Segundo día

«En cielo despejado puede desatarse de repente una tempestad»

—¿Estás segura de que no quieres que me quede contigo? Puedo avisar a algún profesor y…

Sakura negó con la cabeza y le regaló una pequeña sonrisa. Se sentía algo mal por hacer creer a todos que estaba enferma, pero no veía otro modo. Todos se mostraban visiblemente preocupados, pero ella se ocupó de tranquilizarlos.

—No hace falta, si tengo algún problema llamaré a recepción —dijo, mostrándose cansada—. Me da mucha pena tener que perdérmelo todo y no me gustaría que tú también te lo pierdas. Prométeme que harás muchas fotos y luego me las enseñarás, ¿vale?

Tomoyo la observó detenidamente. No estaba muy convencida de dejarla sola, pero asintió. Poco después entró el profesor Terada para preguntar por la salud de Kinomoto y, comprobando que se quedaría bien atendida, se ofreció él mismo para hacerle compañía.

Sakura se negó, avergonzada. Al final esa pequeña mentira le traería más problemas que otra cosa.

—En serio, estaré bien. Si surge algún problema no dudaré en llamar por teléfono, y seguro que mañana me encuentro mejor.

Salieron de la habitación después de algunos intentos más, no sin antes asegurarse de que hubiera un miembro del hotel apostillado en su pasillo, por si acaso. Sólo después de esto, Sakura pudo respirar de nuevo con tranquilidad.

No le gustaba del todo la idea de perderse la excursión que harían sus compañeros ese día a Lantau; ya se imaginaba a Meiling, Chiharu, Rika, Naoko y Tomoyo riendo y divirtiéndose como nunca. Sin embargo, no podía dar marcha atrás, había tomado una decisión.

O más bien, se la habían impuesto.

Tenemos que hablar.

Sakura tragó saliva, totalmente intimidada por aquella imponente presencia. Eraél.

Más exactamente, el«él»al que había salvado esa misma tarde y de quien creía que no volvería a saber nada. No es que no estuviera preocupada por su seguridad o por lo que le había pasado, pero le habían ocurrido demasiadas cosas extrañas ese día y ya no sabía a qué aferrarse.

¿Sobre qué? —alcanzó a preguntar con la voz ahogada, sintiéndose ella misma así por la intensa mirada que le estaba dirigiendo.

Él la cogió del brazo y la llevó hasta un rincón apartado de la vista de los demás.

Hoy —pronunció con dureza—. Olvida todo lo que ha pasado hoy.

Debería haber saltado de alegría cuando oyó esas palabras, pero en su interior sintió que había algo mal. Iba a preguntarle por qué se había tomado la molestia de ir allí para decírselo, puesto que ella ya lo había dado por olvidado –o al menos intentaba hacerlo-, pero el ser amarillo y pequeño la interrumpió llegando de improviso, visiblemente exaltado por las palabras del joven.

¡Imposible!

Cállate, Kerberos. —La seriedad con la que había hablado hizo que Sakura se estremeciera. Le costaba encontrar algo de lógica a toda esa situación.

La pequeña bestia frunció el ceño.

La escogieron. De entre todas, la escogieron a ella. Es la única que puede ayu…

¡Deja de decir tonterías! —exclamó el joven perdiendo la paciencia por primera vez, haciendo que tanto Sakura como Kerberos se mantuvieran en silencio.

«Está en peligro y sólo Hua puede ayudarlo.»

«Sólo Hua puede ayudarlo.»

La voz suave de la mujer, que se repetía en la cabeza de la chica como si se tratase de un eco, hizo que tomara una decisión.

Quiero ayudarte.

Cuando su frase rompió el artificial silencio que se había creado entre los tres, sus acompañantes la miraron con expresiones opuestas.

No.

La rotunda respuesta del chico hizo que se preguntara qué era lo que pasaba. ¿Acaso tendría que librarse de aquel chico que lo había atacado? Obedecería las palabras de la mujer y le ayudaría, por más difícil que fuese. Lo sentía como una obligación.

De verdad que quiero hacerlo.

No bromeo —dijo él, sin cambiar su gesto.

Yo tampoco —replicó, enfrentando su mirada con la misma intensidad.

Kerberos los miró alternativamente y se dio un par de golpecitos en la cabeza. Esos dos sí que eran testarudos. Desplegó sus alas y, haciendo uso de ellas, taponó la batalla visual que estaban teniendo.

Ella es la elegida —repitió y, después, procedió a explicar—. Sólo ella podrá ayudarte a recuperar lo que te ha sido arrebatado.

¿A-arrebatado? —preguntó ella de vuelta, sin saber exactamente qué era lo que le habían quitado.

Esto es una estupidez —resopló el chico, dando la vuelta y apartándose un poco de ellos. Cuando hubo andado algunos pasos, se giró para que pudiera oír sus últimas palabras—. No tienes nada que ver con esto, ocúpate de tus propios asuntos.

Sakura suspiró al recordar todo eso. Él no quería su ayuda ni nada que pudiera ofrecerle, y ella quizás tendría que haber seguido su petición, pero, después de que se fuera, Kerberos se ocupó de explicarle lo vital que era su participación en todo ese asunto.

De no haber sido por eso, ella habría vuelto con sus amigas, pero la había dejado consternada. No sabía qué tan importante era que ella tomase partido en esa extraña situación, pero la pequeña bestia le había dejado muy claro que había sido ella la escogida, y no otra.

Recordó, también, el gesto altivo con el que se marchó el muchacho. Parecía rechazar todo cuanto le rodeaba, con un aspecto sumamente decidido y serio. Había visto sus ojos relampaguear cuando ella insistió en ayudarlo y cuando se marchó de ese local.

«Ocúpate de tus propios asuntos», le había dicho. Sin embargo, todo apuntaba a que sus caminos se habían entrelazado irreversiblemente, por más que hubiese sido de la manera más extraña posible.

La isla de Lantau estaba un poco retirada, por lo que sus compañeros no podrían regresar al hotel para comer. Eso le daba margen para hacer lo que Kerberos le había pedido.

Cuando hubo pasado media hora, Sakura se levantó de la cama y se dirigió a su maleta. No había llevado ropa deportiva ―después de todo, no esperaba necesitarla―, por lo que optó por una falda tableada de color pardo y una camiseta de manga corta. A pesar de que en Hong Kong no solía hacer frío tuvo que coger una chaqueta y, finalmente, las únicas zapatillas deportivas que se había llevado.

No tomó su bolso, pues sería engorroso, así que guardó el móvil en el bolsillo de la chaqueta y dejó las llaves de la habitación junto a la televisión. Después de avisar en recepción de que estaba mejor y no necesitaría nada de momento, respiró hondo y se dirigió al balcón. No podía arriesgarse a salir por la puerta principal y que la vieran.

Dejó la puerta corrediza abierta, aunque parecía que estaba cerrada, y se apoyó en la barandilla del balcón.

Bajar le resultó más difícil de lo que había imaginado. Cuando por fin logró conseguir que sus pies tocaran el suelo, después de largos minutos intentándolo, vio una manchita amarilla aparecer desde el fondo de la transitada calle.

—Al fin bajaste.

Ella simplemente asintió, intentando ignorar su tono de impaciencia. Cuando se puso a volar para mostrarle el camino, no tardó en echar a correr tras él. Esquivar a la gente no era fácil, tuvo que ir disculpándose constantemente por las innumerables personas con las que chocó. Después de lo que le parecieron horas interminables, llegaron a unas calles más estrechas y vacías.

—¿Estás… seguro de que es por aquí? —preguntó Sakura, al ver cómo la oscuridad que proporcionaban los extraños edificios se cernía sobre la calle. Cuando Kerberos asintió, ella frunció un poco su gesto—. ¿A dónde vamos?

—Él irá al templo —respondió. No hizo falta que explicara a quién se refería, porque ella sabía bien quién era—. Los ancestros me lo han dicho.

El silencio no tardó en apoderarse de ellos, pero siguieron corriendo. Ella comenzó a sentir sus piernas cargadas a causa del cansancio. Aún tenía dudas acerca de ir al templo, ni siquiera sabía qué habría ahí, pero se había comprometido y no podía faltar a su palabra. No a esas alturas.

Al poco tiempo los edificios comenzaron a dar paso a algunas casitas tradicionales, con extensiones grandes de terreno, hasta que llegaron a un sitio donde no había ni una sola construcción alrededor, sólo maleza. La casa más cercana había desaparecido algunos minutos atrás.

—Hemos llegado —informó el guardián, deteniéndose en seco.

—¿No íbamos a… un templo? —cuestionó confusa, pues alrededor no había ningún edificio.

Él asintió y se giró hacia ella, quedando así cara a cara.

—Se revela usando la magia —explicó, haciendo que ella quedara más confusa que al principio.

—¿Magia? ¿C-cómo que magia?

Tendrían que ir olvidándose de entrar, se dijo, porque ella no poseía ningún tipo de poder mágico ni nada por el estilo. Aunque el ritmo de sus pensamientos se detuvo de golpe, dándose cuenta de algo importante.

—¡¿Magia? —repitió—. ¿Eso significa que él…?

—Él posee magia —confirmó Kerberos, y después de dar esa información se giró de nuevo hacia la naturaleza que quedaba ante ellos.

Pronunció unas palabras que no alcanzó a comprender, probablemente en otro idioma, y cerró los ojos. A los pocos segundos su cuerpo comenzó a brillar y, lentamente, un gran templo fue apareciendo ante ellos. Cuando terminó de materializarse, Kerberos le indicó con un movimiento de cabeza que entrara, pero ella no avanzó.

—¿No vienes conmigo?

Miró de nuevo al templo, un tanto temerosa. Las grandes puertas, que tenían un dragón tallado, se hallaban cerradas.

—Esto es algo en lo que no puedo acompañarte —le respondió él con una pequeña sonrisa, para intentar tranquilizarla—. Sólo tú has sido la elegida, yo estoy aquí para guiar tus pasos.

Ella continuaba reticente, cuestionándose si entrar sola en ese templo tan imponente era una buena idea. El guardián se acercó a ella y le puso una patita en la cabeza.

—Todo estará bien. —Sakura clavó sus pupilas en las de él y sonrió levemente, asintiendo.

Respiró hondo, intentando tranquilizarse, y caminó hacia delante. Cerró los ojos, ignorando lo que la rodeaba y las palabras que aún continuaba recitando Kerberos. Cuando sus pies chocaron con los escalones que la acercarían más a la entrada, abrió los ojos. Subió, mirando al frente, y alzó los brazos para abrir la puerta. Tenía la sensación de que todo eso formaba parte de algo muy importante, y se le escapaba de las manos. Ni siquiera sabía dónde se metía, ni si era lógico querer ayudar a una persona ciegamente sin conocerla siquiera, tan sólo por las palabras de una mujer en el mercado.

¿Y si todo había sido una coincidencia?

«Recuérdalo: no existen las coincidencias, tan sólo lo inevitable.»

Sakura pegó un respingo y abrió los ojos de golpe, parecía como si esa voz se hubiera oído a su lado y no en los recuerdos. Sacudió la cabeza y se obligó a seguir hacia delante. Respiró profundamente una vez más y empujó las puertas, haciendo que se abrieran con un quejido lastimero. Dentro todo estaría completamente oscuro si no fuera por una extraña luz azulada que no sabía de dónde provenía. Las grandes columnas se alzaban a ambos lados de un pasillo amplio que finalizaba en otra gran puerta. Se acercó algo más, hasta llegar frente a ella, y miró el símbolo que tenía impreso en ella. Instintivamente, cogió el colgante de Yin-yang que había comprado el día anterior y lo miró: eran exactamente iguales.

Armándose de valor, abrió la puerta, tal y como había hecho con el gran portón de la entrada. A su alrededor se erigían lo que parecían ser tumbas con inscripciones en un material que se asemejaba al cristal. Había doce columnas con uno de los doce animales del zodíaco chino en cada una. De ellos colgaban unos platillos en los que había incienso, que hacían que toda la estancia se llenase de un humo pálido y blancuzco de olor suave.

Miró maravillada hacia todos lados, sorprendiéndose por todo lo que veía, hasta que su vista recayó sobre quien se encontraba en el centro de esa gran habitación frente a lo que parecía una estatua de un lobo. Seguramente sería otra tumba.

El chico, que aún no se había percatado de su presencia, estaba arrodillado frente al animal de piedra, recitando una plegaria a media voz con los ojos cerrados.

Sakura no se atrevía a interrumpirlo y se quedó observándolo hasta que, al cabo de algunos minutos, él soltó un grito desgarrador y se apoyó con las manos, convertidas en puños, en el suelo, respirando agitadamente. Sakura se atrevió a recorrer la distancia que los separaba, llegando a su lado sin ser detectada y, con preocupación, se arrodilló junto a él, observándolo sin pronunciar una palabra. Fue él quien se adelantó a hablar.

—¿Qué haces aquí?

La voz sonó rasgada y grave, torpe, como la primera vez que le había dirigido la palabra. Él alzó la cabeza y la miró directamente a los ojos, exigiendo una respuesta.

—Y-yo…

—No deberías estar aquí —pronunció tajantemente antes de que ella continuara hablando.

Se incorporó, levantándose del suelo y mirándola desde arriba. Sakura se encogió un poco al verlo tan imponente, sintiéndose regañada.

—Yo te-tengo que ayudarte —contestó con dificultad cuando sintió que la voz había regresado a su cuerpo—. Quiero ayudarte.

—Ni siquiera me conoces —rebatió él, apretando los puños—. No puedes querer ayudarme, no sabes nada de mí.

Sakura abrió los ojos al escuchar lo que le había dicho, clavándolos en un punto del suelo. Él siguió hablando, ignorando la presión que comenzaban a hacer sus uñas sobre la carne.

—Podría ser el malo de todo esto —continuó, entrecerrando los ojos—. Podría ser un asesino a sangre fría. Podría matarte ahora mismo.

Su voz, fría y rasposa, rasgó el silencio que sumergía a la sala del templo. Sus ojos, tan oscurecidos que parecían negros, se clavaban en los verdes temblorosos de Sakura, pero se sorprendió al ver cómo ella construía una leve sonrisa. No debería estar allí, maldita sea.

—No lo creo —murmuró a la vez que se levantaba del duro suelo.

Una vez de pie, frente a él, se acercó tímidamente. Escrutó su rostro buscando de nuevo sus ojos, que parecían haber recuperado su color normal.

—Tus ojos no son los de un asesino.

—No todo es lo que parece, no deberías dejarte llevar por lo que ves —negó, enfadándose. ¿Qué tan cabezona podía llegar a ser esa niña, que ni comprendía que no podía estar ahí?

Sakura recorrió la distancia que los mantenía separados y, dejando su timidez a un lado y armándose de un valor que no sentía, tomó las manos del chico para deshacer los puños que había formado. Sintió su rostro enrojecer de repente, pero él se estaba lastimando y todo por alejarla de lo que fuera que ocurría. El chico, en cambio, parecía haberse sorprendido porque dio un paso hacia atrás alejándose de ella, pero no pronunció ningún sonido.

Para bien o para mal, él había irrumpido en su vida, y a ella le habían dicho cosas muy raras que, al parecer, la ligaban a él de una manera u otra.

—En realidad no eres tan malo como quieres aparentar, ¿no? —cuestionó Sakura con voz bajita, sonriendo un poco—. Si no, ayer no me hubieras protegido.

Él abrió la boca para defenderse, pero las palabras no llegaron a salir de su garganta. Se desordenó el pelo con una de sus manos, mostrándose confuso, y volvió a mirarla con desesperación.

—¿No lo entiendes? ¡Esto no es otra parada en tu ruta turística! No es ningún juego y no tienes nada que ver con esto. —Inspiró fuertemente, quebrándose la cabeza para intentar darle a conocer que todo eso era más serio de lo que ella podría imaginar jamás—. Fue una maldita casualidad que ayer te vieras involucrada.

—Las casualidades no existen, sólo lo inevitable —replicó con voz suave y medio sonriendo. No le alegraba demasiado exasperarlo, pero de algún modo ahora estaban relacionados y, después de todo eso, ella no podía marcharse y olvidarlo todo sin más. Tenía miedo de lo que podría ocurrir, pero también sentía que era su deber continuar a su lado.

—¿Cómo has dicho? —bramó él de pronto, acercándose hasta quedar a un palmo de distancia. Sus ojos parecían centellear y lanzar chispas—. ¿Quién te ha dicho eso?

Sakura pestañeó un par de veces y echó la cabeza hacia atrás, ligeramente aturdida por el inesperado acercamiento y enfado del chico. No sabía qué era lo que podría haberlo enfurecido así, pero parecía que de repente no tenía ganas ni de bromear. Tragó en seco y se aclaró la garganta.

—Ayer… en el mercado —comenzó con un hilo de voz, sin atreverse a alzarla más—, había un puesto muy extraño y una mujer que… me dijo que sólo yo podía ayudar a Lang —susurró esto último cuando se acordó de aquel nombre tan extraño que le había dicho—. No sé quién era, pero me dijo cosas muy raras. Y también me llamó muy…

—¿Qué… qué cosas te dijo?

Él parecía haber palidecido mientras iba relatando el extravagante encuentro que tuvo con esa mujer. Quiso preguntarle qué ocurría, pero vio más prudente contestar a lo que él quería saber.

—Algo de que los ancestros le habían dicho que yo tenía que salvarlo, que tenía que ser perseverante. No me dijo nada más.

El chico no dijo nada, parecía perdido en sus pensamientos. Ella tenía miles de preguntas, aunque al ver su estado prefirió hacerse la tonta. Ya tendría tiempo de preguntar más adelante.

Sin embargo, no esperaba la respuesta que él le dio.

—Largo.

Se sorprendió, no esperaba esa respuesta, y menos el tono en el que se la dijo. Intentó abrir la boca y replicar, pero él se acercó peligrosamente hacia ella, impidiéndole continuar.

—¿No me has oído? ¡Fuera de aquí! ¡Vete!

La hizo retroceder hasta atraparla entre las cristalinas lápidas y él. La tomó del cuello bruscamente e hizo que se diera un fuerte golpe contra una de las tumbas; después lo vio levantar su otro puño y, en cuestión de segundos, empotrarlo a la derecha de su cabeza. Sintió cómo algunas gotas de sangre de la mano herida del chico caían sobre su hombro y lo miró a los ojos: parecían refulgir.

—No pienso volver a repetirlo —masculló entre dientes.

A pesar de que las piernas le temblaban, Sakura consiguió apartarse de él unos cuantos metros. Se sentía agotada y notaba cómo las lágrimas querían salir de sus ojos; le escocían y le dolían.

Como si pertenecieran a otra persona, sus piernas comenzaron a moverse a gran velocidad y corrió hacia fuera del templo siguiendo los pasos que había dado antes. No se detuvo cuando llegó a la calle ni cuando Kerberos intentó detenerla o le preguntó que a dónde iba. Dolía, dolía tanto que ni el llanto podía paliar ese malestar. No veía a dónde se dirigía, pero tampoco le importaba. Sólo quería alejarse de ese templo, de esa bestia y de ese chico. De su destino.

Nada la ataba a él. No lo conocía. Pero… ¿por qué se sentía entonces tan mal?

Cerró los ojos con fuerza durante unos segundos, haciendo que así cayeran algunas lágrimas. Quería llegar al hotel y olvidarse de todo, al día siguiente continuaría con su excursión y no tendría que volver a saber nada de todo eso.

Cuando se dio cuenta, ya estaba perdida de nuevo en las calles de la ciudad. Se detuvo en una bastante concurrida para recuperar el aliento y para intentar calmar los desenfrenados latidos de su corazón. Si dijera que no la había asustado, mentiría.

Se frotó los ojos para hacer desaparecer las lágrimas que aún estaban ahí y volvió a emprender el camino que creía que la llevaría hasta el hotel y que, afortunadamente, así lo hizo. No supo cuánto tiempo pasó fuera, pero se sentía tan cansada como si hubieran sido varios días. Entró por la puerta principal ante la asombrada mirada de los trabajadores, que la creían en su habitación, y subió al ascensor, abatida. Pulsó el número de su piso hasta que la puerta se cerró, y apoyó la frente en las puertas metálicas.

Sakura se dirigió a su habitación en cuanto el ascensor se abrió, sin recordar que había salido sin llave. Agotada, se acercó tímidamente al hombre que había permanecido todo el día junto a su puerta y, después de la sorpresa de encontrarla en el pasillo cuando no la vio salir de su habitación, la abrió. Cuando se encontró dentro, fue directa al baño.

Se echó agua en la cara, intentando quitarse esa sensación de pesadez que había tenido durante su carrera desde el templo. Se incorporó y se miró en el espejo viendo que, además de despeinada y parecer agotada, tenía algunas gotas de sangre en el hombro de su camiseta. Se mordió los labios, intentando retener las lágrimas que volvían a sus ojos, y se quitó la camiseta con rapidez para meterla en el lavabo. Llenó la pila de agua y la sumergió, haciendo que adquiriera un color rojizo.

«Largo. ¿No me has oído? ¡Fuera de aquí! ¡Vete!»

Al recordar las palabras del joven, sintió un estremecimiento y se abrazó a sí misma, notando que se le había puesto la carne de gallina. Nunca antes había visto a nadie así, tan enfadado con ella.

Salió del cuarto de baño deprisa, intentando acallar la voz del chico, que se repetía una y otra vez en su cabeza ordenándole que se fuera. Se tiró sobre su cama boca abajo y cerró los ojos desesperada.

No podría decir cuánto tiempo había permanecido así, ni si se había dormido o había estado todo el rato despierta, pero cuando abrió los ojos vio que ya estaba anocheciendo. Le extrañó que no hubiera aún nadie en la habitación pero, a los pocos minutos de pensar eso, escuchó algunas voces al otro lado de la puerta.

—¡… sí, genial! ¿Cómo estará Sakurita?

—Espero que mejor, tiene que reponerse para lo que queda de viaje.

Y, justo después de eso, el sonido de la puerta abriéndose. Sakura se sentó sobre la cama y les dedicó una sonrisa muy amplia, dejando todo lo que había ocurrido en un segundo plano. No obstante, esa sonrisa fue borrándose cuando vio las expresiones confundidas de sus amigas.

—Sakurita —dijo Tomoyo llevándose una mano a su barbilla—, ¿por qué no llevas camiseta?

—¡Hoe! —Se miró y comprobó que, efectivamente, había olvidado ponerse una antes de echarse en la cama. Corrió al baño y, una vez dentro, volvió a hablar:—. ¡Ahora mismo salgo!

Tomó una camisa que había dejado la noche anterior en el toallero y se la puso rápidamente. Iba a salir de allí para reunirse con sus amigas cuando sus ojos viajaron hacia el lavabo, donde aún estaba la camiseta blanca sumergida en el agua. La cogió y examinó, viendo que las manchas, aunque pequeñas, seguían ahí. Suspiró y la escurrió. Había logrado que todo se le fuera de la cabeza hasta ese momento. En realidad, Sakura pensaba que él tenía razón y que no era lo más normal que lo quisiera ayudar si ni siquiera lo conocía.

—¿Sakura? —La voz de Meiling se oyó al otro lado junto con algunos susurros.

Sakura apretó la camiseta contra sí misma, humedeciendo un poco así la camisa que se había puesto, e, intentando recuperar la sonrisa que tenía siempre, abrió la puerta.

—¡Tomoyo, Meiling! ¿Qué tal ha ido el día?

—¡Muy bien! Ha habido un momento en el que creíamos que nos habíamos perdido —comentó Tomoyo sonriendo con tranquilidad—, pero Meiling nos ha salvado. Eso sí, Sakurita… te hemos echado de menos.

—Pero si sólo ha sido un día —rió ella, retorciendo nerviosamente la camiseta.

Le entristeció el pensar que le habría encantado estar con ellos. De todas formas, los días que quedaban sí los podría aprovechar para pasarlo bien y ver muchas cosas, aunque tuviera una punzada en el estómago que la molestara al pensar en eso.

—Oye, ¿qué llevas ahí?

Meiling señaló sus manos y la camiseta que había en ellas, que había quedado reducida a una bola de tela muy arrugada.

—¿Esto? —Levantó una mano y mostró la prenda—. Nada, nada. Me lo había puesto hoy, pero como lo había ensuciado…

—¡¿Eso es sangre? Sakura, ¿estás herida? ¿Te ha ocurrido algo?

No se explicaba cómo Tomoyo había podido darse cuenta de las pequeñas manchitas que intentaba esconder, y se sentía muy mal por la preocupación con la que le preguntaba… pero no podía decirle nada. Primero, porque no era asunto suyo, como bien se había encargado el chico de hacérselo saber, y, segundo, porque creería que se había vuelto loca.

—Sí… ¡No! Es que… —Su cabeza trabajaba rápidamente intentando dar con algo creíble hasta que se le ocurrió una idea—, estaba escribiendo y me corté con una hoja —rió nerviosamente y lanzó la camiseta sobre su maleta—. Qué tontería, ¿verdad?

—Ahá —asintió Meiling, aún pensativa—. ¿Y cómo ha caído la sangre ahí arriba?

Sakura volvió a reír nerviosa, esperando que se le ocurriera una respuesta rápida y creíble mientras aguantaba las miradas inquisidoras de Meiling y Tomoyo.

—Pues… —comenzó, pero no pudo pensar nada más porque al instante se oyó un rugido ensordecedor que dejó a las tres amigas atónitas.

—¿Sakurita? —la aludida agachó la cabeza, avergonzada—. ¿Es que no has comido hoy?

Cabe decir que su respuesta fue un no: entre la visita al templo, la huída y la posterior llegada al hotel, Sakura no había tenido tiempo para pensar en comida —muy a pesar de lo mucho que le gustaba—. Por esa razón, fueron las primeras alumnas en llegar al comedor del hotel y las últimas en irse. Si había algo que caracterizaba a Sakura, era que parecía un pozo sin fondo; comía ingentes cantidades para estar tan delgada, aunque siempre alegaba que comer mucho significaba tener buena salud.

Estaba ajena a todo lo que ocurría a su alrededor: sus compañeros hablaban y reían, sus amigas comían y la miraban divertidas, y ella… ella sólo comía. No pensaba en nada, y no es que quisiera hacerlo tampoco.

Cuando ya no quedaba casi nadie en el comedor, Chiharu hizo que todas se apiñaran alrededor de Sakura, que aún estaba con el postre y, vigilando que el profesor no las mirara, bajó mucho el volumen de su voz y las miró con una sonrisita.

—Takashi me ha dicho que después vayamos a su habitación —susurró con una sonrisa que después dio paso a un ceño fruncido, lo que les hizo pensar a todas que también le habría contado alguna mentira—, al parecer han traído un regalito para Sakura, por haber estado enferma hoy.

—¿Un regalo? —La aludida levantó la cabeza al oír su nombre—. ¿Qué regalo?

—Ya sabes, un regalo —dijo Chiharu encogiéndose de hombros. Se levantó de la mesa, en la que ya sólo quedaban Tomoyo y Sakura—. Luego os veo, ¿vale?

Sakura metió la cuchara en su boca y miró hacia la puerta pensativa. ¿Qué regalo le podrían haber llevado sus amigos? Al poco tiempo, Tomoyo la sacó de su ensimismamiento y le preguntó que si ya había terminado, porque seguramente ya todos se habrían reunido en la habitación de Yamazaki. Subieron a su habitación y, tras ponerse el pijama, se dirigieron al cuarto piso.

—¿Qué regalo es, Tomoyo? —preguntó Sakura por enésima vez desde que salieron del comedor, a lo que su amiga contestó con una enigmática sonrisa—. ¡Oh, vamos! Dímelo, ¡por favor!

—Pero Sakurita, si ya hemos llegado —rió parándose frente a una puerta y tocando con los nudillos; poco después, Yamazaki las invitó a pasar.

A pesar de que la habitación no era muy grande, estaban ahí todos sus amigos: Naoko, Rika y Meiling hablaban en voz baja sobre una de las camas, Chiharu miraba muy seria y con los brazos cruzados a Yamazaki, y el chico con quien Yamazaki compartía habitación y que a veces salía con ellos, llamado Shigeru, estaba abriendo su mochila.

—¿Cómo estás, Sakura? —Yamazaki cerró la puerta tras ellas.

—Bien, bien —respondió, mirando hacia todas direcciones. Se mordió la lengua para no parecer ansiosa, pero no pudo resistir más tiempo—. Chiharu me ha dicho que…

—Ah, sí, sí.

Él hizo que Sakura se sentara sobre una de las camas e indicó a su amigo que acercara lo que había sacado de la mochila: unas cuantas botellas de cerveza con nombre inglés y tabaco. Sakura frunció el ceño.

—¿Sabías que hace muchos años los ingleses descubrieron que el tabaco tenía propiedades curativas? —No tardó en inquirir Yamazaki, alzando un dedo y entrecerrando los ojos; de fondo se oyó un bufido de Chiharu—. Así es: cuando se torcían un tobillo, se curaban fumando ma…

—¡Yamazaki, no cuentes más mentiras! —una enojada Chiharu se encargó de interrumpir su relato cogiéndolo de la oreja y llevándoselo de ahí.

Pero Sakura se encontraba ajena a todo esto, mirando su regalo no muy contenta.

—Yo… no… Nunca he… —Movió un pie graciosamente con algo de nerviosismo.

No le parecía lo más adecuado, no. ¿Y si alguien entraba en ese momento y los castigaban? ¿Y si se lo decían a su padre y a Touya? ¡Seguro que se enfadarían muchísimo con ella, no podría ni mirarles a la cara! No, no; no bebería, porque ella no hacía esas cosas.

—¿Sakurita? —preguntó Tomoyo al verla perdida en sus pensamientos.

Sin embargo, siempre le habían dicho que si no hacía ninguna locura en un viaje de ese tipo… ¿Cuándo podría hacerla?

—¿Y si nos pillan? —Negó de nuevo con la cabeza. Eso no estaba bien.

—No nos pillarán —Y un suspiro generalizado se hizo presente en la habitación.

Al ver que aún seguía negándose, y a pesar de que parecía menos reticente, Yamazaki volvió a su lado.

—Sakura —llamó—, es nuestro último viaje de estudios, ¿quién sabe si alguna vez coincidiremos todos juntos de nuevo? —Todos guardaron silencio mientras él hablaba. Aprovechando su inusual atención, tomó un bote de cerveza—. Por muchas primeras veces juntos. Y, además, ¿qué mejor que nuestro último viaje para que bebas tu primera cerveza?

Alzó su bote y los demás le imitaron, hasta Tomoyo, que había sonreído a modo de disculpa, y Sakura, que había visto que no había más remedio.

El primer trago fue amargo y desagradable. El segundo, mucho peor. Aún así, cuanto más la instaban a beber pequeños traguitos, menos notaba el sabor extraño de la bebida. Nunca antes había bebido otra cosa que no fuera el sake que le daban en algunas celebraciones de año nuevo, y era una sensación extraña la que tenía en esos momentos.

—Sakura, ¿quieres otra? —le preguntó Rika, alcanzándole un bote.

Sakura asintió, resignada. No debió haberlo hecho.

Su hermano le había dicho que no cometiera locuras en Hong Kong, y sentía que lo estaba desobedeciendo. No obstante, una vaga alegría se había adueñado de ella porque no se acordaba de Kerberos, del chico ni de nada de lo que le había ocurrido esos dos días. Y eso le agradaba —aunque implicara perder coordinación y coherencia.

—Es la hora de… —exclamó de pronto Naoko con los ojos brillantes— ¡Historias de fantasmas!

Todos asintieron ansiosos por escuchar una de las historias de Naoko.

—Estaba anocheciendo y no había nadie en las calles. Ella caminaba sola, mirando a todos lados —Sakura se abrazó a sí misma, intentando no prestar atención a lo que decía—. De repente, un hombre armado con una gran espada apareció y…

Inevitablemente, Sakura recordó la escena que había vivido el día anterior. Cerró los ojos y frunció el gesto, apretando entre sus manos el bote metálico. Ninguno de sus amigos, excepto Tomoyo, se había percatado de ese cambio. Se levantó y se dirigió al balcón, notando que el mareo que antes no había sentido se apoderaba de ella al poco de hacerlo. A ninguno de sus amigos le extrañó su repentina salida, pues sabían el miedo que Sakura tenía a los fantasmas. No obstante, esa vez no era por su miedo a los seres sobrenaturales.

Se apoyó en la baranda y se relajó cuando la suave brisa le dio en la cara.

—Chico testarudo —murmuró, dejando reposar su cabeza sobre las manos—. Testarudo, testarudo, testarudo. No puede aceptar ni un poco de ayuda. Testarudo —se quejó con palabras torpes.

—¿Sakura?

Dio un pequeño salto acompañado de un «¡Hoeee!» cuando oyó a Tomoyo llamándola.

—¿Qué te ocurre? Has salido de pronto de la habitación —dijo acercándose a ella—. ¿Es por la historia de Naoko? —Sakura negó con la cabeza y volvió a fruncir el ceño, visiblemente enfadada, ¿por qué tenía que ser tan testarudo? Tomoyo se mostró confusa—. ¿Entonces qué pasa?

—¡Es que es tan… testarudo! ¡No me deja! —Hizo un gesto de sus brazos para acompañar la exclamación; después, su ánimo decayó—. No entiendo.

Tomoyo llevó una mano a su barbilla, pensativa; ella tampoco entendía nada de lo que decía su amiga. El poco alcohol que había ingerido le había afectado.

—Yo… —Los verdes ojos se tornaron acuosos de repente y bajó la cabeza—. No entiendo nada. Él… —sollozó, escondiendo la cara entre sus manos—. ¿Por qué no me deja?

—¿Quién? —Sakura volvió a sollozar, haciendo que Tomoyo se preocupara más. Tomó las manos de su amiga entre las suyas—. ¿Sakura?

La aludida abrió los ojos y negó insistentemente con la cabeza. Dio un paso hacia atrás y se limpió las lágrimas que había derramado con el dorso de la mano.

—Nada, Tomoyo —suspiró y, después, le dedicó una sonrisa quebradiza—. No te preocupes, no pasa nada. Yo… —Dio otro paso hacia atrás—, mejor me voy a la habitación.

—¿Quieres que te acompañe?

Se giró para verla, encontrándose con la mirada seria de Tomoyo. Consideró por unos segundos que Tomoyo fuera con ella y la dejara contarle todo lo que la atormentaba, pero desechó esa idea. No podía.

—No, no —rió con nerviosismo—. Luego hablamos, ¿vale? No pasa nada.

No le dejó tiempo para que añadiera más, pues salió a todo correr del balcón y de la habitación después de despedirse de sus amigos. Aún con la cabeza dándole vueltas, con un mareo casi extinto, llegó a su habitación y se tiró en su cama sin siquiera encender la luz. No se podía explicar cómo había sido tan tonta como para decir todo eso y preocupar a Tomoyo de esa manera, con lo buena que siempre era con ella.

—Tonta Sakura… —se recriminó, irritándose los ojos al frotarlos de nuevo con la mano—. Tonta, tonta Sakura.

Mas no pudo seguir insultándose porque oyó un clic procedente de la puerta de su balcón. Contuvo la respiración y elevó un poco la cabeza.

—¿Quién hay ahí? —preguntó temerosa, con ojos temblorosos y voz trémula.

Nadie le contestó.

Ella se sentó sobre sus rodillas y subió sus manos al pecho, retorciéndolas nerviosamente; la oscuridad que la envolvía tampoco le daba demasiada confianza. Miró a su alrededor esperando que de repente algo saliera de improvisto.

—¿Hola?

Después de unos segundos más en silencio, cerró los ojos y se llevó una mano a la frente, despeinándose. Era una tontería imaginar que pudiera haber alguien en la habitación si habían comprobado que estaba bien cerrada. Definitivamente, la cerveza le había afectado más de lo que creía.

Sin embargo, creyó que sufriría un ataque al corazón cuando un grito que hizo que cayera de espaldas, más asustada que nunca en toda su vida, resonó en toda la habitación.

—¡Sakura, qué bien que te encuentro! —gimoteó el pequeño ser alado que la miraba desde arriba. Sin embargo, el alivio duró poco al verla con esa expresión desfigurada en su cara.

Cuando logró reponerse, se levantó de un salto de la cama y lo miró con enfado.

—¡¿Se puede saber qué haces? —Posó su mano derecha sobre el corazón, que estaba desbocado—. ¡Me acabas de dar un susto de muerte!

—Llevo toda la noche dando vueltas por aquí —explicó con su extraño acento—. Ya sé lo que te dijo, pero tienes que…

Sakura apartó la mirada de la pequeña bestia, sin cambiar su expresión.

—No, no tengo que hacer nada. ¡Yo no elegí esto!

—Pero has sido escogida —argumentó con orgullo. Al ver que no reaccionaba ante eso, se mostró preocupado—… Y él te necesita.

Sintió una punzada en el pecho y después negó con la cabeza. Eran tantas preguntas sin respuesta, tantos cambios en tan poco tiempo, que no había podido asimilarlo todo. Sabía que la solución no era ni enfadarse ni llorar, pero no sabía qué más hacer.

—¡Él no quiere mi ayuda! —exclamó compungida.

—Pero te importa lo que le pueda pasar —comenzó Kerberos cruzando sus patitas y dejándose caer sobre la cama.

—¿Por qué tendría que importarme? —refutó ella con un amargo sabor en la boca—. Ni siquiera sé cómo se llama, ni siquiera lo conozco —susurró recordando las palabras que él mismo le había dicho ese día. La cabeza estaba dándole fuertes punzadas, no quería seguir más con eso.

—Tienes razón —asintió Kerberos, regalándole después una sonrisa altanera—, pero te importa. —Tomó aire y se acercó a ella—. Y tú, entre todas las personas, fuiste la elegida.

Sakura se alejó y dio media vuelta, intentando pensar. Hasta hacía un día, su vida había sido de lo más normal. ¿Por qué tenía que cambiar ahora, tan de repente?

—Pero fue porque entré a ese puesto —murmuró volviendo a mirarlo—. Si nunca hubiera entrado…

—Tu destino estaba preordenado —explicó de nuevo—. Todo ha ocurrido porque debía ocurrir.

Ella miró al suelo, negando por enésima vez con la cabeza. Cuando se decidió a abrir la boca para responder, oyó el ruido de la tarjeta que abría la puerta de su habitación.

—¡Debes irte! —susurró apurada, abriendo la puerta del balcón y empujando a Kerberos fuera; al segundo de que se marchara, suspiró—. Lo siento…

Oyó el pomo de la puerta moverse y, acto seguido, vio a Tomoyo y Meiling, que entraban sonriendo y saludándola. Meiling fue a cambiarse de ropa, oportunidad que aprovechó Tomoyo para acercarse disimuladamente hacia Sakura.

—¿Ya te encuentras mejor? —preguntó en voz baja, y sonrió más tranquila ante la respuesta afirmativa de su amiga.

No tardaron demasiado en irse a dormir, aunque Sakura no pudiera conciliar el sueño hasta muy entrada la noche, con todo lo que le había ocurrido ese día y el anterior dándole vueltas, impidiéndole relajarse en el viaje que, se suponía, iba a ser el mejor de toda su vida.

Porque aunque se lo hubiera negado a Kerberos, y por más asustada que se sintiera, sentía que debía ayudarlo.

Quizás, pensó, era cierto que no existían las casualidades.


Notas de Odisea: ¡Hola! Espero no haberos hecho esperar mucho tiempo, pero entre fiestas, trabajos y demás apenas he tenido tiempo para pasarme por aquí. Nuevamente quería agradecer todos los reviews que me llegaron: ¡nueve! Nunca había tenido una aceptación tan grande xD

Espero que este capítulo también os guste y os quite algunas de las dudas... a la vez que os deja otras. Creo que en este no quedaba nada por explicar, pero aún así si tenéis dudas con algo estoy a un click de ratón ^^

Ah, sí, quería decir una cosita (?). Quizás, los que hayáis leído TRC, veáis algunas similitudes con el manga (sólo en las frases, el resto de totalmente de CCS), porque he cogido algunas de las frases que más me gustaron y las he adaptado un poquito. Esto no significa que sea un Cross-over con el manga ni que vayan a aparecer personajes de él, simplemente quería aclararlo por si las moscas.

Y para los que dejan reviews anónimos:

Os he dejado las contestaciones a vuestros reviews en mi perfil ya que en el mismo capítulo se supone que está prohibido, y por el último comentario pensé: si queréis que os avise de cuándo publico no tenéis más que dejarme vuestro correo de esta forma: menganito (arroba) loquesea . com

Es que no tenéis forma de contactar conmigo más que con un review, y más que más, fanfiction no avisa de cuando he colgado un capítulo nuevo, así que si queréis que lo haga yo no tenéis más que dejarme vuestro email ^^ y de esa forma, porque si no fanfiction no lo muestra.

Así que, muchas gracias por todo y nos vemos en los reviews ^^

Un beso,

Odisea