2

Tres horas era mucho tiempo para ella. Quería partir lo más rápido posible y el tiempo parecía marchar mucho más lento de lo normal. A su alrededor todo parecía estar en caos, las personas caminaban apresuradas de un lado al otro de la calle, vio rostros pintados de preocupación que hablaban sobre los rumores de la invasión alemana a Atenas y la posible salida de las tropas británicas.

Con las manos en los bolsillos caminó hacia la plaza la Concordia, pensando en que hacer durante las próximas tres horas que le esperaban y sobre aquel encargo de Archie. Aquel sobre le parecía interesante y misteriosos. Demasiado pequeño, pero importante. Logró divisar una banca vacía a lo lejos y se apresuró a tomarla antes de que alguien más lo hiciera. De repente se dio cuenta de que alguien la seguía desde que había salido de la mansión de Archie Hooper.

Se sentó y vio a aquel hombre pasar sin prestarle atención. Casi con alivio se arrellenó en aquella banca. Miró el cielo y se percató que el clima estaba por cambiar. Y no se equivocaba a los pocos minutos se vio obligada a abandonar el lugar.

Se puso el sombrero para protegerse de la llovizna y continuó su camino por la estrecha calle que llevaba a un par de cafés de la ciudad. El hombre que la había seguido, estaba sentado en uno de ellos y leía el periódico. Cuidadosamente miró hacia la banca en donde había estado sentada y pudo imaginar ser observada desde allí.

Aminoró el paso hasta llegar al pequeño bar en el que había estado el día anterior. Una vez dentro pidió una botella de krasi y se sentó en una de las mesas de la esquina.

Con la mirada fija en la puerta, esperó. Al cabo de unos minutos un hombre con uniforme neozelandés entró, sus ojos verdosos escudriñaron el lugar hasta encontrarse con los de Emma, que le miraba sin perderle de vista. Si algo iba a pasar debía estar alerta. Dio un sorbo a su bebida y observó el garfio que colgaba de la mano de aquel hombre. Era el mismo tipo del café.

Todos los músculos del cuerpo de Emma se tensaron al ver que se acercaba. Buscó con la mirada algo a su alrededor con lo que pudiera defenderse, pero no encontró nada. De repente pensó en hacer como en uno de sus guiones. Quebraría la botella y utilizaría el filo para defenderse. Satisfecha por aquel plan esperó aferrada a su botella.

― ¿Está ocupado? ―preguntó el hombre señalando el puesto vacío.

―Está libre ―contestó ella.

Él le dedicó una sonrisa y se sentó. Sus ojos eran mucho más verdes de cerca y extrañamente llevaba sombra oscura en los ojos. Ni en tiempos de guerra la moda dejaba de ser tan importante.

Antes muerto que sencillo ―pensó ella y sonrió para sus adentros.

― ¿Es usted norteamericana? ―interrogó al ver que la rubia no hablaba.

Ella vaciló un instante en contestar. Tomó un sorbo de su trago y lo miró fijamente.

―Así es ―dijo al fin. Que más daba, el tipo ya estaba allí.

―Soy el capitán Jone.

―Puede llamarme Emma.

Emma sonrió, pero había algo que no le convencía de aquel hombre.

―Gusto en conocerle, capitán.

―Ha venido usted en un mal momento a Grecia. Cuanto lamento que no pueda apreciar la belleza de este lugar ―hizo una señal al camarero y este se acercó de inmediato―. Tráiganos una botella más.

―Lo siento pero no beberé esta noche.

―Esa botella medio vacía dice lo contrario ―señaló la botella de krasi y sonrió―. ¿Qué la ha traído a Grecia, señorita Emma?

Emma sintió el dulzón trago de krasi bajar lentamente por su garganta. Le volvió a mirar a los ojos y sonrió.

―Negocios capitán. Este lugar pronto no será seguro y prefiero poner los bienes a salvo ―dio otro sorbo a su krasi y miró alrededor del bar. El humo producido por diferentes clases de tabaco, el cantó de los soldados ebrios, el olor a vino griego y el lugar en sí, comenzó a confundirse en su mente.

―Excelente decisión ―apremió el capitán―. Este lugar pronto será un desastre. Veo que el krasi no le asienta muy bien ―dijo al ver que Emma se tambaleaba.

―Es mejor que me retire. No me siento bien ―se incorporó y se dirigió a la salida.

Él la siguió y la ayudó para que no se cayera. Llamó un taxi y la vió alejarse.

Un auto se detuvo frente a él y de inmediato entró.

― ¿Le seguimos señor? ―preguntó el chofer.

― Dejémosla marchar. Si la atrapamos ahora, no seria divertido.

3

Si lo que Neal decía era cierto. Probablemente la lista estuviera en las manos de la norteamericana. No creía que tuviera algo que ver con la resistencia, pero sin duda el ingenioso de Archie había hecho una buena jugada al entregar aquellos nombres a alguien de quien nadie sospecharía. Una neutral en aquella batalla era una ventaja al igual que un riesgo.

El teléfono sonó haciéndola salir de sus pensamientos. Tomó rápidamente el auricular y escuchó la patética voz de Neal al otro lado.

―Gold está ocupado ―dijo ella indiferente.

―Es importante ―insistió Neal

Regina suspiró y miró por la ventana. La noche había caído. Las calles oscuras y silenciosas la llamaban. Necesitaba salir de allí.

―He dicho que está ocupado. No queras volver a ser golpeado ¿o sí?

Neal balbuceo algunas palabras que ella no entendió.

―De acuerdo, si no hay más que decir cerrare ―gruñó Regina.

―Espera ―rogó Neal.

Ella aún permanecía junto al auricular.

―La mansión de Archie ha sido allanada, pero no encontramos nada. El idiota de Archie se suicidó antes de que pudiéramos interrogarlo y su amigo probablemente esté muerto.

―Se lo informare a Gold ―dijo Regina, necesitaba más. Archie y su amigo no le importaba en absoluto. Su atención ahora estaba en la norteamericana―. ¿Algo más que decir?

―Sí. No encontramos a la norteamericana en su hotel y tampoco se presentó en la mansión.

―Probablemente ya esté en Londres ―Regina tomaba una de las manzanas sobre la mesa y le daba una mordida. Si no había lista, Gold estaría perdido. Y si Gold fallaba, ella ganaba. Colocó el auricular en su lugar y tomó el abrigo gris que reposaba en una silla. Se dirigió a la salida. Dos agentes de la Gestapo le impidieron el paso. Ella sonrió y los miró a ambos con desaprobación.

―Es una lástima ―exclamó y ambos agentes cayeron al suelo. Guardo la daga. Dio un último vistazo a los agentes y luego bajo las escaleras con elegancia.

Emma aminoró el paso a través de la calle Petraki hasta llegar al frente de la mansión. Llamó varias veces, pero nadie le contestaba. Consultó su reloj y maldijo en voz alta. Maldijo el vino griego y a la recepcionista que no la despertó a tiempo, maldijo el lugar y el momento en que acepto aquella herencia.

Se apoyó contra la pared después de haber llamado en innumerables veces. Nadie acudía. De seguro el viejo Archie se había quedado dormido. Empujó la puerta enfurecida y para su sorpresa esta se abrió a la vez que producía un escalofriante sonido.

El vestíbulo estaba oscuro. Una oscuridad que le puso la piel de gallina. Rebuscó en sus bolsillos con la esperanza de encontrar unas cerrillas, pero no encontró nada. A tientas avanzó a lo largo del corredor oscuro hasta chocar con una inmensa puerta. La empujó y se dio cuenta que ese era el despacho en el que había estado horas antes. Buscó el interruptor y quedo con la boca abierta ante la escena que ahora estaba iluminada.

Las sillas estaban destrozadas, libros y papeles se encontraban por doquier. Se percató del charco de sangre que había pisado y aterrorizada se apartó tropezando con unos anteojos. La escena le produjo nauseas, el cuerpo de Archie yacía sobre el suelo aferrado a un pequeño revolver en su mano derecha.

Retrocedió un par de pasos y escuchó un ruido.

Tomó una daga que reposaba sobre el escritorio y se puso a la defensiva.

―Emma ―murmuró alguien desde la oscuridad de la sala.

El miedo se apodero de su cuerpo. Sus manos temblaban y tardo unos minutos en poder contestar.

― ¿Que rayos ha pasado aquí? ―trató de mostrar seguridad, pero su voz era temblorosa.

―Archie ha muerto. Ya lo ha visto usted con sus propios ojos.

Tenía que ser una pesadilla. Era una pesadilla. Vamos Emma despierta ya, se dijo una y otra vez, pero la escena monstruosa que estaba a su pies parecía muy real. Demasiado real. Sacudió la cabeza.

―No tengo nada que ver con esto. Me voy ―se dirigió a la puerta de salida y se detuvo al escuchar la amenazadora voz de su interlocutor.

―No salga. Aún tengo una bala, podría dispararle antes de que cruce esa puerta.

Se volvió y logró contemplar al hombre que le apuntaba. Tenía la cara ensangrentada y la mano le temblaba. Tambaleante se acercaba a ella.

― ¿Qué quiere, no tengo nada que ver con esto?

―Sí, Emma. Usted tiene la lista. Debe entregarla, esto ahora depende de usted.

Emma recordó el sobre y lo sacó rápidamente de su chaqueta.

―Soy norteamericana. Soy una Neutral, no tienen derecho a meterme en sus asuntos. No lo tienen ―gritó arrojándole el sobre.

La cara del hombre comenzó a volverse más pálida y sus ojos perdían brillo. El arma que sostenían en sus manos calló y seguido él. Un hilo de sangre salió por su boca y a fuerzas logró decir sus últimas palabras.

―Entregue la lista, Señorita Swan, la seguirán. Ellos ya están enterados de usted, se lo puedo asegurar. Y no descansaran hasta tenerla. Vallase, un avión la espera en Tatoi, escape cuanto antes y entregue la lista. No confié en la bru…

Emma no daba crédito a lo que veían sus ojos. Reaccionó y corrió hasta donde estaba aquel hombre.

―Quien, dígame quien ―lo agito con brusquedad, pero ya era incapaz de decir algo más. Los ojos se cerraron y Emma volvió a sentir el silencio de la noche. Tomó el arma y la identificación. De algo le servirían. Vio el sobre en donde lo había tirado y volvió a guardarlo en su chaqueta.

Unos pasos la alertaron. Se incorporó rápidamente. Era tarde una mujer elegante y de porte imponente ya estaba frente a ella y la observaba con frialdad y asombro a la vez.

Sus miradas se cruzaron y aún en la oscuridad pudo diferenciarla. Su voz pareció calentar la habitación.

― ¿Has visto un fantasma querida?

No podía creerlo, era ella…