Disclaimer: Todo lo que reconozcan es propiedad de la genial J.K. Rowling.
Gunhilda de Gorsemoor
1556-1639
Gunhilda de Gorsemoor revuelve pausadamente el contenido del caldero poniéndole suma atención a lo que hace. Agrega concienzudamente tres cucharadas de polvo de doxy y prosigue con la tarea. La espesa poción no tarda en adoptar un brillante tono azulado que hace que Gunhilda sonría satisfecha. Desde que era una joven estudiante en Hogwarts, la preparación de pociones ha sido una de sus más resaltantes cualidades. No por nada es considerada una de las mejores sanadoras de su generación. Pone toda su dedicación en cada pócima que elabora, trabajando con cariño y entrega.
Le da una repasada final con la varita y observa satisfecha el caldero con la poción ya lista en su interior. Espera con todo su ser que sea efectiva y que sus conjeturas sean acertadas. Ha trabajado en esa receta durante años, investigando cada ingrediente y viajando a los lugares más recónditos para conseguirlos.
Se deshace de su túnica de trabajo y la reemplaza por una limpia pero igual de sencilla. Mira de reojo por la ventana y decide que será mejor llevar la capa si no quiere pescar un resfrío. Afuera hace un frío terrible y la mayoría de magos y brujas de la pequeña aldea mágica han optado por resguardarse en sus cómodos y cálidos hogares. Pero Gunhilda no piensa perder más tiempo.
Se gira hacia el espejo para darse unos últimos arreglos. Este le devuelve la imagen de una mujer encorvada y tuerta. Gunhilda ya se ha acostumbrado a ella. Se acomoda la túnica lo mejor que puede y se coloca un aro dorado en cada oreja. Nunca será bella, eso lo tiene asumido, pero le gusta mantener una apariencia pulcra dentro de lo posible.
Rebusca entre los cajones del pequeño mueble de madera hasta dar con una botellita de cristal. Toma el frasco entre sus manos y vierte cuidadosamente la poción en esta. Guarda el frasco en una canasta y sale de su casa a toda prisa con esta firmemente asida a su mano.
Camina unas cuantas cuadras con lentitud. La joroba supone un problema a la hora de desplazarse. Al cabo de varios minutos se detiene ante una pequeña cabaña a las afueras de la aldea. Esquiva los arbustos que la rodean y llama gentilmente a la puerta. Por esta sale una mujer de cabello rojizo y semblante afligido. Su rostro de ilumina en cuanto ve a Gunhilda.
—Buen día Mabel, venía a ver cómo iba la salud de Robert.
—Está cada vez peor, pasa para que lo veas tú misma.
Gunhilda sigue a la mujer al interior de la casa hasta una pequeña habitación. En ella se encuentra un niño dormido sobre una cama. Su piel exhibe un desagradable color verdoso y pústulas purpuras cubren su rostro casi por completo. Su madre se acerca a él y lo mece suavemente para despertarlo.
—Despierta Robert, mira quién ha venido a verte
El niño abre los ojos lentamente y saluda a Gunhilda tímidamente. Ella se acerca a él y le pone una mano sobre la frente. La encuentra ardiendo en fiebre. El pequeño posee todos los síntomas de una viruela de dragón en estado crítico. Gunhilda extrae el frasco de su canasta y lo destapa.
—¿Qué es eso? —pregunta con curiosidad Mabel.
—Es una poción que he inventado, si todo resulta bien está pócima debería de curar por completo a Robert.
Mabel mira expectante y con el corazón palpitando agitadamente cómo Gunhilda le hace beber a su hijo todo el contenido de la botella. Robert traga con dificultad y hace muecas ante cada sorbo, expresando su disconformidad con el sabor de la medicina.
Al cabo de un rato y después de mucha insistencia por parte de ambas mujeres, ya no queda ni una gota en el frasco. Entonces, poco a poco Robert comienza a recuperar su color natural y las pústulas van desapareciendo. Mabel suelta un chillido de alegría y corre a abrazar a su hijo.
— ¡Oh Gunhilda! ¿Cómo podré agradecerte esto? Has salvado la vida de mi hijo —Mabel mira a Gunhilda con lágrimas de agradecimiento brotándole a borbotones de los ojos.
—No me des más mérito del que merezco querida, me basta con saber que Robert vivirá y tendrá una buena vida.
—No te restes crédito mi buena Gubhilda, has creado la cura que acabará con los pesares de mucha gente.
Robert se deshace entonces del tierno abrazo de su madre y camina hasta quedar frente a Gunhilda. Examina con cautela su ojo tuerto por unos segundos y finalmente sonríe. Alza entonces los brazos hacia ella y la abraza con toda la fuerza de la que son capaces sus infantiles brazos.
—Gracias señorita de Gorsemoor, es usted mi heroína.
Gunhilda le responde el abrazo con delicadeza y no puede evitar sonrojarse ante las palabras del niño.
—Puedes llamarme Gunhilda cariño.
Y cuando Robert se aferra a su cuello y deposita un beso en su mejilla, Gunhilda piensa que no le importa no tener belleza. A cambio, ha sido bendecida con una gran habilidad para hacer pociones y gente que la aprecia verdaderamente por lo que es.
Y es, al fin y al cabo, una heroína.
