II

Empatía

Alguien golpeó la puerta de roble. Tres veces.

Maldita sea. ¿Quién sería a aquellas horas de la noche? Menos mal que el niño no se había despertado… Andrómeda Tonks alargó el brazo desde la cama para alcanzar la varita sobre la mesilla de noche, susurró el encantamiento linterna y se desprendió de las sábanas con aspereza. Antes de dejar la habitación, echó un vistazo a su nieto en la cuna para asegurarse de que dormía. Se pasó sobre los hombros la bata de satén lila, su favorita, y se la anudó alrededor de la cintura mientras salía por la puerta. Se la había regalado su marido por su aniversario el año pasado y le recordaba a él...

Una vez hubo bajado las escaleras y llegado al vestíbulo, echó un vistazo por la mirilla de la puerta. Frunció el ceño. Dudó por un momento, colocó la mano sobre el pomo de la puerta y abrió.

—¿Cissy?

En otras circunstancias, tal vez no la hubiera llamado así, pero no hacía ni dos minutos que estaba en la cama y la sorpresa de ver a su altanera hermana pequeña plantada a la puerta de su casa había sido mayúscula. Narcisa tenía un aspecto espantoso. Estaba incluso más delgada que de costumbre y tenía el pelo completamente despeinado. Además, estaba empapada. Al parecer, fuera llovía.

—¿Puedo pasar? —preguntó aquella inesperada visita con un tono bastante impertinente que Andrómeda se obligó a pasar por alto. Puso los ojos en blanco y se hizo a un lado para dejar que la señora Malfoy entrara en su casa. A continuación, cerró la puerta y se hizo el silencio. Por un momento, ambas hermanas se quedaron paradas, la una frente a la otra, sin saber qué decir. Hacía mucho tiempo que no se hablaban. Mucho, muchísimo tiempo. Desde la boda de Andrómeda.

La señora Tonks carraspeó para aclararse la garganta. Al fin y al cabo, se acababa de levantar.

—¿Qué… qué se te ofrece, Narcisa?

Narcisa se pasó la lengua por los labios, nerviosa. Saltaba a la vista que le había costado un esfuerzo enorme presentarse allí y a Andrómeda casi le inspiró lástima. Casi.

—No tenía nadie más a quién acudir, Drómeda —Narcisa Malfoy se tragó el orgullo y escupió las palabras como hubieran estado pugnando por salir de su garganta durante semanas. Andrómeda tardó exactamente diez segundos en procesar la información. Pasado ese breve lapso, apretó los labios, pestañeó lentamente y tomó aire…

—Prepararé té.

Narcisa asintió sin sonreír y la siguió por la casa hasta la cocina. La mujer del caballo castaño que tanto se parecía a Bella, le señaló una silla con un gesto tosco de la mano para invitarla a sentarse. Andrómeda, entretanto, fue a buscar la tetera en el estante de la vajilla de porcelana sobre el fregadero. Abrió el grifo y llenó la tetera blanca, que puso a hervir en el fuego con un golpe de varita algo seco. Su hermana la miraba desde una silla de mimbre.

—¿English Breakfast o Earl Grey? —preguntó Andrómeda, sin mirarla.

—Earl Grey estaría bien —acertó a decir Narcisa, entrelazando los dedos sobre el regazo, como la señorita que siempre había sido—. Gracias.

Andrómeda compuso una sonrisa socarrona. Su hermana y sus modales. Había cosas que no cambiaría nunca... Mientras sacaba dos bolsitas de té de una cesta en la repisa de la ventana, se le ocurrió que aquello podía ser un extraño sueño.

—Mi marido está en Azkaban. —Narcisa rompió el silencio de repente—. Ya no hay dementores allí, pero la pena es de 20 años y solo podré ir a visitarle los fines de semana.

«¿Solo?» La sonrisa ligeramente curvada en las comisuras de Andrómeda se transformó en una tensa línea recta.

—El mío está muerto.

Volvió el silencio. Andrómeda buscó dos tazas, de nuevo en el estante de porcelana mientras sentía que la rabia se apoderaba de ella, poco a poco, pero se controló. Entretanto, Narcisa se encogía en el asiento.

—Mañana será el juicio de Draco —susurró Narcisa.

La viuda de Ted Tonks cerró los ojos, colocó las tazas en la mesa y suspiró.

—Lo sé. Me lo ha contado Harry.

—¿Harry?

—Harry Potter.

Narcisa se puso tensa de repente. Ahora sabía que visitar a Drómeda había sido una idea afortunada. Cuando su hermana sirvió el agua en las tazas y se sentó frente a ella en la mesa, habló atropelladamente:

—Potter habló en mi defensa la semana pasada y gracias a él... ¿Crees que intercederá para ayudar a mi hijo?

Andrómeda saboreó aquel momento de incertidumbre, no sin cierta malicia. Colocó la bolsita de Earl Grey en su taza, alargó la mano sobre la mesa y rodeó con sus dedos el azucarero. Lo acercó hacia sí con parsimonia, con un inocente juego de pestañas y, después, introdujo una cucharilla de plata en el azúcar y lo machacó. Por último, se echó tres cucharadas de azúcar en el té y removió bien el líquido con la cuchara. Lentamente.

—¿Andrómeda?

Andrómeda colocó las manos en torno a la taza para sentir el contacto de la porcelana caliente. Entonces, levantó la vista y miró a su hermana.

—Sí. Harry va a intentar sacarle las castañas del fuego a él también.

Narcisa perdió toda la compostura cuando se dejó caer sobre el respaldo de la silla con tal expresión de alivio y paz, que pareciera que hubiera expirado su último aliento. En ese momento, Andrómeda se preguntó qué diablos hacía la señora Malfoy bajo su techo y por qué la había dejado si quiera pasar. Sentía al monstruo de la envidia corroerle las entrañas de solo pensar en la suerte que había corrido su pequeña Dora mientras que a su sobrino lo absolvían a pesar de llevar tatuada aquella repugnante marca en el antebrazo.

—Narcisa, me empieza a doler la cabeza… ¿Qué quieres de mí? Dímelo y veré qué puedo hacer por ti, pero dilo de una vez.

Narcisa se revolvió, indecisa.

—Necesito quedarme aquí unos días. Me han quitado la casa.

Drómeda arqueó las cejas, incrédula. Aquella era la mentira más gorda que había escuchado jamás.

—No te entiendo, Narcisa, de verdad que no. —La anfitriona elevó la voz—: Llevas veintisiete años sin dirigirme la palabra desde que papá y mamá me echaron de casa. Has fingido no verme si alguna vez te has cruzado conmigo. Te doy asco. Te da asco esta cocina tan pequeña y todo lo que tiene que ver conmigo y con mi marido sangresucia al que los tuyos se encargaron de asesinar a sangre fría. ¿Cómo que necesitas quedarte aquí?

—Eres la única familia que me queda —explicó Narcisa—. Si tú no me ayudas, nadie lo hará.

—Claro que sí. Preséntate en el número 12 de Grimauld Place y el mismísimo Harry Potter le pedirá a tu querido Kreacher que te prepare una habitación con visillos de flores.

—Harry Potter no es mi hermana.

—Oh, no, desde luego que no. ¡Pero, según el árbol genealógico de la muy honorable familia de los Black, yo tampoco! —Andrómeda gritó y le pegó un puñetazo a la mesa con toda la fuerza de la que fue capaz y, en ese instante, se escuchó el llanto desconsolado de un bebé proveniente del piso superior.

Narcisa y Andrómeda pegaron un respingo. Inmediatamente después, la señora Tonks se levantó y salió a toda la velocidad de la cocina, subió por las escaleras y recorrió en pasillo del piso superior con cuatro zancadas largas. Teddy, agarrado a los barrotes de la cuna, hipaba y sollozaba, asustado después de aquel grito lleno de rencor que lo había despertado. Andrómeda tomó al niño en brazos e intentó consolarlo, pero no había forma de calmar al pequeño Ted Lupin. Después de todo, ella no era su madre. Dora siempre sabía cómo hacer que el pequeño sonriera…

—Ven con tía Cissy, renacuajo —susurró una voz detrás de Andrómeda.

El niño se olvidó por un momento llorar al ver a aquella extraña de pelo rubio. Teddy entornó los ojos, pero Narcisa Malfoy le sonreía y él quería saber quién era aquella señora. A lo mejor era su mamá disfrazada. Su mamá solía disfrazarse todos los días. Tedy hizo un gorgorito y extendió los brazos hacia Narcisa. Andrómeda, atónita, dejó el niño en brazos de Narcisa casi sin pensar.

—¿Cómo te llamas, canijo? ¿Eh? ¿Cómo te llamas?

Teddy se rió al escuchar a aquella bruja hablarle como si fuera tonto y la tiró del pelo.

—Se llama Ted, como mi marido —se le escapó a Andrómeda.

—Te pareces un poco a Draco, Ted —Narcisa sonreía, obnubilada.

«En el blanco de los ojos», pensó Andrómeda.

—Eres igual de chiquitín que él cuando era pequeñito, Ted. Sí, sí, igual que el tío Draco —repetía Narcisa—. ¿No tienes sueño, Teddy? ¡Claro que sí! —Narcisa miró a su hermana de improviso con el ceño fruncido—. ¡Largo, Drómeda!

—¿Qué?

—¡Que te vayas! ¡fus, fus! ¡Fuera! —la espantó Narcisa.

Andrómeda no se sintió con fuerzas para protestar. Salió de la habitación, completamente desconcertada, y una vez en el pasillo, escuchó a su hermana cantar una nana. ¡Cantar! ¿Quién era aquella completa desconocida y qué habían hecho con su hermana! Al poco rato, Narcisa dejó la habitación y se reunió con ella en el descansillo de las escaleras. Se llevó el dedo a los labios para pedir silencio e instó a Andrómeda para que bajaran al piso inferior otra vez.

—Bueno, Andrómeda, me voy —anunció Narcisa con tono de voz cortante y los ojos fríos, como témpanos—. No te entretengo más.

Ahora sí que Andrómeda no entendía nada. Se suponía que todo aquel numerito del instinto maternal era para chantajearla. ¿Se iba a rendir tan pronto? ¿Sin más?

—Bueno, está bien —aceptó Andrómeda y abrió la puerta—. Adiós.

Narcisa le dio la espalda y salió al exterior, dio tres pasos y, de repente, se dio la vuelta.

—Drómeda.

—¿Cissy?

Maldición. Se le había vuelto a escapar. Bueno, ya daba igual. Miró a Narcisa con aire dubitativo y esperó que le pidiera por fin el favor que había venido a buscar. Se hizo esperar. Fuera el favor que fuera, parecía muy gordo, porque no podía soltarlo. Finalmente, su hermana menor, con voz firme y segura, dijo todo cuanto tenía que decirle:

—Siento lo de tu hija.

Y Narcisa Malfoy desapareció en mitad de la noche, como si nunca hubiera estado allí.


N.d.a. Bueno, este relato es complicado de entender, lo sé y, probablemente, no tenga muy buena acogida, pero a mí me encanta. Por muchas razones. Si el primer relato estaba dedicado a Cris Snape, este es para Granger :).