Disclaimer:Lo dicho, todos los personajes pertenecen a JK Rowling, la trama está basada en el anime/manga de CLAMP: X/1999, pero no es una copia exacta (y ni al menos parecida).

Nota: Posiblemente en este punto el fic les parezca más que otra cosa ABURRIDO, estarán en su derecho de abandonarle sin dar más oportunidad, no obstante, me atrevo a invitarles a seguirlo, no todas las historias comienzan de inmediato a atraparnos y aunque así debería ser, me atrevo a decir que ésta quizá no sea así; si se quedan a mirar, de antemano, mil gracias.

Perseguía un gato negro por una colina verde y fresca, el cielo era azul y las nubes que aparecían de pronto eran blancas y suaves como el algodón; Hermione sonreía vestida con un hermoso vestido blanco, poblado de florecillas, con una diadema en la cabeza y los ojos cándidos y alegres, Luna también estaba feliz, corría de lado a lado luchando contra el viento que la hacía carcajear, como mirando el cielo, vestida de amarillo, con un largo listón en sus cabellos rubios. Me volví para ver el paisaje, el gato estaba sentado en el regazo de Hermione que lo acariciaba lentamente, sonriendo emocionada, Luna dio de saltos para llegar a ella, se tiró al suelo y se puso a mimar al gato; entonces lo vi, eran burbujas, cientos de ellas, perladas, verdes, azules y amarillas, todas viajando hacia mí, me volví para ver si Hermione y Luna las miraban también, pero ellas ya no estaban y cuando me volví hacia las burbujas, noté que no estaba más en aquélla colina, estaba en esa habitación del Ministerio, esa donde había muchos relojes, giratiempos y polluelos que lo bien eran ahora huevos, como luego gallos adultos y enormes.

Busqué por todos lados de dónde habían salido las burbujas y seguí el camino que me marcaban, por entre las puertas, la habitación que giraba y pasando al lado de aquél velo, por el que me pareció escuchar las voces de Fred, Bill y Charlie, discutiendo sobre Quidditch, parecían reírse y por un momento se me llenó el cuerpo de ganas de reír con ellos; hubiera querido volverme a hablarles, cruzar el velo, pero las burbujas se perdían, era como si alguien se las llevara para alejarlas de mí. Seguí caminando, entonces noté que estaba descalza, mis dedos sentían el piso helado pero no tenía frío, era sólo como la sensación muy vívida; crucé una puerta más y todo estaba oscuro dentro, una lámpara pequeña, de esas que brillan blanco, iluminaba a dos personas sentadas en una mesa, como jugando a los dados.

Yo me acerqué, porque las burbujas que me habían llevado hasta ahí, salían de los cabellos de esas dos personas; las burbujas se habían convertido en esferas casi densas, casi de cristal, de dos colores solamente, unas rojas y las otras azules; las rojas de un tono denso, sanguinolento, purpúreo, las azules, de un matiz oscuro, casi negro, como azabache. Me acerqué lento, sentí entonces que traía puesto el camisón, las trenzas me apretaban en la nuca, las manos me hormigueaban como para tratar de sujetar algo con muchas ganas; cuando pude distinguir a la persona que estaba frente a mí, sentado a la mesa, se me hizo un nudo en el estómago y me dieron ganas de llorar de alegría.

-Harry. –Le dije sonriendo, él alzó los ojos y movió la mano sobre la mesa; bajo sus dedos, dos dados permanecían quietos, en el centro de la mesa había unas cartas, grandes, llamativas; intenté acercarme a él, entonces la persona del otro lado de la mesa, que me daba la espalda, se volvió para mirarme; también era Harry, sonriendo altanero, con la frente impecable, límpida, sin cicatriz. -¿Harry? –Pregunté confundida, el que estaba delante mío se puso de pie, soltando los dados de golpe sobre la mesa, los dados rodaron y cuando al fin se quedaron quietos el otro Harry, que tampoco llevaba gafas, los miró fijamente, pareció contar los puntos y cuando vio que seguía ganando, tomó del centro de la mesa, las dos primeras cartas, que entonces me di cuenta, eran fotografías.

Hermione estaba en una de las imágenes y en la otra estaba Ron, me volví a Harry a mi lado y él intento abrazarme; sonreí acercándome para acurrucarme en su pecho, pero cuando me tendió las manos, las noté negras, húmedas, y al aguzar bien mis ojos, me pude dar cuenta de que era sangre la que había en sus manos. Retrocedí asustada, él intentó seguirme, tenía los ojos llenos de lágrimas mientras el otro, el que permanecía sentado, me miraba sonriendo con maldad. No pude evitar retroceder más, los dos eran casi idénticos y sólo el gesto de sus ojos los hacía diferentes, uno lloraba tristemente, el otro sonreía irónico; me ericé de miedo, no podía contener la necesidad de echarme a correr lejos de ahí, me volví mirando el sitio donde estaba y al hacerlo, percibí el largo pasillo aquél donde las profecías descansaban.

Intenté escaparme, correr por entre los estantes, ocultándome de esos dos; uno me asustaba en toda su tristeza y nostalgia, el otro me imponía con su arrogancia y maldad; logré escabullirme sin saber cómo, di vuelta muchas veces, me resbalé otras tantas y empecé a preguntarme si era una pesadilla de verdad o era solamente una realidad espantosa amenazando con tragarme. Estaba acurrucada contra la pared, respirando agitada cuando lo vi, las burbujas venían hacia mí, rebotando en todos lados, en todo lo sólido, pero dejando ondas como si todo a mí alrededor estuviera hecho de agua. Cuando las burbujas llegaron hasta mí, pensé que ellos venían también junto con ellas, pero no fue así, las burbujas habían llegado solas y en poco tiempo, estaba yo rodeada de ellas, rojas y azules; eran tantas y lucían tan bellas que me sentí segura y cómoda, no supe por qué pero tenía la necesidad de tocarlas y cuando me di cuenta, mi mano se extendía hasta una de las azules, al tocarla hubo un brillo impresionante, tanta luz que me cegó, tanta luz que tuve que cubrirme el rostro para que no me quemara, como me temía que estaba pasando.

Me encontré parada en medio del Callejón Diagon, las ventanas y puertas estaban salidas de sus goznes, todo estaba lleno de polvo, todo estaba gris; empecé a caminar yendo hacia Gringotts, hacia Ollivanders, tratando de reconocerlo todo, pero nada parecía lo de antes, nada era ya lo mismo. Salí del Callejón caminando de regreso, pasé por el Caldero Chorreante, estaba abandonado, como si nadie hubiera estado ahí en mucho tiempo, años tal vez, meses quizá, no podría decirlo; en la calle, en Londres, las cosas estaban igual y por más que caminé y caminé, no encontré una sola persona, decidí que tenía que ir al Ministerio y nada más con pensarlo me encontré en ese lugar, bajé por la caseta telefónica y miré en la enorme sala, donde la fuente me esperaba.

Casi me tambaleo, no brotaba más agua de esa fuente, estaba enmohecida y abandonada, estaba opaca y muerta; los grandes vitrales del Ministerio yacían hechos pedazos y el suelo estaba poblado de avioncitos de papel que permanecían sin vida, como si algo hubiera hecho que todo muriera de pronto. Logré entonces enfocar movimiento en los alrededores de la fuente, alguien se movía, caminé hacia allá, ignorando el dolor de los pies que se me estaban hiriendo al pisar la arena densa y los restos de los muros y de los ventanales que estaban por todos lados; eran siete personas sentadas en distintos sitios de la estatua, todos con largas túnicas, el rostro cubierto por las capuchas densas y pesadas. Tuve que acercarme, esperaba poder mirarlos a los ojos, saber quiénes eran, pero cuando me miraron, todos volvieron sus cabezas oscurecidas por las capuchas.

Uno de ellos abrió su mano derecha y de su palma brotó una luz, con un sonido estrepitoso y violento, como un terrible golpe de tambor, un relámpago en medio del silencio, tan fuerte que me hizo llevarme las manos a los oídos; otro más, el que estaba sentado sobre la cabeza del elfo, se volvió a mirarme y pude adivinar que sonreía, su mano alzada hacia el cielo, produjo tal ventisca que un trozo entero del techo cayó al suelo cortado, como se desprende un trozo de mantequilla bajo un cuchillo muy caliente; vi cómo otro se movía suave, alejándose seguido de una sombra que parecía ser un animal, pequeño y veloz; el cuarto saltó de la orilla de la fuente y se fue caminando, pensé que era quizá el menos raro pero no, caminaba sobre el aire, como flotando en el vacío; una figura más pareció correr hacia mí, a medio camino estalló como una estrella, las llamas consumían su túnica por completo, pensé que me impactaría que iba a derribarme, pero pasó a través de mí como si yo fuera de aire; los otros dos parecían estar concentrados en sí mismos y conversaban tomados de la mano, uno tenía un raro brillo en todo el cuerpo y el otro parecía emitir la noche lentamente.

Me acerqué decidida a hablarles, este sueño estaba volviéndome loca, tenía que saber quiénes eran, qué querían de mí; empecé a caminar hacia ellos decidida, porque esos cuatro seguían en la estatua, entonces vi que del centro de ella brotaba una burbuja, como las de antes, roja y brillante. Yo no quería tocarla así que la ignoré y seguí caminando, la burbuja cayó en el suelo a poca distancia de mis pies; al tocar el piso, este empezó a generar ondas repetidas y profundas, cuando una de ellas llegó a mis pies, sentí que el piso se volvía blando y sin poder hacer nada, el agua roja que había dejado la burbuja me tragó de un solo golpe y sentí que iba a ahogarme.

La asfixia iba a matarme, sacudí las manos buscando apoyo, pero no lo encontré en ningún sitio, mis ojos estaba empañados, me era imposible saber dónde estaba; luché por salir del agua, que tenía la densa apariencia de… me asqueé, empecé a contener el aire con fuerza, no quería abrir la boca, no quería llenarme del sabor de la sangre; agité los brazos una vez más para intentar salir a la superficie, cuando me empezaron a zumbar los oídos, me dolía el pecho y me pareció imposible que en un sueño de verdad me estuviera ahogando.

Mientras más me hundía, más me horrorizaba el empezar a distinguir figuras entre el agua enrojecida, como criaturas que se ondeaban y parecían reptar entre la corriente densa y sanguinolenta; intenté nadar, intenté escapar sintiendo ya que necesitaba con urgencia el aire, miré arriba, pero no veía ninguna luz, ningún círculo luminoso que me indicara por dónde había caído en ese foso; me di la vuelta en el agua, distinguiendo mis cabellos que se expandían lentamente, ¿y mis trenzas? Pregunté a la nada, con las mejillas infladas y la sensación de que me miraban. Alguien estaba a mi espalda, podía sentir la corriente que se movía debido a su cuerpo, me volví con un giro y alcancé a distinguir unos pies, la seguí con la mirada, era una mujer, largos cabellos le flotaban en torno a la cabeza y una sonrisa orgullosa le adornaba la cara; se acercó a mí con la velocidad de un pez y me tomó por los hombros, si alguien me hubiera dicho que estaba en lo cierto habría asegurado que era Rowena Ravenclaw, pero no tenía la certeza; sin embargo, esa frente tersa, esos cabellos y ese porte no podía ser otro, las pinturas y estatuas me habían hablado de ella, era ella, no otra.

Fruncí el ceño y me acalambré cuando sonrió mirándome, entonces me soltó como un pececito juguetón y se alejó nadando, hasta entonces noté que tenía cola de sirena y nadaba mejor que una; sentí unas manos heladas a mi espalda y al volverme, creí que me encontraría con Helga, digo, ya que estaba viendo a fundadores muertos, pero no, frente a mí mirándome a los ojos con una arrogancia y una firmeza extraña, me encontré con Pansy Parkinson, que esbozó una sonrisa y me abrazó por la espalda, enredando sus piernas entorno a las mías; me sacudí tratando de soltarme, cuando otra figura más apareció delante nuestro, Lavender, con los cabellos trenzados se asomó a mi rostro riendo divertida, movió su mano como llamando a alguien y Alicia Spinnet, seguida de Hermione, Luna, Cho y Fleur me miraron y sentí que tenía que escapar. Me sacudí para soltarme de Pansy, pero ella rió soltando azulosas burbujas entre tanto rojo, pegó su cabeza al hueco entre mi hombro y mi cuello, Hermione se acercó por el otro lado y me abrazó también, mientras Lavender y Cho, luchaban contra mis cabellos, como si estos fueran tentáculos y ellas quisieran trenzarlos. Miré a Luna con miedo, pero ella y Alicia jugaban tomadas de la mano, girando entre la corriente roja y densa de esa sangre espantosa en la que me ahogaba, ahora lo recordaba, me ahogaba.

Sentí que Hermione susurraba a mi oído y al volverme, vi sus ojos llenos de lágrimas, Pansy murmuraba cerca de mi barbilla y sus ojos llovían lágrimas que se perdían como densos cubos de hielo en el agua a nuestro alrededor. Yo tenía que escaparme, tenía que huir, miré al cielo y nada me decía que pudiera haber superficie, sentí que me secaba lentamente; no pude contenerme más, abrí la boca dejando escapar todo el aire que había retenido dentro de mí y lo siguiente fue caer, no estaban ya las manos de Hermione ni las de Pansy, el agua había dejado paso al vacío y yo caía como una moneda desde un edificio alto, sin parar, sin esperanzas de salvarme del impacto; miré abajo, todo era verde, con pequeños puntos en negro, un negro casi metálico, casi pedregoso; grité, grité mucho con la esperanza de que alguien me escuchara y justo cuando iba a impactar contra la masa verde que esperaba abajo, noté que mi velocidad disminuía y me encontraba atravesando un montón de plantas y malezas que casi cubrían uno de los sitios más importantes de mi vida: Hogwarts.

Estiré mis manos y pude sujetarme de lo que creí era una enredadera, una liana, una planta que se enredaba por todos los árboles con fuerza; me sostuve con toda la que pude y desde ella, meciéndome malamente, pude saltar hasta una cornisa tan amplia para recibir mi cuerpo; descalza como estaba, anduve siguiendo la dirección de los rayos del sol que atravesaban la fastuosidad de esa enigmática selva, casi tan mágica como lo que yo sabía que pasaba dentro de mi ex Colegio. Fui reconociendo los lugares y supe que caminaba hacia la Torre de Astronomía, apresuré el paso cuando creí ver movimiento en ella, entré por una ventana rota y desprotegida y pude ver el abandono del Colegio, parecía que fuera yo la primera en estar en aquél lugar en mucho tiempo; aceleré el paso hasta que llegué a la Torre, subí con toda la energía que el susto y todo lo pasado me habían dejado, no tardé mucho en darme cuenta que había personas ahí arriba, al llegar y verlos de frente, la desesperación me invadió.

Eran siete, cubiertos por largas túnicas como los anteriores, de igual forma, demasiado parecidos, como reflejos en un espejo, pero no eran los mismos; podía sentir un aura distinta, tenían otras intenciones, todos sonreían con cierta maldad, con cierta arrogancia, no pude acercarme mucho, me detuve en seco al pie de la escalera mirándolos; uno se volvió a verme, parecía llorar porque sus mejillas estaban cubiertas de un brillo húmedo, pero sonreía, pensé que con maldad, aunque no podría explicarlo; otro más sostenía a un tercero en brazos, lo miraba a los ojos con una paz absoluta, mientras el que descansaba sobre él parecía dormido, con un brazo meciéndose rozando el piso cubierto de musgo y de raíces, parecían estar diciéndose poesía en un silencio espeluznante, como arrullar a un niño que ha muerto en brazos de su padre; el cuarto, una mujer por sus manos delicadas y blancas, miraba hacia el exterior buscando algo en el horizonte, dibujando círculos en el cielo azul donde ni una sola nube interrumpía su mirada; el quinto estaba dándome la espalda, inclinada la cabeza acariciando un gato negro, el mismo que Hermione había tenido en su regazo, me miró sin que pudiera yo distinguirle el rostro, sonreía arrugando la nariz con ironía.

Pareció querer ir hacia mí, pero el gato dio un salto y salió huyendo por una ventana, él lo siguió arrojándose al vacío y yo ahogué un grito al ver su túnica desaparecer en una caída sin control; una risa de hombre me hizo volverme a los otros, el que reía estaba sentado en el suelo, mirando a otro, que jugaba con una esfera de cristal entre sus manos, buscando algo entre las nubes que adentro le saludaban; alcancé a distinguir un brillo rojo en el interior, mi rostro lloroso y manchado de sangre gritaba dentro de dicho aparato de adivinación. Temblé entera y quise correr, me di la media vuelta y bajé lo más rápido que pude, temiendo que me siguieran, temiendo que intentaran retenerme; los pasos a mi espalda no me engañaban, me perseguían y querían atraparme, el sonido de las túnicas y de las risas eran el aviso de que estaba siendo cazada como un animal; bajé lo más rápido que pude, resbalando entre la hierba que crecía entre los espacios de las piedras del piso, en un descanso de la escalera tropecé y caí rodando el resto del caracol, hasta que di con una puerta que pudo detener mi caída.

Los pasos estaban detrás de mí, no pude volverme a mirar, tenía que huir, me levanté trastabillando y cuando llegué a las escaleras, esas preciosas escaleras en constante movimiento, desorbité los ojos y sentí que el corazón se me hacía un nudo; todo estaba atestado de árboles y una bandada de pájaros azules brotaron desde el piso, alzando el vuelo hacia arriba, donde el techo se había desmoronado empujado por los árboles y las plantas que crecían rumbo al firmamento; escuché pasos a la izquierda y al volver la mirada vi salir de una de las escaleras a dos encapuchados, uno de ellos con la túnica oscura y el otro con la túnica clara y comprendí, que era uno de los que había visto en la Torre, enfrentándose contra uno de los que había visto en el Ministerio, frente a frente seguían pareciendo una sola figura ante un espejo, y sin embargo fui capaz de diferenciarlos bien. Los miré asombrada mientras luchaban saltando de escalera en escalera, mientras éstas, estáticas cada una a medio camino hacia su destino, parecían sostenerlos como a ángeles triunfantes y vengadores; los vi sacar las varitas, arrojarse hechizos tan potentes que iluminaban todo, ahuyentando a las aves y animales que invadían el Colegio, había esferas de luz tan grandes que derribaban los muros y rayos tan potentes que desintegraban la roca.

Y entonces pasó, uno de ellos, no sé cuál, estiró la mano hasta el otro y le jaló la túnica, desgarrándola hasta que me fue posible mirarlo, el otro hizo lo mismo con su contrincante y los dos se encontraron frente a frente, mirándose, retándose; había tal odio en sus ojos que no pude menos que llevarme las manos a la boca para ahogar un grito, no podían ser ellos, no podían estar peleando exactamente entre ellos.

-¡No!... ¡Basta, no peleen más, basta! –Grité, mirándolos sobre mi cabeza, no se volvieron pero empezaron a herirse, empezaron a lastimarse y yo no lo soporté más, no podía ver que ellos, precisamente ellos se hicieran daño; cerré los ojos ansiando despertar, cuando alguien me tomó por la espalda y al abrir los ojos me encontré mirando al vacío. -¡Merlín! –Intenté sujetarme de su mano, de su brazo, pero me orilló, me dejó en el vacío pendiendo apenas de su brazo y supe que estábamos en un edificio muy alto, me sacudí y me volví a mirarlo, era Harry, sin cicatriz, sin gafas, sonriente; no pude contener mi miedo y mi desesperación, le clavé las uñas porque me temía que me soltara, sabía que iba a hacerlo, su sonrisa lo decía, algo en sus ojos me lo anunciaba…

No me equivoqué.

Era una mañana hermosa, el sol entraba por las ventanas de la cocina y Harry James Potter cortaba una manzana, sobre un plato con decorado de No me olvides azules y brillantes; usaba sólo los calzoncillos y una vieja playera gris con la inscripción del Mundial de Quidditch, aquél al que había asistido por primera vez en su vida; se ajustó las gafas y en cuanto terminó, puso los trozos de manzana en dos recipientes y los bañó con yogurt de fresa. Sonriente tomó dos cucharas y con los dos tazones subió las escaleras, ignorando el desorden del sillón, donde una chica rubia y afilada dormía envuelta en una manta verde agua, con un curioso gorrito de borlas fosforescentes; miró sin querer a la puerta frente a la suya y al verla cerrada, no pudo evitar preguntarse si ella estaría dentro, durmiendo con él o si aún no llegaría, si todavía estaría de misión buscando por todos lados.

Ignoró sus pensamientos negativos, quiso imaginar que estaba ahí adentro durmiendo y que sólo la felicidad existía en esa casa; abrió la puerta y entró esperando no despertarla aún, darle al menos los siguientes cinco minutos, pero nada más entrar se quedó de un palmo al verla mirando por la ventana luminosa, tanto, que sus ojos la distinguían como una mujer con la cabeza ardiendo, increíblemente bella y sublime; sonrió emocionado y puso los tazones sobre el estante junto a la puerta e intentó llamarla, pero se había vuelto antes con los ojos anegados en llanto y el labio inferior temblándole peor que una gelatina.

-Ginny, ¿qué pasa? –Preguntó inquieto caminando hacia ella, que no pudo evitar correr hasta hundir su cara en su pecho, la aferró con fuerza espantado.

-Tengo miedo, Harry. –Murmuró a su oído temblando entera, con el ceño fruncido la abrazó todavía más fuerte, alzándola del suelo para llevarla hasta la cama.

-Ginny tranquila, todo está bien… estás conmigo, ¿recuerdas? –Preguntó sonriéndole para calmarla, sentándola sobre la cama, ella empezó a sollozar sin dejar de temblar una sola vez.

-Es que… algo malo está entre nosotros, algo malo está aquí… -Ginny lo alejó un poco para mirarlo a los ojos, sus ojos cafés temblaban igual que una hoja sacudida por un viento fuerte. -… es algo que va a pasar pronto.

-Ginny confía en mí, estamos a salvo, no dejaría que nada te pasara. –Exclamó sonriendo, ella asintió débilmente como si no quisiera aceptarlo del todo, pero luego negó firme y lo tomó con fuerza por los hombros.

-¡Es que eres tú el que está en peligro! –Gritó alterada, Harry frunció el ceño y dejó que lo abrazara otra vez, entonces la puerta se abrió de golpe y Ron, amodorrado y despeinado en una simple camiseta y un pantaloncillo, entro dando de gritos con la varita en riste.

-¡¿Qué pasa aquí? –Tenía los ojos medio cerrados, estaba descalzo y por poco se va de boca al tropezarse con la alfombra, Ginny y Harry al verlo no pudieron evitar reír. –Ah, no pasa nada… no griten, la gente intenta dormir, Luna está en el sillón… -dijo en medio de un bostezo, rascándose la cabeza mientras se daba la vuelta para salir de regreso a su cuarto, entonces vio los tazones sobre el estante, tomó uno y lo miró. -… mmm, yogurt y manzana… -se llevó una cuchara a la boca y salió cerrando la puerta con suavidad. -… sigan, sigan, no interrumpo. –Volvió a bostezar con la boca llena, Harry se volvió a Ginny y le sonrió señalando a la puerta con la frente.

-Lo vez, todo va a estar bien. –Aseguró y Ginny, menos estresada por el sueño, se acurrucó en sus brazos y se volvieron a acostar, había que intentar descansar un poco.

Aún tenía la esperanza de encontrarlo, le dijeron que lo vieron por esos rumbos, por esos bosques, la esperanza todavía era la que la movía; llevaba el hombro dislocado por la última pelea con él, llevaba la herida de la ceja ya seca por la falta de atención, hacía dos horas que había amanecido y seguro Ron la esperaba medio dormido, medio enojado, medio celoso. No se iba a detener ahora, porque tenía que encontrarlo, debía encontrar a ese asesino que se había venido burlando de ella en los últimos meses, por eso seguía caminando, por eso seguía cualquier pista que le dieran.

Hombre alto, rubio de grandes entradas, túnica negra impecable, sonrisa arrogante, tono irónico y ojos grises; esa era la descripción que daba a cada mago con que se encontraba, a cada persona con quien se topaba, pero nadie podía decir con certeza hacia dónde se había ido, sólo eran suposiciones, Creo que iba al sur…, Creo que dio vuelta en esa esquina…, Lo vi perderse en ese bosque... Y caminaba buscando, caminaba con la esperanza de alcanzarlo, de que fuera tan herido como ella aunque era más que obvio que no. Topó entonces con un acantilado, profundo, enorme, estaba tan cansada que el tamaño del lugar debió duplicarse bajo sus ojos agotados; respiró profundo y se volvió al bosque a su espalda.

-¿Dónde estás? –Preguntó a la oscuridad que aún reinaba en ese sitio, helado e inhóspito, se recargó en un árbol y miró al cielo, no podía seguir así, no ese día, no ahora; suspiró y sujetó con fuerza su varita, se desapareció camino a casa, camino a su cama con Ron.

Sobre la rama débil de un abeto, Draco Malfoy sonreía complacido, mirando el vacío en el que Hermione Granger ya no estaba.

-Hacia donde te lleva tu obsesión. –Contestó a una pregunta muerta entre los árboles, saltó de la rama y siguió su camino de regreso al pueblo, necesitaba dormir.

¿Cuánto hace ya que despiertas sola, Fleur? Se preguntaba a sí misma mirando el techo, las sábanas limpias, la cama revuelta y el sol que entraba por la ventana; había un sonido que no la dejaba dormir a veces, una respiración acompasada y triste como un suave murmullo en una noche romántica. Era Bill que se recostaba a su espalda, en el hueco que había dejado casi intencionalmente y que ella se negaba a rellenar; a veces le parecía sentir esas manos fuertes que subían por su espalda hasta su hombro, donde se detenían a jugar con un mechón de cabello, con un poco de tela, con un trozo de piel; entonces sonríe entre sueños y cree que realmente es, pero al volverse a mirarlo, se ha ido, el cuerpo, la respiración y la mano y sólo queda ausencia.

Esa mañana, Fleur Weasley salió de la cama preguntándose encarecidamente lo mismo: ¿Cuánto hace ya que despiertas sola, Fleur? Ojalá pudiera contestar que incluso desde antes que él se marchara, pero sería mentir; la soledad nunca le ha calado tanto como desde la muerte de Bill, por eso salió de casa sin siquiera limpiar o tender la cama, se desapareció en el jardín, ante la tumba del último elfo libre y apareció ante las puertas del granero de su suegra.

Las gallinas hicieron escándalo al verla y los gnomos le ignoraron al pasar; le dolía tanto pensar en lo que iba a ver cuando cruzara la puerta, que se le detuvo el aire en los pulmones sin dejarle respirar; pero es masoquista y en ese preciso momento daría cualquier cosa por ver una cabellera roja, abrió la puerta, sonrió cuando le recibieron y se preparó para vivir su acostumbrado infierno.

-Hace mucho que no te veía, Oliver. –Admitió cuando se hubo sentado y él, con su cuaderno en la mano le sonrió amable sentándose ante ella, se habían reunido en un viejo café destartalado en un barrio muggle conocido, todo para tener una entrevista más cómoda y en familia. –Parece que fue ayer cuando jugábamos juntos.

-En realidad yo preferiría pensar que fue ayer… éramos el mejor equipo del Colegio, el mejor de la historia de Gryffindor. –Exclamó con aquél orgullo de los años de estudiante y ella no pudo menos que aceptar que seguía siendo el mismo obsesivo del triunfo y del juego.

-Sí, eso es muy cierto, los mejores Cazadores, Guardián, Golpeadores y Buscador de la historia de nuestra casa… los mejores. –Un halo de tristeza la envolvió y Oliver no pudo menos que contrariarse y sentirse fuera de lugar. –Pero no has venido aquí a hablar del pasado, estamos aquí para hablar del futuro y del presente, ¿cierto?

-Algo así. –Murmuró riendo a medias, Alicia Spinnet no parecía ser la compañera de Colegio que recordaba, había en sus ojos un aura de tristeza que lo enternecía y lo hacía sentir incómodo; tal vez todos esos rumores que de que Alicia se culpaba de la muerte de su último entrenador, de que había despreciado un buen puesto en el Ministerio y de que no tenía pareja a la vista, eran ciertos; Oliver Wood no sabía a ciencia cierta qué le había pasado a esa chica pero fuera lo que fuera, la habían vuelto más humana, más fuerte, más autosuficiente y al mismo tiempo, tan frágil como una pompa de jabón. –Dime, ¿piensas que este año el Puddlemere United, logre el campeonato de la Liga? –Preguntó para quitarse todas las ideas anteriores de la cabeza, Alicia bebió un poco de su café antes de contestar.

-Tenemos un muy buen equipo y nuestro mayor rival son las Arpías de Holyhead, con quienes jugaremos el próximo fin de semana… si las vencemos, tendremos el campeonato asegurado. –Alicia sonrió segura de lo que decía.

-Ginny Weasley está en el equipo, Alicia. –Comentó sutil Oliver, iluminándosele la cara, Alicia soltó una carcajada; el cuaderno de Oliver estaba sobre la mesa, donde apuntaba de vez en cuando una u otra idea, la risa la subrayó doble.

-Angelina Weasley en los Chudley Cannons y les ganamos, creo que no puedes confiarte a un solo jugador, Oliver y lo sabes. –Alzó una ceja con un dejo de arrogancia, aunque Oliver no pareció turbarse.

-Entonces, ¿el campeonato se vestirá este año de azul y dorado, Alicia? –Interpeló sonriendo seductor, ella se alteró un instante pero volvió en sí antes de decir.

-Por supuesto, no puedo firmarlo frente a testigos, pero sé que ganaremos. –Aseguró confiada, luego miró afuera, Katie saludaba alegremente para que Oliver la mirara, rápido lo hizo mirar con una seña. –Parece ser que vienen a cazarte. –Comentó sonriéndole a Katie que la saludó emocionada y no pudo evitar entrar a saludar.

-Casado ya estoy. –Admitió Oliver y se puso de pie para recibir a su esposa que saludó primero a Alicia con un abrazo, chocando suavemente con ella su barriga de nueve meses de embarazo.

-¡Luces hermosa, Katie! –Exclamó besándole la mejilla, mientras la mencionada reía y se volvía para saludar a su esposo. –Espero que luego de semejante evento, vuelvas al Quidditch.

-Todavía no lo sé Alicia, quisiera pasar más tiempo al lado del bebé. –Katie se sentó a su lado sin dejar de mirar a Oliver que no decía nada.

-Pero Angelina te necesita, los Chudley te requieren, son la pareja estrella. –Le sorprendía un poco que dejara de lado así como así, lo que antes había sido su pasión.

-Es probable que lo reconsidere, aunque al que deberías convencer es a Oliver, Puddlemere lo necesita y el uniforme se empolva en el armario. –Aseguró Katie mirando a su marido que sonrió de lado, emocionado por la mención.

-Cierto, aún estás a tiempo para volver y jugar los últimos partidos del Campeonato, Oliver. –Repuso Alicia bebiendo de su café.

-Luego de que nazca el bebé, hablaremos, luego hablaremos… ahora no quiero que una bludger me vaya a dejar sin la posibilidad de conocer a esa belleza. –Tomó la mano de Katie por sobre la mesa y Alicia asintió sonriendo; algo dentro de ella se removía, quizá celos o envidia, pero ya luego lo averiguaría.

Revisaba la página treinta y siete del libro para estar seguro y lo estaba, así que volvió a la clase lentamente, era demasiado pesado aquello de prepararse para ser herbólogo, pero lo amaba, no podía verse a sí mismo haciendo otra cosa y pese a todo lo que pasaba en el mundo mágico actual aún tenía la esperanza de un día ser profesor; por eso se concentró en mezclar la tierra con la cantidad adecuada de estiércol, luego se levantó y fue a lavarse las manos; cuando la profesora comprobó que su trabajo había sido excelente, sonrió tranquilo y salió del invernadero para irse a dormir, al fin a dormir. Eso de estar toda la noche cuidando la luparia era de lo más divertido, pero también de lo más agotador, nada más cruzar la puerta lo primero en llamar su atención fue Luna durmiendo en el sillón; pasó a su lado y la arropó con la manta que había tirado al piso, le quitó el gorrito de borlas fosforescentes, le quitó el cabello del rostro y le besó la frente, realmente quería a esa chica.

La tomó en brazos con fuerza, subió la escalera con ella encima y se asomó al cuarto de Harry, donde la puerta estaba abierta, pudo verlo acariciando la cabeza de Ginny como arrullándola, le hizo un ademán con la cabeza para avisar que había llegado, el moreno asintió y sonrió; salió al pasillo y se topó con Hermione que salía del baño, con el brazo vendado y una mariposa de tela adhesiva en una herida sobre la ceja, con una mirada le preguntó si estaba bien y al verla asentir, se dio la media vuelta y entró a su habitación, ella entró a ver a Ron. En su cuarto miró entre la penumbra un momento, ahí dos camas individuales esperaban, tendidas y solas, dificultosamente jaló las mantas de una y metió a Luna con cuidado, ella se giró para acurrucarse lejos de sus brazos; se sentó a la orilla de la otra cama y procedió a quitarse los zapatos.

-Llegas muy temprano. –Murmuró Luna con los ojos cerrados dándole la espalda.

-Tenía que velar unas plantas. –Refirió sonriendo, se quitó los pantalones y se metió la pijama con rapidez por si se volvía a verlo.

-Gordito, no te voy a mirar… buenos días. –Luna se removió y se acomodó boca abajo, él se sonrojó con bochorno; ¿por qué ella quería dormir ahí con él?, no lo sabía, pero así lo había pedido cuando se mudaron todos juntos. Ojalá un día se lo dijera, por ahora le complacía verla dormir, sentirla cerca, era como ser acompañado por un ángel, la hermanita pequeña que nunca tendría. Quizá era sensible o tonto, pero más no podía hacer.