El Principito

Disclaimer: Ni Star Trek ni El Principito son de mi propiedad, simplemente hago esto porque adoro el Principito y me encanta Star Trek.

Importante: Basada en la historia de "El Principito" de Antoine de Saint-Exupéry. Por consiguiente habrá fragmentos del libro.


La estrella.

(II)

Spock miró impacientemente a su madre, tratando de detener el nerviosismo que escalaba por su estómago—cosa imposible porque era un vulcano y los vulcanos no sienten—. En cualquier caso la experiencia en la que estaba basando su primera tesis estaba resultando más fascinante de lo que había pensado en un primer momento. Había recabado varios datos que debía contrastar, aislar, complementar… Tenía que encontrar la lógica.

Amanda solo pudo sonreír, indulgente, acariciando a penas el cabello negro y liso de su hijo.

—Ya sé que quieres empezar con tu tesis, Spock, pero como familia de tu padre debemos acudir a la cena de la Federación. —Le recordó, agachándose hasta estar a la misma altura que él. —Después te prometo que podrás estar el tiempo que quieras siendo científico.

Spock asintió, sabiendo que sería ilógico negarse a ello.

—De acuerdo, madre.

Dócilmente Spock dejó que su madre le atase el nudo de la corbata, él sabía hacerlo de sobra—conocía todas las variantes posibles para hacerlo—pero sabía cuánto le gustaba a Amanda poder mimarle como si fuera un niño humano. Y Spock disfrutaba de ser tratado tan dulcemente—aunque jamás lo reconociese—.

Sarek entró, vestido tan pulcramente como siempre, a excepción de la corbata que traía en la mano. Comenzó a hablar con su esposa acerca de la cena, mientras que esta tomaba la corbata—tras un suave beso vulcano—y empezaba a ponérsela a su esposo. Spock tuvo que reprimir la sonrisa que quiso nacer en sus labios, recordándose su educación.

Se sentó a esperar, solo, como siempre estaba. No se quejaba, por supuesto que era capaz de superar el hecho de no tener amigos, de hecho tener amigos era un término demasiado humano del cual podía prescindir.

Viví así, solo, sin nadie con quien hablar verdaderamente hasta que tuve una panne en el desierto del Sahara, hace seis años.

Jim resopló por quinta vez en ese segundo, tratando de zafarse de Winona y el horrendo traje que quería ponerle. Sam, a pesar de ser "todo un hombre"—solo tenía nueve años—no podía parar de reír ante las magníficas maniobras que hacía su hermano para escapar del primer traje de su vida.

—¡Vamos Jim! —Exclamó divertido. —Ni que fuera el día de tu boda.

Jim rodó por el suelo—solo con unos preciosos calzoncillos de Star Wars—y se reincorporó frente a su hermano mayor con una ceja alzada.

—¿Qué es eso? —Preguntó, pero su voz fue callada por la del tío Frank.

—¡¿Se puede saber a quién estáis matando?! —Gritó entrando en el salón y dejando atrás su cena.

Jim se encogió y buscó a Sam, quien miró a Frank con repulsión. Siempre decía que un Kirk no podía vivir bajo el yugo de hombres como él—o algo parecido—por eso había tratado de escaparse más de una vez para ir a casa del abuelo. Winona dejó escapar un suspiro, mirando a su hermano con una clara mirada que trataba de expresar cuanto lo sentía.

Frank resopló y salió por la puerta hecho una furia. Winona siempre decía que era una buena persona pero que también tenía mucho carácter, eso era todo. Por eso cuando su madre arrojó el traje a un lado y subió veloz las escaleras se sintió culpable, porque estaría llorando otra vez. Entonces Sam torció el gesto y corrió tras su madre, dedicándole una sola frase a su hermano antes de desaparecer escaleras arriba.

—Deja de ser un imbécil.

Jim cerró los ojos con fuerza, notando como sus orbes azules ardían nuevamente. Respiró hondo y tomó el traje arrugado con manos temblorosas. Empezó a llorar en silencio, como siempre, porque hacía mucho que había descubierto que nadie sofocaría su llanto.

Por ello se limitó a ponerse el traje y callar.

...Estaba más aislado que un náufrago sobre una balsa en medio del océano.

Cuando llegaron a la cena Spock se sintió maravillado por la sala, muy diferente a las de Vulcano. Las paredes eran entera de cristal y del techo colgaba una lámpara de araña en forma de cascada. Las personas—todas de razas diferentes—iban y venían con trajes de lo más variado, los embajadores lucían trajes formales, sus esposas vestidos recatados… Era un espectáculo.

—Madre. —Llamó suavemente. —¿Esto es lo que los humanos llaman carnaval? —Preguntó, recibiendo una sonrisa llena de parte de su madre, acompañada de una risa suave y ascendente.

A penas oía a su madre reír pero, sin duda, era algo muy hermoso.

—No Spock, los carnavales son muy diferentes.

Spock asintió en silencio, comprendiendo que necesitaría un estudio más exhaustivo para poder diferenciar un carnaval de una fiesta. ¿Por qué los humanos tenían tantas costumbres de ocio y, muchas de ellas, tan parecidas?

No le extrañaba que los niños humanos fuesen tan—¿Cuál era la palabra? ¡Ah sí!—torpes. Eso, los humanos eran tan torpes por la forma tan ilógica que tenían de ordenar su mundo.

También iba a añadir eso a la tesis.

Siguió a su madre a través de la gente, observando sin mucho afán cuando de pronto pararon. Alzó la vista—al mismo tiempo que elevaba una ceja— hasta Amanda, quien se agachó un poco para susurrarle con geste solmene y los ojos brillando llenos de amor.

—Desde esa ventana se ve el lugar donde conocía a tu padre. —Le confesó, señalando con un movimiento de cabeza el lugar en cuestión.

Spock miró atónito la ventana, reprimiendo el impulso de correr hasta ella. Amanda sonrió cándidamente, con los ojos chocolate desbordando dulzura. Amaba las pequeñas—casi inexistentes—situaciones en las que su hijo olvidaba ser Vulcano y solo pensaba en saciar su curiosidad.

—¿Puedo verlo? —Preguntó, sabiendo que ese podría ser el último momento de su vida para ser irracional.

Pues era Vulcano y como a tal se le estaba prohibido ser un niño, por consiguiente todo lo que conllevaba serlo era un sueño inalcanzable.

Por eso solo por una vez… No pedía más…

—Por supuesto, pero no te alejes mucho. —Recomendó Amanda, despidiendo a su hijo con una sonrisa.

Spock se escurrió a través del gentío, mientras que Amanda sonreía a Sarek dulcemente. Este no dijo nada, dejó que su hijo—el fruto de dos mundos—corriese como algo que jamás le habían permitido ser: un niño.

Spock llegó hasta la ventana, descubriendo un parque lleno de árboles verdes como la sangre—la vulcana por supuesto—y un pequeño estanque de aguas calmadas llena de patos que dormitaban en la noche. Parecía un paisaje idílico para un vulcano, acostumbrado a la arenosa composición de su planeta, sin embargo—gracias a las fotos de Amanda—, se le antojó todo extrañamente familiar.

Imaginaos, pues, mi sorpresa cuando, al romper el día, me despertó una extraña vocecita que decía:

—Hola. —Clamó una voz a sus espaldas.

Spock giró para encontrarse de lleno con un niño menor que él, un humano de sonrisa llena.

—Hola…—Repitió no muy seguro.

—Por favor, cógeme una estrella. —Pidió el niño de cabellos dorados y ojos azules.

Spock no supo que responder, clavando sus ojos chocolates—como los de su madre—en el niño frente a él. Alzó las cejas ante la expectante mirada del niño, que aguardaba con una pequeña botella de plástico cual cazamariposas en sus pequeñas manos.

Además, el hombrecito no me parecía ni extraviado, ni muerto de fatiga, ni muerto de hambre, ni muerto de sed, ni muerto de miedo. No tenía en absoluto la apariencia de un niño perdido en medio del desierto, a mil millas de toda región habitada. Cuando al fin logré hablar, le dije:

—Pero…—Murmuró Spock, buscando con la mirada a los padres del pequeño. —¿Estás solo?

Repitió entonces, muy suavemente, como si fuera una cosa muy seria:

—Por favor…cógeme una estrella…—Rogó con los ojos azules clavados en los suyos, hipnotizándolo.

Spock tomó la pequeña botella de manos del niño, que le miró con los ojos chisporroteando de alegría. Era algo absurdo, ilógico, pero no encontraba razón—ni ganas—para abandonar al niño que quería una estrella.

Recordé entonces que había estudiado principalmente geografía, historia, cálculo y gramática, y dije al hombrecito (con un poco de mal humor) que no sabía dibujar.

—No sé coger estrellas. —Murmuró Spock, ante la mirada fija del niño que solo sonrió nuevamente.

—No importa. Cógeme una estrella.

—Es matemáticamente imposible…

—No existe el escenario invencible.

Spock arrugó la nariz suavemente, volviendo la mirada al cielo estrellado que se veía a través de la ventana. Examinó los astros con atención milimétrica hasta que finalmente alargó la mano para señalarle una al pequeño, el cual frunció el entrecejo mientras evaluaba la estrella.

—¡No! Esa estrella está enferma. Busca otra.

Spock frunció el entrecejo ¿enferma?... De acuerdo aquel niño humano era más extraño de lo que había pensado. Volvió la vista a las estrellas, indignado porque su astro hubiese sido desdeñado tan velozmente. Mientras el niño sonreía suavemente, situado a su izquierda.

Finalmente Spock decidió señalar otra al azar, exasperado ante las suaves muecas que hacía el pequeño ante los posibles astros que iba a elegir.

—Esa. —Dijo finalmente, a lo que el niño negó con indulgencia.

—¿Ves?... No es una estrella; es un planeta. Venus de hecho…

Spock se quedó sumamente impresionado por la respuesta del niño, quien era capaz no solo de diferenciar las estrellas de los planetas sino que, también, sabía identificar el planeta en cuestión. Solo por eso, se dijo, iba a cogerle una estrella—aunque aún no supiera cómo—.

Spock señaló otra estrella, la más antigua y refinada que se veía desde la tierra.

Pero lo rechazó como a los anteriores:

—Esta es demasiado vieja. Quiero una estrella que viva mucho tiempo.

Impaciente Spock apretó con fuerza—no con demasiada—la botella de plástico y se la devolvió, tratando de serenar su incompetencia y su bochorno. ¿Cómo era posible que no lograra cogerle una estrella?

—Esta es tu botella. La estrella que quieres esta dentro. —Dijo finalmente, desesperado por hallar la estrella perfecta.

Quedé verdaderamente sorprendido al ver iluminarse el rostro de mi joven juez:

—¡Es exactamente lo que quería! —Exclamó mientras miraba la botella entre sus manos. —¿Crees que tendrá espacio suficiente?

Spock le miró atónito durante unos segundos.

—¿Por qué? —Preguntó fascinado ante las preguntas a las que le sometía el pequeño niño rubio.

—Porque la botella es pequeña…

Spock divisó la tristeza y preocupación en los ojos azules, casi como si fuese a caer una llovizna. No quiso que eso pasase.

—Alcanzará seguramente. —Susurró, no pudiendo ofrecerle datos que contrastar. —Te he regalado una estrella bien pequeña.

El niño sonrió, agradecido, murmurando un gracias con sabor a miel. Miró la pequeña botella entre sus diminutas manos, girando el recipiente con suma reverencia.

—No tan pequeña…—Murmuró distraído. —¡Mira! Se ha dormido.

Y aunque Spock sabía que aquello era imposible la sonrisa llena del niño le deslumbro, acompañada por una risa cantarina que ascendía y danzaba a su alrededor como copos de nieve. Era algo que nunca había escuchado—Amanda a penas reía— y le gustaba ese sonido tan melódico.

Y así fue cómo conocí al principito.

Continuará...


Nota: Debido a que los capítulos de "El principito" son muy cortos subiré uno cada día, o cada dos, depende de si mi ordenador está de humor.

Y como siempre se aceptan dudas, quejas, sugerencias...