I

Se sentó al borde de la cama, llevaba al menos dos horas despierto, y su alarma había comenzado a sonar, las seis en punto de la mañana, debía alistarse para su nuevo primer día.

No es que fuera la primera vez que asistía a un nuevo instituto, estaba acostumbrado a ello, a causa del trabajo de su padre los cambios eran parte de su vida. Por lo mismo, el desarrollo de habilidades sociales no era algo que se le diera natural. ¿Para qué hacer amigos? ¿Para qué confiar? Si al final, todo, absolutamente todo terminaba por desvanecerse.

Se sentía extraño, no podía describir las emociones que lo recorrían... Habían pasado cuatro meses desde aquel incidente, pero sentía que todo seguía igual. Seguía vacío; frío y vacío.

Salió de la ducha, su rojizo cabello aún estilaba agua tibia; se miró al espejo, estaba pálido y ojeroso, no tenía buena cara, pero ya se le había vuelto normal ver a esa persona en el espejo, a ese ser que él ya no reconocía.

Regresó a su cuarto y se vistió, tomó su bolso y sacó un pequeño reproductor de música, se colocó los audífonos, tomó sus cosas y salió, para bajar hasta el primer piso.

-¿Estás seguro que no quieres que te lleve? Tengo mi automóvil fuera del estacionamiento Gaara.

-No gracias, tomaré el tren subterráneo- respondió.

-Que tengas un buen día, cuídate.

-Gracias Temari.

Y lo dejó ir, no le diría nada más, sabía que no conseguría mucho con seguir hablándole, ya que el chico simplemente la ignoraba, y ella lo entendía. A pesar de que tenía la esperanza de que con el tratamiento, Gaara cambiara un poco, al menos lo suficiente, para abandonar ese aislamiento auto impuesto.

II

Hacía frío, y la brisa helada quemaba su rostro, aumentando su palidez espectral. Llegó a la estación del tren y luego de pagar su pasaje llegó hasta la zona de los andenes. No había mucha gente a esa hora de la mañana, al parecer, había salido muy temprano de casa. Llegó el tren y subió a uno de los vagones. Notó que varios de los pasajeros eran estudiantes qu usaban el mismo uniforme que él llevaba, y se preguntaba si alguno de ellos sería de su clase.

Suspiró... Estaba cansado, agotado de llevar esa vida que no deseaba, y que sentía que continuaba por culpa, ya que recordar todo lo que había hecho sentir a su familia lo sumía irremediablemente en una sensación de culpa que terminaba por angustiarlo, por encerrarlo en un laberinto de emociones que solo lograban ahogarlo todavía más.

Escuchaba risas, sonidos de alegría que inundaban el vagón, sonidos que traspasaban sus audífonos, que traspasaban su alma, recordándole lo vacía que estaba. Él no tenía motivos para reír, ni siquiera era capaz de recordar la última vez que lo había hecho, no recordaba como se sentía aquello que algunos llamaban felicidad... Solo se aferraba a la esperanza de que quizás el tren se descarrilara, o algún conductor ebrio lo atropellara, y así, esa presión en su pecho se iría para siempre. Y con ese pensamiento "alentador", continuó su viaje, ignorando a ese mundo exterior al cual no pertenecía.

III

La ceremonia de bienvenida del año escolar probablemente ya estaba terminando, pero a ella poco le importaba. Y no es que fuera una rebelde, por el contrario, durante el año daba su máximo esfuerzo para obtener buenas calificaciones y no tener problemas con su padre, quien era un hombre exigente. Pero de vez en cuando, necesitaba escapar; desvincularse de todo aquello que la hacía pensar, que la mantenía atada a esa vida que la verdad ya poco le importaba.

Entró a un pequeño café que se había instalado hace un par de años cerca del instituto y se dirigió hasta el baño; de su bolso sacó algo de ropa, la cual reemplazó el uniforme que llevaba, y unas zapatillas. Guardó el resto de prendas dentro de su bolso y salió, para caminar hacia una de las mesas, hacia su mesa, donde llegaba la correcta cantidad de luz, pero estaba lo suficientemente lejos de la ventana para pasar inadvertida a los transeuntes que pasaban por fuera del local.

Miró a su alrededor, Tamaki, el chico que atendía la barra le sonrió mientras levantaba una de sus manos para saludarla, a lo cual ella respondió con un gesto similar, y algo de ardor en sus mejillas.

Por fin logró sentarse, y de uno de los bolsillos de su mochila sacó una cajetilla de cigarros, un encendedor y un libro, mientras esperaba pacientemente la taza de café negro que ya era su costumbre. Tímidamente encendió un cigarrillo, y se dispuso a leer.

IV

Era apenas medio día, pero la jornada escolar había llegado a su fin, o al menos eso había decidido la directora del establecimiento, apoyada por el consejo escolar; y sin haberse sacado los audífonos durante toda la mañana, salió del edificio camino a perderse por un par de horas.

No tenía muy claro que hacer, había llegado a la ciudad hacía solo un par de semanas, por lo que no conocía muy bien el lugar, pero los deseos de no llegar a su casa eran más fuertes que cualquier atisbo de sentido común.

No alcanzó a llegar muy lejos cuando se encontró con un local que llamó su atención, un café inserto entre esos edificios. Pudo oír el sonido de la campanilla al cruzar la puerta, miró el interior de reojo y caminó hacia una de las mesas del fondo. Se sentó y colocó uno de sus codos encima de la mesa, para afirmar su cabeza sobre una de sus manos. Observó todo el entorno, cada rincón, cada detalle, le agradó el ambiente del lugar.

-Bienvenido, mi nombre es Tamaki, ¿Qué le puedo ofrecer?

Miró al mesero de pies a cabeza, se trataba de un chico de unos veinte años, probablemente universitario, mediana estatura, cabello y ojos castaños, y una sonrisa bastante llamativa.

-Deseo mirar la carta- contestó el pelirrojo.

Tamaki le entregó un menú; la variedad no era mucha, pero al menos tenía café.

-Un expresso, y un vaso de agua.

-¿Algo para comer?- preguntó sonriente, pero no recibió respuesta, su cliente lucía perdido, y la música que salía de sus audífonos había aumentado considerablemente de volumen.

Recorrió el local un par de veces con su mirada, mientras cambiaba las pistas de su reproductor, hasta encontrar algo que lo dejara satisfecho. Inesperadamente, sus ojos dieron con el único otro cliente del lugar. La miró fijo durante un buen rato, pero notó que ella no se había dado cuenta de su escrutino, pues estaba concentrada leyendo un libro el cual acaparaba toda su antención.

Su cabello era negro y largo, llegaba mucho más abajo de sus hombros, y sobre su frente lucía un flequillo, que contrastaba notablemente con la claridad de su piel, era casi tan pálida como él. Aparentaba unos diecisiete años, y lo que más le llamó su atención fueron sus ojos, sus grandes ojos color gris.

De pronto, sintió un aire frío recorrer su espalda, sacó la vista del libro que leía y miró a su alrededor; justo frente a su mesa había un joven con uniforme de secundaria, que la observaba fijamente.

No pudo evitarlo, por más que se había prometido ser más relajada, ser menos tímida, sintió como la sangre se agolpaba en sus mejillas. Se había sonrojado una vez más, desde que tenía uso de razón, la única reacción que tenía para casi todos los acontencimientos de su vida, era ese maldito sonrojo que delataba su extrema timidez, su incapacidad de enfrentar cualquier situación que la pusiera bajo algo de estrés.

Bajó su mirada y tomó aire un par de veces, mientras apretaba su libro. No quería irse, pero se le hacía muy difícil volver a sentirse cómoda nuevamente. Poco a poco levantó la vista, quería fijarse en la persona que la había puesto en aquella situación.

Al principio divisó su uniforme, y se percató que era el uniforme masculino de su instituto; subió algo más su mirada y vio una mano que reposaba sobre la mesa, los dedos eran delgados y la piel que la cubría era blanca, incluso parecía más blanca que la suya. Poco a poco tomó el valor para mirar su rostro, encontrándose con un par de ojos verdes que la observaban fijamente.

-Que bello color- pensó.

Luego reparó en su cabello, de color rojizo, tan intenso como el color que ahora lucía en su rostro. Al tomar consciencia de que se miraban fijamente, solo atinó a soreírle, y a volver su mirada hacia el libro que leía, tratando de convencerse de que nada había ocurrido.

-¡Que vergüenza! ¡Que vergüenza!- pensó, mientras sujetaba su libro aún más fuerte.