Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad de CW Network, de Warner Bros y Eric Kripke
Beta: Hermione Drake.
Lamento mucho haber tardado tanto en actualizar. Ojalá la espera haya valido la pena. Gracias por leer.
II. Segunda parte. Sabor a soledad.
You´re gone and
I got stay high all the time
To keep you off my mind
High all the time
To keep you off my mind
Spend my days locked in a haze
Trying to forget you, babe
I fall back down
Gotta stay high all my life
To forget I'm missing you
(Habits, Tove Lo)
Bum, bum, bum, bum. Los cinco vasos de whisky arremeten sin piedad contra su nuca, contra su frente, contra su sien. Pequeñas explosiones nucleares sucediéndose en cadena, reventando en su cráneo cada cinco segundos exactamente. Bum, bum, bum. Inspira hondo, intentando retener a su estómago, que parece decidido a huir de su cuerpo, a salir de allí, a expulsar lo que tenga que expulsar. Maldita sea. El café aguado y las tortitas grasientas tampoco están ayudando demasiado. Se traga la bilis que, también cada cinco segundos, sube y baja por su garganta y cierra los ojos, conteniendo el impulso de llamar a Crowley para que lo devuelva al infierno.
Joder.
Bum, bum, bum. Cuchillas, martillos, el puto Colt detonando en su cerebro.
Hunde la cabeza entre sus manos. Joder.
No puede articular otra palabra. Ni siquiera puede pensar en otra cosa.
Hace una seña a la camarera, un monolito de carne y ceño fruncido, que se acerca a la mesa armada con la jarra de café. Dean se apresura a poner la mano encima de la taza. Por si acaso. Las advertencias de su estómago son claras: "si entra más mejunje, sale el desayuno". Una relación imposible.
—¿Más café?
Balbucea. Se concentra en coordinar dos palabras seguidas, pero no lo consigue. El monolito le mira con el ceño todavía más fruncido. Todo su lenguaje corporal quiere echarle del garito.
Su lenguaje verbal termina confirmando esa idea:
—Qué —se impacienta ella.
Dean se frota los ojos. Demasiada luz. Demasiado temprano. Demasiado de todo. Tiene que hacer verdaderos esfuerzos por mantener el desayuno en su sitio.
—Perdona…—Tras un segundo de muerte cerebral, echa un vistazo a la chapa roñosa del uniforme y atina a soltar—: Susy, ¿verdad? Es un nombre precioso. —Y de forma increíble, es capaz de rescatar de entre las nauseas su sonrisa encantadora. Todo hoyuelos y cara de buen chico.
Pero Susy (la inmensa y adusta Susy) ni se inmuta. Permanece con los brazos en jarra y con ese rictus de "puedo darte una hostia si me das suficientes motivos". Los ojos de Dean no pueden evitar dirigirse hacia las manos de la camarera. Enormes, callosas, más cargadas que un Kalashnikov.
—Mira, guapito, ahórrate la sonrisa y el numerito de gigoló de tercera. Son seis dólares por el desayuno especial y no te va a salir gratis por muy borracho que estés ni por muchos "oh, qué nombre tan bonito, Susy y oh, qué guapa eres, Susy". ¿Te queda claro?
La incipiente arcada se le atraganta.
¡Gigoló de tercera, dice! ¡Pero será zorra! Lo de borracho, vale, bien; pero ¿gigoló de tercera? ¡Los Winchester no juegan en esa liga! Bueno, Sam puede que sí, con ese altercado inexplicable llamado Amalia "la reina de los chuchos", pero él…
Sam, Sammy...
Respira mientras reprime el "hija de puta" que le cuelga de la lengua y la mira, levantando los brazos en son de paz.
—Hey, hey… Está bien, princesa Xena. Aquí tienes tus seis dólares, tres más de propina, y cero sonrisas, ¿de acuerdo? —Susy le arrebata los billetes de los dedos—. Sólo estoy buscando el Hotel Spindrift Inn. ¿Sabes a cuánto queda de aquí?
—A unas cuatro manzanas. Tienes que girar a la derecha. —Ella le escruta, repleta de escepticismo—. ¿Te vas alojar allí?
—¿Por qué lo preguntas?, ¿acaso quieres que te dé mi número de habitación? —Susy tuerce el gesto a velocidad luz para recuperar su entrañable ceño y Dean, más rápido todavía, mete quinta para reconducir la conversación—: Pensaba hacerlo, pero he oído que hace unas semanas falleció allí una mujer.
—La verdad es que han sido cuatro los muertos en el último mes: la madre de la dueña y tres huéspedes. Siguen abiertos, pero sólo un idiota se alojaría allí. —Le lanza una mirada cargada de intención—. Todo el mundo sabía que la madre de la dueña estaba loca…
Y de pronto, bum, bum, bum. Ahí está otra vez la bola de demolición. Bum, bum, bum. Dean se pelea contra la lluvia ácida que se amontona en su garganta, concentrándose en inspirar, expirar, inspirar, expirar, hacer retroceder la arcada. Debe de parecer un colgado a punto de sufrir un blancazo, porque a su lado oye como Susy, todo amabilidad, exclama un "Eh, si vas a devolver, vete fuera".
Dean increíblemente consigue reponerse del lapsus post-alcohólico; y sin vomitar (lo que resulta todavía más increíble).
—¿Sabes quiénes eran los otros fallecidos o cómo se llamaban?
Pero Susy, que ya no parece dispuesta a colaborar, le mira con recelo, como si todavía no se fiara de que no fuera a decorarle el suelo con el desayuno de un momento a otro. Le bufa algo como "¿acaso tengo pinta de ser una base de datos, guapito?" y dos segundos después desaparece tras la barra con sus tres pavos de propina en el bolsillo y con una invitación apremiante a abandonar el local.
Para rematar, el teléfono de Dean se pone a vibrar. En la pantalla, a tamaño industrial, vuelve a aparecer el nombre de Sam. (Sam. Sam. Sam. Sam.) Repetido hasta la saciedad, como la munición de una maldita metralleta. Oye en su cabeza el tono de gilipollas de su hermano (serio, en plan "hola, soy Sam y tengo un palo metido por el culo"), los "debería ir a Monterey contigo" y "¿qué hiciste anoche?"… Cierra los ojos y cuelga. En serio, ahora sólo puede pensar en paracetamol, en kilos, toneladas de paracetamol o en una inyección en vena de algún analgésico, droga, lo que sea.
Cuando llega a la puerta del Hotel Sprindift Inn, ya ha empezado a parecer un ser humano otra vez gracias a su nuevo mejor amigo: se llama Wal-Mart (1), tiene tartas, vales descuento y ha conseguido que su estómago y, lo que es más importante, su contenido, se mantenga en su sitio sin necesidad de apretar los dientes y de gruñir "quealguienmearranquelacabeza" cada cinco segundos.
El intenso olor a mar le acompaña hasta que entra en una recepción que parece haber sido regurgitada de alguna teleserie hortera de los años 80, llena de pretensiones y de butacones estampados que acechan desde todos los rincones de la sala. Al fondo, una mujer de enorme sonrisa triste (ojeras y manos nerviosas que revolotean por los papeles) le espera.
—Así que hemos conseguido interesar al FBI, ¿eh? —le dice.
Dean, que todavía no ha tenido tiempo de abrir la boca, se planta delante del mostrador.
—No está mal. ¿Deberíamos contratarla para la elaboración de perfiles?
—No tiene mucho mérito. Le delata su uniforme —dice, señalando el trillado traje negro—, su escaso equipaje y la simple probabilidad: por aquí ya han pasado todos los agentes y policías de este Estado. Usted era el único que faltaba en mi colección. —Le tiende la mano—. Soy Martha Cooper, dueña de esta "casa del terror".
—Agente Smith —informa Dean, estrechándole la mano—. Está visto que el despliegue policial ha sido muy efectivo para la resolución de este asunto.
Ella sonríe ligeramente, con gran pesar. Debe de tener poco más de cuarenta años y es de esas mujeres que son más guapas de lo que se permiten parecer.
—Sí, bueno, más vale que usted tenga algo más de éxito porque si no tendré que cerrar. El morbo inicial de la casa encantada ha empezado ya a asustar a todos los potenciales clientes. —Pausa—. En cualquier caso, no puedo decirle nada más de lo que ya le expliqué a la policía.
Dean mira a su alrededor, a las lámparas de porcelana y cristal. Va a echar de menos su motel cutre con olor a gasolina, cuero y carretera. Las luces de neón que chillan a dos kilómetros "habitaciones disponibles". El sabor a pólvora y comida basura. La maldita ensalada de Sam (Sammy) al lado de sus papeles...
Intenta erguirse para sacudirse la tonelada de plomo que, de repente, ha caído sobre sus hombros y para centrarse de una vez en lo que ha venido a hacer a Monterrey:
—¿Tienen en el hotel habitaciones libres? —Chasqueo de lengua, sonrisa arrebatadora—. A poder ser una en la que no haya muerto alguien, gracias…
—Eh, claro… —dice la mujer, algo descolocada—. La verdad es que ahora mismo no tenemos gente haciendo cola para alojarse aquí precisamente.
Y casi puede oír a Sam junto a su oreja "no ha sido gracioso, Dean", "blablabla, Dean" acompañado del típico codazo en las costillas. Se apresura a tragar saliva y a cambiar de tema con un "necesitaré inspeccionar las habitaciones donde se alojaban los fallecidos y la de su madre" para ahogar la repelente vocecilla de su hermano.
—Por supuesto… —dice Martha. Y de pronto, levanta la mano—. ¡Ah! ¡Thomas! Ven aquí, por favor. —Dean se gira para ver que el tal Thomas es un chico de unos veinte años con aspecto de mendigo: despeinado, cabizbajo y pantalones con el tiro en los tobillos. "¿De verdad esto es lo que les gusta a las chicas de hoy en día?"—. Agente Smith, le presento a mi hijo.
—Encantado de conocerte, Thomas.
El chico emite un gruñido parecido a un saludo, aunque apenas es capaz de levantar los ojos de las suelas de sus zapatillas. Se limita a girar nerviosamente sobre su dedo un anillo viejo y cutre.
—Thomas, por favor, ¿puedes subir la bolsa del señor Smith a la habitación 205? —El chico obedece la orden y se marcha arrastrando los pies, envuelto por el mismo silencio con el que ha llegado—. Tendrá que disculparle, Sr. Smith, la muerte de su abuela y esta situación le están afectando mucho. Se pasa las noches sin dormir y está asustado. La verdad es que ambos estamos asustados. —Un pequeño suspiro y luego—: Si me acompaña, le enseñaré las habitaciones de los fallecidos y la de mi madre. Todavía están precintadas.
Suben las escaleras mientras ella le cuenta la misma versión que ya ha leído en los informes policiales una y otra vez. Fallecida número uno, madre y abuela: muerte natural causada por ataque al corazón durante la noche; fallecido dos y siguientes: muerte natural causada por un ataque al corazón durante la noche. Circunstancias comunes a los fallecidos: ninguna, salvo el cansancio extremo previo a la noche de su fallecimiento. Diferentes habitaciones, diferentes edades. Ni siquiera el lapso temporal transcurrido entre una víctima y otra es coincidente. Resultados de las pruebas realizadas por los inútiles de la policía para comprobar factores ambientales: absolutamente nada, como no podía ser de otra forma. Resultados de pruebas para el control de plagas y enfermedades: menos que nada. La conclusión de todos los informes era la soberana gilipollez de "no concluyente", lo que, en cristiano viene a significar "no tenemos ni puta idea de lo que ha pasado y suponemos que todo es una mera coincidencia". Coincidencias, causalidades… Como si eso pudiera existir.
El recorrido turístico por las tres habitaciones de los huéspedes es rápido y no desvela gran cosa. Ni azufre ni ectoplasma ni objetos extraños ni absolutamente nada relacionado con los asuntos de su competencia. Todo empieza a sonar, sospechosamente, a casualidad.
—Dígame, Martha, ¿durante este tiempo ha visto algo extraño o algo diferente en el hotel?
—¿Quiere decir que si he visto algo más raro que cuatro muertes en poco más de un mes?
—Bueno…—Momento de carraspear, cambiar el peso de pie e intentar que lo que va a decir no suene a chalado fanático del área 51—. Me refiero a si ha notado olores distintos, zonas frías en el hotel, ruidos inexplicables, alguna cosa fuera de lo habitual, ¿presencias extrañas?...
Martha le mira. Fijamente. Alucinada. Ahí está el efecto área 51. Desde luego, hay que reconocer que esto se le da mejor a Sam y a sus ojos de cachorrito. ¿Qué le verán?
—Agente Smith, ¿me está preguntado…? —Doble y hasta triple pestañeo incrédulo—. ¿Me está preguntando si he visto algún fantasma?
Mueca incómoda. Negación (no, qué va, ¿fantasmas?, ¿cómo van a ser…?) y finalmente vuelta al carraspeo, intentando recuperar algo de la dignidad que acaba de arrastrar por el fiemo:
—Lo que quiero decir es que hay que contemplar cualquier posibilidad. Tal vez hayan pasado de largo algún detalle que no pareciera tener importancia inicialmente. Ya sabe, lo que sea… —Dean se queda callado de repente y examina suspicazmente a Martha—. Pero, dígame, ¿por qué de las preguntas que le he realizado ha deducido con tanta seguridad que le estaba preguntando por fantasmas?
Ella baja la cabeza, un tanto avergonzada.
—Perdóneme, no es que yo… Mi madre era muy aficionada a los temas sobrenaturales. Coleccionaba libros, artículos y veía por internet a unos tíos muy frikis que se llaman Ghost… Ghostnosequé (2). —Dean, todo lo disimuladamente que puede, sacude la cabeza mientras contiene los miles de juramentos que se le ocurren en hebreo, enoquiano, latín y su puta madre. Los quiere matar. En serio—. Creía que si colocabas sal en las puertas y ventanas ya no podría entrar ningún fantasma. En fin, ese tipo de cosas…
Dean coge aire para ver si así puede recuperar el tono de gilipollas del FBI:
—¿De verdad?, ¿sal? —pregunta, lleno de asombro fingido.
—Sí, bueno, ahora lo verá. Su habitación está llena libros esotéricos.
Y efectivamente, tal y como había anticipado Martha, la habitación de Sandra Taylor se parece más a la choza de Bobby (versión extendida con tapetes bordados) que a la habitación de una abuelita encantadora que tiene un nieto llamado Thomas. Los amuletos, libros (viejos, correosos, con olor a… uf, eso), objetos con inscripciones en variadas lenguas y botes llenos de sustancias que Dean prefiere no adivinar, se amontan en las paredes y estanterías de la habitación peleándose por encontrar un hueco. "¿Pero quién narices era esta mujer?, ¿la Sabrina octogenaria de Monterrey?".
Sobre la mesilla de la habitación un único libro: "El paso de la vida a la muerte. Estados intermedios del espíritu". Dean entorna los ojos. Por favor… Todo grita sal, huesos y fuego. Y huesos, fuego y sal es todo lo que necesita. Le muestra el libro a Martha.
—¿Aficionada? —pregunta Dean, mientras mira a su alrededor. Brazos extendidos, palmas hacia arriba.
¿En serio? Tal vez la definición se le quedaba un poco corta. Nada, sólo un poco. Totalmente normal que en ningún puto informe apareciese, siquiera por error, que en la habitación de la primera víctima había una colección completa de objetos sacados de Buffy Cazavampiros. No sabe ni cómo describirlo. Martha, que parece no tener demasiada explicación, se debate entre poner cara de circunstancias y encogerse de hombros.
—Bueno, ya le he dicho que era MUY aficionada…
—¿Dónde ha dicho que fue enterrada su madre?
En cuanto deja a Martha y llega a su habitación, lanza la corbata encima de la cama para ponerse la ropa de batalla. Tiene un combate pendiente y sabe que no puede seguir retrasándolo. En el buzón de voz del móvil tiene cuatro mensajes. De Sam. Y aunque no los ha oído, ya sabe por dónde van los tiros. Maldición. Se acerca a la ventana, puños crispados y labios fruncidos, para hacer acopio de algo de fuerza de voluntad. Desde allí puede oír los gritos alegres de los niños que todavía juegan en la playa (en la arena, en el agua), mientras el atardecer se ahoga en la inmensidad del mar. Escucha sus risas y casi le parece reconocer a Sammy y sus "Dean, ayúdame con el castillo", "Dean, mira cómo nado", y "Dean, ya no somos hermanos". Ya no somos hermanos, familia… Como si alguien pudiera elegir arrancarse una parte de su ser.
Coge el móvil y hace la jodida llamada. Un tono. Dos tonos. Y de pronto ya no hay más tonos.
—Maldita sea, Dean. —Ahí está. El tonito del palo metido por el culo haciendo de las suyas—. Te he llamado mil veces hoy. Te he dejado cien mensajes. Y te he mandado otros tantos whatsapp. ¿Se puede saber dónde cojones te habías metido?
—Calma, mami. —le suelta Dean, sobreponiéndose—. A diferencia de otros, yo he estado trabajando.
Oye la respiración agitada de Sam por el auricular. Dean sabe que está cabreado, aunque cuando responde lo hace aparentando cierta normalidad.
—¿Y cuáles han sido los resultados de tan arduo trabajo?
Dean ignora la pulla y se concentra en el caso.
—Pues resulta que a la primera víctima, a la mamá de la dueña, le gustaban las cosas sobrenaturales y había convertido su habitación en una especie de museo del ocultismo. Tío, el libro que leía antes de dormir se llamaba "El paso de la vida a la muerte. Estados intermedios del espíritu". —Suspira—. Según me ha dicho su hija, nuestra abuelita marchosa está enterrada en el cementerio de El Encinal (3). Iré esta noche.
Al otro lado silencio. Imagina a Sam con el ceño fruncido, su cabeza trabajando a toda velocidad.
—¿Pero por qué una señora de ochenta años querría convertirse en fantasma y dedicarse a matar huéspedes?
—Ni idea. —Dean se encoge de hombros—. La verdad es que tampoco me interesa. —No tiene ninguna intención de empezar a cuestionarse las motivaciones de los fantasmas
Sam durante un rato continúa ejerciendo su especialidad "pero esto, pero aquello, pero, pero, pero… siempre peros" hasta que se despide, no muy convencido, con un "seguiré investigando". Al menos consiguen terminar la conversación sin intercambiar muchas puñaladas y sin más heridas que coser que las habituales. Dean, que no necesita más Sam en el que pensar, se apresura a ponerse el uniforme (vaqueros, botas y franela) y a cargar con una pala y unos kilos de sal en su mochila. Tiene que ser rápido y efectivo.
A las 22:00 horas, en el silencio sepulcral del cementerio "El Encinal", el cuerpo exhumado de Sandra Taylor arde envuelto en llamas rojas y sal. Dean procede a sellar de nuevo la tumba y trabajo hecho.
Cuando regresa al hotel, cae rendido sobre la cama, aún vestido y apestando a cenizas. Realmente necesita una ducha, pero le puede más el descansar. Las imágenes del día, de sus años (brutalidad, fuego, dolor) se suceden, como cada noche, en la oscuridad mientras se sumerge en el cansancio, en sus músculos agarrotados, en las espirales blancas y grises que giran y giran y giran de forma hipnótica. Se hunde en la suavidad del sueño, cayendo hacia abajo, hacia la esperada profundidad que va arrancándole del cerebro los pensamientos, la culpabilidad… descendiendo, en uno, dos, tres, en una caída sin tiempo, hasta alcanzar la calidez, hasta caer envuelto en brazos fuertes y caricias, que empiezan por las piernas, de forma suave y decidida. Se deja llevar, se deja hacer, se olvida de pensar. Cae en el sueño. Y las caricias suben y siguen y se hacen más atrevidas mientras su piel se va erizando, arrancando respiraciones agitadas y suspiros quedos. No puede moverse, pero no le importa. Su boca busca lo mismo que su cuerpo anclado. Carne contra carne. Se eleva hasta conseguir el contacto. Tan húmedo, tan espeso, tan caliente y… Sudor, latidos. Su corazón dedicado únicamente a seguir bombeando sangre, a seguir transportando el oxígeno que le permita respirar ese sueño, el calor. Y entonces, lengua, besos, mordiscos… Y él responde con lengua, besos y mordiscos. Lleno de deseo. Un beso húmedo que se eterniza, que se vuelve duro, que se convierte en polla, en gemidos, en rozamiento, en "oh, Dios, que no pare". Y los gemidos de Dean, desesperados, ansiosos, que se deshacen en la boca del otro, que se pierden en los ojos de…
¡¿Sam?, ¿Sammy?!
Se despierta de repente. Agitado y aspirando desesperadamente bocanadas de aire. Se retuerce sobre la cama para coger su Desert Eagle,que guarda bajo la almohada, mientras la habitación da vueltas a su alrededor. Le falta el aliento y apenas puede moverse. "¿Pero qué coño…?" ¿Sam? Eso no ha sido un fantasma ni una pesadilla. Lo sabe, lo intuye. Todavía nota el ardor sobre su pecho, los labios, el peso de ese cuerpo… Joder, todavía está empalmado. Atrapa la pistola entre sus dedos y enciende la luz de la habitación. Pero allí no hay nadie. No hay quién. No hay qué.
Se levanta de la cama, a duras penas, a trompicones, procurado ignorar que era Sam, Sammy quien… (Basta, no, no quiere pensarlo). Su cuerpo no responde, agoniza a cada paso, como si hubiera pasado la noche corriendo en una maratón. "Las víctimas sufrían cansancio extremo…", recuerda. Tose, jadea, pero alcanza la puerta de la habitación. Va a matar a ese hijo de puta, sea lo que sea. Sale al pasillo, repleto de penumbra y silencio, repleto de madera que cruje bajo sus pies. Luces y sombras se abalanzan sobre él mientras recorre el hotel. Y entonces lo oye. Apenas un susurro, saliendo de una habitación situada al final del tercer piso. Se acerca, cansado, agotado, y conforme avanza advierte que el susurro se ha convertido en una letanía. Palabras y frases en latín. Y eso nunca augura nada bueno.
Llega a la puerta con el pulso a punto de descarrilar. Ahora reconoce las palabras: una invocación. Se obliga a respirar. Inspirar, una y dos veces. Y ayudándose de la tensión acumulada en su cuerpo, abre la puerta de una patada para entrar en la habitación. Pistola en alto y gatillo preparado. Thomas, horrorizado y desnudo, le mira desde el centro de un círculo dibujado con runas antiguas. "¿Qué hace este crío?". Sobre el suelo, decenas de velas, negras y blancas, un libro y el maldito anillo con el que había estado jugando esa misma tarde.
—Thomas, ¿qué demonios es esto? —exclama Dean, apuntándole.
El chico levanta las manos. En sus ojos hay terror.
—No, por favor, por favor, no me mates. —Se echa a llorar, desconsolado—. Lo siento, de verdad, no soy yo, no soy yo, es que ya no puedo controlarlo… Lo he intentado pero es que, lo siento, no…
Dean duda, pero finalmente baja el arma. ¿Controlar a quién? O mejor dicho ¿a qué?
—Explícate.
Notas finales:
(1) Wal-Mart: cadena de supermercados estadounidense. En Estados Unidos, estas superficies suelen tener en su interior farmacias que venden algunos medicamentos como el paracetamol sin necesidad de receta médica.
(2) Me imagino que ya sabréis a quién me refiero. He preferido mantener el nombre en inglés.
(3) Existe el cementerio y está en Monterrey.
