¿Qué tan raro es conocer toda la rutina de la persona que te gusta? En otras palabras, saber que es rutinario y que odia romper eso. Él no hace nada que afecte sus actividades diarias, por lo que le es más fácil aprenderse todo su horario.

Ese es el caso de Tweek, que veía hasta el más mínimo detalle de Craig.

Justo en ese momento se encontraba observándolo desde la ventana de su salón de clases. A él le tocaba clases con el profesor Garrison y siempre cabeceaba a esa hora por lo aburrida que era.

Pero notó algo extraño en él ese día. Craig podría verse como siempre para otras personas, pero no para Tweek. Esa mañana el pelinegro tenía ojeras y se veía más decaído que siempre.

Pero las personas alrededor de él lo trataban como si nada, al parecer no se percataron de que algo le sucedía. ¡¿Qué clase de amigos tenía?! La situación era demasiado estresante para Tweek.

Durante toda la clase no pudo despegar sus ojos del perfil del pelinegro.

Intentaba descifrar que lo tenía así, pero no se le ocurría ninguna idea coherente. El secuestro de sus familiares, la tercera guerra mundial o la invasión de seres mágicos como los gnomos no parecían opciones válidas.

Apenas sonó el timbre, Tweek salió disparado de su lugar hacia la salida, donde se dedicó a buscar con la mirada a Craig. Sus ojos se detuvieron en el auto de Token. Nuevamente se iba con él.

Antes de perderlo de vista, Tweek detuvo un taxi y dijo esa famosa frase de Hollywood que se utilizan en películas de acción.

—¡Siga a ese auto! ¡Sigalo hasta el final y no se detenga!

El hombre lo miró con extrañeza y siguió el pedido del paranoico chico.

—Oye, ¿Estás siguiendo a tus amigos?—Cuestionó después de conducir algunas calles.

Tweek bajó la mirada buscando una forma de contestarle sin sonar extraño.

—B-bueno, algo así. Técnicamente no son mis amigos, pero los conozco.

El taxista soltó una risa.—Vaya, si no fuera porque te ves como alguien decente, pensaría que es algo aterrador hacer eso.

—No sé que lo hace pensar eso, ¡Gah!

Después de eso, el taxi quedó en silencio. El rubio miraba hacia en frente con preocupación. Solo podía ver la parte trasera del gorro del azabache, pero ese imaginaba su rostro cansado.

—Sabe, en realidad estoy enamorado.—Soltó viendo hacia en frente. El hombre solo asintió ante sus palabras.—Puede ser extraño, pero la persona que amo se ve mal, y necesito ir a ayudarla.

—Vaya. ¿Así que esa persona está en el auto, pero no te conoce?—Dijo en tono irónico haciendo que Tweek sonría con las mejillas rosas.

—Bueno, lo amo sin la necesidad de tener su atención, su sola existencia es suficiente para mí.

El taxi se detuvo y el hombre le extendió la mano exigiendo su paga.

—Vaya, eres muy romántico chico. Ya llegamos al destino.

Tweek sacó de su billetera el dinero y se lo dio. Cuando bajó del auto se acercó en cuclillas a la casa donde todos se quedaron, la casa de Clyde. Se tiró entre los arbustos y los observó por la ventana. Parecían tener una tarde tranquila entre amigos.

Más no tardó, y Craig se retiró dejando a los otros tres jugando videojuegos. Tweek salio con torpeza de su escondite y empezó a seguirlo con cuidado de no ser visto hasta su casa. El azabache giraba su cabeza de vez en cuando, sintiendose perseguido, pero le restó importancia en todo el camino.

Y una vez que llegó, Craig fue a su jardín trasero. Extraño, pues eso no era parte de su rutina.

Normalmente Craig llegaba a su casa y se dirigía a su habitación a jugar con su cuyo.

Tweek se asomó con más curiosidad, observando como Craig miraba hacia un punto fijo en medio del césped.

El azabache se inclinó y no hizo un solo movimiento por un buen tiempo. El corazón de Tweek empezó a latir desenfrenado cuando el contrario se levantó del suelo e ingresó a su casa.

Había algo enterrado ahí. Algo pequeño.

Sus ojos buscaron entre las ventanas la ubicación del más alto y lo encontraron en su habitación. Estaba mirando hacia su mesa, limpiando algo de ahí. Posiblemente la jaula de Stripe.

Stripe había muerto.

El corazón de Tweek se estrujó ante esa deducción. Conocía tan bien a Craig, y sabía que él amaba a esa criatura peluda, su muerte le debió doler de maneras abismales. Eso explicaba su estado de ánimo ese día, pero una nueva pregunta se formuló en su interior.

¿Qué podía hacer para levantarle los ánimos?

En su cabeza el sonido de tic tac resonó mientras pensaba en una respuesta. Entonces se le ocurrió una gran idea.

Él podría darle otro cuyo. Con esa idea en mente, revisó sus bolsillos en busca en dinero, percatándose que no contaba con lo suficiente para comprar otro.

Tal vez en su casa, o por un préstamo podía conseguir el dinero. Tweek salió sigilosamente de su escondite y corrió en dirección a su casa.

Buscó por todo el lugar, volteó muebles, jarrones, alcancías y de más cosas sin resultado. No tenía dinero.

—Joder, maldita pobreza, te odio.—Se susurró revolviendo sus cosas en busca de algún centavo.

En medio de su búsqueda, algo se clavó en su dedo índice, Tweek por incercia retiro la mano con un quejido y busco con la mirada que lo había lastimado. Encontró una aguja, hilos, estambre y trozos de tela.

Entonces lo decidió, si no podía regalarle uno de carne y hueso, le daría uno hecho de algodón y tela.

Y puso manos a la obra en todo lo que restaba el día. Mientras tejía y le daba forma, solo podía imaginar la reacción de Craig cuando lo encontrara y eso le producía emoción por terminar esa misma tarde con el cuyo de peluche.

Sí, iba a ser el mejor regalo de todo el mundo.