Disclaimer: Todos los personajes y nombres le pertenecen a Stephanie Meyer, la historia es una adaptacion de la obra del mismo titulo de Cheryl St. Jhon. Yo solo me dedico a hacer la adaptación. Edward es solo mío :)

Capítulo 1:

Silver Bend, Montana, mayo de 1885.

Edward Cullen levantó la vista del libro de cuentas y abrió el reloj bañado en oro. Eran casi las tres. Antes de levantarse del escritorio, pasó el secante por las cifras que acababa de anotar y se limpió los dedos manchados de tinta en los pantalones vaqueros. Todas las tardes, a esa hora, tenía que hacer algo.

—¡Va a haber follón en el North Star!

El hombre alto, de hombros caídos y más bien flaco, abrió la puerta de Edward mientras daba un grito.

El North Star era el hotel donde vivían Edward y casi todos sus empleados; tenía tres pisos y estaba a pocos metros calle abajo. Edward era el propietario del hotel y del salón Silver Star.

—Es alto, pero no muy grande —le aclaró Riley—. Está atosigando a la señorita Tanner.

Edward no se molestó en ponerse la chaqueta. Podría convencerlo para que se marchara pacíficamente, pero la experiencia le había enseñado que quizá necesitara algo más que buenos modales para disuadir a un acosador. Aun así, no había motivo para estropear una magnífica chaqueta. Echó una mirada al Colt que colgaba de la puerta enfundado en su cartuchera, pero siguió su camino y la cerró después de salir.

El salón, con las contraventanas abiertas, estaba cálido e iluminado por la luz de la tarde. El suelo estaba recién fregado y los dos clientes y la mujer que sacaba brillo a la barra no se fijaron en él cuando fue hacia la puerta y salió.

—¡Bree! ¡Sal ahora mismo! ¡No me obligues a entrar y sacarte!

El desconocido estaba en medio de la calle con un caballo castaño atado a un poste delante del hotel. Su traje negro, hecho a medida, tenía una capa de polvo, como si hubiera forzado a la yegua durante casi todo el día. Para Edward, los hombres que maltrataban a los caballos estaban a la misma altura que los hombres que maltrataban a las mujeres. Edward conocía la historia de Bree Tanner y llegó a la conclusión, evidente, de que ése era al hombre del que había huido antes de refugiarse en Silver Bend.

—¡No me obligues a entrar y sacarte a rastras! —gritó el hombre.

—¿Está buscando a alguien? —le preguntó Edward con calma.

—No se meta en esto. No es de su incumbencia.

Edward se acercó unos metros al hotel.

—Bueno, a mí sí me parece que me concierne cuando está molestando a alguien delante de mi establecimiento, señor...

—Crowley. ¿Es su hotel?

—Efectivamente. Me llamo Edward Cullen. ¿Qué quiere?

—Quiero volver con una mujer, con Bree Tanner.

—¿Es su esposa?

El hombre, furioso, frunció más el ceño y se le congestionó la cara.

—A usted no le importa quién es. Le basta con saber que va a volverse conmigo.

—Creo que es una decisión que podemos dejar en manos de Bree, ¿no?

Crowley, al oír la forma tan familiar de llamarla, se volvió hacia Edward y lo miró de soslayo.

—¿Qué tiene que ver con usted?

—Es una buena empleada. Iré a decirle que está aquí y puede preguntarle qué quiere hacer.

El hombre volvió la cabeza hacia el salón que Edward acababa de abandonar. Riley seguía de pie junto a la puerta.

—¿Está ahí dentro? —bramó Crowley. ¿Se prostituye?

Edward señaló el cartel de vivos colores que había fuera del edificio.

—En mi establecimiento no hay ese tipo de mujeres. Bree es una de mis camareras.

—¡Me da igual! ¡Bree! —vociferó él mientras se dirigía hacia el salón con grandes zancadas.

Edward frunció el ceño ante su tono beligerante y su actitud. Deseó que el hombre lo empujara para intentar pasar y le diera un motivo para sujetarlo. Él, sin embargo, lo rodeó y se dirigió hacia las puertas abiertas del salón. Edward pasó de largo junto a Riley y entró en la penumbra del interior. Esa vez, buscó con la mirada a la mujer de pelo oscuro, que dejó de limpiar la barra y se quedó rígida, con los ojos como platos y pálida de miedo.

—Tyler... —dijo ella con un tono áspero.

Edward pensó que pudo haber sido una mujer hermosa antes de que los malos tratos y el miedo avejentaran su rostro. Ese hombre la había retenido en su casa y en su cama durante ocho años mediante la intimidación. Necesitó valor para salir de allí. Mantener la decisión debía de haberle exigido mucho más.

—No tengas miedo —la tranquilizó Edward—. Riley yo estamos aquí. Todo Silver Bend sería testigo si intenta sacarte de aquí a la fuerza. No tienes que volver con él. No puede obligarte. Dile que no quieres marcharte. Dilo muy claramente para que se oiga.

Su mirada aterrada fue de Edward a la puerta. Había visto esa mirada en muchas caras y le hervía la sangre.

—Eres libre, Bree. Tienes un trabajo y puedes mantenerte. No le necesitas a él. No puede dominarte si no se lo permites. Puedes vivir como te parezca mejor. Sólo depende de ti.

Sus palabras surtieron efecto y ella cambió de expresión. Bree Tanner dejó el paño que había usado para limpiar la barra y con un movimiento muy preciso se quitó el delantal, lo dobló y lo dejó. Se alisó la falda con un gesto nervioso, se puso recta y levantó la barbilla.

—Él no puede obligarme a hacer nada que no quiera hacer, ¿verdad?

—Verdad.

Se dirigió hacia la puerta seguida por Edward. Cuando salió, Crowley la miró con los ojos entrecerrados. Luego, miró a Edward y Riley como si fueran unos moscardones que aplastaría más tarde.

—Si quieres llevarte algo, ve a por ello.

A ella le temblaron las manos y las escondió entre los pliegues de la falda. Edward se alegró en silencio por su valentía.

—Tengo un trabajo y una habitación propia en el hotel —dijo ella en voz muy alta pero con una leve vacilación—. Estoy contenta aquí.

La expresión de Crowley se hizo más sombría todavía.

Algunos lugareños se habían reunido en la calle para observar los acontecimientos con interés. No sería la primera pelea que había delante de su local, pensó Edward con la sangre caliente, y tampoco sería la última. Nunca le había importado pelear si así purificaba el ambiente.

—¿Prefieres una vida de ramera a venir conmigo? —preguntó Crowley con los dientes muy apretados.

Edward no dijo nada. Ya le había dicho que en su local no había ese tipo de mujeres y todo el pueblo lo sabía.

—Así era como me sentía cuando estaba contigo —replicó Bree—. Ya no quiero vivir de esa manera. No soy tu esposa —su tono y su ademán mostraron un vigor nuevo—. Nadie me pega y recibo un salario justo por cada día de trabajo. Puedo mantenerme bien.

Crowley fue hacia Bree.

—No sé quién te ha metido esa sandez en la cabeza, pero me perteneces y harás lo que diga —le dijo Crowley amenazante.

Ella retrocedió y Edward lo alcanzó antes de que llegara a los tablones de la acera.

—¿Se acuerda de la guerra civil, Crowley? Es ilegal tener esclavos.

Estaban a un metro de distancia. A Crowley le parpadeó el ojo derecho por la rabia y a Edward le picaron las palmas de las manos.

—No se meta en medio, caballero, si no quiere arrepentirse.

—Imposible. Bree es empleada mía y cuido a mis empleados.

Crowley se abalanzó sobre él, pero lo esquivó y con las dos manos agarradas le dio un golpe en el cuello. Crowley cayó a gatas sobre el polvo y perdió el sombrero. Sacudió la cabeza lentamente y se levantó para arremeter contra Edward. La pelea había empezado.

La multitud se arremolinó para ver mejor. Edward levantó los dos puños y flexionó las rodillas para estar en guardia. Crowley le hizo frente y giraron mientras se acechaban. El forastero miró a Edward con desprecio. Edward lo observó atentamente y esperó a comprobar cómo atacaba. Antes de lo que había previsto, Crowley le lanzó un golpe al hombro que lo desequilibró y enfureció. Respondió con un derechazo a la mandíbula que hizo que su oponente se lamentara y el gentío murmurara.

Edward no notó los golpes que recibió acto seguido, aunque supo que uno lo alcanzó en las costillas y otro en la sien. La adrenalina le dio fuerzas y le sofocó el dolor. Aprovechó el respiro y encontró la oportunidad de propinarle varios puñetazos. Crowley empezaba a sangrar por un labio y tenía un corte encima del ojo izquierdo. Edward buscó la ocasión para golpearle otra vez en el ojo y reunió todas sus fuerzas para darle un puñetazo en el estómago. Crowley gruñó, se dobló por la cintura y cayó de rodillas al suelo. Miró a Edward con furia y un ojo cubierto de sangre.

—No tiene derecho a quedarse con Bree.

—Tiene toda la razón —replicó Edward —. Nadie tiene derecho a retenerla. Es libre de quedarse o de marcharse —se volvió hacia Bree—. ¿Quieres marcharte?

Ella negó con la cabeza y resopló.

—Quiero quedarme.

—Ya lo ha oído —Edward notó que le dolían los nudillos—. ¿Necesita algo más convincente?

El sheriff Black se abrió paso entre la multitud y miró a los dos hombres.

—¿Qué está pasando?

Bree se acercó corriendo a él para explicarle lo que había pasado. Cuando terminó, el sheriff se volvió hacia los presentes.

—¿Es lo que ha pasado? ¿Alguien lo ha visto todo? —les preguntó.

Edward no se acordaba si alguien estaba allí cuando se intercambiaron las primeras palabras. Los miró uno a uno. La gente era reacia a implicarse, sobre todo, cuando alguien con un aspecto tan peligroso como Crowley los miraba desafiantemente.

El sheriff los miró detenidamente y ellos, también uno a uno, miraron a la persona que tenían al lado y luego miraron hacia otro lado. Edward había supuesto que su posición en el pueblo tendría peso suficiente. No era un pendenciero, pero tampoco rehuía la pelea. No quería poner a Jacob Black en una situación comprometida y la indiferencia de los lugareños lo irritó. La gente se volvió cuando un movimiento les llamó la atención y Edward también miró. Desde la acera de enfrente, una mujer esbelta con un vestido de algodón azul y blanco y un sombrero de paja, se levantó el borde del vestido y empezó a cruzar la calle. Se detuvo a metro y medio del representante de la ley. Edward notó una punzada en las entrañas.

—Yo he visto todo el incidente, sheriff. He visto que el hombre llegaba a caballo y gritaba a la señorita Tanner.

Naturalmente, era la obsesión de Edward de las tres en punto. Había estado en la acera todo el tiempo. Bella Swan era una mujer alta y él había podido comprobar, las pocas veces que no llevaba sombrero, que tenía un pelo negro y lustroso. Edward no le había oído decir más que algún saludo de dos o tres palabras y su voz sedosa lo cautivó más que las palabras que dijo.

—El señor Cullen salió de su establecimiento y le pidió... —señaló al mal encarado desconocido—...que se marchara.

Su resplandeciente mirada color ámbar se dirigió hacia Edward y él notó que algo le palpitó en el pecho, algo premonitorio y poderoso, algo más alarmante que tener que enfrentarse a una docena de hombres furiosos en la calle.

El sheriff le hizo algunas preguntas y ella contestó sin rodeos. Edward no podía dejar de mirarla.

Todas las tardes, lloviera o hiciera sol, Bella iba al salón de té con una fachada de ladrillo rojo que había al otro lado de la calle, en la esquina junto a la sastrería de Mike Newton. Una vez dentro, se sentaba a la mesa que daba a la ventana y Ángela Webber le llevaba una taza de porcelana y una tetera. Casi todos los días, Edward observaba el ritual desde detrás de la puerta del salón, donde ella no podía verlo, pero de vez en cuando, se buscaba un motivo para hacer un recado y cruzar la calle cuando ella llegaba. Una par de veces se había parado y se había llevado la mano al sombrero. Cuando ella había levantado esos ojos de ámbar, el corazón le había dado un vuelco y él se lo había reprochado. Nada ni nadie intimidaba a Edward Cullen.

El sheriff no tuvo inconveniente en aceptar la versión una vez que Bella la había verificado y se volvió hacia Crowley.

-Márchese.

Crowley miró a Bree con los ojos rebosantes de furia.

—Volveremos a vernos. No vayas a pensar que tus amigos te protegerán para siempre.

—Si le pasa algo a la señorita Tanner, sabremos a quién tenemos que buscar —le advirtió el sheriff—. Voy a mandar un cablegrama a la capital del condado para comunicar este percance.

Crowley recogió el sombrero del suelo, lo sacudió contra el muslo y se lo puso antes de ir a donde estaba su caballo y desatarlo. A juzgar por la forma tan torpe de montarse, Edward supuso que tenía alguna costilla rota. El sheriff lo observó mientras se alejaba a galope.

—Que no te vea, pero síguelo hasta cerciorarte de que se dirige a su casa —le dijo a un joven.

Una vez que Crowley se perdió en la distancia y el otro hombre empezó a seguirlo, el sheriff se acercó a Bree.

—Gracias, sheriff —dijo ella.

—A mí me ha tocado lo más fácil, me parece que Edward se ha llevado la peor parte.

Bree miró a Edward, pero al darse cuenta de que todo el mundo la observaba, se sonrojó ligeramente.

—Lo siento —dijo ella en voz baja para que sólo la oyeran Edward y el sheriff.

—Lo has hecho perfectamente —replicó Edward—. Tenías un montón de testigos mientras Tyler te estaba acosando y cuando le hiciste frente te ganaste el respeto de todos ellos. Ya no volverá a hacerte nada.

Él sabía que ella no iba a permitir que la humillaran en público. Había empezado a respetarse a sí misma. Se mordió el labio inferior, pero no pudo contener una sonrisa y se tapó con las manos las mejillas sonrojadas.

—No debería estar tan complacida cuando tú estás sangrando.

Él se miró los nudillos, que le dolían como demonios.

El sheriff se llevó la mano al ala del sombrero.

—Buenas tardes, señorita Tanner —se despidió, como si sólo se hubieran cruzado por la calle.

—Buenas, tardes, sheriff. Edward miró a la multitud y observó que Bella había vuelto al otro lado de la calle.

Estaba a punto de entrar en el salón de té. Había tenido la ocasión perfecta para hablar con ella y había dejado que se escabullera. Iba a tener que ir tras ella. Sintió un nudo en el estómago. No podía entender que eso lo aterrara más que todo lo que había pasado hasta el momento.

—Ven y ponte algo de hielo en las manos —le recomendó Bree. —Ahora voy.

Le hizo un gesto para que entrara en el Silver Star sin él y cruzó la calle. Tenía que dar las gracias a la testigo por confirmar su historia.

Hola como estan por aqui!

Cuentenme que les parecio la historia hasta ahora?

La continuo? jeje.. dejenme reviews para saber su opinion.. espero actualizar un cap por dia.

Las quiero :)