Playa de la Barceloneta, Barcelona

Lauren llevaba dos días en Barcelona cuando... una mano tocó su hombro y la sacudió ligeramente.

― Perdona, se te ha caído el libro― oyó que le dijo una voz de mujer en un perfecto inglés. Lauren confusa abrió los ojos. Vio una silueta que le hablaba a contraluz, mientras parpadeaba protegiéndose del resplandor del sol. Estaba estirada en una tumbona frente al mar. Le pareció una idea excelente que hubieran puesto tumbonas públicas para tumbarse al sol en la playa y ella se estiró en una de ellas.

― Oh!, Gracias … yo … creo que me he … dormido― Lauren se incorporó para recoger el libro que le tendía la desconocida.

― ¿Hablas inglés?― preguntó Lauren extrañada. Nadie parecía saber inglés excepto el personal del hotel y los vendedores de las tiendas turísticas.

― Creo que sí― respondió la mujer. Divertida por la cara de asombro de Lauren― he visto el título del libro que leías, por eso sabía que al menos hablabas inglés.

La mujer debía tener unos 30 y poco, lucía media melena rubia, estatura similar a Lauren, ni delgada ni con kilos de más, lo justo. Vestía camiseta de tirantes roja y pantalón amplio de algodón blanco que le llegaba hasta las pantorrillas. La mujer se giró y se sentó en su tumbona a dos metros de Lauren. Le sonrió y se dispuso a leer su propio libro. Una décima de segundo más tarde, la desconocida saltó disparada de su tumbona, corriendo como si le fuera la vida. Lauren se levantó intrigada por su extraño comportamiento. Iba descalza y con su carrera levantaba la arena, sulfurando a los que tomaban el sol tranquilamente tumbados sobre sus toallas. Estaba persiguiendo a un hombre que corría más torpe con calzado deportivo y llevaba algo en su mano derecha. De golpe, la rubia se tiró al suelo y con sus piernas hizo una perfecta zancadilla bloqueando al corredor. El hombre cayó al suelo y ella se abalanzó sobre él bloqueando con su cuerpo cualquier movimiento que pudiera intentar. La gente se acercó a los dos al ver el extraño número de película de espías. Cuando el corro se disolvió, la rubia vino hacia Lauren llevando su bolso con ella.

― Gracias, gracias! No me he dado cuenta! Me han robado el bolso!

― Tranquila. Los ladrones tienen un sexto sentido para reconocer a turistas despistados ―le respondió la rubia, devolviéndole su bolso y regalándole una gran sonrisa. ―Me llamo Mar.

―Lauren, encantada― Lauren iba a darle la mano y Mar se acercó a ella dándole dos besos, uno en cada mejilla.

― Aquí nos saludamos así.

― Oh! Bien … Eres la primera persona que conozco y... a veces confundo el...protocolo.

Mar rió para sí misma. Le encantaba sorprender a los anglosajones. Sabía perfectamente el efecto que eso producía.

― Déjame que te invite a un café, por las molestias. Bueno, en realidad para darte las gracias. ¿Eres una especie de policía de incógnito que se dedica a rescatar damas en apuros?

― Sí, más o menos. Vengo aquí cada día y rescato a la dama más guapa― le soltó Mar, con una sonrisa.

Lauren se sonrojo. ¿Esta mujer estaba flirteando? ¿O eso era lo normal en las mujeres mediterráneas? Aunque Mar no le parecía del tipo mediterráneo. Su piel, enrojecida por el sol era muy clara. Sus ojos azules o quizás verdes, su porte físico. Parecía más del norte que del sur.

―Acepto la invitación. Vamos a tomar algo. Hace calor. Pasadas las doce del mediodía el sol es demasiado fuerte.

Recogieron sus bolsas y empezaron a andar en busca de una sombra en algún chiringuito al aire libre. Encontraron uno enseguida clavado en la arena de la playa , era amplio, de sillas cómodas y sombra asegurada. Se sentaron una frente a otra y pidieron un refresco. El café, con el calor quedaba descartado.

―¿Tú eres de aquí?―preguntó Lauren tranquilamente.

―Nací aquí, sí. Mi padre es catalán, aunque sus padres, o sea mis abuelos, emigraron a Bélgica durante la guerra civil española. Era huir o morir fusilados por defender la república que se estaba desmoronando. Mi madre es alemana, de Baviera.

―Ah! Interesante mezcla … española y alemana. Suena un poco explosivo … ―dijo Lauren con toda franqueza.

Mientras hablaban, Mar miraba a la rubia de pelo largo. ¡Dios! Esta mujer parecía tan dulce …

―Sí, soy médico. Me dedico básicamente a la investigación. ¿Y tú?

―Traductora e intérprete, aunque licenciada en historia. Trabajo dos semanas al mes en Bruselas, en el Parlamento Europeo como intérprete. El resto del tiempo hago traducciones de enmiendas, ponencias y disposiciones legales. La traducción me da el sueldo, la historia el placer.

―Ajá! ¿Y sobre qué tema te especializaste?

―Historia antigua y medieval. Pero también me apasiona el tratado de Utrecht.

Lauren conocía ese tratado. Puso fin a la guerra de sucesión a la corona de España, aunque no fue una guerra española solamente, se consideraba la primera guerra mundial entre los historiadores del siglo XVIII, aunque sólo se combatió en España, puso en jaque a todas las monarquías europeas y sus intereses económicos.

― Me interesa porque Europa sufrió su primera gran guerra comunitaria, todos los países entraron en guerra y la suerte de España se decidió allí. Si hubiera tenido mejor final, si los Habsburgo hubieran aguantado … Si los ingleses no fueran tan ingleses …―se rió Mar― ahora España sería un país mejor. Vinieron los borbones con su política francesa anclada en el antiguo régimen clasista y catapultaron a este país a la segunda división de Europa.

― Veo que tienes claro tu bando.

― ¿Mi bando? No, sólo me gusta conocer el porqué de las cosas. En el fondo creo que si ganaron los borbones fue porque los españoles, o al menos la clase dirigente, así lo quiso. Y el pueblo aunque luchó con todas sus fuerzas se conformó, porque a fin de cuentas los que sangraban eran ellos. Lo que está claro es que la desgracia de este país se forjó allí.

― Eres apasionada, eso lo puedo ver, pero tu madre se alemana …

― Sí, ella ahora vive en Múnich. Se separó de mi padre hace unos años. Ella es la mujer más fuerte y honesta que he conocido. Me sorprendió su separación, parecían una buena pareja. Ella era el hombre y él la mujer.― bromeó Mar― Mi padre es un hombre de mundo, muy sensible pero con demasiadas normas disciplinarias. Mi madre, en cambio es la alegría de la fiesta, súper protestante, anticatólica y se pasó 20 años viviendo en un país católico! Mi familia es algo peculiar―. Mar se quedó mirando al vacío entre la cabeza de Lauren y el infinito. ― Yo los quiero mucho. Me han dado el mejor regalo que se puede dar. ―se hizo un breve silencio, Lauren estaba a la expectativa de saber cuál era el mejor regalo que unos padres pueden dar.― Sé tu misma, no juzgues y todo será perfecto. Sé mejor, no para competir con otros sino para elevarte. Si te amas, amarás, porque sólo el amor es trascendente, lo demás es ruido que hemos de soportar y acallar.

Lauren quedó callada. Esas palabras le estaban llegando como dardos. Se quedó mirando sus manos sobre la mesa sin verlas, porque sus ojos ya empezaban a brillar. Ella no quería llorar delante de una desconocida. "Si te amas, amarás" iba repitiendo su mente a sí misma como un mantra.

―Lauren, ¿estás bien?

Lauren notó una mano que cubrió la suya y despertó del éxtasis.

―Yo sólo... ―quería salir corriendo, pero se obligó a calmarse y logró decir―esto que has dicho me ha emocionado―mientras aún hacía esfuerzos por controlar sus ojos―me recuerda a cosas de mi vida.

―¿Cómo se llama?

Lauren entendió enseguida―Ah! se llama Bo. Es la criatura más extraordinaria que he conocido... ella es el Sol. Ansías tenerla y cuando la tienes te quema y no la puedes ni tocar. Se eleva, te deslumbra. Te hace más pequeña, más miserable.

Mar retiró la mano de Lauren y se quedó en silencio observándola. Miraba a esa bella mujer, tan frágil en ese momento. Amar al Sol, el astro más potente, era una carga demasiado pesada. Se levantó y rodeó a Lauren por detrás. En un susurro le dijo―si me permites―entonces envolvió el cuerpo de Lauren con sus largos y fuertes brazos y le dió un ligero beso en la cabeza mientras le decía al oído ―Sólo es una persona, el poder se lo das tú.

Lauren se levantó deprisa, tenía que huir de esa emoción. Esta mujer la estaba poniendo en una situación que no podía controlar. Quería llorar y no quería hacerlo en público.

―Yo... tengo que irme, Mar. Gracias por tus... da igual! Gracias.

Mar no dijo ni hizo nada. Se quedó allí contemplando como se iba su bella turista. Pero Lauren a los dos pasos se giró, se acercó a ella, sacó una tarjeta de su bolsa y anotó algo en ella antes de entregársela a mar.―¿Nos vemos? ―dijo Lauren― le dió un beso rápido en los labios y se marchó. Era una tarjeta de hotel, con teléfono, dirección y un bonito logotipo. A mano, escrito su nombre. Lauren Lewis.

Barcelona, casa de Mar

Dos años desde que Mar se prometió no empezar relaciones sino había algo diferente a lo que había tenido. El amor cegador y deslumbrante a primera vista ya lo había probado y conducía al caos. Sexo y esperar a ver qué pasa, también. Ella quería una compañera. Alguien con quien compartir la vida, toda la vida, a ser posible. Había tenido tres novias, a todas las había amado, con todas lo había intentado, todas la habían decepcionado. Todas fueron poco al final. También tuvo amantes de una o varias noches, tampoco quería eso. Ella sabía que el sexo había sido el motor en sus relaciones y de sus elecciones. Y no quería ser esclava del sexo. Se había ocupado de cultivar su mente para no sucumbir, para intentar un cambio. Meditación, celibato... Pero más allá de la piel tampoco había nada, o poco, o no suficiente... También tuvo sexo con hombres, con algunos fue realmente excelente. Pero ella sabía que jamás podría enamorarse de uno. Sus padres no se sorprendieron cuando salió del armario. Bien, salir, salir... no salió porque nunca estuvo dentro. Con quince años Mar les dijo a sus padres a bocajarro.―Quiero ser historiadora, vivir en Canadá o Escocia y casarme con una mujer― Su padre estaba leyendo algún libro de matemáticas y su madre explicándole a su hermana mayor las ventajas de escoger una carrera de ciencias aplicadas.

―Bien―dijo su padre sin moverse de la silla y tan sólo levantando la cabeza― Ser historiadora no te dará de comer, eso es evidente. Viajar es buena idea, Canadá es un buen lugar para las mentes libres, Escocia no tanto. Casarte con una mujer tendrá que esperar las nuevas leyes sobre matrimonio, pero reconozco que tienes buen gusto. No hay nada más perfecto que una mujer, salvo las matemáticas―sonrió a su hija y siguió leyendo. Él ya sabía de las preferencias de Mar en cuanto a las mujeres y estaba muy feliz de que ella lo hubiera exteriorizado. Mar era la niña de sus ojos, se parecía tanto a su madre. Su madre, en cambio fue más explícita―¡Ya era hora! ¿Tienes novia? Su hermana se sulfuró. Mar estaba dando la nota, otra vez.

Esa mujer de habla inglesa la descentraba. Su mente quería ligar con ella. Sus instintos estaban al cien por cien. ¿Era ella su alma gemela? ¿Era otro espejismo de amor a primera vista? Hacía tres horas que se habían despedido y Mar ya estaba tecleando el número de teléfono del hotel. Le pasaron con la señora Lewis.

―Ei! Me pregunto si te apetece una visita turística.

―Creo que eres la persona adecuada. Por supuesto y perdona por lo de antes, yo no acostumbro a ser tan...

―Ok! Te voy a mostrar lo que los turistas no ven―Mar se saltó la disculpa, aunque no olvidó la reacción emocional.

―Ah! ¿Es eso peligroso? ―sonría Lauren para sí.

―No! Sólo caminaremos y te contaré la historia de la ciudad. También te enseñaré a reconocer a los ladrones de bolsos especializados en turistas.

―Entonces estoy a punto.

Las dos mujeres se pasearon por las calles y Mar le iba contando todo lo que no sale en las guías. Era una enciclopedia de su amada ciudad. Le enseñó a leer las piedras, lo que significaban, quién las puso allí y con qué fin. Le contó sobre la gente que vivió y murió. La ajetreada historia de una ciudad, que sin ser capital de ningún reino tuvo que padecer, sobrevivir y muchas veces llevar adelante un país. La llevó por el barrio antiguo y le enseñó, lo que ella consideraba, la mejor arquitectura del gótico civil del mundo.

Mientras andaban por las estrechas calles escucharon una música que procedía de una iglesia.

―¿Eso es Vivaldi? dijo Lauren, poniendo atención a las notas

―Quizás, pero puede ser Monteverdi o Haendel. ¿Entramos?

Entraron y silenciosamente se acercaron a los bancos dispuestos delante del altar, donde una formación de cuerda tocaba música barroca.

Lauren estaba extasiada por las emociones. Esta mujer le regalaba su tiempo, su sabiduría y ahora esta música en este entorno precioso. No dejaba de mirar al techo, a los vitrales mientras se dejaba llevar por la música que reververaba con una acústica perfecta. Al rato cerró los ojos para oir mejor. Mar se dio cuenta que su compañera había entrado otra vez en un estado emocional intenso.

Media hora más tarde el concierto terminó, la gente abandonó sus asientos y lentamente se iba marchando. Las dos mujeres seguían en el mismo sitio, cada una en sus pensamientos.

―Esta iglesia lleva mi nombre.

―¿Es por eso que es tan magnética? A Lauren ya no le importaba ser sincera.

A Mar tampoco le importaba. Quería a esa mujer. Ella era su igual. Lo sabía, pero prudentemente sólo dijo:

―Esta iglesia la construyó el pueblo, para el pueblo. Es la más hermosa, elegante y sobria. No hubo reyes, ni condes, ni obispos que pagaran sueldos. Sólo el esfuerzo de los artesanos para tener su iglesia cara el mar. Por eso se llama Santa María del Mar. Me gusta pensar que algún antepasado mío estuvo aquí, tallando piedras. Y yo me arrodillo contemplando lo hermosa que la dejaron.

Lauren sólo pudo mirarla y besarla. En un arrebato cogió los hombros de Mar y con decisión acercó sus labios y cerró los ojos. Mar, sorprendida al principio, reaccionó con rapidez y le respondió acogiendo el beso mientras acercaba sus manos a su nuca. Fue un beso lento, silencioso, un beso quieto pero intenso.

―¿De dónde vienes, Lauren? ―susurró Mar con sus labios aún pegados a Lauren.

―De Toronto.

Mar no se sorprendió. Toronto, Canadá. Si yo no voy a Canadá, Canadá ha venido el a mí. Esta mujer era un regalo muy especial que le hacía el Universo.

Habían quedado la mañana siguiente. Mar le prometió una playa de verdad, lejos de la ciudad. Mar se parecía tanto a Bo … Físicamente eran parecidas. Cuerpo de mujer con curvas, pecho abundante, caderas definidas. Pero Mar tenía los ojos claros y el pelo rubio. Vestía ropa amplia y parecía que no quisiera enseñar su magnífico cuerpo. Pero Mar era humana, y algo había muy apasionado en su interior, era inteligente y parecía una mujer de mundo. Una pareja perfecta para unos días de vacaciones. Ella no los desaprovecharía.