La alarma sonó exactamente a las seis y dos minutos de la mañana, tal como Arthur lo había programado. No le gustaba poner la alarma a una hora justa que terminase en cero o en cinco. Le causaba una sensación de malestar que no entendía, siempre había sido muy consciente del paso del tiempo y eso le causaba una ansiedad sin sentido.

Se levantó del sofá donde había decidido acostarse al final la noche anterior, no importaba que no fuese su cama ya que era amplio y cómodo. Bostezó y estiró sus brazos con tal de desperezarse, miró por la ventana, el sol comenzaba a levantarse, como si estuviese esperándolo a él. Encendió la televisión para escuchar las noticias a medida que se arreglaba y ordenaba el piso.

Comenzó por limpiar lo que restaba de la pizza de la noche anterior, le había quedado la mitad. No le gustaba mucho comer ese tipo de comidas, las consideraba poco sanas y su sabor no era nada del otro mundo. Lo que le sobró, lo guardó en la nevera y tiró el cartón a la basura. Tras eso, se dirigió a su cuarto para buscar el uniforme de recambio que tenía en el armario, el que traía y Arthur mismo olían a crema y otros fármacos que le debieron poner en la enfermería.

Encendió la pantalla que había en el baño para ver las noticias mientras se relajaba en la bañera. No tenía prisa, las clases comenzaban a las ocho y a penas eran las seis y media. Le gustaba relajarse en la calidez de el agua.

-Nos informan que debido al calor se cancelan las clases el día de hoy en la zona sur, este y sur-este del reino. Se ruega que si salen de casa, se tome mucha agua y eviten ir por zonas soleadas para evitar insolaciones y golpes de calor. Además de...

Así que ese día no habría clases, Arthur se relajó aún más en el baño. No había necesidad de levantarse tan temprano al final. Aunque, para él, el haber visto amanecer ya valía la pena. Además, el no tener que cruzarse con Jones al menos un día ya era motivo de alegría.

Tras unos minutos más salió del agua, rodeando su cintura con una toalla y con otra quitándose la humedad del cabello. Suspiró al ver un moratón en su estómago, no era necesario ocultarlo ya que estaba en un lugar poco visible, aunque tal vez se acercaría a la piscina cubierta del edificio ya que tenía el día libre y hacía calor. Nuevamente acercó su mano hacia aquella zona y tras el brillo azulado, el hematoma desapareció tal como lo había hecho en la enfermería.

Una vez seco, guardó las toallas en la cesta de la ropa sucia junto a su uniforme sucio. Miró la ropa que había traído, obviamente no iba a ponerse aquello ya que no habían clases. Salió del baño completamente desnudo, tampoco es que importara. Vivía solo. Una vez en la habitación buscó ropa cómoda para ir por casa, ya no era hora de ir en pijama pero tampoco pensaba arreglarse mucho. La piscina debía estar cerrada aún ya que por la mañana se encargaban de limpiarla, sería mejor desayunar algo mientras tomaba el té.

Aún tenía que terminar el libro que había comenzado el día anterior por lo que ya tenía algo con lo que matar el tiempo. Su mañana pasó rápidamente y a penas levantó la vista del libro, pudo ver que el sol ya estaba alto en el cielo. Comprobó la hora, poco menos de la una del mediodía. Se había olvidado de almorzar, aunque eso no era ninguna novedad, pocas veces tomaba en cuenta aquella comida. Ya fuese porque no tenía hambre o, en la preparatoria, para no tener que ir a la cafetería y tener un esporádico encuentro por Jones en los pasillos.

Decidió ir a la piscina. Era una buena hora, considerando que pronto la mayoría se iría a comer tal vez tenía la suerte de que no hubiese nadie y podría relajarme. Después de todo, no sabía nadar. Así que tenía que estar en la parte poco profunda donde solían estar los más pequeños, aunque estos le tenían un cierto cariño. No entendía la razón, según las ancianas del lugar era porque tenía mano con ellos y transmitía un aura fraternal que los atraía, aunque no estaba muy seguro de si eso era verdad o simplemente era otra de sus estrategias para adularle y ver si se juntaba con alguna de sus encantadoras nietas, según ellas obviamente.

Se puso el bañador en la habitación y una camiseta que le iba bastante amplia pero no parecía importarle. Salió del apartamento, agradecía que este tuviese seguro por contraseña, así no tenía que llevar la llave siempre detrás. Cogió el ascensor que lo llevaría hasta el sótano donde estaba la piscina cubierta, en el tercer piso una de las ancianas se subió, aunque con un destino sorprendente.

-Buenos días, señora Hamnt.

-Buenos días, Arthur. ¿Vas a la piscina?

-Sí, aprovechando el calor que hace.

-Los jóvenes debéis de haberos alegrado de que no hubiese clases ¿eh? Eso me recuerda que mi nieta tiene problemas en literatura. Tu querías hacer la carrera de literatura clásica ¿verdad? ¿No la ayudarías con un par de tutorías?

Y de nuevo otra de aquellas tácticas para que conociese a sus familiares. Recordaba a su nieta. La primera vez accedió a ayudarla de buena voluntad y se sorprendió al ver que la chica no tenía problema alguno con sus estudios. Pero su personalidad era otra cuestión que no quería recordar.

-Lo siento pero estoy preparándome para los exámenes de ingreso a la universidad que serán en tres meses, cada minuto me es sumamente importante. Esta mañana la he aprovechado para estudiar sobre un tema en el que cojeaba un poco, vea usted, ni en los días libre podemos descansar.

-Quien quisiese tener un hijo tan dedicado como tú, Arthur. Los estudiantes lo debéis tener difícil hoy en día.

Agradecí que llegamos a la planta baja que daba a la calle, seguramente la mujer iba de compras o algo parecido. No quería alargar más aquella mentira piadosa para deshacerme de su nieta. No tenía problema alguno en literatura, era mi pasión y podría recitarle de memoria los libros más célebres de tantas veces que los había leído. Se despidió con una agradable sonrisa y el ascensor continuó con su camino hasta el sótano.

Para su mala suerte, la piscina no estaba completamente vacía. Habían cerca de seis personas, un par de niños estaban en el agua, una pareja -que supuso que eran los padres-, un chico que vivía en el piso de abajo -se lo había encontrado unas cuantas veces en el ascensor- y el viejo conserje que limpiaba la entrada para evitar que alguien se resbalase. Bueno, tampoco era mucha gente y la piscina estaba prácticamente vacía. Iba buscando un lugar donde dejar sus cosas tranquilamente cuando alguien lo detuvo. Le cogía el hombro de manera brusca y dolorosa, las uñas de quien quiera que fuese se estaban clavando en su piel.

-Mira a quien tenemos aquí, nada más ni nada menos que al perdedor de Kirkland.

Aquella voz solo tenía un nombre y apellido, Alfred F. Jones. Arthur se giró en un intento de apartarlo pero esto solo lo llevó a que el otro aferrase su agarre, haciéndole más daño. De reojo vio a los acompañantes de su agresor y adivinó como es que entró en la piscina de un edificio donde no vivía. Aquella desagradable y asquerosa chica tenía que ser el ligue de Jones la noche anterior. Y él que había pensado que hoy la suerte parecía estar de su lado.

Mientras que Arthur se maldecía por haber decidido salir de su casa, Alfred solo observaba su cuerpo con rabia. ¡¿Cómo mierda desaparecían los moratones que le hacía?! Siempre era igual, lo hería mil y una veces y Kirkland solo hacía desaparecer todo como por arte de magia. Sin hablar de la tranquilidad con la que lo veía, continuaba desafiándolo. Eso le producía una rabia inmensurable y al mismo tiempo, le gustaba. Quería romper a Kirkland, hacerlo pedazos, ver como perdía la cordura que tenía y convertirlo en una marioneta sin vida.

-Jones...

-Sí, veo que sabes mi apellido. No esperaba encontrarte en un lugar como este, así que vives en este edificio.

-Eso no es de tu incumbencia. Ahora, suéltame.

-Vamos, no seas tan frío ¿Que tal si te das un chapuzón? Nosotros te ayudaremos ¿verdad, chicos?

Debía huir. Eso es lo que le gritaba su celebro. Pero no podía comparar su fuerza física con la del otro. Antes de que pudiese hacer algo más, lo cogieron por las piernas mientras Jones lo tomaba por los brazos. Forcejeo como pudo, odiaba que ese bastardo tuviese el aura de alguien amigable, todos los de su alrededor lo tomaban como un juego entre amigos.

Detente! Suéltame. ¡No lo hagas! Déjame, por favor.

-Sus deseos son ordenes, señor Kirkland.

Si alguien esperaba que realmente le dejase en el suelo como si no hubiese pasado nada, esa persona, no conocía a Alfed F. Jones. Arthur se vio, de un momento a otro, hundiéndose en el agua. Intento salir de alguna forma pero la desesperación le hizo perder el poco aire que había cogido antes de caer dentro de la piscina. Estaba ahogándose y nadie haría nada para ayudarlo. ¿Que clase de maldito destino era ese? Sintió como poco a poco sus sentidos se desvanecían al tiempo que su espalda tocaba el fondo.

Joder, Alfred, no sale! ¿Y si se ha ahogado? ¡No quiero que me encierren por asesinato!

-Ja, solo debe de estar ahí abajo escondido, buscando alguna forma de escapar de este lugar.

-Al, una persona normal no puede aguanta tanto tiempo bajo el agua.

-Como si Kirkland fuese alguien norm...

Calló al momento en que vio que un chico se tiró al agua. Se lanzó directo hacia donde había caído Kirkland, eso le hizo suponer que iba a rescatarlo. Malditas interrupciones. ¿Cómo podía ser que ese perdedor siempre encontrarse alguna forma de escabullirse? Obviamente no quería matarlo, la cárcel no estaba en sus planes de futuro. Pero quería verlo sufrir. Alfred nunca había sido un abusón hasta que en el primer año de preparatoria donde tuvo la desgracia de conocer a Kirkland. Este era atractivo, inteligente, respetado, responsable y rico. Odiaba la absurda suerte que tenía ese chico, su perfección.

Mientras tanto, Alfred acababa de perder a su madre, una enfermedad extraña que solo podía ser curada en el Reino de Corazones y cuya curación era un coste que su familia no se habría podido permitir ni en un millón de años. Fue un gran golpe para él, le pilló en la peor etapa de su vida. A penas con 16 años, Jones entendió que la vida era injusta. Que habían chicos como Kirkland que nacían en una bonita familia acomodada y nunca tendrían problemas; y habían chicos como él mismo, que por más que se esforzasen, habían objetivos que les serían para siempre inalcanzables.

En sus inicios como matón de barrio, su objetivo no era solamente Arthur, comenzó a golpear y a maltratar a todos aquellos a los que él consideraba como bendecidos. Pero poco a poco le fue perdiendo el gusto a la mayoría de los otros chicos que recibían sus palizas o a los que les quitaba el dinero. Entonces, una obsesión insana nació en él. Quería derrocar a Kirkland. Él era el único chico que -tras varios meses- no se arrodillaba frente a él cada vez que lo veía acercarse. Aún cuando lo tuviese cogido por el cuello contra una pared, sus ojos esmeralda le miraban con superioridad, desafiándole. Así había empezado todo y a día de hoy, continuaba siendo así.

Odiaba a Arthur Kirkland con todo su ser.

-Alguien que llame a una ambulancia.

Las palabras del salvador de Kirkland le sacaron de su pequeño trance en el que repasaba sus razones para odiarle. Se fijó desde el sitio en un inconsciente Arthur que no respiraba. El chico, tras aquellas palabras, comenzó a realizarle la técnica de respiración artificial durante varias ocasiones.

Al, debemos irnos! Si nos reconocen como los culpables, nos pueden acusar ante la policía.

Sus amigos le repetían eso una y otra vez pero él estaba observando fijamente el cuerpo inconsciente de Kirkland como si de hipnosis se tratase. Estaba pálido y nada en él se movía. ¿Y si realmente moría?

No es mi culpa, yo no sabía que él no podía nadar...

Cuando volvió a la realidad, ya estaba dentro del ascensor. Al parecer, sus amigos lo habían arrastrado para que saliese de la piscina. Se apoyó en la pared y desordenó su cabello mientras ignoraba los berridos de sus amigos que buscaban un plan por si alguien los acusaba. Vaya cobardes. Era Kirkland, seguro que salía de esa de una forma u otra, además -siendo rico como era- lo llevarían a el hospital más prestigioso de la ciudad y lo cuidarían asquerosamente bien.

Jones suspiró, aquel accidente le había arruinado el buen humor. Se iría a casa por hoy, su hermano estaría esperándole para comer aunque le hubiese dicho que no iría. Él era así. Antes de pasar la planta baja, apretó el botón que tenía en relieve un cero y salió del ascensor cuando las puertas se abrieron.

-Alfred ¿que haces? ¡No nos puedes dejar así después de lo que ha ocurrido!

-Es verdad. Todo es tu culpa ¿o no? Fue idea tuya el que lanzáramos a Kirkland al agua.

Jones simplemente los ignoró y atravesó el pasillo que llevaba a la salida de ese edificio. No le importaban los berridos de nenazas de sus compañeros. Una vez en la calle, se fijó en su ropa. Ir en un pantalón-bañador y una camiseta no era muy formal que digamos, pero tampoco es que se fuese a ver a la realeza. Simplemente dejó el edificio atrás, como si nada hubiese pasado.

Mientras tanto, en la piscina el ambiente era mucho más tenso. El joven salvador había conseguido que Arthur expulsase el agua pero este aún permanecía inconsciente y eso no era una buena señal. Al menos respiraba, ese era el alivio de muchos.

Los enfermeros llegaron con una camilla a través de la escalera de emergencia y se encargaron de hacerle una revisión superficial al chico tras recostarlo en la camilla. Al ver que no tenían los medios necesarios ahí para ver la razón de su inconsciencia, decidieron que sería mejor llevarlo al hospital. Buscaron con la mirada algún familiar o alguien que les diese -al menos- el nombre de su paciente, el único que se acerco fue el chico que le había salvado.

-Joven, ¿podría decirnos su nombre y el de este chico? Es necesario para que podamos atenderlo en condiciones. También sería perfecto que se avisase a sus familiares.

-Mi nombre es Lukas Bonnewiik y este chico, si mal no recuerdo, es Arthur Kirkland. Según tengo entendido, no tiene familiar alguno.

-Bien, Lukas y Arthur. ¿Le puedo preguntar la edad? Necesitamos saber si es mayor de edad para que nos cuente que sucedió aquí. La señora que llamó simplemente nos dijo que alguien estaba ahogándose.

-Tengo 19 años.

-Entonces, agradeceríamos su colaboración.


Segundo capítulo, no me quedó tan largo como quería pero bueno, la acción comienza a partir de el siguiente. Tomemos estos primeros capítulos como un introductorio a la historia.

Nos aparece un nuevo personaje, Lukas (Noruega). No tendrá mucho protagonismo pero me encanta y además creo que él y Arthur se llevarían bien ya que ambos pueden ver entes que otros no pueden. Y bueno, siempre quise ponerlos en contacto en algún momento, así que ¿qué mejor situación que esta? Obviamente muchas jaja.

Alfred nos da una probada de la razón de su ''odio'' hacia Kirkland pero ¿será simplemente eso? Poco a poco los secretos de ambos irán saliendo a la luz y la actitud de Al os parecerá -a mi ver- más razonable. Aunque no soporto que le haga daño a Arthur :'(

Bueno, ¿que creéis que será de nuestro querido Kirkland? El siguiente capítulo es el desenlace de la primera cuenta atrás y con ello la elección de los soberanos. ¿Que será de nuestros protagonistas? Os espero en el Capítulo 3- Fin de la cuenta atrás.

Agradecimientos:

-Palopaletas: Gracias por comentar y aunque no se puede dar like un comentario me sirve. Me alegra que te gustase y espero que este también.

-Hobbel-san: Aquí la actualización tal como lo prometí. Muchas gracias por comentar, eso me anima a continuar escribiendo. Y bueno, siempre quise hacer un UsUk cardverse pero nunca encontraba una trama que me llegase a gustar ya que en Cadverse todo suele ser bueno y bonito, una reina tsundere y un rey acosa Arthurs; y yo soy más de escribir cosas dramáticas. Espero que hayas disfrutado el capítulo

Bueno, por ahora esos son los agradecimientos que tengo en Fanfiction, espero que os animéis a comentar aunque sea un ''Me ha gustado mucho'' o maldiciones a Alfred, se lo merece. Pero no lo achicharréis al pobre . Y bueno, si hay quienes lo prefieran, en Wattpad también esta esta historia y los agradecimientos a los que comentan por allí.

Un beso y hasta el siguiente capítulo.