Título: BELLUM

Autora: Clumsykitty

Fandom: MCU, AU (universo alterno)

Parejas: Thorki, Stony principalmente.

Derechos: Nah, Marvel como siempre se lleva todo.

Advertencias: algunos nombres han sido alterados por locuras de la autora, otros nombres son retomados de sus originales históricos sin relación alguna con éstos. Por si alguien se lo pregunta, esta historia se halla inspirada en esa hermosa como tormentosa saga llamada Juego de Tronos (los libros) del gordito más temido, George R.R. Martin. Ojo, basada no igual.

Bellum. Guerra (latín).

Gracias por leerme.


Uno. La Primavera.


Gaia era un mundo compuesto principalmente de enormes archipiélagos comunicados entre sí por enormes puentes hechos de madera y metal con gruesos amarres, o en su defecto, por los pequeños veleros que transportaban a los viajeros de una isla a otra, una ruta que no tomaba más allá de media hora, para la zona más apartada. Solamente existían dos grandes porciones de tierra, mismas que estaban en conflicto. El Reino Norte, el continente más grande de todo Gaia, se hallaba en la parte alta y fría donde los árboles eran tan grandes que sus puntas se perdían en el cielo parcialmente nublado, con tierra negra, húmeda donde crecían diferentes tipos de musgos y pastos que los ganados comían golosamente. La agricultura era difícil por la constante humedad pero los campesinos ya se las habían ingeniado para secar la tierra, usando pastura entre los surcos de sus siembras, dando un color amarillento a los vastos campos que circundaban aquellos castillos de piedra grisácea con puertas de metal donde vivían los Clanes del Norte, familias cuyos antepasados se remontaban hasta el origen mismo de Gaia, siempre fieles a su tierra como a su juramento de servir a la familia que gobernaba aquel reino, los Stark.

Las historias sobre el origen de Gaia, al menos en el Reino Norte, contaban que su mundo se creó a partir del aullido de Gran Lobo Gris cuyo aliento dio vida al sol, formando Gaia que giraba a su alrededor igual que sus dos lunas. Entonces los Maestros de Gaia, entidades mágicas que despertaron provenientes del interior de su mundo, comenzaron a crear las montañas, los mares y océanos, los bosques, ríos, animales, plantas. Todo a través de sus cantos que recordaban el Aullido de la Creación, hasta que al terminar, juntaron un puño de tierra y soplaron sobre él sus bendiciones antes de dejarlo caer sobre los tiernos bosques. Así fue como abrieron sus ojos para Gaia los Hijos del Hielo y los Señores del Bosque, seres sagrados cuya misión siempre sería mantener el equilibrio en la rueda de la Vida, teniendo los primeros la potestad de la magia y los segundos el mando de la naturaleza.

Por último, los Maestros de Gaia trajeron del centro de ésta el hierro, el fuego y la roca, lo fundieron todo con ayuda de los Hijos del Hielo y los Señores del Bosque, insuflando vida a los últimos en nacer de todos los seres vivos, los humanos. El Primer Stark creció entre estos sorprendentes dioses, quienes le enseñaron de Gaia y del Gran Lobo Gris, enseñanzas que fueron pasando de generación en generación, siempre venerando a los Hijos del Hielo y a los Señores del Bosque, con quienes los Stark hicieron más adelante una alianza de sangre, cuando el Décimo Tercero Stark desafió a los Clanes del Norte con el fin de unirlos en un solo territorio, una sola familia, un solo sentir. El Reino Norte. Para celebrar este acontecimiento, se creó el Trono Negro, en la Fortaleza del Gran Lobo, sede y hogar a partir de ese momento de la Familia Stark, al que los demás Clanes juraron sobre sus espadas de hoja larga y gruesa, las Claymore, su lealtad a los regentes del Norte hasta que Gaia se extinguiera, so pena de que los Hijos del Hielo y los Señores del Bosque reclamaran sus vidas si llegaban a faltar a su juramento.

Así era como vivían en el Norte, con tales leyendas como enseñanzas. No había Norteño que no supiera del Gran Lobo Gris o que hubiera escuchado alguna historia de los Hijos del Hielo, poderosos hechiceros que cambiaban de forma igual que su magia, o de los Señores del Bosque, ocultos entre los gruesos árboles que cuidaban amorosamente igual que las criaturas que habitaban en ellos, regalando a quienes les veneraban semillas que jamás se echaban a perder y que siempre florecían pese al peor clima que cayera sobre el Reino Norte. Sus festividades estaban divididas igual que las estaciones, el Festival de Primavera donde celebraban la llegada de los pastos verdes, las flores, como los nacimientos. El Festival de Verano, ocasión para disfrutar la bendición de un sol más cálido que permitía preparar pieles, secar semillas y realizar matrimonios. El Festival de Otoño, lleno de torneos de espadas, competencias de caballos, fiestas que duraban días y la antesala a la época que más adoraban, el Festival de Invierno, con ceremonias en honor al Gran Lobo Gris, a los Maestros de Gaia, era el tiempo de visitar a los Hijos del Hielo, de adorar a los Señores del Bosque.

Este Reino Norte solo tenía una frontera de tierra al sur, la Garra, como se le llamaba a la serie de pequeñas islas en hilera que unían a este continente con el segundo mayor, pero cuya extensión podía tomar medio día en cabalgata, teniendo la forma de un arañazo según los mapistas. Aquel paso era muy poco visitado y más adelante, custodiado cuando aparecieron los Impostores, como le nombraron a los humanos que llegaron de aquel continente sur, una tierra donde la tierra era más cálida, con inviernos sin nieve ni heladas, llena de colores y formas elegantes tan diferentes a las duras, austeras del Norte. El Reino Sur. Los Impostores cruzaron la Garra cuando el Vigésimo Quinto Stark estaba en el Trono Negro, trayendo consigo ideas contrarias a las creencias de los Norteños. Estos humanos de cabellos y ojos claros con pieles rosadas por un sol más constante no creían en el Gran Lobo Gris ni los Maestros de Gaia, veneraban a una sola entidad que llamaban la Estrella de Cinco Puntas, bajo la cual destruyeron los bosques del sur, quemaron los campos, asesinaron pueblos. Ellos fueron quienes trajeron con sus espadas finas y escudos de un metal irrompible la muerte a los Hijos del Hielo y los Señores del Bosque cuando avanzaron imparables hacia los Clanes del Gran Lobo Gris, que los primeros hijos de Gaia protegieron con sus vidas.

Los Norteños alzaron sus Claymore en venganza, la Batalla de las Cincuenta Noches se dio, con la victoria del Reino Norte que los Stark coronaron cortando las cabezas de todos los Impostores sobrevivientes, ofreciendo su sangre a los campos incinerados donde hubieran crecido sus sagrados árboles como ofrenda a las vidas perdidas de sus protectores. Pero había más Impostores en el Reino Sur, más cuando cabalgaron por la Garra y vieron el muro de cuerpos decapitados como advertencia, se retiraron no sin rencor del Reino Norte al que jurarían destruir por haber manchado la imagen bendita de la Estrella de Cinco Puntas con la sangre de sus feligreses. Desde entonces comenzó la guerra entre ambos reinos, a veces con enfrentamientos en mar, otras, justo en la Garra, otras veces dentro de sus territorios. Más había una verdad que el Reino Sur no podía negar y era que el Reino Norte poseía al menos siete veces más guerreros, el territorio era el triple como sus recursos naturales, particularmente el metal de las temidas Claymore, ese hierro gris claro cuya forja era todo un secreto entre los herreros norteños.

-¿Qué haces Alteza? ¿De nuevo perdiéndote en tus visiones?

Lord Rhodrark se acercó con una sonrisa sobre su caballo de gruesas patas hasta el mirador donde se encontraba su mejor amigo y señor, el Príncipe Stark, quien observaba hacia el horizonte de montañas nevadas cubiertas por sus puntas por una gruesa capa de nubes blancas entre las que se estaba despidiendo un sol rojizo. El segundo hijo de la Reina Malle Stark era un joven inquieto para las maneras del Norte, pero con la mente sagaz y determinación a prueba de cualquier obstáculo digna de su apellido. Le gustaba meterse en problemas más sabía salir solo de ellos, siempre recorriendo el territorio que ya conocía como la palma de su mano a pesar de su juventud.

-Estaba esperando por ti, Lord Rhodey. Y te he dicho hasta el cansancio que me llames por mi nombre que para eso Gaia me lo obsequió.

-Anthony –sonrió aquél, deteniendo su caballo a su lado- Esta ha sido una larga jornada.

-Era necesario, tenía que asegurarme de que ese mercader Tarhan no fuese un espía ni un mercenario del Archipiélago Este.

-Supongo vamos a volver a tiempo para la fiesta de tu hermano, ¿verdad? Porque ya no tengo más excusas que dar a Su Majestad por tus ausencias.

-Aldair no piensa claramente, se le ha subido a la cabeza el ser el Heredero al Trono. Piensa que su Lobezna es todo lo que necesita para conquistar el Reino Sur. De hecho solo piensa en guerra –resopló con fastidio el príncipe, sacudiendo los mechones sueltos de su coleta alta que sujetaba sus cabellos castaños.

-¿Y tu Extremis no te ha sacado de apuros?

-Hey, no ofendas a mi espada.

-No la ofendo, solo remarco el hecho de que tanto Lobezna como Extremis son hijas de la misma hoja de espada que perteneció…

-A mi padre, lo sé –suspiró Anthony volviéndose al fin a él- Vámonos antes de que tu lengua suelte otra historia rancia de la familia.

Ambos jinetes tiraron de las riendas de sus caballos para volverse hacia el ancho camino señalado con piedras talladas con los símbolos ancestrales. Pronto vieron un bosque denso que el atardecer hizo ver más oscuro, entrando sin temor con el sonido de búhos y cuervos escondidos entre las altas ramas de hojas verde cobrizo. Lord Rhodrark se ajustó su gruesa capa, cerrando más los broches en su cuello para subir aquel pelaje sobre sus hombros que subió a la altura de su mandíbula. Le protegía la cabeza un casco de metal con interior de piel para el frío constante de las tierras norteñas. Miró de reojo a su príncipe, quien llevaba su propio casco colgando de su montura, dejando su cabeza al descubierto, esos mechones descuidados que se mecían con el viento que se colaba entre los árboles, su capa llevaba en las orillas los bordados cruzados típicos de sus tierras con el blasón familiar intercalado.

-Estás muy pensativo, Anthony.

-Se acerca el Festival de Primavera, mi madre seguramente querrá ir al Oeste.

-¿Crees que dejará a tu hermano mayor a cargo?

-Posiblemente.

-Y no te agrada la idea.

-Sabes mejor que nadie que amo el Norte, Rhodey, daría mi vida sin pensarlo por estas tierras. Pero hay días en que me cansa tanto rencor de siglos.

-No es de siglos –replicó el otro bajando el volumen de su voz- La reina perdió…

-Espera.

Se quedaron callados ante una mano en alto que elevó el príncipe. Lord Rhodrark miró en la misma dirección que lo hizo su señor, a un costado del camino. Entre los árboles de ancho tronco negruzco estaba de pie, mirándoles una figura sagrada que hizo al lord hacer una reverencia de inmediato. Anthony sonrió, tirando de su caballo para ir al encuentro de ese ser.

-Vuelve a la fortaleza, Rhodey, yo llegaré más tarde.

-Anthony…

-Si mi madre pregunta por mí, dile que estoy con en el bosque con un Hijo del Hielo. Es argumento suficiente para vencer cualquier compromiso festivo.

-Ten cuidado, ¿quieres?

-No hay nada qué temer.

Mientras Lord Rhodrark cabalgaba en dirección a la Fortaleza del Gran Lobo, el Príncipe Stark bajó de su caballo cuyas riendas pasó delante de su hocico para jalarle, caminando despacio hacia el hechicero cuyos ojos verdes estaban clavados en él. Un sobreviviente de la antigua masacre de los Impostores. Luego de aquel evento ya no vieron más a los Hijos del Hielo ni a los Señores del Bosque, aunque podían encontrar huellas de ellos o recibir de vez en cuando sus obsequios. Anthony había encontrado a ese poderoso ser en una de sus primeras batallas cuando recién estaba dejando la infancia, al haberse perdido en el gran bosque que rodeaba la frontera norte y que daba a los hielos eternos. El Hijo del Hielo le sanó sus heridas, al reconocer que era un Stark, mismo que más adelante le buscó una vez más para agradecerle, visitándole después con cierta regularidad hasta que se hizo amigo suyo si tal atrevimiento era posible.

-Gaia vive en ti, mi señor –saludó Anthony con una reverencia al llegar frente a él.

-Gaia está contigo –replicó el hechicero.

Era más alto que el príncipe, de figura espigada más no frágil. Como todos los Hijos del Hielo, andaba descalzo en esas tierras negras y frías, con sus pies pálidos envueltos en vendas de piel que subían hasta sus pantorrillas. Usaba un faldón pesado a las caderas hecho de piel, decorado con las formas propias de la naturaleza, incrustaciones de metal y huesos de animales. Su pecho estaba cubierto por un chaleco con un cuello muy peludo que alcanzaba sus orejas ligeramente puntiagudas, elaborado de piel negra y correas hilvanadas con argollas de lianas. Una capa sostenida sobre un hombro caía tras su espalda hasta el suelo nevado, recubierta de hojas cobrizas, verduzcas, plumas de cuervo y tiras de pieles. Pero lo que más le llamaba la atención al castaño eran sus largos cabellos negros como la noche misma, entre los que se asomaban plumas largas y finas de cuervo con cuentas de huesos que contrastaban con su piel blanca como la nieve pero tatuada con líneas azules. Sus ojos verdes contaban la larga vida que ya tenía, aquel hechicero podía leer corazones y trampas, con una lengua que a veces sacaba de quicio al joven Stark.

-¿Sucede algo, milord Loki? ¿Por qué te has aparecido en el camino?

-Andemos un poco, Anthony, la noche cae y siempre veo aparecer las primeras estrellas junto a la cascada.

No le contrarió, siguiéndole hasta lo profundo del bosque donde se encontraba una cascada gruesa que ya estaba descongelándose en señal del arribo de la nueva estación del año. Subieron por un costado hasta quedar a una orilla de su caída, viendo el paisaje boscoso a lo lejos como una línea uniforme por donde empezaron a titilar las primeras estrellas de una noche fría pero sin viento. El príncipe las observó unos segundos antes de ver de reojo al hechicero.

-¿Y bien?

-Eres impaciente, joven Stark. Tales premuras un día te meterán en serios problemas.

-Cuento con que Loki me salve.

Una risa despectiva escapó de los labios del ojiverde, girando su rostro hacia él, levantando una mano envuelta en tiras de cuero decoradas con plumas y hojas, palmeando esos cabellos castaños.

-Los Hijos del Hielo tenemos un pacto de sangre con los Stark, pero sabes que tú tienes mi cariño.

-Que honro y correspondo –sonrió Anthony- Aunque mi madre diga que es imposible para un humano gozar del privilegio de un descendiente del Gran Lobo Gris.

-El tiempo hace que los pensamientos se vuelvan difusos. El Norte sigue venerando al Gran Lobo, pero su lealtad puede ser tentada por las ilusiones que la Estrella de Cinco Puntas ofrece como anzuelo.

-¿Hay… un traidor entre nosotros? –jadeó Stark, gruñendo luego.

-Aún no.

-¿Quién…? Mi señor, dime su nombre que mi espada le cortará la cabeza.

-Llega la primavera y con ella, la renovación. Se acercan vientos de cambio para el Reino Norte, pero no todos traerán el aroma de la felicidad.

-Mi madre no debe zarpar al Oeste.

Loki rió picando su mejilla con una uña negra. –Haces conclusiones demasiado pronto.

-Simplemente trato de seguir la velocidad de tus pensamientos.

-Preferiría que siguieras los consejos de tu corazón. Escuchar mis palabras retuerce tus ideas de formas inesperadas que atraen el peligro, mi joven príncipe.

-Es tu culpa en tal caso, te digo que me hables más e insistes en no despegar los labios. Te digo calla y parece que debes llenar el aire con tus discursos.

-Soy traicionero.

-Ya me había dado cuenta de eso, Loki. Como también que te gusta hacer bromas de mal gusto.

-¿Aún no me perdonas el haberte asustado en aquel precipicio?

-Los Hijos del Hielo pueden tomar muchas formas, pero jamás había escuchado que fuesen… dragones.

El hechicero sonrió complacido. –Podemos ser todo, Anthony.

-Bueno, más no pierdo detalle sobre lo que has querido advertirme. Una vez nos salvaste, jamás podré recompensarte por ello.

-Tu padre murió.

-Pero el resto de mi familia sigue viva. Sin tu predicción, no habría más Stark en el Norte. Y sin un Stark en el Trono Negro…

-El Reino Norte dejará de existir. No lo olvides, Anthony. Son el tronco que sujeta a los demás Clanes, el que trae de las raíces la magia ancestral, la verdadera esencia de Gaia. Si el Trono Negro queda vacío, los Señores de Bosque y los Hijos del Hielo volveremos con el Gran Lobo Gris, Gaia se quedará a su suerte.

-Me gusta como aplicas sutilmente presión a mi familia.

-Solo apunto en la dirección correcta –Loki le guiñó un ojo- No hago más que señalar verdades. Contempla las lunas de Gaia, la Hermana Mayor y la Hermana Menor.

Se quedaron callados con sus ojos fijos en las dos lunas que aparecieron cuando el cielo se hizo completamente oscuro, redondas, blancas como la nieve, enormes desde aquel punto, iluminando el bosque denso con el viento apenas soplando sobre los árboles.

-Sigues pensando en el metal Claymore, príncipe Stark, tus manos inquietas como tu mente desean hacer el hierro imparable ante los escudos de la Estrella de Cinco Puntas.

-… esa cosa me arrebató a mi padre, trajo la lluvia a los ojos de mi madre.

-La venganza solo genera más venganza.

-¿Es que no habrá justicia entonces para mi familia?

-Eso dependerá de ustedes –el hechicero se volvió a él- Has dicho bien sobre rencores de siglos, han hecho mella en los Lobos de Hierro, cosas extrañas pueden provenir de ello.

-Aumentas mi preocupación con cada palabra.

-Permíteme despejar de agobios tu espíritu.

Anthony alzó sus cejas al tiempo que las manos de Loki tomaron su rostro, acariciándolo antes de canturrear una olvidada melodía en una lengua ancestral que ya nadie conocía. El príncipe cerró sus ojos, sintiendo como esa voz llegaba hasta su alma, borrando todo pensamiento para dejarle en una paz donde se perdió por unos minutos, olvidando que estaba en el bosque con un Hijo del Hielo hechizándole para olvidar sus penas y cansancios. Cuando la canción terminó, abrió sus ojos encontrando el rostro del hechicero cerca del suyo. Sintió la fría piel de su protector, igual que esos ojos verdes tan penetrantes. Loki le sonrió, acomodando unos mechones sueltos de su coleta por detrás de una de sus orejas, viéndose reflejado en esa mirada vivaz, curiosa e imparable.

-¿Mejor?

-Gracias –Stark juntó sus cejas- ¿Cuándo me contarás de ti?

-Nunca.

-¿Por qué?

-Corres el riesgo de enamorarte aún más de mí.

-¿Y eso sería malo?

-Anthony –el hechicero rió divertido, besando su frente- Debes volver a casa.

Un aullido largo de lobo se escuchó lejano, confirmando sus palabras. El Príncipe Stark suspiró desganado, sin evitar que Loki se alejara lentamente, envolviéndose en su capa.

-Nos veremos pronto, Anthony –prometió el ojiverde.

La capa se transformó en dos enormes alas de plumas negras que envolvieron al hechicero, desapareciendo como una bandada de cuervos. Anthony tomó aire de nuevo, torciendo su boca y jalando las riendas de su caballo que montó, yendo al encuentro de sus guerreros preocupados por su seguridad, mismos que le escoltaron hacia la Fortaleza del Gran Lobo donde las almenaras brillaban por el fuego vivo que otros guerreros custodiaban. Su hogar era de roca gris oscura, de cinco niveles con cuatro gruesas torres mirando a cada punto cardinal, techos disparejos que impedían la acumulación de nieve, altos muros siempre vigilados por lanceros y lobos adiestrados para tales deberes, como los cuervos que servían de mensajeros. Las pesadas puertas principales chirriaron al ser empujadas, permitiendo el paso del príncipe hacia el patio principal donde le esperaba la cabeza del Consejo del Norte, el Maestre Jarvis. Un hombre maduro y delgado de mirada bondadosa que poseían unos ojos gris azulados, cabellos cortos albinos de rasgos tranquilos como su sonrisa que obsequió a su recién llegado.

-Me preguntaba si vería el alba llegar antes que a Su Alteza.

-¿La reina está molesta?

-Preocupada, Alteza, es más atinado.

Anthony desmontó, dejando que un mozo se llevara su caballo, La Marca, al que dio un par de caricias como despedida, caminando al lado de su tutor y consejero.

-No soy fanático de celebrar hasta porque el calzado de mi hermano encajó perfectamente en su pie.

Jarvis rió discreto, cruzando sus manos al frente. –Esta vez la celebración tiene un tinte distinto, Su Alteza.

-¿Ah, sí?

-El Príncipe Heredero al Trono Negro ha pedido a la Reina Malle su bendición y consentimiento para contraer nupcias.

-¿Qué? –el joven Stark se detuvo con el rostro desencajado.

-Su hermano puede ser pasional, Alteza, pero es un Stark, la sensatez y decisión llegan a su debido tiempo.

-¿Quién…?

-Lady Dwen de Cathcart.

-¿El Clan Cathcart? Vaya, más le vale a mi hermano no ofender a su prometida o tendremos una horda de los más feroces guerreros tumbando las Puertas Grises. ¿Mi madre ha aceptado?

-Por supuesto, ya se ha hecho el brindis.

-… oh…

-Sí, Alteza.

-Rhodey no me lo va a perdonar.

-El ingenio de Lord Rhodrark ha encontrado nuevos niveles, milord. Le dijo a la reina que su pequeño hijo fue a la caza de un enorme jabalí para honrar a su hermano mayor y no quiso escuchar razones de ir acompañado.

-No tengo ningún jabalí conmigo.

-La caza no fue exitosa, Alteza. Eso sucede cuando se va solo con la noche cayendo.

-Gracias, Jarvis.

-Me atrevo a aconsejarle a mi príncipe más prudencia si va en busca del Hijo del Hielo –recomendó el consejero mientras subían los anchos escalones rumbo al segundo nivel, alcanzando a escuchar las risas y música que venían del Salón del Trono- Es una criatura mágica, Alteza, que no está atada a los percances ni devenires de los mortales. Darle cariño es cosa peligrosa.

Anthony sintió un calor traicionero en sus mejillas. –Quien pierde soy yo, lo sé bien. No tienes por qué sermonearme.

-Dicen que el Trigésimo Séptimo Stark se enamoró de una Señora de los Bosques, dicen que Gaia permitió su unión más tarde y por eso los bosques siempre abrigarán a los Stark cuando el peligro les aceche.

-¿Y fue cierto?

-¿Realmente existe el Hijo de Hielo que tanto visita, Alteza? –Jarvis ladeó su rostro.

No hubo respuesta porque les abrieron las puertas para entrar al Salón del Trono Negro, atiborrado de guerreros, mujeres y hombres, que alzaban sus copas llenos del famoso vino de raíces, entre carcajadas, bailes como una que otra pelea fugaz. Anthony levantó su mirada hacia el templete de siete escalones donde se encontraba su madre, sentada en el Trono Negro con los ojos clavados en los rostros llenos de vida. La Reina Malle era una mujer hermosa, con un cuerpo atlético por el constante ejercicio de las batallas como los viajes, de cabellos castaños que sus hijos heredaran aunque el segundo de ellos fue quien también ganó el color de sus ojos, ahora apagados, endurecidos con esas arrugas alrededor de ellos como las de su frente, huellas del dolor provocado por la muerte del Rey Stark a manos del Reino Sur. Una traición que heló el corazón de quien ahora comandaba todo el Reino Norte.

-Hey, Anthony, ¿dónde estabas por todos los lobos de Gaia?

Aldair Stark apareció entre la multitud con una enorme sonrisa producto ya de varios copas de vino encima, abrazándole por los hombros a punto de estamparle en su pecho. Era una cabeza más alto que su hermano menor y con un cuerpo más fornido de tanto pelear, con cabellos sujetos solamente en media coleta dejando el resto caer tras su ancha espalda.

-¿Y el jabalí?

-Ah… lo perdí en el bosque.

El Heredero al Trono se carcajeó, pidiendo una copa para Anthony quien la tomó con una sonrisa apretada.

-Solo a ti se te ocurren los más tontos disparates, hermano.

-Alguien debe traer diversión a la familia.

-¡Diversión! –Aldair le despeinó antes de besar su sien- Ven, quiero que conozcas a mi prometida. Seguro Jarvis ya te adelantó la sorpresa.

-Me declaro culpable, Altezas –sonrió el consejero caminando tras ellos.

-¿Así que dirás tus votos frente al bosque sagrado?

-Como lo dicta nuestras tradiciones, Anthony.

-¿Puedo saber cuándo decidiste que Lady Cathcart sería tu esposa?

-Si no anduvieras persiguiendo fantasmas te hubieras enterado hace tiempo –reclamó el mayor de los hermanos- Ahora, nada de hacer comentarios fuera de sitio, ¿entendido?

-Como digas.

Se abrieron paso entre los guerreros que felicitaban al Príncipe Heredero, chocando su copa con él o recibiendo palmadas en su hombro. Anthony solo rodaba sus ojos, hasta que al fin llegaron a la mesa principal donde vio a la prometida de su hermano. Era una joven de rasgos duros pero agradables, con ojos avellana, cabello rojo oscuro; ataviada en las ropas típicas de los Cathcart, vestidos largos de gruesa tela bordada por completo con una capa con bordes peludos y las trenzas hiladas con listones de color negro y gris que le llegaban a la cintura.

-Mi señor –la dama se puso de pie, haciendo una reverencia a los príncipes.

-Mi señora, no habías tenido el placer de conocer a mi pequeño hermano, quiero presentarlo en tan dichosa ocasión.

-Lady Cathcart, Gaia vive en ti –saludó Anthony asintiendo.

-Gaia está con Su Alteza.

Luego de un intercambio de frases corteses como buenos deseos, el joven Stark se escabulló de la mesa, por fin llegando al trono para saludar a su madre con un beso en su mejilla.

-Su Majestad.

-El día en que llegues puntual a una reunión, los bosques tendrán pies.

-Gaia puede escucharte, madre, no la tientes.

-¿De nuevo fuiste a buscar esa criatura, no es cierto?

-¿Es que todo el mundo me lo va a reprochar?

-Son seres sagrados, Anthony, tus inquietudes ordinarias están fuera de su misión en Gaia.

Éste bufó, desviando su mirada. –Sí, madre.

-Deseo que le dejes en paz. Tu hermano va a contraer nupcias, deberías ir pensando en hacer lo mismo en un futuro cercano.

-Ya me temía ese discurso.

-¡Anthony!

Las puertas se abrieron una vez más, dejando pasar un mensajero que se abrió paso con ansiedad hacia los pies del trono, hincando una rodilla al inclinar su cabeza.

-Reina Malle, traigo un mensaje urgente de Lord Quill.

-Adelante.

-Una comitiva del Reino Sur ha entrado por la Garra con la bandera blanca de tregua.

Eso fue suficiente para que la reina alzara una mano, ordenando que la música callara y todos volvieran su vista hacia ella. Aldair alzó su vista a su hermano menor, intercambiando una mirada de preocupación.

-¿Quién viene en esa comitiva?

-Al parecer, viene el Comandante Real con otros dos lores y media docena de guerreros. Han pedido paso hasta la Fortaleza del Gran Lobo.

Hubo murmullos y uno que otro gruñido, Anthony frunció su ceño llevando una mano al mango de su espada que colgaba de su espalda por acto reflejo. El Comandante Real era la mano derecha y amigo de confianza del rey que ahora tenía el Sur, conocido por ser un peligroso asesino. Sin embargo, que tal personaje fuese enviado prácticamente solo como embajador de buena voluntad no era señal de buen augurio. La trampa era clara. El joven Stark se volvió a la reina quien entrecerró sus ojos con sus manos temblando por la fuerza con la que se sujetaba de los brazos del trono. Estaba rabiosa.

-¿Dijeron sus intenciones?

-Solamente las expresarán ante Su Majestad.

-Pues vamos a expresarles las nuestras –rugió Aldair sacando a Lobezna de su vaina- Malditos asesinos, Impostores ante Gaia.

Un coro de aullidos y rugidos se unieron a las palabras del Príncipe Hederero. Jarvis se inclinó hacia la reina luego de subir rápidamente hacia ella.

-Su Majestad, si atacamos la comitiva del Reino Sur estaremos declarando abiertamente una guerra para la cual no tenemos planes concretos. Han enviado al hombre de mayor confianza del rey, es una prueba para nosotros.

-¿Dejarlo entrar a mi salón, frente a mí? –resopló Malle.

-Escuchemos sus palabras, podemos no hacer caso. Hay que descubrir lo que esconde este acto aparentemente imprevisto y tan temerario.

-Madre –llamó Aldair- Déjame alcanzarle y escoltarlo.

-No –intervino Anthony- Yo lo haré. Mi hermano recién acaba de comprometerse, ahora más que nunca el Heredero al Trono no puede arriesgarse –miró a la reina con una reverencia- Yo iré al encuentro del Comandante Real. Que el Reino Sur se entere de que los Stark no les tenemos miedo.

-Los Stark jamás nos rendiremos –exclamó con fuerza su madre.

-¡Jamás nos rendiremos! –corearon los demás alzando sus espadas.

-Que el Príncipe Anthony salga entonces al encuentro de esos Impostores –declaró la reina alzando su mentón- Lord Rhodrark, eres su hombre de confianza como de la mía, asegúrate de que regrese a mí.

-Su Majestad, por Gaia que así lo haré.

-Lady Pott. Te hago la misma petición.

-¡Majestad!

La reina se puso de pie, apretando sus puños. –Que Gaia nos bendiga, pues si el Reino Sur quiere hundir su daga una vez más en nuestras almas, esta vez conocerá el poder del Aullido del Gran Lobo Gris.

-¡JAMÁS NOS RENDIREMOS! ¡JAMÁS NOS RENDIREMOS!