¡Llegó su ama, perras!... Ahre, no
Hoy he llegado a la conclusión de que estoy rematadamente loca… ¡Oh, yes! Como han leído, estoy loca… Lo sé, lo sé, es toda una sorpresa sorprendente… Ok, no. Lo cierto es que hoy me siento tonta… No tengo idea de qué escribir, no tengo idea de qué estoy diciendo. Quiero golpear algo y a la vez, no hacerlo.
Aclarando una duda general que me he encontrado entre los lectores; ¡NO, TAI LUNG NO ESTÁ ENAMORADO DE SU HERMANA!... O sea, ¿Qué les pasa? No jodan. Aunque ahora que lo pienso bien, acabo de hacerles un spoiler sobrehumano… ¡Y me siento bien por ello! ^_^
Neh…
No estoy de humor, chicos… Hoy, mi vida fue una mierda… Hoy es uno de esos días en los que quiero enterrarme bajo tres metros de frazadas, con mi portátil y el capítulo más deprimente de una buena serie… Sí, eso haré… Luego de comprar un buen pote de helado.
¡A leer!
Capítulo dos.
A Tigresa jamás le importó demasiado tener o no tener compañía. De pequeña, en aquel orfanato, no tenía muchos amigos. Cuando la adoptaron, apenas si pasó un par de meses antes de que los problemas comenzaran entre Mei Ling y Shifu, además ambos trabajaban casi todo el día y ella quedaba a cargo de una niñera (a la cual jamás quiso, no está de más decir. ¡No le dejaba comer dulces! Es lo peor que podía hacerle a una niña de seis años). En el colegio no era muy sociable, los niños siempre le parecían tontos y demasiado inmaduros para ella (claro que no lo decía con maldad, solo era una pequeña). Tai Lung fue una excepción. Pero él era cuatro años mayor y eso no tardó en hacerse notar. Cuando ella aún era una niña, él comenzaba a entrar en la etapa del "cambio". Intereses distintos. Ella quería jugar con muñecos, él quería irse a andar en patineta con sus amigos… y Tigresa volvía a estar sola. Nunca se quejó, pues jamás le importó demasiado. Tal vez, porque jamás tuvo compañía de verdad. Disfrutaba del poco tiempo que pasaba con sus padres, aunque estos pelearan con regularidad, y también disfrutaba cuando su hermano mayor le contaba historias antes de que se durmieran. A veces, ambos dormían juntos… Cosa que dejaron de hacer cuando Mei Ling se mostró en desacuerdo por aquello. Son un niño y una niña, cada uno debe dormir en su cama, les había dicho y aunque ninguno comprendiera en ese momento por qué se los decía, obedecieron.
Con diecisiete años, si había algo que Tigresa tuviera claro, era que nadie es imprescindible. Así como todos llegan, todos se van en algún momento. No cree en las amistades, no tiene, así como tampoco cree en la "incondicionalidad" de la familia. La relación con su madre se deterioró hace mucho, a su padre lo veía en clases y el fin de semana. Tal vez, solo tal vez, tenía algo de fe en Tai Lung… Sí, Tai Lung era la excepción. Tai Lung y aquel chico; Po.
Todos los días, aquel chico llegaba al colegio y la esperaba en la puerta. A veces, lo veía acompañado por aquel grupito de amigos que tenía, otras estaba solo. Vaya, la eterna amistad, se burlaba ella en silencio. Siempre fue de comentarios mordaces, solo que a veces se los callaba. Aún había a quienes no quería lastimar. Por eso, todos los días escuchaba las tonterías que Po le contaba. Le gustaba su compañía. A veces, ella también le contaba alguna cosilla, otras sencillamente no le apetecía hablar. El chico parecía comprender eso. Presenciaba sus silencios y sonreía ante la risa de ella.
Tigresa no sabe en qué exacto momento se volvieron amigos, pero lo son. Él no se lo preguntó, ella tampoco lo dijo, pero ambos sabían que lo eran. Las verdaderas amistades, son esas que nacen por sí solas, había leído una vez Tigresa en algún lado y estaba completamente de acuerdo.
Este día, como todos los demás, no es la excepción.
Él le acompaña hasta el aula.
Cuando suena el timbre del recreo, él se acerca a ella y le pregunta cualquier tontera, solo por hablar. A veces, se quedan en el salón, otras prefieren salir al patio. Esta mañana, Tigresa no se encuentra de muy buen humor y no hace falta que lo diga para que Po se percate de ello. Lo nota. En como arruga el entrecejo, en cómo se muerde las uñas mal pintadas mientras observa por la ventana. Parece ausente, mucho más que de costumbre. Pero él sabe que no debe preguntar. Lo ha ido aprendiendo poco a poco, así como también ha aprendido muchas cosas de ella.
—Con los chicos iremos el sábado a la casa de Mono —Dice de repente.
Tigresa no levanta la mirada de la hoja sobre la que lleva toda la clase de historia dibujando.
—Hum.
—¿Quieres venir conmigo?
Y de repente, los dedos de ella se tensan en torno al lápiz. La punta se quiebra sobre la hoja, dejando una pequeña mancha sobre esta.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no, Po.
Su tono de voz es tajante. Po ha aprendido que no debe insistir al oírlo… pero igualmente insiste. Acerca más la silla hacia Tigresa, alzando una de sus manos hacia la mejilla de la chica. Le gustaría acariciarla, pero no. Toma entre sus dedos un pequeño mechón pelirrojo y se lo acomoda detrás de la oreja.
—Por favor… —Insiste— Será divertido.
—No le veo lo divertido a ir a la casa de alguien que no conozco.
—Pero podrías conocerlo —Le insta— Anda, di que sí. Video juegos, billar, alguna que otra cerveza y un poco de música.
—No juego video juegos, son una pérdida de tiempo —Comienza a tensarse— No sé jugar billar, no bebo alcohol y si quisiera oír música, usaría mis auriculares.
Po deja caer la mano, conteniéndose de bufar. La observa, sin entender muy bien su reacción.
—Quiero que conozca a amigos, Tigresa.
—Pues yo no quiero conocerlos, Po —De un brusco movimiento, aplasta el lápiz contra la mesa y voltea a verlo— Mira, ve con ellos ¿Si? Nadie te pide que pases tiempo conmigo si no es lo que realmente quieres.
—Yo no dije eso…
—Pero lo insinuaste.
Y aunque no hay lágrimas en aquellos ojos, siempre tan fríos y distantes, Po sabe que ella quiere llorar.
Ninguno vuelve a hablar y cuando suena el timbre para volver a clases, Tigresa desea haber sido un poco más amable. Observa a Po levantarse y dirigirse a su lugar, rodeado por sus amigos y por un momento, se pregunta por qué no dijo que sí… ¿Qué tan malo podría haber sido? Iba a estar con Po, ¿No? Qué importaba si no conocía a los demás chicos.
III
Es viernes. Los viernes Tigresa tiene que ir a la casa de Shifu después de las clases. No es algo que le agrade demasiado, aunque si se pone a pensarlo, tampoco le agrada estar en casa de su madre. Una porque está siempre ausente, el otro porque es tan reservado que es como si no estuviera ahí. Podría decirse que es lo mismo con ambos. Es por es que se detiene en medio de la vereda al ver a Tai Lung esperándole, apoyado contra la moto y con las manos metidas en sus bolcillos. Tigresa hace el intento de una sonrisa, pero este se queda en nada al ver el serio semblante del chico. ¿Y ahora qué le pasa?
Se acerca a él, precavida, avanzando con pasos cortos y medidos. No puede evitar mirar de reojo a su alrededor, mejor dicho, mirar a todas las chicas a su alrededor. Tal como siempre que él va a buscarla, todas las alumnas presentes se detienen a echar un ojo a aquel muchacho en la Ducati. A veces también la observan a ella, lo cual incomoda demasiado a Tigresa, que se muerde la lengua para no gritarles que aquel tonto es su jodido hermano.
—Vamos, bonita —Le llama la atención Tai Lung— Yo no muerdo aún.
¿Bonita?... ¿Acaba de llamarme Bonita?...Ahora no lo duda; Lo de su hermano es serio.
—¿Qué haces aquí?
—¿Esa es tu manera de recibirme?
—¿Qué quieres, Tai Lung?
El parece ir a contestar algo, pero sea lo que sea, calla al ver los ojos de su hermana.
—Vamos, le dije a Shifu que yo te llevaría más tarde.
—¿A dónde vamos?
—Daremos un paseo, ¿Ok?
Tigresa no sabe qué contestar, por lo que solo asiente.
Tai Lung monta la moto y ella le imita, rodeándole la cintura con sus delgados brazos. Algo en su estómago no la deja en paz, un presentimiento, y su corazón se acelera cada vez más. Jamás la fue a buscar un viernes, ni mucho menos le invitó a un paseo en moto. Le gustaría preguntarle qué sucede en ese momento, pero prefiere esperar. Esta vez, el viento en su rostro no es reconfortante, sino todo lo contrario, y opta por ocultarse en la espalda de su hermano mayor.
¿Su madre está en líos?... ¿Shifu ya no quiere verla?... ¿Le pasó algo a Peng?
No sabe qué pensar realmente. Su cabeza es un revoltijo de ideas, presentimientos y sospechas. Tai Lung se detiene al borde del parque central y un tanto confusa, Tigresa se baja de la moto. Está a punto de preguntarle por qué demonios la ha llevado ahí, cuando él le sujeta la mano y prácticamente la jala para que le siga por uno de los tantos caminos asfaltados entre tanto césped y árboles. Ahora sí no le quedan dudas; algo ha pasado. De lo contrario, jamás le tomaría de la mano.
Se detienen junto a un pequeño banquillo de piedra y ambos toman asiento. A su alrededor, los únicos que le acompañan en el parque son algunas parejas de ansíanos y niños que corren de un lado a otro entre las prominentes raíces de los árboles. A Tigresa le tiembla el labio. Tai Lung ni siquiera la mira.
—Tai, me estás asustando.
Silencio.
De repente, él ríe.
Es una risa baja, pero aun así desanimada. Alza una mano para acariciar la pecosa mejilla de su hermana y aun riendo bajito, se inclina para depositar un pequeño beso en su frente.
—Tranquila —Su voz es burlona— No te infartes.
—Pues dime qué carajos te pasa.
—Oye, calma. No quiero pelear.
Y aunque no quiere hacerlo, Tigresa sonríe.
—Peleamos todo el día.
—Sí… Pero no quiero que lo hagamos ahora.
—¿Ah, no?
Sonríe, juguetona, inclinándose hasta apoyar la barbilla en el pecho de su hermano. Es algo que solía hacer de pequeña. Cuando él estaba molesto, cuando no quería jugar, cuando estaba triste o cuando quería ignorarla. Lo hacía para llamar su atención, para que la mirara.
Tai Lung ríe, sus brazos rodean a la pelirroja, la estrechan en un sincero abrazo, y sus labios sobre la frente de ella. Se quedan así por una cantidad de tiempo que no toman en cuenta. Él acaricia los rizos de ella. Ella se deja inundar por el olor de la ropa de él. Huele a colonia y a algo más, a Él.
Tigresa está segura de que podría ronronear. Poco a poco, sus ojos se sienten pesados y todo su cuerpo se relaja. Se siente segura con su hermano.
—¿Tigresa?
Lo dice tan bajito, que ella sonríe. Suena a un arrullo.
—¿Hum?
—Tigresa, vamos… Esto es importante, mírame.
Aun sonriendo, aún con su barbilla en el pecho del chico, ella levanta la mirada.
—Dime.
—Tigresa, me voy de la casa.
III
Es tarde en la noche. Po se encuentra en su cuarto, ya vestido solo con el pantalón del pijama, recostado en su cama y con el celular en su mano. Responde mensajes de Mono, de Mantis y de alguna compañera de la escuela. Ninguna que le interese, no está de más decirlo, pero que responde por cortesía. Las chicas jamás fueron su principal interés en la vida, pero tampoco le emocionaba demasiado tener que rechazar alguna invitación. A su lado, en la cama, hay unas cuantas hojas con anotaciones en ellas. Son deberes para el colegio que no ha terminado y que por ser viernes, no piensa terminar en ese momento.
El celular suena por quien sabe qué vez y pensando en alguno de sus amigos, lo toma para ver qué dice el mensaje. No es de Mono. No es de Mantis. No es de ninguna de aquellas chicas.
Es un mensaje de Tigresa;
"¿Sábado a qué hora?"
Se muerde el labio para no gritar, vitorea en silencio, da un par de saltos en la cama y hunde la cabeza en la almohada para gritar sin que su padre se entere… ¡Es ella!
Le toma exactamente cinco minutos en recomponerse y recomponer su acelerado corazón… O tal vez, dejó pasar cinco minutos a propósito para contestarle y no parecer un desesperado.
"¿Te parece a las diez?"
Recostado boca arriba, con el celular por encima de su cabeza, Po se muerde el labio al contestar.
"¿Mañana o noche?"
"¿Es joda o…?"
"Jajajaja… Solo bromeo. Te espero a las diez en casa del profesor Shifu y si me dices que no sabes donde es sabré que mientes"
Entonces, el celular le cae en la frente y aunque sabe que es imposible de que ella le esté viendo, sus mejillas se tiñen de un suave rosa.
"Te pasaré a buscar. Ponte bonita"
Dos minutos…
Tres minutos…
Cinco…
Seis…
Po mira a la pantalla del celular, un tanto angustiado… ¿Acaso estuvo de mas eso último? Se apresura a teclear alguna excusa, cuando el móvil vibra y el mensaje de ella aparece en la pantalla.
"¿Te parezco bonita?"
Continuará…
