Como no puedo contar bien (?) y la historia de estos chicos se hizo más larga, mi maldito two-shot terminará siendo un three-shot (?)... realmente un fic en sí, solo que corto.

Es increíble como las palabras continuaron y de repente cuando me di cuenta ya iba por 50 paginas y me tocó partirlo en tres.

Creo que estos chicos tienen mucho que contar ;)

Espero que lo disfruten~


Capítulo 2. Lust for life

No recuerdas cuánto tiempo te tomó quedarte dormido, pero cuando abriste los ojos ya era de día y el sol brillaba de nueva cuenta, cruelmente, sobre ustedes.

Te levantaste y saliste donde la fogata estaba encendida otra vez y había una olla sobre esta.

—¿Quieres un poco de sopa de conejo? —te saludó la rubia.

—Gracias, Volumen —le respondiste sin mirarla a los ojos y tomando un tazón donde te sirvió un poco.

—¡Está buenísima! ¿No crees? —te preguntó el pelinegro golpeándote con el codo y sorbiendo de esta.

Él sabía.

Estabas seguro.

¿Acaso quería actuar como si nada?

Hace unas horas los descubriste teniendo sexo, a los chicos con los que habías crecido. Estabas consciente que ya eran adultos y que este tipo de cosas era normal que pasaran.

Sólo que no pensaste que pasaría ya mismo, ni que había algo entre ellos.

¿Dónde quedabas tú en todo esto?

De pronto te sentiste extraño, había algo en ti que era nuevo y te incomodaba.

¿Celos?

¿De qué? ¿De que ambos compartieran un vínculo donde tú sobrabas?

Ya no serían ustedes tres.

Ambos habían decidido llevar su relación a otro nivel… mientras tú solo estabas a un lado viendo el espectáculo.

Y ese pensamiento inundó tu mente.

De pronto comenzaste a sentir esa soledad propia de alguien que no pertenece a ningún lugar.

Tu hogar con ellos dos se volvió un lugar ajeno.

Tu familia se convirtió en un par de desconocidos.

Y esos chicos en adultos que te dejaron atrás.

Ni siquiera habías tenido tu primer beso.

¿Qué tan triste era eso?

Te levantaste y dejaste tu tazón en la olla vacía para que tu compañero lavara los platos. El pelinegro hizo mala cara, pero se dispuso a hacer los quehaceres sin renegar.

Tenías mucho en qué pensar, necesitabas irte de ahí y pasar unas horas solo.

Te dirigiste a la van a buscar otra camiseta y tomaste de las pocas que quedaban limpias.

Escuchaste a alguien dar pasos detrás.

─Hay que hacer lavandería, ¿no crees? ─Te susurró Saeko al oído detrás de ti, debía estar en puntillas para poner su boca cerca de tu lóbulo. Sentiste su aliento cálido.

Te tomó desprevenido su repentina presencia y te erguiste inmediatamente.

─Así parece ─le dijiste con voz forzosamente tranquila─. Hoy le toca a P.

La escuchaste suspirar plácidamente y se apoyó en ti, sentiste sus senos presionar contra tu espalda.

─Aunque la que andas puesta también huele bien.

¿Qué diablos…?

Debía ser imaginación tuya, pero Saeko estaba muy cerca.

La imagen de ella desnuda llegó a tu mente, su cuerpo curvilíneo alumbrado por la luna y los movimientos de ella con tu otro mejor amigo.

Te diste la vuelta y notaste que ella estaba sonriendo.

Pero no era la misma sonrisa de siempre, sus ojos estaban entrecerrados y te miraba fijamente. Notaste que miró tus labios.

─Eres adorable cuanto estás sorprendido, ¿sabes? ─te dijo suavemente.

─¡Iré por más leña! Fue mi culpa que se acabara en primer lugar ─dijiste más fuerte de lo necesario y saliste caminando a paso más rápido del que necesitabas.

¿Qué había sido eso?

Estaba tan cerca, ¿o fue esa tu impresión porque el recuerdo de ella de la noche anterior aún estaba fresco en tu memoria?

Debías controlarte.

Si, Saeko era una mujer preciosa… pero era tu mejor amiga. Y hace unas horas estaba teniendo sexo con tu mejor amigo.

Ellos estaban juntos ahora y no te debías interponer.

Estar ahí con ellos era una distracción para ti ahora. Esas imágenes no iban a dejar tu cabeza dentro de poco, debías alejarte para que ellos tuvieran su felicidad.

Tenías mucho qué pensar.

Ustedes aparcaban normalmente en las afueras de los pueblos lejos del conglomerado de gente, por si necesitaban algo podían conseguirlo cerca. Caminaste por un largo rato y tus pasos te llevaron al baño comunal del pueblo. No estás seguro de por qué llegaste ahí, quizás por toda la plática sobre ropa y lavandería.

Pagaste al dueño del lugar, estaba bastante solo, eras el único. No mucha gente podía costearse el aseo diario, generalmente era algo de una o dos veces por la semana para la mayoría. Te acercaste a la ducha y te quitaste la ropa. El agua fría le cayó bien a tu cuerpo. Te aseaste rápidamente y vestiste con la nueva camiseta y mismos pantalones. Ni siquiera esperaste a secarte, tu cabello humedeció tu camiseta.

Te sentaste en una esquina con tus piernas frente a ti, tus brazos apoyados en tus rodillas flexionadas.

Cuando volvieras al campamento ibas a confesarles que los habías visto la noche anterior y que por el bien de su nueva relación y tu sanidad mental debías dejar el grupo.

Dejar el grupo.

Apoyaste la cabeza en tus rodillas, y cerraste tus ojos con fuerza.

No era como si fueran a morir o algo así, o que se despidieran para siempre. Seguirían viéndose en el Nido y sus pláticas no tenían por qué ceder. Ellos eran tu primera familia, después de todo.

Los odiaste por arruinarlo todo.

Sentiste como si te estuvieran metiendo el filo de tus dos katanas en el pecho. Un dolor punzante que no podías evitar, y te hacía querer gritar.

Los odiabas.

Tanto.

Bueno, no realmente.

Sólo odiabas el hecho que te dejaran atrás.

Tal vez sólo te odiabas a ti mismo porque eras el prescindible entre los tres.

Odiabas no haber sido suficiente para ambos, y que decidieran avanzar sin ti.

Por supuesto que Volumen era parte del club de admiradores del Pequeño Gigante al igual que el resto del mundo, y claro que él había caído ante la chica más bella del Nido.

Suspiraste.

Tus piernas no se movían ni obedecían tus órdenes. Tu cuerpo sabía que cuando te levantaras del piso sucio y mohoso, iniciaría el final de su aventura que ya llevaba cinco años desde que se conocieron.

Pero sentiste una mano revolver tus cabellos.

Te tomó por sorpresa y levantaste la mirada.

El pequeño gigante te sonrió y en su otra mano cargaba una bolsa de lona con mucha ropa.

─Aún estás escurriendo, tienes toda la ropa mojada ─se rio─. Alguien estaba desesperado por bañarse, Volumen dice que saliste corriendo.

─¿Cómo me encontraste?

─¿De qué hablas? Esto fue coincidencia, yo solo vine a hacer los quehaceres.

Te reíste sin ganas, aún sentías las punzadas de tu corazón lastimar tu pecho.

─Tenía mucho calor ─mentiste.

─Todos tenemos calor después de lo que pasó anoche ─Te dijo él mientras le daba vuelta a la bolsa de lona dejando caer toda la ropa sucia.

Te le quedaste mirando mientras él sacaba una porción de jabón y comenzaba a hacer la lavandería.

─¿Qué dijiste? ─Preguntaste incrédulo.

Él se rio fuertemente.

─Sabes que te vi anoche, ¿cierto?

Sentiste como los colores abandonaban tu cara.

─Lo siento ─dijiste con voz ahogada. Y ahí terminaba el plan de fingir que nada había pasado y que todo estaba bien.

─No fue tu culpa encontrarnos ─te dijo encogiéndose de hombros─. Aunque te quedaste mirando un rato.

─De verdad lo siento mucho, yo…

─Volumen es hermosa, ¿no?

─¿Ah?

─¿Eso fue lo que pensaste, no? Es lo que yo pienso cuando la veo, desde hace un tiempo.

─Supongo, sí…

─Tiene un cuerpo increíble.

No tenías idea qué estaba haciendo.

─De acuerdo, lo entiendo. No debí quedarme mirando y eso es obvio. Disculpa, es tu novia ahora y tienes derecho a enfadarte que alguien más la vea.

─No sé qué me sorprende más, que hayas dicho "novia", o que afirmes que la miras como yo lo hago ─te dijo mientras se levantaba y colocaba sus manos detrás de su cabeza.

─¿No es tu novia?

─Es mi mejor amiga, tal como tú.

Te reíste y sonó amargo.

─Sí, claro.

─¿No me crees? ─te miró ladeando la cabeza.

─Creo que el "mejor amiga" quedó muy lejos ya. Está bien, P, no tengo problemas con que su relación haya cambiado ─mentiste nuevamente y suspiraste para decir lo que llevabas pensando desde la noche anterior─. Creo que lo mejor es que los deje solos, si necesitan descubrir lo que tienen ahora y darle un nombre. Es mejor que yo no les estorbe para eso.

Cerraste tus manos en puños y miraste tus rodillas, decir eso y ver sus ojos grises hubiera sido demasiado difícil.

De repente escuchaste un grito nada genial y una caída violenta en el agua.

Levantaste tu mirada y viste el rastro del jabón en el piso, el idiota se había resbalado sobre la pileta que usaban para lavar prendas. No te fijaste en qué momento se había puesto de pie y lo suficientemente cerca de la orilla para caerse.

Exhalaste de forma cansada, y te levantaste para verificar que no se hubiera quebrado la cabeza. Una parte de ti deseó que perdiera la memoria de las últimas doce horas y que todo siguiera como antes. Te reclamaste a ti mismo por pensar de esa manera tan egoísta.

─¿P, estas bien? ─te acercaste a la orilla al ver que tras diez segundos no asomaba la cabeza.

Te arrodillaste en la orilla de cemento e inclinaste sobre la superficie de agua para mirar su silueta en el fondo.

─¿Pequeño? ─preguntaste recordando que él odiaba cuando sólo lo llamaban así, pero genuinamente te estaba preocupando que se hubiera lastimado.

Te tomó desprevenido cuando él sacó su cabeza del agua con impulso y envolvió tu cuello con ambos brazos tirándote con él de regreso. No pudiste guardar tu equilibrio y caíste de lleno sintiendo el frio del agua envolverte por completo.

Tragaste un poco de agua.

Te levantaste y sacaste tu cabeza para respirar y toser. No era tan profunda y el nivel del agua te llegaba al pecho.

Después de la sorpresa inicial, vino el enfado.

─¡Idiota! ─tosiste un poco más─. ¡Eres tan infantil! Maldita sea, me tenías asustado, pensé que te habías-

No pudiste terminar tu regaño porque sus brazos estaban alrededor de tu cuello nuevamente y sus labios sobre los tuyos. Sentiste la suavidad con la que se movieron sobre tu boca, su aliento caliente y la forma que suspiraba en medio de todo mientras las gotas de agua bajaban por tu cuello. Sus rostros húmedos rozando entre ellos, una de sus manos se movió a la parte trasera de tu cabeza manteniéndote cerca e impidiendo que te movieras.

En algún momento te diste cuenta de que estabas respondiendo el beso y que tus manos estaban en su cintura.

Te alejaste de él violentamente.

─¿Q-qué estás haciendo? ¿Qué estamos haciendo? ─tartamudeaste rápidamente.

Él se rio y se acercó nuevamente a ti. Esta vez no te alejaste. Te abrazó por el cuello y acercó su boca a tu oído.

─Eres realmente lindo, ¿lo sabías? Me encanta cuando tu cabello húmedo está por toda tu cara.

Querías decir algo, pero las palabras no se ordenaban, no salía nada de tu boca. Era como si por la caída en el agua tu cerebro se hubiera licuado y no pudieras pensar claramente para dar una respuesta apropiada y coherente.

El pelinegro te dio un beso en la mejilla y continuó hablando.

─Jamás te querría lejos, no quiero que te vayas. ¿Qué no sabes lo importante que eres para mí? ¿Cómo puedes ser tan egoísta en pensar algo así?

─¿E-egoísta? ─repetiste tontamente.

No podías concentrarte porque sentías sus manos levantar el borde de tu camisa y jugar con caricias sobre tu abdomen.

─No quiero que te pongas celoso, Eclipse.

Sus manos subían por tu torso, provocando cosquillas a su paso.

─Eres demasiado atractivo, lo siento si te hice sentir en algún momento que no lo eras ─sentiste un beso en tu cuello y su voz era más ronca─. Tú no sobras, ¿nunca te has dado cuenta de lo mucho que me atraes?

─No… ─contestaste débilmente.

Te tomó de la mano y tiró de ti para guiarte hacia la orilla. Tú lo seguiste.

─Déjame adorar cada centímetro de ti, hace mucho que lo deseo.

Te empujó suavemente hacia la ducha más cercana y la encendió sobre tu cabeza, justo en el lugar donde te habías bañado antes. Y puso sus manos en tu cuello.

Besó tus labios nuevamente, y respondiste.

Besó tu mejilla, y descendió por tu cuello lentamente mientras levantaba tu camisa. Tú sólo suspirabas.

Levantaste tus brazos para quitártela.

Había algo que debía estar en tu mente en ese momento, una persona más que en ese momento no recordabas. Algo en el fondo de tu cabeza te hacía sentir que eso estaba mal pero no podías reunir la fuerza de voluntad suficiente para decirle al chico sobre ti que se detuviera.

Al sentir el frío sobre tu cuerpo, al quedar con tu torso desnudo lo interrumpiste.

─Espera…

─¿Qué pasa? ─te respondió mirándote, la intensidad de sus ojos grises te hizo sentir más pequeño que él.

─Quítate la camisa también.

No estás seguro qué te impulsó a decir eso, pero antes que pudieras registrar tus propias palabras, él se quitó la camiseta sin pensarlo un segundo y la arrojó junto a la tuya a un lado sin cuidado.

Sentiste sus manos desabrochar tu pantalón.

El aire caliente se sintió frio al tacto cuando liberó tu erección. Ni siquiera eras consciente de lo duro que te habías puesto.

─Maldito seas, Eclipse ─lo escuchaste susurrar─. Debí imaginarlo con lo alto que eres.

─¿Qué cosa? ─preguntaste suavemente.

En lugar de responderte viste cómo se agachaba y se ponía de rodillas para meterlo en su boca y sentiste un calor húmedo rodearte, que te hizo aspirar con fuerza entre tus dientes.

Gemiste.

Él lo tomó como una indicación pues comenzó a chuparte con un ritmo lento, llegando cerca de tu base y jugando con su lengua sobre la cabeza.

Suspirabas en éxtasis, jadeabas y colocaste una mano sobre su cabeza sin aplicar presión. Acariciaste sus cabellos negros y los apartaste de su rostro descubriendo sus profundos irises que te miraban fijamente.

La otra mano de él acarició tu abdomen y sentiste fuego sobre cada centímetro de tu ser que tocara.

No estás seguro de cuánto tiempo estuviste así, gimiendo y susurrando su alias.

Vagamente notaste cómo tu cadera se movía para coger su boca.

Los ruidos que provocaba al hacer succión sólo te ponían más duro.

El calor era casi insoportable.

Su velocidad cambió y aceleró, los movimientos se volvieron más profundos e íntimos, y un calor se posó sobre tu vientre, escalofríos que viajaban por todo tu cuerpo, por lo que arqueaste tu espalda y gemiste más fuerte.

─Ya, ah, casi…

Y sentiste como succionó con más fuerza y el pelinegro cerró sus ojos para concentrarse mejor en lo que hacía. No se alejó en ningún momento, el agua de la ducha encendida caía sobre los dos.

─Voy a…

Una de sus manos tomó la base de tu miembro y la otra tomó tu cadera para mantenerte cerca de él, firme.

No pudiste aguantar más tiempo, trataste de avisarle, pero él no se apartó.

Te corriste con los ojos cerrados, tu espalda arqueada y tu cuerpo tenso.

Jadeaste cansado hasta que tu respiración se tranquilizó.

Miraste hacia abajo a tu compañero con su cara cubierta por tu semen.

─¡Lo siento! ─gritaste y estiraste tu mano para limpiar su rostro con tu mano y el agua sobre ustedes.

─Está bien, Aki… amm, Eclipse ─se corrigió rápidamente, casi utilizando tu nombre fuera del Nido. Se rio un poco─. De todas formas, quería probarte.

Se levantó, tomó una gota con un dedo y lo acercó a tu rostro.

─¿Ya lo has probado? ─te preguntó y sin esperar respuesta lo topó en tu labio inferior.

Sacaste tu lengua por inercia y probaste el líquido en su dedo.

─Es un poco salado ─comentaste.

─No es realmente el sabor que tiene, más que nada me gusta la idea de probar algo que viene de ti.

Una vez la nube de tu lujuria bajó y el calor en tu entrepierna alivió, caíste en cuenta de lo que había pasado. Ni siquiera estabas ebrio. De nuevo te encontrabas ante una situación precaria de cómo nada sería igual entre ustedes.

─Mierda, ¿qué acaba de pasar? ─dijiste mientras apagabas la regadera.

─Te la acabo de…

─¡Sé lo que acabas de hacer! ─lo interrumpiste cortante─. Me refiero, acabamos de cometer un grave error.

─¿Te pareció un error? ─te preguntó él tomando su camisa nuevamente y escurriéndola para retirar el exceso del agua.

─Sabes a lo que me refiero ─le indicaste y llevaste ambas manos a tu cabeza─. Oh, por la Bruja Fénix… ¿qué hay de Sa… Volumen?

─¿Qué pasa con ella?

─¿Qué? ─te sorprendía esa pregunta─. ¿Cómo que qué pasa con ella? Tienes que decirle lo que acabamos de hacer.

Mierda, tú y el idiota frente a ti acababan de complicar todo.

Ellos estaban juntos, eran una pareja… ¿y ya había infidelidad? Y tú habías sido la estrella de todo.

─Es una chica lista, no planeo ocultarle lo que pasó, ¿tú sí?

─¡No! Jamás. Pero, ¿cómo crees que reaccionará?

─Tú, señor Eclipse Impuro, te preocupas demasiado. Voy a terminar la lavandería.

No encontrabas qué hacer, él actuaba tan casual de repente. Demasiado casual para haber estado desnudo con dos personas diferentes en las últimas veinticuatro horas.

Te sentiste sucio.

Trataste de controlar tus pensamientos, que te ensordecían con lo rápido que corrían. Pensabas en la reacción de Saeko y en lo que te diría. Pensabas en ella golpeándote o echándote del grupo.

Aún peor, pensabas en ella llorando.

Tus manos se volvieron a la ropa y ayudaste a lavarla.

Pusiste tu camiseta a secar al sol y cuando terminaste te la volviste a poner.

En unas horas ambos iban de regreso con toda la ropa limpia y seca, en tu mente rondaba la pregunta de cuándo sería el mejor momento para decirle a Saeko la verdad. Rogar su perdón y decirles a ambos que te alejarías de ellos para siempre.

─Deja esa cara de preocupón, envejecerás rápido.

─¿Ah?

El pelinegro se rio de ti.

A ti te parecía que él estaba demasiado tranquilo.

Llegaron al campamento que habían hecho con toda la ropa limpia y seca, la guardaron en la maleta que compartían. Saeko apareció cargando un zorro muerto sobre sus hombros, de la boca del animal caían unas gotas de sangre.

─Traigo para la cena y el día de mañana, chicos ─anunció ella triunfante y muy satisfecha consigo misma.

─¡Qué delicia! Es el turno de Eclipse para cocinar ─te señaló el pelinegro.

─¿Ah? Ah… claro, sí yo haré la cena.

Evitaste mirar a los ojos a la chica y en su lugar tomaste un cuchillo para preparar el zorro del desierto.

─¿Quieres que te ayude? ─te preguntó el chico más bajo, sus ojos lucían iluminados. No sabías si era por el hambre o por el hecho de hacer algo juntos.

─Claro, P ─le respondiste con una sonrisa.

─Ustedes… no ─susurró Saeko y dejó caer el zorro al suelo, se escuchó un ruido sordo.

La miraste sorprendido.

─¿Volumen?

─!¿Lo sedujiste?! ─le gritó ella al pequeño gigante─. ¡Por eso vienes todo despeinado!

Él se rio con ambas manos detrás de su cabeza, se miraba extrañamente complacido por su reclamo.

─Eclipse es un chico grande, en más sentidos que uno. Ya es consciente de lo que quiere.

─¿Ah?

─¡¿Qué diablos?! ¡Pero si saliste huyendo de mí! ─ahora ella te reclamó a ti, y luego miró sus pechos tomando uno con cada mano─. ¡No puedo creer que éstas me fallaran!

─Son muy lindas, Volumen ─elogió el pelinegro.

─Tú, cállate. ¿En serio, Eclipse? ¿Te sedujo este enano?

─¿Enano? Disculpa, pero soy El Pequeño Gigante Dolor de cabeza de Oikawa, para ti.

Era cierto, así le decía la gente que los miraba luchar contra los escuadrones del dictador, era como el apodo completo que le dio el pueblo.

─No digas ese nombre aquí, voy a vomitar ─se quejó ella.

─¿Qué está pasando? ─preguntaste en voz alta.

Todo estaba pasando demasiado rápido, intentabas mantener sentido de la conversación que ambos estaban teniendo y cómo sonaba como una pelea entre una pareja, pero al mismo tiempo no había lógica en las palabras que cada uno decía.

─¿Todavía no lo has entendido, amigo? Y tú dices que él es el más listo entre los tres ─le reclamó el pelinegro a la rubia.

Saeko se rio y caminó hacia ti.

─¿Quieres que te lo deletree?

Antes que contestaras con una afirmación, porque tu cerebro sí estaba luchando por entender lo que ocurría; Saeko puso ambas manos a cada lado de tu rostro.

Te acercó a ella y te besó en los labios. Cerraste los ojos, instintivamente, y permitiste que ella te guiara. Sus labios eran extremadamente suaves, incluso más que los del pelinegro, y un poco más gruesos. El beso era diferente al otro, realmente no podías compararlos. Pero te hizo sentir que flotabas de la misma manera, y también te dio ese cosquilleo en la punta de los dedos que te invitaba a tocarla, cualquier parte de ella.

Cuando se alejó de ti, rápidamente miraste al otro chico.

El pequeño gigante estaba sonriendo, y su expresión no era de enfado o celos.

─Y tú querías irte del grupo ─dijo él.

─¿Por qué querías irte? ─la chica aún tenía tu rostro entre sus manos, cuando formuló esa pregunta sonaba herida. Te sentiste culpable.

─Dijo algo así como que tres no cabían en una relación.

Realmente no dijiste eso, ni cerca. Aunque quizás era una forma de poner en palabras lo que pensaste.

─¿Por qué no? Siempre hemos sido nosotros tres, no me imagino sin ninguno de ustedes.

─Así que ¿qué dices, Eclipse? Llevas un rato callado.

─Ah, claro ─. Te aclaraste la garganta. Era difícil concentrarse cuando la sensación de sus labios seguía muy presente en tu recuerdo─. Yo… ─trataste de no tartamudear, porque todo esto era demasiada información. Tu mundo y todo lo que creías saber hasta ahora acaba de girar ciento ochenta grados, pero quizás en el mejor de los sentidos─. Ustedes tienen razón, siempre hemos sido los tres.

Sentiste una calidez en tu pecho al mirar a ambos sonreírte como lo hicieron esa vez.

Pero hay cosas que con el tiempo has olvidado.

Cosas que en su momento te parecieron detalles insignificantes, pero que después que mirabas recostado las pocas estrellas en el cielo negro de la fría noche te hubiera gustado recordar.

No recuerdas los pequeños detalles de ese día.

No sabes si cocinaron el zorro al final, o quien fue que lo preparó y destazó. No recuerdas si alguien fue a guardarlo o lo dejaron tirado para que los insectos y aves de rapiña hicieran lo que quisieran con él.

Sólo recuerdas que ambos te empujaron hacia la tienda de campaña de los tres, cómo los miraste lamerse los labios como si tú fueras su banquete y ellos tus depredadores.

Recuerdas la sensación de emoción en todo tu ser y la anticipación por tocar a las dos personas más increíbles sobre el desierto. El conocimiento que en ese momento te pertenecían y tú a ellos.

Recuerdas la boca de Saeko adherida a la tuya, danzando con sus labios, su aliento mezclándose con el tuyo y sus rubios cabellos cayendo a cada lado de tu rostro provocando ligeras cosquillas. Tu pantalón siendo removido por el otro chico y luego él besándote cuando ella dejó tu boca en paz. No tenías un segundo para respirar y pronto estabas jadeando.

Ambos te dejaron respirar cuando uno besó tu oreja y la otra tu cuello. Sentiste dos manos bajar por tu torso y quitarte la camisa.

Te recostaste sobre tus codos cuando los viste a ambos desvestirse uno al otro y besarse mientras él desabrochaba su sostén.

La imagen de ambos desnudos bastó para ponerte duro otra vez.

Y luego ambos estaban sobre ti de nuevo.

Besando cada parte de tu pecho y abdomen, acariciando tus piernas y tus costados. Dibujando líneas que te quemaban en cada parte que tocaban. Te estaban volviendo loco.

Levantaste tus manos y usaste cada una para explorar sus cuerpos. Había tanta piel por descubrir y probar que no sentías que el tiempo sobre la tierra te alcanzaría.

El abdomen de él, los senos de ella. Los abrazaste acariciando la diferencia entre sus espaldas. Sentiste el musculo debajo de la piel de ambos en sus hombros y dorso, en él sobresalía un poco más, pero en ella la piel era más suave.

Besabas a cada uno, maravillándote con la bella diferencia en sus anatomías.

Te recostaste sobre ella, en medio de sus piernas, sosteniéndote con ambas manos a la par de su cabeza, penetrándola lentamente. No fue difícil porque estaba muy húmeda, comenzaste muy despacio. No eras una persona impaciente, te gustaba tomarte tu tiempo, aunque ella te urgía que te apresuraras.

El pelinegro tomó un poco de la humedad de ella con los dedos para ponerse encima y jugó con tus testículos detrás de ti. Tus jadeos se mezclaban con los de la chica cuando la besabas.

La estimulación de penetrar al mismo tiempo de ser penetrado era exquisita, demasiado para soportar. Tu cuerpo apenas podía con la sensación de tener un cuerpo adelante y otro detrás de ti.

Cada uno de tus sentidos estaba en llamas.

Sentías el aroma de ambos mezclarse para formar una delicia nueva que no conocías, en medio de todos los sonidos húmedos de sus cuerpos chocando entre ellos. La piel tan distinta de ambos rozando con la tuya una y otra vez y el sabor de la piel por conocer, ligeramente humedecida por el sudor.

Eran personas realmente hermosas. Podrías mirar sus cuerpos desnudos toda tu vida.

No recuerdas quien terminó primero y quién al final.

Pero recuerdas escuchar el grito de ambos ensordecido por el tuyo que los acompañó.

Los tres bañados en semen y sus cuerpos calientes. Sus respiraciones comenzar a normalizarse hasta que sólo quedaron acostados. En una maraña de brazos y piernas unos sobre otros.

Ahora piensas que quizás esa noche solo se cenaron ustedes mismos, quizás un lobo se llevó el zorro y nunca lo volvieron a ver. Pero en su mundo nuevo no había preocupaciones, quizás ni siquiera se dieron cuenta de eso, probablemente se fueron a dormir con el estómago vacío.

En su burbuja de perfección cada uno de ustedes se acomodó en un seno de la chica para usarla como almohada. Ella acarició sus cabellos con cada mano. El pelinegro te besó porque tenías tu rostro frente a él. Y ella besó cada una de sus frentes.

─Tenemos que comprar condones ─les dijiste.

─¡¿Qué?! ─exclamó el otro chico ofendido─. Te diré que soy altamente selectivo con las personas que me acuesto.

Bufaste.

─No es porque piense que voy a pescar algo de ti, P ─le dijiste y levantaste tu cabeza para mirar a la chica.

─¿Me estás llamando promiscua? ─cuestionó ella ofendida también.

─Por supuesto que no ─respondiste un poco cansado para tener que explicarte─. Me refiero a que tres es suficiente para este grupo, no quiero que se agregue una persona más que pregunte si le debe decir pap mí.

El pequeño gigante se rio fuertemente.

─¿Puedo ser el papá genial y divertido que nunca castiga ni regaña?

─No, ya eres el hermano mayor genial y divertido que nunca castiga ni regaña para Kei y para Ryuu. No necesitamos que continúes con ese papel.

─Estoy de acuerdo, me da celos que Ryuu te quiera más que a mí ─agregó la rubia.

─Partamos mañana donde Chow Mein por condones y lubricante ─decidiste en voz alta.

─¿Lubricante también? ¡Nos vas a dejar sin carbonos! ¿No podemos simplemente seguir usando a nuestra dulce y natural Volumen?

─Tú te crees un chiquillo muy gracioso ¿no? ─le dijo ella con voz amenazante.

─Vamos, soy gracioso ─le dijo él y besó su pezón, haciéndola suspirar en sorpresa.

─Realmente creo que no está de más comprar ambas cosas ─opinaste.

─Pienso que no es necesario, verás soy súper regular ─dijo ella muy orgullosa─. Esos accidentes no ocurrirán.

Negaste con la cabeza desaprobando las opiniones de ambos.

─Si quieren contar conmigo, necesitaré condones y lubricante para estar tranquilo, y eso es todo ─finalizaste.

Ambos suspiraron derrotados.

─¿Qué haríamos sin ti? ─te dijo el pelinegro guiñándote un ojo.

─Eres el más listo y racional de nosotros ─agregó ella mordiéndose el labio inferior.

Te reíste y los abrazaste a ambos.


En ese momento no pensaste que esos serían los días más felices de tu vida.

Tu día a día con las personas más increíbles que has conocido.

Al ver hacia atrás te pones a pensar que debiste guardar mejor cada recuerdo.

Nunca pensaste que esos días iban a terminar.

Te hubiera gustado memorizar cómo era amanecer con dos personas a tu lado, despertar con un beso sin saber de quien venía hasta abrir los ojos.

Despertar porque alguien estaba tocándote debajo de tu camiseta, o en tus pantalones cuando te miraban con deseo porque lo que más ansiaban en ese momento era a ti y eras tan afortunado por ser elegido por esas dos personas.

La pasión de compartir tu cuerpo y entregarlo a ambos, y verlos a ellos acariciarse y excitarte con la vista. La sensación de ser penetrado mientras cogías la boca de ella, o penetrarlo a él mientras él entraba en ella; estar en medio o en un extremo de ese par de cuerpos que repetían tu alias y tú el de ellos.

Sentir el pene caliente del chico en tu cuerpo, en tu rostro y dentro de ti, besarlo y venerarlo como si fuera tu dios. Escucharlo gemir y rogar por más.

O los dedos de ella cuando se quejaba de ser la única penetrada y los ponía a ambos boca abajo y les prometía que los haría terminar usando sólo su boca y sus dedos. Y lo hacía porque Saeko era así de increíble, ambos estaban de acuerdo en que movía sus dedos con más destreza que ustedes dos.

Luego ustedes le pagaban haciéndola gritar en éxtasis, uno a cada lado, acariciando cada mitad de ella, hasta que sus rodillas se debilitaran y no pudiera pararse por horas.

Pero no todo era sexo, también recuerdas cuando estaban vestidos y las cosas se tornaban cotidianas y a veces, incluso más íntimas.

Cuando cubrían tus ojos de forma juguetona y reconocías las manos de ambos, más pequeñas que las tuyas. Unas eran más suaves y las otras más ásperas.

Te encantaba el olor de ellos impregnando tu ropa y tu piel.

Comer de la cocina de cada uno, y enorgullecerte que tu comida era la más deliciosa y mejor preparada.

Te gustaba también, acariciar sus rostros y sus cabellos y notar la belleza tan propia de cada uno.

Quizás lo demostraste, pero te hubiera gustado decirle a él que lo amabas. En el fondo sabes que él siempre lo supo, era un chico listo.

Ella se recostaba en tu hombro mientras observaban a él impartir los principios de ser un killjoy, y la gente lo escuchaba, hipnotizados por todo lo que decía. Pero no la clase de hipnosis que suponía el líder de todo el mundo, más bien una felicidad y ganas de escucharlo por el deseo propio de las personas por libertad.

Y por las noches el chico tan admirado por el pueblo, amado por el Nido y ansiado por el mismísimo Oikawa te pertenecía.

Las relaciones estaban prohibidas en la lúgubre Ciudad Batería y el sexo era utilizado con fines reproductivos, pero aquí afuera donde no había reglas, podían entregarse el uno al otro sin ningún tipo de inhibiciones.

─Deberíamos mandarle un video de nosotros a Oikawa ─comentaste una vez cuando tus piernas estaban entrelazadas con las de los otros dos y te mantenías desnudo con ellos.

El chico pelinegro explotó en risas.

─Nah, va a querer unirse a nosotros ─dijo él.

Y tú te reíste.

─Si olvidas que es un tipo asqueroso que arruinó el mundo, creo que tiene algo de encanto ─intervino la rubia.

─¿Oikawa te parece atractivo? ─preguntaste sorprendido.

─¿A ti no? ─te cuestionó ella.

Dudaste por un momento y comenzaste a recordar la imagen del tipo de las gigantescas pancartas y rótulos con el forzoso mensaje positivo de "sonríe", su cabello castaño y perfectamente peinado, sus ojos moca y la sonrisa blanca con dientes perfectos que lo hacían parecer un maniquí.

En tu mente comenzaste a desvestirlo y a imaginarlo desnudo. Te tomaste la libertad de darle buenos atributos, pero el tipo lucía tan perfecto que parecía un muñeco más que una persona de verdad.

─Supongo que podrías decir que sí ─respondiste.

─Mjm ─asintió el pelinegro─. Yo lo cogería.

No sentiste celos, más bien explotaste en risas.

─Oh vaya, puedo imaginarlo. El gran líder Oikawa en cuatro dándole oral al Pequeño Gigante.

Todos se rieron de eso.

─Nos calcinaría vivos si nos oyera hablar ─dijo Saeko.

─¿No creen que sería una buena foto para poner en el Nido? ─preguntaste.

─No me llama la atención. Los prefiero rubios ─dijo el pelinegro tocando el cabello de ustedes dos.

En medio de risas y suposiciones sobre las cosas que realmente no querían hacer, pero era divertido discutirlas; pasaron la noche hablando, bromeando y acurrucándose entre ustedes.

Duró unos cuantos años, pero si hubieras sabido que esos días tendrían fin te hubiera gustado recordar qué día era ese, o cómo era el clima… el olor de la madera quemándose en la hoguera por la noche. O el color de la ropa que traían puesta y se quitaban sin cuidado.

Porque no esperabas que ustedes no fueran otra cosa más que intocables, porque cuando recordaste qué significaba la mortalidad y qué era la fragilidad de una vida humana te cayó como un balde de ladrillos sobre tu cabeza.


Fue en un día normal, completamente igual a cualquier otro.

Los killjoys levantándose por la mañana para acusar la doctrina de Better Living como falsa, escuchar los murmullos del pueblo y a todos estar de acuerdo con la estrella del Nido, con todos los rebeldes.

Subirle el volumen a la radio donde el Doctor Muerte contaba las noticias de todos los horrores que descubrían cada vez más de Ciudad Batería, información que el amigo encubierto de tu hermano les pasaba en correos electrónicos y mensajes.

La gente aclamando "¡Pequeño Gigante!" una y otra vez.

Él ni siquiera se vanagloriaba ante eso, él decía que sólo era un chico que quería pelear contra el sistema tan roto. Invitaba a la gente a unirse a los Killjoys y cada vez más jóvenes se unían a su grupo.

Fue uno de esos días.

Que él se alejó porque un tipo le dijo que lo admiraba y que quería darle algunas armas para luchar. El tipo traía una capa porque quería cubrir su rostro de cicatrices que los draculoides le habían hecho cuando era un niño, eran marcas enormes por todo su rostro que le daban un aspecto grotesco y poco humano, te dio un poco de lástima.

El Pequeño Gigante era un poco ingenuo y lo siguió.

Tú has sido fiel seguidor de tus instintos así que fuiste detrás de él, sin hacer mayor ruido. Algo te movió en ese momento para no dejarlo solo.

Cuando el tipo se disculpó te diste cuenta de que era una emboscada.

─Tengo que comer, Pequeño Gigante. Y todos buscamos cómo sobrevivir.

El desconocido salió corriendo con una bolsa de monedas de oro en sus manos.

El Pequeño Gigante se rio al ver los diez draculoides a su alrededor.

─Siéntate, Eclipse. Disfruta del show ─te dijo lleno de confianza.

Algo no te sentaba bien, los draculoides no solían planear de esta forma. Sólo aparecían y peleaban, no aislaban a sus compañeros para conquistar por separado.

Era una movida planeada, pensada, era demasiado trabajo para esos descerebrados. Una alarma se activó dentro de ti.

─¡Ten cuidado!

─¡Siempre lo tengo! ─te respondió él de forma necia.

Y lo viste danzar, girar a un lado y a otro. Escalar a uno y empujarlo para chocarlo con la cabeza de otro. Disparar en el cuello de uno y en la cabeza de otro. Uno por uno los fue derribando, como peones en un tablero.

Mientras tanto había uno que sólo se quedaba mirando a unos metros de distancia, como si analizara la situación.

Debiste gritar que ése era diferente, quizás el resultado hubiera cambiado. Si tus palabras hubieran sido rápidas tal vez él las hubiera escuchado y se hubiera podido evitar aquella tragedia.

¡Ese es diferente!

¡P, ten cuidado con ese!

O simplemente hubieras corrido a detenerlo o a ponerte en medio de ustedes para dejar esa daga entrar en tu cuello.

Quizás eras muy joven, muy inexperto, quizás muy ridículo al pensar que nadie podía hacerles daño.

Porque mientras analizabas qué ocurría con ese draculoide, se movió demasiado rápido. Cuando quisiste ayudar había alguien más detrás de ti que te pateó la espalda y caíste hacia adelante. Una especie de metal entró en tu hombro, escuchaste el filo cortar tu carne y un dolor como el demonio, y al girar tu rostro, viste en sus manos una guadaña gigantesca con la punta ensartada en tu cuerpo.

De lejos observaste un látigo en el cuello del Pequeño Gigante y a él luchar contra su propio contrincante.

Debiste morir ahí probablemente, ella debió acudir al rescate de él. Siempre te has preguntado si se arrepintió de esa decisión, jamás te lo ha dicho, ni tú lo has cuestionado. Si ella hubiera elegido ayudarlo, él probablemente seguiría ahí, y quizás tú hubieras muerto.

Pero Saeko acudió a tu rescate, disparando a la espalda de tu atacante. El gritó y se dio la vuelta. Ella disparó luego a su mano en la guadaña, lo que provocó que la soltara. El peso cayó sobre ti y te hizo quejarte de dolor.

─¡Maldita perra! ─gritó él metiendo su mano en su ropa.

No eran cualquier draculoides, estos hablaban. A los que ustedes estaban acostumbrados era a descerebrados que ni siquiera gritaban al sentir dolor o morir. Estos eran diferentes.

El draculoide sacó con su mano sana una daga, debió ser similar a la que usaron en el Pequeño Gigante, según pensaste después. Y lo que escuchaste fue un grito fuerte y terrible, el sonido más doloroso que otra persona haya emitido a tus oídos, y que aún suena en tus pesadillas cuando recuerdas ese día. Quizás porque provenía de ella.

Giraste tu cabeza para notar la cara de Saeko sangrando, su máscara yacía sucia en el suelo, borbotones de ese líquido carmesí manchando la mitad izquierda de su bello rostro, el mango de la navaja sobresalía de donde estaba su ojo.

─¡Volumen! ─gritaste de forma ahogada y lograste levantarte, el peso de la guadaña te hacía perder el equilibrio.

El draculoide sacó una pistola y te apuntó, disparó a una de tus rodillas, luego a una de Saeko. Sus gritos reverberaron por todo el lugar. Aún con toda la adrenalina en tu sistema tus sentidos se concentraban en el dolor y en el miedo a que estaban acabando con ustedes.

¿Cuántas armas tenía ese tipo?

Luego pasó algo extraño, que la única explicación que encontraste tras todos esos años, que repetías en tu mente una y otra vez de los acontecimientos de ese día, es que esos tipos querían que quedaran vivos para contar lo que había ocurrido.

Ya no les hizo daño.

Te empujó con una patada al suelo y arrancó la guadaña de tu piel.

Llamó con un silbido a su compañero y él respondió.

Se fueron corriendo de ahí, desaparecieron en un instante como un par de fantasmas.

Y a sus espaldas oyeron el ruido sordo de un cuerpo cayendo al suelo.

Te arrastraste por la arena y a tu lado Saeko cojeaba hacia el Pequeño Gigante.

No tenía su máscara, y la sangre caía de su garganta, ya había manchado toda su ropa, de su boca caía también y manchaba sus labios formando una cascada sobre su mentón.

─P… ─lo llamaste alcanzándolo con tus manos y poniéndolas sobre su cuello para tratar de detener la hemorragia.

─A-ak…

Él te miró asustado, quizás tenía miedo de morir. O quizás aún trataba de registrar en su mente lo que acababa de ocurrir. Pero al ver a Saeko su expresión se exacerbó, sus ojos se abrieron más que antes y la preocupación llenó sus facciones.

─¿E-estás… bien? ─movió su boca sin producir ningún sonido, sus cuerdas vocales estaban dañadas y su tráquea le dificultaba respirar.

Era una pregunta tonta, no por el hecho que el rostro de ella estuviera completamente lleno de sangre y que eso no fuera señal de estar bien. Más bien porque él estaba muriendo y en sus últimos momentos eligió preocuparse por alguien más.

Sus últimas palabras fueron preguntarle a ella cómo se encontraba.

Tocaste su rostro y lo llenaste de sangre, pero querías acariciarlo mientras aún guardara un poco de calor.

Ella comenzó a llorar.

─No nos dejes ─rogó.

Esa fue una petición injusta, pero no fue culpa de él, jamás quiso dejarlos.

Su respiración se volvió superficial y su mirada se volvió perdida.

Cerraste sus ojos cuando dejó de respirar y la frialdad alcanzó cada parte de él, en un lago de la sangre de ustedes tres.

Sangrar fue lo último que hicieron juntos.


Nos leemos luego~