Atentado.
Arthur se relamió los labios y tomó una galletita con chispas de chocolate, sumergiéndola en la leche.
- ¿Jardín? - dijo Alfred leyendo el periódico, se encontraba en desacuerdo con la propuesta de su amada - Tiene cinco años.
- Los niños pueden ir desde los siete meses - recordó ella mientras tomaba el plato vacío de su esposo.
- Tía Alice...
- Mommy.
Arthur hizo una mueca por el pequeño regaño, no se acostumbraba a llamar así a la mujer que lo sacó del hogar de niños.
- No quiero ir al jardín.
- Tuché!
Alfred apuntó con una burlona sonrisa. Alice iba a protestar, pero Alfred se paró de su asiento y la calló con un beso.
- Dime, my love ¿alguna vez me he equivocado?
Arthur los veía sonriente, con un bigote de leche encima de la boca. Sus nuevos tutores se querían mucho, y él... deseaba encontrar a alguien tan especial con quien compartir el resto de su vida.
Alice era una mujer profesional, sincera y paciente, sin embargo era demasiado terca. Si no entendía la opinión del otro, simplemente la ignoraba, lamentablemente. Así llegó al jardín más prestigioso de New Yorks. Uno que extrañamente, estaba vacío.
- ¿Hola? - llamó ella revisando una a una las salas.
Arthur miraba con sus grandes ojos verdes las pinturas de las paredes, sujetado a la fina mano de su madre.
- Señorita Alice...
- Mommy - regañó con un tono cariñoso.
- Mommy - susurró sonrojado, se sentía nervioso cuando le decía así - Deberíamos irnos.
- Why?
- No hay nadie, ¿no es algo extraño?
- Tranquilo amor, no pasa nada.
Una fuerte explosión les hizo perder el equilibrio. Arthur sintió como sus pupilas crecían al procesar el estallido.
- ¿Fu-fue...? - inquirió el más pequeño con un deje de miedo en su voz.
- Una bomba - susurró Alice sin salir de su expectación.
- Mom - el pulso de Arthur comenzó a acelerarse.
Alice tomó la mano del menor y lo guió rápidamente escaleras abajo. Se hallaban en el tercer piso. El fuego puso obstáculos en el suelo de mármol y partes del techo caían a su paso. Arthur empezó a toser cubriéndose la boca, el humo comenzaba a dificultar su respiración.
- ¿Cariño? - Alice lo subió a sus brazos y miró su cara ennegrecida por las cenizas.
- Tía, me falta... el aire - dijo entrecerrando los ojos.
Alice se mordió el labio. Su atención varió del menor, al notar que una viga de hierro se caía sobre ellos. Retrocedió por impulso, sintiendo su corazón golpeteando su pecho. Todo el pasillo blanco y largo del jardín de niños ardía en fuego. Alice entró en la primera habitación que vio y cerró rápidamente.
Se sentó en el piso y apoyó su espalda en la pared, el humo también le comenzaba a hacer efecto en su frágil cuerpo.
- Mom? - susurró Arthur mientras respiraba lentamente, cenizas caían sobre su cabeza.
- S-si cariño.
- ¿Papá ven-drá a salvarnos?
Alice se conmocionó levemente. Luego sonrió y besó su frente, abrazándolo.
- Él es un héroe ¿lo olvidas? Vendrá por nosotros, so-lo... espera.
Moviendo sus manos con torpeza sacó el celular de su bolsillo, y marcó su número.
Timbre.
- ¿Ho-hola?
- Honey! ¿Por qué llamas?
- Es-tamos en problemas, Al, y necesitamos que un hé-roe venga a salvarnos - dijo con una leve sonrisa.
- Eh?
- Fui al jardín.
- Hey! ¡Te dije que no lo hicieras!
- Me disculparía, pe-ro estoy en medio de un incendio.
- ... Baby, no es tiempo de juegos.
- No estoy bro-meando.
Escuchó una explosión que los hizo callar a ambos.
- What?! ¡Vida, salgan de ahí ahora!
- No puedo - bajó la vista, notando que Arthur estaba inconsciente en sus brazos - N-no tardes, ¿si? Arthur... est-esta inconsciente... Alfred... ¿Alfred? - llamó al dejar de oír la voz de su esposo.
Suspiró y tosió un poco, acostándose en el suelo. Miró la manchada y dormida cara de su hijo, sin gesticular ni decir nada. Acarició su mejilla mientras una fina lágrima caía de sus ojos. No quería verlo morir, tenía una larga vida por delante, demonios era solo un niño. No podía irse al cielo... por una necedad suya.
- Mom ¿estás llorando? - preguntó Arthur entreabriendo los ojos.
- Peque - sonrió ella secándose la lágrima - Estas despierto.
- No llores, papá... pron-to vendrá a salvarnos - cerró los ojos, la falta de aire le hacía sentir mareado - Cuando salgamos... ¿puedes leerme un cuento?
- Los que quieras, tu dime cual y yo te lo leeré.
- ¿Y puedes... contarme uno ahora? - dijo Arthur bajando un poco la cabeza, sentía el cansancio apoderándose de su pequeño cuerpo.
- Esta bien - Alice lo pensó un poco y luego dio una leve sonrisa - Había una vez una familia de magos, que vivían en un bosque húmedo y grande. Un día decidieron salir a comer, hicieron un picnic, y cuando tenían todo listo se dieron cuenta que, lu-ciendo su "envidiable" ingenio, dejaron la comida en su casa.
Arthur río levemente de lo olvidadizos que eran los magos.
- El papá dijo "yo iré, como el héroe que soy, ustedes me esperan aquí".
- ¡Cómo mi papá!
- Así es - apremió ella acariciando su áspero cabello - Entonces la mamá y el pequeño mago escucharon una fuerte pisotada "Fi fa fo, soy el gigante grandulón".
Arthur tosió, y entrcerró los ojos.
.- ¿Qué pasó...? - cabeceó un poco, y luego sintió el beso de su madre en su frente.
- Tranquilo bebé, resiste un poco más.
- Lo haré mom, lo prometo, solo sigue... contando el cuento.
Alice suspiró, apretándolo más contra él.
- Los tiró a un hueco y los tapó con una piedra.
- Oh no, les va a dar ham-bre.
- En efecto, pero más que hambre, empezaron a tener una inmensa calor, y minuto a minuto, les costaba más respirar.
- ¿Có-mo nosotros? - preguntó intentando no quedarse dormido.
- Como nosotros - les sonrió acariciando dulcemente su cabeza.
Arthur sonrió, y lentamente fue cerrando sus ojos.
- ¿Arthur? ¡Arthur! - el miedo fue recorriendo su cuerpo, apesar de que lo sacudía sin delicadeza, él no abría sus ojos - A-Arthur, honey? - limpió el polvo de su pequeño rostro con suavidad, las lágrimas humedecían su rostro - Lo prometiste - se mordió el labio, presionándolo contra su pecho - No escuchaste el final - sonrió en silencio, con una ternura quebrada - Su papá mago llegó y los salva, tienen un final feliz Artie - hipeó besando su frente - Viven felices.. por siempre.
Las frías lágrimas siguieron humedeciendo sus mejillas, abrazando el cuerpo inerte del menor.
Alfred dio un portazo a la puerta del automóvil y corrió hacia la entrada del jardín de niños. Su corazón bombeaba con fuerza, tenía miedo por Arthur ¿inconsciente? Y su amada, su dulce Alice... no podía vivir sin su amor.
- ¡Señor! ¡Esta prohibida esta entrada! - detuvo estrictamente su paso uno de los bomberos que custodiaban el lugar.
- Pe-pero mi esposa ¡y mi hijo! Ambos están adentro, ¡tengo que sacarlos!
- Tranquilo joven, el resinto ha sido evacuado...
- ¡No! ¡Ellos están adentro y si no me deja pasar ahora morirán!
El bombero suspiró exasperado.
- Ya le dije que...
- ¡Mire, un niño tomó las llaves del camión! - dijo infantilmente señalando hacia un lado suyo.
- ¿Qué?
Aprovechando su desconcierto se adentró en el incendiado recinto. Entrecerró los ojos y se arregló los lentes, el humo hacía que le costara ver. Sus valiosos recuerdos, de él abrazando a su pequeño Arthur y tomando la delicada mano de Alice, era lo único en lo que pensaba mientras esquivaba el fuego. Gritaba sus nombres al correr, esperando, ingenuamente, que alguno respondiera a sus llamados.
Ya estaba en el último piso, comenzaba a desesperarse cuando escuchó que una silla se caía bajo sus pies. Con sus esperanzas a flor de piel corrió escaleras abajo y abrió la puerta. El humo lo cegó unos segundos más lo disipó un poco con sus manos. Logró divisar entre esa espesa niebla el pequeño y desparramado cuerpo de Arthur. Corrió hacia él y le dio un fuerte abrazó. Lo escuchó gemir en un inútil intento de llamarlo papá. Aliviado acarició sus cabellos. Arthur tosió, tenía que sacarlo del edificio.
- ¿Y mami?
- ¿Mami? - repitió el menor, quien con todo su esfuerzo botó la silla para llamar la atención de su padre.
- Arthur, necesito que seas un héroe y te quedes despierto.
- Pe-ro, me siento mal...
- Arthur, por favor.
El menor accedió a bajar de sus protectores brazos, intentando hacerlo sentir orgulloso, y trastabillando lo guío hacia el inconsciente cuerpo de su madre. Satisfecho Alfred lo tomó en su brazos, junto a Alice.
- Buen trabajo campeón - susurró el mayor en su oído.
Arthur solo sonrió, sintiéndose débil.
Alfred corrió escaleras abajo y esquivó hábilmente el fuego, en momentos como ese agradecía haber sido el más ágil de su equipo de rugby. Salió del edifico, justo en el instante que una viga terminó por bloquear la salida.
Tosió un poco, producto del humo, intranquilizándose cuando le quitaron a las dos personas que más amaba de sus brazos. Subieron a los dos en una camilla y se los llevaron a una ambulancia. Más tarde se enteraría que habían llamado esa ambulancia porque creyeron que un hombre loco había entrado en el incendio a salvar personas que no existían.
- Dady...
Alfred se acercó a la camilla del más pequeño, quien sujetó con fuerza su dedo meñique, necesitaba tranquilidad. Alfred le sonrió mientras acariciaba sus rubios cabellos.
- ¿Si, Artie?
- Mamá... estaba llorando - susurró preocupado.
Alfred no supo reaccionar por unos segundos. Luego sonrió con calidez, comprendiendo la preocupación de su hijo.
- Entonces tu y yo la haremos feliz, ok? - habló acariciando la parte de su mejilla que estaba libre de la máscara de oxígeno.
- Ok - susurró sonriendo por la idea de hacer feliz a su mom - Y daddy.
- ¿Si peque?
- I love you.
Y aquella vez, fue el primer te amo que salió delicadamente de sus labios.
