CAPÍTULO 2
"Would You Believe in a Love at First Sight?"
(With a Litttle Help... Joe Cocker)
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Candy PoV
Decidido. Hundo de nuevo mi cabeza en la almohada que sigue tibia y con el acompasado ritmo del ronroneo hibernal de mi partenaire a modo de música de fondo me dispongo a ordenar mis ideas para tratar de entender cómo y por qué Alistair ha amanecido en cueros en mi cama y está rodeando con su brazo mi cintura desnuda aunque siga durmiendo, en un claro gesto de marcaje y reclamo que a pesar de mis ideas feministas me gusta.
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Me viene a la mente aquella tarde de miércoles en que llevo un buen rato sonriendo con desgana a los elogios un tanto descarados de varios hombres de distintas edades que más bien parecen babuinos peleones sacados de uno de esos documentales sobre fauna salvaje que pasan por ese canal de naturaleza que tanto les gusta a mis hermanos, pero resultan ser miembros del Consejo de Administración de LeCBo, un poderoso corporativo industrial que George Johnson, mi jefe, y yo hemos visitado para presentar un gran proyecto de remodelación en las oficinas que de aprobarse tal vez sería el mejor negocio jamás hecho por la empresa para la que trabajo por honorarios.
Un rato antes salía furiosa de mi pequeño despacho en la constructora de George Johnson, acompañada por su mujer. Siento cómo unos treinta pares de ojos me miran con descarado escrutinio. Todos sorprendidos, y algunos sin duda con envidia. Es que nunca me había arreglado tanto, al menos nunca lo habían visto en el trabajo. Fulmino con una feroz mirada homicida a ese jovencito becario que intenta fotografiarme con su móvil. Pobre criatura, casi se mea pata abajo del miedo.
Se lo guarda antes de que vaya hacia él y los tire por la ventana -móvil y dueño-. Después de todo, estamos en una octava planta y me precede la fama de mujer temperamental temible por mis reacciones de furia. A continuación veo que mi jefe, enfundado en un traje impecable color gris oscuro, me espera en la salida de la oficina.
-¿Por qué a mí, George? Suzanne o Annie podrían haberlo hecho mejor. Sabes perfectamente que no me gustan estas chorradas de juntas ni estar bregando con viejos babosos.-
Por supuesto que estas dos trepadoras lo harían mejor: les encanta ir a las reuniones con clientes porque les urge atrapar a un idiota con dinero que las saque de hacer la mierda que llaman trabajar. Cada una tiene su estrategia de caza: Suzanne Marlowe va de femme fatale y Annie Britter de mosquita muerta desvalida e inocente, pero vaya víboras que son ambas. Me dan asco por igual, y en la oficina sólo les hablo lo imprescindible. Annie no era así cuando la conocí, de hecho empezábamos a ser amigas, pero cuando George contrató a la Marlowe las cosas se torcieron. Todavía tengo esperanzas de que Annie salga del lado oscuro y se aleje de Suzanne.
-No será para tanto, Candy… Además, siempre te escaqueas de las reuniones con prospectos, y hace por lo menos cuatro proyectos que me prometiste que me acompañarías a su presentación. Eres muy buena como creativa, como calculista y sin duda mi mejor residente, pero te falta aprender a tratar con los clientes fuera de la obra porque eso es muy importante saber hacerlo para que puedas negociar los mejores precios y tiempos.
-Manda huevos, George… Ya hablaremos en tu despacho de esto. Entre tu mujer y tú me van a volver loca. ¿Te crees que no me doy cuenta de que soy su jodido conejillo de Indias?
-Candy, esta tarde no estarás tratando con gañanes en la obra, ni con tus cavernícolas hermanos, ni en tu despacho, así que a ver si vamos moderando el lenguaje para poder conversar civilizadamente con nuestros clientes. Tú puedes, muchacha.
-Lo siento. Haré que te sientas orgulloso de mí y pondré todo de mi parte para que ganes la licitación.
Me aseguro de que el becario suba al coche todo el material necesario para la presentación: planos, ordenador portátil, caballete con varias láminas de gráficos y estadísticas, memoria USB, y unos estupendos cuadernos impresos con información básica pero detallada sobre nuestra propuesta para repartir entre los asistentes contando las veinticinco copias que pedí.
Ese becario… ¿Jimmy?, es realmente muy bueno en su trabajo, George debería hacerle el contrato fijo y echar a la puta calle a esa zorra inútil de Suzanne Marlowe. No sé por qué, pero siempre he tenido la sospecha de que esa mujer me hará una cabronada en cuanto tenga la oportunidad.
Compruebo que todo está en orden, valoro positivamente el esfuerzo de Jimmy con un escueto pero sincero "Gracias" y cierro el portaequipajes. George arranca su coche y siguiéndolo en mi vehículo salimos hacia LeCBo. Tras presentarnos en la recepción del corporativo y saludar educadamente al empleado que nos recibió somos conducidos por él a una enorme sala de juntas donde nos esperan los babuinos-consejeros y otras personas de aspecto más humano en las que no pongo demasiada atención, en parte porque no me apetece verles y sobre todo porque no puedo enfocar a sus rostros al haberme quitado las gafas apenas pisé el parking de la empresa.
-Señorita White, ¿tendría la bondad? Por esta puerta…- dijo amablemente el señor Martin indicándome la entrada al salón de juntas. Es un veterano contable de la empresa y la persona encargada de recibirnos –Señor Johnson...
Una hora y media antes de que los babuinos-consejeros empezaran a colmar mi paciencia mi jefe había comenzado a explicar el proyecto a los asistentes mientras yo repartía los cuadernos con el resumen de nuestra propuesta entre esas personas que estaban sentadas alrededor de la alargada mesa negra sin alcanzar a ocupar todas las sillas. Me sobraron dos y los dejé en una mesita ubicada junto a la puerta de acceso para que estuvieran a la vista de quien llegara con retraso.
Al poco rato de hablar, mi jefe reparó en que se había dejado el ordenador portátil en su coche y me ofrecí a traerlo. Cuando volví a los cinco minutos vi que sólo quedaba un cuaderno en la mesa y concluí que había alguien más en la sala que había llegado durante mi breve ausencia tomando un cuaderno para sí. Entonces Johnson me pidió que explicara las dudas sobre aspectos técnicos que tuvieran los asistentes.
-Ahora mi asistente y supervisora del proyecto, la arquitecta Candice White, estará encantada de contestar a todas sus preguntas.
«¿Vas a hacerme la putada, George?» le dije al oído, sacando mis gafas del bolsillo de la chaqueta para poder consultar en el portátil los planos y las memorias de cálculo con los datos y cifras que requiriesen mi explicación al Consejo.
No me gusta ponerme las gafas delante de personas que no conozco, no me gusta cómo me veo con ellas ni quiero parecer una hipster, o una nerd, o una geek y dar pie a que se hagan chistes a mi costa. Las lentillas no son opción para mí porque el constante contacto con el polvo en las obras a veces me irrita los ojos y al frotármelos las lentillas se mueven de sitio.
Mucho menos me gusta explicar dudas a potenciales clientes porque de antemano sé que la mayoría serán obviedades que disfrazan con poco éxito su deseo de que siga de pie para que puedan regodearse mirando mi cuerpo haciendo planes para llevarme al catre. Así que sólo les escucho y contesto educadamente pero sin despegar la vista de mis papeles.
-Buenas tardes, señores. ¿Alguien tiene dudas en relación a los materiales, procedimientos o plazos de ejecución de las obras?- Será la primera y última vez que recorra con la mirada al grupo de buitres que me rodean, aunque sin ponerles demasiada atención.
Cuando eres mujer y trabajas en un mundo tan masculino como la construcción y reformas en el mundo industrial con el tiempo aprendes a soportar y torear con entereza los intentos de ligue que te hacen, pero quizás por estar tan reciente mi último fracaso amoroso añadido al peso de una difícil experiencia previa esta vez no me siento tan tolerante como otras ocasiones para contemplar siquiera con displicencia el velado combate de testosterona entre tanto macho alfa por ganarse mi atención.
-Humpf… Lo siento, señor, pero no sé decirle si yo seré el arquitecto residente de la obra. Es algo que como gerente decide el señor Johnson en base a su buen criterio y al conjunto de trabajo que haya en el estudio. Tenemos más clientes y otras obras por ejecutar que igualmente necesitan supervisión.
Para evitar contestarles alguna barbaridad que diera al traste con el trabajo de meses, en cuanto se terminan las preguntas y doy una señal se empiezan a ofrecer los aperitivos del cáterin que contrató mi jefe. Intento ser lo más gentil posible y me deshago de los moscardones dirigiéndome con el portátil y mis planos hacia donde está Johnson. Es un hombre maduro de pelo y ojos negros muy guapo, pero también protector, discreto y respetuoso. Es una de las personas más decentes que he conocido en mi vida aparte de mis hermanos, así que me siento segura y confiada a su lado.
Pero en ese lapso en el que estoy buscando a George un babuino-consejero, joven y ciertamente guapo aunque un rufián a pesar de su elegante traje, me toca el culo guiñándome un ojo y relamiéndose. «Hijo de mil putas sifilíticas…» mascullo asqueada y lamento no tener la oportunidad de decírselo en voz alta al mismo tiempo que le daría un merecido rodillazo en los cojones.
Felizmente para mí George está cerca y le localizo rápidamente, charlando con un hombre de pelo oscuro alto y atlético que no recuerdo haber visto en la presentación –al menos no entre la manada de babuinos de la ronda de preguntas- y que sólo puedo ver de espaldas. Mi jefe hace el ademán de presentarme al hombre con el que conversaba animadamente.
Saludo al desconocido con fingida cortesía, mirando hacia un punto vacío en la anodina pared del salón de juntas pintada de un aburrido tono gris bastante visto en miles de paredes de oficinas y que en el trabajo suelo llamar despectivamente "gris capullito de quiero y no puedo". Pero el tierno tacto de aquella mano acompañado de una modulada y simpática voz irrumpe como un torrente de alegre agua cristalina en la burbuja de aislamiento social en la que me había instalado cómodamente, reventándola para hacerme dirigir la vista hacia su dueño.
-Encantado de conocerte, arquitecta Candice White. Mi nombre es Alistair C… Campbell. ¿Así que tú eres la famosa Lady Terminator? He oído hablar mucho de ti... ¡eres leyenda!- me suelta como si nada el joven pelinegro de unos treinta años que estrecha mi mano, ofreciéndome a la vez una cálida y sincera sonrisa como complemento a unos preciosos ojos marrón oscuro enmarcados por espesas pestañas y ligeramente ocultos tras unas inmaculadas gafas de diseñador caro. Gracias a tantos años de yo también necesitarlas deduzco fácilmente que están graduadas una o dos dioptrías más que las mías. El pelo y los ojos oscuros le resaltan mucho gracias a una bonita piel blanca que delató traicionera con un ligero sonrojo el nerviosismo de su dueño.
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CONTINUARÁ...
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Segundo capítulo... Pobre Candy, de arquitecta miope y batallando con tipos babosos. ¡Y con el carácter que tiene la chata!
PRÓXIMO CAPÍTULO.- ¿Cómo se tomará la Pecas que el desconocido la llame Lady Terminator? ¿Quién es ese igualado?
Gracias por leer, por sus reviews y por los privados que me envían.
