. A Prim siempre le ha gustado admirar sus pasteles.

Cuando Prim era pequeña la arrastraba hasta la panadería para ver los pasteles perfectamente decorados a través del cristal.

El hombre sonríe colocando la compra de Katniss en una bolsa de papel.

_ Se lo agradezco _ dice con amabilidad _ pero temo que me das el crédito de algo que no me pertenece. El glaseado es trabajo de mi hijo más joven. Él tiene algo así como un don para eso.

El hijo más joven del panadero es la razón por la que ella y su hermana están vivas, la deuda que tenía era con él y la había adquirido a los 11 años. Era una deuda que nunca podría pagar. Alguna vez lo intentó y a veces lo sigue intentando, pero siempre parece no ser el momento adecuado. Ese chico rubio, alto y de ojos azules había sido la única persona que la había ayudado cuando morían de hambre, no sabe si había sido realmente ayuda o simple lástima, el hecho era que un día lluvioso semanas después de la muerte de su padre, hambrienta y consciente de que debía llevar algo a su hermana o también moriría, perdió la fuerza debajo de un árbol tras ser corrida de malos modos por la mujer del panadero. Ahí, sola, deseo morir, morir y no ser testigo de la muerte lenta de su hermanita. Ahí, sola, quiso llorar por la indiferencia de la gente. Por no tener a nadie. Entonces escuchó gritos en la panadería y el sonido de un golpe. Al momento siguiente un niño rubio, con una mano roja marcada en la cara, salió con 2 hogazas de pan quemadas en la mano. Por lo que pudo escuchar el chico las había quemado, su madre lo había golpeado y enviado a tirar el pan al cerdo jurándole que se quedaría sin comer por su torpeza. Pero el chico, asegurándose de que su madre no lo viera, había arrojado el pan hacia ella, a sus pies, y sin decir nada se había marchado.

Ese pan le dio esperanza, le había devuelto las ganas de vivir y había traído la alegría a su hermana. No lo identificó en el momento, pero también le devolvió la confianza en la humanidad, descubrió que no todos eran malos. Sin embargo, con todo lo que había pasado en el último año varias veces se preguntó si no había sido un error sobrevivir ese día, se respondía mirando a Prim, quien merecía una vida y no importaba todo lo que ella tuviera que hacer, iba a dársela. Y claro, con todos los recientes acontecimientos se había dado cuenta que toda la humanidad, o al menos una gran parte, podía irse a la mierda.