Capítulo 2
Osamu Ichijouji se encontraba sentado delante de su ordenador. Estaba buscando en Internet datos sobre el Japón antiguo, para poder comprender mejor el tema del trabajo que le iba a entregar a su profesora de Historia a final de curso.
- Osamu…
- Calla, Ken. – Respondió fríamente Osamu – estoy muy ocupado como para atender tus tonterías ahora.
Ken guardó silencio y comenzó a pensar, un poco triste por la respuesta recibida. Pese a lo que pudiese parecer, Osamu no era ni mucho menos un mal hermano. Simplemente, se concentraba mucho cuando estaba estudiando y odiaba que le molestasen… pero por desgracia casi todo el tiempo lo pasaba estudiando. Estando en quinto de primaria, tenía un nivel digno de un buen alumno de Bachillerato. Cualquier maestro que lo hubiese tenido como alumno lo describiría como un educado y prometedor joven, con una inteligencia muy superior a la media de su edad y sin necesidad ninguna de estudiar para entender las lecciones. Pero sus padres no compartían esa opinión, y preferían que su primogénito pasase su tiempo libre expandiendo su mente delante de un libro que atrofiándola con una videoconsola.
Osamu nunca se quejó de este hecho, y seguía estudiando todas las tardes, aumentando su nivel de conocimientos hasta el punto de considerar sencillamente inferiores a sus compañeros de clase. En ocasiones, pensaba que la única persona a la que de verdad debería prestarle atención era a su hermano Ken. Pese a que a veces lo tratase de un modo frío y lejano, le tenía mucho cariño y lo quería más que a cualquier otro miembro de su familia. Jamás se podría perdonar que le pasase algo a su querido hermanito. Tras decidir que ya había sacado bastantes datos útiles para su monografía, giró su silla, sonriendo.
- Ken, ¿sabes que hora es?
- No… - el pequeño sabía muy bien que hora era, pero intentaba hacerse el interesante - ¿qué hora es?
- ¡La hora de las burbujas!
Todos los días, en casa de los Ichijouji, se seguía un sencillo ritual. Los dos hermanos salían a la terraza de su cuarto compartido con un bien preparado vaso de agua jabonosa, una pajita con un extremo recortado en cuatro partes y toda la ilusión de un niño pequeño. ¡Era la hora de las burbujas! Ken y Osamu siempre irradiaban felicidad por un hecho que podría parecer estúpido a algunos de sus vecinos. Pero era sólo el pequeño Ken quien hacía las burbujas que volaban libres hacia el horizonte de la capital del país del sol naciente.
- ¡Jo! ¿Por qué nunca haces tú burbujitas, Osamu? – preguntó Ken, en una mezcla de tristeza y fastidio.
- ¡Porque eres tú el que hace las mejores pompas de jabón de todo el mundo! – repuso el mayor, con una amplia sonrisa en su cara.
A continuación, cogió el vaso y la pajita, que estaban encima de una pequeña caja en el suelo, e intentó hacer lo que le pedía Ken. Pero cuando parecía que la órbita iba a despegarse del extremo del tubo, explotó.
- ¿Ves, Ken? – Osamu sonreía alegremente pese a que su burbuja había desaparecido – El único que puede hacerlas eres tú, porque soplas con la suavidad adecuada para crearlas tan grandes. Lo haces con amabilidad.
Su hermano sonrió y continuó con su divertido entretenimiento diario. En el fondo, pese a que le entristeciese que no pudiesen hacer competiciones los dos juntos, también estaba muy feliz porque podía hacer algo que Osamu no era capaz de realizar. Pompas. Unas simples y anodinas pompas de jabón.
Ken pensaba que Osamu era capaz de todo. No había nada que él no pudiese hacer. Era excelente en los estudios. Excelente en los deportes. Excelente en su educación y su trato con los adultos, quien lo tenían como un ejemplo a seguir para todos sus hijos, lo que en ocasiones le franjeaba enemigos envidiosos de los comentarios que hacían sus padres sobre él.
Los adultos… cada vez que cualquier adulto se encontraba con su madre, empezaban a adular a Osamu. Ken solía sentirse alegre, pero en ocasiones se sentía algo apartado por su hermano mayor.
- ¡Señora Ichijouji! – una mano tocó la espalda de la madre de Ken.
- ¡Ah, es usted! ¿Qué tal, señora Nakame?
- Es la vecina… hola, buenas tardes. – dijo Ken educadamente, pese a que la mujer apenas reparó en que el pequeño de los Ichijouji estaba allí.
- Venía a darle las gracias por hacer que su Osamu ayudase a mi hijo a aprobar ese examen de matemáticas… es tan listo…
Mientras su madre se sonrojaba, sumida en su orgullo maternal, Ken se figuró que una vez más debería presenciar una de aquellas charlas reverenciales en las que todos adulaban a Osamu. No se equivocaba.
- Seguro que Osamu será un gran hombre cuando crezca… no hay más que ver cómo es con once años para hacerse a la idea de cómo será cuando tenga veinticinco… es un genio. Un pequeño genio. – no se podía negar que la señora Nakame sentía una cierta envidia, antes de terminar su corta pero intensa intervención - ¡Qué va! ¡Es un gran genio! Ojalá Ken siga sus pasos... aunque no sé… los veo un poco distintos.
Decididamente Ken no formaba parte de esa conversación, y en lo más profundo de su ser ansiaba que acabase. Observaba fijamente aquellas gafas de sol de lentes moradas y montura amarilla que siempre llevaba la señora Nakame. A decir verdad, Ken cayó en la cuenta de que jamás le había visto los ojos a su vecina, quien en ningún momento se quitaba esas grandes gafas.
Mientras la charla sobre su hermano seguía, Ken comenzó a pensar en lo desdichado que era teniendo que soportar día a día a esos adultos que se dedicaban a poner a su hermano como un genio mientras que a él apenas le saludaban. Se sentía un estorbo para su familia. Aunque su mente consciente le dijese que no era verdad, su corazón destilaba soledad y falta de atención. La prueba definitiva se produjo cuando entraron definitivamente a su casa. Su madre se soltó de su mano y fue directamente a por Osamu, quien estaba viendo la tele junto a su padre en el sofá. Lo puso de pie, lo cogió por los hombros y, mientras se ponía en cuclillas, iba relatándole detalladamente las palabras de la vecina. Su padre se unió a las felicitaciones, que observaba un cabizbajo Ken mientras deseaba que llegase la hora de irse a la cama para que le dejasen en paz. Tomoko Ichijouji se dio cuenta de que Ken no estaba junto a ellos se acercó al marginado pequeño y le dijo al oído:
- Tú también eres un buen chico, Ken.
- Sólo soy un añadido… - musitó Ken, en un tono de voz inaudible para los demás.
Mientras los tres componentes de su familia desaparecían de escena, el hijo menor continuó parado en medio del salón. Con apenas ocho años se encontraba muy triste, ya que nadie se paraba dos minutos a pensar en que él también existía y que quizás podría necesitar un poco de atención para sentirse querido y valorado. Antes de que pudiese cambiar de pensamiento, una voz surgió de la nada.
- Todo es por tu hermano…
Miró, asustado, en la pequeña salita del apartamento y no encontró a nadie. No. Esa voz tan familiar era la suya propia, y provenía de su cabeza. ¿Cómo iba a ser posible que él mismo tuviese envidia de su hermano? Imposible. Ken dio por seguro que esa voz no era suya, jamás diría algo así de Osamu. Realmente lo quería mucho. Pero aún así, no dejaba de tener cierta razón aquella pequeña conclusión a la que, involuntariamente, había llegado.
El pequeño Ken no sabía si se había parado el tiempo o simplemente pensaba mucho más rápido de lo habitual, pero sentía que tenía todo el tiempo que quisiese para reflexionar acerca de su situación, para tratar de averiguar si realmente su hermano tenía la culpa de todo lo malo que le ocurría.
"Osamu… Osamu es genial. Es un hermano excelente, es listo, deportista y además me enseña muchas cosas curiosas… sin su ayuda muchas de las cosas que hago, me serían imposibles" pensó el niño. Pero de repente su voz se tornó más grave… un tono en parte amenazante, seguro de sí mismo y de sus palabras. Ken se asustó, pero al momento asumió que era realmente lo que él quería. Quería ver lo que aquel 'otro yo' tenía que decirle.
"Ken… aún eres muy pequeño," comenzó su discurso la voz, "pero algún día te darás cuenta de que Osamu no es más que una losa que pesa sobre ti. Es mejor que tú en todos los sentidos. Es más listo, es mejor deportista y es mejor persona que tú. Cuando vas con mamá y te cruzas con algún conocido, siempre hablan de Osamu y a veces ni te saludan. Osamu, Osamu, Osamu… no tienen nada más que palabras para él. Es mejor, pero no es más que un estorbo para tus metas. Quizás si desapareciese… todo sería mejor."
El Ken consciente no podía creer que realmente se hubiese revelado esa parte oscura de su corazón. Pero se dio cuenta de ello… odiaba a Osamu. De repente se empezó a sentir mal. Se mareó y cayó al suelo, semiinconsciente. Quizás aquella charla consigo mismo le había dejado muy debilitado mental y físicamente. Mientras yacía en el piso, una sombra recorrió rápidamente el salón. Lo siguiente que vio fue a su hermano, con gesto de preocupación, hincado de rodillas en el suelo.
- Gracias, Osamu – dijo Ken. Pero realmente no lo decía de corazón como otras veces.
Osamu le explicó que se había preocupado mucho al verle casi delirando en el suelo, pero el pequeño de los dos no escuchaba al mayor. Sólo deseaba que le quitase la mano de encima.
Pasaron varios días sin que Osamu notase nada extraño. La relación entre los dos era, al menos a la vista, la normal entre dos hermanos. Hacían sus burbujas todos los días, comían juntos, iban juntos al colegio… nada parecía haber cambiado. Pero cuando Ken veía a su mayor, sentía impulso de lanzarse a por él. Sabía que no tenía ninguna posibilidad ante la fuerza de Osamu, pero incluso contando con ello, quería hacerlo. En el último momento paraba, lo que le creaba una sensación de impotencia incluso mayor.
- Ken… ¿qué te pasa? – era extraño que Osamu dejase de estudiar para hablar con su hermano pequeño, pero había dejado de observar la pantalla del ordenador para mirar al niño, que estaba sentado en el suelo haciendo los deberes de 2º de Primaria.
- Nada.
- ¿Estás seguro? Llevo unos días que te noto algo…
- ¡No me pasa nada! ¡Déjame en paz! Estoy haciendo los deberes, don Perfecto.
Osamu se sorprendió mucho del repentino y nunca antes mostrado mal carácter del que hacía gala su pequeño hermano. Pensó que lo mejor era dejar al pobre Ken en paz, quizás le habían castigado en el colegio y estaba algo enfadado. Pero cuando se fue a girar para seguir con su sempiterno trabajo de Historia, encontró con que todo lo que había escrito había desaparecido de su monitor.
Probó a encenderlo y apagarlo, pero seguía en negro. Cuando pensaba reiniciar el ordenador como último recurso, comenzaron a aparecer letras al azar en aquella moderna pantalla plana. Los dos hermanos estaban asustados, aunque Osamu tomó la iniciativa y se acercó al monitor, agitándolo en busca de una solución que no llegaría de ese modo.
Sin que nadie se lo esperase, el monitor comenzó a lanzar una luz cegadora que iluminó todos los rincones de la habitación. Pese a que estaba anocheciendo, parecía que era mediodía. No, qué mas quisiera un mediodía ser tan luminoso como aquel destello. En el momento en el que cesó aquella extraña luz, se encontraron sentados en torno a una cosa que había aparecido en el suelo.
Ken no sabía qué era, pero cuando fue a tocarlo, Osamu apartó su mano de un golpe y cogió aquel pequeño dispositivo.
- ¡Quiero mi Tamago…!
- ¡CIERRA EL PICO! – Osamu estaba realmente enfadado al verse superado sus conocimientos por aquel extraño aparato que había aparecido, como por arte de magia, de un simple monitor de ordenador. Jamás le había gustado que nadie supiese más que él, y en esta ocasión, sin saber quién había sido, se la habían jugado.
No tuvo en cuenta la reacción de tristeza y enfado que lógicamente desarrolló Ken, y, tras agitarlo cerca de su oído y comprobar que no reaccionaba ante unos ligeros golpes que le propinaba con la palma de su mano, guardó esa cosa en el cajón de su escritorio. A continuación, se giró hacia Ken, bajó la cabeza hasta toparse con la mirada del pequeño, que estaba asustado en el suelo, y le dijo con firmeza:
- Quiero que te olvides de lo que acabas de ver. – a Osamu no se le veían los ojos, el reflejo del sol que entraba por la ventana hacía imposible ver la expresión encerrada tras esas amplias gafas, aunque el resto de su cara pareciese no mostrar ningún tipo de sentimiento. – Quiero que nunca más vuelvas a mencionar esto, ¿de acuerdo? ¡Esto no ha pasado! ¡Te prohíbo que abras en ningún momento mi escritorio! Si lo haces… mejor no quieras saber qué te pasará si lo haces. Ahora me voy a dar un paseo… creo que lo mejor será que me de el aire.
La cara de sorpresa de Ken cambió a una de ira contenida en cuanto la puerta se cerró tras Osamu. Su primera reacción fue levantarse y correr hacia el escritorio. Debía saber qué era eso antes de que volviese su hermano. Y lo haría antes que aquel inútil de Osamu.
Sentía cómo los latidos de su pequeño corazón aumentaban en cantidad y ritmo cuando se acercaba al cajón que contenía el objeto de su deseo. Lo abrió y, para su sorpresa, la pantalla del pequeño aparato de tres botones comenzó a centellear en un atractivo color rojo fuego. Lo tomó entre sus manos e, instintivamente y sin saber por qué, apuntó con él hacia la pantalla de su ordenador.
De nuevo un destello hacía imposible ver nada en la habitación de los dos pequeños. Se oyó un pequeño quejido.
Ken ya no estaba en la habitación.
