Nuevo capitulo y quizá se pregunten como es que lo he actualizado tan rápido y la respuesta es sencilla: Vacaciones. Estoy descansando y aunque ya me quedan pocos días los aprovecho en este aspecto. Espero que este nuevo capítulo les guste, me fue muy dramático escribirlo pero confio en que ustedes quedaran satisfechos con él.
Por cierto, gracias por todos los comentarios, quede un poco sorprendida cuando todos me dijeron que este no era una clase de fics que encontrase con facilidad en este medio, y espero que les agrede mucho el rumbo que va tomando.
Como diría en mis demás fic: Una historia de drama y romance, con un toque de Yume no Kaze.
-2-
La ira del youkai.
De nuevo, una imagen borrosa pero consistente bailoteaba a su alrededor. La forma de aquel ser no era clara, pero poco a poco algo se aclaraba en su mente, así que, finalmente y después de forzar su vista, algo nuevo emergió de aquella oscuridad, era la silueta de un hombre, con su cabello ligeramente desordenado, notablemente más alto que ella y cuyos ojos rojos no dejaban de verla desde la distancia.
Quiso retroceder pero estaba petrificada, sus piernas yacías pegadas al suelo de forma permanente, intentó hablar, gritar o lo que fuese, pero lo único que emergió de su garganta fue un débil gemido y al tiempo un inmenso calor que sentía consumía todo su ser desde adentro. El hombre, que se acercaba lentamente hasta ella se detuvo y alzó una de sus manos para tocarle el rostro, su piel no era dura ni rasposa, pero si era gruesa y algo callosa. Acarició su mejilla izquierda con parsimonia, su cuerpo ya estaba muy cerca.
—Hinata. – emergió un jadeo de su boca y ella tembló aterrada. —Mi Hinata. – un espeso vaho emergió de su nariz, bañándola de aquella vaporosa calidez. —Llegare a ti. – propuso, sus ojos rojos estaban cambiando de color, ahora eran amarillos. —Tan sólo espera. – su voz también sonaba diferente.
Quiso responderle pero las palabras murieron en su boca cuando contempló varios apéndices inusuales detrás de él; y estaba segura que si su mente no estaba engañándola… aquellas cosas eran colas.
—Nueve. – susurró.
Entonces despertó.
Cuando espabiló se encontraba recostada en un conjunto de paja, que aunque algo arcaico era muy cómoda. Parpadeó un poco, recuperándose del shock anterior y entonces recordó su situación. Se enderezó con algo de dificultad, pues la fatiga parecía haberse intensificado y no en vano. Usar el Byakugan consumía mucha energía, además de su estado enfermizo aparente.
Su cuerpo se tensó al escuchar pasos alrededor suyo. Visualizó entonces la pequeña habitación en la que se encontraba, se trataba de una pequeña pagoda de sólo un piso, parecía en realidad una casa de paso hacia un lugar en específico, el cual adivinó al momento que la puerta principal se abrió. El aire frio de montaña le dio una idea, además de que el youkai que la había secuestrado se limpiaba de los hombros algunos copos de nieve.
—Oh, mi linda novia despertó. – el muchacho terminó por sacudirse el resto del agua congelada. —¿Dormiste bien? – ella evidentemente no respondió. —Entiendo, entiendo, no me dirigirás la palabra. – se sentó frente a ella. —Eres muy hermosa. – volvió a pasar su lengua entre sus dientes. —Mi nombre es Inuzuka Kiba, soy el líder del clan de los perros de la montaña del norte. Tu nombre es Hinata, ¿Verdad? Lo escuche cuando tu padre te llamó. – tomó aire y lo dejó ir contagiando aún más el frio a la mujer. —Eres una delicada florecilla, ¿No? – dijo con algo de risa. —Por suerte para ti, no estoy… hambriento ahora. No obstante, quiero apreciarte por unos momentos antes de continuar nuestro viaje.
—¿Qué… qué quiere de mí? - se atrevió a preguntar para deleite del perro.
—Nada complicado, tan sólo… a ti. – se carcajeó al ver su rostro desencajado. —Como lo dije antes, tu figura y ahora son tan exquisitos. Había recibido rumores que la hija de los Hyuga era una verdadera belleza y veo que eran ciertos. Mi deseo por ti es meramente carnal, no quiero que seas mi compañera pero… mientras la encuentro tú me servirás para entretenerme.
—¿En-Entretenerte?
—¡Claro! – dijo, como si fuera lo más obvio del mundo. —Me enloqueces pequeña, tienes una agradable… esencia. Pude olerla desde kilómetros, ese perfume que traes es encantador y me hace salivar.
—Tan sólo… quieres que sea tu esclava sexual. – era más fácil decirlo que comprobarlo, a lo que Kiba asintió.
—Eres muy lista.
—Eres… repugnante. – desafió ella.
—Ustedes los humanos son aún peor. La diferencia entre yo y los humanos es que yo cuidaré de ti y te protegeré hasta que llegue el momento de devorarte. ¿Ves? Todos ganamos de alguna forma. No pienso matarte tan rápido, a mí me parece un buen trato.
—¡Es horrible! – balbuceó Hinata.
—Es porque piensas como humano, entre nosotros los demonios o al menos en el clan de los perros, es nuestra tradición proteger a una hembra para que satisfaga nuestros deseos hasta que encontremos a una compañera o eventualmente desposemos a dicha hembra. No obstante, las reglas impuestas por nuestros ancestros es que nunca confiemos en los humanos, debemos matarles si les consideramos un peligro o inútiles para nosotros. De tal modo que… una vez que termine contigo te mataré, así… no tendrás que vivir en la miseria. ¿A que soy muy justo? – Hinata no respondió. —Bien, me alegra que hayas comprendido. – estornudó repentinamente. —El cambio de clima siempre congestiona un poco mi nariz. – se levantó y fue a la salida. —Será mejor que te prepares, continuaremos nuestro camino a la montaña cuanto antes. – salió de la pequeña cabaña. Hinata se estremeció cuando escucho el desfile de ladridos de aquellos perros feroces. Se encogió en donde estaba y llevó sus rodillas hasta su pecho dado al miedo y al frio.
—Oto-sama, Hanabi… - suspiró con dolor. —Espero que estén bien.
…
Los pasos presurosos de aquella entidad marcaban un contrapunto en el cantar de las aves, como si del paso de un ejército completo se tratase, pues el gorjeo de los animales se extinguía a su paso. Incluso los animales de granja se comportaban extraño, pues en las aldeas cercanas los caballos, las cabras y las gallinas habían salido corriendo, frenado sus actividades normales, e incluso atacado a sus dueños con tal de huir de aquella presencia.
—Algo grande anda en el bosque. – dijo un anciano a su nieto de doce años que intentaba inútilmente calmar a su caballo.
—¡Jii-chan, el caballo! – pero el niño no escuchaba, no se daba cuenta que los animales tenían toda la razón al estar asustados.
—Déjalo ir. – dijo el hombre, sorprendiendo al niño. —Ellos no son estúpidos, saben que algo malo pasará. – ante sus palabras el animal fue liberado y los dos se quedaron solos.
Pues tal como había dicho el anciano un peligroso ente se aproximaba a las cercanías de dicha montaña.
Un demonio.
…
El viaje había sido incómodo y largo, Hinata había tenido que viajar atada sobre la espalda de Akamaru, pues según Kiba no confiaba en ella ni en otro perro más que en su fiel compañero para transportarla. En más de una ocasión la mujer había sido suficientemente llamativa como para atraer a más monstruos a su encuentro, los cuales en su mayoría resultaban ser lo bastante tontos o débiles como para enfrentar a la manada de perros.
Inuzuka tenía ganada esta apuesta, pues sabía que una vez pisando las montañas ningún youkai se atrevería a entrar a sus dominios sin permiso. Eran conocidos por su salvajismo, incluso rivalizaban con los lobos y eso era mucho decir. Solían atacar siempre juntos y nunca dejaban desprotegido a un miembro del grupo, ya fuese anciano o cachorro, esa era una ideología que Kiba había implementado en los suyos y pobre de aquel que no la respetara.
No obstante, esas condiciones no se aplicaban a todos, sólo a aquellos que estaban bajo la protección del señor perro, pues si se trataba de un rehén o un prisionero, si un ataque masivo se daba a cabo y éste corría peligro, lo más acertado sería dejarlo a su suerte.
Las faldas de la montaña los saludaron cuando llegaron a esta, el frio hacía rato se había intensificado y Hinata vibraba presa de éste, sumándole también las náuseas y que en más de una ocasión había vomitado, teniendo Akamaru que limpiar su pelaje en dos ocasiones. Algo no andaba bien y ella lo sabía. Conforme la musculatura del perro que la cargaba se movía al dar un paso, su cuerpo se contraía dada a su sensibilidad exagerada. Además, sus pechos le dolían más que antes sin mencionar que había tenido uno que otro cólico.
Sí, no podía estar más incómoda. Esperaba que no fuese su periodo, porque no quería imaginar lo vergonzoso y peligroso que sería al estar frente una manda de caninos.
—Tsk, ¿Estás enferma? – gruñó Kiba cuando vio su rostro. Estaba pálida y desde hacía rato que había dejado de removerse en el lomo de su mejor amigo.
—N-No lo sé. – confesó.
—¿Sabes? – Kiba se acercó y olfateó otra vez. —Aún hueles a tu perfume pero… de repente puedo oler algo distinto en ti. – frunció el ceño. —Da igual. - se giró a sus compañeros, que le esperaban pacientemente. —Vamos a subir a nuestras guaridas. – los animales asintieron y comenzaron a saltar. Kiba tomó a Hinata en brazos y subió. Con cada salto que el muchacho daba algo dentro de ella se removía, indicándole que quería vomitar de nuevo.
—No me siento bien. – logró articular, pues la cabeza comenzó a dolerle nuevamente.
—No me vomites encima. – ordenó molesto. —Si tienes ganas de hacerlo tendrás que aguantarte. – a Hinata no le quedó otra opción que obedecerle, honestamente no se sentía lo suficientemente fuerte como para alguna clase de castigo.
Pareció eterno, pero finalmente llegaron a una planicie amplia y llena de nieve. Hinata miró de reojo a todos lados, en medio de lo que parecía ser un cúmulo de cavernas y cuarteles, con muchos árboles al frente y un riachuelo con flores alrededor, se hallaba una gran cantidad de perros de distintos tamaños, así como ancianos y cachorros que bailaban de un lado a otro.
—Hemos llegado. – indicó Kiba y sus semejantes se acercaron ansiosos por ver a la nueva presa. Alguno de ellos gruñeron disgustados al comprobar su raza, pues una humana jamás sería bienvenida entre ellos. Kiba vociferó ante esto. —¡Escuchen todos! Ella es mi presa, así que nadie la tocara, ¿Está claro? – ante su voz los demás animales inclinaron las orejas sumisos. —Así me gusta. – miró a Hinata con satisfacción. —Ni se te ocurra escapar pequeña, porque mis amigos podrán encontrarte en cualquier lado y tienen la autorización de matarte si así lo deseo. – Hinata tragó saliva. —Ah, veo que lo entiendes. Sigo diciéndolo, eres muy lista. – entonces avanzó con ella a cuestas hasta su madriguera, la cual era la última de todas, la de arriba en la montaña.
La dejó en un lecho de pieles y paja, sin el menor cuidado, lastimándole las piernas en el proceso. El momento había llegado podía sentirlo y verlo venir. Kiba la miró de arriba abajo degustándola y planeado vilmente las tantas cosas que podría hacerle.
—Ese kimono es hermoso, a juzgar por la fineza de la tela indican que eres una mujer noble. – sonrió. —Quien lo diría, mi presa es mejor que otro ser humano, debería estar más que complacido y de hecho lo estoy. – Hinata retrocedió, sus manos aún continuaban atadas. —Por favor pequeña, no lo hagas complicado, es inútil que te resistas. – dio un paso hacia ella con evidente dominio.
Hinata frunció el ceño y rápidamente buscó una salida. No iba a entregarse a él, no sin dar pelea. Kiba lo supo al ver su determinación, riendo en su interior y al mismo tiempo admirándole por ser tan testaruda. Dio otro paso hacia ella y la chica se estremeció, estaba tan estresada que lo único que podría ayudarle sería activar su barrera sanguínea, desgraciadamente las situaciones en las que el Byakugan aparecía no solía controlarlas.
—¡Eres mía! – Kiba se balanceó hacia ella y ésta dio un salto hasta el otro lado de la cueva, topándose con la pared, el youkai rio ante esto y alargó su garra hasta ella, en un instante estaba frente a ella y la tomó de las muñecas, la alzó lo suficiente hasta colocarla de puntillas y hacerla balancearse intentando no perder el equilibrio.
Sus ojos se encontraron, era cuestión de vida o muerte y el milagro apareció, sus orbes se estremecieron de tal forma que junto a su acelerado corazón y su determinación por salvar su vida el ojo blanco apareció por un instante, dejándole a Hinata ver un punto vital de energía.
—¿Pero qué…? – Kiba aflojó su agarre al encontrar aquellos ojos tan repentinamente que apenas duraron cinco segundos, suficiente tiempo para que ella se defendiera. Atacó entre los ojos con la punta de sus dedos, presionando certeramente aquel punto y dejándole ciego por una fracción de tiempo. El perro aulló asustado al verse privado de la vista, Hinata en cambio veía perfectamente y corrió al borde de la cueva, analizó la salida, si quería escapar tendría que escapar y era demasiado alto para ella.
Repentinamente y para su mala suerte la cabeza le dolió nuevamente y se llevó las manos a su frente, intentado aplacar el dolor con la presión.
—No ahora, por favor. – musitó, volvía a sentirse fatigada.
—¡Niña impertinente! – Kiba había recuperado la vista y ahora le atacaba verdaderamente enojado. Su garra le atravesó la ropa y le rasgó la espalda, la fuerza fue tal que Hinata giró en el aire y cayó sobre su herida, la cual no era profunda pero si dolorosa.
Kiba se acercó hasta ella con su mano alzada, listo para darle una buena tunda cuando se detuvo precipitadamente a unos centímetros de tocar su rostro. Su perfume se había disipado por completo y el olor a la sangre de la joven justo a otra cosa le dejó tieso. Se agachó y olfateó muy bien, cosa que para su temor terminó por confirmar su sospecha.
—Tú… - ladró molesto, sus ojos estaban cambiando de color al igual que sus facciones. La tomó del cuello del kimono y la alzó, volvió a aspirar su aroma, sí, ahora estaba seguro. —Maldita hembra… - le mostraba los colmillos, Hinata no comprendía por qué aquel cambio tan repentino, si bien le había atacado la reprimenda parecía ser por otra cosa. —¿Cuándo pensabas decírmelo? – reclamó.
—¿Qué? – jadeó, tanto por el dolor como por el temor.
—¡¿Cuándo pensabas decirme que estás preñada?! – demandó iracundo y le propinó una buena bofetada en el rostro que la dejó aturdida y la lanzó al suelo. Hinata se quedó paralizada le miró asustada y no era por el golpe que acababa de darle.
—¿Co-Cómo? – respiró agitada.
—Ya decía yo que algo andaba mal contigo. Ese olor a hormonas… Estas embarazada y no parece que sea una vástago humano, su olor es diferente, ya los he olido antes.
—¿Qué no es… humano? – ahora sí que estaba aterrada.
¡Claro, claro, claro! Por eso esos síntomas tan repentinos, por eso se sentía tan cansada, le dolían los pechos y se mareaba con facilidad. ¡Estaba embarazada! ¡¿Embarazada?! Los pensamientos de Hinata la aturdieron al instante. Pero… ¿Cómo era posible? Ella no se había acostado con… el aire se atoró en sus pulmones violentamente. Sus sueños. ¿Acaso fueron… reales?
—No contaba con eso. – volvió a gruñir. —Maldita puta, ¿Es que te gusta meterte con seres fuera de tu especie? ¿Sabes cómo seducirlos? ¡Responde!
—¡No, yo jamás…! – se calló al verlo aproximándose. La tomó de un brazo y la obligó a levantarse, estaba sumamente molesto.
—Esto merece un castigo. – saltó fuera de la cueva con ella a cuestas. —La ira que siento no puede aplacarse con sólo una simple bofetada, me has humillado y engañado, mereces algo más.
—¿Qué es lo que…? – la hizo caminar al frente y llegó hasta un árbol, ahí tomó una cuerda y le ató las manos a la corteza, quedando incapacitada para moverse.
—Pagarás por haberme humillado de esa forma. – aunque la acusación era totalmente injusta, Kiba tenía fama entre los suyos por ser muy precipitado e impulsivo. El arranque de ira que tenía sólo era un sinónimo de su inexperiencia como líder y confianza en sí mismo. Era demasiado orgulloso y que mejor forma de descargar la molestia consigo mismo por haber no sólo sentirse atraído por una mujer y arriesgar a algunos de su clan con tal de conseguirla, sino que ésta estuviera ya encinta de otro youkai.
Eso lo dejaba como un auténtico idiota frente a los viejos del clan. Por tal motivo, la mejor forma de descargar su pesar era castigando a la inocente joven y pese a que no le agradaba torturar a los demás, no tenía reparos en dejar que otros hicieran en trabajo sucio por él.
—¡Matou! – llamó a un youkai un poco más viejo que él. —¿En dónde está tu látigo de cuero? Quiero que castigues a esta mujer.
—¿Quieres que golpee a una mujer? – el otro perro la olfateó. —Oye, ella huele a…
—Lo sé, huele a esos malditos sarnosos. – había olvidado mencionar, el clan de los perros tenía enemistad con otro tipo de depredadores, ya fuesen lobos, zorros, osos o gatos. Por lo que el olor, aunque tenue le recordaba a una especie de mamífero, que aunque no estuviera del todo seguro, pues aún era joven y no había olido todo en este mundo, le irritaba de sobremanera. Pero, admitir que tampoco estaba seguro de su olor sólo lo comprometería más ante todos.
—¿Cuántos?
—Diez. – sentenció.
A Hinata le temblaron las piernas, tenía frio, dolor y miedo, como nunca antes en su vida. Las lágrimas emergieron rápidamente, sin poder detenerla, jadeaba de la desesperación. Escuchó a los demás perros reunirse alrededor y eso lo hizo peor, iban a darle azotes frente a una audiencia, como si fuera un criminal.
Forcejeó desesperada pero sólo se ajustó más el nudo de sus muñecas, entumeciéndole las manos. Estaba muy asustada.
—¡Uno! – dijo el verdugo y el primer golpe fue dado en su espalda. El dolor se disparó como una corriente eléctrica que le atravesaba desde la piel hasta el hueso. Hinata gritó horriblemente cuando el youkai retiró el cuero y el viento helado acarició su piel cortada.
Miró su vientre y se dio cuenta que tenía la ropa empapada, no sólo por la nieve, que comenzaba a caer, sino por sus lágrimas. El sólo hecho de pensar en que estaba embarazada la hacía estremecerse aún más. Y se preguntó, antes de que el dolor volviese a aparecer, ¿Aquel hijo del cual no tenía idea de su existencia… valdría la pena ante tanto dolor?
—¡Dos! – la voz del perro la mareó y estuvo a punto de vomitar cuando otra punzada ardorosa le fue propinada. Su gritó fue más intenso que el anterior, la sangre comenzó a fluir libremente.
—Kiba. – uno de los anciano se acercó a él con mesura. —Este espectáculo no es bueno para los cachorros. – sugirió.
—Entonces que se los lleven. – le dijo, sin reparar en su tono. Tal como él pidió los más pequeños fueron llevados a sus casas, pero de algo sí estaban seguros y es que los gritos de Hinata podían escucharse aún más allá de la montaña.
—¡Tres! – el verdugo pronunció y lanzó el ataque. Las rodillas de Hinata flaquearon al recibir el latigazo, pues esta tocó una de sus fosas posteriores y la hizo doblarse, quedando colgada de sus muñecas.
—Por favor… - susurró dolorida. —Ya no más. – no podía detener su llanto y menos sus suplicas.
—¡Cuatro! – otro golpe le fue dado en vez de misericordia, su gritó se intensificó y su garganta se desgarró. Quedó afónica por ello. Sus piernas cedieron y su peso se sostuvo exclusivamente por sus malheridas muñecas.
—Por favor… - lloró. —Seré buena… haré lo que me pida, pero… no más. – era la primera vez que suplicaba por su vida.
—¡Cinco! – iba a la mitad y ya no podía gritar, mas sí sangrar. Incluso Kiba sintió pena después de verla tan deteriorada. Miró a su verdugo que se preparaba para darle otro azote.
—¡Seis! – fue un golpe seco y húmedo a la vez, el cuero empezó a absorber el olor de la chica algo difícil de quitar. Pero Matou se preparaba para dar el séptimo, desconcertado, pues Hinata ya no había gritado ni suplicado. Miró a Kiba un instante pero éste no le detuvo.
—¡Siete! – su muñeca bajo rápidamente para propinarle otro más y esta vez no pudo completar su golpe.
Hinata respiraba superficialmente, una parte de ella había escapado para no sentir más dolor y otra se rebatía en un campo lleno de angustia y suplicio. Suplicó calladamente y en su mente, una y otra vez, deseando morir tranquilamente luego del castigo.
—Por favor… quien sea… ayúdenme.
El dolor no llegó y la cuenta se detuvo al momento que el clima frio se calentaba de una forma inesperada. Kiba exclamó cuando olió la sangre de su compañero perro. Matou estaba paralizado a su lado. Un hombre, envestido con una armadura feudal, que emitía una onda ventosa y caliente de su cuerpo había detenido a su compañero antes de que hiriera más a la jovencita y sin ninguna clase de reparo le había fracturado la muñeca.
—Este olor. – Kiba lo reconoció. Era el mismo que…
—Malnacido. – su voz sonó terrorífica.
Algo en Hinata despertó entonces, la trajo de nuevo al mundo real, esa voz podía reconocerla en cualquier sitio. Era la de aquel demonio que la visitaba en sueños; y fue una pena para ellas, pues el sufrimiento se hizo presente otra vez.
—Te haré pedazos. – dijo la bestia, mientras se desplegada en su esplendor. Una corriente de aire caliente causó un remolino, mandando a volar a varios perros que intentaban acercarse para pelear.
Fue esa misma onda de aire caliente que golpeó a Hinata por la espalda, agregándole un punto más a su dolor y sofocándole de peso. Pero, en estos momentos el demonio no prestaba atención a ella, sino a los perros, quienes se acababan de ganar un viaje directo al inframundo.
—¡Akamaru! – llamó Kiba mientras el gran perro, que cambiaba su color de blanco a rojo se combinaba con él para formar la bestia de tres cabezas. —¡Pagarás por haber invadido nuestro territorio!
—¡Silencio! – sus ojos se encontraron directamente y como era de esperarse cambiaron de color.
—¡Te destruiré! – el enorme animal giró sobre sí mismo en un tornado perfecto. El impactó fue certero, pero se sorprendió al ver que no podía avanzar mucho. Para sorpresa suya un gran brazo de composición plasmática emergía de la espalda del guerrero, esta brazo emulaba una garra y junto a la mano del muchacho que anteriormente había estirado para pararle con la palma y sus dedos, había detenido su carrera.
—Me pagarás cada gota de sangre derramada. – lo empujó contra las cavernas y el perro gimió cuando chocó contra la roca. El chico armado extendió ambos brazos a los lados y ante la vista impresionada de todos los canes se formaron dos esferas de energía acompañadas de aspas de viento.
Kiba se levantó rápidamente y su instinto le avisó.
—¡Todos, dispérsense! – los animales corrieron despavoridos mientras el chico se quedaba a enfrentarle. Los cúmulos de chakra, como solían llamar los antiguos a la energía, volaron por todo el campo destruyendo la guarida de los perros e hiriendo a más en el proceso, era evidente que este youkai no tendría compasión con nadie.
—Si no fuiste capaz de reparar en hacerla daño a una mujer embarazada. – gruñó con los colmillos por fuera el muchacho. —Yo tampoco. – era impresionante el nivel de control que tenía sobre su propia ira, pues, a juzgar por las oleadas de aire y chakra que despegaba pudo haber destruido la montaña en un instante de haberlo deseado.
—¡Esta es una batalla de los dos! – reclamó Kiba, desesperado. —¡Deja a mi familia en paz! – más le valía no haber sugerido aquello, pues fue como si hubiera encendido una mecha de pólvora. Los ojos del youkai enemigo se colorearon de rojo.
—¿Y acaso tú hiciste lo mismo? – reclamó en voz baja. Su cuerpo sufrió una metamorfosis, de su piel emergió aquel plasma rojizo que terminó por cubrir todo su cuerpo en una armadura burbujeante sobre la feudal. La silueta de varias colas adornaron su espalda y fue entonces cuando Inuzuka comprendió que los errores de líderes presurosos como él siempre eran los más caros de pagar.
—Un zorro. – musitó.
En las manos del kitsune se formó una esfera multicolor que terminaba por tornarse violácea. Akamaru ladró varias veces a Kiba de que se movieran de ahí, pero el muchacho estaba tan horrorizado que sus piernas no le respondían. Toda la tenacidad que había acumulado a lo largo de su mandato se había esfumado.
—Biju-dama. – susurró el demonio zorro y la esfera salió disparada contra ellos.
El resultado fue una explosión masiva que terminó por destruir la montaña entera y de Kiba y Akamaru no se supo nada. El estruendo aturdió a Hinata quien no sufrió más daños puesto que fue protegida por la energía de aquel inesperado ser que había acudido a ayudarle. No obstante, se sentía tan cansada y mareada que ya no podía mantener sus ojos abiertos.
Contempló la sombra del demonio que la había rescatado pero no logró decir nada en son de agradecimiento, luego sus muñecas quedaron libres y su cuerpo se desplomó a causa del agotamiento físico, mas no llegó a tomar la helada nieve pues dos fuertes brazos la sostuvieron antes de que esto pasara.
—¡Hinata, Hinata! – en medio de aquel zumbido ensordecedor percibió, muy a lo lejos, la voz de un joven y se alegró enormemente que no fuese la misma que aquel demonio nocturno. No obstante ya no pudo mantener su cuerpo funcionando y de la misma forma que su oído se deterioraba su vista comenzó a borrarse dramáticamente.
Siendo lo último en ver un par de hermosos ojos azules.
Continuará…
Quizá me pase de la cuenta y fui muy cruel con Hinata, pero... quería agregarle drama a esta escena y espero que hayan podido percibir la desesperación de los personajes, junto a su ira. Nos veremos en el proximo capítulo, ah y ¡Yay! Naruto ya entró a escena.
¿Merece un comentario?
Yume no Kaze.
