Os dejo el segundo capítulo de las andanzas de Proserpina, la antiMarySue.
Y lo digo desde ya, no le tengáis cariño. Os va a decepcionar…
Éste capítulo va dedicado a Hokuto Sexy. Ya sabes por qué XD ¡muchas gracias por tu colaboración para elaborar este capítulo!
¡Y muchas gracias también a Raixander, Shakary y Jabed por seguir soportándome en esta última aventura en FanFiction! Haberos conocido me deja un buen sabor de boca, al conocer gente maja en este lugar, después de varias dificultades que he atravesado últimamente.
Y ahora, a leer…
2. El poder de Proserpina
Ella estaba parada, de pie. Delante tenía la entrada al Santuario. Veía el camino de tierra que serpenteaba y se bifurcaba en varios caminos que daban a otros lugares.
Pero el que le interesaba era el que tiraba recto. El que comenzaba a elevarse en lo alto del promontorio hacia el templo de Aries.
Desde donde se hallaba no podía distinguir a nadie. Sólo un leve remolino de viento cálido que removió la arenilla.
Así que enfiló por la puerta.
—¡Alto! ¿Quién va?— en su garganta, rozando la piel del cuello, dos lanzas atravesadas. No había visto a los dos centinelas apostados a ambos lados de la entrada, ocultos tras el pequeño muro.
—Me llamo Proserpina y quiero ver al Sumo Sacerdote— dijo con voz firme.
—El Patriarca no espera la visita de nadie en el día de hoy porque se halla muy ocupado. No recibe en audiencia privada a gente que no lo haya solicitado previamente.
—¡Pero necesito verle! Marin y Shaina me dijeron que podía pasar sin problemas—mintió Proserpina.
Los dos guardias intercambiaron una mirada.
—¿Eres amiga de las amazonas de Ofiuco y Águila?— preguntó uno de ellos.
La adolescente asintió, aun a sabiendas de que era una mentira. Pero habiendo escuchado que se iba de misión, supuso que tardarían en regresar. Al menos quería poder ver al Patriarca y luego ya solucionaría cualquier problema con ellas.
—Está bien, puedes pasar. Pero tendrás que esperar aquí, puesto que uno de nosotros tendrá que informar al Sumo Sacerdote de tu presencia. ¿De acuerdo? Dime la causa de la solicitud de audiencia.
—Quiero formarme como amazona para poder enrolarme en el ejército de Atenea.
Su tono sonó tan convincente que los guardias la creyeron.
—¿Tienes recomendación de alguien?— preguntó el otro.
—De Marin. Ella fue la que me dijo que tenía potencial y que debía presentarme para optar a alguna de las armaduras que están libres ahora mismo.
—De acuerdo— dijo uno de los guardias—. Claudio, quédate con ella. Yo iré a informar al Patriarca.
Y dicho esto, salió en dirección al templo de Aries.
La joven trató de ir a curiosear a los alrededores, pero Claudio no se lo permitió.
—Quédate a mi lado. No puedes alejarte— informó a la muchacha, quien decepcionada se acercó al centinela.
Se quedó tan cerca que el guardia comenzó a percibir un olor acre. Arrugó la nariz buscando el origen de esa peste. Aprovechó que la joven tenía la cabeza girada para levantar un brazo y olisquear sus axilas.
El calor de Grecia era asfixiante, pero acababa de empezar su turno y aún no se sentía sudado. Ese desagradable aroma no provenía de él.
En ese momento, la joven volvió la cabeza y bostezó, levantando los brazos y Claudio pudo percibir con más intensidad un olor a cebolla rancia. Se llevó la mano derecha a la boca, ahogando una arcada. Rápidamente giró la cabeza y tomó una bocanada de aire.
—Por todos los dioses Patricio, corre por todo lo que más quieras…qué peste…— masculló para sí mismo, implorando misericordia.
Cada movimiento que hacía la muchacha, Claudio recibía una ráfaga de olor a sobaco sudado procedente de ella.
—Oye niña…anda…ve a dar una vuelta por ahí…mientras que yo pueda verte, tienes mi permiso.
Proserpina se alegró con la noticia y rápidamente saltó para ir a recorrer los aledaños.
Libre de tan fétida muchacha, Claudio por fin pudo continuar la guardia sin sufrir a la espera de que su compañero Patricio regresara con noticias.
No tardó mucho en regresar. El guardia llegaba corriendo a toda velocidad.
—¿Dónde está la niña?— preguntó con el ceño fruncido. Por respuesta, su compañero señaló con la lanza el lugar donde Proserpina estaba tratando de encaramarse.
—¿Pero por qué la dejas ahí?— le regañó Patricio, dirigiéndose hacia el lugar. Por respuesta, Claudio se limitó a sonreír.
El guardia se acercó hasta la adolescente, mientras la veía tratando de trepar infructuosamente el pequeño muro que delimitaba el recinto de las amazonas.
—¿Qué tratas de hacer? No se puede entrar ahí sin permiso. Vamos, que tienes que ir a ver al Patriarca...
Pero a él también le llegó el perfume de origen biológico de la joven. Patricio abrió los ojos al oler el vil aroma. Pensó que tener que aguantarla todo el trayecto acabaría con su sentido del olfato, por lo que decidió que fuera ella sola.
—Tienes que ir por ese camino, ¿de acuerdo?— le dijo a Proserpina— Son unos cuantos templos y es cuesta arriba hasta la cima, pero puedes descansar entre templo y templo. Ya te irán dando indicaciones mis compañeros.
Y tras mostrarle el camino a seguir, la joven se comenzó su andadura hacia donde le había indicado el guardia. Éste regresó junto a su compañero.
Al ver la cara descompuesta de Patricio, Claudio esbozó una sonrisa.
—Respira que se acaba. ¿Por qué no la acompañas?
—¡Y una porra! Esa mujer acaba con todos los sentidos sin necesidad de elevar su cosmo ni ejecutar ningún ataque…— dijo abanicándose.
—¿Qué ha dicho el Patriarca?— preguntó Claudio, extrañado de que permitiera subir a la joven.
—Pues está muy ocupado reunido con los caballeros de oro, pero resulta que una audiencia que tenía para hoy se ha cancelado, con lo cual quedó un hueco libre. Y ha dicho que vale, que fuera. Pero sinceramente, me cuesta creer que Marin la recomendara. No puede ni subir ese muro que mide un metro y ochenta centímetros…
Los dos hombres se miraron angustiados.
—Pobre Shion…no sabe lo que ha hecho…
Y así pues, Proserpina subía alegremente las escaleras. Cuando alcanzó el templo de Aries se sentía exhausta. Sintiendo calambres en sus muslos de tanto subir escaleras, se sentó a la sombra del templo del carnero.
—Aquí quiero vivir— se dijo a sí misma. Recordó al caballero guardián de Aries, un hombre de cabellos lacios y lilas, carente de cejas. Como ella era Aries, era al que más enfilado tenía de todos los caballeros de oro. Pero no era él en quien más estaba interesada.
Sacó de su mochila un pequeño álbum. Entre las páginas, pegadas, diversas fotos tomadas en Rodorio de los caballeros de oro, alguno de plata y otros de bronce. Y debajo de cada foto, el nombre y la constelación a la que pertenecía cada uno de ellos, con dibujitos de corazones y "i love you" por todos lados.
Entre sus preferidos se hallaban los caballeros de Géminis, Saga y Kanon. A pesar de que Saga, tiempo atrás, se quedó mirando con cara de pavor a la muchacha al pedirle ésta un autógrafo mientras le tendía una foto suya.
—Espero poder volver a verte y que puedas firmármela— suspiró la adolescente, tomando la foto entre sus manos y besando la imagen de Saga. Una foto tomada en un bar, mal enfocada y encima sin permiso. Con lo cual, el gemelo aparecía sentado en el taburete de un bar, tomando un vino en la barra y de espaldas.
Mientras tanto en la habitación donde estaban reunidos el Patriarca y los caballeros de oro, Saga se revolvía en su asiento.
—¿Qué te pasa?— le preguntó Aldebarán, al verle empalidecer.
—Me ha dado un escalofrío repentino…no sé por qué…— musitó el gemelo. La reunión prosiguió y el griego trató de recomponerse de esa desagradable sensación.
Tras haber descansado un poco en las escaleras de Aries, Proserpina continuó su ascenso, dejando a su paso un reguero de guardias intoxicados.
Cada vez que llegaba a algún templo de cualquiera de sus amados, la adolescente pasaba sus dedos por las paredes y las columnas, imaginando verse en brazos del guardián de aquel templo y depositaba besos por todas partes, sin percatarse de que algunos guardias la observaban.
—Oye Filo…ese aborto espontáneo de Gorgona que anda rebozándose por el templo de Acuario como si fuera un filete empanado…¿quién es?— preguntó uno de los guardias que observaban a Proserpina abrazando las columnas del onceavo templo, besándola por doquier y dejando un rastro de babas.
—No lo sé— respondió Filo—. Pero me da miedo…está loca, no sé por qué está besando las columnas del templo de Camus. Cuando se entere, la mata. Lo malo es que hay que dejarla pasar…órdenes del Patriarca. A lo mejor está poseída por algún demonio y sus padres quieren exorcizarla…
Los dos hombres siguieron los pasos de la niña hasta que carraspearon y se presentaron, conminándola a que prosiguiera su camino.
Pero al terminar de atravesar el doceavo templo, había un problema. Y es que el reguero de rosas que había plantado Afrodita al subir a la reunión suponía un revés en el camino de esta muchacha.
Por lo que los guardias no la permitieron proseguir.
Proserpina chilló enrabietada.
—¡Tengo que ir a ver al Patriarca! ¡Dejadme pasar, panda de inútiles! ¡Estáis ante la próxima guerrera de cualquiera de las armaduras que están disponibles!
Los dos guardias que se hallaban al final de dicho templo poseían una máscara al igual que las amazonas, para protegerse del venenoso aroma que destilaban las hermosas flores.
—Pues si quieres continuar, debes colocarte una de éstas máscaras que llevamos. Además, si vas a tener audiencia con el Patriarca, debes llevarla por ser mujer…si es que lo eres…— dijo uno de los guardias, respondiendo a los malos modales de la niña.
—¡Pues claro que soy mujer, pedazo de cretino! Tengo 16 años muy bien puestos ¿O es que no lo ves?— dijo colocando sus manos en la cadera, sacando pecho—¿En serio vosotros os hacéis llamar guardias? En cuanto sea guerrera, os váis a enterar. Os voy a tener limpiando letrinas todos los días por esa falta de respeto hacia una superiora.
El guardia comenzó a bullir de rabia tras la máscara de metal, por lo que su compañero fue quien retiró la suya y se la tendió a la joven, alejándose de la salida del templo de Piscis.
Proserpina cogió la máscara y se la colocó saliendo de allí enfadada y atravesando sin más miramientos el camino.
—Así te claves todas las espinas, creída— masculló el guardia que permanecía en su lugar.
Sin embargo, algo sorprendente sucedió. Una a una las flores fueron marchitándose al paso de la joven, encogiéndose sobre sí mismas y pudriéndose. Consecuentemente, el camino quedó despejado para Proserpina.
—Soy tan poderosa que ni estas flores pueden detenerme. Realmente merezco estar aquí. Soy la elegida por las estrellas. ¡Armadura, allá voy!
El guardia se quedó petrificado al haber sido testigo de aquello. Regresó sobre sus pasos para reencontrarse con su compañero.
—Escucha Gabriel, la chica esa, será todo lo fea, maleducada y soberbia que quieras, pero es terrible. Las rosas que Afrodita hizo brotar se han ido marchitando a su paso.
Gabriel alzó la vista y señaló a lo lejos los cuerpos tendidos del resto de parejas de guardias que habían sucumbido también a los efluvios sépticos de Proserpina. Otros vomitaban copiosamente en cualquier sitio que encontraran cerca.
—Esto no es normal— susurró aterrado—…Tengo miedo por el Patriarca. ¿Y si es una trampa tendida por Hades? Al fin y al cabo su nombre es la versión romanizada de su esposa Perséfone…aunque nada tengan que ver una con la otra, al menos en carácter.
Su compañero asintió preocupado.
—Estaremos alertas. Creo que deberíamos avisar a los caballeros de bronce, por si acaso. Aunque los caballeros de oro se hallen junto al Patriarca, esa muchacha es muy poderosa...
Y al fin, Proserpina alcanzó el templo del Patriarca.
Sonriendo y sintiéndose satisfecha por su hazaña, se presentó ante la puerta principal.
